Entre Jesuitas

JOEL, LA MAMA Y DONATO

 

Conocí al Padre Donato Cavero, jesuita, en Camagüey, Cuba. Era por entonces, el párroco de la Iglesia San José y atendía también la capilla San José y algún que otro término municipal como Cascorro donde le acompañe en ocasiones para ayudarle de acolito en la MISA. Como yo pertenecía a la Iglesia de la Soledad, varias veces nos reuníamos los jóvenes de ambas parroquias, donde el nos ilustraba sobre religión. En otra ocasión  le ayudamos en una obra teatral sobre La Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Sr. Jesucristo (en la semana mayor); por cierto andaba haciendo estragos una gripe muy fuerte y en el día del estreno faltaron dos de los personajes y con prisas me toco interpretar a Judas a Herodes Antipas y el mío que se trataba del Centurión. Como podéis ver tuve que hacer de tripas corazón y como no, con la ayuda de lo alto todo funciono muy bien y todos recibimos las felicitaciones del público y del obispo Mons. Adolfo Rodríguez Herreras, que se encontraba para la ocasión.

El P. Donato fue también durante años director del Boletín dominical “VIDA CRISTIANA” que se reparte en todas las parroquias de Cuba.

La foto de arriba fue tomada en mi casa de Madrid, España festejando el encuentro mío con mi mamá (después de veinte años sin poder vernos por culpa de la TIRANÍA  de los hermanos Castro) al que fue invitado el Padre y  donde disfrutamos de un fraternal encuentro y suculenta comida.

Como español, el Padre frecuentaba su país; en esta ocasión coincidimos y disfrutamos de momentos muy fructíferos desde el punto de vista espiritual y realizamos juntos algunas visitas de importancia, por ejemplo a su hermana monja al convento donde residía en el cual el P. Donato oficio MISA y yo serví de lector y acolito. El Padre tiene también un hermano sacerdote y otro que es un ingeniero e inventor de partes para automóviles etc., una familia muy agraciada ante los ojos de Ntro. Padre Celestial.

Por esos días también fuimos a ver en Madrid, al Hospital Jesuita, que se encuentra en el Paseo de La Habana, a un sacerdote que quedo paralitico producto de un accidente, nombrado P. José Luis de Urrutia, S. J.,; el padre Cavero pudo subir a su habitación y verle. Yo me quede en el lobby ya que no permitieron mas entrantes debido a lo llena que se encontraba la habitación, no obstante tuve la satisfacción de que el P. José Luis le entregara , para mí, dos libros escritos por el los cuales por  supuesto conservo en mi poder como reliquias, se titulan “PARA… Y MEDITA” y el otro  “ENFOQUES CATÓLICOS “mas luego, en librería, adquirí otros dos por mi cuenta: “NUEVO DEVOCIONARIO” (guía de caminantes); y el que me hizo comprender el interés del padre Donato en que yo conociera a tan ilustre personaje: “EL TIEMPO QUE SE APROXIMA”

~ según las principales profecías ~. El padre Donato conocía sobre La Causa de la Virgen Milagrosa y de las profecías que el P. Becerril me había contado, al cual el también conoció.

El P. Donato Cavero me ayudo con buena consejería en Madrid. Yo me encontraba en el dilema entre el sacerdocio o el matrimonio ya que deseaba y aun deseo servir al Señor en la comunidad y en el altar y luego de meditar profundamente determine casarme que quemarme en la carne y peor aun en el infierno si rompía los sagrados votos de castidad (entiendase celibato). No quiere esto decir que no pueda ir por otros motivos al infierno; como tampoco quiere decir que mañana se retire la disciplina del voto de castidad (celibato) en la Iglesia Romana Latina y otros que sientan como yo puedan servir en ambos campos de fertilidad para edificación de la Iglesia.

Por mi parte les  recomiendo todos los libros del P. Urrutia, tienen donde escoger, los temas que prefieran, no se arrepentirán.

Ahora les presento este perfil del P. José Luis de Urrutia, el cual tome de la contra portada del libro de las principales profecías.
 

                       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Predicador del Papa a la Curia: “Siervos y amigos de Jesucristo”

Primera meditación de Adviento del padre Raniero Cantalamessa

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 4 diciembre 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la primera meditación de Adviento que dirigió en la mañana de este viernes el padre Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap., a Benedicto XVI y a sus colaboradores de la Curia Romana en la capilla "Redemptoris Mater" del Vaticano.

"Siervos y amigos de Jesucristo"

1. Al manantial de todo sacerdocio

En la elección del tema de estas predicaciones a la Casa Pontificia siempre trato de dejarme guiar por la gracia particular que está viviendo la Iglesia. El año pasado era la gracia del año paulino, este año es la gracia del año sacerdotal, cuya proclamación, Santo Padre, le agradecemos profundamente.

El Concilio Vaticano II ha dedicado al tema del sacerdocio todo un documento, el Presbyterorum ordinis; Juan Pablo II, en 1992, dirigió a toda la Iglesia la exhortación postsinodal Pastores dabo vobis, sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual; el actual sumo pontífice, al convocar este año sacerdotal, trazó un breve pero intenso perfil del sacerdote a la luz de la vida del santo cura de Ars. Son innumerables las intervenciones de los obispos sobre este tema, por no hablar de los libros escritos sobre la figura y la misión del sacerdote en el siglo que ha concluido recientemente, algunos de los cuales son obras literarias de primer orden.

¿Qué puede añadirse a todo esto en el breve tiempo de una meditación? Me alienta el dicho con el que un predicador comenzaba su curso de ejercicios: "Non nova ut sciatis, sed vetera ut faciatis"; lo importante no es conocer cosas nuevas, sino aplicar las conocidas. Renuncio, por tanto, a todo intento de síntesis doctrinal, de presentaciones globales o de perfiles ideales del sacerdote (no tendría ni el tiempo ni la capacidad) y trataré de hacer vibrar nuestro corazón sacerdotal con el contacto de la Palabra de Dios.

La Palabra de la Escritura, que nos servirá como hilo conductor, se encuentra en I Corintios 4,1, que muchos de nosotros recordamos en la traducción latina de la Vulgata: "Sic nos existimet homo ut ministros Christi et dispensatores mysteriorum Dei": "Que nos tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios". Podemos complementarla, en ciertos aspectos, con la definición de la carta a los Hebreos: "Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados" (Hebreos 5,1).

Estas frases tienen la ventaja de replantearnos la raíz del sacerdocio, es decir, ese estadio de la revelación en el que el ministerio apostólico todavía no se ha diversificado, dando lugar a los tres grados canónicos de obispos, presbíteros y diáconos, que, al menos en lo que se refiere a las respectivas funciones, llegarán a aclararse con san Ignacio de Antioquía, a inicios del siglo II. Esta raíz común es subrayada por el Catecismo de la Iglesia Católica que define el orden sagrado como "el sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos: es, pues, el sacramento del ministerio apostólico" (n. 1536).

En nuestras meditaciones trataremos de referirnos lo más posible a ese estadio inicial con el objetivo de comprender la esencial del ministerio sacerdotal. En este Adviento, sólo tomaremos en consideración la primera parte de la frase del apóstol: "Servidores de Cristo". Si Dios quiere, continuaremos en Cuaresma nuestra reflexión, meditando en lo que significa para un sacerdote ser "administrador de los misterios de Dios" y cuáles son los misterios que debe administrar.

"¡Siervos de Cristo!" (con signos de exclamación, para indicar la grandeza, dignidad y belleza de este título): es la frase que debería tocar nuestro corazón en la presente meditación y hacer que vibre de santo orgullo. Aquí no hablamos de los servicios prácticos o ministeriales, como administrar la palabra y los sacramentos (de esto, como decía, hablaremos en Cuaresma); en otras palabras, no hablamos del servicio como "acto", sino del servicio como "estado", como vocación fundamental y como identidad del sacerdote; hablamos en el mismo sentido y con el mismo espíritu con que lo hacía Pablo, que al inicio de sus cartas siempre se presenta así: "Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación".

En el pasaporte invisible del sacerdote, con el que se presenta cada día ante la presencia de Dios y de su pueblo, en el apartado "profesión" debería decir: "Siervo de Jesucristo". Todos los cristianos son obviamente siervos de Cristo, pero el sacerdote lo es con un título y un sentido totalmente particular, como todos los bautizados son sacerdotes, pero el ministro ordenado lo es con un título y un sentido diferente y superior.

2. Continuadores de la obra de Cristo

El servicio esencial que el sacerdote está llamado a ofrecer a Cristo consiste en continuar su obra en el mundo: "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Juan 20, 21). El papa san Clemente, en su famosa Carta a los Corintios, comenta: "Cristo es enviado por Dios y los apóstoles por Cristo... Éstos, predicando por doquier, en el campo y en la ciudad, nombraron a sus primeros sucesores, habiendo sido puestos a prueba por el Espíritu para ser obispos y diáconos". Cristo es enviado por el Padre, los apóstoles por Cristo, y los obispos por los apóstoles: es la primera formulación clara del principio de la sucesión apostólica.

Pero esa palabra de Jesús no tiene sólo un significado jurídico y formal. Es decir, no sólo fundamenta el derecho de los ministros ordenados a hablar como "enviados" por Cristo; indica también el motivo y el contenido de este mandato, que es el mismo por el que el Padre envió al Hijo al mundo. Y, ¿por qué envió Dios a su Hijo al mundo? También en este caso renunciamos a respuestas globales, completas, para las que haría falta leer todo el Evangelio; nos limitamos alguna de las declaraciones programáticas de Jesús.

Ante Pilato, afirma solemnemente: "para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad" (Juan 18, 37). Continuar con la obra de Cristo comporta, por tanto, que el sacerdote dé testimonio de la verdad, hacer que brille la luz de lo verdadero. Basta tener en cuenta el doble significado de la palabra verdad, aletheia, en Juan. Oscila entre la "realidad" divina y el "conocimiento" de la realidad divina, entre un significado ontológico u objetivo y uno gnoseológico o subjetivo. Verdad es "la realidad eterna en cuanto revelada a los hombres, que hace referencia tanto a la misma realidad como a su revelación" (H. Dodd, L'interpretazione del Quarto Vangelo, Paideia, Brescia 1974, p. 227).

La interpretación tradicional ha entendido "verdad" sobre todo en el sentido de revelación y conocimiento de la verdad; en otras palabras, como verdad dogmática. Esta es ciertamente una tarea esencial. La Iglesia, en su conjunto, la desempeña por medio del magisterio, de los concilios, de los teólogos, y de cada sacerdote, predicando al pueblo la "sana doctrina".

Pero no hay que olvidar el otro significado que Juan da a la verdad: el de realidad conocida, más que conocimiento de la realidad. Desde esta perspectiva, la tarea de la Iglesia y de cada sacerdote no se limita a proclamar las verdades de fe, sino que debe ayudar a experimentarlas, a entrar en contacto íntimo y personal con la realidad de Dios, a través del Espíritu Santo.

"La fe --escribió santo Tomás de Aquino-- no termina con la enunciación, sino con la realidad" ("Fides non terminatur ad enuntiabile sed ad rem"). Del mismo modo, los maestros de la fe no pueden contentarse con enseñar las verdades de fe, tienen que ayudar a las personas a alcanzar el objetivo, a no tener sólo una "idea" de Dios, sino a hacer la experiencia de Él, según el sentido bíblico de conocer, diferente, como se sabe, del griego y filosófico.

Otra declaración programática de intenciones es la que Jesús pronuncia ante Nicodemo: "Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Gv 3, 17). Esta frase hay que leerla a la luz de la precedente: "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna". Jesús vino a revelar a los hombres la voluntad salvífica y el amor misericordioso del Padre. Toda su predicación se resume en la palabra que dirige a los discípulos en la Última Cena: "¡El Padre os quiere!" (Juan 16, 27).

Ser continuador en el mundo de la obra de Cristo significa asumir esta actitud de fondo ante la gente, incluidos los más alejados. No juzgar, sino salvar. No debería descuidarse el trato humano, sobre el que la Carta a los Hebreros, insiste particularmente a la hora de presentar la figura de Cristo Sumo Sacerdote y de cada sacerdote: la simpatía, el sentido de solidaridad, la compasión con el pueblo.

Se ha dicho de Cristo: "No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino que fue probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado". Del sacerdote humano afirma que "es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo" (Hebreos 4,15-5, 3).

Es verdad que Jesús, en los Evangelios, también se muestra severo, juzga y condena, pero ¿con quién lo hace? No lo hace con la gente sencilla, que venía a escucharle, sino con los hipócritas, los autosuficientes, los maestros y los guías del pueblo. Jesús no era, como se dice de algunos políticos: "fuerte con los débiles y débil con los fuertes". ¡Todo lo contrario!

3. Continuadores, no sucesores

Pero, ¿cómo es posible hablar de los sacerdotes como continuadores de la obra de Cristo? En toda institución humana, como sucedía en tiempos del Imperio Romano y como sucede hoy con las órdenes religiosas y todas las empresas, los sucesores continúan la "obra", pero no continúan con la "persona" del fundador. Éste, en ocasiones, es corregido, superado e incluso repudiado. Esto no sucede con la Iglesia. Jesús no tiene sucesores, pues no ha muerto, sino que está vivo; "resucitado de la muerte, la muerte ya no tiene poder sobre Él".

¿Cuál es entonces la tarea de sus ministros? La de representarle, es decir, hacerle presente, dar forma visible a su presencia invisible. En esto consiste la dimensión profética del sacerdocio. Antes de Cristo, la profecía consistía esencialmente en anunciar una salvación futura, "en los últimos días", después de Él consiste en revelar al mundo la presencia escondida de Cristo, en gritar como Juan Bautista: "En medio de vosotros hay uno que no conocéis". Un día unos griegos se dirigieron al apóstol Felipe con esta pregunta: "Señor, queremos ver a Jesús" (Juan 12, 21); la misma pregunta, más o menos explícita, lleva en el corazón quien se acerca hoy al sacerdote.

 

San Gregorio de Nisa acuñó una famosa expresión, que normalmente se aplica a la experiencia de los místicos: "Sentimiento de presencia" (Sobre el Cántico, XI, 5, 2 --PG 44, 1001--, aisthesis parousias). El sentimiento de presencia es algo más que la sencilla fe en la presencia de Cristo; es tener el sentimiento vivo, la percepción casi física de su presencia como Resucitado. Si esto es propio de la mística, entonces quiere decir que todo sacerdote tiene que ser un místico, o por lo menos un "mistagogo", quien introduce a las personas en el misterio de Dios y de Cristo, como llevándolas de la mano.

 

La tarea del sacerdote no es diferente, aunque esté subordinada, a la que el Santo Padre presentaba como prioridad absoluta del sucesor de Pedro y de toda la Iglesia en la carta dirigida a los obispos, el 10 de marzo pasado: "En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado... Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia: Ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo".

 

4. Siervos y amigos

Pero ahora tenemos que dar un paso adelante en nuestra reflexión. "¡Siervos de Jesucristo!": este título nunca debería ir solo; le debe acompañar siempre, al menos en lo profundo del corazón, otro título: ¡el de amigos!

La raíz común de todos los ministerios ordenados que se perfilarán posteriormente es la elección que un día hizo Jesús de los Doce; esto es lo que de la institución sacerdotal se remonta hasta el Jesús histórico. La liturgia presenta, es verdad, la institución del sacerdocio el Jueves Santo, a causa de la palabra que Jesús pronunció después de la institución de la Eucaristía: "Haced esto en memoria mía". Pero esta frase también presupone la elección de los Doce, sin contar que, si se toma aislada, justificaría el papel de sacrificador y de liturgo del sacerdote, pero no el de anunciador del Evangelio, que es asimismo fundamental.

¿Qué dijo en aquella ocasión Jesús? ¿Por qué escogió a los Doce, después de haber rezado durante toda la noche? "Instituyó Doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar" (Marcos 3,14-15). Estar con Jesús e ir a predicar: estar e ir, recibir y dar: en pocas palabras se presenta lo esencial de la tarea de los colaboradores de Cristo.

Estar "con" Jesús no significa sólo una cercanía física; en embrión implica ya toda la riqueza que Pablo encerrará en la fórmula "en Cristo" o "con Cristo". Significa compartir todo de Jesús: su vida itinerante, ciertamente, pero también sus pensamientos, su objetivos, su espíritu. La palabra compañero procede del latín medieval y significa quien tiene en común (con-) el pan (panis), que come el mismo pan.

En los discursos de adiós, Jesús da un paso adelante, completando el título de compañeros con el de amigos: "No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Juan 15.15).

Hay algo conmovedor en esta declaración de amor de Jesús. Siempre recordaré el momento en el que recibí la gracia, por un instante, de experimentar algo de esta conmoción. En un encuentro de oración, alguien había abierto la Biblia y había leído ese pasaje de Juan. La palabra "amigos" me tocó con una profundidad nunca antes experimentada; removió algo en lo profundo de mí mismo, hasta el punto de que durante todo el resto del día me repetía a mí mismo, lleno de maravilla e incredulidad: "¡Me ha llamado amigo! ¡Jesús de Nazaret, el Señor, mi Dios! ¡Me ha llamado amigo! ¡Soy su amigo! Y me parecía que con esa certeza era posible volar por los aires y atravesar el fuego.

Cuando habla del amor de Jesucristo, san Pablo siempre da la impresión de que se conmueve: "¿Quién nos separará del amor de Cristo?" (Romanos 8, 35), "¡me amó y se entregó a sí mismo por mí!" (Gálatas 2, 20). Tendemos a desconfiar de la conmoción e incluso a avergonzarnos de ella. No sabemos la riqueza que nos perdemos. Jesús "se conmovió profundamente" y lloró ante la viuda de Naím (cf Lucas 7, 13) y ante las hermanas de Lázaro (cf Juan 11, 33.35). Un sacerdote capaz de conmoverse cuando habla del amor de Dios y del sufrimiento de Cristo o cuando recibe la confidencia de un gran dolor, convence más que con agudos razonamientos. Conmoverse no significa necesariamente echarse a llorar; es algo que se percibe en los ojos, en la voz. La Biblia está llena del pathos de Dios.

5. El alma de todo sacerdocio

Una relación personal, llena de confianza y de amistad con la persona de Jesús, es el alma de todo sacerdocio. De cara al año sacerdote, he vuelto a leer el libro del abad Jean-Baptiste Chautard, "El alma de todo apostolado", que hizo tanto bien y sacudió a tantas conciencias en los años anteriores al Concilio. En un momento en el que se daba un gran entusiasmo por las "obras parroquiales": cine, juegos, iniciativas sociales, círculos culturales, el autor volvía a centrar bruscamente la atención sobre el problema, denunciando el peligro de un activismo vacío. "Dios --escribía-- quiere que Jesús sea la vida de las obras".

No reducía la importancia de las actividades pastorales, todo lo contrario, sin embargo, afirmaba que sin una vida de unión con Cristo, no eran más que "muletas" o, como las definía san Bernardo, "malditas ocupaciones". Jesús le dijo a Pedro: "Simón, ¿me amas? Apacienta mis ovejas". La acción pastoral de todo ministro de la Iglesia, desde el Papa hasta el último sacerdote, no es más que la expresión concreta del amor por Cristo. "¿Me amas? Entonces, ¡apacienta!". El amor por Jesús marca la diferencia entre el sacerdote funcionario o ejecutivo y el sacerdote siervo de Cristo y dispensador de los misterios de Dios.

El libro del abad Chautard podría llevar por título "El alma de todo sacerdocio", pues en toda la obra habla de él como agente y responsable en primera línea de la pastoral de la Iglesia. En aquella época, el peligro ante el que se trataba de reaccionar era el llamado "americanismo". El abad se remonta con frecuencia, de hecho, a la carta de León XIII "Testem benevolentiae", que había condenado esa "herejía".

Hoy esta herejía, si de herejía se puede hablar, ya no sólo es "americana", sino una amenaza que, incluso a causa de la disminución de la proporción de sacerdotes, afecta al clero de toda la Iglesia: se llama activismo frenético. (Por otra parte, muchas de las instancias que procedían en aquel tiempo de los cristianos de los Estados Unidos, y en particular del movimiento creado por el siervo de Dios Isaac Hecker, fundador de los Paulist Fathers, tachadas de "americanismo", por ejemplo, la libertad de conciencia y la necesidad de un diálogo con el mundo moderno, no eran herejías, sino instancias proféticas que el Concilio Vaticano II hará en parte suyas).

El primer paso para hacer de Jesús el alma del propio sacerdocio consiste en pasar del personaje Jesús al Jesús persona. El personaje es uno "de" quien se puede hablar con gusto, pero "a" quien nadie puede dirigirse y "con" quien nadie puede hablar. Se puede hablar de Alejandro Magno, de Julio César, de Napoleón todo lo que se quiera, pero si uno dijera que habla con algunos de ellos, le mandarían inmediatamente con un psiquiatra. La persona, por el contrario, es alguien con quien se puede hablar y a quien se puede hablar. Cuando Jesús no es más que un conjunto de noticias, de dogmas o de herejías, alguien del pasado, una memoria, no una presencia, se queda en un personaje. Es necesario convencerse de que está vivo y presente. Es más importante hablar con él que hablar de Él.

Uno de los aspectos más hermosos de la figura de don Camilo de Giovanni Guareschi, teniendo obviamente en cuenta el género literario, se aprecia cuando habla en voz alta con el Crucifijo sobre todo lo que le sucede en la parroquia. Si nos acostumbráramos a hacerlo, con tanta espontaneidad, con nuestras palabras, ¡cuánto cambiaría en nuestra vida sacerdotal! Nos daremos cuenta de que no hablamos al vacío, sino a alguien que está presente, que escucha y responde, quizá no en voz alta como a don Camilo.

6. En primer lugar, las "piedras grandes"

Al igual que en Dios toda la obra exterior de la creación mana de su vida íntima, "del incesante flujo de su amor", y así como toda la actividad de Cristo mana de su diálogo ininterrumpido don el Padre, del mismo modo todas las obras del sacerdote deben ser la prolongación de su unión con Cristo. "Como el Padre me ha enviado, así os envío yo", también significa esto: "Yo he venido al mundo sin separarme del Padre, vosotros id al mundo sin separaros de mí".

Cuando se interrumpe este contacto, sucede como en una casa, cuando se va la electricidad y todo se detiene y queda a oscuras, o, en el caso del agua corriente, cuando los grifos dejan de dar agua. A veces se escucha: ¿cómo quedarnos tranquilos rezando cuando tantos necesitados reclaman nuestra presencia? ¿Cómo no correr cuando se está quemando la casa? Es verdad, pero imaginemos lo que le sucedería a un equipo de bomberos que acudiera, con las sirenas encendidas, a apagar un incendio y, al llegar al lugar, se diera cuenta de que no tiene ni una gota de agua. Es lo que nos sucede cuando corremos a predicar o a ejercer otros ministerios vacíos de oración y de Espíritu Santo.

He leído una historia que me parece que se aplica de manera ejemplar a los sacerdotes. Un día, un anciano profesor fue invitado como experto para hablar sobre la planificación más eficaz del propio tiempo a los ejecutivos de grandes compañías estadounidenses. Decidió hacer un experimento. De pie, sacó de debajo de la mesa un gran jarrón de cristal vacío. Tomó después una docena de piedras del tamaño de pelotas de tenis que depositó con cuidado, una por una, en el jarrón hasta llenarlo. Cuando ya no había espacio para otras piedras, preguntó a los alumnos: "Creéis que el jarrón está lleno?", y todos respondieron: "¡sí!".

Se agachó de nuevo y sacó de debajo de la mesa una caja llena de grava que derramó encima de las grandes piedras, moviendo el jarrón para que la grava pudiera penetrar entre las piedras grandes hasta llegar al fondo. "Ahora, ¿se ha llenado?", preguntó. Con más prudencia, los alumnos comenzaron a comprender y respondieron: "Quizá no todavía". El anciano profesor se agachó de nuevo y esta vez sacó un saco de arena, que derramó en el jarrón. La arena llenó los espacios entre las piedras y la grava. Preguntó nuevamente: "Ahora, ¿está lleno el jarrón?". Y todos, sin pensarlo dos veces, respondieron: "¡No!". El anciano tomó una garrafa que se encontraba en la mesa y derramó el agua hasta llenar el jarrón.

Entonces, pregunta: "¿Cuál es la gran verdad que nos muestra este experimento?". El más atrevido respondió: "Demuestra que, aunque nuestra agenda esté totalmente llena, con algo de buena voluntad siempre se puede añadir algún compromiso, algo más por hacer". "No", respondió el profesor. "Lo que demuestra el experimento es que si no se meten en primer lugar las piedras gruesas en el jarrón después no podrán entrar". "¿Cuáles son las grandes piedras, las prioridades de nuestra vida? Lo importante es poner estas grandes piedras en el primer lugar de nuestra agenda?".

San Pedro indicó de una vez por todas cuáles son las grandes piedras, las prioridades absolutas, de los apóstoles y de sus sucesores, obispos y sacerdotes: "nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra" (Hechos 6, 4).

Nosotros, sacerdotes, más que cualquier otro, estamos expuestos al peligro de sacrificar lo importante por lo urgente. La oración, la preparación de la homilía o de la misa, el estudio y la formación, son cosas importantes, pero no urgentes; si se aplazan, en apariencia, no se hunde el mundo, mientras que hay muchas cosas pequeñas --un encuentro, una llamada por teléfono, un trabajito material-- que son urgentes. De este modo, se acaba aplazando sistemáticamente lo importante a un "después" que nunca llega.

Para un sacerdote, poner en primer lugar en el vaso las grandes piedras puede significar concretamente comenzar la jornada con un tiempo de oración y de diálogo con Dios, de manera que las actividades y los diferentes compromisos no acaben ocupando todo el espacio.

Concluyo con una oración del abad Chautard que se encuentra en el programa de estas meditaciones: "Oh Dios, dad a la Iglesia muchos apóstoles, pero suscitad en su corazón una sed ardiente de intimidad con Vos y, al mismo tiempo, un deseo de trabajar por el bien del prójimo. Dad a todos una actividad contemplativa y una contemplación activa". ¡Así sea!

[Traducción del original italiano por Jesús Colina]

 
 
 

Predicador del Papa: “Ministros de la nueva alianza del Espíritu”

Segunda meditación de Adviento del padre Cantalamessa al Papa y la Curia

CIUDAD DEL VATICANO, viernes 11 de diciembre de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la segunda meditación de Adviento que dirigió en la mañana de este viernes el padre Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap., a Benedicto XVI y a sus colaboradores de la Curia Romana en la capilla "Redemptoris Mater" del Vaticano.

 
Ministros de la nueva alianza del Espíritu

1. El servicio del Espíritu

La otra vez comentamos la definición que Pablo da de los sacerdotes como "servidores de Cristo". En la segunda carta a los Corintios encontramos una afirmación aparentemente distinta. Escribe: " Él nos capacitó para ser ministros de una nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu. Pues la letra mata mas el Espíritu da vida. Que si el ministerio de la muerte, grabado con letras sobre tablas de piedra, resultó glorioso hasta el punto de que no poder los hijos de Israel fijar su vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, aunque pasajera, ¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu!" (2 Corintios 3, 6-8).

Pablo se define a sí mismo y a sus colaboradores "ministros del Espíritu" y el ministerio apostólico un "servicio del Espíritu". La confrontación con Moisés y el culto de la antigua alianza, no deja en duda de que en este pasaje, como en muchos otros de la misma Carta, él habla del papel de los guías de la comunidad cristiana, es decir, de los apóstoles y de sus colaboradores.

Quien conoce la relación que para Pablo existe entre Cristo y el Espíritu sabe que no hay contradicción entre ser servidores de Cristo y el ser ministros del Espíritu, sino continuidad perfecta. El Espíritu del que se habla aquí es de hecho el Espíritu de Cristo. Jesús mismo explica el papel del Paráclito respecto a él mismo, cuando dice a los apóstoles: él tomará de lo mío y os lo anunciará, él os hará recodar lo que os he dicho, él dará testimonio de mí...

La definición completa del ministerio apostólico y sacerdotal es: servidores de Cristo en el Espíritu Santo. El Espíritu indica la cualidad o la naturaleza de nuestro servicio que es un servicio "espiritual" en el sentido fuerte del término; es decir, no solo en el sentido de que tiene por objeto el espíritu del hombre, su alma, sino también en el sentido de que tiene por sujeto, o por "agente principal", como decía Pablo VI, al Espíritu Santo. San Ireneo dice que el Espíritu Santo es "nuestra misma comunión con Cristo" (San Ireneo, Adv. Haer. III, 24, 1.).

Poco antes, en la misma segunda Carta a los Corintios, el Apóstol había ilustrado la acción del Espíritu Santo en los ministros de la nueva alianza con el símbolo de la unción: "Y es que es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones" (2 Corintios 1, 21 s.).

San Atanasio comenta así este texto: "El Espíritu está llamado y es unción y sello... la unción es el soplo del Hijo, de modo que el que posee el Espíritu pueda decir: ‘Nosotros somos el perfume de Cristo'. El sello representa a Cristo, de modo que quien está marcado con el sello pueda tener la forma de Cristo" (San Atanasio, Epístolas a Serapión, III, 3 (PG. 26, 628 s.). En cuanto unción, el Espíritu Santo nos transmite el perfume de Cristo; en cuanto sello, su forma, o imagen. Ninguna dicotomía hay por tanto entre el servicio de Cristo y servicio del Espíritu, sino unidad profunda.

Todos los cristianos son "ungidos"; su mismo nombre no significa otra cosa que esto: "ungidos", a semejanza de Cristo, que es el Ungido por excelencia (cf. 1 Juan 2, 20.27). Pablo sin embargo está hablando aquí de la obra suya y de Timoteo ("nosotros") hacia la comunidad ("vosotros"); es evidente por ello que se refiere en particular a la unción y al sello del Espíritu recibidos en el momento de ser consagrados al ministerio apostólico, para Timoteo mediante la imposición de las manos del Apóstol (cf. 2 Timoteo 1,6).

Debemos absolutamente redescubrir la importancia de la unción del Espíritu porque en ella, estoy convencido, está encerrado el secreto de la eficacia del ministerio episcopal y presbiteral. Los sacerdotes son esencialmente consagrados, es decir, ungidos. "Nuestro Señor Jesús -se lee en la Presbyterorum ordinis - que el Padre santificó y envió al mundo (Juan 10,36), hizo partícipe a todo su cuerpo místico de esa unción del Espíritu que él ha recibido". El mismo decreto conciliar se preocupa sin embargo en seguida en claro la especificidad de la unción conferida por el sacramento del Orden. Por eso, dice, " los sacerdotes, en virtud de la unción del Espíritu Santo, están marcados por un carácter especial que los configura a Cristo Sacerdote, de modo que puedan actuar en nombre de Cristo cabeza" (PO, 1, 2).

2. La unción: figura, acontecimiento y sacramento

La unción, como la Eucaristía y la Pascua, es una de esas realidades que están presentes en todas las tres fases de la historia de la salvación. Está presente de hecho en el Antiguo Testamento como figura, en el Nuevo Testamento como acontecimiento y en el tiempo de la Iglesia como sacramento. En nuestro caso, la figura es dada por las diversas unciones practicadas en el Antiguo Testamento; el acontecimiento está constituido por la unción de Cristo, el Mesías, el Ungido, al que todas las figuras tendían como a su realización; el sacramento, está representado por ese conjunto de signos sacramentales que prevén una unción como rito principal o complementario.

En el Antiguo Testamento se habla de tres tipos de unción: la unción real, sacerdotal y profética, es decir, la unción de los reyes, de los sacerdotes y de los profetas, aunque en el caso de los profetas se trata en general de una unción espiritual y metafórica, es decir, sin un óleo material. En cada una de estas tres unciones, se delinea un horizonte mesiánico, es decir, la esperanza de un rey, de un sacerdote y de un profeta que será el Ungido por antonomasia, el Mesías.

Junto con la investidura oficial y jurídica, por la que el rey se convierte en el Ungido del Señor, la unción confiere también, según la Biblia, un real poder interior, comporta una transformación que viene de Dios y este poder, esta realidad vienen cada vez más identificada con el Espíritu Santo. Al ungir a Saúl como rey, Samuel dice: "¿No es el Señor quien te ha ungido como jefe de su pueblo Israel? Tú regirás al pueblo del Señor... Te invadirá entonces el Espíritu del Señor, entrarás en trance con ellos y quedarás cambiado en otro hombre" (1 Samuel 10, 1.6). El vínculo entre la unción y el Espíritu está sobre todo puesto a la luz en el conocido texto de Isaías: "El espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto que me ha ungido" (Isaías 61, 1).

El Nuevo Testamento no duda en presentar a Jesús como el Ungido de Dios, en el que todas las unciones antiguas encuentran su cumplimiento. El título de Mesías, Cristo, que significa precisamente Ungido, es la prueba más clara de ello.

El momento o el acontecimiento histórico al que se hace remontar este cumplimiento es el bautismo de Jesús en el Jordán. El efecto de esta unción es el Espíritu Santo: "Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder" (Hechos 10, 38); Jesús mismo, inmediatamente después de su bautismo, en la sinagoga de Nazaret, declaró: "El Espíritu del Señor está sobre mí; pues me ha ungido" (Lucas 4, 18). Jesús estaba ciertamente lleno del Espíritu Santo desde el momento de la encarnación, pero se trataba de una gracia personal, ligada a la unión hipostática, y por ello, incomunicable. Ahora en la unción recibe esa plenitud de Espíritu Santo que, como cabeza, podrá transmitir a su cuerpo. La Iglesia vive en esta gracia capital (gratia capitis).

Los efectos de la triple unción - real, profética y sacerdotal - son grandiosos e inmeditados en el ministerio de Jesús. En virtud de la unción real, él derrota al reino de Satanás e instaura el Reino de Dios: "Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt 12.28); en virtud de la unción profética, "anuncia la buena noticia a los pobres"; en virtud de la unción sacerdotal, ofrece oraciones y lágrimas durante su vida terrena y al final se ofrece a sí mismo en la cruz.

Tras haber estado presente en el Antiguo Testamento como figura y en el Nuevo Testamento como acontecimiento, la unción está presente ahora en la Iglesia como sacramento. El sacramento toma de la figura el signo y del acontecimiento el significado; toma de las unciones del Antiguo Testamento el elemento - el óleo, el crisma o ungüento perfumado - y de Cristo la eficacia salvífica. Cristo nunca fue ungido con óleo físico (aparte de la unción de Betania), ni nunca ungió a nadie con óleo físico. En él el símbolo ha sido sustituido por la realidad, por el "óleo de alegría" que es el Espíritu Santo.

Más que un sacramento único, la unción está presente en la Iglesia como un conjunto de ritos sacramentales. Come sacramentos en sí mismos, tenemos la confirmación (que a través de todas las transformaciones sufridas remite, como atestigua su nombre, al antiguo rito de la unción con el crisma) y la unción de los enfermos; como parte de otros sacramentos tenemos: la unción bautismal y la unción en el sacramento del orden. En la unción crismal que sigue al bautismo, se hace referencia explícita a la triple unción de Cristo: "Él mismo os consagra con el crisma de salvación; insertados en Cristo sacerdote, rey y profeta, sed siempre miembros de su cuerpo para la vida eterna".

De todas estas unciones, nos interesa en este momento la que acompaña al momento en que se confiere el Orden sagrado. En el momento en que unge con el sagrado crisma las palmas de cada ordenando arrodillado ante él, el obispo pronuncia estas palabras: "El Señor Jesucristo que el Padre ha consagrado en Espíritu Santo y poder te custodie para la santificación de su pueblo y para ofrecer el sacrificio".

Aún más explícita es la referencia a la unción de Cristo en la consagración episcopal. Ungiendo con óleo perfumado la cabeza del nuevo obispo, el obispo ordenante dice: "Dios, que te ha hecho partícipe del sumo sacerdocio de Cristo, infunda en tí su mística unción y con la abundancia de su bendición dé fecundidad a tu ministerio".

3. La unción espiritual

Hay un riesgo, que es común a todos los sacramentos: el de quedarse en el aspecto ritual y canónico de la ordenación, en su validez y licitud, y no dar suficiente importancia a la "res sacramenti", al efecto espiritual, a la gracia propia del sacramento, en este caso al fruto de la unción en la vida del sacerdote. La unción sacramental nos capacita para realizar ciertas acciones sagradas, como gobernar, predicar, instruir; nos da, por así decirlo, la autorización para hacer ciertas cosas, no necesariamente la autoridad al hacerlas; asegura la sucesión apostólica, ¡no necesariamente el éxito apostólico!

La unción sacramental, con el carácter indeleble (el "sello") que imprime en el sacerdote, es una fuente a la que podemos acudir cada vez que sentimos necesidad de ella, que podemos, por así decirlo, activar en cada momento de nuestro ministerio. Se realiza aquí la que en teología se llama la "reviviscencia" del sacramento. El sacramento, recibido en el pasado, "reviviscit", vuelve a revivir y a liberar su gracia: en los casos extremos para que sea quitado el obstáculo del pecado (el obex), en otros casos, para que se remueva la pátina de la costumbre y se intensifique la fe en el sacramento. Sucede como con una ampolla de perfume. Nosotros podemos tenerlo en el bolsillo o apretarlo con la mano mientras queramos, pero si no lo abrimos el perfume no se difunde, es como si no estuviera.

¿Cómo nació esta idea de una unción actual? Una etapa importante la constituyó, una vez más, Agustín. Él interpreta el texto de la primera carta de Juan: "Habéis recibido la unción..." (1 Juan 2, 27), en el sentido de una unción continua, gracias a la cual el Espíritu Santo, maestro interior, nos permite comprender dentro lo que escuchamos desde fuera, A él se remonta la expresión "unción espiritual", spiritalis unctio, recogida en el himno Veni creator (San Agustín, Sobre la primera carta de Juan, 3,5 (PL 35, 2000); cf. 3, 12 (PL 35, 2004). San Gregorio Magno, como en muchas otras cosas, contribuyó a hacer popular, durante todo el Medioevo, esta intuición agustiniana (Cf. San Agustín, Agostino, Sobre la primera carta de Juan, 3,13, PL 35, 2004 s.; cf. San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios 30, 3, PL 76, 1222)..

Una nueva fase en el desarrollo del tema de la unción se abre con san Bernardo y san Buenaventura. Con ellos se afirma la nueva acepción, espiritual y moderna de unción, no unida tanto al tema del conocimiento de la verdad, cuanto al de la experiencia de la realidad divina. Comenzando a comentar el Cantar de los Cantares, san Bernardo dice: "Semejante cántico, sólo la unción lo enseña, solo la experiencia lo hace comprender" (San Bernardo, Sobre el Cántico --Sul Cantico--, I, 6, 11, ed. Cistercense, I, Roma 1957, p.7).. San Buenaventura identifica la unción con la devoción, concebida por él como "un sentimiento suave de amor hacia Dios suscitado por el recuerdo de los beneficios de Cristo" (San Bonaventura, IV, d.23,a.1,q.1, ed. Quaracchi, IV, p.589; Sermone III su S. María Magdalena, ed. Quaracchi, IX, p. 561).. Esta no depende de la naturaleza, ni de la ciencia, ni de las palabras o de los libros, sino del "don de Dios que es el Espíritu Santo" (Ibídem, VII, 5).

En nuestros días, se usan cada vez más los términos ungido y unción (anointed, anointing) para describir el actuar de una persona, la calidad de un discurso, de una predicación, pero con una diferencia de acento. En el lenguaje tradicional, la unción sugiere, como se ha visto, sobre todo la idea de suavidad y dulzura, tanto que da lugar, en su uso profano, a la acepción negativa de "eloquio o actitud meliflua e insinuante, a menudo hipócrita", y al adjetivo "untuoso", en el sentido de "persona o actitud desagradablemente ceremoniosa y servil".

En el uso moderno, más cercano al bíblico, sugiere más bien la idea de poder y fuerza de persuasión. Una predicación llena de unción es una predicación en la que se percibe, por así decirlo, el estremecimiento el Espíritu; un anuncio que mueve, que convence de pecado, que llega al corazón de la gente. Se trata de un componente exquisitamente bíblico del término, presente por ejemplo en el texto de los Hechos, donde se dice que Jesús "fue ungido en Espíritu y poder" (Hechos 10, 38).

La unción, en esta acepción, parece más un acto que un estado. Es algo que la persona no posee establemente, sino que la supera, la "inunda" en el momento, en el ejercicio de un cierto ministerio o en la oración.

Si la unción es dada por la presencia del Espíritu y es don suyo, ¿qué podemos hacer para tenerla? Ante todo rezar. Hay una promesa explícita de Jesús: " El Padre celeste dará el Espíritu Santo a quien se lo pida " (Lucas 11,13). Después romper también nosotros el vaso de alabastro como la pecadora en casa de Simón. El vaso es nuestro yo, quizás nuestro árido intelectualismo. Romperlo, significa negarnos a nosotros mismos, ceder a Dios, con un acto explícito, las riendas de nuestra vida. Dios no puede entregar su Espíritu a quien no se entrega enteramente a él.

 

4. Cómo lograr la unión del Espíritu

Apliquemos a la vida del sacerdote este riquísimo contenido bíblico y teológico ligado al tema de la unción. San Basilio dice que el Espíritu Santo "siempre estuvo presente en la vida del Señor, convirtiéndose en la unción y el compañero inseparable", de manera que "toda la actividad de Cristo se desarrolló en el Espíritu" (San Basilio, Sobre el Espíritu Santo XVI, 39 (PG. 32, 140C). Recibir la unción significa, por tanto, tener al Espíritu Santo como "compañero inseparable" en la vida, hacer todo "en el Espíritu", en su presencia, con su guía. Ésta comporta una cierta pasividad, ser empujados, movidos, o, como dice Pablo "dejarse guiar por el Espíritu" (cf. Gálatas 5,18).

Todo esto se traduce exteriormente a veces en suavidad, calma, paz, dulzura, devoción, conmoción, otras veces en autoridad, poder, credibilidad, según las circunstancias, el carácter de cada quien y el cargo que desempeña. El ejemplo vivo es Jesús que, movido por el Espíritu, se manifiesta como manso y humilde de corazón, pero también, lleno de autoridad sobrenatural. Se trata de una condición caracterizada por una cierta luminosidad interior que permite hacer las cosas con facilidad y dominio. Algo así como el atleta que "está en forma" o como sucede con la inspiración en el caso del poeta: un estado en el que logra dar lo mejor de sí mismo.

Nosotros, sacerdotes, tendremos que acostumbrarnos a pedir la unción del Espíritu antes de emprender una acción importante al servicio del Reino: cuando hay que tomar una decisión, cuando hay que hacer un nombramiento, cuando hay que escribir un documento, cuando hay que presidir una comisión, cuando hay que preparar una predicación. Yo lo he aprendido a cuenta propia. En ocasiones, he tenido que dirigir la palabra a un gran auditorio, en un idioma extranjero, quizá recién llegado de un largo viaje. Oscuridad total. El idioma en el que tenía que hablar me parecía que nunca la había hablado, sentía incapacidad para concentrarme en un esquema, en un tema. Y el canto inicial estaba a punto de acabar... Entonces me he acordado de la unción y, de prisa, he elevado una breve oración: "¡Padre, en nombre de Cristo, te pido la unción del Espíritu!".

A veces, el efecto es inmediato. Se experimenta casi físicamente la venida sobre sí mismo de la unción. Una cierta conmoción atraviesa al cuerpo: claridad de mente, serenidad de alma; desaparece el cansancio, el nerviosismo, todo miedo y toda timidez; se experimenta algo de la calma y de la autoridad misma de Dios.

Muchas de mis oraciones, como me imagino las de todo cristiano, no han sido escuchadas, sin embargo, casi nunca queda sin escuchar esta oración por la unción. Parece que ante Dios tenemos una especie de derecho a reclamarla. Después he reflexionado algo en esta posibilidad. Por ejemplo, si tengo que hablar de Jesucristo, hago una alianza secreta con Dios Padre, sin que lo sepa Jesús, y digo: "Padre, tengo que hablar de tu Hijo, Jesús, a quien tú tanto amas: dame la unción de tu Espíritu para llegar al corazón de la gente". Si tengo que hablar de Dios Padre, por el contrario, llego a un acuerdo secreto con Jesús... La doctrina de la Trinidad es maravillosa también en este sentido.

5. Ungidos para difundir en el mundo el buen olor de Cristo

En el mismo contexto de la segunda carta a los Corintios, el apóstol, haciendo siempre referencia al ministerio apostólico, desarrolla la metáfora de la unción con la del olor que es su efecto. Escribe: "¡Gracias sean dadas a Dios, que nos lleva siempre en su triunfo, en Cristo, y por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento! Pues nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo" (2 Corintios 2, 14-15).

Esto es lo que debería ser el sacerdote: ¡el buen olor de Cristo en el mundo! Pero el apóstol nos pone en guardia, añadiendo después: "llevamos este tesoro en recipientes de barro" (2 Corintios 4,7). Sabemos demasiado bien, por la dolorosa y humillante experiencia reciente, todo lo que esto significa. Jesús decía a los apóstoles: "Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres" (Mateo 5, 13). La verdad de esta frase de Cristo se encuentra dolorosamente ante nuestra mirada. También el ungüento, si pierde el olor y se desvirtúa, se transforma en lo contrario, en olor nauseabundo, en vez de atraer a Cristo aleja de él.

En parte para responder a esta situación, el Santo Padre ha convocado este año sacerdotal. Lo dice abiertamente en la carta de convocación: "hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono".

La carta del Papa no se limita a esta constatación, de hecho añade: "lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas".

La revelación de las debilidades también debe hacerse para hacer justicia a las víctimas y la Iglesia ahora lo reconoce y la aplica lo mejor que puede, pero debe hacerse en otra sede y, en todo caso, no vendrá de ahí el empuje para una renovación del ministerio sacerdotal. Yo he pensado en este ciclo de meditaciones sobre el sacerdocio precisamente como una pequeña contribución en la dirección auspiciada por el Santo Padre. Quisiera que dejar que hable en mi lugar el seráfico padre, san Francisco. En un momento en el que la situación moral del clero era sin comparación más triste que la de hoy, en su Testamento, escribe: "El Señor me dio, y me sigue dando, tanta fe en los sacerdotes que viven según la norma de la santa Iglesia romana, por su ordenación, que, si me persiguieran, quiero recurrir a ellos. Y si tuviese tanta sabiduría como la que tuvo Salomón y me encontrase con los pobrecillos sacerdotes de este siglo, en las parroquias donde viven, no quiero predicar al margen de su voluntad. Y a todos los demás sacerdotes quiero temer, amar y honrar como a mis señores. Y no quiero ver pecado en ellos, porque en ellos miro al Hijo de Dios y son mis señores. Y lo hago por esto: porque en este siglo no veo nada físicamente del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben y solo ellos administran a los demás".

En el texto citado al inicio, Pablo habla de la "gloria" de los ministros de la Nueva Alianza del Espíritu, inmensamente más elevada que la antigua. Esta gloria no procede de los hombres y no puede ser destruida por los hombres. El santo cura difundía ciertamente alrededor suyo el buen olor de Cristo y por este motivo las muchedumbres acudían a Ars; más cerca de nosotros, el padre Pío de Pietrelcina difundía el olor de Cristo, a veces incluso con un perfume físico, como lo atestiguan innumerables personas dignas de fe. Muchos sacerdotes, ignorados por el mundo, son en su ambiente el buen olor de Cristo y del Evangelio. El "cura rural" de Bernanos tiene innumerables compañeros difundidos por el mundo, en la ciudad como en el campo.

El padre Lacordaire trazó un perfil del sacerdote católico, que hoy día puede parecer demasiado optimista e idealizado, pero volver a encontrar el ideal y el entusiasmo por el ministerio sacerdotal es precisamente lo que hace falta en este momento y, por este motivo, lo volvemos a escuchar al concluir esta meditación: "Vivir en medio del mundo sin ningún deseo por los propios placeres; ser miembro de toda familia, sin pertenecer a ninguna de ellas; compartir todo sufrimiento; quedar al margen de todo secreto; curar toda herida; ir todos los días desde los hombres hacia Dios para ofrecerles su devoción y sus oraciones, y regresar desde Dios a los hombres para llevarles su perdón y su esperanza; tener un corazón de acero por la castidad y un corazón de carne para la caridad; enseñar y perdonar, consolar y bendecir y ser bendecido para siempre. Oh Dios, ¿qué tipo de vida es éste? ¡Es tu vida, sacerdote de Jesucristo!" (H. Lacordaire, citado por D. Rice, Shattered Vows, The Blackstaff Press, Belfast 1990, p.137).

[Traducción del original italiano realizada por Inma Álvarez y Jesús Colina]

 
 
 
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