En esta breve y conmovedora crónica lírica del año 2022, el autor nos traslada a un 3 de noviembre, el día después de que el bullicio del Día de Muertos se retira de los cementerios.
Mientras la mayoría de las familias han concluido sus homenajes, el narrador y su familia se encuentran con un escenario de contrastes: la belleza de las flores recientes frente a la desolación de las tumbas que nadie visita.
El corazón del relato late en la figura de un niño, quien, con una pureza casi mística, se dedica a colocar flores en los sepulcros abandonados. A través de los ojos de Camacho Medina, este niño se transforma en un símbolo de luz y resistencia contra la desmemoria, actuando como un puente entre la vida y el silencio de los "ausentes".
Es una meditación profunda sobre la esperanza, el recuerdo y la gratitud, que nos recuerda que, mientras exista un gesto de bondad, ningún alma está verdaderamente perdida en el olvido.
Recuerdo perfectamente aquella ocasión: era un 3 de noviembre y nosotros visitábamos el cementerio para honrar a nuestros fieles difuntos.
Aquí en mi ciudad existe la tradición de que los días 1 y 2 de noviembre hay que celebrar a los muertos. Nuestros ancestros creían que el alma de los que han trascendido a la otra vida regresaba al mundo de los vivos para convivir con nosotros en estas fechas…
Esa vez, mi familia decidió ir al camposanto un día después de esta festividad. Las ocupaciones de algunos de nosotros impidieron asistir en la fecha marcada por el calendario como el «Día de Muertos»; sin embargo, nos hicimos la idea de que no estaba del todo mal acudir al cementerio el 3 de noviembre, pues imaginamos transitar por un panteón lleno de flores…
Aquel día observamos a un niño colocando flores a las tumbas en el olvido. El niño se me revelaba como una mariposa atravesando las vallas de la desesperanza, y su intención era como un pedazo de sol que se vertía sobre las grietas…
El niño parecía representar a los ausentes, a los desmemoriados de su estirpe… Yo lo percibí como un gorrión con impermeable para la lluvia…
Al cementerio no todos llevan flores, y no todos visitan a sus fieles difuntos… Y es que donde abundan las cruces y reposan nuestros caídos, hay tumbas resignadas que parecen desgajarse en ausencia de las flores… Hay pasos marchitos entre criptas agrietadas y ofrendas que transmutaron a golondrinas sin retorno…
¡Sí!, fuimos testigos de que un niño conjuró a las tumbas en el olvido… Cada flor fue un susurro… Un susurro que seguro presintieron en el más allá.
JOSÉ DE JESÚS CAMACHO MEDINA