La Iglesia, Síntesis Teológica
8/21/00
La Iglesia, creación de Dios, construcción de Cristo, animada y habitada por el Espíritu esta confiada a los hombres, los apóstoles< escogidos por Jesús bajo la acción del Espíritu Santo> y luego los que, por la imposición de las manos, recibirían el carisma de gobernar.
La Iglesia, guiada por el Espíritu es < columna y soporte de la verdad > capaz, sin desfallecer, de < guardar el depósito de las sanas palabras recibidas > de los apóstoles, es decir, de < anunciarlo> y explicarlo sin error. Constituida cuerpo de Cristo por medio del Evangelio, nacida de un solo bautismo, nutrida con un solo pan reúne en un solo pueblo a los hijos del mismo Dios y Padre; borra las divisiones humanas reconciliando en un solo pueblo a judíos y paganos, civilizados y barbaros, amos y esclavos, hombres y mujeres. Esta unidad es católica, como se dice desde el siglo II; está hecha para reunir todas las diversidades humanas, para adaptarse a todas las culturas y abarcar al universo entero.
La Iglesia es santa no solo en su cabeza, sus junturas y sus ligamentos, sino también en sus miembros que ha santificado el bautismo. Cierto que hay pecadores en la Iglesia; pero están desgarrados entre su pecado y las exigencias del llamamiento que los ha hecho entrar en la asamblea de los < santos >. A ejemplo del maestro, la Iglesia no los rechaza y les ofrece el perdón y la purificación, sabiendo que la cizaña puede todavía convertirse en trigo en tanto la muerte no haya anticipado para cada uno la < siega >. La Iglesia no tiene su fin en ella misma: conduce al reino definitivo, por el que la sustituirá la parusía de Cristo y en el que no entrara lo impuro. Las persecuciones avivan su aspiración a transformase en Jerusalén celestial.
El modelo perfecto de la fe, de la esperanza y de la caridad de la Iglesia es María, que la vio nacer en el Calvario y en el Cenáculo. Pablo por su parte está lleno de un amor ardiente y concreto de la Iglesia: le devora < el cuidado de todas las iglesias > y, dando curso para los hombres a costa de grandes sufrimientos a los frutos infinitos de la cruz, < completa en su carne lo que falta a las pruebas de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia >. Su vida < como ministro de la Iglesia> es un ejemplo, sobre todo para los continuadores de la obra apostólica.
Todos los miembros del pueblo cristiano, y no solo los jefes, están llamados a servir a la Iglesia mediante el ejercicio de sus carismas; los Caballeros de Colon a vivir en la cepa como sarmientos cargados de los frutos de la Caridad, Unidad, Fraternidad y Patriotismo, a honrar su sacerdocio con el sacrificio de la fe y una vida pura según el Espíritu, a tomar parte activa en el culto de la asamblea; finalmente, los que han recibido el carisma de la virginidad, o bien , si han contraído matrimonio, a modelar su vida conyugal conforme a la unión de esposos que existe entre Cristo y la Iglesia; La ciudad santa, a la que Jesús ha amado como a esposa fecunda y a la que todos y cada uno dicen: <! Madre i >, merece nuestro amor filial; pero solo la amaremos edificándola por nuestra parte con hechos y no palabras.
Joel Ignacio, P.Canciller
Conferencista Knights of Columbus
PADRE FÉLIX VARELA, Council # 7420
(Bibliografía) X. Leon-Dufour "Vocabulario de Teología Bíblica".
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San Juan Crisóstomo (hacia 345-407), presbítero en Antioquia, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia
Homilías sobre la 1ª carta a los Corintios, n°24,4; PG 61, 204
«Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros» (Lc 22,19)
Cristo, con el fin de que le amáramos cada vez más, nos dio su carne como alimento. Vayamos pues hacia él con mucho amor y fervor... A este cuerpo, los magos lo adoraron cuando estaba acostado en un pesebre... Éstos, viendo al niño, a Cristo, en un pesebre, bajo un pobre techo, a pesar de no ver nada de lo que vosotros veis, se llegaron a él con gran respeto.
Vosotros ya no le veis en un pesebre sino sobre el altar. Vosotros ya no veis a una mujer que lo tiene en sus brazos, sino al celebrante que lo ofrece, y el Espíritu de Dios, con toda su generosidad, planea por encima de la ofrendas. Vosotros, no sólo veis al mismo cuerpo que vieron los magos sino que, además, conocéis su poder y su sabiduría, y no desconocéis nada de lo que él llevó a cabo... Despertémonos, pues, y despertemos en nosotros el temor de Dios. Mostremos una piedad mayor que la de estos extranjeros a fin de no avanzarnos hacia el altar de cualquier manera...
Esta mesa fortifica nuestra alma, une nuestro pensar, sostiene nuestra certeza; es ella nuestra esperanza, nuestra salvación, nuestra luz, nuestra vida. Si dejamos la tierra después de este sacrificio, entraremos en los atrios sagrados con toda certeza tal como si, por todos lados, estuviéramos protegidos por una armadura de oro. Pero ¿por qué hablar del futuro? Es ya en este mundo que el sacramento transforma la tierra en cielo. Abrid, pues, las puertas del cielo, y veréis lo que acabo de deciros. Lo que os quiero mostrar no son ni los ángeles, ni los arcángeles, ni el cielo de los cielos, sino a Aquel que es su Señor. Así, en cierta manera, veis sobre la tierra lo más precioso de todo lo que existe. Y no tan sólo lo veis, sino que lo tocáis y lo coméis. Purificad, pues, vuestra alma, preparad vuestro espíritu para recibir estos misterios.