Estaba viendo unas frases de esas que aparecen en la redes y se le atribuyen a un autor. Era un choque de frases, una era de Kafka y otra de Dostoievsky. La primera hablaba de la imposibilidad del amor y no poder habitarlo: la otra en cambio, su necesidad, su búsqueda incesante para sentirse completo.
No recuerdo las frases, tampoco sé si realmente ambos autores usaron esas frases. Pero de pronto me puse solo a pensar en la idea del amor en sus respectivas épocas y lugares, más me llevó a pensarlo en la actualidad.
Hoy con la utilización de apps, lo digital y los mecanismos que están en uso, así como son generadores de acercamientos, con la sensación de una proximidad instantánea, también generan lejanías instantáneas.
Es entonces que empecé a conjeturar en cómo era antes y cómo hacía Kafka cuando se enviaba cartas con Milena y la preparación de cada una de las cartas: escribir, dudar, releer, borrar, corregir, pasar en limpio el escrito, etc. El tiempo que le llevaba realizar todo ese proceso para luego meter su carta en un sobre, ponerle su sello correspondiente, alcanzarla al buzón. Para que luego los encargados del correo hagan su trabajo y le llegue a la destinataria. Y a su vez, el mismo proceso pero de parte de Milena. En ese movimiento de envíos y recepciones, había tiempo. En ese tiempo (de espera) creo que había posibilidades de algo, de otra cosa, de intentar pesquisar, descubrir lo que se sentía y que es lo que les iba sucediendo afectivamente y hasta me atrevo a decir que de elaboración tal vez.
Me parece interesante cómo estas esperas o demoras eran sin información y sin certezas, o si las tenían, eran de otro tipo. Tal vez mínimas, ya que ni Kafka ni Milena sabían que hacía el otro: una vez que le enviaba la correspondencia, no se sabía cuánto se demoraba en leerla, cuánto en escribir la devolución, si estuvo ocupado/a, si lo primero que hizo al leerla fue responder, o si se demoró en hacerlo, etc. Toda esa información se podía obtener si alguno de los dos la confirmaba en ese intercambio de cartas, sino la información no estaba y todo aquello quedaba en silencio.
En la actualidad esos tiempos son distintos, diría que no existen. Corren otras velocidades, más llevadas a la inmediatez y justamente eso hace que se imposibilite la demora, la duda, el pensar y elaborar. Y me hace considerar que se pierde, en principio, esa chance de que la cosa sea distinta.
Esto mismo siento que se debe a que la “espera” actual es con información, se envía el mensaje y fácilmente se puede saber, a partir de un doble tilde que la persona receptora, tiene en su poder tu mensaje, ni hablar “las historias”. Es así que entonces se pueden ver las actividades del otro y es ahí donde no veo silencio, eso no es silencio a mi entender.
Y si jugamos a que sí lo es, pondría en tensión por lo menos dos tipos de silencios: un silencio compartido (Kafka y Milena) vs un silencio estratégico (actual).
En cuanto al silencio compartido, se sabía que la respuesta demoraba, había cierta neutralidad, por el simple hecho de que no había otra manera, ese intervalo entre el envío y la recepción de una carta, generador de angustias, ilusiones, expectativas y otras emociones, era el marco en común. El estratégico, en cambio, está regido por otras reglas, no hay neutralidad, hay quien produce el silencio y sabe que lo hace, lo utiliza, crea ese silencio distinto con un propósito, lo administra, lo mercantiliza. Parece que estoy atribuyéndole crueldad, mala fe o mala intención…y si, algo de eso hay. Puedo entender que se esté ocupado/a, haciendo cosas, se puede alargar el plazo de la respuesta, pero de ahí a no responder… A veces no hay que hacer cosas puntuales para ser cruel, con no hacer nada basta.
Este otro, no responde y utiliza el silencio como respuesta. Si seguimos la línea de ese silencio, podríamos decir que es un silencio con presencia, una presencia que incomoda, molesta, se hace pesado. En sí es una forma de respuesta sin dar una respuesta.
¿Y qué pasa con quien espera? Leyendo a Roland Barthes, en “Fragmentos de un Discurso Amoroso”, describe y precisa la posición de quien espera y hace énfasis en la asimetría del vínculo, lo cual me vino bárbaro para darme manija con este tema. En el capítulo llamado “La espera” menciona actos de una persona, que se podrían atribuir a citas, llamados telefónicos, cartas, y le sumaría redes sociales. El primer acto es donde la persona que envía el mensaje y no recibió respuesta, aunque sí silencio, llena ese vacío, para tratar de disminuir la angustia de la situación y lo hace con un montón de suposiciones que tratan de responder a ese silencio, ¿Por qué no me habla? ¿Se habrá enojado? ¿Qué habré hecho? ¿Le habrá pasado algo?
El segundo acto es donde aparece la cólera hacia el otro (y porque no hacia uno mismo) ¡que se vaya a la mierda! ¿¡Quien se cree que es!? o ¡Que idiota si yo sabia!
El tercer acto es el instante vivido en el pasaje de la angustia a la muerte, esa sensación donde uno realmente confirma que ese otro ya no va a responder y ha dejado plantado/a o “clavo el visto”. Se hace visible la asimetría de la cual Barthes habla, esa en donde uno ejerce poder y control sobre el otro, sabe que estás esperando esa respuesta y sin embargo, decide no enviarla, nunca sabremos los motivos que llevan a esta persona a tomar estas decisiones. Pero no creo que importe mucho, no voy a justificar a nadie.
Además Barthes agrega, que cuando uno espera, la sensación de cómo se vive el tiempo, es otra, se deforma el tiempo, por eso un minuto puede volverse insoportable, ni hablar horas.
Ante eso ubico (ya que Barthes no hizo énfasis en la posición del que hace esperar) que hay una comodidad en no-responder, total, el otro va a estar haciéndolo por el/ella…¿Como llamar a esto? ¿Comodidad? ¿Mala intención?¿ ¿Está tan ocupado/a? ¿Crueldad? ¿Falta de ganas? ¿Falta de interés? ¿Irresponsabilidad? Quizás algo de cada una de ellas o quizás todo junto y más.
Barthes dice: “¿Estoy enamorado? Si, porque espero”. Tal vez vivo enamorado, porque yo espero, tal vez todos vivimos enamorados en algún punto.
Juan Ignacio García