Primero sintió los pies descalzos en la arena y a lo lejos escuchó las olas. Me siento como hipnotizado, pensó. Largo rato estuvo quieto, como las estatuas, paseando los ojos por el paisaje. Está soñando un secreto; detrás de los muros ya es de día y el invierno aún es presente. El frío se siente a cada hora y en cada rincón de la casa, por eso es que tiembla dormido. La imagen es muy simple: en el sueño es nadie y está feliz, en su cuarto es un error y tiene frío.
En algún momento se puso a caminar y se acercó a la orilla. Hundió los pies en la arena, húmeda y fresca por el rastro que dejaban las olas. Acto seguido, parpadeó por primera y última vez en todo el sueño y, luego del negro, se descubrió mar adentro con el agua hasta el cuello. Él, por las dudas, se dejó conducir hacia el horizonte azul y no hubo dentro suyo nada que se le pareciera al miedo.
Avanzó con la liviandad de quien regresa a casa y más pronto que tarde terminó por perderse en el mar. Bajo el agua, las cosas no eran muy distintas que en la superficie. Lo único que le importó fue salvar el infinito azul que lo rodeaba y todas su variaciones posibles e imposibles.
Como quien se sabe piedra, dejó que la vida lo arrastrara hacia lo profundo. Entonces de a poco perdió el sol, y el celeste y el claro se volvieron un pesado y turbio claroscuro. Al final de la caída, todo se tornó sombra y el hombre invisible quedó ciego.
Sintió que ya estaba por despertar, pero no ocurrió.
Con todo el horror del mundo, se descubrió naufragando en su propio sueño, y lo que antes era un momento maravilloso, se convirtió en la peor de las pesadillas, aquella donde el soñador sabe que se encuentra en un sueño que ya ha llegado a su fin, pero inexplicablemente no puede -no sabe- despertar.
Así se deben sentir las estatuas, pensó antes de volverse un fantasma.
Rafael Carmona