Durante mi práctica docente, descubrí que enseñar va mucho más allá de transmitir conocimientos. Enseñar es, en esencia, un proceso de investigación continua. Cada clase es una fuente de preguntas, cada estudiante una oportunidad para aprender algo nuevo sobre el aprendizaje mismo. Esta comprensión no nació de un libro, sino de mi vivencia dentro de un salón de clases lleno de estudiantes con historias distintas, necesidades únicas y desafíos que requerían respuestas distintas a las que encontraba en la teoría. Fue en ese contexto real donde comencé a investigar mientras enseñaba.
Mi proyecto especial de lectoescritura fue una de las experiencias más significativas de este proceso. Aunque nació como parte del requisito formal de mi práctica docente, lo asumí con total compromiso porque respondía directamente a una necesidad que observé de forma clara en mi grupo de estudiantes de educación especial de quinto grado. Era evidente que muchos de ellos enfrentaban serias dificultades en lectura y escritura, pero lo más preocupante era el impacto emocional que eso tenía sobre su autoestima, su motivación y su participación en el aula. Vi en sus miradas el miedo a equivocarse, la frustración de sentirse menos capaces, y sentí que debía actuar. No solo como futura maestra, sino como alguien que también, en su momento, se sintió insegura frente a las palabras.
Al comenzar a diseñar el proyecto, comprendí que para ser verdaderamente útil debía ir más allá de una secuencia de actividades. Necesitaba comprender a profundidad cómo se desarrolla la lectoescritura, por qué ocurren ciertas dificultades, y qué métodos han demostrado ser eficaces en contextos similares. Así fue como inicié una investigación personal, construyendo un marco teórico que me ayudara a entender conceptos como la conciencia fonológica, la prosodia, los métodos fonético y global, y la relación entre motivación y aprendizaje. Consulté fuentes como Reading Rockets, el Instituto Peabody, Colorín Colorado, y artículos académicos que me ofrecieron no solo teoría, sino caminos posibles para abordar los desafíos de mis estudiantes.
Este proceso de lectura e investigación fue transformador. Cada concepto que leía cobraba sentido cuando lo veía reflejado en mis estudiantes. Por ejemplo, entender que muchos de ellos no habían desarrollado aún una conciencia fonológica adecuada me ayudó a explicar por qué tenían tantas dificultades para decodificar palabras simples. Ese conocimiento me permitió diseñar actividades específicas como juegos de segmentación de sonidos, rimas y lectura de sílabas, que no solo fueron efectivas, sino también divertidas para ellos. Del mismo modo, aprender sobre la importancia de la prosodia me llevó a implementar estrategias como el modelaje de lectura en voz alta, la lectura coral y el uso de audios con entonaciones expresivas, lo cual fortaleció la fluidez y el interés por la lectura en el grupo azul.
A lo largo del proyecto, surgieron muchas preguntas que me impulsaron a investigar de manera informal, dentro del mismo proceso de enseñanza. ¿Qué estrategias generaban más seguridad en los estudiantes con dislexia? ¿Cómo influía la lectura en pareja en la confianza del lector con dificultades? ¿Por qué algunos estudiantes mejoraban su rendimiento cuando trabajaban en voz baja y otros necesitaban más interacción? Aunque no seguí un método de investigación formal, comencé a observar con más intención, tomar notas de comportamientos, documentar reacciones, y ajustar mis estrategias semana tras semana con base en lo que observaba. Esta práctica se convirtió en una forma de aprender desde y con la experiencia, validando mis decisiones con evidencias que surgían del propio salón de clases.
Por ejemplo, una de las situaciones que más me marcó fue la de un estudiante del grupo amarillo que al inicio se negaba a participar en cualquier actividad de lectura. Mostraba mucha ansiedad, se distraía fácilmente y evitaba los ejercicios. Decidí observarlo más de cerca y descubrí que se sentía más cómodo cuando podía anticipar lo que se le iba a pedir. Empecé a darle pistas visuales antes de la lectura, a trabajar con él individualmente usando tarjetas ilustradas y a celebrar cada pequeño avance. Poco a poco, su actitud cambió. Pasó de esconderse detrás de su libreta a levantar la mano para leer en voz alta una palabra. Este cambio fue pequeño a nivel académico, pero inmenso a nivel personal. Y fue gracias a esa observación constante —esa pequeña investigación informal— que pude ajustar mi enseñanza para responder mejor a sus necesidades.
Uno de los grandes retos de investigar mientras se enseña es el manejo del tiempo y de la energía. Estar en un salón con estudiantes diversos, gestionar el comportamiento, atender las emociones, aplicar estrategias y al mismo tiempo observar críticamente todo lo que ocurre, puede ser abrumador. Hubo días en los que me sentí agotada, frustrada por no lograr que todos avanzaran al mismo ritmo, o insegura de si estaba tomando las mejores decisiones. Pero también aprendí que investigar no es tener todas las respuestas, sino atreverse a hacer las preguntas correctas y estar dispuesta a ajustar el rumbo cuando sea necesario.
Otra lección valiosa que me dejó esta experiencia fue el valor de la ética en la práctica docente. Trabajar con estudiantes de educación especial implica una gran responsabilidad emocional y humana. En todo momento me cuidé de no etiquetar, de no hacer comparaciones entre ellos, de respetar sus ritmos y de crear un ambiente seguro donde pudieran fallar sin miedo. Al investigar, también debía proteger su privacidad y su dignidad, por lo que todo lo que observaba y registraba lo hacía con un enfoque constructivo, no evaluativo. Entendí que el verdadero propósito de investigar no es medir al estudiante, sino mejorar mi capacidad para acompañarlo.
Hoy, mirando en retrospectiva, puedo decir que este proyecto fue mi primer paso como maestra-investigadora. No tuve un diseño experimental ni resultados cuantificables, pero sí tuve preguntas reales, observaciones constantes y una transformación profunda en mi forma de enseñar. Aprendí a ver la enseñanza como una práctica viva, en constante evolución, donde cada clase puede ser una oportunidad para descubrir algo nuevo, mejorar una estrategia, o comprender mejor a un estudiante.
Investigar al enseñar me ayudó a convertirme en una docente más crítica, más sensible y más comprometida. Ya no me conformo con aplicar una estrategia solo porque “siempre se ha hecho así”; ahora quiero saber por qué funciona, cómo impacta emocionalmente, y qué puedo hacer para mejorarla. Esta forma de ver la enseñanza me motiva a seguir formándome, a leer más, a escuchar más a mis estudiantes y a no tener miedo de probar, ajustar, fallar y volver a intentar.
En definitiva, enseñar e investigar no son caminos separados, sino dos formas complementarias de aprender. Como futura maestra, me llevo esta experiencia como un recordatorio constante de que, para poder guiar verdaderamente a mis estudiantes, debo estar siempre dispuesta a seguir aprendiendo junto a ellos.