La política del psicoanálisis, donde el analista se ve en la obligación a hacer cumplir la regla fundamental, dicha cuestión de lo imposible se hace carne. Siguiendo los planteos de Ros (2020) la clínica psicoanalítica puede ser tomada como una práctica orientada a elevar la impotencia a la imposibilidad. Se trata de hacer de la imposibilidad la condición de nuestra potencia construyendo soluciones inacabadas e inacabables. Aquí es donde considero que lo imposible pasa a tener una connotación de posibilidad, ¿Por qué? Porque a partir de uno saber que no podrá abarcarlo todo, lo único en lo que se podrá pensar abarcar algo a medias. Esa es nuestra pequeña revolución. En el libro de cátedra “Usos del síntoma” (2023) Marcelo Mazzuca refiere que en lo que respecta al saber en el final de análisis, se trata de un cambio, de un movimiento que va de lo “imposible de saber” al “saber asegurado sobre lo imposible” (p. 270).
Hacer consciente todo lo inconsciente es, a la vez, tanto interminable como imposible. Según Dal Maso Otano (2009) “al no ser algo del orden de la asociación de representaciones, no es directamente interpretable, la interpretación encuentra un tope, un límite a su eficacia y pertinencia” (p. 101), no es posible traducir una interpretación en un saber directo para el sujeto. Si es el inconsciente el gran descubrimiento freudiano y el desencadenante de una praxis que buscará tratar algo de lo real a través de lo simbólico, se tiene que entender que lo inconsciente no es una cosa sencilla, quizá ya es sabido, pero por momentos se olvida.
Allí podemos encontrar verdades, mentiras, ficciones, fantasías y fantasmas. Ahí es donde se intenta entrar, en el terreno donde la verdad está desplazada y condensada, la mentira toma un valor de posibilidad y la ficción es el terreno donde podrán desplegarse verdades y mentiras juntas, “las verdades no son absolutas, y hay mentira y verdad” dice Callejeros en “Un lugar perfecto”. La transferencia como el campo de batalla donde las fuerzas libran su disputa y el medio donde se intentan tramitar las pulsiones. Los movimientos imposibles de enumerar, pero posibles de escuchar y leer, guían las posiciones que se toman dentro del análisis. No se trabaja ni desde un fortalecimiento del yo ni desde un intento de encuentro con un yo autónomo y total, ni siquiera se busca la adaptación a la realidad, sino que lo que interesa es esa pregunta por lo más propio y ajeno. Aquello de lo que nadie quiere hablar. Charaf (2019) remarca que no es nuestra intención dirigir al paciente, sino dirigir el discurso ¿Cómo se hace? Llevándolo hacia su desfallecimiento, su inmoralidad, su imposibilidad.
El imperativo analítico implica un cambio de posición del sujeto, no es que el efecto del psicoanálisis sea este cambio de posición en sí mismo, sino que de entrada se supone que el sujeto ha cambiado. El fin del análisis no consiste entonces en una “mejora” o “bienestar” del paciente, al menos no directamente; sino que la relación del sujeto con su deseo cambie. Que se posicione de distinta manera y no de forma fantasmática. En el fin de análisis no hay una suposición o expectativa de saber, sino que se transmite algo del deseo, una transformación del sujeto en su relación con el saber. Siguiendo el libro de cátedra de Mazzuca (2023) se trata de “poner al saber transitoriamente en relación con la verdad” (p. 253), lo que exige una toma de posición ante lo que se manifiesta de real. Una especie de saber hacer al fin.
Pedro Capaccioni. Tesis de grado "El psicoanalisis es imposible".