En este cuento del año 2022, el autor revela una historia donde ha transcurrido una década de silencio y ausencia entre dos primos hermanos, Luis y Miguel, Y el destino vuelve a cruzar sus caminos en la atmósfera gélida de una fiesta navideña.
Lo que inicia como un cálido abrazo de reencuentro pronto se transforma en un tenso y revelador interrogatorio. Mientras Luis intenta medir el valor de su primo a través de marcas, sueldos y posesiones materiales, Miguel responde con la sencillez de quien ha encontrado la riqueza en el simple hecho de estar vivo.
Este relato es un crudo retrato del choque entre dos escalas de valores: la de un mundo regido por el consumo y la competencia, frente a la nostalgia de una infancia compartida donde la felicidad no necesitaba etiquetas.
Una historia sobre cómo el éxito mal entendido puede convertir a dos seres que alguna vez fueron "uña y mugre" en dos galaxias distantes e irreconciliables.
Ocurrió en diciembre de 2021, después de casi diez años de no verse, de no tener contacto siquiera por las bondades de la tecnología. Dos primos hermanos se reencuentran en una fiesta familiar.
Fue en la antesala de la Navidad, en un día donde el frío era indicio inequívoco de aquella temporada. Nadie sabe por qué en todo ese tiempo no hubo contacto entre ellos: alguna llamada por teléfono, algún mensaje o, quizás, hasta un correo electrónico. Si bien vivían en ciudades distantes, no había pretexto ni impedimento alguno a la hora de establecer comunicación, y más ahora en un mundo globalizado e interconectado por las redes sociales y el internet.
Luis y Miguel se cruzaron en una ida al baño. Después de unos tragos encima y a pesar de estar sentados en mesas completamente apartadas, el destino había logrado una coincidencia en el lugar más probable.
Ellos eran primos hermanos por parte del padre, y años atrás habían vivido una infancia muy cálida; de esas infancias que hoy parecen extintas, que hoy parecen ficción.
Al cruzar sus pasos rumbo al sanitario, la apertura de su encuentro se dibujaba como un buen augurio, como un buen presagio. Un abrazo fuerte, al compás de un apretón de manos, era el preámbulo de una breve pero profunda plática entre los dos:
—¡Qué gusto verte! —dijo Luis. —¡Qué hay, campeón! ¡Lo mismo digo, es un honor volver a coincidir!
—Respondió Miguel.
En ese momento, nadie se imaginaría que Luis daría rienda suelta a un impensado interrogatorio, sobre todo por el tiempo que tenían de no convivir. Sin dejar de dar una ojeada a la vestimenta y zapatos de Miguel, su boca se transformó en una cascada intensa de preguntas.
—¿A qué te dedicas, Miguel?
Fue la primer pregunta. Una pregunta que sorprendió por completo a Miguel, quien seguramente jamás imaginó que fuera de tal naturaleza. Sin embargo, respondió con la naturalidad que le caracterizaba, con la franqueza de cuando eran niños.
No obstante, el obstinado interrogatorio de Luis parecía dibujar un patrón recurrente. Casi todas las preguntas oscilaban en conocer el estatus económico al que había llegado Miguel:
—¿Dónde trabajas? —¿Cuánto ganas? —¿Te dan vacaciones? —¿Tienes casa propia? —¿De qué marca es tu automóvil? —¿De qué marca es tu traje?
Miguel nunca dejó de ser sincero ni colocó alguna máscara en sus respuestas. El aire que emanaba de su voz era viento limpio; sus palabras no se deshilaban porque eran congruentes con la realidad. Tras responder a todas las inquietudes de Luis, quedó libre un espacio, espacio que Miguel supo aprovechar para expresar algo: un pequeño hueco por donde fluir cual rendija a punto de ser infiltrada por un rayo de sol.
Miguel fue breve pero rotundo:
—Sabes, Luis, no tengo preguntas que hacerte. Solo te digo que agradezco al destino por habernos permitido coincidir. Levanto esta copa invisible para celebrar ¡que estás vivo!, ¡que estoy vivo! y ¡que estamos vivos! Que, a pesar de vivir tiempos difíciles y de incertidumbre en el mundo, hoy estamos frente a frente. Que aún podemos recordar aquellos años de gloria, aquella infancia tan cálida que vivimos donde fuimos tan felices sin saber lo que era la felicidad.
En ese momento, Miguel estrecharía la mano de Luis para después cerrar la escena con un fraternal abrazo.
Luis nunca imaginó que Miguel se alejaría de las preguntas vinculadas con la cantidad de cosas, con el nivel de consumo o con lo que muchos llaman "calidad de vida". Que las palabras y hechos de Miguel escapaban del algoritmo que lo regía: el de un libreto basado en la competencia, la marca y la acumulación.
En silencio y con la mirada baja, Luis sintió un golpeteo en su estómago; la paciencia se le caía de la bolsa y, de tajo, cortaba la conversación de aquel encuentro. Su voz se alzó para pronunciar:
—Tengo que regresar a mi mesa, fue un gusto saludarte.
Miguel, un tanto incrédulo, tampoco imaginó la reacción de Luis. Sus palabras fueron sinceras, su abrazo fue el más leal; sin embargo, Luis se regía por otra escala de valores.
Esa noche, Luis y Miguel no lograron afianzar un contacto mayor; y es que, a pesar de estar en el mismo evento, ya no hubo más comunicación entre ellos durante la velada. Ya no se dirigieron más la palabra. Cada uno se limitó a convivir con sus respectivas familias. Parecían dos galaxias distantes, como si no se hubiesen reencontrado, como si la conversación que sostuvieron cerca del sanitario hubiera sido un meteorito que acababa de extinguir toda posibilidad de volver a unirse.
El guion del mundo les había separado, a pesar de que en el pasado fueron como uña y mugre, a pesar de que en aquellos años el mundo era suyo al pedalear una bicicleta.
JOSÉ DE JESÚS CAMACHO MEDINA