En esta crónica reflexiva del año 2021, la historia comienza como una tediosa espera bajo el viento de abril en una fila para comprar pescado en Fresnillo, se transforma en una inesperada lección de vida.
El narrador, cuya mente navega entre leyes físicas y distancias galácticas para mitigar la impaciencia, queda cautivado por la destreza de un vendedor ambulante.
El hombre, con la calma de un artista y la piel curtida por el oficio, pela nopales a mano limpia, sin protección alguna, como si ejecutara una melodía en un arpa de espinas.
A través de un breve pero profundo diálogo, el vendedor revela su filosofía: un "pacto de civilidad" con el dolor y la dureza de su labor.
Esta obra es una reflexión poética sobre cómo la sabiduría más profunda no se encuentra en los congresos académicos, sino en la observación de lo cotidiano, recordándonos que incluso en el caos y la aspereza del universo, existen coordenadas de suavidad y aprendizaje para quien sabe mirar.
Era casi mediodía. Los vientos de abril no invocaban a la catástrofe ni tampoco creo que fueran mal augurio; me parece que solo anunciaban que estaban cansados del silencio que emanaba de las calles de Fresnillo.
Me disponía a comprar pescado en cierta sucursal del centro del Mineral; la fila parecía interminable, tan interminable como un partido de ajedrez entre los dos más grandes exponentes de este juego o tan extensa como la sensación de los astrónomos al concebir la longitud de dos galaxias circunvecinas.
Confieso que solo había visto este tipo de formaciones o filas en congresos académicos, inscripciones a escuelas y en reliquias en honor a santos patronos, pero nunca en una tienda donde se comercializaba el marisco.
Estuve a milímetros de retirarme, a segundos del destierro de las filas que me harían conseguir el insumo para degustar una rica comida horas más tarde; sin embargo, cambié de parecer.
Tomé mi lugar en aquel punto; me formé con la fe de un militar que se enlista por convicción. Al final —me dije a mí mismo—, dicen los físicos que lo único eterno que hay es el universo (y aun así tienen sus dudas). No me caería nada mal una ducha con el agua de la paciencia (la recomiendan mucho los sabios), más cuando en el mundo casi todos toman la píldora de la prisa.
La fila fue avanzando más rápido de lo que algún inquieto investigador hubiera predicho en su hipótesis, aun cuando el parámetro parecía darle el micrófono a la voz de la demora por el hecho de que solo dos personas atendían aquel negocio.
Alrededor del establecimiento también se encontraban otros pequeños puestos ambulantes que vendían productos relacionados con la Cuaresma: nopales, pipián, miel, pan y queso. Fue entonces que, en el trance de la espera, algo llamó mi atención de manera insospechada, como cuando la mirada de un niño se ve absorbida por la magia de un papalote que alcanza la altura que nadie imaginó.
La escena era coloreada por un señor de quizás 55 años, quien se encontraba sentado en la parte trasera de la camioneta que había acondicionado como puesto ambulante, donde vendía miel, pipián y nopales.
El señor pelaba algunos nopales con un cuchillo de tamaño promedio; raspaba la superficie hasta separar tales astillas y lo hacía con la tranquilidad del jilguero cuando despliega su canto sobre el mezquite o, quizás, con la devoción del artista al trabajar sobre el barro.
Lo que más me llamó la atención fue el hecho de que no usaba alguna protección para sus manos; ni siquiera un par de guantes eran parte de su ritual. Con una mano sujetaba el nopal y con la otra parecía tocar un arpa y querer sacar algunos acordes al rasparlo con su navaja.
Con la curiosidad del científico, me animé y arrojé una pregunta a la olla de aquel instante: —Señor, ¿Qué usted no se espina? A lo que él me respondió: —¡Sí, siempre! Pero uno se acostumbra, y esto no es nada en comparación a pelar nopales de duraznillo, cuya espina es más dura de lidiar, tan dura como a veces es la misma vida —y finalmente afirmó—: ¡Ya me acostumbré! Las espinas y yo hemos llegado a una especie de acuerdo.
El señor de los nopales emitía su respuesta, un dictamen profundo y retórico con una dosis nada despreciable de sabiduría; su respuesta fue rotunda y eficaz como la sinceridad de un niño, y directa y sin escalas como la moraleja de un sabio.
Unas breves carcajadas cerraron nuestro diálogo. Sus palabras fueron un caudal de filosofía al aseverar que había un pacto de civilidad entre las espinas y él, y hacían el suficiente ruido para que se me abriera el grifo de la inspiración. Sus conclusiones fueron balbuceos de alguna poética que no tardaría en anclarse a mis ideas.
Ya en mi casa, tomé el lápiz y el papel y esparcí lo que me acababa de revelar aquel suceso. Caí en la cuenta de que la espera en aquella fila había valido la pena. No era esto la consolidación de un seminario o algún discurso para dar consejo; solo afirmo que llegué por pescado y me fui con la impresión de que el universo es como una espina, y que hasta en la espina hay lugares suaves, coordenadas tersas que aguardan entre sus campos algún arrullo.
Que las espinas en el mundo saben de pactos y amnistías, y que, como texturas de caos, también saben ser un ápice que escribe mensajes y son capaces de dibujar el fruto del aprendizaje.
Me fui con la sensación de que la espina es necesaria en la vida, de que es también una flor que hay que aprender a observar desde el ángulo que casi todo el mundo ignora.
JOSÉ DE JESÚS CAMACHO MEDINA