Primer Monasterio en honor a San Antonio que se encuentra a unos 320 kilómetros al sureste de El Cairo
Las tentaciones de san Antonio Abad es un cuadro de Jheronimus Bosch, el Bosco
Escenario donde transcurre la vida de San Antón
Un monje ermitaño que despreció los bienes mundanos y disfrutó de los celestiales.“Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo- y luego vente conmigo”
Ha sido y es uno de los santos más populares y más venerados tanto en Oriente como en Occidente durante los 16 siglos que han trascurrido desde de su muerte. Y lo es porque era un hombre de oración, de sanador de enfermos, de alma y espíritu, guía de devociones y un pertinaz luchador contra las tentaciones. Además es considerado el patriarca de los monasterios.
Conocemos la vida del abad Antonio, cuyo nombre significa "floreciente" y al que la tradición llama el Grande, principalmente a través de la biografía redactada en el siglo IV por su discípulo y admirador San Atanasio, patriarca de Alejandría. Y aparte de las controversias que pueda generar la citada biografía, como por ejemplo la longevidad que se le atribuye, es cierto que hoy día los eruditos aceptan prácticamente por unanimidad casi todos los hechos que en ella se narran como registros sólidamente históricos, principalmente porque fueron escritas por un contemporáneo a San Antonio y no como ocurrió con muchos santos mártires, que se redactaron muchos años e incluso siglos después.
Antonio nació cerca de Heracleópolis Magna (la actual Ehnasya el Medina) en el actual Kiman-el´Arus al sur de Menfis, en Egipto, situada a la orilla izquierda del Nilo. Su fecha de nacimiento gira en torno a 251, y murió centenario, cosa extraordinariamente excepcional hasta para fechas recientes, en el Monte Colzimen (cerca del Mar Rojo) en 356. Hijo de acaudalados campesinos, en su infancia y juventud se sintió conmovido por las palabras de Jesús, y al poco de morir sus padres, contando con unos 20 años, quedó él solo con su única hermana, pequeña aún, teniendo que encargarse de ella y la casa.
Habían transcurrido apenas seis meses de la muerte de sus padres, cuando un día en que se dirigía, según costumbre, a la iglesia y dio la casualidad de que en aquel momento estaban leyendo aquellas palabras del Señor en el Evangelio: “Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo- y luego vente conmigo”. Entonces Antonio con aquellas palabras hubiesen sido leídas especialmente para él, salió de la iglesia e hizo donación a los aldeanos de las posesiones heredadas de sus padres (tenía trescientas parcelas fértiles y muy hermosas).
Vendió también todos sus bienes muebles y repartió entre los pobres la considerable cantidad resultante de esta venta, guardando sólo lo estrictamente necesario para él y su hermana. Poco después, oyendo en la iglesia el comentario de las palabras de Cristo: “No os preocupéis por el día de mañana” distribuyó lo poco que había guardado para él, reservando una parte para su hermana que la encomendó a un grupo de vírgenes consagradas (probablemente el primer monasterio femenino del que se conserve memoria) de su plena confianza y cuidó de que recibiese una conveniente educación.
Libre ya de cuidados familiares, inicialmente emprendió frente a su misma casa una vida de ascetismo (el ascétismo es la práctica filosófica o religiosa que se basa en la búsqueda de la purificación del espíritu a través de la negación de los placeres materiales o la abstinencia). Trabajaba con sus propias manos, ya que conocía aquella afirmación de las Escrituras: “El que no trabaja que no coma”; lo que ganaba con su trabajo lo destinaba principalmente a los pobres, dejando una mínima parte para su sustento. Todos los habitantes del lugar, y todos los hombres honrados, cuya compañía frecuentaba, al ver su conducta lo llamaban el amigo de Dios, disfrutando de una gran consideración popular.
Poco después toma la decisión de salir de su propia aldea, buscando en la distancia una soledad que elevara su oración hasta el misticismo. Podemos afirmar que fue un hecho novedoso, ya que desde el inicio del cristianismo era práctica común entre los cristianos practicar el ascetismo, la continencia, ejercitarse en la abnegación, el ayuno, la oración, y obras de piedad; pero habían hecho esto en medio de su familia, sin dejar casa u hogar.
Según San Atanasio, el demonio comenzó a tentarlo de diversas formas, pero el santo se resistía imponiéndose a si mismo penitencias muy rigorosas. Llegó a fijar su residencia en una antigua tumba excavada en la ladera de la montaña, conociendo sólo un amigo suyo la ubicación. Esto fue un gesto profético, liberador, ya que los hombres tanto de su tiempo como los de nuestros días temían desmesuradamente a los cementerios, que creían poblados de demonios. La presencia de Antonio en el abandonado sepulcro era un claro mentís a tales supersticiones y proclamaba, a su manera, el triunfo de la resurrección. Todo, aún los lugares que más espantan a la naturaleza humana pertenece a Dios. En esta etapa fue cuando el demonio le asaltó con muchas tentaciones, oponiéndose a estos ataques con la más severa vigilancia sobre sus sentidos, el ayuno prolongado y la oración. Aquí es cuando se adentró en las prácticas eremíticas junto a un cierto Pablo, anciano experto en la vida solitaria.
Tras quince años de esta vida, a la edad de treinta y cinco, Antonio resolvió retirarse a una soledad absoluta. Cruzó el Nilo, y en una montaña cerca de la ribera oriental, llamada entonces Pispir (actual Dayr al-Maymun), encontró una fuente y las ruinas de una vieja fortaleza en la que se encerró y donde vivió por veinte años sin ver ningún rostro humano. Le lanzaban la comida por encima de la pared que consistía exclusivamente en pan con un poco de sal, y no bebía más que agua. Nunca comía antes de la caída del sol y, en ciertas épocas, sólo cada tres o cuatro días.
A veces lo visitaban los peregrinos, a los que se negaba a ver; pero gradualmente un número de aspirantes a discípulos se establecieron en cuevas y cabañas alrededor de la montaña, formándose así una colonia de ascetas. Ante las súplicas continuas a que saliera y fuera su guía espiritual, al fin, cerca del año 305, cedió y salió de su retiro. Para sorpresa de todos, estaba tal y como había entrado, vigoroso de mente y cuerpo.
Durante cinco o seis años se dedicó a la instrucción y organización del gran cuerpo de monjes que se habían aglomerado a su alrededor, siendo el origen de la vida monástica tal y como la conocemos hoy, pero eso sí, una vida monacal desprendida de cualquier artificio.
Pero una vez más se retiró al desierto interior que se extiende entre el Nilo y el Mar Rojo, cerca de la orilla, y fijó su morada sobre una montaña donde todavía se eleva el monasterio que lleva su nombre, Der Mar Antonios (foto de la parte superior). Aquí pasó los últimos cuarenta años de su vida, en reclusión, no tan estricta como en Pispir y en compañía de su discípulo Macario, quien se encargaba de recibir a los visitantes; si Macario encontraba a éstos suficientemente espirituales, san Antonio conversaba con ellos; si no, Macario les daba algunos consejos y san Antonio sólo aparecía para predicarles un corto sermón.
Junto con San Atanasio, defendió la fe en Jesús contra el arrianismo (herejía que negaba la divinidad de Cristo) y llegó a dejar escrito que San Antón oraba con mucha frecuencia, ya que había aprendido que es necesario retirarse para ser constantes en orar, y que ponía tanta atención a la lectura, que retenía todo lo que leía, hasta que llegó un momento en que su memoria suplía a los libros.
Cuenta la tradición que murió un 17 de enero y en tal día y mes celebra efectivamente la Iglesia su fiesta. También cuenta la devoción popular que dejó túnica y el manto que llevaba puesto cuando murió a San Atanasio.
Cuando falleció se respetó íntegramente su voluntad por parte de sus discípulos Macario y Amathas, que lo cuidaron en sus últimos años, dándole sepultura en un lugar del que nunca desvelaron su ubicación, para que su cuerpo no se convirtiese en objeto de reverencia. Pero milagrosamente su cuerpo se halló dos siglos más tarde, se desenterró y ahí comenzó el tumultuoso viaje de sus restos hasta donde supuestamente descansan en la actualidad.