En este cuento breve o relato del año 2021, la historia transita en el bullicio de una noche ordinaria, un narrador se ve cautivado por la presencia de un hombre que, a ojos de los demás, parece no existir. Descrito como una figura casi invisible, este "fantasma" urbano se convierte en el epicentro de una profunda reflexión sobre la indiferencia social y el fracaso de los discursos políticos y religiosos.
Lo que comienza como un simple acto de caridad en un puesto de comida ambulante, termina por transformarse en una revelación existencial: al romper la barrera de la invisibilidad con un plato de comida, el protagonista descubre que el verdadero espectro no es aquel que carece de hogar, sino la sociedad misma que ha perdido la capacidad de ver al otro. Es un retrato crudo y poético sobre la empatía, la miseria humana y la ceguera colectiva.
Aquella noche se me reveló como un fantasma; casi todo el mundo le ignoraba, como si fuera transparente como el viento o, quizás, como una roca más en el camino. Su estampa y atuendo figuraban como una sombra más en la oscuridad. Era como una pintura en la mente del artista Francisco Goitia. Sus ojos eran trazos que no se sostenían en mi máquina de escribir, quizás los últimos signos de un alma a punto de partir al limbo de los olvidados, o las últimas señales que impedían hacerle invisible.
Le miré incesantemente con el pendiente de los cantineros al mirar el vaso del cliente, como observan los astrónomos a las constelaciones. Su esencia no hizo otra cosa que romper más en mí el mito de un supuesto "equilibrio" en el mundo; fue una métrica para replantearme lo mucho que me falta para ser poeta.
Sin conocer su historia, no tardé en ver cómo se esparcían las cenizas de los discursos político y religioso, y cómo se trituraba la empatía social en cuanto al sentido humanitario.
Aquel supuesto "fantasma" se encontraba justamente a contra esquina de un puesto de comida nocturna donde, yo me disponía a comprar algo de cenar.
Él también encaminaba su mirada con obstinación hacia el negocio ambulante; me daba la impresión de que sus ojos eran dos pequeños faros que, en su destello, pedían alimento a la distancia. En ese momento, un deseo persistente de ayuda al prójimo se desbordó en mí, tan persistente como la fe de un científico que intenta encender su bombilla después de mil intentos.
No lo pensé dos veces: pedí al encargado de aquel establecimiento que me preparara un poco de comida y, ante la mirada de una docena de incrédulos, tracé la ruta para llevar algo de alimento al supuesto "fantasma".
Estando frente a frente, estiré mi mano para que recibiera un plato de comida y él, sin duda ni temor, lo tomó como si se tratase de una ofrenda de los dioses.
Sin pronunciar palabra alguna, su rostro parecía decirme todo; parecía revelarme que el fantasma no era él: que los fantasmas eramos nosotros.
JOSÉ DE JESÚS CAMACHO MEDINA