En este cuento del año 2022, la historia se situa en un barrio humilde, la vida de Carlos está marcada por la tragedia y la carencia absoluta. Tras la muerte de su padre, su madre lucha por alimentar a diez hijos, dejando de lado necesidades básicas como el calzado.
Conocido por todos como "el niño que no tenía zapatos", Carlos recorre las calles descalzo con una resiliencia asombrosa.
Antes de mudarse a otra ciudad, el narrador —un joven vecino que le doblaba la edad— decide buscarlo para entregarle un último regalo: un par de zapatos usados.
Ese pequeño gesto de despedida provoca un brillo inolvidable en los ojos de Carlos, quien desaparece agradecido entre las calles.
Tres décadas después, el destino lleva al narrador de regreso a su tierra natal. Su estancia en la ciudad le traerá una inimaginable sorpresa.
Por aquel entonces, Carlos tenía escasos diez años. Vivía en mi colonia y yo le doblaba la edad. Siempre andaba descalzo. En el barrio donde crecimos, todo el mundo le conocía como "el niño que no tenía zapatos". Años atrás, su padre había fallecido de un paro cardiaco; nunca supe exactamente qué enfermedad padecía, pero a raíz de la desgracia, su madre tuvo que hacerse cargo de él y de sus nueve hermanos.
Recuerdo que a la madre de Carlos no le alcanzaba el dinero; alimentar a sus hijos era ya todo un reto. ¿Quién iba a pensar en calzarlos? Por lo menos para ella, eso no estaba en sus posibilidades; era algo muy lejano.
Cuando veía a Carlos, su caminar me llamaba mucho la atención. Me daba la impresión de que flotaba, pues nunca lo vi quejarse a pesar de que sus pies desnudos abrazaban las inclemencias del piso. Yo siempre creí que sus extremidades tenían el perdón de la tierra, también el de las piedras y el vidrio.
Por motivos de trabajo, mi familia tuvo que emigrar de aquella ciudad. A mi padre le habían ofrecido un mejor empleo, con un salario digno y oportunidades de crecimiento. Mi papá no lo pensó dos veces: decidió que era momento de buscar un mejor porvenir para todos nosotros.
Recuerdo que un día antes de marcharnos, fui a buscar a Carlos y le regalé un par de zapatos. Es verdad que no eran nuevos, pero estaban en buenas condiciones y, lo más importante: seguramente le quedarían. Cuando le hice llegar mi obsequio, los ojos de Carlos brillaron como nunca y él solo se limitó a pronunciar: “Muchas gracias”, para después abandonar la escena al ritmo de una gacela.
Pasaron muchos años y nunca más supe de Carlos ni de su familia, hasta que, después de tres décadas, regresé a la ciudad donde fui tan feliz. En aquella ocasión me acompañaron mi esposa y mis dos hijos. El plan era pasar unos días en la tierra que me vio nacer y saludar a familiares y amigos.
Recuerdo perfectamente que era un 21 de julio. Aquel día el paisaje se pintaba de algunas nubes grises y la lluvia nos había otorgado su perdón. Mi familia y yo nos hospedamos en un hotel de la zona centro. Había surgido la necesidad de comprarle unos zapatos a mi hijo Esteban, quien acababa de cumplir 10 años.
Me dirigí a la plaza principal y, al ver a una multitud de personas, me animé a preguntar por una buena zapatería. Casi todo el mundo afirmaba que el mejor negocio de calzado era "La Popular". Para nuestra suerte, estábamos a escasos 30 metros del afamado negocio. Mi hijo y yo trazamos nuestro destino hacia la famosa zapatería.
Al llegar, una señorita de aproximadamente 18 años nos recibió con un cordial saludo: —Buenas tardes, pasen por favor con confianza, estamos a sus órdenes.
El establecimiento era impresionante en cuanto a su tamaño y diseño; nunca antes habíamos visto una tienda de calzado semejante. Con asombro, Esteban y yo comenzamos a inspeccionar los pasillos y comprobamos lo que la gente decía: esta tienda tenía una gran variedad de modelos, de todos los gustos y colores; era la más imponente.
No tardamos mucho en seleccionar un modelo acorde a las necesidades de Esteban. Todo salió bien, habíamos cumplido con nuestro objetivo; solo faltaba pagar. Saqué mi cartera para efectuar el pago. De repente, una voz gruesa le dio una orden rotunda a la señorita que nos atendía:
—¡No les cobres nada, por favor!
El acontecimiento nos dejó boquiabiertos, atónitos. Era toda una sorpresa y, a su vez, algo extraño. Nuestra curiosidad hizo que identificáramos la fuente de aquel sonido. Se trataba de un hombre de aproximadamente 40 años que nos sonreía a escasos metros y exclamaba:
—¡Es un gusto verte de nuevo, estimado amigo, y es un gusto conocer a tu hijo!
Al principio no comprendí de quién se trataba, pero al mirar fijamente sus ojos, reconocí ese inigualable brillo. A este hombre ya lo había visto antes: se trataba no más ni menos que de Carlos. Aquel niño que no tenía zapatos era ahora el dueño de la mejor zapatería de la ciudad.
JOSÉ DE JESÚS CAMACHO MEDINA