La policía de Comodoro Rivadavia estaba paseando por la ciudad, haciendo un recorrido de rutina. El oficial a cargo, junto al que manejaba, fumaba tranquilo porque sabía que nada podría pasar un miércoles a esa hora. El sol ya estaba posado en el cielo, hacía varias horas había amanecido y su vuelta vigilante había comenzado apenas hace media hora.
Frenaron en el kiosco de siempre a comprar café, el de la esquina, donde les ponen dos sobres de azúcar, no como en el otro que solo les ponen uno, y de mala gana. La policía no es querida en todos lados.
Tomaron el café parados, el kiosco tiene una especie de barra afuera donde la gente para unos minutos, fuma, habla de cosas pequeñas como los cambios del clima, lo aburrida que está la ciudad, lo boludos que son los políticos, la poca plata que ganan. Esa mañana el oficial a cargo de la vuelta (así le dicen, vuelta) se sentía algo descompuesto, tenía en la panza la sensación de que vomitaria en cualquier momento, por eso al café no le puso ninguno de los dos sobres de azúcar.
Cuando terminaron de tomar su café y la charla con Jorge se puso aburrida, decidieron seguir trabajando, sin apuro ya que el oficial no se sentía bien, así que todo lo hacían más lento que de costumbre. El policía que manejaba puso música, un álbum de rock que el oficial no conocía, pidió que bajara un poco el volumen y cerró los ojos. La música lo llevó a quedarse semi dormido, siempre intentando mantener al menos un ojo abierto, para de esa manera estar medianamente atento a lo que sucedía en la calle. Nunca fue partícipe de dejar a policías inexpertos realizar tareas importantes, aunque para él patrullar la ciudad no era de tanta importancia y por eso no le molestó quedarse dormido unos momentos.
Se despertó algo sobresaltado por un sueño que había tenido; estaban tomando café cuando dos ladrones saltaron desde un paredón y apuntaron a su cabeza con un arma, robando su café con los dos sobres de azúcar burlándose de ellos.
Su compañero conducía velozmente y parecía perseguir a alguien. Acomodando su gorra preguntó algo enojado y soñoliento qué estaba pasando, por qué manejaba como un loco. Se sacó las lagañas, encendió otro cigarro y volvió a preguntar, pero esta vez gritando: “Que carajo haces! ¡Vas manejando como un pelotudo!”. El cenicero rebalsado del auto había volcado todas las colillas, la sirena estaba prendida y su compañero, pálido.
“Esos dos, esos dos. Los vi saltar desde adentro del cementerio y salir corriendo”. El oficial vio a dos jóvenes corriendo por la vereda, no preguntó ni siquiera qué había pasado, esos dos ya eran delincuentes y había que atraparlos. Avisó a la central y prosiguió a alentar a su compañero a que acelere y, si era necesario, se subiera a la vereda para arrestarlos.
Los jóvenes, al percatarse de la presencia de los uniformados, arrojaron la mochila que llevaban e intentaron huir. Los servidores públicos lograron detenerlos a pocos metros. Revisaron la mochila y encontraron que los muchachos habían robado distintos decorativos funerarios de bronce, probablemente querían vender los artículos y hacerse algo de dinero.
Los delincuentes estaban esposados y sentados en la vereda, rápidamente llegaron refuerzos para controlar la situación. El oficial seguía algo dormido, bostezó abriendo mucho la boca y dejando salir una especie de gemido; luego miró a los jóvenes y preguntó qué hacían a esa hora del miércoles robando, si no tenían algo mejor que hacer, cuantos años tenian, donde estaban sus padres, por qué deciden arruinarle el dia tranquilo, y un montón de pavadas más.
Los jóvenes no responden, se miran entre ellos, la complicidad de sus ojos dice todo, no necesitan las palabras. Están esposados, acostados, con cinco policías rodeándolos. Ellos deben tener entre quince y diecisiete años, piensa el oficial, eso le molesta porque le impide hacer uso de la fuerza física para sacarles información. Está intrigado de por qué robaron esas cosas que no deben valer ni dos mangos.
Ellos no están asustados, no parecen estar tomados por el miedo de que cinco policías los amenacen con encarcelarlos y se burlen de ellos. Solo miran con atención la mochila donde tenían los artículos. Cuando el oficial toma uno de los decorativos ellos gimen, como si les doliera que él toque sus cosas. Esto despierta la atención del policía, a quién generar dolor le resulta algo gracioso y entretenido. Aprieta con más fuerza el santo de bronce y ve como se retuerce uno de los jóvenes, mira al otro con el ceño fruncido, el joven lo mira ya perdido, abandonado.
“¿Para qué mierda quieren esto?” El joven no responde, solo lo mira con sus ojos ojerosos, su mirada perdida y la cara larga, como quien viene dando vueltas hace días. El oficial se pone en cuclillas, se acerca al joven que lo mira y vuelve a preguntar “Pendejo, ¿para que buscaban esto? Ustedes no quieren venderlo”. El joven no responde nuevamente, pero abre la boca como si fuera a vomitar. Un sonido gutural desconcierta al oficial, quien rápidamente se para y se aleja del delincuente. Enojado por la falta de respeto pide que se los lleven, que los encarcelen y no les presten atención, que ellos no merecen ningún buen trato, ni comida, ni agua, ni volver a acercarse a la gente. Ellos son el demonio, y deben morir.
Pedro