Página que precede a las «Meditaciones para las principales fiestas del año». Publicadas a continuación de las «Meditaciones para todos los domingos del año»
SEGUNDA PARTE
MEDITACIONES PARA LAS FIESTAS
PRINCIPALES DEL AÑO
MF 78
Para la fiesta de san Andrés, apóstol
30 de noviembre
MF 78,1,1
Punto I.
San Andrés, después de haber sido por algún tiempo discípulo de san Juan Bautista, se hizo discípulo de Jesucristo, cuando, al pasar éste cerca de la orilla del mar, lo llamó junto con su hermano san Pedro, diciéndoles que le siguiesen y Él los haría pescadores de hombres. Y de inmediato, san Andrés dejó todo y siguió a Jesucristo 1.
Había tenido la suerte de conocer a Jesús algún tiempo antes, porque se lo había mostrado san Juan, y desde entonces había comenzado a seguirlo 2. Así tuvo este santo el honor de ser el primer discípulo de Jesucristo, quien siempre le manifestó especial aprecio y a menudo lo llevaba consigo.
El medio para ser amado con predilección por Jesús es estar unido a Él, dejarlo todo por Él, sin vacilar, y ejecutar, en cuanto se oiga su voz, cuanto Él ordene o inspire.
MF 78,1,2
Vosotros tenéis la suerte de haber emprendido el seguimiento de Jesús y de haberos retirado del mundo. ¿Lo habéis dejado todo por Él? ¿No tenéis apego a nada? ¿Sois fieles en seguir la voz de Dios cuando os habla en la oración? ¿No descuidáis a menudo sus santas inspiraciones? ¿Y no endurecéis vuestros corazones 3, como dice el Real Profeta, y no los hacéis indóciles a la gracia, cuando ella los previene para que hagan lo que Dios les pide? ¿Qué sucede cuando se procede así? Dios retira su gracia, nos abandona a nosotros mismos y a nuestra propia debilidad; y entonces, al no tener ya la gracia de nuestro estado, no podemos mantenernos en él.
MF 78,2,1
Punto II.
San Andrés realizó fielmente lo que le predijo Jesucristo cuando lo llamó junto a sí, que sería pescador de hombres 4; es decir, que ganaría hombres para Dios, y que los atraería a Jesucristo, mediante las redes de la gracia apostólica que Él había de comunicarle.
Ya participó, incluso, de esta gracia tan pronto como conoció a Jesús, pues condujo a Él a su hermano san Pedro 5. Por lo cual dice san Pedro Damiano que este santo, desde el comienzo de su iniciación en el cristianismo, se aplicaba ya a producir fruto en las almas, y en seguida se convirtió en predicador de la verdad, de la que apenas era oyente; y que este nuevo discípulo, no contento con el cuidado de su propia salvación, buscaba, además, condiscípulos.
Después de la venida del Espíritu Santo, este santo continuó difundiendo su celo por muchos países, pues sabía que Jesucristo no había dejado a sus apóstoles en la tierra sino para que predicasen por doquier su doctrina 6.
MF 78,2,2
Vosotros estáis llamados, igual que los santos Apóstoles, a dar a conocer a Dios. Para esto necesitáis mucho celo. Pedid a Dios una parte del de este santo apóstol y, considerándolo como vuestro modelo, anunciad infatigablemente a Jesucristo y sus santas máximas.
Para ello, tenéis que haberlas extraído de Jesucristo, estando a menudo en su compañía mediante vuestra asiduidad a la oración. En ella será donde, después de comprender la obligación que tenéis de instruir a los otros, no ahorréis esfuerzo en procurar todo tipo de gloria para Dios.
MF 78,3,1
Punto III.
Después de predicar san Andrés en Acaya, fue conducido ante Egeo, procónsul de aquella provincia, que le prohibió predicar el Evangelio al pueblo. Pero todas estas prohibiciones no le impidieron cumplir su ministerio, pues consideraba que Jesucristo merecía más consideración que el procónsul, y que, tal como había dicho san Pedro al príncipe del pueblo judío, era más justo obedecer a Dios antes que a los hombres 7.
Luego, este santo habló con tanto ardor de Jesucristo, de sus humillaciones y de la cruz en que había muerto, que el juez lo condenó a morir en cruz, lo mismo que su maestro Jesucristo. Y antes de sujetarlo a ella, mandó azotarlo cruelmente. Y en cuanto este santo apóstol vio la cruz que le habían preparado, exclamó que amaba vivamente aquella cruz, que la había deseado largo tiempo y que, incluso, la había buscado con mucha ansia.
MF 78,3,2
Le rogó que lo recibiese con ternura, como había recibido a Jesucristo, que tuvo a gala morir en ella, y que la convirtió en algo amable y digno de honor.
¡Y cosa sorprendente!: era tan ardiente el celo de este santo apóstol, que no pudo disminuir hasta su muerte; por lo cual, mientras estaba en la cruz, en la que permaneció sujeto durante dos días, no cesó de predicar e instruir al pueblo que estaba presente.
¿Amáis vosotros los sufrimientos tanto como san Andrés la cruz en que murió? Las penas, los sufrimientos y las persecuciones que tenéis que soportar en vuestro ministerio, lejos de abatir vuestro ánimo, ¿sirven para aumentar vuestro celo y para animaros más a hacer que se conozca y se ame a Jesucristo?
MF 78,1,1: 1 Mt 4,18-20. – 2 Jn 1,40. – MF 78,1,2: 3 Sal 95,8. – MF 78,2,1: 4 Mt 4,19. – 5 Jn 1,41. – 6 Mc 16,15. – MF 78,3,1: 7 Hch 4,19.
MF 79
Para la fiesta de san Francisco Javier
3 de diciembre
MF 79,1,1
Punto I.
Desde que san Francisco Javier se juntó a san Ignacio y, en un retiro espiritual que realizó por consejo suyo, tomó el propósito de entregarse del todo a Dios, sintió gran amor a los sufrimientos y, sobre todo, a la mortificación del cuerpo y de los sentidos.
Este sentimiento lo llevó a realizar penitencias extraordinarias, pues de vez en cuando pasaba tres o cuatro días sin comer; y cuando comía, se abstenía no sólo de carne y de vino, sino también del pan de trigo, y se contentaba con los alimentos más vulgares y los que solían tomar los pobres.
Utilizaba disciplinas de hierro para mortificarse, y se azotaba con tanta fuerza, que la sangre corría en abundancia de las heridas que se producía. Dormía muy poco, y se acostaba en el suelo, sobre algo de paja.
MF 79,1,2
Una vez, entre otras, se ató todo el cuerpo con cuerdas, y las mantuvo tanto tiempo que penetraron en la carne. El mal que le causaron fue considerado incurable, pero sanó milagrosamente por las oraciones de sus compañeros. Otra vez chupó una úlcera llena de pus, que revolvía las entrañas.
Por medio de una vida tan mortificada, es como los santos que más trabajaron en la salvación de las almas se prepararon y se pusieron en disposición de producir copiosos frutos en este ministerio.
Puesto que Dios os ha llamado a un empleo tan alto, si no podéis practicar mortificaciones tan duras, al menos debéis mortificar vuestros sentidos y vuestro espíritu propio, que no debe ya vivir en vosotros, puesto que Dios os exige que no viváis ni os guiéis más que por su divino Espíritu.
MF 79,2,1
Punto II.
Este santo, por cuyo medio quería Dios realizar grandes empresas, tuvo muy a pechos el amor a las humillaciones, pues sabía que a los humildes Dios concede, con mayor abundancia, sus gracias 1 para convertir las almas.
Y Jesucristo lo dio bien a entender así cuando propuso, como única lección que debían aprender sus santos apóstoles, la de ser humildes de corazón 2; para testimoniarles que nada podía capacitarlos mejor para su ministerio, en lo tocante a la conversión de las almas.
Por este espíritu de humildad san Francisco Javier realizó siempre sus viajes a pie, por largos que fuesen, salvo aquellos en que había que atravesar los mares. Y por este mismo espíritu se alojaba de ordinario en los asilos; durante una larga travesía por mar, hizo de criado de todos, y luego, durante dos meses, fue sirviente de un caballero japonés; y a san Ignacio, su superior, le escribía de rodillas.
MF 79,2,2
Así se preparó este santo a convertir numerosas almas, pues Dios procede de ordinario, de este modo, con los hombres que le sirven con humildad, según testimonia también en su cántico la Santísima Virgen que procedió así con ella:
cuanta más humildad tienen, mayores maravillas obra en ellos 3.
¿Queréis convertir y ganar fácilmente para Dios a vuestros discípulos? Sed niños como ellos, no en prudencia, dice san Pablo, sino en malicia 4. Cuanto más pequeños os hagáis, cuanto más gustéis de ser considerados por tales, cuanto más améis las persecuciones y las humillaciones que pudieran sobreveniros, tanto más moveréis los corazones de los que educáis y los determinaréis a que vivan como verdaderos cristianos.
MF 79,3,1
Punto III.
Es increíble el número de almas que san Francisco Javier convirtió a Dios, por haberse llenado del Espíritu de Dios antes de dedicarse a predicar el Santo Evangelio. Se cuentan por centenares de miles los hombres que convirtió en las Indias y en Japón. Bautizó a varios príncipes, e incluso también a algunos reyes.
Se dedicó a predicar, a catequizar, a confesar y a visitar hospitales. En fin, su celo era tan extraordinario, que estaba siempre dispuesto, en cualquier momento, a ejercer sus funciones apostólicas. Y nada, por vil que fuere, lo consideraba indigno de él, cuando se trataba de la conversión de las almas.
MF79,3,2
Este santo tenía, particularmente, celo tan grande por la instrucción de los niños –lo que le había inspirado san Ignacio–, que iba por las calles tocando una campanilla para que acudieran al catecismo; y él mismo se dedicaba a enseñarles los principales misterios de nuestra religión.
¡Cuán felices debéis consideraros por haber sido llamados a ejercer en la Iglesia la misma función con la que se honró este gran santo! Debéis aspirar a participar del celo que él ponía en tan noble empleo, y a tomar los medios de que él se sirvió para disponerse a obrar tantas conversiones.
MF 79,2,1: 1 St 4,6; Cf 1P 5,5. – 2 Mt 11,29. – MF 79,2,2: 3 Lc 1,48-49. – 4 1Co 14,20.
obispo de Mi
MF 80
Para la fiesta de san Nicolás, obispo de Mira
6 de diciembre
MF 80,1,1
Punto I.
Se refiere de san Nicolás que desde temprana edad fue muy austero en su modo de vida, y que esta virtud ya se manifestó en él siendo todavía niño de pecho, pues los miércoles y viernes no tomaba más que una vez al día la leche de su nodriza.
Habituado así al ayuno, continuó esta santa práctica por el resto de su vida, durante la cual tuvo sumo aprecio a la mortificación. Se ponía a menudo un cilicio. Dios le proporcionó también ocasión de sufrir y de ejercitar la paciencia, con el prolongado destierro al que le condenó el emperador Diocleciano, durante el cual el santo se consideraba feliz de ofrecer, por ese medio, testimonio público de su fe.
La vida austera y penitente es guardiana de la castidad y dispone al alma para la amistad con Dios; pues, al desembarazarla del cuerpo y de los bajos placeres, la
hace capaz de aplicarse a Dios y de recibir sus luces; e incluso aleja de ella todos los obstáculos que pudieran impedirle poseer el Espíritu de Dios.
MF 80,1,2
Si vuestra vida no es tan austera como fue la de este santo, debéis, al menos, hacerla austera de otro modo, y en consonancia con vuestro estado: mortificándoos diariamente de algún modo en vuestras comidas, sea en la cantidad, sea en la calidad o en el gusto de los alimentos; o tomándolos con mucha moderación, o levantándoos de la mesa sin haberos saciado plenamente y concediendo a vuestros sentidos sólo lo que les es absolutamente necesario. ¿Sois fieles a estas prácticas?
MF 80,2,1
Punto II.
Este santo amaba la oración, y con su ayuda apaciguó una furiosa tempestad en el mar, cuando iba a visitar por devoción los santos lugares de Jerusalén.
Incluso, para orar con mayor facilidad y religión, frecuentaba mucho las iglesias, y acudía a ellas muy de mañana; lo cual, según se dice, dio también ocasión a que lo eligieran como obispo, de forma que parece milagrosa.
La oración le ayudó también mucho en el gobierno de su diócesis, llenándolo del espíritu episcopal y de la sabiduría divina necesaria para dirigir las almas.
MF 80,2,2
La obligación que tenéis de instruir a los niños y de educarlos en el espíritu del cristianismo, debe comprometeros a ser muy asiduos a la oración, a fin de obtener de Dios las gracias que necesitáis para desempeñar bien vuestro empleo, y para atraer sobre vosotros las luces con que debéis estar esclarecidos para formar a Jesucristo en los corazones de los niños que están confiados a vuestra solicitud 1, y comunicarles el Espíritu de Dios.
Convenceos de que para llenaros de Dios, en la medida en que debéis estarlo en el estado en que os ha colocado su providencia, tenéis la obligación de conversar a menudo con Dios.
MF 80,3,1
Punto III.
El amor de san Nicolás a los pobres era soprendente, pues le obligaba a buscar todos los medios posibles para socorrer sus necesidades. Este amor lo indujo a llevar él mismo, pero en secreto, durante la noche, y por tres veces, lo necesario para la dote de tres muchachas jóvenes, cuyo padre pensaba prostituirlas, por carecer de medios para casarlas.
Movido por la misma caridad liberó a un joven, cautivo de los sarracenos y que servía a la mesa del rey, que lo invocó en el día de su fiesta implorando su favor.
MF 80,3,2
Vosotros tenéis obligación de instruir a los hijos de los pobres. En consecuencia, debéis sentir particularísima ternura por ellos, y procurar su bien espiritual cuanto os fuere posible, considerándolos como los miembros de Jesucristo 2 y sus predilectos.
La fe que debe animaros, ha de moveros a honrar a Jesucristo en sus personas 3, y a preferirlos a los más ricos de la tierra, porque son imágenes vivas de Jesucristo, nuestro divino maestro.
Haced patente, por los cuidados que les prodiguéis, que los amáis de veras; y pedid a san Nicolás, su patrono, que os obtenga de Dios algo de su amor a los pobres y, sobre todo, mucho celo para procurarles la pureza, virtud tan difícil de conservar en un siglo tan corrompido como el nuestro.
MF 80,2,2: 1 Ga 4,19. – MF 80,3,2: 2 1Co 6,15. – 3 Mt 25,40.
MF 81
Para la fiesta de san Ambrosio, arzobispo de Milán
7 de diciembre
MF 81,1,1
Punto I.
San Ambrosio, siendo gobernador de la provincia, fue elegido obispo de Milán por una especie de milagro y por inspiración de Dios, cuando se hizo presente en la asamblea de los obispos de aquella provincia, sólo para impedir que los arrianos, que querían elegir un obispo de su facción, ocasionaran desorden.
El santo hizo entonces cuanto pudo para evitar ser elegido; pero al no conseguirlo, se despojó de todo lo que poseía y dio sus bienes a los pobres y a la Iglesia, con el fin de renunciar totalmente al espíritu del siglo, al mismo tiempo que dejaba los cargos que le incumbían. Así imitaba a los apóstoles, que lo dejaron todo para seguir a Nuestro Señor 1 y para predicar su Evangelio. Este espíritu de pobreza, que llenó a este santo prelado desde el momento de su exaltación al episcopado, le inspiró tal amor por los pobres que, para aliviarlos, en tiempos de penuria, vendió hasta los vasos sagrados.
MF 81,1,2
Para comenzar a ser todo de Dios hay que hacerse pobre. Incluso hay que tener tanto amor a la pobreza como los mundanos tienen a las riquezas. Ése es el primer paso que Jesucristo quiere que se dé para entrar en el camino de la perfección 2.
¿Amáis efectivamente la pobreza? Y para dar pruebas de ello, ¿estáis contentos cuando os falta algo, incluso de lo necesario? Examinaos a menudo sobre ello.
MF 81,2,1
Punto II.
Este santo poseía una elocuencia que, de natural, pasó a ser celeste y del todo divina cuando fue obispo. Lo ayudó de tal modo en la conversión de las almas, que nada podía resistirlo; y lo hizo capaz, con la ayuda de Dios, de convertir a san Agustín, y lograr que de obstinado maniqueo pasara a ser uno de los mayores doctores de la Iglesia.
También fue motivo de que los herejes lo temieran y no osaran atacarle, porque él solo era capaz de confundirlos a todos; pues a la elocuencia y piedad unía fuerza y firmeza maravillosas, sostenidas por extraordinario desinterés.
MF 81,2,2
Vosotros no necesitáis elocuencia semejante; pero es preciso que participéis de su celo apostólico, para trabajar útilmente, en vuestro empleo, en la salvación de las almas.
Pedid a menudo a Dios la gracia de mover los corazones, como él. Ésa es la gracia de vuestro estado; pues de poco serviría a quienes instruís, si, como dice san Pablo de los judíos, su espíritu siguiera ciego y endurecido, después de tantas instrucciones; y si después de haberles anunciado vosotros tantas veces las verdades del Evangelio, el velo perdurase todavía sobre sus corazones 3.
MF 81,3,1
Punto III.
San Ambrosio trabajó con extraordinario éxito en la restauración de la disciplina de la Iglesia, eliminando ciertos abusos que se habían introducido en su provincia. Para ello, ejerció el poder episcopal en grado tan eminente, que resistió a los emperadores mismos, cuando se oponían a sus proyectos.
Y para poner base sólida al restablecimiento de la disciplina, consiguió que se promulgasen disposiciones sobre esta cuestión en los Concilios a que asistió fuera de su provincia. Y él mismo hizo otro tanto en varios Concilios que promovió en su propia Iglesia, y que sirvieron para mantener en ella el bien logrado gracias a su celo.
MF 81,3,2
Para que vuestro celo sea provechoso a los demás, tenéis que ejercerlo primero dentro de vosotros mismos y de vuestra comunidad. Para este fin, es necesario, respecto de vosotros mismos, que os vigiléis, sin perdonaros la menor falta, y que no dejéis pasar nada que disguste a Dios, por poco que sea, sin imponeros una penitencia que pueda remediarlo.
Debéis también, por celo de la disciplina, contribuir a establecer y mantener la regularidad en vuestra comunidad, de tal modo que se convierta en un cielo terrenal, donde reinen la caridad y la paz.
MF 81,1,1: 1 Mt 4,22; Lc 5,11. – MF 81,1,2: 2 Cf. Mt 19,21. – MF 81,2,2: 3 2Co 3,14-15.
MF 82
Para la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen
8 de diciembre
MF 82,1,1
Punto I.
Dios, que predestinó desde toda la eternidad a la Santísima Virgen para que fuera la madre de su Hijo, la formó en el cuerpo y en el alma de tal modo que fuera digna de llevarlo en su seno.
Por eso la preservó de cuanto pudiera desagradarle, por poco que fuera. Y como habría sido algo vergonzoso para la madre de Dios tener alguna parte en el pecado, Dios la eximió, por privilegio singular, del pecado original.
Es verdad que no podemos comprender cómo se realizó esto; sin embargo, no conviene que dudemos de la exención que tuvo del pecado en su concepción, pues tal es el piadoso y común sentir de los fieles, y la Iglesia lo ve con agrado.
MF 82,1,2
Honrad, pues, hoy a la Santísima Virgen como a la más pura de todas las criaturas y la única que, en la tierra, fue exenta del pecado original. Decidle,
con toda la Iglesia, que es toda hermosa y que no hay mancha alguna de pecado en su alma 1, ni siquiera del que fue común a todos los hombres.
Y pedidle en este santo día, en virtud de la gracia extraordinaria que Dios le otorgó, que os alcance de Dios la de estar totalmente libres de la corrupción del siglo durante el tiempo de vuestra vida 2, y que ya no se dé en vosotros ningún hábito de pecado, que es lo que hace a un alma indigna de las gracias particulares de Dios.
MF 82,2,1
Punto II.
La Santísima Virgen no sólo fue preservada del pecado original en su concepción, sino que en ese momento recibió también gracia suficientemente abundante como para preservarla de todo pecado actual. Y esta gracia fue en ella tan eficaz, que jamás cometió ni uno solo. Por eso dice san Agustín que cuando se habla de pecado, hay que exceptuar a la Santísima Virgen.
Y los santos Padres la comparan con el Arca de la Alianza, que estaba hecha de madera incorruptible 3, para indicarnos que desde el primer instante de su ser, recibió la gracia de la inocencia y de la justicia original, que jamás perdió, aunque tuviera, como nosotros, la capacidad de obrar el bien y el mal.
Reconozcamos que no hubo en la Santísima Virgen ninguna acción que no la hiciera digna de Dios, y que su alma estuvo siempre colmada de Él, para prepararla a contener y a formar en sí el cuerpo de todo un Dios.
MF 82,2,2
Vosotros tenéis la dicha de encerrar con frecuencia en vosotros el cuerpo del mismo Dios. Tributadle, pues, con vuestras acciones santas, el respeto que le debéis, y comportaos siempre de manera digna de Él, para que se complazca en venir a vosotros y en morar en vosotros. Y mostrad, con vuestro proceder, que os consideráis felices por poseerlo, y que, no pudiendo tener de continuo en vosotros su sagrado cuerpo, no dejáis, por ello, de poseer su Espíritu.
MF 82,3,1
Punto III.
Para hacer que la Santísima Virgen fuese totalmente pura desde el momento de su concepción, también la preservó Dios de la concupiscencia, es decir, de la inclinación al pecado, pues no quería que se acercase a ella nada de cuanto con él se relaciona. Como Él es la santidad misma, se guardaba mucho de unirse a una criatura afeada por la mínima mancha.
Dad gracias a Dios, con María, por las maravillas que ha obrado en ella 4, y considerándola como la obra maestra de las manos de Dios, pedidle que os aparte de cuanto pueda haceros incurrir en la mínima falta, sobre todo en ninguno de los pecados a los que estuvisteis sujetos en el siglo.
MF 82,1,2: 1 Ct 4.7. – 2 Cf 2P 1,4. – MF 82,2,1: 3 Ex 25,10. – MF 82,3,1: 4 Lc 1,49.
[Meditación 83: Octava de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, 15 de diciembre. Se incluye al final, con las Meditaciones añadidas.]
MF 84
Para la fiesta de santo Tomás, apóstol 21 de diciembre; en el nuevo calendario, 3 de julio
MF 84,1,1
Punto I.
Santo Tomás, que había llevado su celo hasta alentar a los apóstoles a no abandonar a Jesucristo y a morir, antes bien, con Él 1, no quiso, con todo, creer que hubiera resucitado, tal como le manifestaron los demás, y les declaró que no creería, sino después de haber visto 2.
Se reprocha duramente, y con razón, la incredulidad de santo Tomás en esta ocasión, porque sin duda hubiera debido dar fe a lo que le decían los demás apóstoles, que habían visto a Jesucristo. Sin embargo, la mayoría de los cristianos son más incrédulos que santo Tomás, porque no creen a Jesucristo. Pues se dice en el Evangelio: Bienaventurados los pobres 3, y ellos los consideran desgraciados. Jesucristo dice que hay que hacer bien a los enemigos y orar a Dios por ellos 4, y no piensan más que en vengarse de los ultrajes que imaginan que les han hecho y en devolver el mal a quienes les han perjudicado en algo. Jesucristo dice que hay que llevar la cruz todos los días 5, pero ellos buscan todos los medios posibles para eximirse de sufrir. Proceder así, ¿es tener fe y creer en el Evangelio?
MF 84,1,2
No seáis vosotros tan ciegos, ya que tenéis la ventaja de meditar y leer todos los días las verdades del Evangelio, y estáis encargados de enseñárselas a los demás. Demostrad, por la conformidad de vuestras acciones con estas santas máximas, que efectivamente creéis en ellas, poniéndolas por obra.
MF 84,2,1
Punto II.
Santo Tomás renovó su fe en cuanto Jesucristo se le apareció y le hizo tocar sus sagradas llagas. De inmediato exclamó, a pesar de que sólo percibió las señales de un hombre mortal, que aquel que veía era en verdad su Señor y su Dios 6. Esta falta de fe de santo Tomás, dice san Gregorio, nos es de mucho mayor provecho que la fe de los demás apóstoles, que creyeron en la resurrección de Jesucristo en cuanto se les apareció; pues la incredulidad de santo Tomás, añade este Padre, nos ha servido para afianzarnos en la fe, ya que viendo solamente a un hombre, confesó que aquel hombre era su Dios.
MF 84,2,2
Pensando en lo que Jesucristo sufrió por nosotros, reavivaremos nuestra fe débil y vacilante, y nos dispondremos a sufrir por Dios y a practicar las máximas más opuestas a las inclinaciones de la naturaleza.
En efecto, si creemos firmemente y estamos íntimamente persuadidos de que Jesucristo sufrió por nosotros en todas las partes de su cuerpo, ¿cómo podremos amar el placer que se encuentra en el uso de las criaturas, sabiendo que Jesucristo en este mundo sólo amó los sufrimientos y que, como dice san Pablo, llevó su cruz y quiso ser clavado en ella 7?
Este ejemplo debe serviros, igual que a san Pablo, como motivo de gran consuelo, y os debe llevar a sentiros, como él, inundados de gozo en todos vuestros sufrimientos 8.
7 - MEDITACIONES PARA LAS FIESTAS - 11 MF 84,2,2
MF 84,3,1
Punto III.
Santo Tomás manifestó su fe con esplendor cuando llevó el Evangelio a los más remotos países, y lo selló con su propia sangre. Y la profesión de fe de este gran apóstol fue tan eficaz, que todavía se encuentran muchos cristianos en el país donde murió, los cuales, para testificar que son los descendientes de aquellos que fueron formados por él en el cristianismo, son llamados cristianos de santo Tomás.
MF 84,3,2
En vano creeríais lo que Jesucristo os ha propuesto en el Santo Evangelio: si vuestras acciones no lo confirmasen, vuestra fe sería vana 9. Manifestad también por ellas que os comportáis como hijos de aquellos que fueron instruidos por los santos apóstoles en las verdades de la fe.
¿Estáis dispuestos, como ellos, a morir para probar la calidad de vuestra fe? O, por el contrario, ¿no estaríais dispuestos a perder el cielo y la gracia de Dios para veros libres de padecer? ¿En qué demostráis que tenéis el espíritu del cristianismo?
Tened la seguridad de que, para poseerlo, es preciso que vuestras acciones no desmientan la fe que profesáis, y que sean expresión viva de lo que está escrito en el Evangelio.
MF 84,1,1: 1 Jn 11,16. – 2 Jn 20,25. – 3 Mt 5,3. – 4 Mt 5,44. – 5 Lc 9,23. – MF 84,2,1: 6 Jn 20,26-28. – MF 84,2,2: 7 Cf. Hch 12,2; Lc 12,50. – 8 Col 1,24. – MF 84,3,2: 9 St 2,20.
MF 85
Para la vigilia de la Natividad de Jesucristo
24 de diciembre
MF 85,1,1
Punto I.
El emperador Augusto publicó un edicto que ordenaba hacer el empadronamiento de los habitantes en todas las ciudades dependientes del Imperio romano. Cada uno debía inscribirse en la ciudad de sus orígenes; por lo cual san José partió de Nazaret, ciudad de Galilea, donde vivía, para ir a Belén, ciudad de Judea, a inscribirse allí, con su esposa María 1.
Cuando llegaron, buscaron casa donde alojarse, pero nadie quiso recibirlos, porque ya las tenían ocupadas por personas más ricas e importantes que ellos. Ved cómo se procede en el mundo: no se mira sino el aspecto externo de las personas, y no se las honra sino en la medida en que se lo ganan con lo que brilla a los ojos del siglo.
MF 85,1,2
Si en Belén hubieran mirado a la Santísima Virgen como la madre del Mesías, y la que muy pronto daría a luz al Dios hecho hombre, ¿quién se hubiera atrevido a negarle alojamiento en su casa? ¿Y qué honores no le habrían tributado en toda la Judea? Pero como sólo la consideraban persona corriente y la esposa de un artesano, en ningún sitio había habitación para ella.
¿Cuánto tiempo hace que Jesús se presenta ante vosotros, y llama a la puerta de vuestro corazón para establecer en él su morada, sin que hayáis querido
recibirlo? ¿Y por qué? Porque no se presenta sino bajo la figura de pobre, de esclavo, de varón de dolores 2.
MF 85,2,1
Punto II.
La Santísima Virgen, madre de Jesús, al no encontrar en Belén ninguno que quisiera alojarla, se vio obligada a cobijarse en un establo. Y estando allí, le llegó el tiempo en que debía dar a luz,. y trajo al mundo a su primogénito; por lo cual se vio forzada a tener que acostar a Jesucristo, su hijo, en un pesebre 3. Vosotros recibís con frecuencia a Jesús en vuestro corazón; ¿pero no está en él como en un establo, por no encontrar más que suciedad y corrupción, porque tenéis afecto a algo distinto de Él?
¿Qué honores no le tributaríais si lo consideraseis como vuestro Salvador y vuestro Redentor? ¿No os mantendríais en su compañía, mediante la aplicación a su santa presencia, si lo consideraseis como Dios; y por la meditación de sus sufrimientos y de su Pasión, si lo consideraseis como hombre?
MF 85,2,2
Para comprobar si aprovecháis la venida y la permanencia que Jesús quiere establecer en vosotros, examinad si sois más modestos, recogidos y comedidos que lo erais en otro tiempo. ¿Os vigiláis, particularmente los días de comunión, para no dejaros llevar de ningún impulso ni de ningún movimiento desordenado?
Si queréis aprovechar la venida de Jesucristo a vosotros, es preciso que le permitáis que sea dueño de vuestro corazón y que seáis dóciles a cuanto exija de vosotros, diciéndole a menudo con el profeta Samuel: Habla, Señor, que tu siervo escucha 4; y con David: Escucharé lo que me diga el Señor Dios 5.
MF 85,3,1
Punto III.
Puesto que sabemos que Jesucristo ha de venir hoy a nosotros, y lo reconocemos por quien es, preparémosle una morada digna de Él, y dispongamos de tal manera nuestro corazón para recibirlo, que le resulte agradable establecer en él su residencia.
Con esta intención, apliquémonos a desprenderlo de cuanto profano y terrenal
hay en él. El hombre terreno, dice san Pablo, habla con gusto de las cosas de la tierra, y sólo sabe hablar de ellas; pero quien es del cielo, dice el mismo apóstol, habla de las cosas del cielo y se sobrepone a todo 6. Para esto bajó el Hijo de Dios a la tierra y quiere descender a nuestro corazón, para hacernos partícipes de su naturaleza 7 y lograr que lleguemos a ser hombres del todo celestiales.
MF 85,1,1: 1 Lc 2,3-5. – MF 85,1,2: 2 Mt 25,44-45; Is 53,3. – MF 85,2,1: 3 Lc 2,7. – MF 85,2,2: 4 1S 3,10. – 5 Sal 85,9. – MF 85,3,1: 6 1Co 15,47-48. – 7 2P 1, 11J
MF 86
Para la fiesta de la Natividad de Jesucristo Nuestro Señor
25 de diciembre
MF 86,1,1
Punto I.
Jesucristo nace hoy pobre, en un establo.
La Santísima Virgen le da a luz en un lugar donde no halla ninguna comodidad ni socorro humano alguno, y donde no hay otro lecho que un pesebre para acostar a este niño recién nacido 1.
¡He ahí el palacio y el lecho de gala de Jesús, nuestro Salvador, al hacer su entrada en el mundo! De ese modo es alojado, en medio de la noche, en estación muy rigurosa; y nadie, en tan apremiante necesidad, se preocupa de aliviarlo.
MF 86,1,2
La pobreza que Jesús practica de manera eminente en su nacimiento, debe comprometernos a amar mucho esta virtud; pues si nació en tal estado fue para hacérnosla amar.
No nos extrañemos, por lo tanto, cuando carezcamos de algo, incluso de lo necesario, puesto que Jesús, al nacer, careció de todo.
Así hay que nacer a la vida espiritual: despojado y desnudo de todo. Y así como el Hijo de Dios quiso que la humanidad de que se revistió se hallase en tal estado, del mismo modo quiere también que nosotros nos pongamos en esa disposición, para que pueda Él tomar plena posesión de nuestro corazón.
MF 86,2,1
Punto II.
Jesús no se contentó con nacer pobre. Como había escogido por herencia la abyección 2 en el mundo, según lo que dice el Real Profeta, quiso realizar su entrada en él por un lugar donde fuera desconocido, donde no se tuviera ninguna consideración ni hacia Él ni hacia su santa madre, y donde estuviera abandonado de todos.
Es verdad que lo visitan en su nacimiento, pero son sólo unos pobres pastores 3, que no pueden tributarle otro honor que el de sus deseos; pero incluso es preciso que un ángel les anuncie, de parte de Dios, que el niño que acaba de nacer en Belén es su Salvador, y que su nacimiento será motivo de sumo gozo para todo el pueblo 4.
Fuera de estos pobres pastores, nadie piensa en Jesús cuando nace. Y parece incluso que Dios no quiere que los ricos e importantes puedan llegarse a él, pues el ángel que anuncia su venida no da a los pastores otra señal para reconocerlo que el estado pobre y abyecto en que lo han de hallar, capaz sólo de repugnar a quienes no estiman más que aquello que deslumbra.
MF 86,2,2
Nosotros, al elegir nuestro estado, debimos estar resueltos a vivir en la abyección, igual que el Hijo de Dios al hacerse hombre; pues eso es lo más relevante en nuestra profesión y en nuestro empleo. Somos pobres Hermanos, olvidados y poco considerados por la gente del mundo. Sólo los pobres vienen a buscarnos, y no tienen nada que ofrecernos más que sus corazones, dispuestos a recibir nuestras instrucciones.
Amemos lo que nuestra profesión tiene de más humillante, para participar, en alguna medida, de la abyección de Jesucristo en su nacimiento.
MF 86,3,1
Punto III.
Los pastores, dice el evangelio de este día, se apresuraron a ir a Belén, y hallaron a María y a José, con el niño acostado en un pesebre; y al verlo, reconocieron lo que se les había dicho; después regresaron glorificando al Señor por cuanto habían visto y oído 5.
Nada atrae tanto las almas a Dios como el estado pobre y humilde de quienes tratan de conducirlas a Él.
¿Por qué alababan y bendecían a Dios los pastores? Porque habían visto a un pobre niño acostado en un pesebre; porque, al verlo, reconocieron, por una luz interior con que Dios los había iluminado, que aquel niño era realmente su Salvador, y que era a Él a quien debían acudir para que los sacara de la miseria de sus pecados.
MF 86,3,2
Tened la seguridad de que, en la medida en que estéis unidos de corazón a la pobreza y a todo lo que puede humillaros, produciréis fruto en las almas, y que los ángeles de Dios os darán a conocer, e inspirarán a los padres y madres que os envíen sus hijos para que los instruyáis. Y que con vuestras instrucciones, asimismo, moveréis los corazones de estos pobres niños, y la mayoría llegarán a ser verdaderos cristianos.
Pero si no os parecéis, por estas dos eminentes cualidades, a Jesús recién nacido, seréis poco conocidos y poco solicitados en vuestro empleo; no seréis estimados ni apreciados por los pobres, y nunca conseguiréis desempeñar con ellos la condición de salvadores, tal como os corresponde en vuestro empleo. Pues sólo los atraeréis hacia Dios en la medida en que seáis semejantes a ellos y a Jesús recién nacido.
MF 86,1,1: 1 Lc 2,7. – MF 86,2,1: 2 Sal 22,7. – 3 Lc 2,16. – 4 Lc 2,9-11. – MF 86,3,1: 5 Lc 2,16-17.20.
MF 87 Para la fiesta de san Esteban, primer mártir
MF 87,1,1 Punto I.
En los Hechos de los Apóstoles se dice de san Esteban que estaba lleno de fe 1. Lo demostró muy bien al conducirse y actuar siempre por espíritu de fe. ¿No estaba, en efecto, animado de este espíritu, cuando habló a los judíos con tanto celo y algunos de ellos, discutiendo con él, no podían resistir al Espíritu Santo que en él residía y alentaba su celo 2?
Pues, después de exponerles todos los beneficios con que Dios honró a sus padres, y la poca gratitud que manifestaron la mayoría de ellos 3, les reprochó el ser ellos como habían sido sus padres, y no observar mejor que ellos la ley que habían recibido por ministerio de los ángeles 4.
¿No estaba lleno de fe cuando perdonó a sus enemigos, siguiendo el consejo que sobre ello dio Jesucristo, y pidió a Dios que no les imputara el pecado que cometían al darle muerte 5; y cuando el fervor de su oración le permitió ver los cielos abiertos, y al Hijo de Dios hecho hombre a la derecha de Dios, su Padre 6?
MF 87 1,2
Así debe moveros a actuar la fe, y así debéis dar a conocer, con vuestra conducta, igual que él, que sois verdaderos discípulos de Jesucristo, al no tener otra mira que Dios en vuestras acciones, y al anunciar con igual valentía e intrepidez que él las máximas del santo Evangelio. Y lo que en esto debe fortalecer tanto vuestro celo como vuestra fe, es que las anunciáis en calidad de ministros de Dios 7.
MF 87,2,1
Punto II.
Este santo no se contentó con estar henchido de fe; quiso hacer partícipes de su plenitud a los de su nación, predicándoles la nueva religión que acababa de establecerse y dándoles a conocer, con testimonios de la Sagrada Escritura, a Jesucristo, al que no conocían, y que había venido para ofrecerles los medios de la salvación y para morir por ellos. E, incluso, les dio a entender que fueron ellos mismos quienes, por odio y envidia del bien que realizaba, lo habían hecho condenar a muerte 8.
Pero aquellos judíos, de corazón duro e incircunciso 9, como les dijo san Esteban, pusieron bien de manifiesto la verdad de lo que dijo san Pablo: No todos obedecen al Evangelio 10, y lo que dijo Isaías: ¿Quiénes creyeron lo que les predicasteis? 11
MF 87,2,2
Vosotros sois los elegidos por Dios para dar a conocer a Jesucristo y para anunciarlo. Siendo así, admirad la bondad de Dios con vosotros, dice el mismo apóstol, siempre que permanezcáis firmes en el estado en que su bondad os colocó 12.
A ejemplo, pues, de san Esteban, dad a conocer a Jesucristo a aquellos que tenéis que instruir. Enseñadles las normas de la vida cristiana y los medios que deben emplear para salvarse. Con este fin os ha encomendado Dios el ministerio en que estáis empleados. No os hagáis indignos de él ejerciéndolo con negligencia 13.
MF 87,3,1
Punto III.
San Esteban, después de haber enseñado la fe, murió también por la fe. Los judíos, no pudiendo soportar sus reproches y la exposición que les hizo de su ingratitud para con Dios y de su dureza de corazón, lo arrojaron fuera de la ciudad y lo apredrearon 14 por blasfemo. Así trataron a todos los profetas 15, dijo Nuestro Señor.
Este santo se consideró dichoso de ser tratado como quienes lo habían precedido, y, dice san Agustín, recibió con hacimiento de gracias aquella lluvia de piedras que caía sobre él. La fe de que estaba animado era lo que le hacía sentirse muy honrado de ser perseguido como lo había sido Jesucristo, su
Maestro 16. Lo único que hizo entonces fue mirar al cielo para testimoniar a Dios su gratitud por tan señalado beneficio.
MF 87,3,2
Poneos, desde hoy, en estas disposiciones. Soportad con gusto todas las penas que os ocasionen, y no os disgustéis por nada, ni os quejéis de nada. Es preciso que, a imitación de san Esteban, la fe os mueva a mirar como regalos y beneficios de Dios cuanto hayáis de soportar de parte del prójimo. Sólo la fe pura puede inspirar tales sentimientos.
MF 87,1,1: 1 Hch 6,5. – 2 Hch 6,9-10. – 3 Hch 7,1-50. – 4 Hch 7,51.53. – 5 Hch 7,60. – 6 Hch 7,56. – MF 87,1,2: 7 1Co 4,1; Cf. Rm 15,16. – MF 87,2,1: 8 Hch 7,52. – 9 Hch 7,51. – 10 Rm 10,16. – 11 Is 53,1. – MF 87,2,2: 12 Rm 11,22. – 13 1Co 4,1-2. – MF 87,3,1: 14 Hch 7,58. – 15 Mt 5,12. – 16 Cf. Jn 15,20.
MF 88
Para la fiesta de san Juan Evangelista
27 de diciembre
MF 88,1,1
Punto I.
San Juan fue tan particularmente querido de Jesús, que es llamado por excelencia su discípulo amado. Y el mismo san Juan, no deseando dar su nombre en el Evangelio, por humildad, no se designa de otro modo que como el discípulo a quien Jesús amaba 1.
Y he aquí las muestras que el Salvador le dio de su especial amor: le dejó reclinarse sobre su pecho; le reveló los más sublimes misterios de su divinidad y de su santa humanidad; y al morir, le puso en lugar suyo para que fuese el hijo adoptivo de su santa madre.
San Jerónimo no nos indica otras razones de tan particular amor de Jesús por san Juan, sino que éste permaneció siempre virgen. Eso fue lo que lo hizo tan digno de la amistad de Jesús, a quien esta virtud le resulta especialmente agradable.
MF 88,1,2
Vivís en un estado en el que necesitáis que Jesús os honre con su amistad. Amad especialmente esta virtud favorita de Jesús, para que el divino Salvador os ame tiernamente y se complazca en estar con vosotros, pues sus delicias consisten en estar con los hombres puros.
Aplicaos también mucho a la oración, en la que Jesús os descubrirá secretos desconocidos a la mayoría de los hombres.
MF 88,2,1
Punto II.
Si san Juan fue muy amado de Jesús, también él lo amó mucho. La primera muestra que le dio de ello fue que dejó todo para seguirlo 2.
Si san Juan siguió a Jesús en el Tabor, donde manifestó a los apóstoles su gloria 3, también lo acompañó en el Calvario 4, donde apareció como objeto de maldición 5, aunque todos los demás discípulos lo habían abandonado 6. Fue, pues, el único apóstol que lo siguió hasta la muerte, deseando ser testigo de sus sufrimientos hasta el final 7.
También fue el primero que llegó al sepulcro de Jesucristo
para asegurarse dela verdad de su resurrección 8, y para poderla anunciar luego a los demás. He ahí lo que su tierno amor movió a hacer a san Juan para agradecer el amor de Jesús para con él.
MF 88,2,2
Pensemos a menudo que, habiéndose dado Jesús todo a nosotros y por nosotros, también nosotros debemos darnos del todo a Él, hacerlo todo por Él y no buscarnos en nada. Y que todo nuestro cuidado ha de estar en desasirnos de todas las cosas para no apegarnos más que a solo Dios; ya que no hay nada igual a Él, y es el único a quien podemos entregar con seguridad nuestro corazón.
MF 88,3,1
Punto III.
El amor de Jesús a san Juan, y de san Juan a Jesús, produjo amor recíproco de san Juan a la Santísima Virgen y de la Santísima Virgen a san Juan.
Desde que Jesús, al morir, encomendó su querido discípulo a su santa madre y se lo dio como hijo 9, san Juan mantuvo siempre a la Santísima Virgen cerca de él, y le prodigó todas las muestras de ternura que un hijo puede tener con su madre. La asistió en todas sus necesidades y la Santísima Virgen, recíprocamente, honró a san Juan con su protección ante Dios.
MF 88,3,2
Si profesamos amor a Jesús y si somos amados de Él, será imposible que no seamos muy queridos de la Santísima Virgen. Pues como se da relación estrechísima entre Jesús y su santísima madre, todos los que aman a Jesús y son amados de Él, honran mucho a María, y son también muy queridos de la santa madre de Dios.
Hagámonos dignos de las ternuras de la Santísima Vigen y para obtener de ella más fácilmente lo que deseamos, dirijámonos a san Juan, quien como hijo amado que sustituyó a Jesús, nos alcanzará de Ella lo que no podemos obtener por nosotros mismos.
MF 88,1,1: 1 Jn 13,23; 19,26. – MF 88,2,1: 2 Mt 4,22. – 3 Mt 17,1-2. – 4 Jn 19,26. – 5 Mt 26,56. – 6 Ga 3,13. – 7 Cf. Jn 19,35. – 8 Jn 20,4. – MF 88,3,1: 9 Cf. Jn 19,26-27.
MF 89
Para la fiesta de los Santos Inocentes
28 de diciembre
MF 89,1,1
Punto I.
Honremos hoy la inocencia de aquellos santos niños que tuvieron la suerte de morir antes de conocer el mal y poder cometerlo.
¡Cuán felices son porque su vida fue consagrada a Dios a edad en que los vicios aún no se habían adueñado de sus corazones! Fueron arrebatados de este mundo casi cuando acababan de entrar en él, y esto por gracia muy especial, para ser preservados de la corrupción 1, cosa tan difícil de conseguir en la sociedad de los hombres.
MF 89,1,2
Nosotros, que hemos conocido la miseria del mundo, y que de sobra sabemos, por nuestra funesta experiencia, qué raro es conservar en él la inocencia y la pureza del corazón, y a quienes Dios hizo el favor de retirarnos de él, démosle gracias todos los días por beneficio tan grande, y hagamos inocente nuestra vida por el retiro, por la penitencia y por la santidad de nuestras acciones. Y para merecer la perseverancia en vida tan santa, seamos fieles a las más insignificantes prácticas de la comunidad y al menor de los puntos de regularidad.
De ese modo repararemos los daños que el siglo, del que afortunadamente hemos salido, hubiera podido ocasionar a nuestra inocencia, y alcanzaremos como cierta seguridad de no pecar más en lo restante de nuestra vida.
MF 89,2,1
Punto II.
Estos santos niños murieron mártires por la crueldad de un príncipe malvado, que temía que alguno de ellos le arrebatase la corona, apoyándose en lo que le habían dicho los Magos acerca del nacimiento del Mesías 2. Y así les procuró el medio de vivir eternamente en el cielo, inmediatamente después de haber aparecido en la tierra.
Mayor beneficio les ocasionó, dice san Agustín, con el odio que les demostró al hacerles morir, que el que pudiera procurarles con todo el afecto que hubiera podido tenerles y con todos los favores con que hubiera podido colmarlos en el mundo. Ellos dieron testimonio de nuestra religión y de la divinidad de Jesucristo, no hablando, sino perdiendo la vida por su causa.
MF 89,2,2
Como no tenéis la dicha, ni siquiera la ocasión de sufrir el martirio por la fe, haceos mártires por amor de Dios mediante el ejercicio de la mortificación. La vida del cristiano, dice san Gregorio, debe ser martirio continuo, puesto que no se es cristiano sino para hacerse conforme a Jesucristo, que padeció durante toda su vida.
Este martirio es, a menudo, más duro que aquel en que se derrama la sangre, porque es incomparablemente más largo, y en consecuencia, más difícil de soportar.
Animaos, pues, a él con el ejemplo de los santos, y sobre todo con el de Jesucristo, que dedicó toda su vida a padecer por nuestro amor.
MF 89,3,1
Punto III.
Estos pequeñuelos murieron, no sólo como mártires, sino en sustitución de Jesucristo. Queriendo Herodes matarlo, hizo que lo buscaran por todas partes; y al no encontrarlo, resolvió quitar la vida a muchos niños 3, asegurándose de que Él se hallaría entre ellos; por eso no quiso que exceptuasen a ninguno de los nacidos desde algún tiempo antes de la llegada de los Magos a Jerusalén hasta entonces.
¡Felices niños, que perdieron la vida para conservar la de Jesucristo!
MF 89,3,2
Nosotros podemos tener la misma suerte que ellos, si entregamos nuestra vida para impedir que Jesucristo muera en nosotros: los pecadores, dice san Pablo, crucifican de nuevo a Jesucristo 4. Así, pues, si no se quiere quitarle la vida, es necesario hacerse violencia para no caer en el pecado y para no cometer la menor falta. Para alcanzar este beneficio se requiere mucha vigilancia sobre sí mismo.
De ese modo, muriendo todos los días 5 por medio de continua mortificación, daréis vuestra vida para no crucificar ni dar muerte, desgraciadamente, a Jesucristo en vosotros.
MF 89,1,1: 1 Sb 4,11. – MF 89,2,1: 2 Cf. Mt 2,16. – MF 89,3,1: 3 Mt 2,16. – MF 89,3,2: 4 Hb 6,6. – 5 1Co 15,31.
9
MF 90
De lo que se ha hecho o dejado de hacer para con Dios durante el año
29 de diciembre
MF 90,1,1
Punto I.
No estamos en este mundo sino para amar a Dios y complacerle. Es lo que debemos hacer durante toda nuestra vida, pues es la primera cosa que nos manda Dios, y la única que encierra toda la ley 1, dice Nuestro Señor. Y nuestro amor a Dios ha de ser tan grande, que no amemos más que a Dios o por Dios.
Podemos probar nuestro amor de tres maneras. La primera, concibiendo sumo aprecio por Dios; la segunda, aficionándonos sólo a Dios; y la tercera, haciendo todas nuestras acciones por Dios.
MF 90,1,2
¿Se ha notado, durante este año, que no habéis estimado nada sino a Dios? ¿Habéis admirado a menudo sus infinitas grandezas? Y entonces, penetrados de profundo respeto a vista de sus sublimes perfecciones, ¿habéis exclamado, con el Real Profeta, que sus excelencias, al no poder ser comprendidas por el hombre, no pueden ser adoradas ni alabadas como merecen 2?
¿Habéis recordado que a Dios lo teníais presente en todas partes? ¿Os habéis abismado interiormente, en sentimiento de adoración, en la consideración de la presencia de Dios? Y puesto que no hay nada tan agradable al alma que ama a Dios como prestar atención a Él, ¿habéis hecho de ello vuestra delicia, como David? Y por respeto a la presencia de Dios tan excelso, ¿habéis cuidado de manteneros en modestia conveniente y proporcionada a su grandeza? Y como Dios está presente en todas partes, ¿lo habéis adorado por doquier?
Prestad atención a todo esto, para mostrar a Dios cuán grande es el aprecio en que le tenéis.
MF 90,2,1
Punto II.
Puesto que nuestra alma no fue creada por Dios sino para gozar de Él, toda su felicidad en la tierra consiste en no aficionarse más que a Él 3, como dice muy bien el Real Profeta. Y sería vergonzoso para ella, que participa de la naturaleza divina, dice san León, degenerar de su primitiva nobleza hasta el punto de envilecerse poniendo su agrado en las criaturas.
¿Y a quién nos aficionaríamos, sino a Aquel de quien todo lo hemos recibido, el único que es nuestro Señor y nuestro Padre, y que, como dice san Pablo, dio
el ser a todas las cosas, y nos hizo sólo para Él 4?
MF 90,2,2
Esta consideración y el agradecimiento que le debemos por todas sus bondades para con nosotros hubieran debido ocupar a menudo nuestra mente, y
enternecer nuestro corazón a lo largo de este año, para impelernos a entregarnos del todo a Dios, y a decirle con san Agustín: «Nos hiciste sólo para Ti, Dios mío, y nuestro corazón no descansará hasta que repose en Ti».
MF 90,3,1
Punto III.
Si amamos verdaderamente a Dios, todo cuanto hacemos debemos realizarlo para su gloria 5, dice san Pablo. Este debió ser el fin por el que os retirasteis del mundo; pues Dios debe ser el fin de vuestras acciones, como es su principio. Si pretendierais complacer a cualquier otro distinto de Dios, dice san Pablo, no mereceríais llevar el nombre de servidores de Jesucristo 6; pues no lo seríais en realidad, ya que el siervo ha de hacerlo todo en servicio de su señor.
Tal era el consejo que daba san Pablo a los fieles de su tiempo: Ora comáis, les dice, ora bebáis, o realicéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios 7; y en otra parte: Cuanto hagáis, sea de palabra o de obra, hacedlo en el nombre del Señor Jesucristo 8.
En eso debe consistir todo el consuelo de un cristiano en esta vida, obrar por Dios, que lo ha creado, de quien lo ha recibido todo, y a quien es deudor de todo el bien que pueda realizar en esta vida.
MF 90,3,2
¿Habéis pensado a menudo durante este año, que puesto que Dios os ha dado la vida y os ayuda a realizar todas vuestras acciones, todas ellas han de estarle consagradas, y que lo ofendéis cuando las ejecutáis por otro fin distinto de Él? ¿Vuestra única mira ha estado, como en san Pablo, en no vivir y no obrar más que por Dios 9? ¿Habéis estado, como él, en la disposición de no hacer estéril la gracia de Dios 10 en vosotros? Lo fue, sin duda, cuantas veces vuestras acciones no estuvieron hechas por amor a Él. Proceded en lo sucesivo, como
dice san Pablo, de manera digna de Dios, procurando agradarlo en todo 11.
MF 90,1,1: 1 Mt 22,38.40. – MF 90,1,2: 2 Cf Sal 8,2. – MF 90,2,1: 3 Sal 73,28. – 4 1Co 8,6; Cf. Hch 17,28. – MF 90,3,1: 5 1Co 10,31. – 6 Ga 1,10. – 7 1Co 10,31. – 8 Col 3,17. – MF 90,3,2: 9 Cf. Rm 6,10; 2Co 5,15. – 10 1Co 15,10. – 11 Col 1,10.
Del modo como debimos proceder con el prójimo
durante este año y de aquello en que hemos faltado
MF 91,1,1 Punto I.
Con respecto a nuestros superiores.
Es vuestro deber comportaros con los superiores como con Dios mismo 1. Es el consejo que os da el apóstol.
Como tenéis un cuerpo sensible, y la dirección interior de Dios no os basta para llrbsto a Él, necesitáis guías que os dirijan sensiblemente.
Por este motivo Dios os ha dado superiores, cuyo deber es ocupar el lugar de Dios para con vosotros, y guiaros exteriormente por el camino del cielo, igual que Dios lo hace con vosotros interiormente.
MF 91,1,2
¿Cómo os habéis comportado con vuestros superiores durante este año? ¿Los habéis mirado como a ministros de Dios, que os han sido puestos de su parte, como ocupando su lugar, ya que sólo por la autoridad que Dios les ha confiado, y de la que les hizo partícipes, tienen derecho a dirigiros y mandaros 2? ¿Es éste el motivo por el que os sometéis a su gobierno? ¿Habéis vivido durante este año en dependencia de vuestros superiores, del mismo modo que dependéis de Dios?
Con esta convicción, ¿habéis creído que teníais que obedecerlos en todo, como creéis en la obligación de obedecer a Dios, que ha dicho: Quien os escucha, me escucha 3? ¿Estáis persuadidos, en el fondo de vuestro corazón, de que todo lo que os dicen es de parte de Dios, o, mejor dicho, de que es el mismo Dios quien os lo dice?
Desde hoy, poneos en estas disposiciones respecto de vuestros superiores.
MF 91,2,1
Punto II.
Con respecto a vuestros Hermanos.
Tal vez no habéis reflexionado bastante durante este año sobre la obligación que tenéis de vivir muy unidos con vuestros Hermanos. Con todo, ésta es una de las principales obligaciones de vuestro estado, ya que Jesucristo dice en el santo Evangelio que todos sois hermanos 4.
La primera razón por la que a veces existe poca unión en una comunidad, es porque hay quienes desean ponerse por encima de los demás, por alguna consideración humana. Por este motivo dijo Nuestro Señor a sus apóstoles que ninguno de ellos debería llamarse ni dejar que lo llamaran maestro, pues no tenían más que un maestro, que era Jesucristo 5. Es preciso, incluso, dice Nuestro Señor, que quien crea ser el mayor entre vosotros, o lo sea en efecto, se estime y considere como el menor de todos 6.
MF 91,2,2
Ved si durante este año habéis procedido así con vuestros Hermanos. Si os habéis disgustado con alguno de ellos, reflexionad sobre lo que recordaba Moisés a dos israelitas de su tiempo, que se injuriaban y reñían entre sí 7, que son hermanos nuestros, y que, como dice san Pablo, debemos soportarnos unos a otros con caridad 8.
Prestad atención a la palabra que usa, «soportar»: con ello se nos indica que es menester que unos sufran a causa de los otros. Por eso dice en otro lugar: Llevad las cargas los unos de los otros 9. Cada uno tiene sus cargas, pero de ordinario no es precisamente quien las tiene el que las lleva, pues no es él quien siente su peso, sino aquellos con quienes se relaciona.
MF 91,2,3
Es necesario que cada uno lleve gustoso y caritativamente las de los demás, si quiere vivir en paz con ellos. A ello nos exhorta a menudo san Pablo en sus epístolas 10. ¿Os habéis comportado así durante este año?
Piedra preciosa es la unión en una comunidad. Por eso la recomendó con frecuencia Nuestro Señor a sus apóstoles antes de morir 11. Si se la pierde, todo se pierde. Por eso, conservadla con cuidado, si queréis que vuestra comunidad perviva.
MF 91,3,1
Punto III.
Con respecto a vuestros alumnos.
Lo primero que debéis a vuestros alumnos es la edificación y el buen ejemplo. ¿Os habéis aplicado a la virtud con la intención de edificar a vuestros discípulos? ¿Habéis pensado que debéis ser su modelo en las virtudes que deseáis que practiquen? ¿Os habéis comportado este año como deben hacerlo los buenos maestros?
Habéis debido enseñarles la religión. ¿Os habéis esforzado en ello lo suficiente durante este año? ¿Habéis considerado esta función como vuestro principal deber para con ellos? ¿Conocen bien la religión? Si la ignoran o si no la conocen perfectamente, ¿no es por negligencia vuestra?
¿Os habéis preocupado de enseñarles las máximas y las prácticas del Santo Evangelio y de que las practicasen? ¿Les habéis sugerido prácticas apropiadas a su condición y a su edad?
Todas estas formas de instruir han debido ser a menudo materia de vuestras reflexiones, y habéis debido esforzaros en utilizarlas con éxito. El maestro que se encariñe con la piedad engendrará sabiduría 12, dice el Sabio; es decir, adquirirá sabiduría para sí y, al mismo tiempo, hará sabios a quienes instruye.
MF 91,3,2
¿Habéis enseñado a los que tenéis bajo vuestra dirección las cosas exteriores que son de vuestra obligación, como la lectura, la escritura y todo lo demás, con el mayor esmero posible? Si no ha sido así durante este año, daréis estrecha cuenta a Dios, no sólo de vuestro tiempo, sino incluso de vuestra manutención y de cuanto se os proporcionó para los menesteres de la vida; pues tal fue la intención de la obediencia al proveeros de lo necesario.
Tomad para el futuro medidas adecuadas sobre todos estos puntos, que son de importancia.
MF 91,1,1: 1 Ef 6,7. – MF 91,1,2: 2 Cf. Rm 13,1-4. – 3 Lc 10,16. – MF 91,2,1: 4 Mt 23,8. – 5 Mt 23,8.10. – 6 Lc 22,26. – MF 91,2,2: 7 Ex 2,13. – 8 Ef 4,2. – 9 Ga 6,2. – MF 91,2,3: 10 Cf. Col
3,14-15. – 11 Cf. Jn 17,11.21-23. – MF 91,3,1: 12 Pr 10,31
MF 92
De aquello en que habéis faltado respecto de
vosotros y de la regularidad durante el año
MF 92,1,1 Punto I.
Se puede faltar a la regularidad en casa, fuera de casa y en la escuela. En casa, se puede faltar a ella en tres cosas: la primera, en lo tocante a la fidelidad y puntualidad en los ejercicios.
¿Habéis considerado este punto como uno de los principales medios de salvación, como lo es, en efecto? Pues esta fidelidad os da cierta seguridad de observar exactamente los mandamientos de Dios; ya que, quien es fiel en las cosas pequeñas, lo será también en las grandes 1, dice Nuestro Señor.
¿No os habéis dispensado fácilmente algunas veces, durante este año, de la sagrada comunión, por mera desgana? ¿No habéis descuidado la oración o no os habéis dejado llevar de las distracciones? ¿Habéis considerado estos dos ejercicios como los que atraen las gracias de Dios sobre todos los demás, y con este propósito, os habéis dedicado gustosos a ellos?
¿Habéis mostrado estima a todos vuestros ejercicios? ¿Los habéis considerado como medios absolutamente necesarios para alcanzar la perfección de vuestro estado y, en consecuencia, para asegurar vuestra salvación?
¿Lo habéis dejado todo a la primera campanada, incluso si estabais con personas de fuera? Esto es lo que hay que hacer siempre, sin excepción; pues, en realidad, la primera campanada que oís os manifiesta la voluntad de Dios.
MF 92,1,2
¿Habéis sido fieles en guardar el silencio? Es el primer medio para establecer la regularidad en una casa; sin él no se puede esperar que haya orden en una comunidad religiosa.
Puesto que tenéis obligación de contribuir al buen orden de vuestra casa, sed fieles a estas dos cosas, por medio de las cuales se establecerá y mantendrá fácilmente, si añadís a ello la obediencia en todo a quien está encargado de dirigirla; pues la obediencia es la primera virtud de la comunidad, y lo que la distingue esencialmente de las casas seglares.
MF 92,2,1
Punto II.
No tiene menos importancia ser observante fuera de casa que dentro de ella, pues también allí hay que edificar al prójimo, y eso se debe exigir particularmente a las personas religiosas.
Lo primero a que debe atenderse es a guardar mucha modestia. San Pablo la recomienda a los fieles sobre todas las cosas: Vuestra modestia, dice, sea patente a todos los hombres 2. Como si dijera: No seáis modestos solamente cuando os halléis solos y en particular, como, en efecto, debéis serlo, pues el Señor está cerca de vosotros; sino sedlo también delante de todos los hombres. Por consiguiente, cuando os halléis fuera de casa, conducíos de tal forma que todos los hombres adviertan vuestra modestia y se edifiquen con ella. Eso es necesario, ya que al trabajar en la salvación de los demás, debéis comenzar por darles buen ejemplo, con el fin de ganarlos para Dios.
También debéis observar exactamente el silencio en las calles y, según vuestra Regla, rezar el rosario, para no distraeros con objetos que se presenten a la vista, y prestar atención a la presencia de Dios.
La paciencia y el silencio, sobre todo, os son igualmente necesarios cuando os insultan o dicen algo capaz de molestaros.
MF 92,2,2
¿Habéis sido fieles a todas estas prácticas durante el año? Tienen mucha importancia si no queréis escandalizar ni disiparos por las calles. Es preciso que se pueda distinguir a la persona consagrada a Dios del seglar, tanto por su exterior como por el modo de comportarse; pues es deudor de la edificación que debe dar, no sólo a los sabios, dice san Pablo, sino también a los que no lo son 3, los cuales con frecuencia se escandalizan de todo, especialmente respecto de las personas religiosas.
MF 92,3,1
Punto III.
Como la escuela es el lugar donde los Hermanos pasan más tiempo durante el día, y como los trabajos que en ella realizan son los que más los absorben y aquellos en que más ocasiones de disipación encuentran, nunca velarán lo suficiente sobre sí mismos para no perder el mérito que han de obtener de ellas para la salvación de su alma, y para no faltar a ninguna de sus obligaciones. ¿Habéis sido fieles, durante este año, en seguir el orden de las lecciones, en usar siempre la señal, y en corregir a vuestros alumnos cuando cometen alguna falta? No podéis dispensaros de ello sin faltar a uno de vuestros principales deberes.
¿Habéis sido estrictos en explicar el catecismo todos los días, durante todo el tiempo señalado y de la forma que tenéis prescrita? ¿Os habéis preocupado de que vuestros discípulos conozcan la religión? Esa es vuestra principal obligación, aunque no debéis desatender los otros puntos.
¿No os habéis comportado algunas veces con negligencia y flojedad? ¿No habéis hablado inútilmente con los niños, preguntándoles noticias o escuchando gustosos las que os contaban? ¿No habéis leído libros distintos de los que leen los niños a quienes estáis encargados de instruir?
En una palabra, ¿no habéis perdido el tiempo que, en vuestra profesión, no es más vuestro que el del sirviente, obligado a emplearlo por completo en servicio de su señor, como vosotros en provecho de vuestros escolares?
MF 92,3,2
¿No habéis aceptado de ellos alguna cosa? Sabéis que esto no os está permitido en absoluto. Pues si cayereis en dichas faltas, vuestra escuela ya no sería gratuita; aunque no recibierais de ellos más que tabaco, lo cual no se debe hacer ni tolerar, porque el uso del tabaco no os está permitido, y porque debéis dar clase gratuitamente. Esto es esencial a vuestro Instituto.
Examinad si habéis caído en esta clase de faltas durante este año, y cuántas veces; y, en este caso, si os habéis acusado puntualmente en vuestras confesiones. Tomad las resoluciones adecuadas sobre todo esto.
Despojaos, en fin, hoy, del hombre viejo, y revestíos del nuevo, como a ello os exhorta san Pablo; y pedid a Dios, siguiendo el consejo del mismo apóstol, que renueve mañana en vosotros el espíritu de vuestro estado y de vuestra profesión 4.
MF 92,1,1: 1 Lc 16,10. – MF 92,2,1: 2 Flp 4,5. – MF 92,2,2: 3 Rm 1,14. – MF 92,3,2: 4 Ef 4,22-24.
93. 1.1 - Circuncisión de Nuestro Señor
MF 93
Para la fiesta de la Circuncisión de Nuestro Señor Jesucristo
MF 93,1,1 Punto I.
En su Circuncisión, Jesucristo se sometió a la ley, que ordenaba que todos los niños varones fuesen circuncidados el octavo día después de su nacimiento 1,
aunque estuviera exento y por encima de cualquier ley, ya que era Él mismo el soberano legislador.
Esta ley sólo concernía a los pecadores; y, por tanto, Jesucristo, no estaba de ningún modo sujeto a ella, por ser incapaz de pecado.
Admirable humildad la de Jesús, que se hace semejante a los pecadores, aunque Él no lo sea; y que, siendo plenamente inocente, como es, echa sobre sí la carga de nuestros pecados, al entrar en el mundo, porque sólo viene a satisfacer por ellos 2.
Admiremos hoy la obediencia y la humildad del Salvador en este misterio; no vino al mundo, como dijo Él mismo, para destruir la ley, sino a cumplirla 3.
MF 93,1,2
Aprended de Él a someteros a quienes Dios os ha dado por superiores, a humillaros en las ocasiones que se presenten, y a circuncidaros con la verdadera circuncisión, que no es realizada por mano de hombre 4, como dice san Pablo; sino que consiste, dice, en despojarse del cuerpo carnal, es decir, de nuestros pecados, pasiones y propias inclinaciones. Pues como dice en otro lugar el mismo apóstol, la verdadera circuncisión no es la que se realiza en la carne, que es sólo exterior; sino la del corazón, que se realiza por el espíritu 5.
Por lo cual, puesto que debéis pertenecer a Jesucristo, mortificad, según san Pablo, vuestra carne con sus pasiones y deseos desordenados 6, y Jesucristo os hará revivir con Él, a pesar de la incircuncisión de vuestra carne, aboliendo por completo el decreto de vuestra condenación 7.
MF 93,2,1
Punto II.
Jesucristo ejerció en este misterio la función y la cualidad de redentor de los hombres, derramando su sangre por el amor que les tenía. Con esta efusión de sangre dio testimonio de que comenzaba a cargarse con nuestros pecados y a presentarse en la tierra como pecador.
En primer lugar, porque la circuncisión no fue establecida en la antigua Ley sino para los pecadores.
En segundo lugar, porque habiéndose presentado Jesucristo en el mundo como pontífice de los bienes futuros 8, dice san Pablo, se ofreció a sí mismo en este día a Dios en el templo, como víctima sin mancha, para purificar nuestra conciencia de las obras muertas; y para tributar, en nombre de todos los hombres, verdadero culto al Dios vivo y eterno, en calidad de mediador del Nuevo Testamento 9, según la expresión del mismo san Pablo.
¿Hay algo más humillante para el Hijo de Dios que pasar por pecador, aunque fuera la santidad misma y el justo por excelencia?
MF 93,2,2
Sin embargo, Jesucristo, aunque libre de todo pecado, padece hoy en su sagrado cuerpo la pena a que los hombres estaban obligados a someterse en cuanto pecadores.
Mientras tanto, nosotros, que hemos ofendido mucho a Dios, nos consideramos y queremos que nos consideren como inocentes y justos; buscamos, y nos creemos con derecho a buscar, nuestras comodidades; y ponemos todo nuestro empeño en huir del trabajo y del sufrimiento.
Penetraos de sentimientos de humildad y avergonzaos íntimamente al ver cómo huís de las ocasiones de padecer, mientras Jesucristo las ha buscado por amor
vuestro. Agradecedle la inmensa bondad que os manifestó en su circuncisión.
MF 93,3,1
Punto III.
El Padre Eterno avisó a la Santísima Virgen, por medio del ángel que le anunció el misterio de la encarnación de su Hijo, que debía llamarlo Jesús 10; y ella y san José le impusieron en este día dicho nombre, que significa Salvador. Y era muy razonable que, puesto que Jesucristo comenzaba en aquel momento a padecer y a derramar su sangre por nuestros pecados, se le impusiera al mismo tiempo ese nombre; a fin de que comenzase a llevar desde aquella hora el nombre que le convenía de manera tan admirable, de acuerdo con el ministerio del que se había encargado; y desde el momento en que se ofrecía externa y públicamente a Dios, su Padre, para realizar este ministerio, de modo que no pareciese llevar en vano tan adorable nombre.
MF 93,3,2
¿No lleváis vosotros en vano el nombre de cristianos y de ministros de Jesucristo en la función que ejercéis? ¿Vivís de la manera que conviene a tan gloriosos nombres? ¿Instruís a aquellos de quienes estáis encargados, con la aplicación y el celo que Dios exige de vosotros en tan santo empleo?
Haceos dignos, por vuestra buena conducta, de tan ilustre título, y proceded de forma que vuestra vida comience a ser, desde hoy, santa y edificante, y que continúe siéndolo en lo sucesivo.
MF 93,1,1: 1 Lv 12,3. – 2 Cf Hb 10,5-7. – 3 Mt 5,17. – MF 93,1,2: 4 Col 2,11. – 5 Rm 2,28-29. – 6 Ga 5,24. – 7 Col 2,13-14. – MF 93,2,1: 8 Hb 9,11. – 9 Hb 9,14-15. – MF 93,3,1: 10 Lc 1,31.
[Meditación 94: no se incluye porque corresponde a una meditación sobre «la sagrada infancia de Jesucristo», que fue compuesta posteriormente con trozos extraídos de la Explicación del Método de Oración, pero que no fue redactada como tal por san Juan Bautista de La Salle. Se suprime, pues, por no ser auténtica. Sin embargo, se mantiene la numeración tradicional para todas las demás meditaciones.]
MF 95
Para la fiesta de santa Genoveva
MF 95,1,1 Punto I.
Santa Genoveva estuvo tan llena y tan prevenida de gracias, que se consagró a Dios desde la más tierna juventud, por consejo de san Germán, obispo de Auxerre, quien aprobó su propósito de hacer voto de virginidad; cosa que hizo posteriormente, en presencia del obispo de Chartres.
Después se dio por completo a las obras de piedad y se entregó a la oración, de tal manera, que toda su vida no era casi más que oración continua. Para celebrar adecuadamente el santo día del domingo, se preparaba pasando toda la noche precedente en el ejercicio de la oración, y excitando en sí fervor extraordinario, el cual procuraba conservar durante todo ese día, lo mismo que en todas las fiestas.
He ahí el proceder de los santos: huyen de la conversación con los hombres y se complacen con la de Dios.
MF 95,1,2
¿Sentís inclinación a ese ejercicio? Es deber vuestro ser asiduos y amantes de la oración, para atraeros las abundantes gracias, que necesitáis en vuestro estado, tanto para vuestra propia santificación como para la santificación de los demás. Tened la certeza de que cuanto más os apliquéis a la oración, mejor desempeñaréis vuestro empleo; pues, no pudiendo por vosotros mismos producir ningún bien para la salvación de las almas, tenéis que dirigiros a Dios con frecuencia, para obtener de Él lo que vuestra profesión os exige comunicar a los demás. Pues, según Santiago, Dios es el Padre de las luces; y de Él desciende todo don perfecto 1, dice el mismo apóstol; es decir, todo cuanto se da y necesitan los hombres para conseguir su salvación.
Pedid mucho a Dios este espíritu de oración.
MF 95,2,1
Punto II.
La oración es poco eficaz si no está sostenida por la mortificación. Santa Genoveva juntaba una y otra; por eso obtenía fácilmente de Dios lo que le pedía. De ordinario no comía más que dos veces por semana, nunca tomaba carne, y con frecuencia velaba noches enteras. Sus austeridades eran tan rigurosas y tanto se desentendía del cuerpo, que parecía no tenerlo.
MF 95,2,2
No podemos afianzarnos en la piedad sino en la medida en que seamos mortificados. Como nuestros sentidos se inclinan siempre a buscar sus gustos, no se puede vivir según el espíritu del cristianismo sino en cuanto se los domina, y en cuanto se resiste, incluso, a sus inclinaciones; pues según san Pablo, la carne tiene deseos contrarios a los del espíritu, y se oponen entre sí 2; de donde resulta que no hace uno muchas veces aquello mismo que desearía hacer.
Como debemos vivir por el espíritu, dice el mismo apóstol, debemos también guiarnos por el espíritu 3, y no por los sentidos.
¿Es éste vuestro cuidado y vuestra ocupación? ¿Procedéis de forma que seáis dueños de vuestros sentidos? Si cedéis ante ellos, os resultará luego muy difícil sujetarlos. Velad, pues, de continuo sobre ellos, pues no se puede ser sensual y cristiano al mismo tiempo.
MF 95,3,1
Punto III.
La recompensa que recibió santa Genoveva en esta vida, por sus excelentes obras y por sus ejercicios de piedad, fueron largas y frecuentes enfermedades, sufrimientos y duras persecuciones a lo largo de su vida, que se vieron incluso aumentadas considerablemente con calumnias horrendas, de las que no se vengó, a ejemplo de san Pablo, sino con acción de gracias y con plegarias a Dios por quienes la habían perseguido y calumniado 4.
Pues sabía que esa es la recompensa que Dios da a sus santos en esta vida, como lo atestigua Jesucristo en el santo Evangelio; y que deben considerarse más felices por ello 5 que si poseyeran todos los tesoros imaginables.
Eso es también lo que constituye el consuelo de los servidores de Dios, porque en esas situaciones, encuentran en sí mismos cierta conformidad con Jesucristo y con sus santos.
Ser tentados de este modo es cuanto debemos esperar en este mundo, después de haber consumido nuestra vida por Dios. Y es también lo que nos permitirá encontrar y poseer a Dios y su santa paz dentro de nosotros, como lo poseía en medio de todas sus aflicciones la santa cuya fiesta celebramos.
MF 95,3,2 Manifestad a menudo a Dios que os
complaceréis en sufrir cuantas penas quiera enviaros.
No os quejéis nunca de cuanto pueda decirse o hacerse
contra vosotros. Mostrad, con vuestro silencio y
paciencia, que estáis contentos de ello, y quelo soportáis
gustosos por amor de Dios. En efecto, uno de los
mejores medios para adquirir y conservar el amor divino
es sufrir mucho, y sufrir con alegría.
MF 95,1,2: 1 St 1,17. – MF 95,2,2: 2 Ga 5,16-17. – 3 Ga 5,25. – MF 95,3,1: 4 1Co, 4,12-13. – 5 Mt 5,11-12; Cf. Lc 6,22-23.
MF 96
Para el día de la fiesta de la adoración de los Reyes
6 de enero
MF 96,1,1
Punto I.
No podemos dejar de admirar la fe de los santos Magos, pues no se encontró en Israel, dice san Bernardo, otra semejante a la de estos admirables gentiles. Descubren una estrella nueva y extraordinaria y, con sólo verla, parten de un país remoto, en busca de Aquel que ellos no conocían, y que ni siquiera era conocido en su propio país.
Iluminados por su luz, y más aún por la de la fe, van a anunciar un nuevo Sol de justicia 1 en el lugar en que ha nacido, y asombran a todos con la voz de semejante nueva. Ellos no se sorprenden, porque están iluminados con la luz verdadera, y porque sólo por la fe, según la expresión de san Pablo, se va hacia Jesucristo 2.
La estrella no se les mostró en vano, pues su aparición les permitió recibir la gracia de Dios; y aquel fue para ellos día de salvación 3, por haberse mostrado fidelísimos a las inspiraciones divinas.
MF 96,1,2
¿Estamos nosotros atentos a las inspiraciones que recibimos de Dios y tan prestos a seguirlas como lo estuvieron los santos Magos para dejarse conducir por la estrella que les servía de guía?
A menudo la salvación y la felicidad de un alma dependen de la pronta fidelidad a la gracia. Dios dispensó a Samuel el favor de hablarle porque se presentó tres veces seguidas para escucharlo en cuanto oyó su voz 4. Y san
Pablo mereció la total conversión porque primero fue fiel a la voz de Jesucristo, que lo llamaba 5. Eso es lo que debéis hacer vosotros al igual que ellos.
MF 96,2,1
Punto II.
Los Reyes Magos, una vez que llegaron a Jerusalén y al palacio de Herodes, preguntan dónde ha nacido el Rey de los Judíos 6.
¡Qué pregunta para ser hecha en el palacio del mismo príncipe! Es cierto, dice san Agustín, que en Judea habían nacido varios reyes, y que el mismo Herodes, que reinaba allí, tenía varios hijos. Y sin embargo, a ninguno de ellos habían venido a adorar y a reconocer como rey los Magos, porque el cielo no los había hecho venir por ellos.
Es verdad, dice san Fulgencio, que a Herodes le había nacido un hijo hacía poco en su palacio; lo habían puesto en cuna de plata y era respetado en toda la Judea. Con todo, aquellos Reyes lo desdeñan, y ni siquiera se los oye nombrarlo en el palacio del rey.
¡Qué santa osadía la de nuestros Magos, al entrar así en la capital, y llegarse hasta el trono de Herodes! Nada temían, porque la fe que los animaba y la majestad de Aquel a quien iban a buscar, les hacía olvidar, e incluso a despreciar, todas las consideraciones humanas; y así miraban a aquel con quien hablaban como infinitamente inferior a Aquel que les había anunciado la estrella.
MF 96,2,2
Nunca se podría admirar en demasía que gentiles criados en los errores del paganismo hayan tenido fe tan viva y hayan sido tan fieles en seguir sus luces. Se vio, además, muy acrecentada y fortificada cuando Herodes reunió a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, e indagó de ellos el lugar en que había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron que en Belén 7; a lo cual agregó que cuando hubieran encontrado al niño que buscaban, él mismo iría a adorarlo 8. Pero ellos marcharon y no se preocuparon más del rey Herodes.
Así debe moveros la fe a despreciar todo cuanto el mundo estima.
MF 96,3,1
Punto III.
Los Magos, una vez que salieron de la ciudad de Jerusalén, se dirigieron a la pobre aldea de Belén, para encontrar allí al rey que buscaban. Fueron guiados por la estrella, que los precedía; hasta que habiendo llegado al lugar donde estaba el niño, se paró 9. Entonces, entraron los Magos en el establo, y encontraron a un niño pequeño, envuelto en pobres pañales, acompañado de María, su madre 10.
¿Cómo no temieron engañarse los Magos, ante tal visión? ¿Son ésos los atributos de un rey?, dice san Bernardo. ¿Dónde está su palacio? ¿Dónde está su trono? ¿Dónde está su corte? El establo, dice, es su palacio; el pesebre le sirve de trono; y su corte, la compañía de la Santísima Virgen y de san José El establo no les parece despreciable, los pobres pañales no hieren su vista, ni se preocupan al ver a un débil niño amamantado por su madre. Se postran ante Él 11, dice el Evangelio, lo reverencian como a su rey, y lo adoran como a su Dios. He ahí lo que los impulsó a hacer la fe, de la que estaban vivamente penetrados.
MF 96,3,2 Reconoced a Jesús bajo los pobres harapos
de los niños que tenéis que instruir; adoradlo en ellos;
amad la pobreza y honrad a los pobres, a ejemplo de los
Magos. Pues la pobreza ha de seros amable, a vosotros,
que estáis encargados de la instrucción de los pobres.
Muévaos la fe a hacerlo con amor y celo, puesto que son
los miembros de Jesucristo 12.
Ese será el medio para que el divino Salvador se encuentre a gusto entre vosotros, y mediante el cual lo encontraréis, pues Él siempre amó a los pobres y la pobreza.
MF 96,1,1: 1 Mt 3,20. – 2 2Co 5,7. – 3 Is 49,8. – MF 96,1,2: 4 Cf. 1S 3,3-15. – 5 Hch 9,4-5. – MF
96,2,1: 6 Mt 2,2. – MF 96,2,2: 7 Cf. Mt 2,4-6. – 8 Mt 2,8. – MF 96,3,1: 9 Mt 2,9. – 10 Mt 2,11. – 11 Mt 2,11. – MF 96,3,2: 12 1Co 12,27.
97. 17.1 - San Antonio
MF 97
Sobre la vida de san Antonio
17 de enero
MF 97,1,1
Punto I.
San Antonio oyó leer en la iglesia estas palabras del Santo Evangelio: Si quieres ser perfecto, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres 1, e inmediatamente quiso ponerlas por obra, como si hubieran sido dichas para él, persuadido de que era eso lo que Dios le pedía.
Admiremos la fidelidad de este santo a los primeros movimientos de la gracia, y su prontitud en seguir la inspiración que Dios le dio.
MF 97,1,2
¿Somos tan fieles a las inspiraciones de Dios como san Antonio, y ejecutamos con la misma prontitud que él cuanto la gracia solicita de nosotros?
Como él, también nosotros hicimos profesión de renunciar a todas las cosas cuando dejamos el mundo, ¿pero lo hemos dejado todo realmente? ¿No tenemos ya apego a nada? Lo conoceremos si nos sentimos a gusto siendo pobres y si no deseamos tener comodidades ni poseer nada.
MF 97,2,1
Punto II.
San Antonio, después de despojarse de todos sus bienes en favor de los pobres, se retiró al desierto, donde trabajó con sus manos para ganar con qué subsistir y socorrer a los pobres. Al trabajo unió continua oración.
MF 97,2,2
Para entregarse a Dios no basta con haber dejado cuanto se poseía y las cosas exteriores; hay que trabajar además por perfeccionarse interiormente y renunciar a las pasiones y a las propias inclinaciones 2. En el retiro es donde se alcanza este bien. En efecto: no es posible vencerse sin conocerse, y resulta muy difícil conocerse en medio del mundo.
¿Nos valemos de la ventaja que tenemos, al habernos retirado de él, para procurar no seguir en nada los movimientos de la naturaleza?
MF 97,3,1
Punto III.
San Antonio, después de haber atendido a su perfección en el desierto y haberse
henchido allí del Espíritu de Dios 3, lo abandona por algún tiempo, a causa de la persecución, para alentar a los mártires y confirmar a los cristianos en la fe. Su propia santificación lo había retenido en la soledad, pero el celo que tenía por la salvación de sus hermanos lo arrancó de ella.
Con todo, desconfiando de sí mismo, una vez terminada la persecución, regresó a su desierto y vivió en él con más fervor que nunca.
MF 97,3,2 Así debéis proceder vosotros. Tenéis que amar
el retiro para trabajar eficazmente en él por vuestra
perfección; pero tenéis que dejarlo, cuando Dios os pida
que trabajéis en la salvación de las almas que Él os ha
confiado. Y tan pronto como deje Dios de solicitaros a ello
y haya acabado el tiempo de vuestro empleo, debéis
retiraros a vuestra soledad, a ejemplo de san Antonio.
MF 97,1,1: 1 Mt 19,21. – MF 97,2,2: 2 Ga 5,24. – MF 97,3,1: 3 Cf. Gn 41,38.
Para la fiesta de san Sulpicio
19 de enero; no figura en el nuevo calendario
MF 98,1,1
Punto I.
San Sulpicio manifestó siempre, ya desde su infancia, tal inclinación a la virtud, que le dieron por ello el sobrenombre de piadoso, y su obispo le obligó a incorporarse al clero.
¡Ah, cuán beneficioso es entregarse a la virtud desde muy pronto 1!, pues de ese modo se adquiere mucha facilidad para practicarla y se realizan las obras de piedad como naturalmente.
MF 98,1,2
Esa es también la ventaja de que se goza en las casas retiradas del mundo. Quienes aman su estado no encuentran en él sino placer, y satisfacción en todos los ejercicios de piedad que allí se practican, porque han adquirido un hábito que, por la unción de la gracia y el amor de Dios, se les ha tornado en dulce y agradable.
¿Os encontráis en estas disposiciones? ¿Amáis, por encima de todas las cosas, vuestro estado y lo que en él se practica?
MF 98,2,1
Punto II.
La piedad de este santo le dio tanta fama, que el rey quiso tenerlo junto a sí. Y aunque resulta difícil conservar el espíritu de religión en medio de la corte, el santo procedió de manera tan prudente, que derramó en ella el aroma de su piedad. Por ello era venerado por todos.
MF 98,2,2
Vuestro empleo os exige que mantengáis alguna comunicación externa con el prójimo. Tened cuidado de no mostraros nunca sino con edificación, y de ser de tal modo modestos, reservados y comedidos, que sólo os consideren como el buen olor de Jesucristo 2. Proceded de manera que todo vuestro exterior, vuestras palabras y vuestras acciones inspiren virtud. Sólo con este fin os quiere Dios allí.
Preparaos, pues, en el retiro a corresponder a sus intenciones.
MF 98,3,1
Punto III.
Vacante el arzobispado de Bourges, el rey le designó para él; su piedad hizo que se lo prefiriese a cuantos solicitaban tal dignidad. También fue su piedad la que lo impulsó a trabajar con celo y con éxito en la salvación de las almas. ¡Ah!, cuán cierto es lo que dice san Pablo, que la piedad es útil para todo 3 y que produce extraordinarios beneficios no sólo en quienes la poseen, sino también en quienes los ven, tratan con ellos o reciben sus enseñanzas. Todo en ellos predica la piedad.
MF 98,3,2
¿Se puede decir esto de vosotros, que tenéis que comunicarla a los niños que habéis de guiar? ¿Basta que os vean para que se porten bien? ¿Y vuestro exterior los induce por sí solo a la virtud? ¿Despierta en ellos, cuanto les decís, el espíritu de piedad y de religión?
Ese es el principal bien que tenéis que procurarles, y lo mejor que podéis legarles cuando os dejen.
MF 98,1,1: 1 Si 6,18. – MF 98,2,2: 2 2Co 2,15. – MF 98,3,1: 3 1Tm 4,8.
MF 99
Para la fiesta de la conversión de san Pablo
25 de enero
MF 99,1,1
Punto I.
San Pablo era tan celoso de la observancia de la ley antigua, que recorría todos los lugares de Judea donde sabía que había cristianos, con órdenes escritas del príncipe de los sacerdotes, para perseguirlos.
Dios, que conocía el ardor de su celo, quiso que lo empleara en favor de Jesucristo, a quien perseguía en sus miembros y en sus discípulos; y en un instante lo iluminó con luz celestial y le derribó por tierra 1.
¡Cuán dichoso fue este santo al haber sido en tal forma prevenido por la gracia, y convertirse, en un instante, de perseguidor del Evangelio en su apóstol y predicador!
MF 99,1,2
Congratulaos con este santo por el especial favor que recibió de Dios, y agradecedle el que os concedió a vosotros sacándoos del mundo y llamándoos a tan santo empleo como es el de instruir a los niños e inspirarles la piedad.
MF 99,2,1
Punto II.
Tan pronto como san Pablo fue prevenido por la gracia, se mostró fiel a ella. Y como Jesucristo le manifestase, con una voz del cielo, que era Él mismo a quien perseguía 2 en los cristianos, atento a aquella voz que le hablaba para sacarlo de su ceguera, preguntó humildemente a Jesucristo qué órdenes deseaba darle y qué quería que hiciese por Él.
MF 99,2,2
Puesto que Jesucristo os llamó para cumplir su ministerio y para enseñar a los pobres, ¿sois tan fieles a la voz de Dios como lo fue san Pablo? ¿Correspondéis con la misma diligencia que él a todas las mociones de la gracia? ¿Y os mostráis como él tan celosos en el cumplimiento de los deberes de vuestro empleo? ¿Decís, con san Pablo: Señor, qué quieres que haga 3?
Y sed dóciles a cuanto sepáis que Dios exige de vosotros.
MF 99,3,1
Punto III.
Aunque Dios iluminó primero a san Pablo con luz extraordinaria y lo llamó mediante una voz milagrosa, con todo, no quiso darle a conocer su santa voluntad, sino que lo envió a Ananías, a quien se la había revelado, para que se la revelase de parte suya 4.
MF 99,3,2
Así quiere Dios que procedáis cuando os inspire realizar algún bien. Él sólo pretende, con sus luces celestiales, daros a entender que pide de vosotros algo que no hacéis. Pero no quiere que actuéis por vosotros mismos. Iluminados, tan sólo, con las luces celestiales, espera de vosotros que acudáis a vuestros directores y superiores, a quienes procura instruir sobre lo que debéis hacer, y a los que encarga de declarároslo.
No os fiéis, pues, nunca de vuestras propias luces, ni de las que parecen venir de Dios. Exponédselas a los que os dirigen y someteos a las suyas.
MF 99,1,1: 1 Hch 9,3-4. – MF 99,2,1: 2 Hch 9,5. – MF 99,2,2: 3 Hch 9,6. – MF 99,3,1: 4 Cf. Hch 9,3-6; 9,10-17.
MF 100
Sobre la vida de san Juan Crisóstomo 27 de enero; nuevo calendario, 13 de septiembre
MF 100,1,1
Punto I.
San Juan Crisóstomo, prevenido por la gracia, abandonó el mundo en el momento de mayor esplendor de su vida, por razón de su elocuencia, que le atraía la admiración de todos. Se retiró a la soledad, donde se dedicó al estudio de la Sagrada Escritura, que le proporcionó luces extraordinarias y un profundo conocimiento de la religión.
MF 100,1,2
Vosotros tenéis la dicha y la ventaja de vivir desprendidos del mundo, y escuchar con frecuencia la lectura de la Sagrada Escritura. Por consiguiente, debéis aprender en ella la ciencia de la salvación y las santas máximas que vuestra profesión os obliga a practicar y a enseñar a los demás. Meditadlas de vez en cuando y procurad que sean también tema habitual de vuestras conversaciones.
MF 100,2,1
Punto II.
Obligado el santo por el obispo de Antioquía a predicar el Evangelio, lo hizo con tanto éxito y con elocuencia tan extraordinaria, que cautivaba a todos, y al mismo tiempo ganaba los corazones para Dios.
Así es como, cuando uno se ha llenado de Dios en la soledad, puede hablar de Él con valentía y provechosamente, y conseguir que lo conozcan quienes, sepultados en el pecado y en la ignorancia, viven en ceguera que ellos mismos desconocen 1.
MF 100,2,2
Como vuestro deber es enseñar cada día a vuestros discípulos a conocer a Dios, instruirlos en las verdades del Evangelio y enseñarles a practicarlas, tenéis que estar vosotros mismos plenamente llenos de Dios y abrasados del amor a su santa ley, para que vuestras palabras surtan su efecto en vuestros discípulos.
Predicad con el ejemplo y practicad ante ellos lo que queréis inculcarles.
MF 100,3,1
Punto III.
Nombrado Patriarca de Constantinopla, a su pesar, por instancias del emperador, su celo lo impulsó a emprender la reforma de las costumbres de todos, y a no consentir ningún desorden. De ahí que se opusiera vigorosamente a la emperatriz, cuya conducta, en muchas cosas, distaba de ser cristiana. Mas no pasó mucho tiempo sin que sufriera durísimas persecuciones, hasta verse arrojado varias veces de su sede.
MF 100,3,2
Así son tratados quienes con vida irreprochable y santa doctrina defienden el Evangelio y la religión. No pudiendo soportar su progreso en la virtud y el fruto que producen en las almas, el demonio no cesa de atormentarlos, por sí mismo o por sus secuaces.
Si vivís santamente, dice san Pablo, esperad padecer persecución 2. Ésa ha de ser vuestra suerte y vuestra herencia en tanto permanezcáis en este mundo.
MF 100,2,1: 1 Cf. Ef 4,17-18. – MF 100,3,2: 2 2Tm 3,12.
MF 101
Sobre la vida de san Francisco de Sales 29 de enero; nuevo calendario, 24 de enero
MF 101,1,1
Punto I.
Lo admirable en san Francisco de Sales es que llevando una vida normal en lo exterior, vivía, sin embargo, en continua mortificación de sus sentidos, sin permitirles más que el uso necesario, y sin complacerlos en nada.
Tomaba tan poco en sus comidas, que su vida puede calificarse de ayuno continuado; gracias a ello consiguió en grado eminente la virtud de castidad, de la que había hecho voto en su juventud.
MF 101,1,2
Si queréis poseer la pureza como lo exige vuestro estado, velad sobre vuestros sentidos de modo que no permitáis que se desmanden, en lo posible, en ninguna ocasión. Es éste uno de los principales medios de que podéis serviros para mortificaros y uno de los más convenientes en vuestra vocación.
MF 101,2,1
Punto II.
Tuvo este santo tal mansedumbre y tal ternura con el prójimo, y se esmeró tanto en sofocar en sí mismo hasta los mínimos movimientos de ira, que después de su muerte no se encontró hiel en su cuerpo.
Y a una persona que lo había incitado a impacientarse, le preguntó si pretendía hacerle perder en un momento aquello en cuya consecución había empleado toda su vida.
MF 101,2,2
Aprended de este santo a vencer vuestras pasiones y a no traslucir jamás ninguna alteración de ánimo en vuestras palabras o en vuestras acciones. La humildad os ayudará mucho, así como el silencio, en cuantas ocasiones pretendan causaros alguna molestia.
MF 101,3,1
Punto III.
Esta mansedumbre y esta ternura con el prójimo fue lo que permitió a san Francisco de Sales convertir tantas almas a Dios; se cifran en unos setenta y dos mil los herejes que rescató del error.
Esta virtud, en efecto, ganaba el corazón de cuantos lo trataban, y el afecto que sentían por él era el medio de que se servía para llevarlos a Dios. Incluso, un apóstata declaró que la mansedumbre y la paciencia del santo lo habían inducido a volver al seno de la Iglesia.
MF 101,3,2
¿Tenéis estos sentimientos de caridad y de ternura con los pobres niños que habéis de educar? ¿Y aprovecháis el afecto que os profesan para conducirlos a Dios?
Si empleáis con ellos firmeza de padre para retirarlos y alejarlos del desorden, también debéis tener con ellos ternura de madre, para acogerlos y para procurarles todo el bien que de vosotros dependa.
MF 102
Sobre san Ignacio, mártir
1 de febrero; nuevo calendario, 17 de octubre
MF 102,1,1
Punto I.
San Ignacio fue uno de los primeros discípulos y uno de los más dignos sucesores de los apóstoles. Predicó el Evangelio y contribuyó en gran manera a difundir la religión con celo y valentía admirables. Cuanta más resistencia encontraba, tanto más se animaba, sin consideración ni temor a hombre alguno; ni siquiera al emperador, a quien resistió enérgicamente, sin preocuparse de sus amenazas ni de sus promesas.
MF 102,1,2
Con esta misma firmeza y generosidad verdaderamente cristianas hay que defender los intereses de Dios, y a ello estáis obligados vosotros en vuestro empleo. Desempeñáis en él una de las principales funciones de los apóstoles, educando en la fe y en la religión a los nuevos fieles, es decir, a los niños, que hace poco tiempo fueron henchidos del Espíritu de Dios en el bautismo. Haceos dignos de tan santo ministerio 1, a ejemplo de los santos apóstoles, por medio del retiro y por la aplicación a la oración.
MF 102,2,1
Punto II.
Estaba este santo tan lleno del Espíritu de Jesucristo y de su santo amor, que tenía con frecuencia en la boca su santo nombre, y por este medio comunicaba su amor a aquellos que instruía y con quienes conversaba.
Como era totalmente de Jesucristo y se había consagrado a Él para predicar el Evangelio, también deseaba que los cristianos a quienes enseñaba su doctrina no se aficionasen sino a Jesús y no trabajasen sino por Él.
MF 102,2,2
Si amáis mucho a Jesucristo, os aplicaréis con todo el esmero posible a imprimir su santo amor en el corazón de los niños que educáis para ser sus discípulos.
Procurad, pues, que piensen a menudo en Jesús, su buen y único maestro; que hablen a menudo de Jesús, que no aspiren sino a Jesús y que no respiren sino por Jesús.
MF 102,3,1
Punto III.
Habiendo sido condenado a ser devorado por los leones, este santo dijo que era entonces cuando comenzaba a ser discípulo de Jesucristo, porque ya no deseaba nada de las cosas de este mundo, ni temía ninguno de cuantos tormentos pudieran imaginar los tiranos para torturar su cuerpo. Anhelaba, incluso, que su cuerpo fuese entregado cuanto antes a los más crueles suplicios, para poder de ese modo gozar cuanto antes de Jesucristo.
MF 102,3,2
Admirad el amor ardiente de este santo por los sufrimientos y por la muerte,
para poder ser inmolado a Dios como víctima santa y agradable a sus ojos 2. Pensad, como este santo, que no llegaréis a ser verdaderamente discípulos de Jesucristo hasta que lo améis y os decidáis a sufrir por su santo amor.
MF 102,1,2: 1 1Co 4,1-2. – MF 102,3,2: 2 Rm 12,1.
[Meditación 103: Sobre la vida de san Severo, obispo. 1 de febrero. Se incluye al final con las Meditaciones añadidas.]
MF 104
Para el día de la Purificación de la Santísima Virgen
2 de febrero
MF 104,1,1
Punto I.
La Virgen Santa fue al templo para purificarse cumplido el tiempo prescrito por la ley 1. Se sometió a esta ley, y no quiso eximirse de ella, aun cuando no estuviese obligada, por ser la madre del Hijo de Dios y haberlo concebido y dado a luz sin perder su virginidad.
MF 104,1,2
Admirad la humildad de María en este misterio, pues se muestra en lo exterior como una mujer de tantas, ella que, por estas dos condiciones de virgen y madre, estaba tan por encima de las demás.
Y aprended de ella a no pretender distinguiros de los otros en nada, y a no pedir ni desear tener ninguna exención en la práctica de vuestras Reglas. Cuanto más fieles y exactos seáis a ellas, tanto más os colmará Dios de sus gracias, y os concederá tanto mayor gusto por vuestro estado.
MF 104,2,1
Punto II.
La Santísima Virgen, a la vez que se purificaba, y para cumplir la ley en toda su extensión, ofreció su Hijo a Dios, por ser primogénito 2.
El Padre Eterno, que quería que este su querido Hijo fuera inmolado un día en la cruz, para satisfacer por nuestros pecados, lo devolvió, por algún tiempo, a la potestad de su santa madre, después de rescatarlo ella, tal como estaba ordenado en la ley 3.
Así, la ofrenda que el Hijo de Dios hizo de sí mismo a su Padre, sólo fue entonces interior, aunque fuera exterior por parte de la Santísima Virgen. Jesús se reservaba el ofrecerse exteriormente en el árbol de la cruz, a vista de todo el mundo.
MF 104,2,2
Vosotros os ofrecisteis a Dios cuando dejasteis el mundo. ¿No retuvisteis entonces nada de vosotros mismos? ¿Os habéis entregado por entero a Él? ¿No habéis revocado la ofrenda que entonces hicisteis a Dios?
No debéis contentaros con haberos ofrecido a Él una vez. Tenéis que renovar esta ofrenda cada día y consagrarle todas vuestras acciones, no haciéndolas sino por él.
MF 104,3,1
Punto III.
Dios, en reconocimiento por la ofrenda que se le hizo de Jesucristo, por la que
Él hizo de sí mismo en este misterio, y por la humildad que manifestó la Santísima Virgen, inspiró al santo anciano Simeón que proclamara a voces las grandezas de Jesús, diciendo de Él que había venido para ser luz que había de alumbrar a los gentiles, y gloria del pueblo de Israel 4, y que deseara toda clase de bendiciones a su santa madre.
MF 104,3,2
¡Ah, qué dicha la de entregarse a Dios! Ya desde esta vida recompensa y colma de consuelos muy sensibles al alma que se consagra a Él; y hace que sean estimados y honrados por los hombres quienes se complacen en las humillaciones.
Cuanto más deis a Dios, tanto más os colmará de sus bienes. Cuanto más despreciados seáis ante los hombres, tanto más grandes seréis ante Dios.
MF 104,1,1: 1 Lc 2,22. – MF 104,2,1: 2 Lc 2,23. – 3 Lc 2,24. – MF 104,3,1: 4 Lc 2,3
MF 105
Sobre san Romualdo
7 de febrero; nuevo calendario, 19 de junio
MF 105,1,1
Punto I.
San Romualdo vivió veinte años en el mundo, los cuales le parecieron muy largos, porque no vio en él más que miseria y motivos para dejarlo. Luego vivió cien años en la soledad, que le parecieron muy breves, a causa de los consuelos que Dios le dio a gustar durante todo ese tiempo.
Si el mundo conociera, dice san Lorenzo Justiniano, el placer que se encuentra en el retiro, las ciudades se convertirían en desiertos y los desiertos se poblarían muy pronto.
MF 105,1,2
Si queréis vivir felices, amad el retiro. Cuanto más os alejéis de los estorbos del mundo, tanta mayor paz de espíritu y de conciencia disfrutaréis. ¡Qué feliz es uno cuando mantiene el espíritu desasido de todo y la conciencia pura y limpia! Cuanto menos se trata con la personas del siglo, tanto más se disfruta de este beneficio.
MF 105,2,1
Punto II.
El que san Romualdo haya vivido ciento veinte años es cosa admirable; y cien de ellos transcurridos entre durísimas austeridades: cubierto de cilicio y sin tomar más que un poco de pan y algunas habas tres veces por semana, y bebiendo sólo agua.
¿Quién se atreverá a decir, a la vista de esto, que las austeridades abrevian la vida, siendo así que algunos santos de vida austerísima vivieron mucho más que el común de los hombres?
Pero aun cuando la austeridad abreviara nuestros días, también nos proporciona un bien muy importante, al purificar el alma y el cuerpo; pues, en efecto, debilita las pasiones y libera al cuerpo de toda corrupción.
MF 105,3,1
Punto III.
Este santo, no obstante de haber vivido cien años en la soledad, y llevar vida tan penitente, decía que cuanto más pensaba en la muerte, más miedo tenía a no morir bien. Sabía que Dios exigirá cuenta tan exacta en el día del juicio, que apenas los justos se salvarán 1, pues Dios, según la expresión del profeta, juzgará las mismas justicias 2.
MF 105,3,2
Si este santo temía tanto el juicio de Dios, ¿con qué temor no debéis vivir vosotros, que tal vez os pasáis la vida en el descuido de las obligaciones de vuestro estado?
Sin embargo, si queréis evitar el rigor de los juicios de Dios y morir con
tranquilidad de espíritu, constituíos vosotros mismos, de antemano, en jueces de vuestras acciones 3 durante la vida. Condenad y castigad cuanto haya en vosotros que pueda desagradar a Dios.
106. 22.2 - Cátedra de san Pedro
MF 105,3,1: 1 1P 4,18. – 2 Sal 75,3. – MF 105,3,2: 3 1Co 11,31.
MF 106
Para la fiesta de la Cátedra de san Pedro en Antioquía
22 de febrero
De la sumisión que debemos tener a la Iglesia
MF 106,1,1
Punto I.
Fue en este día cuando san Pedro, a raíz de la dispersión de los apóstoles, estableció su residencia en Antioquía, y los fieles lo reconocieron como vicario de Jesucristo; lo cual dio ocasión a que, en esta ciudad, empezaran a llamarse cristianos 1 quienes habían abrazado la fe.
Al instituir la Iglesia una fiesta especial para renovar y honrar la memoria de este hecho, nos da la oportunidad de prestar atención muy particular a la sumisión que debemos a la Iglesia y a quien es su cabeza.
MF 106,1,2
La Iglesia es nuestra madre, a la que debemos de estar unidos en toda circunstancia y de quien debemos depender en cuanto se refiere a la religión. Tenemos que ser sumisos a todas sus decisiones y escucharlas como oráculos. A ella, en efecto, corresponde darnos a conocer la verdad, que nosotros debemos recibir de su boca sin ninguna duda y sin examen. Todo lo que hemos de decir a cuanto nos propone la Iglesia es: creo; sin titubeos y muy lejos de dudar de ello.
Y debemos recibir de buen grado y con suma docilidad todo lo que se nos proponga de parte suya. El mismo Jesucristo la hizo partícipe de su poder y de su autoridad sobre nosotros, y nos dice que debemos considerar como pagano y publicano a quien no escucha a la Iglesia 2; por lo cual dice san Agustín que no creería en el Evangelio si no lo impulsara a ello la autoridad de la Iglesia. En vuestro estado estáis obligados a enseñar a los niños las verdades de nuestra santa religión; debéis también, necesariamente, distinguiros por la sumisión sencilla y humilde a todas las decisiones de la Iglesia. ¿Os halláis en esta disposición?
MF 106,2,1
Punto II.
El Papa, por ser vicario de Jesucristo, cabeza visible de la Iglesia y sucesor de san Pedro, tiene autoridad que se extiende a toda la Iglesia; y todos los fieles, que son sus miembros, deben considerarlo como su padre y como la voz de Dios, de la que se vale para manifestarles sus órdenes.
Él es quien posee el poder universal que Jesucristo concedió a san Pedro de atar y desatar 3; y a él encomendó, en la persona de este santo apóstol, el cuidado de apacentar su rebaño 4.
MF 106,2,2
Como vuestra función es la de procurar aumentarlo y cuidarlo, debéis honrar a nuestro santo padre el papa como al sagrado pastor de este rebaño y como al sumo sacerdote de la Iglesia, y respetar todas sus palabras. Debe bastaros que algo provenga de él para mostraros infinitamente atentos a ello.
¿Habéis procedido así hasta el presente?
Adorad la autoridad de Dios en el supremo pastor de las almas, y en lo sucesivo consideradlo como el gran doctor de la Iglesia.
40
MF 106,3,1 Punto III.
Los obispos, establecidos por Dios como defensores de la Iglesia, son también, dice san Pablo, los primeros ministros de Jesucristo y los dispensadores de los misterios de Dios 5. Por lo tanto, es preciso que honréis sus personas, respetéis sus palabras y les estéis sumisos en todo lo concerniente al cuidado de las almas que tenéis confiadas.
Como Dios les ha encomendado que velen sobre la doctrina y las costumbres de quienes trabajan bajo su ministerio, y como están encargados de todo el gobierno espiritual de su diócesis, es necesario que cuantos en ella se dedican a procurar la salvación de las almas, sólo lo realicen en dependencia de ellos. De ese modo atraerán, sobre ellos mismos y sobre sus trabajos, las bendiciones de Dios.
Reconoced que es Dios quien ha establecido esta subordinación y someteos a ella.
MF 106,1,1: 1 Hch 11,26. – MF 106,1,2: 2 Mt 18,17. – MF 106,2,1: 3 Mt 16,19. – 4 Jn 21,15-18. – MF 106,3,1: 5 1Co 4,1.
MF 107
Para la fiesta de san Matías, apóstol 24 de febrero; nuevo calendario, 14 de mayo
MF 107,1,1
Punto I.
Judas, después de vender y entregar a los judíos a Jesucristo, su maestro y su Dios, para que lo matasen, él mismo se entregó al demonio, y murió desesperado. Después de la Ascensión de Jesucristo al cielo, los apóstoles se reunieron en una casa para orar y disponerse a recibir el Espíritu Santo; y, a propuesta de san Pedro, eligieron a san Matías para que ocupase el lugar de Judas 1.
MF 107,1,2
Este santo discípulo no fue incluido en el número de los apóstoles sino después de la oración común y pública, que hizo san Pedro en nombre de todos los apóstoles y de los discípulos que oraban juntos en el mismo lugar 2.
Con ello nos dan a entender que, de todo lo que hay que poner por obra y se refiere a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, no se debe emprender nada sino es con la oración, con el fin de pedir a Dios las luces y las gracias que se necesitan para llevar a buen fin todo lo que se emprende por Él en este santo ministerio; lo cual no puede lograr éxito alguno sino en la medida en que se cuente con su ayuda y se esté dirigido por el Espíritu Santo.
MF 107,2,1
Punto II.
Para elegir a san Matías en sustitución de Judas, los apóstoles no se contentaron con orar. Hablaron entre ellos, para no determinar nada en esto sino con consejo; pues estaban persuadidos de que uniendo el consejo a la oración Dios
les daría a conocer su voluntad sobre la elección que habrían de hacer de uno de entre los allí presentes, y que hubiera acompañado a Jesucristo, para que participara con ellos de las santas funciones del apostolado 3.
MF 107,2,2
Así quiere Dios que procedáis vosotros en lo que se refiere a vuestra conducta y a vuestro ministerio. No debéis hacer nada ni participar en ningún encuentro, sino aconsejados por vuestros superiores; pues a ellos corresponde daros a conocer y ordenaros lo que Dios pide de vosotros, sea en relación a vosotros mismos, sea en lo que respecta al bien de aquellos de quienes estáis encargados. Tened la seguridad de que con estos dos medios realizaréis muchos progresos y Dios no permitirá que os engañéis.
MF 107,3,1
Punto III.
En la elección que los apóstoles hicieron de san Matías para ocupar el lugar de Judas, no se dejaron guiar por consideración humana alguna, e incluso lo prefirieron a un pariente de Jesús.
Sólo tuvieron en cuenta dos cosas. La primera, que hubiera acompañado siempre a Jesucristo, desde su bautismo hasta la Ascensión al cielo 4, a fin de que estuviera perfectamente instruido en la doctrina de Jesucristo y pudiese predicarla con seguridad. La segunda, que pudiera dar testimonio de la resurrección de Jesucristo 5; que para poder ser anunciada con fundamento, debía contar con testigos oculares e incontestables.
MF 107,3,2
Todo esto debe haceros comprender que, para desempeñar bien vuestro ministerio, no habéis de tener en él ninguna mira humana, y no debéis preocuparos más que de lo que pueda ayudaros a procurar la salvación de las almas de que estáis encargados; lo cual es el fin de vuestro estado y de vuestro empleo. ¿Es así como procedéis?
MF 107,1,1: 1 Hch 1,15-26. – MF 107,1,2: 2 Hch 1,24-25. – MF 107,2,1: 3 Hch 1,21-26. – MF 107,3,1: 4 Hch 1,21-22. – 5 Hch 1,22.
MF 108
Sobre santo Tomás de Aquino 7 de marzo; nuevo calendario, 28 de enero
MF 108,1,1
Punto I.
Santo Tomás fue uno de los más ilustres doctores de la Iglesia, y la iluminó con la ciencia admirable que Dios le concedió, y de manera casi milagrosa.
Este santo estudió al pie del crucifijo tanto como en los libros. Por eso sobresalió de tal manera en la ciencia de la teología, que se lo considera como el ángel de esa escuela sagrada, y el más eminente de todos los teólogos. Acudía a la oración siempre que encontraba dificultades, al estudiar o al componer; y cuando la oración no le bastaba para alcanzar inteligencia en lo que investigaba, añadía el ayuno.
Gracias a estos dos medios fue como llegó a adquirir luces tan extraordinarias y se convirtió en portento de ciencia.
MF 108,1,2
Es cierto que lo que vosotros tenéis que aprender, que es lo relativo a la religión y a la salvación, es algo común; sin embargo, os resultará difícil llegar a comprenderlo perfectamente si no os valéis de los tres medios de que se sirvió santo Tomás para llegar a ser sabio; quiero decir: los libros, la oración y la mortificación. Por estos tres medios quiere Dios que os instruyáis en vuestro estado sobre lo que debéis saber vosotros y enseñar a los demás.
MF 108,2,1
Punto II.
En todos sus estudios y en todos sus escritos, no tuvo santo Tomás otra mira que la gloria de Dios y la edificación de la Iglesia. Lo cual le mereció el siguiente elogio de Jesucristo: Bien has escrito de mí, Tomás; ¿qué recompensa deseas que te conceda por tanto bien como has procurado a la Iglesia? Pero el santo se había dedicado con tanto desinterés al bien de los fieles, especialmente de quienes deben enseñar a los demás, que su única respuesta fue que no quería otra recompensa que a Dios mismo.
MF 108,2,2
Vuestra profesión os obliga a enseñar a los niños la ciencia de la salvación, y tenéis obligación de realizarlo con total desinterés. ¿Lo hacéis con la única mira de procurar la gloria de Dios y la salvación del prójimo?
Protestad ante Dios que jamás tendréis otra intención que ésa.
MF 108,3,1
Punto III.
Este santo, que poseía ciencia eminente, descollaba tanto en la virtud de la humildad, que rechazó todas las dignidades de la Iglesia que le ofrecieron, y se consideraba como el último de sus hermanos. Por ello, en ocasiones, a pesar de sus muchas ocupaciones, les servía de acompañante. Aunque su ciencia haya sido muy brillante y le haya merecido consideración y veneración universales, se guardó siempre de hacer ostentación de ella.
Su único objetivo, al estudiar, fue servirse de la ciencia para el fin que le es propio, y por el que Dios quería que trabajase y estudiase. Y lo admirable es que, habiendo sido tan sabio, jamás tuvo ninguna pretensión de ser estimado de los hombres; por lo cual, agradecía a Dios con frecuencia el no haber tenido nunca un pensamiento de vanidad que le hiciera sentirse culpable.
MF 108,3,2
¡Ah, qué raro es encontrar a un hombre que sobresalga en algo y no se tenga en más por ello!
Tratad de participar de la humildad de este santo, pues nada hay en vosotros que no sea ruin y humillante. Y para adquirir esta virtud, amad mucho las humillaciones, que son los medios más adecuados para conseguirla.
MF 109 Sobre san Gregorio, papa
12 de marzo; nuevo calendario, 3 de septiembre
MF 109,1,1 Punto I.
San Gregorio había sido designado por su padre para que lo sucediera en el cargo de senador de Roma. Pero el santo, que era aún joven cuando murió su padre, mandó construir varios monasterios, y se retiró a uno de ellos, dejando el mundo y todos sus bienes para vivir sujeto a obediencia.
Este santo consideraba la sumisión como el mayor bien de la vida, porque es lo más conforme a la criatura, lo que hace al hombre más agradable a Dios y lo que le atrae gracias más abundantes. He ahí por qué se consideraba más dichoso de vivir oculto a los hombres y sometido a un superior, que de poseer todas las riquezas y todos los honores de la tierra.
MF 109,1,2
¿Estimáis así vosotros el estado en que os puso Dios? ¿Os consideráis muy felices de vivir en él? ¿Lo preferís a todo cuanto pudierais poseer y desear en este mundo? Si no os halláis en tal disposición, no sois dignos de estado tan santo. Si no la sentís en vosotros, procurad, al menos, ir adquiriéndola.
MF 109,2,1
Punto II.
San Gregorio padeció durante su vida con extremada paciencia. En primer lugar, las austeridades que practicó en religión, y que llevó hasta el exceso. En segundo lugar, los dolores de gota, que consumían tanto su cuerpo que apenas se lo podía reconocer. En tercer lugar, las persecuciones: el emperador Mauricio, de amigo íntimo pasó a ser cruel enemigo, e intentó despojarlo de la dignidad de patriarca universal de la Iglesia.
En esto imitó al santo Job, cuyo espíritu adquirió perfectamente comentando su libro. El único remedio de que echaba mano en todos sus padecimientos era acudir a la oración 1; en la que igualmente encontró importante ayuda, pues Dios mismo se constituyó en su protector en las tribulaciones y en las contrariedades que fue encontrando 2.
MF 109,2,2
¿Amáis los sufrimientos de vuestro estado? ¿Los soportáis con tanta paciencia como amó y soportó san Gregorio los suyos? Si poseéis plenamente el espíritu de vuestro estado, Dios os hará encontrar en él todo tipo de consuelos, incluso en vuestros sufrimientos.
MF 109,3,1
Punto III.
Este santo, al ser elegido papa, huyó de inmediato; y sólo aceptó el cargo de cabeza de la Iglesia muy a su pesar.
Sin embargo, en seguida se dedicó con celo infatigable, y a pesar de sus muchas dolencias, a procurar el bien de la Iglesia, tanto por sus predicaciones y escritos como por sus cuidados.
No habiendo podido, antes de ser elevado al supremo pontificado, dedicarse personalmente a la conversión de los infieles, a lo cual lo inclinaba su celo, les envió, siendo papa, operarios evangélicos para que les predicasen la fe y los adoctrinasen en nuestra religión.
Con este proceder demostró que sólo por humildad rehuía el papado, ya que una vez aceptado, su celo lo impulsó a realizar importantes empresas.
MF 109,3,2
Es cierto que vosotros no tenéis infieles que convertir; sin embargo, tenéis obligación de enseñar a los niños los misterios de la religión y de infundirles el espíritu del cristianismo; lo cual no es menos importante que la conversión de los infieles.
Aplicaos, pues, a ello con toda la atención y con todo el cuidado que podáis.
MF 109,2,1: 1 Cf Jb 1,6-2,10. – 2 Cf. Sal 37,39-40.
MF 110
Para el día de la fiesta de san José
19 de marzo
MF 110,1,1
Punto I.
Encargado por Dios san José de cuidar y dirigir en lo externo a Jesucristo, era importante que tuviese las cualidades y las virtudes necesarias para cumplir dignamente ministerio tan santo y elevado.
El Evangelio nos indica tres, que le cuadraban admirablemente para el cargo que se le había encomendado: Era justo, era muy dócil a las órdenes de Dios 1, y tenía cuidado especial de todo lo relativo a la educación y mantenimiento de Jesucristo 2.
La primera cualidad que el Evangelio atribuye a san José es que era justo; y también era la principal de cuantas necesitaba, para ser capaz de dirigir a Jesucristo, pues siendo Dios y la santidad misma, no hubiera sido conveniente que quien estaba encargado de su dirección no fuera santo y justo delante de Dios.
Era, incluso, muy conveniente que, después de la Virgen Santa, fuera uno de los mayores santos que vivieran entonces en el mundo, para que guardara alguna proporción con Jesucristo, que había sido confiado y encomendado a sus cuidados.
MF 110,1,2
El Evangelio dice también que era justo delante de Dios, es decir, enteramente santo. Y hasta hay motivo para creer que san José, por privilegio particular, fue totalmente exento de pecado.
Vosotros estáis encargados, igual que san José, de un empleo santo que, por tener mucha relación con el suyo, exige también que vuestra piedad y vuestra virtud no sean corrientes. Tomad, pues, como modelo vuestro a san José, ya que lo tenéis como patrono, y para haceros dignos de vuestro ministerio, procurad sobresalir en virtud, a ejemplo de este gran santo.
MF 110,2,1
Punto II.
La segunda virtud que nos hace notar el Evangelio en san José es la santa y plena sumisión a las órdenes de Dios. Dios le advirtió por un ángel que permaneciera con la Virgen Santa cuando dudaba si dejarla o no; e inmediatamente cesó de pensar en ello.
Después del nacimiento del Niño Jesús, Dios le avisó, de noche, que lo llevara a Egipto, para salvarlo de la persecución de Herodes; y en seguida se levantó y
partió para llevarlo allá, con la Virgen Santa, su madre 3.
Después de la muerte de Herodes, Dios le comunicó que volviera a Judea; y volvió allá sin demora 4.
¡Ah!, ¡cuán admirable es esta pronta y sencilla obediencia en este gran santo, que no difirió ni un instante la ejecución de lo que Dios deseaba de él!
MF 110,2,2
¿Tomáis tan a pechos como este santo el cumplir la voluntad de Dios? Si queréis que Dios os conceda abundantes gracias, para vosotros y para la educación cristiana de los niños cuya tutela y dirección tenéis, debéis imitar a este santo en su amor y en su fidelidad a la obediencia; entre todas las virtudes, es la que más os conviene en vuestro estado y empleo, y la que más gracia os atraerá.
MF 110,3,1
Punto III.
El Evangelio nos hace admirar, además, en san José, el cuidado que tenía del Santísimo Niño Jesús, en la prontitud con que lo condujo a Egipto 5, en cuanto recibió el aviso de parte de Dios; en las precauciones que tomó al regreso, para no llevarlo a Judea, por temor de Arquelao, que reinaba allí en sustitución de su padre Herodes 6; y en la pena que experimentó de haberlo perdido, al regreso de Jerusalén, como lo atestigua la Santísima Virgen con estas apalabras: Tu padre y yo, muy preocupados por ti y llenos de aflicción, te hemos estado buscando 7.
Dos cosas suscitaban en san José tan singular solicitud para con Jesús, a saber: el encargo que le había hecho el Padre Eterno y el tierno amor que profesaba a Jesús.
MF 110,3,2
Vosotros debéis poner tanta diligencia y cariño en que los niños cuya dirección tenéis conserven o recuperen la inocencia, y en alejar de ellos cuanto pueda perjudicar su educación o impedirles que alcancen la piedad, como tuvo san José por todo lo que podía contribuir al bien del Niño Jesús; ya que estáis encargados de estos niños por parte de Dios, como lo estaba san José del Salvador del mundo.
Ése es también el primer cuidado que debéis tener en vuestro empleo, si deseáis imitar a san José, que nada tenía más a pechos que atender las necesidades del Niño Jesús.
MF 110,1,1: 1 Mt 1,19. – 2 Cf. Mt 1,20-24. – MF 110,2,1: 3 Mt 2,13-14. – 4 Mt 2,19-21. – MF 110,3,1: 5 Mt 2,14. – 6 Mt 2,22. – 7 Lc 2,48.
MF 111 Sobre san Benito
21 de marzo; nuevo calendario, 11 de julio
MF 111,1,1 Punto I.
San Benito, que estudiaba en Roma, para no seguir los malos ejemplos de sus compañeros de estudios, se marchó de allí para retirarse en una sobrecogedora soledad, donde vivió en el ejercicio de oración continua y de durísimas austeridades.
De ese modo se preparó para ser padre de numerosísimos religiosos, a quienes dio una regla sapientísima, que favorece mucho el retiro y conduce a elevada perfección.
Gracias a esa santa regla y a su observancia muy exacta y regular, atrajo
numerosas almas para Dios, alejándolas del mundo y de cualquier trato con él, para ponerlas en disposición de no tratar más que con Dios.
MF 111,1,2
Ese es uno de los mayores beneficios que se pueden alcanzar en esta vida y uno de los principales medios para entregarse a Dios. Cuanto más regulares seáis, tanto mejor adquiriréis la perfección de vuestro estado; y cuanto menos tratéis con los hombres, tanto más se comunicará Dios a vosotros.
MF 111,2,1
Punto II.
Este santo mantuvo tanta vigilancia y tan extrema atención sobre sí mismo para mantenerse en la pureza, que cuando se sentía acosado por las tentaciones practicaba extremadas mortificaciones, para que lo ayudaran a vencerlas. Una vez, incluso, en que las tentaciones lo atormentaron con más fuerza que de ordinario, se revolcó desnudo entre zarzas y espinas, con tal violencia, que su cuerpo quedó totalmente ensangrentado.
Evitaba con tal cuidado el trato con mujeres, que, por santa que fuese su hermana Escolástica, no la veía más que una vez al año; y aun así, estaba poco tiempo con ella, y sólo para hablar de cosas de Dios.
MF 111,2,2
Si queréis ser tan puros como lo exige vuestro estado, mortificad vuestro espíritu y vuestros sentidos, y no les concedáis el uso de los objetos que les son propios, sino en la medida que lo necesitéis. Tened, sobre todo, horror a cualquier familiaridad con mujeres, y no habléis con ellas sino cuando la necesidad os lo imponga.
MF 111,3,1
Punto III.
Consideró este santo de tal importacia la educación de los niños que hizo que se mantuviese y educase a buen número de ellos en sus monasterios, y cuidó de que se los instruyese en las ciencias y en la piedad. Incluso incluyó en sus reglas algunas prácticas que deseaba se observasen para admitirlos y dirigirlos bien.
Acogió a san Mauro, cuando sólo tenía ocho años, y a otros varios en edad temprana. A estos niños se los educaba con tanto esmero y atención, que no se los dejaba ir nunca solos a ningún sitio, y siempre los acompañaba un religioso. Por ello, tanto más se acercaban a la pureza de los ángeles, cuanto menos conocimiento tenían de la malicia de los hombres.
MF 111,3,2
¿Tenéis vosotros el mismo cuidado en alejar a vuestros alumnos de cuanto puede corromper sus costumbres, especialmente de las malas compañías, y de inspirarles horror hacia ellas? ¿Mantenéis tal vigilancia sobre su conducta que les impidáis cometer la mínima falta en vuestra presencia, y les proporcionáis los medios de evitar todas las ocasiones de cometerlas, cuando no los tenéis a la vista?
Aprended de san Benito a educar bien a los niños cuya dirección tenéis, y procurad obtener de él, por vuestras
MF 112
Para la fiesta de la Anunciación de la Santísima Virgen
25 de marzo
MF 112,1,1
Punto I.
Reconozcamos con toda la Iglesia el honor que hoy recibe la Santísima Virgen, al llegar a ser Madre de Dios, que es la mayor honra que pueda jamás recibir una mera criatura.
Según manifiesta san Ambrosio, fue la grandeza y la excelencia de la fe de María lo que le permitió alcanzar semejante privilegio. Con esta dignidad, se hace merecedora del respeto de los mismos ángeles, que aunque muy superiores a ella por naturaleza, quedan, sin embargo, por debajo, en razón de la dignidad que recibe en este día.
Sin embargo, para ella sólo es ocasión para humillarse, pues al mismo tiempo que el ángel le anuncia que es Madre de Dios y la honra como tal, esta Virgen admirable no halla otra respuesta que darle sino que es la esclava del Señor 1.
MF 112,1,2
De ahí que san Ambrosio no pueda por menos de asombrarse con semejante respuesta en boca de la Virgen Santa, en el momento mismo en que es escogida para ser Madre de Dios.
Aprovechemos hoy este gran ejemplo, y que cuantas gracias recibamos de Dios, por muy extraordinarias que puedan ser, nos den motivo para humillarnos por debajo de todos los demás.
MF 112,2,1
Punto II.
En este misterio no brilla menos la bondad de Dios que la humildad de la Santísima Virgen. El Hijo de Dios, dice san Pablo, siendo de naturaleza divina, y sin usurpar nada a Dios al considerarse igual a Él, se anonadó, no obstante, a sí mismo en este día, asumiendo la naturaleza de esclavo, y haciéndose semejante a los hombres, excepto en el pecado 2; y esto, dice el ángel a la Santísima Virgen, con el fin de poder librar a su pueblo de los pecados 3, tal como se comprometió al revestirse de la naturaleza humana.
Viendo que los holocaustos, que eran los sacrificios más excelentes de la ley antigua, no eran suficientemente agradables a Dios para borrar los pecados de los hombres, se ofrece a sí mismo en sacrificio, y dice al Padre Eterno: Vengo hoy al mundo para hacer tu santa voluntad 4 y cumplir toda justicia 5. Por esta razón, dice el profeta Isaías, llevó todos nuestros pecados y cargó con todas nuestras dolencias 6.
MF 112,2,2
Por medio de una conducta irreprochable, pongámonos en condiciones de lograr que el Hijo de Dios realice, respecto de nosotros, lo que se propuso en este misterio respecto de todos los hombres, que es destruir completamente el pecado 7.
MF 112,3,1
Punto III.
Si Dios nos da en este santo día tantas muestras de su bondad para con nosotros, también tenemos la suerte de recibir en él muchas gracias.
En efecto, el mismo Jesucristo dice en el Evangelio que no vino al mundo sino para darnos la vida, y dárnosla en abundancia 8. Por Él y en Él, dice san Pablo, se ha realizado la reconciliación general de todas las cosas con Dios; y por medio de la sangre que derramó en la cruz, la paz ha sido dada a lo que está en el cielo y a lo que está sobre la tierra 9. También es Él, según el mismo apóstol, quien, a pesar de habernos alejado de Dios y convertido en enemigos suyos, nos ha restablecido en su gracia, para hacernos santos, sin mancha y sin reproche delante de Él 10. Y es Él también, según el mismo apóstol, quien nos ha hecho dignos de participar en la suerte de los santos 11.
MF 112,3,2 Este día es, pues, para nosotros, día de júbilo
y de bendición; pues fue en este día cuando Dios, que es
rico en misericordia, dice san Pablo, por el amor infinito
con que nos amó, envió a su propio Hijo, precisamente
cuando estábamos muertos por nuestros pecados y
delitos, para hacernos revivir en Jesucristo, con el fin de
mostrar ante los siglos venideros la magnificencia de las
riquezas de su gracia, por la bondad que tuvo con
nosotros en Jesucristo. Si, por lo tanto, contamos con
gracias abundantes para salvarnos 12, y para llegar a ser
santos perfectos 13, como dice san Pablo, somos de ello
deudores a lo que Jesucristo realizó en este día,
encarnándose por nuestro amor 14. Démosle muestras de
nuestra gratitud mediante el uso santo que de ellas
hagamos.
MF 112,1,1: 1 Lc 1,38. – MF 112,2,1: 2 Flp 2,6-7. – 3 Mt 1,21. – 4 Hb 10,8-9. – 5 Mt 3,15. – 6 Is 53,4. – MF 112,2,2: 7 Cf. Rm 6,6. – MF 112,3,1: 8 Jn 10,10. – 9 Col 1,20. – 10 Col 1,21-22. – 11 Col 1,12. – MF 112,3,2: 12 Ef 2,4-7. – 13 Ef 1,4. – 14 Ga 4,4.
MF 113
Sobre san Francisco de Paula
2 de abril
MF 113,1,1
Punto I.
San Francisco de Paula practicó la humildad de forma extraordinaria, lo que le decidió a no recibir las sagradas órdenes, por juzgarse totalmente indigno. También le llevó a dar el nombre de Mínimos a los religiosos de su orden, deseando que se considerasen inferiores a todos, sin tener a nadie por debajo de ellos.
Todo eso supo practicarlo perfectamente, pues él mismo servía la mesa a sus Hermanos y les lavaba los pies, incluso a los novicios.
Pero como de ordinario Dios ensalza a los que se humillan 1, Dios lo honró con el don de milagros y de profecía, lo cual difundió su fama por todo el mundo.
MF 113,1,2
Vosotros tenéis la dicha de trabajar en la instrucción de los pobres y de estar vinculados a un empleo que sólo es estimado y honrado por quienes tienen espíritu cristiano. Agradeced a Dios que os haya puesto en estado tan santificador y tan capaz de procurar la santificación de los demás; pero que no tiene, sin embargo, nada de brillante ante los hombres, y que proporciona, incluso, a menudo, ocasiones de humillación para quienes lo ejercen.
MF 113,2,1
Punto II.
Este santo sentía tierno amor hacia todos sus Hermanos, y los impulsaba de tal manera a la práctica de esta virtud, que quiso que fuese la caridad la característica de su orden, y que se enseñara a sus religiosos, ante todo, a hacer todas las cosas por caridad. ¡Cuán felices son los que se aplican a ello con todo el empeño posible!
Además de la obediencia, la virtud que más debe manifestarse en comunidad es la caridad y la unión de los corazones. Como no se debe vivir en ella sino para llevarse unos a otros a Dios, hay que aplicarse, de modo particular, a estar unidos en Dios y a no tener sino un mismo corazón y un mismo espíritu. Y lo que más debe animar a ello es, como dice san Juan, que quien permanece en caridad, permanece en Dios y Dios permanece en él 2.
MF 113,2,2
¿Sois una sola cosa con vuestros Hermanos? ¿Les habláis y tratáis con caridad?
¿No prestáis atención a vuestras repugnancias y antipatías?
Penetraos de este sentimiento: en las comunidades hay que hacer revivir los sentimientos de los primeros cristianos, que no tenían más que un corazón y un alma 3.
MF 113,3,1
Punto III.
Este santo llevó la austeridad de su orden hasta el exceso, por decirlo así. Desde la edad de trece años se retiró al desierto, y se entregó al ayuno, a las vigilias y a la oración continua; y durante seis años observó abstinencias casi increíbles. Su proceder ordinario era caminar descalzo, dormir siempre en el suelo, no comer más que un poco de pan y beber un poco de agua una vez al día, después de ponerse el sol.
A sus religiosos los obligó por voto a no comer nunca sino alimentos de cuaresma, excepto en caso de enfermedad.
¡Hay que odiar con ganas al propio cuerpo para tratarlo con tanto rigor!
MF 113,3,2
¿Nos quejaremos nosotros de llevar vida pobre, a la vista de los ejemplos que nos dio Jesucristo, y de tan extremadas austeridades como se impusieron muchos grandes santos? Es preciso que las que se nos leen en sus vidas y que se ve practicar a quienes ellos dejaron tras sí, nos animen a imitarlos, según el espíritu de nuestro Instituto.
MF 113,1,1: 1 Lc 14,11. – MF 113,2,1: 2 1Jn 4,16. – MF 113,2,2: 3 Hch 4,32.
MF 114 Sobre san León 11 de abril; nuevo calendario, 10 de noviembre
MF 114,1,1 Punto I.
La mansedumbre y la prudencia de san León fueron admirables, y le merecieron la estima y la veneración de los infieles, aun de los más bárbaros. Esas cualidades en este santo fueron motivo para que el papa y el emperador le encomendaran pacificar el enfrentamiento que existía entre dos generales del ejército del Imperio romano, lo que consiguió felizmente.
Siendo papa, el emperador le rogó que fuera a hablar con Atila, rey de los Godos [Hunos], que estaba frente a Roma dispuesto a sitiarla, para inducirlo a que desistiera de su propósito. Y el santo lo hizo con tanta prudencia, elocuencia y eficacia, que aquel príncipe bárbaro se sintió obligado a retirarse y a dejar a Italia en paz.
MF 114,1,2
¿Es de ese modo, con vuestra mansedumbre y prudencia, como inducís a quienes os están confiados a que abandonen el vicio y el desorden, y que se den a la piedad? Estos dos medios, unidos a la oración, producen con frecuencia mayor efecto en las almas que cualquier otro que se pueda imaginar.
MF 114,2,1
Punto II.
Su celo por la consolidación de la Iglesia y por la destrucción de sus enemigos y de las herejías que surgieron en su tiempo, brilló de forma admirable; y logró tanto éxito, que tras convocar varios Concilios, y especialmente el cuarto Concilio General, logró establecer en toda la Iglesia la fe sobre el misterio de la Encarnación.
Cuando se ejerce un empleo apostólico, si no se consigue unir el celo a la acción, todo cuanto se realice por el prójimo produce poco fruto.
MF 114,2,2
Como desempeñáis un empleo en el que debéis poner vuestra solicitud en oponeros a los enemigos exteriores e interiores que pretenden impedir el progreso de vuestros discípulos en la piedad, que son principalmente los compañeros libertinos y las malas inclinaciones, no debéis omitir medio alguno para impedir que se dejen corromper por los unos o por las otras.
¿Os aplicáis particularmente a ello para procurar el bien de sus almas? Pensad a menudo que eso es lo que Dios os ha encomendado.
MF 114,3,1
Punto III.
Este santo prohibió a los religiosos que se mezclaran en asuntos seculares. Persuadíos de que esta prohibición la hizo para vosotros, más que para ningún otro.
En primer lugar, porque apenas tenéis tiempo suficiente para dedicaros a los ejercicios que pueden contribuir a vuestra propia santificación y para cumplir los deberes de vuestro ministerio en lo que mira a la instrucción de los niños. Sería vergonzoso que dedicaseis a asuntos que no os corresponden el tiempo, o parte del tiempo, que Dios os obliga a consagrarlo a Él por entero.
En segundo lugar, porque los asuntos externos, al disipar mucho el espíritu, harían que el vuestro fuera incapaz de dedicarse a los ejercicios que requieren que el espíritu se halle totalmente henchido de Dios, por mirar únicamente a su servicio, al cuidado de las almas y a su dirección por el camino del cielo.
MF 115
Sobre san Anselmo
21 de abril
MF 115,1,1
Punto I.
San Anselmo, decidido a entregarse a Dios a la edad de quince años, solicitó el hábito religioso; pero el abad del monasterio al que se dirigió, temiendo que su padre no estuviera de acuerdo, se lo negó. Esto desalentó tanto al joven, que se dejó llevar del espíritu del mundo y se abandonó al desenfreno.
¡Ah, qué poco se necesita para hacer cambiar la buena voluntad de los niños y de los jóvenes!
MF 115,1,2
Este ejemplo debe enseñar a los jóvenes que no deben desalentarse por las dificultades y molestias que encuentren, cuando desean consagrarse a Dios, en el camino de la virtud, después de haberse decidido a ello.
Y a los encargados de ellos, les enseña que deben conducirse con tanta prudencia respecto de ellos, que procuren que nada, ni en ellos ni en su proceder, sea capaz de llevarlos a aborrecer el servicio de Dios, o de apartarlos lo más mínimo de sus deberes.
¿Es ése uno de vuestros principales cuidados en vuestro empleo? De ello depende, en gran manera, el progreso que vuestros discípulos puedan conseguir en la piedad y el fruto que vosotros mismos podáis alcanzar al instruirlos.
MF 115,2,1
Punto II.
Con todo, cuando tuvo más edad, este santo abandonó su forma de vivir y, siguiendo la intensa inspiración de Dios, se hizo religioso. Y en tres años adelantó tanto en la práctica de la virtud y en la mortificación de sus pasiones, que fue elegido prior, y luego abad, de su monasterio.
Comprendemos por aquí que Dios no abandona de ningún modo a los rectos de corazón y que, a sus tiempos, cuida de prevenirlos con sus gracias. Pero es importante que sean fieles en corresponder a ellas y en seguir sus inspiraciones cuando se las envía; si bien, después de haber consultado con sus superiores, como hizo san Anselmo, y seguido sus consejos; pues de esa fidelidad depende con frecuencia la salvación de muchos.
MF 115,2,2
¿Sois fieles a las inspiraciones que Dios os comunica? ¿Consultáis con vuestros superiores antes de ejecutarlas, para que examinen si provienen de Dios y os ayuden a tomar las precauciones necesarias para que os resulten provechosas?
MF 115,3,1
Punto III.
Cuando este santo fue superior, se esmeró en dirigir a sus religiosos con tanta mansedumbre y caridad que se ganaba todos los corazones. Y atendió con tanta diligencia a un joven religioso enfermo, que tenía dificultad en someterse a él y en reconocerlo por su superior, que lo conmovió con su caridad y consiguió reintegrarlo a su deber.
Viendo, también, que cierto abad trataba rigurosamente a algunos jóvenes hidalgos, le dijo que dirigir a los jóvenes con tanta severidad no beneficia para nada su educación.
MF 115,3,2 Por vuestro estado, estáis encargados de la
educación de los niños. Aprovechad las palabras y la
prudente conducta de este santo, ya que todo vuestro
cuidado ha de consistir en procurarles el espíritu del
cristianismo. Es necesario que veáis la obligación que
tenéis de ganar su corazón como uno de los principales
medios para moverlos a vivir cristianamente.
Reflexionad a menudo que si no os valéis de este medio, los alejaréis de Dios, en vez de conducirlos a Él.
MF 116
Sobre san Marcos
25 de abril
MF 116,1,1
Punto I.
San Marcos fue discípulo de san Pedro, y lo acompañó en sus viajes y en la predicación del santo Evangelio. Fue, incluso, tan fiel a san Pedro y de él tan amado, que este santo lo asocia a sí en los saludos que dirige en su primera epístola. Le llama hijo suyo 1, por haberlo engendrado en Jesucristo 2, y por haberlo formado en la fe y en las prácticas del cristianismo.
MF 116,1,2
Cuán feliz fue este santo al haber sido instruido por tan hábil maestro; y cuán bien demostró con su conducta lo mucho que aprovechó, siendo siempre cumplidor exacto de la doctrina del santo apóstol, que no era sino la de Jesucristo.
Vosotros podéis tener el privilegio de ser instruidos por el mismo maestro que tuvo san Marcos, si leéis con frecuencia las epístolas de san Pedro, y si sois fieles en practicar las santas máximas, tan consoladoras e instructivas, en ellas diseminadas.
MF 116,2,1
Punto II.
San Marcos escribió su Evangelio en Roma, a ruegos e instancias de quienes habían sido convertidos por san Pedro, pues deseaban tener por escrito lo que el santo apóstol les había enseñado de viva voz. San Pedro, después de leerlo, le dio su aprobación y mandó que se leyera en las asambleas públicas que se celebraran en la Iglesia, lo cual produjo copioso fruto.
MF 116,2,2
Puesto que debéis enseñar todos los días la doctrina de los santos apóstoles y del mismo Jesucristo, tenéis la obligación de aprenderla bien, para poseerla perfectamente y hacer de vuestros alumnos, por ese medio, verdaderos discípulos de Jesucristo.
¿Cuidáis de instruiros bien en las santas máximas que se contienen en el Evangelio de este santo y de meditarlas a menudo, para poder inspirárselas a aquellos de quienes estáis encargados?
Vuestro primer cuidado para con ellos debe ser conseguir que posean perfectamente la doctrina de los santos apóstoles, comunicarles el espíritu de religión, y ayudarles a practicar lo que Jesucristo nos dejó en el Santo Evangelio.
MF 116,3,1
Punto III.
San Marcos, formado por san Pedro en el ministerio apostólico y una vez compuesto su Evangelio según lo que había aprendido del santo apóstol, fue enviado por éste a Egipto para predicarlo.
Como unía el ejemplo a la palabra, y su conducta era muy edificante, hubo allí en poco tiempo numerosas personas que, movidas por su santa vida, en cuanto lo vieron y escucharon, abrazaron la religión cristiana.
Los condujo, incluso, a tan alta perfección, que los llevó a practicar lo que hacían los primeros cristianos de Jerusalén, que según se refiere en los Hechos de los Apóstoles, era: renunciar a sus bienes, poner en común todo lo que tenían para que fuera distribuido a cada uno según su necesidad 3, no tener más que un solo corazón y una sola alma 4, y reunirse todos los días para orar con un mismo espíritu, recibir el cuerpo de Jesucristo y excitarse a la práctica del bien 5.
Todo ello era motivo de admiración, para los mismos infieles y paganos.
MF 116,3,2
Ese debe ser el modelo de nuestra perfección. ¿Pretenderíamos poseerla en menor grado que los primeros fieles, que vivían en el mundo con mucho más desprendimiento y perfección que muchos religiosos, que viven en el retiro y tienen obligación, por su profesión, de renunciar al siglo?
MF 116,1,1: 1 1P 5,13. – 2 1Co 4,15. – MF 116,3,1: 3 Hch 2,44-45. – 4 Hch 4,32. – 5 Hch 2,42.
MF 117
Sobre san Pedro [de Verona], mártir 29 de abril; en el nuevo calendario no figura
MF 117,1,1
Punto I.
Nunca se admirará demasiado la fe de san Pedro, mártir, puesto que, incluso desde su infancia, la poseyó a la perfección y luego murió por conservarla. Este santo había nacido de padres maniqueos, pero jamás pudieron inducirlo, ni con promesas, ni con amenazas, a que siguiera su falsa religión o que frecuentara la compañía de niños que eran herejes.
Cuando tenía sólo siete años, como le preguntase un tío suyo qué había aprendido en la escuela, respondió que había aprendido lo que debía creer sobre Dios; y de inmediato recitó la profesión de fe de los católicos. Y al replicarle su tío que no debía creer aquello, contestó: «Lo creeré hasta la muerte, y nada me impedirá que lo crea».
MF 117,1,2
¿No hay motivo para sorprenderse al ver en un niño de siete años una fe tan vigorosa? ¿La poseéis vosotros de tal manera que nada os pueda impedir confesar, con vuestras obras, las verdades y máximas del Evangelio?
MF 117,2,1
Punto II.
La extraordinaria fe de este santo lo indujo a hacerse religioso de santo
Domingo; porque este santo había fundado su orden para dar a la Iglesia predicadores que se opusieran a los herejes, que en aquel tiempo perturbaban mucho la Iglesia. Y tuvo la suerte de recibir el hábito de las manos mismas de santo Domingo.
Demostró su fe y su confianza en Dios cuando, visitado en su celda por dos santas del paraíso, fue acusado de haber permitido entrar a mujeres mundanas; por lo que el prior del convento lo mandó encarcelar.
El santo soportó tal calumnia, basada en un juicio falso y temerario, sin justificarse y sin replicar ni palabra. Pero Dios, que se constituye en protector de los injustamente perseguidos, dio a conocer a los religiosos su inocencia.
MF 117,2,2
¿Guardáis silencio parecido cuando os reprenden por faltas que no habéis cometido? Lo que debéis hacer en tales casos, y que tal vez no hacéis, es no decir nada para justificaros, y sacar provecho de esa humillación.
MF 117,3,1
Punto III.
La fe de este santo resplandeció públicamente al predicar contra los herejes, entre los cuales obró admirables y numerosísimas conversiones. Sus palabras, animadas por la fe, eran copiosamente bendecidas por Dios; y la afluencia del pueblo a sus predicaciones era tal que, a causa de la multitud, era necesario llevarlo a hombros hasta la iglesia, en unas andas.
MF 117,3,2
Tantas conversiones y predicaciones, aparte el hecho de haber sido nombrado por el papa inquisidor de la fe, lo hicieron tan odioso a los herejes que, hallándolo en un camino algunos de ellos que lo acechaban, le asestaron con la espada tal golpe en la cabeza que no tuvo tiempo más que para recitar su profesión de fe y escribir con el dedo, mojado en sangre: «Creo en Dios». Después de lo cual, murió.
¿Tenéis fe tan viva como este santo, vosotros, que estáis obligados a descollar en el espíritu de fe, pues tenéis que enseñar a los niños las máximas del Santo Evangelio y los misterios de nuestra religión?
Decid con frecuencia a Dios, con los santos apóstoles: ¡Señor, aumenta nuestra
fe! 1
MF 117,3,3: 1 Lc 17,5.
MF 118
Sobre santa Catalina de Siena
MF 118,1,1 Punto I.
Santa Catalina tuvo amor tan particular a la pureza, que a la edad de siete años hizo ya voto de virginidad. ¡Ya es singular prevención de la gracia, el poder realizar desde la infancia actos heroicos de virtud!
Esta virtud creció tanto en ella con la edad, que habiéndole propuesto sus padres un matrimonio muy ventajoso, lo rechazó, y nunca quiso oír hablar de ello. Esto irritó de tal modo a sus padres contra ella, que la obligaron a realizar lo más vil y penoso de las tareas domésticas.
Ella se alegró mucho y soportó con la mayor paciencia posible cuantos malos tratos le ocasionaron por tal motivo; y se contentó con levantar en su corazón como un pequeño oratorio, al que se retiraba para consolarse con Dios.
MF 118,1,2
Si, por el hecho de querer practicar el bien y tender a la perfección, os infligieran toda suerte de injurias y menosprecios, ¿estaríais dispuestos a soportarlos con paciencia? En tales ocasiones es cuando se ve si la virtud es sólida.
MF 118,2,1
Punto II.
Esta santa se valió de las austeridades como ayuda para conservar el tesoro de la pureza. Fueron en ella tan extraordinarias, que se puede decir que las llevó hasta el exceso.
Estuvo tres años sin hablar con nadie, salvo con su confesor. Tomaba diariamente la disciplina durante hora y media. Llevaba sobre la carne una cadena de hierro. No dormía sino sobre sillas. Nunca comía carne y sólo bebía agua.
En cierta ocasión se hizo tanta violencia, que chupó el pus que salía de la úlcera infecta de una enferma. Soportó pacientemente la calumnia que le levantó una persona enferma a la que cuidaba. Y cuando Jesucristo le dio a escoger entre una corona de oro y una corona de espinas, prefirió la de espinas.
¿Haríais vosotros una elección parecida? ¿Cuándo tendréis amor a las mortificaciones y a los sufrimientos como el que tuvo esta santa?
MF 118,3,1
Punto III.
En recompensa por tantos sufrimientos y mortificaciones, Dios la favoreció con tantos consuelos, que de ella se puede decir que, ya que participó de los sufrimientos de Jesucristo, mereció también participar, de algún modo, ya en este mundo, de su vida gloriosa 1.
Cuando sus padres la maltrataban y la mantenían humillada, ella gozaba la dicha de conversar interiormente con Dios y consolarse con Él.
Durante el período de su total silencio, Jesucristo la visitaba a menudo y conversaba familiarmente con ella.
Cuando chupó el pus de la úlcera de la que hablamos antes, Jesucristo le dio a beber un dulce licor que manaba de la herida de su costado; y desde entonces, vivió casi siempre arrobada, fuera de sí.
Así es como Dios devuelve, ya en esta vida, el céntuplo de lo que se ha hecho por Él.
¡Oh, cómo debe esto animaros a sufrir con gusto por amor de Dios!
MF 118,3,1: 1 Cf. Flp 3,10.
MF 119
Para la fiesta de Santiago y san Felipe 1 de mayo; nuevo calendario, 3 de mayo
MF 119,1,1
Punto I.
Santiago era tan asiduo a la oración que san Crisóstomo dice de él que su frente estaba endurecida como un guijarro, de tenerla siempre pegada al suelo cuando oraba.
Esta dedicación extraordinaria a la oración queda bien patente en la epístola que escribió a todos los fieles, en la que enseña, desde el comienzo: que lo que hemos de pedir a Dios es la verdadera sabiduría y la piedad, que la liberalidad de Dios para con nosotros es muy grande, con qué fe debemos orar y las principales razones por las que no recibimos lo que pedimos a Dios 1.
MF 119,1,2
Aprended de este santo apóstol, por su ejemplo y por sus palabras, el amor que debéis tener a la oración, el copioso fruto que produce en vosotros y la asiduidad que debéis tener a este santo ejercicio.
MF 119,2,1
Punto II.
Elegido este santo como primer obispo de Jerusalén, trabajó mucho para establecer la Iglesia; y, por sus instrucciones y santa vida, contribuyó a la conversión de muchísimos judíos y paganos.
Esto fue causa de su muerte, porque los judíos lo arrojaron desde lo alto del templo abajo.
MF 119,2,2
¡Qué feliz quien tiene el privilegio de sufrir y morir de este modo, como hizo este santo, por haber trabajado en ganar almas para Dios!
Eso es lo que debéis esperar vosotros como recompensa por los desvelos y trabajos de vuestro ministerio.
Estudiad también con esmero las admirables instrucciones que este santo difunde en su epístola, las cuales os servirán mucho para santificaros y para formar en el espíritu del cristianismo a aquellos de quienes estáis encargados; pues es imposible que no santifiquen a quienes las pongan en práctica.
MF 119,3,1
Punto III.
San Felipe, tan pronto como fue llamado por Jesucristo al apostolado, sintió tan ardiente celo para conducir las almas a Dios, que llevó a Natanael ante Jesucristo para que lo conociera, con el fin de animarlo, por ese medio, a seguir el verdadero camino de la salvación 2.
También parece como si Jesucristo hubiese comunicado a este santo la gracia especial de la ternura y el atractivo para llevar al conocimiento y al amor a Jesucristo; pues a él se dirigió Jesucristo cuando quiso alimentar a aquella inmensa multitud de gente que lo seguía 3; y algunos gentiles que habían ido a Jerusalén y deseaban ardientemente ver a Jesús, rogaron a este santo que se lo mostrase 4.
MF 119,3,2
En vuestro empleo tenéis especial necesidad del celo por la salvación de las almas. Pedídselo insistentemente a Dios por intercesión de san Felipe, que os ayudará mucho a alcanzarlo.
MF 119,1,1: 1 St 1,5-8. – MF 119,3,1: 2 Jn 1,43-50. – 3 Jn 6,5. – 4 Jn 12,20-22.
MF 120
Sobre san Atanasio
2 de mayo
MF 120,1,1
Punto I.
San Atanasio fue uno de los principales defensores de la Iglesia contra Arrio y los de su secta, que negaban la divinidad de Jesucristo. Siempre se opuso a ellos, y los confundió por doquier con la santidad de su vida, la prudencia de su conducta y sus excelentes escritos.
Asistió, incluso antes de ser obispo, al primer Concilio de Nicea, donde dio a conocer la profundidad de su ciencia; y combatió tan esforzadamente a Arrio, que lo convenció, así como a todos los asistentes, de que su doctrina era falsa y herética. Y durante todo el tiempo de su episcopado se opuso siempre a los secuaces de aquel heresiarca.
MF 120,1,2
Aunque vuestra ciencia no es tanta como para defender a la Iglesia contra los herejes, estáis obligados por vuestro ministerio a poseer la suficiente para enseñar la buena y sana doctrina de la Iglesia a los niños que están bajo vuestra guía.
¿Es, por tanto, uno de vuestros principales cuidados instruiros en ella y conocerla debidamente? Dios os pedirá cuentas de esta obligación, cuyo incumplimiento os haría indignos de vuestro estado.
MF 120,2,1
Punto II.
Los arrianos, que consideraron siempre a san Atanasio como enemigo suyo, se opusieron constantemente a él.
En primer lugar, a su elección, haciendo todo lo posible por impedirla; porque no podían tolerar que quien se había manifestado con tanto vigor contra su caudillo tuviera la posibilidad de impedir el avance de su herejía; lo que podría conseguir fácilmente una vez investido de la autoridad episcopal, y, más aún, de patriarca de Alejandría.
Es imposible trabajar en la destrucción de la mala doctrina sin tener como enemigos a quienes la profesan.
MF 120,2,2
Si no hay herejes que se os opongan, porque tal vez no haya ninguno en los lugares donde enseñáis, tened, con todo, la seguridad de que los libertinos y las personas del mundo se declararán contra vosotros, en la medida en que mostréis sólida piedad y alejamiento del mundo.
Pero, así como san Atanasio tuvo siempre a Dios como protector, no dudéis de que también se pondrá de vuestra parte y que se constituirá defensor vuestro.
MF 120,3,1
Punto III.
Es sorprendente hasta qué punto los enemigos de san Atanasio llevaron su rabia contra él. No hay calumnias, injurias, imposturas, persecuciones, maldades y tribulaciones que los arrianos no intentaran emplear para perderlo.
Lo acusaron de todo tipo de crímenes, asesinatos, violencias e injusticias; de lo cual, sin embargo, se vio del todo justificado públicamente, en presencia de quienes lo habían acusado, que quedaron confundidos por todas sus imposturas.
MF 120,3,2
Disponeos a padecer injurias, ultrajes y calumnias por todo el bien que hayáis pretendido hacer al prójimo 1.
Esa es la principal recompensa que Dios promete en este mundo y, a menudo, la única que se recibe de los pobres, por todo el bien que se les hace.
Disponed vuestros corazones para recibirla con amor.
MF 120,3,2: 1 Cf. 2Tm 3,12.
Santa
MF 121
Para la fiesta de la Invención de la Santa Cruz
3 de mayo; no figura en el nuevo calendario
MF 121,1,1
Punto I.
Santa Elena, madre del emperador Constantino, mostró celo tan ardiente por la religión y tan profundo respeto a la cruz en que Jesucristo estuvo clavado, que fue a Jerusalén para intentar recuperar el sagrado madero.
La extraordinaria fe de esta santa la llevó a no desalentarse ante las dificultades que se encontraron para realizar su propósito. Y puso tanto empeño, que al final la encontró, y dispuso que de inmediato fuera expuesta a la veneración de los fieles.
MF 121,1,2
No basta adorar la cruz, dice un Padre de la Iglesia, sino que hay que llevarla. Y no necesitamos ir muy lejos a buscarla. La cruz, dice el autor de la Imitación, la tenemos siempre preparada, en cualquier lugar donde vayamos, y de cualquier lado que miremos, sea arriba, abajo, afuera o dentro. En todas partes, dice el mismo autor, encontraréis la cruz. Disponeos, pues, a amar hoy esta cruz, puesto que ya la habéis encontrado efectivamente.
MF 121,2,1
Punto II.
Se hallaron las cruces de los dos ladrones con la cruz de Jesucristo. Pero la de Jesucristo fue reconocida gracias a varios milagros que se produjeron al tocarla; en particular la resurrección de un muerto que, según el testimonio de san Paulino, no había dado signo alguno de vida al ponerlo en contacto con las otras dos cruces.
MF 121,2,2
En este mundo hay cruces de ladrones y cruces de Jesús. Las de ladrones, son aquellas que no llevan consigo ninguna gracia, ni comunican movimiento alguno de vida a quienes las soportan, porque no las llevan sino con malas disposiciones.
Las de Jesucristo son aquellas que a menudo obran milagros, infunden buenos sentimientos de abnegación y la práctica de otras virtudes. Incluso, a veces, resucitan muertos, al inspirar alejamiento y horror al pecado.
La cruz que lleváis vosotros, ¿es la cruz de Jesucristo? ¿En qué lo conocéis?
Las dificultades que encontráis, ¿os ayudan a practicar muchas virtudes?
Poned atención: si os desalientan y os hacen murmurar, son cruces de ladrones.
MF 121,3,1
Punto III.
Santa Elena, después de encontrar y reconocer la cruz de Jesús, la distribuyó por muchas iglesias, para que fuera reconocida y venerada por los fieles en todo el mundo.
Por ello, el emperador Constantino prohibió, por medio de un edicto, que en lo sucesivo se utilizara el suplicio de la cruz para dar muerte a ningún malhechor. Esto se ha venido observando siempre, desde entonces, en los países cristianos. En razón de que la cruz fue encontrada de ese modo, y venerada en la Iglesia, se instituyó la fiesta que hoy se celebra.
MF 121,3,2
¿Veneráis la cruz cuando tenéis el privilegio de llevar alguna? ¿Agradecéis a Dios el honor que os hace? ¿Mostráis en tales ocasiones que no os gloriáis sino en la cruz de Jesucristo 1? ¿Es la cruz, para vosotros, más un suplicio que un distintivo de honor, porque no la miráis sino como algo que os atormenta y crucifica, en vez de recibirla con amor y respeto, como don de Dios y honor que Él os hace?
Así es como debéis abrazar la cruz, si queréis sufrir con actitud cristiana.
MF 121,3,2: 1 Ga 6,14.
MF 122
Meditación sobre santa Mónica 4 de mayo; nuevo calendario, 27 de agosto
MF 122,1,1
Punto I.
Santa Mónica tuvo ya desde joven afecto particular a la oración, y su mayor placer era dedicarse a ella día y noche, y evitar la compañía de quienes la distrajeran de Dios. Había aprendido de su madre algunas plegarias, y no se cansaba de recitarlas.
¡Feliz aquel que ha tenido la suerte de ser educado en la piedad desde la juventud! Se tiene, entonces, suma facilidad para conservarla durante toda la vida. Tal suerte le cupo a santa Mónica, y ello contribuyó en buena parte a la conversión de su marido y de su hijo.
MF 122,1,2
¿Ponéis, del mismo modo, vuestro cuidado en educar cristianamente a los niños que os están confiados? ¿Os esmeráis, sobre todo, en inspirarles modestia en la oración y amor a este santo ejercicio?
Vosotros mismos tenéis que rogar mucho por ellos, para poder alcanzar de Dios que les conceda el don de piedad, que nadie se lo puede conceder, fuera de Él.
MF 122,2,1
Punto II.
Santa Mónica tuvo un marido de carácter irritable y difícil. Como sus vecinas se extrañaban de que pudiese vivir con él, les respondió que no lo extrañaran, ya que desde el momento en que lo tomó como marido, se había sometido a él, y lo respetaba cuanto le era posible.
Sin embargo, ella consiguió mucho con sus oraciones y lágrimas, pues lo convirtió, logró que se hiciera católico y le cambió su carácter.
MF 122,2,2
Esta santa nos enseña que cuando se ha de vivir o tratar con alguna persona de carácter poco dúctil, hay que hacer dos cosas: la primera, armarse de paciencia y proceder con mansedumbre; la segunda, pedir mucho a Dios, en la oración, que le conceda un espíritu más apacible, y a vosotros la gracia para soportarlo.
¿Procedéis así cuando os encontráis en situaciones parecidas?
MF 122,3,1
Punto III.
Santa Mónica tuvo por hijo a san Agustín, que en su juventud se entregó al libertinaje y cayó, incluso, en la herejía de los maniqueos. Pero no hubo nada que ella dejara de hacer para sacarlo de tal estado y para engendrarlo en Jesucristo 1.
Tal como él mismo dice, su santa madre sufrió mucho más para engendrarlo según el espíritu, que para darle a luz según la carne; pues no cesó de orar y de llorar por su conversión. Cruzó, incluso, los mares y emprendió largos viajes para impedir que se perdiera del todo. Pero al final, después de tantos sufrimientos, tuvo la dicha de verlo cambiar por completo de vida.
MF 122,3,2
¿Empleáis vosotros igualmente todos vuestros esfuerzos en ganar para Dios a los que os están confiados, cuando los veis inclinados al libertinaje? ¿No hay entonces nada que dejéis de hacer para procurar destruir en ellos los vicios a los que están inclinados? ¿Recurrís vosotros mismos a Dios para alcanzarles el cambio de conducta?
Puesto que estáis encargados de sus almas, debéis emplear todos los medios para ponerlos en el camino del cielo.
MF 122,3,1: 1 1Co 4,15.
MF 123 Sobre la conversión de san Agustín
5 de mayo; en el nuevo calendario no figura
MF 123,1,1 Punto I.
Dios, todo bondad y misericordia, anduvo apremiando a san Agustín durante mucho tiempo y de muy diversos modos, para que se convirtiera y cambiara totalmente de conducta.
Y este santo, que desde hacía mucho vivía en graves desórdenes, aunque no siempre resistía a la gracia, tampoco respondía a sus mociones, y vacilaba siempre en ponerlas por obra. Tan pronto quería como dejaba de querer.
Perduró mucho tiempo en tales agitaciones de espíritu, y él mismo se sorprendía de verse tan poco decidido. De un lado, sus desórdenes, y de otro, las apremiantes invitaciones de la gracia, lo llevaban a derramar abundantes lágrimas; y el efecto que producían era tornarlo inquieto e irresoluto; pues, dice él mismo, eran vanidades y bagatelas las que lo retenían e impedían entregarse del todo a Dios.
MF 123,1,2
¿No os urge la gracia a vivir según la perfección de vuestro estado? ¿No sentís de vez en cuando apremiantes inspiraciones para que os hagáis violencia y practiquéis algún acto importante de virtud? ¿No encontráis dificultad en ser fieles a ellas? ¿No resistís, incluso, algunas veces, a la gracia?
MF 123,2,1
Punto II.
Llegó, por fin, el tiempo en que Dios, después de ablandar insensiblemente el corazón de san Agustín, le hizo oír una voz que le decía claramente: «Toma y lee». Abrió el libro de las epístolas de san Pablo, y la lectura de un solo pasaje lo impresionó y lo convirtió.
Entonces, dice él, se derramó en su corazón como una luz que lo inundó de paz y disipó todas las tinieblas de sus dudas.
Desde aquel momento renunció para siempre a todas las esperanzas del siglo, y encontró de repente dulzuras y placeres inconcebibles en renunciar incluso a los placeres mismos de los mundanos y a todas sus vanas diversiones.
MF 123,2,2
¿Os habéis convertido de veras a Dios y habéis renunciado del todo al mundo? ¡Cuántas veces os ha dejado oír Dios una voz interior, con fuerza suficiente para conmoveros, y sin embargo no la habéis escuchado! ¡Oh, cuántas son las personas consagradas a Dios que no se han entregado plenamente a Él, y que viven en la molicie y en la negligencia!
Decid, al menos, con David: Hoy quiero comenzar a ser todo de Dios 1.
MF 123,3,1
Punto III.
San Agustín mantuvo tan exquisita fidelidad a la gracia desde el momento de su conversión, que a partir de entonces cuidó de no seguir en nada las inclinaciones de la naturaleza.
Ante todo se esforzó por renunciar a los placeres de los sentidos, que son las puertas por donde entra el pecado en nuestra alma, y que la manchan fácilmente, por poca comunicación que tengan con ella.
Por lo cual, el santo se impuso la obligación de no concederles más que el uso necesario para las necesidades del cuerpo.
Luego puso sumo cuidado en abandonar todas las divagaciones de pura curiosidad, que sólo sirven para halagar el espíritu.
Se desprendió de todo lo que es humano y natural y reconoció, por ese medio, que la dicha del hombre no consiste sino en el verdadero gozo que se halla sólo en Dios.
MF 123,3,2
¿Habéis seguido vosotros los mismos caminos de que se valió san Agustín para ir a Dios y para ponerse en disposición de no aficionarse más que a Él? Tened la certeza de que no adquiriréis sólida piedad sino con los mismos medios.
MF 123,2,2: 1 Sal 76,1.
MF 124
Para la fiesta del martirio de san Juan Evangelista
6 de mayo; en el nuevo calendario no figura
MF 124,1,1
Punto I.
Cuando la madre de Santiago y de san Juan pidió a Jesucristo que sus dos hijos se sentaran en su reino, uno a su derecha y otro a su izquierda, Jesucristo les preguntó si podrían beber el cáliz que Él mismo había de beber; y les dijo a continuación que lo beberían 1, para indicar que tendrían que sufrir, uno y otro, tormentos violentos y difíciles de soportar, por la confesión de su nombre. Esto es lo que le sucedió a san Juan en varias ocasiones, aunque no muriera a causa de la dureza de los tormentos que soportó. Estos son los sufrimientos que hoy honra la Iglesia, y por los que celebra una fiesta de notable importancia.
MF 124,1,2
Considerad a san Juan como apóstol, tanto por sus padecimientos como por sus palabras y por la predicación del Santo Evangelio. Agradeced a Dios que lo hiciera partícipe de su cáliz, como a discípulo suyo predilecto, tratándolo en esto como a verdadero amigo.
MF 124,2,1
Punto II.
Lo que padeció san Juan para honrar a Jesucristo y su religión consistió en que, poco después de la venida del Espíritu Santo, fue encarcelado con san Pedro 2; y después de haber salido, fue condenado por los judíos a cruel flagelación 3. Y como, andando el tiempo, predicara el Evangelio en Éfeso, fue conducido a Roma, por orden del emperador Domiciano, que lo condenó a ser azotado cruelmente, según la costumbre de los romanos antes de dar muerte a los criminales, y a ser arrojado luego en una caldera de aceite hirviendo, de donde salió, dice Tertuliano, más sano y robusto de lo que entró.
MF 124,2,2
He ahí los padecimientos de san Juan, cuya memoria honra hoy la Iglesia, y particularmente los que soportó en Roma, junto con el singular milagro que entonces tuvo lugar.
Dice san Cipriano que las solemnidades de los mártires son exhortaciones al martirio. Celebrar el martirio de san Juan debe significar para nosotros animarnos a sufrir, a ejemplo suyo, con gusto y por amor a Dios.
MF 124,3,1
Punto III.
Cuando san Juan sufrió este martirio, Dios lo conservó milagrosamente, pues quería purificarlo por el fuego para, de ese modo, disponerlo a recibir abundancia de luces; como las que necesitaría para escribir la profecía que es su Apocalipsis; lo que hizo en la isla de Patmos 4, a donde fue desterrado por el mismo emperador.
MF 124,3,2
No os extrañéis de que Dios os envíe frecuentes ocasiones de sufrir. Cuantas más os proporcione, tanto mejor demuestra que os ama 5 y más contentos
debéis estar. Pues Él os purifica por medio de los sufrimientos, para que seáis luego más agradables a sus ojos.
Son ellos también los que os ponen en disposición de preservaros fácilmente del pecado y de recibir las gracias de Dios con abundancia. Procurad sacar este fruto de las penas que sufráis.
MF 124,1,1: 1 Mt 20,21-22. – MF 124,2,1: 2 Hch 4,3. – 3 Hch 5,40. – MF 124,3,1: 4 Ap 1,9. – MF 124,3,2: 5 Cf. Pr 3,12.
MF 125
Meditación sobre la aparición de san Miguel
8 de mayo; en el nuevo calendario no figura
MF 125,1,1
Punto I.
Hoy celebra la Iglesia la memoria de la aparición de san Miguel en una montaña de Italia, para indicar que aquel lugar estaba bajo su protección, y que Dios quería que se le consagrase, en honor de san Miguel y de los santos Ángeles.
Esto hizo que el obispo, con su clero y todo el pueblo, se dirigiesen allí en procesión, y consagrase una iglesia con el nombre y bajo la advocación de san Miguel.
Este santo se ha aparecido de ese modo en varias ocasiones, de manera maravillosa, para declarar que se constituía protector de los lugares y de los hombres que honraba con su presencia.
MF 125,1,2
En lo que respecta al negocio de la salvación, no se puede hacer nada mejor que encomendarse a este santo; pues ayudará mucho para conseguirla, ya que por orden de Dios y por celo de su gloria, venció una vez a Lucifer y a sus secuaces, y los precipitó en los infiernos 1. Y todavía está siempre presto para oponerse a él y para ayudar a los hombres a combatirlo y a superar las tentaciones que les suscita.
Recurrid, pues, a este santo Arcángel, para pedirle que os socorra en los combates que habréis de sostener en vuestro estado, y para que os conduzca derechamente y con seguridad a Dios, por el camino que os señalan vuestras Reglas. Sed muy fieles a ellas y este santo os protegerá.
MF 125,2,1
Punto II.
Las inspiraciones que a veces tenéis de renunciar al mundo y de entregaros del todo a Dios, vienen a ser como apariciones de san Miguel, ya que os invitan a poneros por encima de todas las cosas creadas para no apegaros más que a Dios solo. Pues el nombre de san Miguel, que significa ¿Quién como Dios?, se le ha dado para indicar que este santo Arcángel fue destinado por Dios a defender su gloria y asegurar su infinita excelencia por encima de todas las criaturas.
MF 125,2,2
Debemos creer que todas las inspiraciones que nos vienen de consagrarnos a Dios, desprendiéndonos por completo de todas las criaturas, nos las comunica
Dios por ministerio de san Miguel, cuyo cuidado respecto de los hombres consiste en desasirlos de todas las cosas e inducirlos a entregarse del todo a Dios.
Así, pues, cuando os vengan a la mente pensamientos mundanos o sintáis hastío de vuestro estado y de los ejercicios espirituales, implorad la ayuda de san Miguel, para que os ayude a comprender que el Dios a quien servimos está por encima de todo, y que nada, fuera de Él, merece nuestro amor.
Pidamos también a este santo que nos inspire horror al mundo, que desearía ocupar el lugar de Dios en nuestro corazón; y que aleje de nuestra mente todos los pensamientos mundanos, con aquellas palabras fulminantes que él pronunció en el combate que mantuvo con Lucifer: ¿Quién como Dios?
MF 125,3,1
Punto III.
El primer efecto que deben producir en nosotros las inspiraciones que Dios nos comunica por ministerio de san Miguel, es tener total desasimiento de todas las cosas terrenales, que nace del menosprecio en que las tenemos, por estar íntimamente penetrados de su vanidad, y de la poca solidez y duración del placer que en ellas se encuentra; ya que ellas no son nada, y Dios lo es todo. Otro efecto que deben producir en nuestra alma, y que deriva del anterior, es cierto gusto interior de Dios, que haga que no busquéis más que a Dios, y que os entreguéis completamente a Él; pues es el único ser digno de ser adorado y amado; y si en las criaturas hay algo amable, no lo es sino por su relación con Dios, y como emanación de Dios mismo y de sus perfecciones.
Poneos, pues, hoy en la disposición de no querer más que a Dios y ser plenamente de Él; porque nuestro corazón, dice san Agustín, no puede encontrar descanso hasta que repose en Dios.
MF 125,3,2
¿No tenéis apego a algo de lo que podríais decir que os dolería dejarlo? ¿No estimáis a alguna criatura más que a otra? ¿Cuando os quitan algo de más apariencia y os dan otra cosa menor, os sentís contentos?
A través de esas prácticas se juzgará si no estáis apegados a nada, y si menospreciáis todas las criaturas.
¿Sentís gusto por la oración y por los ejercicios interiores porque llevan a Dios? ¿Os ocupáis con gusto en pensar en Dios y en hablar de Dios? ¿Hay algo, fuera de lo que mira a Dios, que os interese y complazca? Un pecado, por ejemplo, por pequeño que parezca, ¿os causa mucho más pesar que todo lo que pudierais sufrir? ¿Preferís en vuestro empleo el cuidado de inspirar la piedad a los niños a cualquier otro, sea cual fuere?
Por estas señales se conocerá si no buscáis más que a Dios y si lo buscáis de veras.
MF 125,1,2: 1 Ap. 12,7-9.
MF 126
Meditación sobre san Gregorio Nacianceno
10 de mayo; nuevo calendario, 2 de enero
MF 126,1,1
Punto I.
San Gregorio, siendo estudiante en Atenas, se aplicaba más a la perfección de su alma que a los estudios literarios. Cuidaba tanto de evitar el pecado, que ponía especial atención en apartarse de las malas compañías, y sobre todo de las personas del otro sexo, persuadido de que es una de las ocasiones que más contribuyen a hacernos pecadores.
Por entonces se aficionó mucho a frecuentar a san Basilio, con quien se unió tan estrechamente, que habiéndose retirado este santo a la soledad en una ermita del Ponto, fue a buscarlo allí y llevó, junto a él, vida angelical.
MF 126,1,2
¡Qué feliz es uno cuando se vive alejado de las ocasiones de ofender a Dios! Esa es la ventaja que se tiene. Hay que agradecérselo a Dios a menudo, e incluso todos los días, pues es uno de los principales medios para salvarse. Como las malas compañías son tan peligrosas, particularmente en la juventud, de nada hay que vigilar con mayor cuidado que de impedir que frecuenten alguna de ellas aquellos a los que se instruye. Y nada hay que deba recomendarse tanto como juntarse con los compañeros más sensatos, piadosos y recatados.
MF 126,2,1
Punto II.
Encargado este santo del gobierno de la iglesia de Constantinopla, sufrió mucho por parte de los arrianos, que lo persiguieron afrentosamente y de diversos modos, haciéndolo pasar por idólatra, que pretendía admitir varios dioses. Por lo cual, el pueblo quiso lapidarlo, y lo llevaron ante los jueces, predispuestos contra él, para que lo condenaran.
Sin embargo, él se mantuvo siempre como firme e inquebrantable defensor de la fe; y predicó con tanto celo y éxito, que en tres años que estuvo en aquella ciudad convirtió elevado número de herejes; y cuando salió de ella, la dejó no sólo limpia del arrianismo y de todos los errores que la infectaban cuando entró, sino también de muchos vicios que reinaban antes allí, como atestigua el mismo santo.
MF 126,2,2
Ese es el fruto ordinario de las persecuciones que sufren quienes trabajan por la salvación de las almas. Cuanto más abrumados están de dificultades en sus trabajos apostólicos, tantas más conversiones produce Dios por su ministerio y más eficazmente operan la salvación de las almas.
No os extrañéis, pues, si os sobrevienen dificultades y contradicciones en el ejercicio de vuestro empleo. Cuanto más sufráis en él, más tenéis que animaros a realizarlo bien, persuadidos de que será entonces cuando Dios derrame sobre vuestro trabajo sus bendiciones con abundancia.
MF 126,3,1
Punto III.
Este santo renunció a su obispado poco después de haber accedido a él, para apaciguar los alborotos provocados por los arrianos con motivo de su elección. Se alejó de todo trato con el mundo y se entregó de lleno a la oración, que vino a ser su principal ocupación. Vivía austeramente y se mortificaba de continuo, sobre todo su lengua, pues reconocía que era una de las mortificaciones más necesarias.
Él mismo dice, por humildad, que su lengua se escapaba con tanta facilidad que le resultaba harto difícil contenerla; y que, por este motivo, ponía sumo cuidado en vigilarla. En cierta ocasión, incluso, se impuso la penitencia de no hablar nada durante cuarenta días, porque consideraba que había hablado en exceso.
MF 126,3,2 La ocupación que tenéis durante el día no os
impide vivir en el retiro. Apreciadlo y observadlo con
gusto, a ejemplo de este santo, que se santificó en él. Os
ayudará mucho a adquirir la perfección de vuestro estado
y a infundir la piedad a vuestros discípulos. Pero si no
gustáis de él y os aplicáis poco a la oración, no
dispondréis de la unción necesaria para inspirarles el
espíritu del cristianismo.
Dominad también vuestra lengua. Este dominio os facilitará el recogimiento y conservar la presencia de Dios. Os servirá de medio excelente para manteneros en el silencio, en el orden, en el exacto cumplimiento de vuestros ejercicios espirituales, en la fidelidad a la observancia de vuestras Reglas, en la moderación, en la tranquilidad y en la paz.
Beneficios tan grandes os deben comprometer a no dar libertad a vuestra lengua.
127. 19.5/21.5 - San Pedro Celestino
MF 127
Meditación sobre san Pedro Celestino 19 de mayo; nuevo calendario, 21 de mayo
MF 127,1,1
Punto I.
San Pedro Celestino se sintió atraído por la soledad desde su juventud. Se retiró a una alta montaña y allí vivió tres años enteros, macerando su cuerpo para ponerse en condiciones de resistir a las tentaciones que lo atormentaban.
Sus austeridades llegaban incluso a tal exceso, que utilizaba un pedrusco como almohada cuando dormía. El silencio era su elemento; la disciplina diaria, su recreo; y una cadena de hierro, su cinturón. Se dedicaba tan asiduamente a la oración, que constituía su principal ejercicio.
MF 127,1,2
Si el retiro, la mortificación y la oración fueron los medios de que se valió este santo para santificarse, también vosotros tenéis facilidad en serviros de ellos para ir a Dios, pues en vuestro Instituto existen prácticas bastante habituales de tales ejercicios.
Sed fieles a ellas, y tened la certeza de que no realizaréis el bien en las almas, sino en la medida en que améis esas tres cosas y os ejercitéis en ellas.
MF 127,2,1
Punto II.
La eminente santidad de este insigne siervo de Dios llevó a los cardenales a
elegirlo, en ausencia suya, para gobernar la Iglesia. El santo, en cuanto recibió la noticia, huyó. Pero se vio forzado a aceptar tal dignidad, en la que conservó religiosa humildad, hasta el punto de no usar otra cabalgadura que un asno. Una vez coronado papa, tampoco aflojó en nada sus austeridades. Incluso, en su elevado estado conservó el espíritu de retiro. Así es como hay que vivir en medio del mundo cuando uno quiere salvarse en él y mantenerse en la piedad.
MF 127,2,2
En vuestro empleo os veis obligados a tener algún trato con el mundo; cuidad de no tomar su espíritu, y de mantener el recato y cierto aire de modestia, que os ayuden a no corromperos, a edificar al prójimo y a inspirar la piedad a aquellos cuya educación os fue confiada.
MF 127,3,1
Punto III.
Habiendo aceptado el papado muy a su pesar, este santo se encontraba en él como fuera de su centro, no pensaba más que en su desierto, y suspiraba de continuo por la vida retirada; el fasto de la corte romana, sólo le inspiraba hastío.
La obligación que tenía, por su condición de soberano pontífice, de dedicarse continuamente a asuntos externos, lo colocaba en situación totalmente opuesta a la inclinación que había experimentado por la soledad desde su infancia. Por lo cual pidió a los cardenales permiso para retirarse y dimitió de la dignidad de Sumo Pontífice.
MF 127,3,2
Aunque vosotros ejercéis por orden de Dios las funciones externas de vuestro empleo, y encontráis en ellas medios para santificaros, no deben, con todo, haceros perder el espíritu y el amor del retiro.
Ocupaos, pues, en ellas de tal manera que, en cuanto no sea necesaria vuestra presencia, volváis, como a vuestro asilo, al lugar de vuestra morada; y no encontréis vuestro consuelo sino en la asiduidad y en la dedicación a vuestros ejercicios espirituales.
128. 20.5 - San Bernardino
MF 128
Meditación sobre san Bernardino
20 de mayo
MF 128,1,1
Punto I.
San Bernardino mostraba desde su primera juventud tal cordura y modestia, que sus compañeros de escuela más libertinos se mostraban juiciosos y recatados en su presencia, y no osaban hablar, por poco que fuera, de cosas inconvenientes. Cuando lo veían de lejos, se decían uno a otro: no hablemos más de esto, que llega Bernardino.
MF 128,1,2
¿Sois igualmente vosotros recatados y modestos, no sólo delante de vuestros Hermanos, sino también ante vuestros discípulos, y les dais ese ejemplo de cordura? ¿La que advierten en vosotros les produce impresión tal, que sea capaz por sí sola de hacerlos sensatos? Ese es el beneficioso efecto que debe producir, en quienes están bajo vuestra dirección, la calidad de maestro que
ostentáis para con ellos.
No hay nadie para quien no podáis y debáis intentar ser útiles por el ejemplo de vuestras virtudes. Ese fue el principal modo como san Bernardino ejercitó su celo. Y es también aquel según el cual tenéis obligación de predicar a todo el mundo, y la principal función apostólica que debéis ejercitar.
MF 128,2,1
Punto II.
Este santo tenía el propósito de hacerse religioso, mas no sabiendo en qué religión entrar, pensó que no podía adoptar mejor medio para conocerlo que acudir a la oración; y así lo hizo. Rogó a Dios, con sumo fervor, ante un crucifijo, pidiéndole que le concediese la gracia de mostrarle cuál era su vocación. Y de inmediato oyó una voz que le dijo: Me ves totalmente desnudo en esta cruz; si me amas y me buscas, aquí me hallarás; pero trata de despojarte y crucificarte. Esto le determinó a entrar en la orden de san Francisco, después de haber vendido sus bienes y distribuido el dinero a los pobres 1.
Desplegó su celo sobre sí mismo crucificándose, ya que fue asaltado por violentas tentaciones. Ayunaba de continuo, se acostaba en el suelo, velaba y trabajaba sin descanso. Cuando iba a pedir limosna, los niños le tiraban con frecuencia piedras, y soportó enojosas calumnias.
MF 128,2,2
¿Es la oración el principal medio de que os servís para conocer la voluntad de Dios? ¿Os decidís, en la duda, por lo que más puede crucificaros 2 y haceros morir a vosotros mismos? Son dos medios seguros para conocer la voluntad de Dios y cumplirla.
MF 128,3,1
Punto III.
Fue destinado a la predicación, y en esta función desplegó de tal modo su celo, que predicó todos los días, sin dispensarse del coro ni de los demás ejercicios religiosos, aunque continuó predicando durante ventiocho años. Con sus predicaciones convirtió a numerosas personas, inspirándoles la devoción del santo Nombre de Jesús.
Dio tal esplendor a su orden, por medio de los muchos que atrajo a ella, tanto con el ejemplo de su santa vida como por la eficacia de su palabra que, en lugar de los veinte conventos y trescientos religiosos que su orden tenía en Italia cuando él tomó el hábito, dejó, al morir, doscientos cincuenta conventos y más de cinco mil religiosos.
MF 128,3,2
¿Desplegáis de tal modo vuestro celo con el prójimo, que cuanto hacéis para ayudarlo a santificarse no os impida, en modo alguno, ser exactos y asiduos a todos los ejercicios de vuestra comunidad?
Persuadíos de que Dios no bendecirá vuestros trabajos para con el prójimo sino en la medida en que seáis regulares; pues no dispondréis de gracias para contribuir a la salvación de los demás, sino en la medida en que seáis vosotros mismos fieles a la gracia y poseáis el espíritu de vuestra vocación.
MF 128,2,1: 1 Mt 19,21. MF 128,2,2: 2 Ga 5,24.
MF 129
Sobre san Felipe Neri
26 de mayo
MF 129,1,1
Punto I.
San Felipe Neri tuvo tan vivo amor a la castidad, que resistió valientemente a una impúdica mujer que fingía estar enferma, y lo llamó a su estancia, junto a su lecho, con el pretexto de que la asistiera en algún asunto. Por lo cual, Dios, para recompensar su valentía y su celo por esta virtud, le concedió la gracia de no volver a sentir el mínimo movimiento carnal.
Uno de los medios principales para adquirir y conservar la castidad es huir a las primeras acometidas del demonio de la impureza y violentarse a sí mismo con energía para lograr la victoria en toda ocasión o tentación importante. Esto es también lo que atrajo muchas gracias y lo que alcanzó eminente castidad a muchos santos.
MF 129,1,2
Como esta virtud es de las más necesarias y de mayor importancia en vuestro estado, no hay medio del que no debáis serviros para conservarla.
Os ayudarán mucho a ello el horror al mundo y el recogimiento profundo.
Aplicaos, pues, a ello, con todo el empeño posible.
MF 129,2,1
Punto II.
Este santo se entregó tan intensamente a la oración que a veces pasaba en ella cuarenta horas seguidas. Su corazón se inflamaba de tal manera, que tenía que echarse al suelo y descubrirse el pecho para calmar los ardores.
Y como Dios acostumbra a consolar mucho a quienes aman este santo ejercicio, el santo se sentía a veces colmado de tantas dulzuras y consuelos, que tenía que exclamar: ¡Basta, Señor, basta!
Cierto día, incluso, sintió tal ímpetu de amor de Dios, que su corazón era todo fuego; de suerte que sus costillas se dislocaron y desde entonces no volvieron a juntarse, lo que le ocasionó una especial palpitación del corazón que le duró por el resto de sus días.
MF 129,2,2
La obligación que tenéis de contar con gracias no sólo para vosotros, sino también para los demás, y de esforzaros por mover los corazones, os debe impulsar a dedicaros de manera particular a la oración, que es el ejercicio que Dios os ha señalado para que alcancéis sus gracias.
¿Es ése, pues, el que tomáis más a pechos? Tratad de realizar todas vuestras acciones en espíritu de oración. Es uno de los mejores medios para santificarlas.
MF 129,3,1
Punto III.
Este santo tuvo especial devoción a la Pasión de Jesucristo y a la Santísima Virgen.
No podía pensar en los sufrimientos de Jesús, ni hablar de ellos, sin echarse a llorar, pues se consideraba la causa de los mismos. Por lo cual decía, a veces, que la llaga del costado de Jesucristo era muy grande, pero que si Dios no le detuviera la mano, la haría él mayor aún.
En ocasiones, también pasaba noches enteras conversando con la Santísima Virgen.
Estos dos amores, a Jesucristo y a la Virgen Santa, fueron de ordinario las devociones principales de los mayores santos. San Bernardo y san Francisco hallaban sus delicias en pensar en la Pasión de Jesucristo, y profesaban tan especial ternura a la Santísima Virgen, que la escogieron como protectora y sostén de sus órdenes respectivas.
MF 129,3,2 Consideradla del mismo modo vosotros,
respecto de vuestro Instituto. Y puesto que la Pasión y la
muerte de Jesucristo fueron los medios de santificación
para todo el mundo, pedid a Dios, con frecuencia, que
aplique sus méritos con abundancia, tanto a vosotros
como a los niños que os están confiados.
MF 130
Meditación sobre santa Magdalena de Pazzi
29 de mayo; nuevo calendario, 25 de mayo
MF 130,1,1
Punto I.
Esta santa sobresalió por el ardiente amor de Dios, que la movía, ya desde temprana edad, a no hablar más que de Dios y a dedicarse intensamente a la oración, convencida de que habiendo sido creada sólo para Dios, no había nada, fuera de Él, que mereciese su atención y su afecto.
El amor que tenía a Dios y a cuanto atañe a su servicio, la movió, en cuanto hizo su primera comunión, a retirarse del mundo, ya que había resuelto hacerse religiosa. Y aunque sólo contaba diez años, se consagró a Dios por el voto de virginidad.
MF 130,1,2
Vosotros os dedicáis a menudo a la oración y tenéis la dicha de poder conversar con Dios. ¿Tenéis cuidado de aprovechar esta ventaja? ¿Sois fieles, en las conversaciones que mantenéis con vuestros Hermanos, a no hablar más que de Dios, de lo que a Él se refiere y de lo que os puede impulsar a su santo amor?
MF 130,2,1
Punto II.
El vivo amor que sentía por Dios la impulsó, sobre todo, a comulgar con frecuencia, por el deseo que sentía de unirse íntimamente a Jesucristo Nuestro Señor. Por lo cual, siendo aún niña y no pudiendo comulgar por su corta edad, se acercaba a su madre cuando comulgaba, y no se apartaba de ella durante todo el día, por el gozo que sentía de estar cerca y tocar a una persona que había recibido el precioso cuerpo de Jesucristo.
Por esta razón le permitió su confesor comulgar desde los diez años. Incluso, al hacerse religiosa, escogió la orden de las Carmelitas porque en ésta la comunión era más frecuente que en muchas otras.
MF 130,2,2
¿Os sentís, del mismo modo, inclinados a comulgar con frecuencia? Tenéis en vuestro Instituto la suerte de poder hacerlo: ¿os conformáis en esto a los usos establecidos en él? ¿Os acercáis a la sagrada comunión por el tierno amor que sentís hacia ella? Consideradla como el mayor beneficio y la mayor dicha que podáis disfrutar en este mundo.
MF 130,3,1
Punto III.
Esta santa demostró también el vivo amor que tenía a Dios sufriendo mucho por Él. Su más ardiente deseo era imitar en todo la vida y la pasión de Jesucristo.
Cuando tenía sólo doce años, tomó unas ramas de naranjo muy punzantes que había entretejido en forma de corona, se las apretó sobre la cabeza, y pasó toda una noche con vivos dolores. Acostumbraba a disciplinarse con frecuencia con cadenas de hierro, y a llevar un asperísimo cilicio con cinturón guarnecido con púas agudísimas.
Padeció, además, fuertes tentaciones y duras penas interiores.
MF 130,3,2
¿Gustáis así vosotros de sufrir por Dios? Sabed que lo que mejor manifiesta el amor que se le profesa, es cuando uno se goza en soportar algo para conformarse a Jesucristo crucificado y para complacer a Dios.
Eso será también lo más adecuado para atraer abundantemente las gracias de Dios sobre vosotros.
MF 131
Para la fiesta de san Germán, obispo de París
27 de mayo
MF 131,1,1
Punto I.
San Germán fue preservado de morir en su infancia, e incluso antes de nacer, por muy especial providencia de Dios, que lo destinaba a trabajar intensamente por el bien de su Iglesia. Esto le proporcionó la dicha de retirarse a vivir con uno de sus tíos, hombre de profunda piedad, que puso particular esmero en su educación. Él mismo lo instruyó y lo formó en las ciencias y en las prácticas de una sólida virtud; gracias a ello alcanzó extraordinaria santidad.
MF 131,1,2
Adorad la paternal providencia de Dios con vosotros, que os retiró del mundo para disponeros a adquirir la virtud que necesitáis para cumplir bien vuestro empleo y para educar a muchos niños en el espíritu del cristianismo.
¿Correspondéis a los designios de Dios sobre vosotros y tratáis de llegar, en vuestro estado, a tal santidad que os permita hacer santos a aquellos de cuya dirección estáis encargados?
MF 131,2,1
Punto II.
Este santo fue elevado al sacerdocio y, aunque muy joven, manifestó tal prudencia en su proceder y llevó vida tan santa, que poco después fue elegido abad de numerosos religiosos, en el monasterio que hoy lleva su nombre. En él dirigió a sus hermanos con fervor y con celo infatigable; así vino a ser para ellos modelo de todas las prácticas regulares. Sus vigilias, oraciones y mortificaciones eran continuas.
MF 131,2,2
¿Sois vosotros totalmente regulares en vuestra comunidad? Es el auténtico medio para atraer sobre vosotros las gracias de Dios necesarias para cumplir los deberes de vuestro estado y del ministerio al que Dios os llamó. Cuanto más exactos seáis en la regularidad, en mejor estado os hallaréis para atraer a los niños hacia Dios e inspirarles verdadera y sólida piedad.
Como ése es el fin de vuestro estado, adoptad, para conseguirlo, los medios que más os convienen y que Dios mismo exige de vosotros para conseguirlo.
MF 131,3,1
Punto III.
Habiendo sido san Germán elegido obispo de París, por su insigne santidad y por los numerosos milagros que obraba, no disminuyó en nada sus ejercicios de oración y de mortificación. Pasaba noches enteras en las iglesias, orando a Dios; vestía siempre igual, en invierno como en verano; y practicaba tan duras mortificaciones que, según el historiador de su vida, a falta de quien lo hiciera sufrir el martirio, él mismo se martirizaba.
Todas esas prácticas de piedad en las que se ejercitó comunicaron a sus instrucciones particular fuerza para convertir a los pueblos. Por ello se dice de él que fue comparable a los apóstoles, tanto por el elevado número de milagros como por los frutos maravillosos de sus enseñanzas.
MF 131,3,2
Vosotros ejercéis un empleo que, aunque parezca de poca consideración ante los hombres, tiene, sin embargo, la misma finalidad que el de este santo. Para desempeñarlo bien, imitadlo, tomando los mismos medios que él utilizó. Si son los mismos, resultarán tan eficaces como lo fueron para él.
MF 132
Sobre san Norberto
6 de junio
MF 132,1,1
Punto I.
San Norberto se educó desde joven en la corte del emperador; pero prevenido por la gracia, se sintió impulsado por una moción extraordinaria del Espíritu de Dios y, abandonando la corte, se retiró totalmente del mundo para abrazar el estado eclesiástico, en el que se dedicó a predicar más con el ejemplo que con sus palabras. Ello fue causa de que sus predicaciones producían copiosos frutos y ganaban mucha gente para Dios.
MF 132,1,2
Puesto que por vuestro estado estáis obligados a instruir a los niños, debéis estar animados intensamente del espíritu cristiano, para comunicárselo, y mostrar un exterior muy edificante, para poder servir de modelo a quienes estáis encargados de enseñar.
Es preciso que puedan aprender de vuestro recogimiento la modestia que ellos deben practicar; que vean en vosotros la cordura con que deben proceder; y que vuestra piedad les sirva de norma en la iglesia y en las oraciones.
MF 132,2,1
Punto II.
El Espíritu de Dios, que animaba a este santo, le impulsó a renunciar a sus beneficios, a vender sus bienes patrimoniales y a distribuir el dinero entre los pobres.
Llevó, además, vida en extremo austera, y escogió a algunos compañeros, que iban a predicar de pueblo en pueblo y de aldea en aldea, como hacían los setenta discípulos de Jesucristo 1.
Vivían todos como él, en suma austeridad y mortificación del cuerpo; caminaban descalzos, sólo comían una vez al día y guardaban perpetua abstinencia de carne.
Todos sus ejercicios se reducían a obedecer, aplicarse a la oración, mortificarse y predicar el Santo Evangelio. De este modo formó san Norberto su orden, la cual contó con numerosos religiosos, que produjeron frutos muy abundantes en la Iglesia.
MF 132,2,2
Vosotros tenéis una finalidad muy semejante a la que tuvo este santo al fundar su orden, que era anunciar las verdades del Evangelio a los pobres. Servíos, pues, de los mismos medios de que se valió él para conseguirlo, que son la oración y la mortificación.
MF 132,3,1
Punto III.
El ayuno extraordinario y las eminentes virtudes de san Norberto sirvieron para que lo escogieran, bien a su pesar, para ser elevado al episcopado.
En el ejercicio de este cargo, no podía soportar el vicio, y lo censuraba con valentía en todos aquellos que se entregaban a él escandalosamente.
Esto dio ocasión a que algunos se ofendieran y buscaran la oportunidad de darle muerte. Tan cierto es que los impíos y libertinos no pueden soportar que alguien se oponga a sus desórdenes.
Superado este peligro, combatió a un hereje que negaba la realidad del cuerpo de Jesucristo en la Eucaristía, y desbarató su error.
¿No son ésas las funciones del obispo, oponerse a los vicios y mantener la fe en su vigor y firmeza?
MF 132,3,2
Eso es también lo que vosotros no podéis excusaros de hacer, si queréis cumplir bien vuestro ministerio: impedir que vuestros alumnos se entreguen al vicio y al desorden, e imprimir en su espíritu, de manera firme y segura, las verdades de nuestra fe, que son los cimientos de nuestra religión.
MF 132,2,1: 1 Lc 10,1
MF 133 Sobre santa Margarita, reina de Escocia
10 de junio; nuevo calendario, 16 de noviembre
MF 133,1,1 Punto I.
Esta reina tuvo virtud y piedad muy singulares. Mostraba tal recato, prudencia y gravedad en su proceder, que no se la podía mirar sin que infundiese respeto. Sentía tan profundo amor a la oración, que puede decirse que su principal ocupación era orar. Todas las noches, incluso, después de descansar un poco, iba a pasar mucho tiempo en la iglesia, y no permitía que en ella le hablasen de ningún asunto profano.
¡Ah, cuán sólida es la piedad cuando se fundamenta en la virtud! ¡Y cuán verdadera y segura es la virtud cuando va acompañada de la piedad!
MF 133,1,2
Vosotros, en vuestro estado, disponéis de varios medios para practicar la virtud y ejercitar la piedad; tenéis la suerte de hacer oración con frecuencia, y de poder hacerla bien. ¿Os servís de todos estos medios que Dios os proporciona para salvaros y para adquirir la perfección de vuestro estado?
Si no sois fieles a ellos, merecéis que Dios os castigue severamente por tal negligencia.
MF 133,2,1
Punto II.
Su principal cuidado consistía en gobernar bien su casa, y que cuantos la componían se esforzasen por temer y amar a Dios. Incluso ejerció con sus hijos el oficio de maestra de escuela, enseñándoles por sí misma a leer. Se dedicaba, por encima de todo, a la educación de sus hijos, persuadida de que eso era lo más agradable a Dios que podía hacer; y por ello también era ése el principal motivo de sus oraciones.
MF 133,2,2
Esta santa es modelo excelente de lo que vosotros tenéis que hacer con los niños de los que Dios os ha encargado. Es una reina que considera como su primera ocupación lo que constituye lo esencial de vuestro estado.
Consideradlo como un honor y mirad a los niños de los que Dios os ha encargado como los hijos del mismo Dios. Poned mucho mayor esmero en su educación e instrucción que el que pondríais con los hijos de un rey.
MF 133,3,1
Punto III.
Su amor a los pobres fue extraordinario. Todas las mañanas se ocupaba de instruir a los niños pobres, y después les daba de comer; y como en ellos honraba a Jesucristo, los servía de rodillas.
Ella y su marido alimentaban a trescientos pobres en su propio comedor. Se dice, incluso, que a menudo tomaba de los bienes del rey, su esposo, para dar limosna, lo que él consentía complacido; y que con frecuencia enviaba al campo a informarse de la miseria de los pobres, a fin de hacer todo lo posible por aliviarlos.
MF 133,3,2
Por vuestro estado, estáis encargados de instruir a niños pobres. ¿Los amáis? ¿Tributáis honor, en su persona, a Jesucristo? Y con esta mira, ¿los preferís a los más acomodados? ¿Tenéis mayor consideración por aquéllos que por éstos?
Esta santa os da ejemplo y os enseña con qué ojos debéis mirarlos.
Sobre san Bernabé
11 de junio
MF 134,1,1
Punto I.
San Bernabé fue uno de los primeros en unirse a los apóstoles después de la Ascensión de Jesucristo y en demostrar singular desprendimiento de los bienes de la tierra; pues según lo que san Lucas refiere en los Hechos, poseía un amplio terreno, lo vendió y puso el precio a los pies de los apóstoles 1.
Por lo cual, desde entonces, gozó de la especial estima de los discípulos y de todos los fieles, y fue destinado a grandes empresas en la Iglesia, tanto por los apóstoles como por la divina voluntad, que se manifestó al respecto 2.
MF 134,1,2
No es fácil imaginar el bien que una persona desprendida puede realizar en la Iglesia. La razón es que en el desprendimiento se manifiesta mucha fe, puesto que uno se abandona entonces a la providencia de Dios, como el hombre que se hace a la mar sin velas ni remos.
Pedid a Dios, por intercesión de san Bernabé, el desinterés, tan necesario en vuestra profesión; y por vuestra parte, poneos en disposición de adquirirlo.
MF 134,2,1
Punto II.
El desprendimiento de san Bernabé le mereció tal abundancia de fe y de espíritu de religión, que san Lucas, haciendo su elogio en pocas palabras, dice que era hombre lleno de bondad, henchido del Espíritu Santo y de fe 3.
Esa bondad que lo llenaba y la ternura que sentía hacia el prójimo hicieron que los apóstoles, durante cierta hambre que sobrevino, le encargaron, junto con san Pablo, de distribuir en Antioquía las limosnas que enviaban de Jerusalén 4. Y la fe y el Espíritu de Dios de que estaba animado le hicieron realizar varios milagros, que dieron motivo para que fuera tomado por un dios, al igual que san Pablo 5.
MF 134,2,2
¿Procuráis mostrar tanta bondad y afecto a los niños que instruís como los que sentía san Bernabé hacia aquellos a cuya conversión y salvación se dedicaba? Cuanta más ternura sintáis por los miembros de Jesucristo y de la Iglesia que os están confiados, tanto más producirá Dios en ellos admirables efectos de la gracia.
MF 134,3,1
Punto III.
Aunque san Bernabé no fuera uno de los doce apóstoles, poseyó, sin embargo, en plenitud la gracia del apostolado.
Según el relato de san Lucas, fue el Espíritu Santo mismo quien les dijo, mientras algunos discípulos ofrecían sacrificio al Señor y ayunaban, que separaran a Saulo y a Bernabé para destinarlos a la obra a la que los había llamado. Por lo cual los discípulos le impusieron las manos, igual que a san
Pablo 6.
Enviado por el Espíritu Santo, produjo en Antioquía tan grandes frutos, por la predicación del Evangelio, que, como dice san Lucas, hubo numerosas personas en aquel lugar que se convirtieron al Señor; y fue en Antioquía donde, por primera vez, los discípulos fueron llamados cristianos 7. Con san Pablo, fue también el primero que predicó el Evangelio a los gentiles.
MF 134,3,2 Si, como san Bernabé, estáis llenos de fe y
del Espíritu de Dios, como debéis estarlo en vuestro
empleo, seréis la causa de que aquellos a quienes
instruís sean cristianos; y no sólo de nombre, sino de que
tengan también su espíritu y su proceder, y de que se
hagan admirar por su piedad.
MF 134,1,1: 1 Hch 4,36-37. – 2 Cf. Hch 13,2. – MF 134,2,1: 3 Hch 11,24. – 4 Cf. Hch 11,28-30. – 5 Cf. Hch 14,2-13. – MF 134,3,1: 6 Hch 13,2-3. – 7 Hch 11,24-26.
1
MF 135
Sobre san Antonio de Padua
13 de junio
MF 135,1,1
Punto I.
Este santo dejó el mundo siendo muy joven, y entró en la Orden de los Canónigos regulares. Pero no pudiendo sufrir que en la casa donde estaba recibiera tan a menudo visitas de sus parientes, para evitarlas se retiró a otro monasterio muy alejado, donde llevó vida mucho más escondida.
MF 135,1,2
Vosotros necesitáis vivir en el retiro para aprender en él la ciencia de la salvación 1, que tenéis que enseñar a los demás. Ese es el fruto que de él habéis de sacar. Es preciso que en él os apliquéis a hablar de Dios, para poneros en condiciones de hablar provechosamente. Tened la certeza de que en el retiro y en el silencio es donde se aprende a hablar bien. Cuanto más os aficionéis a ellos, tanto más capaces os haréis para desempeñar bien vuestro ministerio con el prójimo.
MF 135,2,1
Punto II.
Este santo tuvo tal celo de la religión y de dar a conocer a Dios a los infieles, y tan vivo deseo del martirio, que habiendo visto a cinco religiosos de san Francisco que se dirigían a predicar el Evangelio a los moros, y enterándose más tarde de que habían sido martirizados, el anhelo de imitarlos, tanto en su predicación como en su martirio, le movió a tomar la decisión de ingresar en la Orden de san Francisco. En cuanto terminó su noviciado, obtuvo autorización para ir a África para trabajar en la conversión de los infieles.
MF 135,2,2
Por vuestro empleo tenéis obligación de enseñar las verdades de la fe a vuestros discípulos y de instruirlos en la religión. Debéis, incluso, consagraros totalmente y dar vuestra vida, si fuere preciso, para desempeñar bien este deber.
¿Lo hacéis así? ¿Y os halláis en esta generosa disposición?
MF 135,3,1
Punto III.
Destinado este santo, por orden de san Francisco, a la predicación, parecía como si Dios mismo le hubiese puesto en la boca su santa palabra, pues predicó
con admiración de cuantos lo oían, y obró conversiones de todo punto maravillosas.
Desempeñó con tanto éxito este santo ministerio porque se había preparado a él con el retiro y con la oración, porque no se dedicó a él sino por obediencia y porque siempre se mantuvo en oficios humildes, hasta que su superior le mandó predicar.
MF 135,3,2 Debéis trabajar en la salvación de las almas
sólo por cumplir la voluntad de Dios y por sumisión a
vuestro superior. Ese será el medio de santificaros en
este empleo y de procurar la santificación de los demás.
MF 135,1,2: 1 Lc 1,37.
MF 136
Sobre san Basilio
14 de junio; nuevo calendario, 2 de enero
MF 136,1,1
Punto I.
Este santo fue educado en la piedad por su abuelo, y las instrucciones de aquel santo anciano imprimieron tal huella en su espíritu que renunció totalmente al mundo y se retiró a la soledad, donde construyó un monasterio y dio reglas sapientísimas a los religiosos que se pusieron bajo su dirección.
Allí se acostumbró, incluso, a vivir en tan dura abstinencia, que hacia el final de sus días su cuerpo estaba extremadamente consumido, a causa de las austeridades que siempre había practicado.
Con estos dos medios, la soledad y el ayuno, se dispuso este santo a obrar grandes bienes para la Iglesia.
MF 136,1,2
Si queréis producir abundantes frutos en las almas con el ejercicio de vuestro ministerio, nada os ayudará tanto como el alejamiento del mundo y la templanza; ésta contribuye mucho a conservar la pureza, y aquél atrae al alma con abundancia las gracias de Dios, no sólo para uno mismo, sino también para los demás.
MF 136,2,1
Punto II.
El espíritu de religión que este santo había adquirido en el desierto hizo que, llegado a obispo, inspirase tanta gravedad y devoción a cuantos estaban en su presencia en la iglesia que, habiendo acudido allí el emperador, quedó en extremo edificado de la modestia y el silencio de su clero y de todos los católicos, que estaban allí como ángeles, cantando en la tierra las alabanzas de Dios; e igualmente por el buen orden que se observaba, tanto en las ceremonias como en el canto de los salmos. Partió de allí maravillado y otorgó ricos dones a la Iglesia.
MF 136,2,2
De igual modo debéis estar vosotros tan llenos del espíritu de piedad, por la aplicación constante a la oración y al recogimiento, y de tal manera debéis habérselo infundido a vuestros discípulos, que cuantos los vean admiren su circunspección y su modestia en la iglesia.
De lo contrario, temed que su inmodestia recaiga sobre vosotros e irrite al cielo, por ser la causa de ella, por el poco recogimiento que mostráis vosotros mismos en el lugar santo, donde debéis velar sobre ellos.
MF 136,3,1
Punto III.
Este santo, siendo obispo, mostró también tan vivo celo en sostener y defender a la Iglesia, que fue uno de sus más ilustres defensores contra el arrianismo, procurando con toda la diligencia posible, unir el espíritu de los fieles en una misma fe, y sus corazones en los mismos sentimientos de caridad y religión. Todos sus desvelos por la paz de la Iglesia le atrajeron la persecución de los herejes, e incluso la del emperador, que presionado e importunado por las peticiones de aquéllos, quiso desterrarlo; pero cuando este príncipe se dispuso a firmar el edicto de condena, su mano no pudo, en forma alguna, escribir ni una palabra. De ese modo protege Dios a quienes toman partido por Él.
MF 136,3,2
No toleréis de ningún modo a los libertinos entre aquellos a quienes enseñáis. Haced que la piedad sea su patrimonio, así como el vuestro. El mundo os perseguirá 1, pero Dios mismo será vuestro defensor.
MF 136,3,2: 1 Jn 15,20.
1
MF 137
Sobre san Paulino, obispo de Nola
22 de junio
MF 137,1,1
Punto I.
San Paulino manifestó profundo desprendimiento de los placeres, de las comodidades de la vida y de todos los bienes de la tierra.
Nada más casarse, animó a su mujer a guardar con él continencia, de modo que vivieron juntos como hermano y hermana. Luego vendieron todos sus bienes, distribuyeron a los pobres la parte principal y el resto lo emplearon en construir una iglesia en honor de san Félix, en la cual veló san Paulino todas las noches por el resto de su vida.
Hecho prisionero por los godos, y como lo amenazaran de muerte si no les entregaba todos sus tesoros, pidió a Dios que no permitiera que lo atormentasen por el oro o la plata, puesto que Dios sabía dónde había puesto toda su riqueza. Esto dio ocasión a san Agustín para decir que toda la riqueza de san Paulino estaba en Dios, ya que no deseaba poseer otra cosa que Dios. Fue, sin duda, la renuncia a todas las cosas la que lo había puesto en tal disposición.
MF 137,1,2
Vosotros habéis renunciado exteriormente al mundo y a cuanto buscan en él los hombres para su satisfacción. Tened cuidado de que esta renuncia sea interior y que os lleve al total desprendimiento. Pedidlo por intercesión de san Paulino.
MF 137,2,1
Punto II.
Era tan admirable el amor que este santo sentía hacia los pobres, que habiéndose hecho pobre por Jesucristo, jamás rehusó dar limosna. Y cierto día que un pobre se presentó ante su puerta, mandó que le dieran el único pan que quedaba; mas como su mujer no quiso hacerlo, por temor a caer en extrema necesidad, Dios proveyó en el caso, pues a la hora de la comida le llegaron varias barcas cargadas de trigo, y le dijeron, al mismo tiempo, que otra, también cargada, se había perdido. Esto le dio ocasión para decir a su esposa que hubiera debido confiar más en Dios, pues por no haber querido dar un pan, Dios les había hecho perder aquella barca llena de trigo.
MF 137,2,2
¿Amáis así vosotros a los pobres? Dios os pide, no que les deis la limosna corporal, sino la espiritual, que es tanto más importante cuanto que la vida del cuerpo no es nada en comparación con la del alma, que es inmortal.
MF 137,3,1
Punto III.
Este santo no se contentó con esa caridad hacia los pobres, aunque poco común. La llevó, incluso, hasta el exceso, como se ve en un ejemplo relatado por san Gregorio Magno.
Una madre se hallaba desolada porque los vándalos habían tomado prisionero a su hijo, y el yerno del rey lo había hecho su esclavo; no halló otro remedio a su pena que recurrir a san Paulino, quien no teniendo nada que darle, se entregó él mismo de buena gana como esclavo en lugar del hijo de aquella viuda, para liberarlo.
Dios bendijo tanto aquella caridad sin parangón, que algún tiempo después fue devuelto con honor a su obispado, acompañado de todos los cautivos de su diócesis, que le fueron entregados y puestos en libertad.
MF 137,3,2
Vosotros os habéis comprometido con Dios en lugar de aquellos a quienes instruís; y al encargaros del cuidado de sus almas, le habéis ofrecido, en cierto
modo, alma por alma 1.
¿Habéis pensado alguna vez en el compromiso que habéis contraído al encargaros de aquellos que Dios os encomienda, para corresponder a él? ¿Tenéis tanto cuidado de su salvación como de la propia vuestra? Para procurársela, no sólo debéis poner en ello todo vuestro empeño, sino dedicar toda vuestra vida y toda vuestra persona.
MF 137,3,2: 1 Ex 21,23.
MF 138
Para la fiesta de la Natividad de san Juan Bautista
MF 138,1,1 Punto I.
San Juan tiene el singular privilegio de que se venere en la Iglesia su nacimiento, como se venera también el de Jesucristo, pues, dice san Bernardo, fue santo ya desde su nacimiento, por haber sido santificado en el seno de su madre por el mismo Jesucristo, cuando la Santísima Virgen fue a visitar a santa Isabel 1.
Como pertenecía muy de cerca a Jesucristo, por haber sido escogido por el Padre Eterno para que fuera su precursor 2, era muy conveniente que fuera elevado en gracia por encima de los demás hombres, y que su santidad se mostrase desde su nacimiento. Por eso dijo Jesucristo que entre todos los hombres, no ha habido nadie mayor que san Juan Bautista 3.
MF 138,1,2
Honremos con la Iglesia el nacimiento de san Juan, como la fuente de su santidad y de la santificación de muchos. Y puesto que no hemos nacido santos, pidamos que el segundo nacimiento, que hemos recibido al retirarnos del mundo, sea para nosotros el principio de nuestra santificación; y para decirlo con san León, que no recaigamos en la bajeza de nuestro primer nacimiento, por un comportamiento poco conforme al estado que hemos abrazado.
MF 138,2,1
Punto II.
San Juan fue también santo por la vida que llevó. Apenas supo andar se fue al desierto 4 para vivir apartado de toda relación; y por santos que fueran sus padres y por muy desprendidos que estuviesen del mundo, su piedad no le parecía modelo adecuado de la que Dios exigía de él.
Era necesario que fuera a aprender del mismo Dios, en el retiro y en el ejercicio de la oración, cuál debería ser su forma de vida, y que practicara austeridades de todo punto extraordinarias, sustentándose sólo con langostas y miel silvestre 5 para lograr la santidad a que Dios le llamaba.
MF 138,2,2
De ese modo se dispuso a predicar la penitencia 6. El medio infalible para predicarla con eficacia es practicarla.
La Iglesia, en su oficio, da además otra razón del retiro y de la mortificación de este santo, y es el temor a mancillar su alma con el más leve pecado.
Esas son también las dos razones que deben impulsaros a vivir alejados del mundo y a observar comportamiento prudente y regular.
MF 138,3,1
Punto III.
Con su vida penitente en el desierto, hasta los treinta años, se puso san Juan en condiciones de predicar santamente. Entonces, dice el Evangelio, puso el Señor su palabra en su boca, y de inmediato recorrió todo el país del otro lado del Jordán, predicando la penitencia para la remisión de los pecados. Todo el pueblo acudía a él; incluso los publicanos y los soldados 7, y a todos les decía lo que tenían que hacer para salvarse 8.
Muchos de los que acudían a él seguían sus consejos y se convertían a Dios. El ejemplo de su vida retirada y austera ganaba fácilmente los corazones y los movía a hacer penitencia por sus pecados.
MF 138,3,2
Tenéis la obligación, por vuestro estado, de anunciar todos los días las verdades del Evangelio. Antes de enseñarlas a los demás, practicad las que son habituales de todos los cristianos. Si no tenéis la gracia de ser precursores de Jesucristo, como san Juan, sí tenéis la de ser sucesores suyos en el ministerio.
Pero tened la seguridad de que no la haréis eficaz para los otros sino en la
medida en que produzca su efecto en vosotros. Procurad que sea así, y sin demora.
MF 138,1,1: 1 Lc 39-44. – 2 Lc 1,17. – 3 Mt 11,11. – MF 138,2,1: 4 Lc 1,80. – 5 Mc 1,6. – MF 138,2,2: 6 Mc 1,4. – MF 138,3,1: 7 Lc 3,2-3. – 8 Cf. Lc 3,10-14.
MF 139
Para la fiesta de san Pedro
29 de junio
MF 139,1,1
Punto I.
No hay que extrañarse de que san Pedro fuera tan querido por Jesús ni de que fuera establecido por Él mismo cabeza de su Iglesia 1: fue su sólida fe la que le mereció tal honor. También fue ella la que le movió a renunciar a todas las cosas para seguir a Jesucristo y unirse plenamente a Él 2.
Es verdad, dice san Jerónimo, que san Pedro dejó pocas cosas, si se considera lo que poseía, pues sólo dejó una barca y las redes. Pero si se atiende a que renunció al mismo tiempo al deseo de poseer, dejó mucho, dice el santo, porque renunció a lo que goza de mayor estima en el mundo y lo que es más capaz de atraer y ocupar el corazón de los hombres.
MF 139,1,2
La fe de que entonces estaba penetrado le impulsó a realizar aquella generosa acción; pues Jesucristo era un hombre corriente, a los ojos del mundo y, por entonces, sin brillo; y sólo la fe viva podía ser capaz de mover a dejarlo todo para seguirlo, ya que según todas las apariencias, nada se podía esperar de Él. ¿Habéis renunciado realmente a todo, de corazón y de afecto, y os habéis puesto bajo la sola protección de Dios y con total abandono a su providencia?
Haced este acto generoso, a imitación y por intercesión de san Pedro.
MF 139,2,1
Punto II.
La gran fe de este santo apóstol le impulsó a seguir siempre a Jesucristo, y, de los tres que lo acompañaron en las principales acciones de su vida, es el que aparece nombrado en primer lugar por el santo Evangelio 3. Fue también el primero de los apóstoles que fue al sepulcro para buscar allí el cuerpo de su querido maestro 4, lo que prueba el sumo afecto que sentía por Él.
Su fe resplandeció incluso con tanta fuerza por encima de la de los demás apóstoles, que cuando Jesucristo les interrogó, para saber por ellos lo que los hombres pensaban de Él, y luego les preguntó qué pensaban ellos mismos, san Pedro, iluminado como estaba, según el testimonio de Jesucristo, con luz incomprensible al espíritu humano y que sólo podía venirle del cielo, respondió: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo 5; por lo cual le encomendó Jesucristo el cuidado de su Iglesia.
MF 139,2,2
Persuadíos de que no contribuiréis al bien de la Iglesia en vuestro ministerio, sino en la medida en que poseáis la plenitud de la fe y os guiéis por el espíritu de fe, que es el espíritu de vuestro estado, y del que debéis estar
MF 139,3,1
Punto III.
También por efecto de su fe extraordinaria, tan pronto como todos los demás apóstoles recibieron el Espíritu Santo el día de Pentecostés, predicó san Pedro con tanta energía y con tanto vigor, que la multitud innumerable que estaba presente, de todas las naciones, y en la que cada uno le oía hablar en su lengua 6, quedara tan sorprendida de lo que les decía, aunque en términos muy sencillos, que tres mil se convirtieron allí mismo 7 y abrazaron la fe de Jesucristo, y cinco mil 8 pocos días más tarde.
Igualmente, fue esta fe de san Pedro la causa de que obrara numerosos milagros, que su palabra fuera eficaz y que incluso su sombra curase a los enfermos 9.
MF 139,3,2
¿Poseéis vosotros tal fe que sea capaz de mover el corazón de vuestros alumnos e inspirarles el espíritu cristiano?
Ése es el mayor milagro que podéis realizar y el que Dios os exige, puesto que es el fin de vuestro empleo.
MF 139,1,1: 1 Mt 16,15-19. – 2 Mt 19,27. – MF 139,2,1:
3Mt 17,1; Mc 9,2; 14,33; Lc 9,28; Mt
26,37. – 4 Lc 24,12; Jn 20,3-8. – 5 Mt 16,16. – MF 139,3,1: 6 Hch 2,5-7. 7 Hch 2,41. – 8 Hch 4,4. – 9 Hch 5,15.
MF 140
Sobre san Pablo
30 de junio; nuevo calendario, 29 de junio
MF 140,1,1
Punto I.
Lo más admirable en san Pablo es el ardor y la amplitud de su celo. Primero lo demostró en la defensa de la fe de Moisés, en la que había sido muy bien instruido 1.
Como era persona muy perspicaz, al ver que la religión cristiana comenzaba a extenderse por Judea por la predicación de los apóstoles, no hubo medio que no empleara para oponerse a ella y destruirla.
También, como efecto de tal celo, contribuyó a lapidar a san Esteban 2, a pesar de ser pariente suyo; y, después de haber hecho todo lo que pudo contra los fieles de Jerusalén, se arregló para obtener cartas para ir a perseguir a los de la ciudad de Damasco 3.
El celo de la ley de Dios era lo que le impulsaba a emprender todos aquellos viajes y todas aquellas persecuciones contra los cristianos 4. Pero hacía todo esto por ignorancia 5, como dice él mismo; por lo cual Dios no lo dejó en el error y lo iluminó de forma realmente milagrosa.
MF 140,1,2
Vosotros tenéis la suerte de conocer la verdad, y la dicha de haber nacido y haber sido educados en la religión cristiana; es necesario que pongáis vuestro primer empeño en defenderla. ¿Ponéis tanto celo en ello como el que tenía san Pablo en conservar la ley de los judíos?
Contáis con un medio fácil a través de la instrucción de los niños, enseñándoles las verdades y las santas máximas del Evangelio, y oponiéndoos firmemente a
cuanto pudiera inspirarles en contra el espíritu de libertinaje.
MF 140,2,1
Punto II.
Una vez que Jesucristo, por sí mismo, convirtió a san Pablo y le enseñó su religión, sin ayuda de hombre alguno [1], el santo la predicó luego con tanto celo y con tal éxito, que, como dice él mismo, trabajó más que todos los demás apóstoles por la propagación de la fe en Jesucristo 7.
Su único afán era procurar la conversión de las almas, y particularmente de los gentiles, de quienes Dios, dice, por su poder, le constituyó apóstol 8.
También logró frutos notables en muchas provincias, por la predicación y por los prodigios y milagros de toda especie que obraba para el establecimiento del cristianismo. Por lo cual, en cierta ocasión, quisieron ofrecerle sacrificios como a un dios que hubiera descendido del cielo y tomado forma humana 9.
De hecho, llevaba vida más celestial que humana, no pensando sino en ganar almas para Dios, instruyéndolas, sosteniéndolas y consolándolas.
MF 140,2,2
Ha sido Dios quien, con su poder y por bondad muy particular, os llamó para llevar el conocimiento del Evangelio a los que aún no lo han recibido. Consideraos, pues, como los ministros de Dios y cumplid las obligaciones de vuestro empleo con todo el celo posible y como quien ha de darle cuenta de ello.
MF 140,3,1
Punto III.
No puede ser el celo más seguro y sólido que cuando se mantiene en medio de los más duros sufrimientos y de las más recias persecuciones. Y fue así como se puso a prueba el de san Pablo:
Fue varias veces encarcelado; recibió muchas heridas; a menudo, reducido casi a la muerte, por los golpes que le dieron; cinco veces fue cruelmente azotado; tres veces azotado con varas y una vez lapidado; tres veces naufragó y pasó un día y una noche en los abismos del mar; se vio en peligro de caer en mano de ladrones; los de su nación le tendieron asechanzas, igual que los gentiles; soportó aflicciones y dolor, largas vigilias, hambre, sed y frío 10; y en medio de todas estas dificultades su celo nunca disminuyó 11.
MF 140,3,2
Vosotros necesitáis mucho celo en vuestro ministerio. Imitad el de este santo apóstol de tal modo que ni los ultrajes, ni las injurias, ni las calumnias, ni las persecuciones, sean cuales fueren, puedan menguarlo en nada ni arrancaros de la boca queja alguna, considerándoos muy dichosos de sufrir por Jesucristo 12.
MF 140,1,1: 1 Hch 22,3. – 2 Hch 7,58. – 3 Hch 9,1-2. – Hch 26,11. – 5 1Tm 1,13. – MF 140,2,1:
Para la fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen
2 de julio; nuevo calendario, 31 de mayo
MF 141,1,1
Punto I.
Admiremos la presteza de la Santísima Virgen en ir a visitar a santa Isabel en cuanto conoció la voluntad de Dios. Emprendió este viaje sin demora, a pesar de lo difícil del camino, lleno de montañas 1, teniendo sólo en vista cumplir lo que Dios quería de ella; y eso era lo que tomaba más a pechos.
Esta prontitud atrajo sobre ella las bendiciones de Dios en esta visita, y fue causa de que Dios obrase por su medio grandes prodigios.
MF 141,1,2
Debe uno considerarse dichoso cuando Dios lo visita con sus inspiraciones. Seamos fieles a ellas, pues de ordinario Dios une a esta fidelidad numerosas gracias, que otorga sólo en la medida en que se cumple lo que Él manifiesta desear de aquellos a quienes se las da. Dios no nos envía sus santas inspiraciones sino para disponernos a llevarlas a la práctica, con la mira de cumplir exactamente su santa voluntad.
MF 141,2,1
Punto II.
Dios urgía a la Santísima Virgen a que fuese a visitar a santa Isabel, porque quería santificar a Juan Bautista, por la presencia de Jesucristo, su Hijo, y librarlo del pecado original cuando estaba todavía en el seno de santa Isabel, su madre.
Como san Juan debía ser el precursor de Jesús, era muy conveniente que fuera santificado con antelación, por gracia particular de Jesucristo, que había de ser el salvador de todos 2, y cuya venida tenía él que anunciar.
MF 141,2,2
Con este propósito inspiró Dios a la Santísima Virgen, tan pronto como hubo concebido, que fuera con prontitud a visitar a su prima, para que Jesucristo diera a conocer su venida a san Juan, y para que de ese modo obrara su primer milagro en provecho de su precursor, cuando aún estaba encerrado en el seno de María, y que san Juan honrara a Jesús saltando de júbilo 3 por la presencia de su salvador.
Roguemos a Jesús que se digne visitarnos y que haga en favor nuestro algún milagro de la gracia, impulsándonos a hacernos intensa violencia para practicar alguna virtud hacia la cual sentimos mucha repugnancia.
MF 141,3,1
Punto III.
Dios, en esta visita, no se contentó con otorgar una gracia extraordinaria a san Juan, en virtud de la presencia de Jesús, su Hijo único. Quiso, además, mediante la presencia de la Santísima Virgen, comunicarse a santa Isabel de tal modo, que de inmediato fue henchida del Espíritu Santo 4, y supo que María era la Madre de Dios 5. Todo lo cual le permitió comprender cuán grande era la dicha que disfrutaba, y cuánta razón tenía para sorprenderse de que la madre de su Señor fuera a visitarla 6.
MF 141,3,2
Admirad cuán beneficiosa fue la visita de la Santísima Virgen para san Juan y para santa Isabel. Y puesto que tenéis el honor de ser visitados por Dios todos los días en la oración, y a menudo por Jesús en la sagrada comunión, procurad que sus visitas no os resulten inútiles; y que una y otra os obtengan tal abundancia de gracias, que os permitan adquirir siempre algunas virtudes y a tender de manera especial a la perfección.
Y no dejéis de examinar, de vez en cuando, cuál es el fruto que habéis sacado de ellas.
MF 141,1,1: 1 Lc 1,39-40. – MF 141,2,1: 2 1Tm 4,10. – MF 141,2,2: 3 Lc 1,44. – MF 141,3,1: 4 Lc 1,41. – 5 Lc 1,42. – 6 Lc 1,43.
Sobre san Buenaventura
14 de julio; nuevo calendario, 15 de julio
MF 142,1,1
Punto I.
Tuvo este santo tan vivo amor a la pobreza que, para dar a conocer la excelencia de esta virtud, compuso un libro que tituló Apología de los pobres. En él muestra que la pobreza voluntaria es el fundamento de la perfección evangélica, pues mediante la renuncia a todas las cosas y al deseo de poseer, lo cual se denomina pobreza de espíritu, se corta y arranca la raíz de todos los males, que es la concupiscencia 1, dice san Pablo.
MF 142,1,2
Por lo cual, dice san Buenaventura, cuando Jesucristo quiso llevar a sus discípulos a la perfección, comenzó dándoles a conocer la dicha de que gozan los verdaderos pobres de espíritu 2, y después los instó a practicar la pobreza, diciéndoles que si querían ser perfectos, era necesario que vendieran cuanto poseían, y que lo diesen a los pobres 3.
San Buenaventura, en este libro, no enseñó sino lo que él mismo practicó; así, al hacerse religioso, escogió la orden más pobre de la Iglesia.
Penetrémonos de los sentimientos de este santo doctor e imitemos sus ejemplos.
MF 142,2,1
Punto II.
Poca estima merece la pobreza que no va acompañada de la humildad. Por eso, san Buenaventura se aplicó particularmente a esta virtud.
En cuanto ingresó en el noviciado su mayor placer consistía en barrer la casa, lavar los platos y dedicarse a los más bajos empleos del monasterio.
Fue esta virtud la que le movió a rehusar el arzobispado de York, en Inglaterra, y la que hizo necesario que el papa lo obligase, por mandato expreso, a aceptar el cargo de ministro general de su orden.
En esta función, aunque muy elevada, se condujo con sencillez tan grande que no se distinguía en nada de los demás religiosos; y que incluso, cuando fue creado cardenal, siguió viviendo sin ostentación y practicando la humildad religiosa. Dios le recompensó, además, con las luces del Espíritu Santo, de las que fue favorecido de manera singular.
MF 142,2,2
Cuanto más humildes seáis, más colmados de gracias estaréis. Esta es virtud de la que tenéis mucha necesidad en vuestro estado.
MF 142,3,1
Punto III.
Lo que más acredita al religioso es la plena exactitud a la regularidad. Este santo la observó por encima de todo.
Compuso, incluso, libros referentes a las observancias regulares, en los cuales quiere que se tenga en cuenta hasta la última minucia, y que no se omita ninguna de ellas. Añade, además, que estas cosas parecen pequeñas y hasta bagatelas a quienes desconocen lo que es la vida religiosa; en donde, sin embargo, no hay nada pequeño, si se mira con los ojos de la fe cuanto en ella se practica.
MF 142,3,2
¿Miráis vosotros así vuestras santas observancias? Cuanto más os apliquéis a lo que en vuestra Regla parece menos importante a los ojos de los hombres, tanto mayores consuelos encontraréis en vuestro estado y más amor a lo que en él está prescrito. Con cuanta mayor sencillez os conduzcáis en lo que se observa, más fácil os resultará su práctica.
MF 142,1,1: 1 1Tm 6,10. – MF 142,1,2: 2 Mt 5,3. 3 Mt 19,21.
MF 143
Sobre san Alejo
17 de julio; en el nuevo calendario no figura
MF 143,1,1
Punto I.
El divorcio que mantuvo san Alejo con el mundo y con los placeres de la carne es de todo punto extraordinario.
Contra su inclinación contrajo matrimonio, sólo por pura sumisión al deseo de sus padres, que le obligaron a ello porque era hijo único. Pero arrepentido de ello, el mismo día de su matrimonio, movido por fuerte impulso de la gracia, abandonó en secreto la casa paterna y se marchó a una región muy alejada, donde permaneció desconocido durante diecisiete años, dedicándose de continuo a la oración y viviendo de forma muy austera.
Hubiera permanecido allí para siempre si la fama de su santa vida no lo hubiese dado a conocer, lo cual le forzó a abandonar el lugar donde moraba.
MF 143,1,2
Vosotros, que habéis abandonado el mundo, ¿habéis renunciado a él con tanta decisión como san Alejo? ¿Fue entonces vuestra intención, y sigue siéndolo al presente, no volver a tener nunca trato con el mundo y vivir en él totalmente desconocidos? Si es así, estaréis en disposición de trabajar útilmente en vuestro empleo.
MF 143,2,1
Punto II.
Este santo no se contentó con ser desconocido para el mundo, sino que quiso vivir como pobre; y después de haber dado a los pobres cuanto poseía, vistió ropas de pobre y decidió pasar el resto de su vida practicando pobreza voluntaria; y fue ésta tan admirable, que vuelto a casa de sus padres, siguió viviendo como pobre entre las riquezas, y fue considerado como mendigo en medio de los bienes de que era dueño.
Eso es comportarse como hizo Jesucristo cuando estuvo en la tierra; pues aunque le perteneciera cuanto en ella había, permaneció, con todo, como extraño y como pobre que vivía de limosna, sin haber querido nunca poseer nada que pareciera ser suyo.
MF 143,2,2
Ya que tenéis la suerte de estar empleados particularmente en instruir a los pobres, debéis tenerlos, según el espíritu de vuestro Instituto, en mucha mayor consideración que a los ricos. Además, para tener cierta conformidad con ellos, tenéis que vivir como pobres, y desprendidos de todas las cosas. Tened, pues, tanto amor a la pobreza, como las gentes del mundo tienen a las riquezas.
MF 143,3,1
Punto III.
Este santo no amó menos el desprecio que la pobreza. Vuelto a Roma y habiendo rogado a su padre, que no lo conoció, que lo admitiese en su casa como un pobre, permaneció en ella diecisiete años, siempre oculto, encubierto, viviendo de las sobras que le daban por caridad, y abandonado de todos.
Los sirvientes de la casa lo despreciaban y a veces se reían de él, por su pobreza y por la miseria que mostraba en su exterior. En medio de los desprecios y de los oprobios, se alegraba de ser humillado en este mundo, por amor de
Jesucristo.
¡Cómo pudo vivir tanto tiempo en casa del propio padre, en pobreza y humillación, sin querer darse a conocer! ¡Y, en aquel estado, haberse mostrado siempre contento, sin manifestar externamente el mínimo disgusto!
¡Ah!, ¡cuán humilde hay que ser y cómo hay que amar los desprecios para poder soportar constantemente tal carga de mortificación!
MF 143,3,2
Vosotros ejercéis un empleo que no es honroso más que ante Dios, porque sirve para extender su Reino. ¿Recibís con alegría los desprecios que os vienen de
los hombres? Ya que el Reino del Dios a quien servís y en quien esperáis, no es de este mundo 1.
MF 143,3,2: 1 Jn 18,36.
MF 144 Meditación sobre santa María Magdalena
MF 144,1,1 Punto I.
Nunca se admirará bastante el tierno amor que santa María Magdalena tuvo a Jesucristo, atraída al ver sus milagros y por sus predicaciones, en extremo conmovedoras. Abandonó el mundo, en el que vivía enredada, y se entregó plenamente a Jesucristo.
Nada la retuvo: ni el respeto humano, que le podría haber dado ocasión de sospechar lo que daría que hablar tal cambio; ni el apego a los placeres y comodidades de la vida; ni el pundonor, ya que Jesucristo no era apenas seguido sino por personas de la hez del pueblo.
Se decididó tan firmemente a seguirlo, que al mismo tiempo renunció a todas las cosas por amor suyo, sin miramiento alguno por todas aquellas consideraciones humanas.
MF 144,1,2
Vosotros, que os habéis retirado del mundo, ¿habéis renunciado a él de tal manera que no pensáis en absoluto en él? ¿Estáis plenamente hastiados de cuanto complace a la gente que vive en el siglo y no estáis ya apegados a nada?
MF 144,2,1
Punto II.
El amor que sintió por Jesucristo había penetrado de tal modo su corazón, que desde el momento en que se convirtió determinó no abandonarlo nunca.
Fue una de las santas mujeres que lo seguían por doquier en sus viajes y se ocupaban de su sustento y el de sus discípulos 1.
En un festín en que se hallaba Jesús, en Betania, poco antes de su muerte, derramó sobre sus pies un ungüento oloroso 2, y lo acompañó, después, hasta en el Calvario, donde lo vio morir 3, para atestiguar que amaba tanto a Jesucristo que no podía separarse de Él.
MF 144,2,2
¿Sois fieles en seguir así a Jesucristo, tanto cuando os hace padecer como cuando os colma de bendiciones? ¡Ay!, ¿no mostráis resentimiento en cuanto os dicen una palabra que os molesta o ante alguna reprensión? En tales ocasiones es cuando debéis testimoniar que seguís a Jesucristo y que sois uno de sus discípulos.
MF 144,3,1
Punto III.
Cuando el amor es ardiente, es más fuerte que la muerte misma 4. Eso se mostró en el de santa Magdalena, que fue tan vivo, que desde que Jesucristo fue enterrado, se mantuvo cercana al sepulcro 5; y habiendo comprado ungüentos en abundancia para embalsamar el cuerpo de Jesús, se dirigió a él muy temprano, el día de la resurrección, con otras santas mujeres 6; al ver que la piedra que lo cubría había sido removida, corrió a decir a san Pedro y a san Juan que se habían llevado a su Señor 7; y como lo amaba con ternura, permaneció muy próxima al sepulcro, llorando y mirando por todas partes 8, hasta que vio a dos ángeles que le aseguraron que Jesucristo había resucitado 9.
MF 144,3,2
Por la constancia que manifestó esta santa junto al sepulcro de Jesucristo, mereció ser la primera a quien se apareció después de su resurrección 10; y después de consolarla, le mandó que fuera a anunciar a sus apóstoles que había resucitado, lo que hizo de inmediato 11.
Por las delicadezas que tuvo con santa María Magdalena, Jesucristo dio a entender claramente qué bondad tiene Dios con aquellos que lo aman, y con cuánto afecto recompensa, ya en esta vida, el amor que se le tiene.
Vosotros debéis manifestar el vivo amor que sentís por Jesús, siendo asiduos a conversar con Él en la oración, y resolviéndoos a recibirlo en la Eucaristía lo más a menudo que os sea posible.
MF 144,2,1: 1 Lc 8,2-3. – 2 Lc 7,37; Jn 12,3. – 3 Jn 19,25. – MF 144,3,1: 4 Ct 8,6. – 5 Mt 27,61. –
6 Mc 16,1-2; Lc 24,1. – 7 Jn 20,1-2. – 8 Jn 20,11-12. – 9 Lc 24,4-6; Jn 20,12. – MF 144,3,2: 10 Mc 16,9. – 11 Jn 20,17-18.
MF 145
Para la fiesta de Santiago el Mayor
25 de julio
MF 145,1,1
Punto I.
Aunque todos los apóstoles fueron muy amados de Jesucristo, por ser sus queridos discípulos, a quienes confió sus misterios 1, Santiago fue uno de los predilectos, y a quien comunicó más abiertamente sus secretos.
Tuvo la dicha de estar presente en la transfiguración de Jesucristo y contemplar su cuerpo glorificado, aunque con gloria pasajera, lo cual no fue otorgado más que a su hermano san Juan y a san Pedro 2.
También tuvo el privilegio de acompañar a Jesucristo en el Huerto de Getsemaní 3, donde fue entregado por Judas a los judíos, que se apoderaron de su persona 4.
MF 145,1,2
¿Estáis tan contentos de seguir a Jesús en el Calvario como en el Tabor? Incluso la mayoría de quienes parece que se entregan a Dios, anhelan participar de los consuelos de Jesucristo, pero muy pocos se alegran de participar en sus sufrimientos. Con todo, a ello nos exhorta san Pedro: Alegraos, dice, cuando participéis en los sufrimientos de Jesucristo; sea ése el principal motivo de vuestro gozo 5.
MF 145,2,1
Punto II.
Santiago, que tan especialmente fue amado por Jesucristo, también fue uno de los más considerados por los apóstoles. San Pablo, en una de sus epístolas, testifica que Santiago era considerado como una de las columnas de la Iglesia 6.
Si san Pablo, elegido de forma milagrosa e iluminado por Jesucristo, tuvo por Santiago tan alta estima y tan profundo respeto, justo es que vosotros lo honréis de modo especial, como a uno de los apóstoles más esclarecidos en las verdades de nuestra santa religión.
MF 145,2,2
Y puesto que debéis instruir a los niños que tenéis bajo vuestra tutela, pedid, por intercesión de este santo apóstol, la gracia de conocerlas debidamente.
MF 145,3,1
Punto III.
Santiago fue también uno de los más celosos en el progreso y en la defensa de la religión cristiana, como lo prueba el que Herodes, considerando complacer a los judíos, mandó decapitarlo; lo cual fue efectivamente motivo de alegría para los judíos 7, que temían que el establecimiento de la religión cristiana contribuyese en gran manera a destruir la suya. Se cree que fue el primer apóstol que derramó su sangre por la fe de Jesucristo.
MF 145,3,2 Vosotros habéis sido puestos por Dios para
suceder a los santos apóstoles en la exposición de la
doctrina de Jesucristo y en el afianzamiento de su santa
ley en la mente y en el corazón de aquellos a los que
enseñáis, cuando dais el catecismo, que es vuestra
principal función.
Consideraos muy dichosos y bien recompensados cuando os llenen de oprobios y cuando soportéis todo tipo de ultrajes por amor de Jesucristo 8. Si los libertinos se complacen en causaros sufrimientos, sea también para vosotros honda satisfacción el soportarlos, puesto que ellos contribuyen a haceros morir a vosotros mismos.
MF 145,1,1: 1 Mc 4,11. – 2 Mt 17,1-2; Mc 9,2-3; Lc 9,28-29. – 3 Mt 26,37; Mc 14,33. – 4 Jn 18,2-12. – MF 145,1,2: 5 1P 4,13. – MF 145,2,1: 6 Ga 2,9. – MF 145,3,1: 7 Hch 12,2-3. – MF 145,3,2: 8 Hch 5,41.
MF 146
Sobre santa Ana, madre de la Santísima Virgen
26 de julio
MF 146,1,1
Punto I.
Santa Ana, casada con san Joaquín, permaneció estéril durante veinte años, porque, según atestigua san Juan Damasceno, Dios quería con ello darle a entender que el hijo que habría de dar a luz sería un don de la gracia.
Además, ocupó esos veinte años en todo tipo de ejercicios de piedad, y haciendo muchas limosnas a los pobres, según sus posibilidades, para no añadir la esterilidad del alma a la del cuerpo; pues ése es el cuidado del alma que desea atraer sobre sí abundancia de gracias.
MF 146,1,2
Cuidad de no caer en esterilidad tal que os quite el gusto de la oración y el gusto de Dios. Procurad que vuestros días sean llenos 1, como se dice en la Escritura, por la práctica de buenas obras, conformes a lo que Dios exige de vosotros en vuestra profesión. Ése será el medio de vivir contentos y de contentar a Dios.
MF 146,2,1
Punto II.
Santa Ana, que se aplicó intensamente a la oración durante el tiempo de su esterilidad, para obtener de Dios la gracia de verse libre de ella, mereció, por su asiduidad a la oración, traer al mundo a la Santísima Virgen, madre de Jesucristo Nuestro Señor.
Admiremos cuán alto honor le hizo Dios al elegirla como madre de tan santa y excelente hija, y para ser, por consiguiente, la primera que había de contribuir al sublime misterio de la Encarnación.
He ahí cuál fue el fruto de sus fervientes y constantes plegarias; por lo que san Juan Damasceno dice que igual que la antigua Ana engendró por sus oraciones a Samuel 2, del mismo modo, por su asiduidad a la oración, dio a luz santa Ana a la Santísima Virgen.
MF 146,2,2
Dios, que os ha escogido para que le deis a conocer, quiere también, por decirlo así, que engendréis, en los corazones de aquellos a quienes instruís, a la Santísima Virgen, su madre, inspirándoles tierna devoción hacia ella.
Es preciso que tal fecundidad sea en vosotros fruto de vuestras fervientes oraciones, de vuestro amor hacia la Santísima Virgen y del celo que pongáis en vuestras instrucciones para infundirles su amor.
MF 146,3,1
Punto III.
Santa Ana, después de haber dado al mundo a la Santísima Virgen, la ofreció a Dios como algo que le era debido, ya que provenía de Él y que había nacido para pertenecer de cerca al Hijo de Dios, puesto que debía ser su madre. Rectamente entendió que, habiendo sido honrada con tan sublime beneficio, debía manifestar a Dios su gratitud, ofreciéndole lo que de Él había recibido. También se ofreció a Dios ella misma, y le consagró el resto de sus días. Al haberla preferido Dios a todas las mujeres del mundo para engendrar a la más santa y pura de todas las criaturas, era muy justo que, después de haber ofrecido su santísima hija a Dios, se consagrara también ella misma a Él, para no dedicarse sino a lo que miraba a su servicio.
MF 146,3,2
Vosotros recibisteis de Dios especiales gracias cuando os retiró del mundo y os llamó a un ministerio que mira sólo a la salvación de las almas. ¿Os habéis consagrado a Dios de tal forma que hayáis renunciado a todo, para no pensar más que en Él y en los deberes de vuestro empleo? Hacedlo, al menos, desde este momento, para disponeros a ejercer bien tan santo ministerio.
MF 146,1,2: 1 Gn 25,8. – MF 146,2,1: 2 1S 1,20.
Sobre santa Marta
MF 147,1,1 Punto I.
Santa Marta tuvo el privilegio de ser muy amada por Jesús, como lo testifica el Evangelio. Y por eso le hizo Jesús el honor de alojarse y comer varias veces en su casa. Éste fue también el motivo que impulsó a Jesús a ir al encuentro de Marta, aunque estaba muy lejos, para resucitar a su hermano Lázaro 1.
No se puede imaginar cuánto provecho sacó esta santa de las frecuentes visitas de Jesús. Puede decirse que, después de la Santísima Virgen, fue santa Marta una de las personas más honradas por Jesucristo durante su vida, pues con frecuencia recibió en su casa al mismo Hijo de Dios 2 que la Virgen santa había llevado en su seno; y que alimentó con sus bienes al que María había alimentado con su leche.
MF 147,1,2
Vosotros podéis disfrutar de mayor honor que el de esta santa, tantas veces como queráis, recibiendo a Jesucristo dentro de vosotros en la sagrada comunión. Purificad vuestro corazón para disponeros a recibirlo con frecuencia y aprovechar de tan considerable favor.
MF 147,2,1
Punto II.
Esta santa mostró mucha gratitud por tantas finezas, y cada vez que Jesús le hizo la merced de visitarla, se esmeró en prepararle la comida y servirlo con todo el afecto posible. Es más, la diligencia que ponía en prestar a Jesucristo este servicio era, incluso, tan grande, que en cierta ocasión se quejó de que su hermana, atenta a escuchar a Jesús, no se preocupaba de ayudarla 3, pues nada tomaba tan a pechos como tratar bien a Jesús.
Profesaba, además, tal estima y tan profundo respeto a Jesús, que cuando fue a resucitar a Lázaro, salió a su encuentro, a buena distancia, para recibirlo 4.
MF 147,2,2
¿Tenéis tanto ardor por comulgar como el que tenía santa Marta para recibir a Jesús en su casa y alimentarlo con sus bienes? El respeto que debéis manifestarle cuando entra en vosotros, consiste en no tolerar ninguna imperfección en vuestro corazón, y en ir a su encuentro preparando vuestra alma con especial devoción.
MF 147,3,1
Punto III.
Nada tan admirable como la fe que demostró santa Marta cuando Jesucristo resucitó a Lázaro. Dijo a Jesús que si hubiera estado en su casa cuando su hermano enfermó, éste no habría muerto; pero que sabía que Dios le concedería cuanto le pidiese; y que, por lo tanto, si quería resucitarlo, lo haría fácilmente.
Y cuando Jesús le dijo que su hermano resucitaría, ella confesó que era cierto que resucitaría en el momento de la resurrección general. Y al añadir Jesús que Él era la resurrección y la vida, y que quienes creyeran en Él vivirían y no morirían, y preguntarle si lo creía, respondió que sí, que creía que Él era el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que había venido a este mundo 5.
Esta respuesta, al ser la misma que la de san Pedro, que fue tan alabada por Jesucristo 6, merece especial veneración por la gran fe que en ella se advierte.
MF 147,3,2
Vuestra fe debe mostrarse particularmente en vuestras acciones, al realizarlas sólo por espíritu de fe, tal como estáis obligados, según el espíritu de vuestro Instituto.
MF 147,1,1: 1 Jn 11,18-23. – 2 Lc 10,38. – MF 147,2,1: 3 Lc 10,39-40. – 4 Jn 11,20. – MF 147,3,1: 5 Jn 11,21-27. – 6 Mt 16,16-17.
MF 148
Sobre san Ignacio
31 de julio
MF 148,1,1
Punto I.
San Ignacio, una vez que se convirtió a Dios, comenzó a llevar una vida muy retirada. Se alojó en Manresa, en un hospital, donde se ejercitó en la práctica de duras austeridades. Tomó por costumbre comer una vez al día, y únicamente pan que le daban de limosna, no beber más que agua y tomar la disciplina tres veces al día.
Lloraba de continuo sus pecados y permanecía arrodillado siete horas diarias. Así realizó este santo su noviciado en la vida espiritual. Pasó, incluso, siete días sin comer, orando sin cesar y sin interrupción para librarse de ciertas penas de espíritu.
MF 148,1,2
¿Fue por medio de las austeridades como comenzasteis vosotros a daros a Dios? Entonces, particularmente, es cuando se deben practicar, aunque sean necesarias durante toda la vida para mantenerse en la piedad. Con este objeto, realizad al menos una pequeña parte de las que este santo practicó con tanto fervor.
MF 148,2,1
Punto II.
Este santo tuvo tan ardiente celo de la salvación de las almas, que para trabajar en ella con mayor facilidad y eficacia, comenzó a estudiar a los treinta y tres años, alojándose en un hospital, pidiendo limosna durante todo ese tiempo y enseñando el catecismo a los niños y a los pobres.
Su celo fue, incluso, tan generoso, que viajó de París a Ruán para asistir a uno de sus compañeros, enfermo, que le había robado; y habiendo atisbado el momento en que cierto joven disoluto iba a satisfacer su pasión, se arrojó en un estanque helado, gritando que no saldría hasta que el joven renunciara a su mal propósito.
MF 148,2,2
Vuestro empleo sería poco útil si en él no tuvierais como fin la salvación de las almas.
¿Os impulsa vuestro celo por los pobres a buscar medios tan eficaces como los empleados por san Ignacio?
Cuanto más fervorosamente os apliquéis a la oración en bien de las almas que tenéis confiadas, tanta mayor facilidad os hará encontrar Dios para mover sus corazones.
MF 148,3,1
Punto III.
Como este santo trabajó por la gloria de Dios con tanta piedad, pobreza, humildad y celo, algunos se le juntaron, y bajo su dirección, trabajaron eficazmente por el bien de la Iglesia. Y habiendo progresado notablemente en la virtud, emitieron voto de renunciar a todos sus bienes, dedicarse exclusivamente a la conversión de las almas y a su adelanto espiritual, y de someterse plenamente al papa, a fin de realizar lo que juzgara más a propósito
para el bien espiritual del prójimo.
De ese modo comenzó a formar san Ignacio su Compañía, que de tanto provecho es para la Iglesia, habiéndose extendido por todos los países donde se practica la religión cristiana, y habiendo procurado su establecimiento en muchos lugares donde no se conocía a Dios.
MF 148,3,2 Puesto que el fin de vuestro Instituto es el
mismo que el del Instituto fundado por san Ignacio, que
es la salvación de las almas; y ya que Dios os ha llamado a educar a los niños en la piedad, lo cual también realizan los discípulos de este santo fundador, vivid con tanto desasimiento y tened tan vivo celo en procurar la gloria de Dios como lo tuvo este santo, y como lo tienen los de su Compañía, y produciréis copiosos frutos en aquellos que instruís.
MF 149
Para la fiesta de san Pedro ad Vincula 1 de agosto; en el nuevo calendario no figura
MF 149,1,1
Punto I.
Esta fiesta se instituyó para agradecer a Dios la gracia que hizo a la Iglesia al liberar a san Pedro de la prisión donde lo había hecho encerrar Herodes Agripa, con el propósito de darle muerte pocos días después 1; pues quería destruir la religión cristiana en sus comienzos, condenando a muerte a quien era su cabeza.
Este príncipe puso tanto cuidado en custodiar a san Pedro en la prisión, que lo había encomendado a dieciséis soldados, que se turnaban sucesivamente de cuatro en cuatro 2. ¿Pero qué puede temer aquel cuyo protector es Dios 3? Los reyes no tienen dominio sobre los hombres ni pueden atentar contra su vida sino en la medida en que Dios se lo permite 4.
MF 149,1,2
Así, como la Iglesia naciente necesitaba aún a san Pedro, no permaneció en poder de Herodes sino por muy pocos días, aunque Herodes, al parecer, había mandado encadenarlo y guardarlo con tanta seguridad 5; pues Dios quería valerse de él para sostener y fortificar a la Iglesia recientemente fundada. Adoremos el poder de Dios, que se burla cuando quiere del de los hombres 6, pues éstos no lo poseen sino en la medida en que los hace partícipes del suyo.
MF 149,2,1
Punto II.
Mientras san Pedro estuvo tan custodiado en la cárcel, la Iglesia no cesó de elevar oraciones a Dios por él, que fueron, en fin, atendidas. Pues precisamente la noche anterior al día fijado por Herodes para enviar a san Pedro al suplicio, cuando dormía el santo apóstol entre dos soldados, atado con dos cadenas, y con guardias vigilantes ante la puerta de la prisión, de repente se presentó un ángel que inundó de luz el lugar, y tocando a san Pedro, lo despertó y le dijo que se levantase rápidamente. Y, al momento, las cadenas de sus manos cayeron. El ángel condujo a san Pedro, a través de la primera y de la segunda guardia, y por la puerta de hierro, que se abrió por sí misma, hasta el final deuna calle, donde el ángel lo dejó.
Entonces, san Pedro, que había considerado lo que le pasaba como una visión o como un sueño, reconoció que realmente Dios había enviado a su ángel para librarlo de las manos de Herodes y de la expectación del pueblo judío 7.
MF 149,2,2
Agradezcamos a Dios, con la Iglesia, el haber librado así a san Pedro, para darle ocasión de predicar el Evangelio y de acrecentar el rebaño de Jesucristo 8.
MF 149,3,1
Punto III.
Habiéndose dirigido san Pedro a una casa donde algunos estaban reunidos y en oración, les contó cómo lo había sacado Dios de la prisión 9; por lo cual todos agradecieron a Dios la bondad que había tenido para con él.
Las cadenas con que estuvo atado san Pedro se han conservado siempre en la Iglesia con suma veneración, cual preciosa reliquia, y han obrado muchos milagros.
MF 149,3,2
Pero el mayor milagro que deben operar en nuestros corazones es el amor a los
sufrimientos y a los oprobios; pues no podemos ir al cielo sino por el camino de las tribulaciones 10. Debemos gloriarnos, dice san Pablo, en la cruz de Jesucristo 11; es decir, en aquella que Jesucristo santificó al llevarla, y que es nuestra vida y salvación, porque es su manantial.
Al tributar honor, con toda la Iglesia, a las cadenas de san Pedro, honremos también aquéllas con que Dios nos ha cargado; y pidámosle que, igual que las dos cadenas de este santo apóstol se unieron milagrosamente, se unan las nuestras de tal modo a las suyas, por medio de la gracia, que participemos del deseo que él sintió de sufrir por Jesucristo.
MF 149,1,1: 1 Hch 12,3. – 2 Hch 12,4. – 3 Sal 27,1. – 4 Jn 19,11. – MF 149,1,2: 5 Hch 12,6. – 6 Sal 2,4. – MF 149,2,1: 7 Hch 12,5-11. – MF 149,2,2: 8 Cf. Jn 21,15-17. – MF 149,3,1: 9 Cf. Hch 12,12-17. – MF 149,3,2: 10 Hch 14,22. – 11 Ga 6,14.
MF 150
Sobre santo Domingo
4 de agosto; nuevo calendario, 8 de agosto
MF 150,1,1
Punto I.
Aun siendo joven, santo Domingo alcanzó tal perfección, que su obispo, que se proponía reformar el propio cabildo y hacerlo observante, le nombró canónigo y luego arcediano. En ambos cargos llevó vida muy ejemplar y manifestó extraordinario fervor.
Una de sus principales virtudes fue la compasión por el prójimo, y particularmente por los pobres. Esta virtud le inducía a hacer penitencia por los pecados ajenos tanto como por los propios. Le llevó, incluso, a vender todos sus muebles para asistir a los pobres, y cuando no podía socorrerlos, lloraba de lástima. Viendo afligida a una mujer porque los moros habían cautivado a su hijo, se ofreció para ser él mismo vendido o cambiado por su hijo.
MF 150,1,2
Vosotros sabéis que estáis encargados de la instrucción de los pobres: imitad la ternura de este santo para con ellos y sobreponeos a la naturaleza cuando os sugiere que tengáis mayor consideración con los ricos. Jesucristo considerará como hecho a Él mismo el bien que hagáis a los pobres 1.
MF 150,2,1
Punto II.
El amor que este santo sentía hacia el prójimo le inspiró ardiente celo para la instrucción y la conversión de quienes vivían desordenadamente. También le movió a dejar el cargo de canónigo, en el que se consideraba poco útil para la Iglesia.
Al surgir la herejía albigense, hizo cuanto pudo por destruirla y para ello no escatimó viajes, conferencias, predicaciones ni escritos; soportó, incluso, todo tipo de penalidades y fatigas.
Para procurar la conversión de los herejes, a este vivo celo unía la ferviente oración, continuas lágrimas, que derramaba en abundancia, y rigurosas mortificaciones. Y estos medios que empleaba resultaron tan eficaces que convirtió más de cien mil herejes.
MF 150,2,2
En vuestro estado, tenéis el deber de unir a la vida de retiro y de mortificación el celo por la salvación del prójimo, pues el fin de vuestro empleo es trabajar de continuo en la educación cristiana de los niños. Aplicaos a ello con todo el esmero posible.
Si ocurriera así, ¿podríais calcular cuántos habríais ganado para Dios y hecho verdaderamente cristianos?
MF 150,3,1
Punto III.
El celo de este santo no se limitó sólo a lo que podía realizar por sí mismo por la gloria de Dios y la salvación de las almas. De ahí que, habiéndose reunido algunos en torno a él, solicitase del papa el establecimiento de una orden religiosa, cuyos miembros tendrían como finalidad predicar el Evangelio por todo el mundo 2. A ello se dedicaron sus discípulos y lo siguen haciendo. Y uno de sus principales cuidados para inducir a los fieles a adquirir la piedad es inspirarles la devoción a la Santísima Virgen, y particularmente al rosario, que ellos rezan diariamente en el coro con mucha piedad.
MF 150,3,2
Felices vosotros, que tenéis como fin enseñar a los niños la religión, y para ello explicarles cada día el catecismo. Uno de los mejores medios de que podéis serviros para desempeñar con fruto vuestro empleo, es profesar devoción muy particular a la Santísima Virgen e inculcarla en el corazón de los que os están confiados.
¿Rezáis vosotros y hacéis que vuestros alumnos recen el rosario cada día? ¿Con qué piedad lo recitáis y hacéis que lo reciten? ¿Cumplís con esta oración como tributo que se ofrece en nuestro Instituto a la Santísima Virgen y como poderoso medio para atraer sobre él y sobre vuestro empleo su ayuda y protección?
MF 150,1,2: 1 Cf. Mt 25,40. – MF 150,3,1: 2 Cf. Mt 24,14.
MF 151
Para la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves
5 de agosto
De la devoción a la Santísima Virgen
La fiesta que celebra hoy la Iglesia tuvo como origen la particular devoción de un patricio romano y de su esposa hacia la Santísima Virgen. No teniendo hijos, le consagraron todos sus bienes y le rogaron con insistencia que les manifestara en qué deseaba que los empleasen.
Ella se lo concedió por medio de un milagro asombroso y muy extraordinario, pues el cinco de agosto, cuando en Roma son más fuertes los calores, quedó cubierto de nieve el lugar de la ciudad donde la Santísima Virgen deseaba que construyesen una iglesia en su honor.
Por ello el papa acudió allí procesionalmente, con todo el pueblo, y señaló el emplazamiento de la iglesia, que pronto fue construida con los bienes de aquella noble y generosa familia.
La profunda devoción que tuvieron estas dos ilustres personas, la gratitud que les manifestó la Santísima Virgen y la absoluta confianza que nosotros hemos de tener en ella, deben movernos hoy a tomarlos como tema de nuestra oración.
MF 151,1,1
Punto I.
Nosotros, al haber renunciado al mundo y al haber abandonado todo para consagrarnos al servicio de Dios 1, no estamos en disposición de ofrecer a la Santísima Virgen bienes temporales.
Todo cuanto pide de nosotros, y la razón por la cual parece que instituyó la Iglesia la fiesta que hoy celebra en honor de la santa madre de Dios, es el movernos a profesarle particularísima devoción, y a inculcársela a aquellos de cuya dirección os ha encargado Dios. Atrae vuestra atención hacia la insigne gracia que Ella concedió en este día a aquellas dos celosas personas, para honra suya; tan grande, que quiso que a ellos y su devoción se los recordara en la Iglesia en tal lugar; y que lo que realizaron en su honor, y lo que Ella obró en favor de ellos, fuera proclamado por todos los fieles hasta el fin de los siglos.
MF 151,1,2
Tengamos la certeza de que todo cuanto hagamos para honrar y hacer honrar a la Santísima Virgen será, por su mediación, copiosamente recompensado por Dios. Reconozcámosla siempre como nuestra bondadosa madre, ya que Jesucristo se la dio por tal, en la persona de san Juan, a cuantos fueran sus devotos, cuando, cercano a la muerte, le dijo: Hijo mío, he ahí a tu madre 2.
MF 151,2,1
Punto II.
Lo que debe movernos, particularmente, a tener gran devoción a la Santísima Virgen es que fue muy honrada por el Eterno Padre, quien la puso por encima de todas las puras criaturas, porque llevó en su seno a aquel que es igual a Él, y que tiene con Él la misma naturaleza.
Fue elevada por encima de todas las criaturas por la abundancia de sus gracias, que nadie poseyó otras semejantes a las suyas, y por la pureza de su vida, que
nadie ha igualado. Por lo cual dice san Anselmo que era muy justo que brillase con extraordinario esplendor y que fuera sobremanera elevada por encima de todo lo creado, quien, después de Dios, no tiene a nadie por encima.
¿No es hallarse incomparablemente elevada por encima de todas las criaturas, el haber llegado a ser templo del Dios vivo, al concebir al Hijo de Dios? Por eso se le aplican las palabras del salmo 132: Dios la eligió para establecer en ella su morada 3; y estas otras del salmo 65: Tu templo es santo 4.
Y el abad Ruperto dice aún mucho más: que desde que el Espíritu Santo vino a la Santísima Virgen para que concibiera al Hijo de Dios, ella se tornó toda hermosa, con belleza divina. Eso lleva a san Bernardo a decir que debemos honrar a la Santísima Virgen con grandísima ternura y devoción, puesto que Dios puso en ella la plenitud de todo bien, al encerrar en su seno al Verbo divino.
MF 151,2,2
Pero lo que debe movernos particularmente, es el mucho provecho que obtendremos de ello. Tengamos, dice el mismo santo, gran veneración y tierna devoción a la Santísima Virgen, porque es el canal a través del cual recibiremos los bienes que Dios desea concedernos.
Y en otro lugar, al explicar de modo más pormenorizado todos estos bienes, se explica así: el Espíritu Santo distribuye todos sus dones, todas sus gracias y todas las virtudes a quien quiere, cuando quiere, y del modo y en la medida que considera oportuno, a través del ministerio de la Santísima Virgen.
Y san Anselmo, para avivar nuestra confianza en ella, añade que cuando se invoca el nombre de la Madre de Dios, aun cuando aquel que recurre a ella no mereciese ser escuchado, bastarían, sin embargo, los méritos de la santa Madre de Dios para mover a la bondad de Dios a conceder lo que se le pide.
Confiemos, pues, como también dice san Bernardo, que si tenemos verdadera devoción a la Santísima Virgen no nos faltará nada de cuanto sea necesario para nuestra salvación.
MF 151,3,1
Punto III.
De poco nos valdría estar persuadidos de la obligación que tenemos de profesar particular devoción a la Santísima Virgen si no conociéramos en qué consiste esta devoción, si no la tuviéramos realmente o, incluso, si no la manifestáramos llegado el momento.
Puesto que se halla por encima de todas las criaturas, debemos profesarle mayor devoción que a cualquier otro santo, sea el que fuere. A los santos les manifestamos nuestra devoción en ciertas épocas y días del año; pero la que debemos profesar a la Santísima Virgen debe ser continua.
MF 151,3,2
Por lo cual es de Regla en nuestro Instituto:
Primero, no dejar pasar ningún día sin recitar el rosario, y rezarlo siempre al ir por la calle.
Segundo, celebrar todas sus fiestas con mucha solemnidad.
Tercero, esta devoción nos exige descubrirnos e inclinarnos siempre que se la nombra o cuando pasamos ante su imagen.
Cuarto, considerándola como la principal protectora de nuestra Sociedad, nos ponemos cada día bajo su protección, mañana y tarde, al final de nuestra oración mental y después de cada ejercicio; a ella recurrimos, depositando en ella, después de Dios, toda nuestra confianza.
Quinto, la invocamos en nuestras más apremiantes necesidades, como nuestra primera abogada ante Dios, después de Jesucristo.
MF 151,3,3 ¿Somos fieles a todas estas prácticas de
devoción hacia la Santísima Virgen? ¿Cómo las
cumplimos? ¿Lo hacemos con las miras antes
propuestas? No faltemos a ellas si queremos recibir
copiosa abundancia de gracias por los méritos de la
Santísima Virgen.
MF 151,1,1: 1 Mt 19,27. – MF 151,1,2: 2 Jn 19,27. – MF 151,2,1: 3 Sal 132,13. – 4 Sal 65,5.
MF 152
Para la fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor
6 de agosto
MF 152,1,1
Punto I.
Jesucristo vino a la tierra para satisfacer por nuestros pecados 1, y el Padre Eterno le consideró siempre como varón de pecado, porque había cargado con los de todo el mundo 2, aunque jamás cometió ni pudo cometer ninguno, y por ese motivo permaneció en la tierra sujeto a todos los sufrimientos de esta vida y a todas las miserias que son consecuencia del pecado.
Por eso se mostró siempre como hombre común, ocultando a los demás hombres el estado de gloria de que gozaba su alma, y del cual su santa humanidad tenía derecho a gozar desde el momento de su concepción.
Se complacía, incluso, de ser ridiculizado, burlado y ultrajado por aquellos que no vivían en conformidad con su doctrina. Y de acuerdo con la obligación que se había impuesto de satisfacer por nosotros a la justicia de su Padre 3, no se consideraba a sí mismo, según la expresión profética de David, sino como el oprobio de los hombres y la abyección del pueblo 4, aunque fuera el Rey de la gloria 5.
MF 152,1,2
Nosotros, que nacimos en pecado y que hemos vivido también en el pecado, debemos hacernos conformes a Jesucristo 6 en esta vida, y sufrir con Él, si queremos tenerlo como cabeza, ser uno de sus miembros, y destruir el pecado en nosotros 7.
Es preciso, pues, como nos lo enseña san Pablo, que ni la aflicción, ni los disgustos, ni el hambre, ni la desnudez, ni los peligros, ni las persecuciones puedan separarnos del amor a Jesucristo. Si nos degüellan por su amor, dice el mismo apóstol, y si sólo se nos mira como ovejas destinadas al matadero, debemos permanecer victoriosos en medio de todos esos males 8, animados por el ejemplo de quien nos amó tanto que se entregó a la muerte por amor nuestro 9.
MF 152,2,1
Punto II.
Aunque el fin que se propuso el Hijo de Dios al venir a este mundo fuera padecer en él por nosotros 10, quiso, con todo, mostrar algunos destellos de su gloria, por poco tiempo y como de pasada, a tres de sus apóstoles 11. Con ese intento, los llevó a un lugar apartado, en una alta montaña 12, donde se entregó primero a la oración, y mientras oraba se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestidos aparecieron deslumbrantes de luz y blancos como la nieve 13.
San Pedro, que estuvo presente en este misterio, da testimonio de lo que vio y dice: Nosotros fuimos los testigos oculares de la majestad de Jesucristo, pues recibió de Dios Padre testimonio de honor y de gloria cuando estuvimos con Él en el monte santo 14. También Moisés y Elías se encontraban allí y se unieron a Él para tributarle honor 15.
Jesucristo, entonces, no se transfiguró, sino porque al poseer de continuo la gloria en su interior, el cambio que apareció en Él sólo podía ser exterior.
MF 152,2,2
No sucede así en nosotros, pues es necesario que el cambio que debe operarse en nosotros se verifique en lo interior, y que seamos plenamente transformados por la luz, por la plenitud de la gracia y por la posesión del Espíritu de Dios.
Y si luego aparece algún cambio en nuestro exterior, sólo ha de ser como irradiación de la felicidad que disfrutamos en lo íntimo de nuestra alma, por no estar ésta ocupada sino en Dios y en lo que debemos realizar por amor suyo.
MF 152,3,1
Punto III.
Jesucristo se transfiguró en el retiro y mientras oraba, y el tema de la conversación que mantuvo con Moisés y con Elías durante su transfiguración, fue lo que debía cumplirse en Él durante la pasión, y la muerte que había de sufrir en cruz, cerca de la ciudad de Jerusalén 1[2], como Él deseaba.
Precisamente cuando Jesucristo hablaba de sus padecimientos y muerte fue cuando apareció una nube luminosa, que lo cubrió, así como también a Moisés y a Elías; y de aquella nube, en que se mostraba la gloria de Dios, salió una voz que dejó oír estas palabras: Este es mi Hijo muy querido, escuchadlo 17. San Pedro, al referir lo que había sucedido en este misterio, dice que oyeron aquella voz venida del cielo 18.
MF 152,3,2
Todo ello nos da a entender:
1.o, que sólo por medio del retiro y de la oración llega el alma a la verdadera transfiguración, o más bien, a la transformación de sí misma, y es iluminada por Dios; y
2.o, que, cuando es así transfigurada con Jesucristo, debe ocuparse gustosa de su pasión y de su cruz, para manifestar que todo su deseo es conformarse con Jesucristo 19 en su estado de sufrimiento; pues el Padre Eterno no la reconocerá como su predilecta sino en la medida en que ame los padecimientos, y dé muestras de tal amor por la práctica y por la diaria ejercitación en ellos, recordando las palabras de Jesucristo, que es preciso llevar la propia cruz cada
día para poder ser discípulo suyo 20.
153. 7.8 - San Cayetano
MF 152,1,1: 1 1Jn 3,5. – 2 2Co 5,21. – 3 Is 53,6; 2Co 5,21. – 4 Sal 22,7. – 5 Sal 24,7. – MF 152,1,2:
MF 153
Sobre san Cayetano
7 de agosto
MF 153,1,1
Punto I.
De san Cayetano puede afirmarse que sus días fueron plenos y que murió lleno de días 1, como se dice de los antiguos patriarcas; pues tan pronto como recibió las sagradas órdenes se dedicó de tal modo a procurar la salvación de las almas, que parecía que el día y la noche no le bastasen para trabajar en ello; tan ardiente y amplio era su celo por el prójimo.
Destinaba el día entero a administrar los sacramentos, a visitar y exhortar a los enfermos y a otras acciones piadosas; y luego dedicaba casi toda la noche a hacer penitencia, estudiar y orar; de tal modo que sus ocupaciones nocturnas le servían de preparación para lo que iba a realizar durante el día.
MF 153,1,2
Puesto que estáis obligados a trabajar en la salvación del prójimo, preparaos para el ejercicio de vuestro empleo de la misma forma que lo hacía san Cayetano para cumplir bien su ministerio. Por consiguiente, estudiad el catecismo, leed buenos libros, aplicaos con fervor a la oración y, de acuerdo con el espíritu de vuestro Instituto, mortificad el espíritu y los sentidos.
Tenéis que instruiros a fondo en las verdades por medio del estudio, pues vuestra ignorancia sería culpable ya que causaría la ignorancia de aquellos que os están confiados.
Y necesitáis la oración y la mortificación para atraer las gracias de Dios sobre vosotros y sobre aquellos que instruís.
MF 153,2,1
Punto II.
Este santo, al ver que uno de los reproches más ordinarios y dolorosos del heresiarca Lutero contra la Iglesia era la vida desordenada de los eclesiásticos, creyó que el mejor medio de tapar la boca a aquel apóstata era fundar una orden de Clérigos Regulares que, con su conducta ejemplar y desinteresada pudieran servir de modelo a los eclesiásticos, tanto por lo ordenado de sus costumbres como por el total desinterés en el ejercicio de sus funciones.
Renunció al importante cargo que tenía y con tres compañeros, uno de ellos obispo, que renunció al obispado, fundó esta orden, que es de tanta edificación en la Iglesia.
MF 153,2,2
Estas dos cosas os son necesarias en vuestro Instituto: la vida regular y el desinterés. Son también los dos medios más adecuados para producir fruto en las almas.
Con la vida observante edificaréis a vuestros discípulos, y les serviréis de modelo continuo de modestia, cordura y piedad, lo cual constituirá para ellos una lección muy penetrante. Y con el desinterés, realizaréis todo movidos por la gracia y solamente por Dios. Por lo cual, bendecirá indefectiblemente cuanto hagáis.
MF 153,3,1
Punto III.
En su orden, este santo llevó el desprendimiento de todas las cosas a tal exceso, por decirlo así, que no sólo quiso que los de su orden no poseyeran renta ni beneficio alguno, ni en común ni en particular, sino que, además, les prohibió pedir limosna, por sí mismos o por medio de otros; dejando el cuidado de su sustento, del vestido y de las demás necesidades del cuerpo a la sola providencia de Dios; basado en las palabras de Jesucristo en el Evangelio, que no hay que inquietarse por la bebida o la comida, ni por las demás necesidades de la vida; puesto que si se busca ante todo, e incluso únicamente, el Reino de Dios, todas esas cosas se darán por añadidura 2. Y de este modo Dios no los ha abandonado en la necesidad, antes bien, los ha socorrido frecuentemente por medios extraordinarios.
MF 153,3,2
En vuestro empleo, nunca podréis excederos en el desinterés; es a los pobres a quienes tenéis que enseñar: instruidlos con vuestros ejemplos. Y para enseñarles a amar la pobreza, que el desinterés os la haga practicar tanto como a Dios pluguiere.
Sabéis también que os habéis obligado a tener las escuelas gratuitamente y a vivir de sólo pan, si fuera necesario, antes que recibir cosa alguna. Estad, pues, muy atentos para no aceptar nunca nada, ni de los alumnos ni de sus padres.
Pedid este espíritu de desinterés por intercesión de san Cayetano.
MF 153,1,1: 1 Gn 25,8. – MF 153,3,1: 2 Mt 6,31-33.
MF 154
Meditación sobre san Lorenzo
10 de agosto
MF 154,1,1
Punto I.
No es posible imaginar el amor y la estima de san Lorenzo por los pobres. Por amor a ellos, en cuanto san Sixto, papa, de quien era diácono, le dijo, cuando iba al martirio, que distribuyera a los pobres todos los bienes de la Iglesia, cuya custodia él tenía, cumplió su encargo, y vació totalmente el tesoro de la Iglesia. Después mostró su extraordinaria estima por los pobres cuando el emperador, enterado de que le habían confiado los bienes de la Iglesia, le reclamó los tesoros de que era depositario. El santo reunió a los pobres y, presentándolos al emperador, le dijo que aquellos eran los tesoros de la Iglesia.
MF 154,1,2
Admiremos cuán grande era la fe de este santo, al considerar a los pobres como los tesoros de la Iglesia, es decir, como lo más rico e importante en la Iglesia, por su mayor relación con Jesucristo. Pongámonos en los mismos sentimientos de este santo, nosotros, a quien Dios ha confiado la porción más preciosa de sus tesoros.
MF 154,2,1
Punto II.
Tampoco se puede ponderar lo suficiente el deseo del martirio que tuvo este santo, como lo mostró cuando san Sixto era llevado al suplicio y él le dijo, según refiere san Ambrosio y se expresa en el oficio de la Iglesia: ¿Adónde vas, padre santo, sin tu hijo? ¿Vas, acaso, a ofrecerte en sacrificio sin estar acompañado de tu diácono, sin el que nunca quisiste, hasta el presente, ofrecer el sacrificio del cuerpo y de la sangre de Jesucristo en el sagrado altar? ¿Hay en mí algo que te desagrade y me has hallado indigno de mi ministerio? ¡Cómo!, ¿me has encomendado la dispensación de la sangre de Cristo y rehusas que te acompañe en la efusión de la tuya?
MF 154,2,2
El santo, que encerraba más ardor aún en su corazón que en sus palabras, sólo pudo contenerse con la respuesta que le dio san Sixto, al anunciarle que tres días después sufriría cruelísimos tormentos.
¿Cuándo tendremos nosotros tanto deseo de sufrir como este santo lo tenía del martirio? Pidámoslo a Dios por intercesión de san Lorenzo.
MF 154,3,1
Punto III.
Este santo dejó bien patente, con el gozo que mostró en su martirio, mientras lo atormentaban, que sus ansias de padecer eran verdaderas. Pues, considerando el emperador como insulto en extremo injurioso el proceder de san Lorenzo, al presentarle los pobres en lugar de los tesoros de la Iglesia, hizo que lo atormentasen con tenazas, con garfios de hierro y con planchas candentes que le quemaran los costados. Mas viéndolo constante y siempre alegre en medio de los sufrimientos, mandó tenderlo en una parrilla de hierro para quemar su cuerpo a fuego lento, y ver si de este modo se quebraba su constancia. Pero, al contrario, aquel fuego acrecentó tanto su alegría y el fuego interior que lo abrasaba, que cuando su cuerpo estaba a medio asar, dijo al tirano que mandara darle la vuelta, para que, asado del todo, pudiera darse un suculento banquete.
[1] Ga 1,11. – 7 1Co 15,10. – 8 Ga 2,8. – 9 Hch 14,11-13. – MF 140,3,1: 10 2Co 11,23-27. – 11 1Co 4,11-13. – 12 2Co 12,10; Hch 21,13
[2] Rm 8,29. – 7 Ef 4,15; 1Co 6,15. – 8 Rm 8,35-37. – 9 Ef 5,2. – MF 152,2,1: 10 Hb 10,5-7. – 11 Mt 17,1-2. – 12 Mc 9,2-3. – 13 Lc 9,29. – 14 2P 1,16-18. – 15 Mt 17,3. – MF 152,3,1: 16 Lc 9,29-31. – 17 Mt 17,5; Mc 9,7. – 18 Cf. 2P 1,17-18. – MF 152,3,2: 19 Cf. Rm 8,29. – 20 Lc 9,23.
MF 154,3,2
¿Qué diremos de semejante constancia? ¿Nos servirá de estímulo para animarnos al amor de los padecimientos?
Hemos nacido para sufrir; tenemos que vivir sufriendo y morir sufriendo.
Pidamos a este santo que nos alcance de Dios estas santas disposiciones.
MF 155
Para la fiesta de san Casiano, obispo y mártir 13 de agosto; en el nuevo calendario no figura
MF 155,1,1
Punto I.
No se podrá alabar en exceso el celo que manifestó san Casiano cuando, habiendo prohibido el emperador Juliano el Apóstata que cualquier católico enseñase a la juventud, estimó que no podía ejercer empleo más útil a la Iglesia, ni más adecuado para mantener la religión, que el de maestro de escuela.
Se dedicó con todo el cuidado posible a instruir a los niños y, a la par que les enseñaba a leer y a escribir, los formaba en la piedad y los educaba en el temor de Dios.
MF 155,1,2
El emperador, por un lado, se esforzaba en destruir la religión suprimiendo las escuelas; y este santo, por el contrario, buscaba los medios de implantarlas,
mediante la instrucción y la educación de la juventud.
¡Ah!, cuán a menudo sucede que los empleos tenidos en poco por los hombres producen mucho más fruto que los empleos más brillantes.
Considerad vuestro empleo como uno de los más importantes y excelentes de la Iglesia, pues es uno de los más aptos para sostenerla, dándole sólido fundamento.
MF 155,2,1
Punto II.
La paciencia de san Casiano es admirable. Le denuncian ante el juez como cristiano; lo encuentran en su escuela, enseñando los sagrados misterios a los niños; le conminan a que declare su religión, y él confiesa que es cristiano, y sus enseñanzas lo muestran a las claras.
Al momento es juzgado, se lo condena y se ejecuta la sentencia. Lo ponen en manos de sus escolares, que le hacen morir hiriéndole con los punzones de hierro que usaban para escribir. Martirio tanto más cruel cuanto menos fuerza para herir tenían aquellos niños.
¡Qué paciencia no hubo menester este santo para padecer durante tanto tiempo y con tanta constancia de parte de aquellos mismos por quienes se había impuesto tantos sacrificios!
MF 155,2,2
Vosotros tenéis a este santo por patrono y sois sucesores suyos en su empleo; ¿pero sois sus imitadores en la paciencia? ¡Cuántas veces os dejáis llevar del primer impulso, sea golpeando, lo que va contra vuestras Reglas y contra todo buen orden, sea castigando, tal vez sin reflexión o inoportunamente!
No podéis educarlos mejor que edificándolos y reprimiendo cualquier movimiento de ira.
MF 155,3,1
Punto III.
El martirio que padece san Casiano es la única recompensa que recibe de sus alumnos, por los desvelos que se había tomado por ellos. Se considera dichoso de que le causen la muerte aquellos a quienes intentó engendrar en Jesucristo 1. Y al ver próxima su muerte, por los golpes que de ellos recibe, anhela que su sangre, recayendo sobre ellos, dé vida a sus almas.
MF 155,3,2
Todo el agradecimiento que ha de esperarse por haber instruido a los niños, y
sobre todo a los pobres, son las injurias, los ultrajes, las calumnias, las persecuciones y aun la muerte 2. Esa es la recompensa de los santos y de los varones apostólicos, como lo fue para Jesucristo Nuestro Señor. No esperéis otra, si tenéis a Dios como mira en el ministerio que os ha confiado. Eso mismo es lo que debe animaros a dedicaros a él con más amor, y lo que os proporcionará el medio de producir más fruto en él. Pues cuanto más fieles seáis a Dios en las ocasiones que se os presenten de sufrir, tanto más derramará Dios sus gracias y bendiciones sobre vosotros en el ejercicio de vuestro ministerio.
MF 155,3,1: 1 1Co 4,15. – MF 155,3,2: 2 1Co 4,11-13.
MF 156
Para la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen
15 de agosto
MF 156,1,1
Punto I.
La Santísima Virgen, arrebatada por el amor de Dios durante su vida, seguía en la tierra a su pesar y sólo por sumisión a la voluntad de Dios. Por eso la muerte le pareció dulce y agradable; y como su alma estaba, por así decirlo, muy poco apegada a su cuerpo, murió sin dolor.
El gozo extremo que entonces sentía, originado por el deseo de ver a Dios, que la embargaba, llenó su alma de tal consuelo, que pasó con facilidad y sin esfuerzo de la tierra al cielo.
¡Feliz desasimiento de los lazos corporales en el alma de María, libre ya de cuanto pudiera retenerla atada a la tierra!
MF 156,1,2
Puesto que nosotros hemos abandonado el mundo, nada ha de ser capaz de apegarnos a él; debemos estar siempre dispuestos a morir. Ese es el fruto del desprendimiento de todas las cosas; el morir sólo cuesta cuando cuesta abandonar lo que se ama y lo que nos ata.
Imponeos, pues, la tarea de imitar a la Santísima Virgen en su total desasimiento y pedid a Dios, por su auxilio, la gracia de bien morir.
MF 156,2,1
Punto II.
La Santísima Virgen no permaneció en el sepulcro mucho tiempo; resucitó pocos días después de su muerte.
Convenía mucho que Dios le otorgara tal favor; pues, ciertamente, no hubiera sido decoroso que la carne de la que Jesucristo tomó la suya, quedara sujeta a corrupción. También era muy digno de la bondad de Dios que la singular pureza de la Santísima Virgen fuera recompensada con tan inmenso beneficio. ¿Cómo habrías podido consentir, oh Dios mío, que el cuerpo de la Santísima
Virgen, que había sido el tabernáculo del Verbo Encarnado, el templo del Espíritu Santo 1, y arca santa de un alma llena de gracias, hubiera podido permanecer largo tiempo separado, y sin disfrutar, incluso después de su muerte, todos los privilegios con que pudiera ser honrado?
MF 156,2,2
La gracia particular que debemos pedir a la Santísima Virgen en este día es que nos aleje y nos libere por completo de la corrupción del siglo 2; y sobre todo, que tengamos singular pureza, que es la verdadera incorruptibilidad que hemos de procurar a nuestros cuerpos.
Como la Santísima Virgen poseyó esta virtud en toda su perfección, puede ayudarnos mucho a conservarla.
MF 156,3,1
Punto III.
El favor más excelso que la Santísima Virgen recibió después de su muerte, y que la Iglesia honra particularmente en este día, es su traslación al cielo, en cuerpo y alma, por los ángeles.
Era muy justo que su sagrado cuerpo, del que dice san Juan Damasceno, que era un cielo animado, fuera trasladado al cielo en cuanto dejase el mundo; y que quien era la madre del Verbo Encarnado, fuese de inmediato arrebatada por Él, para situarla cerca de sí, y para que recibiera el honor que merecía tan admirable dignidad. Por eso fue enaltecida por encima de todos los espíritus bienaventurados, que la veneran como a su soberana.
También era muy justo que la Santísima Virgen, que había recibido abundancia de gracias 3, y a las que siempre fue muy fiel, fuera igualmente colmada de gloria; y que su cuerpo, espiritualizado por la renuncia a los placeres de los sentidos, muriese sólo para cumplir la ley común, y que siguiera a su alma al cielo.
MF 156,3,2 Si nos desligamos plenamente de nuestro
cuerpo, llevaremos en la tierra vida celestial; y nuestro
cuerpo, aun muerto, al haber adquirido cierta especie de
incorruptibilidad, vivirá siempre ante Dios, merced a la
transformación que en él habrá operado la gracia.
Pedid a la Santísima Virgen que os alcance hoy este favor: que vuestro cuerpo, al participar de la vida de vuestra alma por la mortificación de los sentidos, no guste ya nada de lo que hay en la tierra, y viva, en cierto modo, como si estuviera en el cielo.
MF 156,2,1: 1 1Co 6,19. – MF 156,2,2: 2 2P 1,4. – MF 156,3,1: 3 Cf. Lc 1,28.
MF 157
Sobre san Joaquín
16 de agosto; nuevo calendario, 26 de julio
MF 157,1,1
Punto I.
Admiremos, con la Iglesia, el honor que Dios dispensó a san Joaquín al escogerlo para ser padre de la Santísima Virgen y para dar inicio al misterio de la Encarnación; por lo cual resulta muy adecuado que se le diera el nombre de Joaquín, que significa preparación del Señor.
Confesemos también con la Iglesia que tal elección fue para este santo un favor singularísimo; y reconozcamos, con san Epifanio, que todos los hombres tienen deuda muy grande con este santo patriarca, por haberles hecho el más excelente de todos los regalos, trayendo al mundo a la Santísima Virgen, madre de Jesucristo, la más pura y excelsa de todas las criaturas.
Honremos a este santo por haber contribuido a formar la Iglesia, que le debe lo que es, ya que engendró a la Santísima Virgen, madre de aquel de quien nació la Iglesia. Y consideremos que si cada uno de nosotros es hijo de la Iglesia y miembro de Jesucristo 1, fue san Joaquín quien nos procuró esta dicha.
MF 157,1,2
Dios no os ha honrado menos que a san Joaquín al colocaros en el empleo que ejercéis, ya que estáis destinados a ser padres espirituales de los niños que instruís. Pues si este santo fue escogido para ser el padre de la Santísima
Virgen, vosotros estáis destinados por Dios a engendrar hijos para Jesucristo, e incluso a producir y engendrar al mismo Jesucristo en sus corazones 2. ¿Puede decirse que os habéis conformado en esto con los designios de Dios sobre vosotros?
MF 157,2,1
Punto II.
Lo que le mereció a san Joaquín la gracia de ser padre de la Santísima Virgen fueron sus constantes ayunos y oraciones; pues al ver este santo que su esposa santa Ana era estéril, se dio de tal manera al ayuno y a la oración que, en cierto modo, forzó al cielo a conceder la fecundidad a santa Ana, que era lo que ambos deseaban ardientemente. Por ello llama san Epifanio a la Santísima Virgen hija de la oración y del ayuno.
Nadie admirará suficientemente los maravillosos efectos que produce la oración y la privación de los placeres sensuales, puesto que tanto contribuyeron a la venida de Jesucristo a la tierra y al nacimiento de la Santísima Virgen, su madre.
MF 157,2,2
Y nunca se utilizarán en exceso estos dos remedios contra las dificultades y tentaciones con las que a veces se ve uno abrumado en esta vida.
Con estos dos medios, Dios nos dará todas las gracias que necesitemos. Por lo cual, estáis obligados, en el empleo que ejercéis, a recurrir a ellos lo más a menudo que os sea posible, sobre todo cuando tengáis que pedir algo a Dios para aquellos de los que estáis encargados.
Debéis ser sus intercesores ante Él, para alcanzarles, por vuestras oraciones, la piedad que no lograríais comunicarles, a pesar de todos los esfuerzos que os impusierais para enseñársela; pues sólo a Dios corresponde otorgar la verdadera sabiduría 3, que es el espíritu cristiano.
MF 157,3,1
Punto III.
San Joaquín se dio perfecta cuenta de la particular gracia que Dios le había concedido, de ser padre de la Santísima Virgen. Así, tan pronto como ella estuvo en condiciones de ir al templo, se privó gustoso de ella y la ofreció a Dios, como algo que venía de Él y que a Él pertenecía; y aunque la amaba con profunda ternura, pasó sin ella el resto de su vida.
Después, considerando que ya no necesitaba sus bienes sino para vivir, y deseando, una vez que hubo consagrado a Dios la hija que le había dado, llevar vida pobre, le ofreció igualmente la mayor parte de los bienes que poseía, entregando una porción para el mantenimiento del templo y otra para alimentar a los pobres y peregrinos.
MF 157,3,2
De ese modo os ha enseñado san Joaquín a desprenderos del amor a las criaturas y a procurar que aquellos que Dios os ha confiado estén en condiciones de poder serle presentados; no poniendo en ellos vuestro afecto sino para conducirlos a su santo amor y para llenarlos de su Espíritu.
Así, pues, en lo sucesivo no hagáis acepción con ninguno, y no estiméis más que su piedad, sin atender a lo que en su exterior aparezca como más ventajoso o agradable.
158. 20.8 - San Bernardo
MF 157,1,1: 1 1Co 6,15. – MF 157,1,2: 2 Ga 4,19. – MF 157,2,2: 3 Pr 2,6.
MF 158
Sobre san Bernardo
20 de agosto
MF 158,1,1
Punto I.
San Bernardo recibió de su madre tan buena educación, que en poco tiempo adquirió sólida piedad y brilló en todo tipo de virtudes, particularmente en la castidad, que poseyó en grado tan eminente que por haber mirado cierta vez con demasiada atención a una persona muy engalanada, se arrojó de inmediato, desnudo, en un estanque helado, para vengarse de sí mismo y castigar así la falta en que había incurrido.
Y habiendo entrado en su aposento una mujer impúdica para tentarlo, comenzó a gritar: ¡Ladrones!; y con sus gritos impidió que le arrebatase la castidad.
MF 158,1,2
Gracias a actos heroicos como éstos, a la generosa resistencia a las ocasiones y a la santa violencia, adquirieron los santos esta virtud. De estos mismos medios hay que servirse para conservarla.
Para que os resulte más fácil, aplicaos mucho, sobre todo, al recogimiento, pues ya veis cómo san Bernardo sufrió en ella cierto menoscabo por haber mirado con excesiva fijeza a una mujer.
MF 158,2,1
Punto II.
Este santo llegó a tan eminente castidad por medio de la total mortificación de los sentidos, y a tan alto grado de pudor y de modestia que después de vivir durante un año en la casa del Císter, no sabía si la bóveda del dormitorio era de piedra o de madera; y habiendo caminado durante todo un día a la orilla de un lago, no lo había visto.
Era tan mortificado en la bebida, que cierto día tomó aceite creyendo beber agua; y se había acostumbrado de tal modo a ayunar y a tomar poco alimento, que el comer se le convirtió en suplicio, como él mismo decía.
De ese modo aprendió este santo a morir a sí mismo y a ser perfecto religioso, de modo que parecía que ya casi no hacía ningún uso de sus sentidos.
MF 158,2,2
¿Cuándo estaréis vosotros totalmente desprendidos del placer que se encuentra en el uso de los sentidos? Para ello tenéis que velar mucho sobre vosotros mismos, para mortificaros siempre en algo, cuando surja la ocasión. Sed fieles a ello.
MF 158,3,1
Punto III.
Virtudes tan sorprendentes, así como los numerosos milagros que obraba, dieron a conocer a san Bernardo en toda la Iglesia; le granjearon el respeto de todo el mundo, y le merecieron tan alta estima que siendo abad de Claraval, atrajo una multitud de personas que iban a ponerse bajo su dirección. Y así llegó a contar en su abadía hasta setecientos religiosos, y número casi increíble en las otras casas que fundó, a los que inducía a vivir con elevadísima perfección.
Por todo ello, gozaba de tal veneración entre los obispos, los príncipes y los pueblos, que no se emprendió en lo sucesivo empresa importante en la que no se recurriera a su consejo y parecer. Cuanto más intentaba ocultarse este santo, más se recurría a él, ya para abrazar las austeridades de su orden, ya para las necesidades de la Iglesia.
MF 158,3,2
La virtud no puede ocultarse, y cuando resplandece, atrae hacia sí. Y el ejemplo en que se manifiesta produce tan profunda impresión en quienes la ven practicar u oyen hablar de ella, que la mayoría se siente inclinada a imitarla. ¿Son esos los frutos que vuestro buen proceder y vuestra piedad producen en vuestros alumnos? Ése es el principal medio de que debéis serviros para
ganarlos para Dios. 159. 24.8 - San Bartolomé, apóstol
MF 159
Para la fiesta de san Bartolomé, apóstol
24 de agosto
MF 159,1,1
Punto I.
San Bartolomé tuvo el honor de ser uno de los apóstoles escogidos por Jesucristo mismo 1; y para penetrarse totalmente de las verdades del Evangelio, llevaba siempre consigo en sus viajes el Evangelio de san Mateo. Era todo su tesoro y en él ponía toda su confianza para procurar la salvación de las almas, que convirtió en gran número.
Cierto es que poseía en abundancia la gracia del apostolado; y era ella la que, operante en él, atraía las almas hacia Dios. Pero como era humilde, atribuía el efecto de sus predicaciones mucho más a la palabra de Dios, viva y eficaz 2, que tomaba del Evangelio de san Mateo, que a cuanto pudiera decir por su cuenta; pues sabía que esta divina palabra es la única capaz de poner división entre la carne y el espíritu 3, tan necesaria para obrar la completa conversión del alma.
MF 159,1,2
¡Cuán felices sois por llevar siempre con vosotros el Santo Evangelio, donde están todos los tesoros de la ciencia y de la sabiduría de Jesucristo 4! Sed fieles a esta práctica.
De este sagrado libro debéis sacar las verdades con que habéis de instruir cada día a vuestros discípulos, para infundirles, por ese medio, el verdadero espíritu del cristianismo. Para este fin, alimentad todos los días vuestra alma con las santas máximas contenidas en este misterioso libro, y haced que os sean familiares meditándolas a menudo.
MF 159,2,1
Punto II.
Cuando los santos apóstoles se dispersaron por todo el mundo para anunciar el Santo Evangelio a todos los pueblos de la tierra 5, este santo fue destinado para ir a predicar a Armenia y a la India, donde obtuvo considerables frutos. Indujo al rey, a la reina y a toda su familia, con doce ciudades enteras del reino, a hacer pública profesión de la fe y de la ley de Jesucristo. Esto le atrajo la estima y la veneración de todos aquellos pueblos, que lo consideraron siempre como al hombre extraordinario que Dios había enviado para librarlos de la ceguera y de la ignorancia 6, y procurarles la salvación.
Esto lo consiguió este santo efectivamente gracias a la predicación de la palabra de Dios y a la oración frecuente y asidua con que instaba a Dios a que moviese sus corazones. El santo sabía que no se puede cumplir eficazmente el empleo apostólico sin el auxilio especial de Dios; por eso se aplicaba tanto a la oración, para que Dios concediese a todos aquellos pueblos que tenía encomendados, la gracia de ser dóciles a la palabra de Jesucristo.
MF 159,2,2
Vosotros tenéis la suerte de participar en las funciones apostólicas, al explicar todos los días el catecismo a los niños cuya dirección tenéis, y al instruirlos en las máximas del Santo Evangelio. Pero no produciréis mucho fruto en ellos si no poseéis plenamente el espíritu de oración, que comunica unción santa a vuestras palabras, y que las hace de todo punto eficaces, por penetrar hasta el fondo de sus corazones.
MF 159,3,1
Punto III.
Las numerosas conversiones que consiguió este santo le atrajeron duras persecuciones de parte de los sacerdotes de los ídolos, que eran los más opuestos al establecimiento de la religión cristiana y los menos dispuestos a escuchar la palabra de Dios y sacar provecho de ella.
Por ello indujeron al hermano del rey de aquella nación a que atentase contra la vida de san Bartolomé, persuadidos de que dando muerte al santo, podrían destruir el cristianismo. Pero como era la obra de Dios mismo, todos sus proyectos eran inútiles 7.
Aquel príncipe fue tan inhumano que, movido por el odio contra san Bartolomé, mandó desollarlo vivo, y después cortarle la cabeza.
No es imaginable cuánto hubo de sufrir el santo apóstol con aquel martirio, pues desollar a un hombre es uno de los tormentos más crueles que se le puedan aplicar. Con todo, el santo lo soportó con tanta paciencia, que parecía estar muerto y carente de toda reacción; pues estaba tan lleno del Espíritu de Dios, que los movimientos interiores que sostenían su alma, y que lo elevaban constantemente hacia Dios, parecían privar al cuerpo de los movimientos que le son naturales.
MF 159,3,2
Vosotros tenéis que sufrir un martirio continuado, no menos violento para el espíritu que lo fue para el cuerpo el de san Bartolomé. Tenéis que arrancar vuestra propia piel, por decirlo así, que es lo que llama san Pablo el hombre viejo, para revestiros del espíritu de Jesucristo, que, según el mismo apóstol, es el hombre nuevo 8.
Sea, pues, ésa vuestra ocupación durante toda vuestra vida, para que lleguéis a ser realmente discípulos de Jesucristo e imitadores de este santo apóstol en su martirio.
MF 159,1,1: 1 Cf. Jn 1,43-51. – 2 Hb 4,12. – 3 Hb 4,12. – MF 159,1,2: 4 Col 2,3. – MF 159,2,1: 5 Cf. Mc 16,15. – 6 Cf. Ef 4,18. – MF 159,3,1: 7 Cf. Hch 5,39. – MF 159,3,2: 8 Ef 4,22-24.
MF 160.
Para la fiesta de san Luis
25 de agosto
MF 160,1,1
Punto I.
San Luis, rey de Francia, a quien hoy propone la Iglesia, fue tan eminente en virtud como lo era en dignidad.
Ante todo, tuvo extremo horror al pecado, que le infundió su madre, virtuosísima princesa, en cuanto tuvo uso de razón. Y lo conservó siempre tan profundamente impreso en su corazón, que con frecuencia decía que preferiría verse privado de su reino antes que cometer un solo pecado mortal.
Tenía tal espíritu de religión que, considerando el honor que había tenido de recibir el bautismo en Poissy, se nombraba y firmaba a menudo Luis de Poissy, por estima y veneración a este sacramento.
Además, cada día oía, de rodillas, dos misas, penetrado plenamente del espíritu de fe. Y era tan viva en él esta virtud, que al comunicarle cierto día que en la Santa Capilla se aparecía un niño en la hostia, no dio un solo paso, y dijo que no necesitaba ver aquel milagro para creer en la realidad de Jesucristo en la Eucaristía, ya que la fe sola le bastaba para creer.
MF 160,1,2
Reconocía y adoraba a Jesucristo en los pobres, y cada día sentaba a tres de ellos a su mesa, y daba de comer a otros ciento veinte con los mismos manjares que a sus sirvientes.
¿Tenéis vosotros tanto horror al pecado y tanto espíritu de religión como este santo rey? Examinaos con frecuencia sobre ambos puntos, y tened la certeza de que no os mantendréis en la piedad ni se la comunicaréis a vuestros discípulos, sino en la medida en que poseáis plenamente estas dos cosas; sin las cuales, vuestra alma será como ciudad sin murallas ni fortificaciones, entregada de continuo como presa a sus enemigos.
MF 160,2,1
Punto II.
Como la mortificación es el sostén de la piedad, y la de este santo era poco común, sus austeridades fueron muy extraordinarias para persona de su condición.
Ayunaba todos los viernes del año y los miércoles no comía carne y, con frecuencia, tampoco el lunes. La práctica ordinaria en sus ayunos era no tener más que una sola comida, que a menudo consistía en comer pan y beber agua solamente. Todos los viernes, después de confesarse, recibía de manos de su confesor la disciplina, con cadenillas de hierro.
Todos los sábados, por espíritu de humildad y de mortificación, lavaba los pies a los tres pobres que se habían sentado a su mesa, y este acto lo realizaba de rodillas.
También era práctica de mortificación de este príncipe, henchido de espíritu cristiano, vestirse con tela común y basta, como la tiritaña y otras semejantes; y se vestía de forma tan tosca con el fin de poder dar a los pobres el dinero que habría empleado en vestidos lujosos.
MF 160,2,2
Pero lo más mortificante para este gran rey, fue la paciencia que siempre necesitó para soportar cuanto se decía contra él, sin quejarse ni mostrar nunca disgusto, penetrado como estaba de lo que Jesucristo había sufrido por él. Cuanto más soportéis las mortificaciones, tanto exteriores como interiores, y sobre todo éstas, mejor poseeréis el espíritu del cristianismo y el de vuestro estado. Haced, pues, de ellas, práctica común y ordinaria, y no dejéis pasar ningún día sin aplicaros a alguna que estiméis especialmente y en cuyos actos os ejercitéis.
MF 160,3,1
Punto III.
Fue tan admirable el celo de este santo por el bien de la Iglesia y por el de su Estado, que resulta difícil poder expresarlo. Ese santo celo le movió a emprender la guerra contra los infieles, para destruir el imperio del demonio en su país, y establecer el de Jesucristo. En el primer viaje que realizó para recuperar Tierra Santa, cayó prisionero; y en el segundo, murió de peste. Cuando vinieron a París los delegados de los sarracenos, les manifestó que su mayor deseo era que abrazasen la religión cristiana. Mandó construir numerosas iglesias y monasterios, y apreciaba mucho a los religiosos por su piedad, y por lo mucho que contribuyen a mantener la Iglesia. Trajo a Francia muchísimas reliquias, entre ellas la corona de espinas de Nuestro Señor y un trozo importante de la Santa Cruz.
Amaba tiernamente a sus súbditos, y además de haberse esforzado con maravilloso cuidado en procurarles paz y tranquilidad, les dio leyes y buenas normas para conducirlos a Dios. Antes de morir dio a su hijo instrucciones tan sabias y cristianas, que pueden servir de guía a los reyes para gobernar santísimamente sus Estados.
MF 160,3,2
En vuestro empleo debéis juntar al celo del bien de la Iglesia el del Estado, del cual vuestros discípulos comienzan a ser miembros, y un día habrán de serlo plenamente.
Procuraréis el bien de la Iglesia haciéndolos verdaderos cristianos, y tornándolos dóciles a las verdades de la fe y a las máximas del Santo Evangelio. Procuraréis el bien del Estado enseñándoles a leer y a escribir, y todo lo que corresponde a vuestro ministerio, en relación con el mundo exterior. Pero hay que unir la piedad con lo externo, sin la cual vuestro trabajo sería poco útil.
MF 161 Para la fiesta de san Agustín
MF 161,1,1 Punto I.
San Agustín, convertido a Dios por las fervorosas oraciones de su santa madre y por la fuerza y eficacia de las instrucciones de san Ambrosio, se retiró al campo, donde llevó, durante tres años, vida solitaria y penitente en extremo. Allí aprendió a gustar de Dios y a practicar con perfección las reglas del Santo Evangelio, que le servían como tema de meditación.
También fue allí donde, derramando su corazón en la presencia de Dios, no lograba consolarse, a vista de sus desórdenes pasados; y cuando ponderaba su enormidad, abismado unas veces en el amor de su Dios, no se cansaba de admirar y agradecer las extraordinarias bondades que el Dios de amor había tenido con él; y otras, sensiblemente conmovido su corazón por las grandezas y por la incomprensibilidad de Dios en sí mismo y en sus beneficios en favor de los hombres, se fundía y derretía, elevándose después en ímpetus de amor hacia su Dios.
MF 161,1,2
En aquel sagrado retiro es donde este santo llegó a ser hombre nuevo y hombre de Dios, y donde se preparó, después de haberse convertido él mismo, a trabajar firmemente en la conversión de los demás.
Vosotros no podéis disponeros a trabajar con provecho en vuestro empleo sino por el retiro y la oración. Esos son los dos medios que podéis utilizar para desprenderos totalmente del mundo y de la inclinación al pecado, y para consagraros plenamente a Dios.
MF 161,2,1
Punto II.
Este santo, ordenado sacerdote, a pesar suyo, por el obispo de Hipona, que lo juzgó capaz de prestar importantes servicios a la Iglesia, llevó vida muy regulada y alejada de todo trato con el siglo, junto con otros eclesiásticos.
Esto le granjeó mucha reputación, tanto a causa de las eminentes virtudes que practicaba al vivir en comunidad y con mucha edificación, como por sus brillantes luces, la solidez de su ingenio y la fuerza maravillosa con que combatió a los herejes arrianos, maniqueos y otros, tanto con sus sermones como con sus escritos.
La gracia, que había actuado poderosamente en él para su conversión, operó también, por medio de él, efectos sorprendentes para la conversión de los demás; y unida a sus luces naturales y a su profunda erudición, desbarató todos los argumentos de los herejes más obstinados, y más capaces de dar a sus opiniones alguna apariencia de verdad.
MF 161,2,2
Vosotros ejercéis un empleo en el que habéis de luchar, no contra herejes, sino contra las tiernas inclinaciones de los niños, que los impulsan fogosamente al mal. No lo conseguiréis por medio de la ciencia natural, sino por el Espíritu de Dios y por la plenitud de su gracia, que sólo atraeréis a vosotros con la fuerza de la oración.
Sed muy fieles a ella, para que, esclarecidos con sus luces, las derrotéis en esas pequeñas almas, y alejéis de ellas todas las sugestiones del demonio.
MF 161,3,1
Punto III.
Cuando san Agustín llegó a ser obispo de Hipona y se consagró con todo el cuidado posible al gobierno de la diócesis, no puso Dios límites estrechos a la amplitud de su celo; y como éste igualaba, al menos, la grandeza de su espíritu y la profundidad de su ciencia, Dios lo hizo útil para toda la Iglesia.
Fue consultado por los papas, los Concilios, y por casi todo el mundo; incluso por muchos paganos, a cuya conversión contribuyó en gran medida. De todas
partes venían a pedirle eclesiásticos formados bajo su dirección para ponerlos como pastores de la Iglesia.
MF 161,3,2 Aquel modo tan santo de vivir fue, sin
embargo, muy combatido y condenado por los herejes,
quienes, considerándolo como su mayor enemigo y el
doctor de la Iglesia a quien más habían de temer,
propalaban contra él cuanto pudiera destruir su
reputación. Pero como ésta descansaba sobre el sólido
fundamento de la piedad y de la humildad, nunca
consiguieron menoscabarla en algo. Tuvo, en efecto,
humildad incomparable, pues dejó por escrito sus
pecados a la posteridad.
Esta Comunidad puede ser muy útil a la Iglesia. Con todo, persuadíos de que sólo lo será en la medida en que se asiente en estos dos fundamentos, a saber: la piedad y la humildad, que la harán inconmovible.
MF 162
Para la fiesta de la degollación de san Juan Bautista
29 de agosto
MF 162,1,1
Punto I.
Así como el fin de la permanencia de Jesucristo en la tierra fue santificar a los hombres, igualmente parece que el fin que se propuso el Salvador al constituir a san Juan Bautista como su profeta y precursor fue procurar la destrucción del pecado, y para esto precisamente vino a preparar los caminos de Jesucristo 1. Uno no puede ser santificado sino después de destruir el pecado, mediante el arrepentimiento y la penitencia; y esto es lo que san Juan Bautista realizó en sí mismo.
Y para darle la ocasión de llevarlo a cabo, tanto en sí mismo como en los demás, y cumplir con ello su ministerio con mayor eficacia y solidez, Jesucristo, en la visita que le hizo cuando aún estaba en el seno de su santa madre, y antes del nacimiento de este santo 2, comenzó por destruir en él el pecado original, que sólo puede ser borrado por la gracia de Jesucristo, sin participación alguna de quien está infectado con él.
Así, pues, quiso Jesucristo que san Juan apareciese en el mundo exento de pecado, para que pudiera aniquilarlo con mayor facilidad en aquellos por cuya conversión había de trabajar.
MF 162,1,2
Si vosotros no vinisteis al mundo sin pecado, como san Juan, al menos habéis debido trabajar para libraros de él después de vuestro nacimiento espiritual y de vuestra consagración a Dios.
¿No habéis cometido muchos desde entonces, y algunos, incluso, considerables? ¿Así mostráis vuestra fidelidad a Jesucristo, que os honró llamándoos a su servicio tras haberos sacado del abismo del mundo y del pecado?
MF 162,2,1
Punto II.
San Juan, fortalecido por la gracia que recibió de Jesucristo en el seno de su santa madre, parece no haber vivido sino para destruir el pecado.
En efecto, desde su infancia tomó todas las precauciones posibles para no caer en él. Desde sus primeros años se retiró al desierto 3, como canta la Iglesia en su honor, para disponerse a no cometer ni el mínimo pecado.
Con la misma intención, sin duda, llevaba, nos dice el Evangelio, un vestido de pelo de camello, con un ceñidor de cuero a la cintura, y se alimentaba sólo de langostas y miel silvestre 4.
Medio importante para destruir el pecado en sí mismo es llevar vida pobre y penitente, y mantenerse alejado del trato con los hombres, como hizo este santo durante todo el tiempo que vivió.
¡Qué gracia y qué ventura para este santo el haber vivido siempre en la inocencia! Por eso dijo Jesucristo de él, que entre los hijos de los hombres, no ha habido otro mayor que Juan Bautista 5.
MF 162,2,2
Este santo no se limitó a destruir el pecado en sí mismo, sino que se dedicó también, durante toda su vida, a destruirlo en los otros que acudían en masa de toda la Judea, predicándoles en el desierto y bautizándolos en el Jordán 6. Fueron muchísimos los convertidos por él, e incluso todos le mostraban particularísima veneración 7.
Prestad atención al género de vida y al celo de san Juan, y pensad que estáis obligados, como él, a preparar los caminos del Señor en los corazones de vuestros discípulos, y a destruir en ellos el reino del pecado.
Para obtener de Dios esta gracia, que requiere gran pureza de corazón, absteneos de las más leves culpas; servíos, para ello, de los mismos medios que él empleó, que son el alejamiento del mundo y la vida pobre y penitente.
MF 162,3,1
Punto III.
El denodado e infatigable celo que mostró san Juan para destruir el pecado fue, en fin, la causa de su muerte. Como Herodes, tetrarca de Galilea, se tomó para sí a la mujer de Felipe, su hermano, además de cometer otros muchos delitos, san Juan lo reprendió por ello con dureza; por lo que Herodes mandó prenderlo y encarcelarlo. Con todo, no osaba darle muerte, pues el pueblo consideraba a este santo como un profeta 8, y el mismo Herodes lo tenía por santo y sentía mucho respeto hacia él.
MF 162,3,2
Sin embargo, habiendo ofrecido un banquete a los grandes de su corte, y habiendo danzado ante él la hija de aquella adúltera mujer, le agradó tanto, igual que a los que estaban con él a la mesa, que le prometió con juramento darle cuanto pidiera. Su madre le aconsejó de inmediato que pidiera al rey la cabeza de Juan Bautista; aunque con pena, se lo concedió al punto, solamente en razón del juramento que había hecho, y en consideración a los que había invitado. Dio luego la orden de ejecución y uno de sus guardias fue a cortar la cabeza a san Juan en la prisión y se la llevó al rey en una fuente 9.
He ahí el fruto del celo y de las predicaciones de este gran santo. ¿Es ésa la recompensa que esperáis vosotros en vuestro empleo? ¿Deseáis sufrir mucho en él, ser en él duramente perseguidos, y morir, finalmente, en él, después de haber trabajado con todas las fuerzas de vuestra alma por destruir el pecado?
MF 162,1,1: 1 Lc 1,76. – 2 Cf. Lc 1,41-44. – MF 162,2,1: 3 Lc 1,80. – 4 Mt 3,4. – 5 Mt 11,11. – MF 162,2,2: 6 Mt 3,1.5-6. – 7 Mt 14,5. – MF 162,3,1: 8 Mt 14,3-5. – MF 162,3,2: 9 Mt 14,6-11.
MF 163
Para la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen
8 de septiembre
MF 163,1,1
Punto I.
Honremos a la Santísima Virgen en el día de su nacimiento, y participemos del gozo extraordinario que siente toda la Iglesia, al solemnizar hoy el feliz día en que Dios hizo aparecer en el mundo a aquella que dio inicio a la salvación de todos los hombres.
Dios, que conduce todas las cosas con sabiduría, teniendo el designio de salvar a todos los hombres 1 y de nacer como ellos, prefirió escogerse una virgen que fuese digna de ser su templo y morada. Y para preparársela tal como la deseaba, dispuso que fuera adornada, por el Espíritu Santo, con todas las cualidades naturales y sobrenaturales que podían convenir a la madre de un Dios.
MF 163,1,2
Para este fin, era preciso que el cuerpo de esta Virgen Santa estuviese formado tan perfectamente, y tan bien dispuesto, desde su nacimiento, que pudiera contribuir a la santidad de su alma; y que el Espíritu Santo, descendiendo sobre ella, la pusiera en disposición de hallar gracia ante Dios y ser objeto de sus complacencias 2; y que le diera interiormente tal fuerza, que pudiera resistir a todos los ataques del espíritu maligno, capaces de corromper, o al menos de alterar, la pureza de su corazón.
¡Ah!, cuán justo era que aquella que había de servir para formar a un Hombre-Dios, fuese, en todos los sentidos, la obra de Dios mismo, y lo más perfecto que pudiera darse entre las puras criaturas.
MF 163,2,1
Punto II.
Admiremos el cúmulo de gracias que adornó el alma de la Santísima Virgen en el instante de su nacimiento. Tan colmada estuvo de ellas, que no hubo ni habrá jamás simples criaturas semejantes a ella 3.
El Espíritu Santo, al hacerle partícipe de su plenitud, le comunicó todos sus dones y fijó desde entonces en ella su morada, para prepararla a recibir y llevar en su seno al Hijo de Dios hecho hombre. Le dio, incluso, un corazón tan penetrado del amor de Dios, que no latía sino para Dios.
En ella todo tenía relación sólo con Dios: su mente sólo se ocupaba de Dios y de cuanto Él le daba a entender que le agradaba; todas las facultades de su alma no tenían más función que tributar homenaje a Dios.
MF 163,2,2
Su mismo cuerpo servía como instrumento para las santas acciones que en ella se operaban; las cuales contribuían a espiritualizarlo en la medida de lo posible, y a hacer de él el santuario sagrado donde entraría a su tiempo Jesucristo para ofrecerse interiormente a Dios, como víctima sin mancha 4, para llevar al culmen la purificación del alma de esta Virgen Santa, de quien el Espíritu de
Dios se había adueñado desde su nacimiento.
¡Oh!, cuán dichoso fue este día para María, y también para todos los hombres, que encuentran en ella su universal refugio, a causa del tesoro de gracias que puso Dios en ella desde el momento de su aparición en el mundo.
MF 163,3,1
Punto III.
Es imposible imaginar cuán grande fue la correspondencia de la Santísima Virgen a todas las gracias que recibió de Dios en el instante de su nacimiento. Como, por singular privilegio, gozaba ya entonces del uso de la razón, se sirvió de ella para adorar a Dios y agradecerle todas sus bondades. Desde entonces se consagró del todo a Él, para no vivir ni tener, por el resto de sus días, vida ni movimiento sino para Dios.
Se anonadó profundamente en lo íntimo de su alma, reconociendo que todo se lo debía a Dios; e interiormente admiraba cuanto había obrado Dios en ella, diciéndose lo que proclamó más tarde en su cántico: Dios ha obrado en mí cosas grandes 5.
MF 163,3,2
Y mirándose a sí misma, y contemplando a Dios en ella, profundamente asombrada de la prodigalidad de Dios para con su criatura, se persuadió y aun se penetró de que todo en ella debía tributar honor a Dios, y proclamar continuamente con David que hasta sus huesos eran tan deudores a Dios que no podían dejar de exclamar: ¿Quién como Dios? 6.
Si María recibió tal abundancia de gracias 7, fue para compartirlas con los hombres que a ella recurriesen. Aprovechad, pues, los beneficios que podéis obtener, mediante vuestra solicitud y recurso a ella.
MF 163,1,1: 1 1Tm 2,4. – MF 163,1,2: 2 Lc 1,30.35. – MF 163,2,1: 3 Cf. Lc 1,48-49. – MF 163,2,2: 4 Hb 9,12.14. – MF 163,3,1: 5 Lc 1,49. – MF 163,3,2: 6 Sal 35,10. – 7 Lc 1,28.
1
MF 164 Meditación para la fiesta del santo nombre de María
MF 164,1,1 Punto I.
La Iglesia celebra hoy la fiesta del santo nombre de la Santísima Virgen para darnos a entender cuán útil y provechoso es para nosotros invocar este nombre santo en nuestras necesidades.
El nombre de María, con que fue honrada la Santísima Virgen, y que significa estrella del mar, dice san Bernardo, le cuadra muy bien, porque es estrella que ilumina, guía y conduce al puerto del borrascoso mar de este mundo. En efecto, dice el mismo santo, esta Virgen Santa es para nosotros aquella estrella surgida de Jacob 1, cuyo rayo, Jesucristo, ilumina a todo el mundo 2. Pues fue ella quien, al engendrarlo en el seno de su virginidad, como estrella que produce su rayo de luz sin corrupción alguna, ilumina a todo el mundo, tal como expresa san Bernardo, siguiendo a san Juan en su Evangelio.
Ella es esta clara y brillante estrella, dice el mismo san Bernardo, que colocada por encima de este mar vasto y espacioso, resplandece por sus méritos y refulge por sus ejemplos.
MF 164,1,2
Vosotros, sin duda, estáis necesitados de luz en esta vida, en que os encontráis permanentemente como en mar proceloso, con peligro para vuestra salvación. Recurrid a María: ella os iluminará y os ayudará a conocer la voluntad de Dios para con vosotros; ya que participando de la luz de su Hijo Jesucristo, que vino al mundo para iluminar a todos los hombres, aunque muchos no lo hayan conocido 3, ella misma es luz que alumbra en las tinieblas 4.
Pedidle, pues, a menudo, que ilumine vuestro espíritu y lo haga dócil a la verdad, ya que, conociéndola ella perfectamente, le resulta fácil enseñárosla y haceros entender lo que vosotros, que sólo sois tinieblas, no podéis comprender.
MF 164,2,1
Punto II.
Como el camino que tenéis que recorrer en este mundo es tan peligroso, necesitáis un guía para caminar por él con seguridad. No podéis tener otro mejor que la Santísima Virgen; pues, como ella es purísima interior y exteriormente, y los santos la llaman tesorera de las gracias que Dios puso en ella, para comunicároslas, conoce todos los caminos y todos los medios para preservar de los peligros que en ellos se encuentran.
Por eso es muy provechoso dejarse guiar por ella; pues, como dice san Bernardo, siguiéndola, no es posible extraviarse; pensando en ella, no puede uno salirse del recto camino; suplicándole, es imposible desesperar de llegar al lugar a donde se quiere ir. Cuando ella ayuda y sostiene, no puede uno caer; cuando protege, nada se puede temer; cuando guía, no puede uno cansarse.
MF 164,2,2
En los peligros, en los caminos estrechos e inseguros, pensad en María, invocad su nombre sagrado, y al punto os sentiréis aliviados y libres de todas vuestras penas.
¡Ah!, dichosos vosotros, si sois devotos de la Santísima Virgen, por contar con la facilidad de recurrir a su santo nombre y, con sólo invocarlo, poder sentiros seguros en medio de todos los obstáculos de tan difícil camino.
MF 164,3,1
Punto III.
No es suficiente navegar con seguridad; hay que llegar a puerto. Sin ello, todo el camino que hubiereis hecho sería inútil, pues no alcanzaría el fin que os habíais propuesto.
Esta estrella del mar, la Santísima Virgen, os conducirá a él sin dificultad, puesto que lo conoce muy bien y sabe la ruta que hay que seguir para llegar a él. Conoció, para sí misma, el camino para llegar, y ella misma marchó por él. Y como tenía perfecto conocimiento de los caminos de Dios y estaba abundantemente prevenida de la gracia, ésta la introducía en el camino, y le daba a gustar cuán feliz se siente uno cuando es llevado por la gracia de Dios, como dice de forma excelente el autor de la Imitación de Cristo.
MF 164,3,2
No estamos en este mundo sino para salvarnos. Encontraremos todos los medios para ello en el seno de la Santísima Virgen, donde Jesucristo residió,
que fue por Él santificado al morar en él; y en el que, incluso, ha depositado plenitud de gracias, capaces no sólo de llenar de fragancia toda la amplitud del alma de la Santísima Virgen, sino también de iluminar, animar y abrasar los corazones de cuantos acuden a ella, invocando su nombre santo.
Practicad esta devoción. Pedídsela a Dios en este santo día. Recordadlo e invocadlo a menudo con todo el respeto y veneración que se le debe.
MF 164,1,1: 1 Nm 24,17. – 2 Jn 1,9. – MF 164,1,2: 3 Jn 1,9-11. – 4 Cf. Jn 1,5.
MF 165
Para la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
14 de septiembre
MF 165,1,1
Punto I.
La fiesta que celebra hoy la Iglesia se estableció, en un primer momento, cuando la santa cruz de Jesucristo, después de ser hallada por santa Elena, madre del emperador Constantino, fue enaltecida con gran honor y glorificada en el mundo entero por parte de todos los cristianos.
Pero esta fiesta adquirió mucha mayor importancia cuando el emperador Heraclio llevó en triunfo la sagrada cruz sobre sus hombros, y la repuso en Jerusalén, en el lugar mismo del Calvario, donde Jesucristo fue clavado en ella. Debemos unirnos a la alegría que en este día manifiesta la Iglesia, con la especial solemnidad con que honra este sagrado madero, y penetrarnos, al mismo tiempo, de los sentimientos de san Pablo, cuando dice que es menester que nos gloriemos en la cruz de Jesucristo 1.
Es más, en ella hemos de poner toda nuestra gloria, dice el mismo apóstol, fijando los ojos en Jesucristo, nuestro divino maestro, que puso su gloria y toda su dicha en sufrir y morir sobre esta cruz, menospreciando la vergüenza y la ignominia 2 que la acompañaban; puesto que esta sagrada cruz, tan venerable desde entonces para los cristianos, era antes, dice el mismo apóstol, motivo de escándalo para los judíos y locura para los gentiles 3.
MF 165,1,2
Si los apóstoles, según la expresión del mismo san Pablo, consideraron como honor predicar por toda la tierra a Jesucristo crucificado 4, pues hacían profesión de no saber otra cosa que al mismo Jesús crucificado 5, muy lejos de anonadar la cruz de Jesucristo 6, que es para nosotros virtud y poder de Dios 7, pasemos este día y el resto de nuestra vida con sumo respeto y profunda adoración hacia este sagrado misterio; el cual, como añade el mismo san Pablo, estuvo oculto antes de Jesucristo, para nuestra gloria, y los príncipes de este mundo no tuvieron la suerte de conocer 8, aunque haya sido la cruz el instrumento de nuestra salvación y nos haya procurado la vida de la gracia y nuestra resurrección.
MF 165,2,1
Punto II.
No conviene que el honor que hemos de tributar a la cruz de Nuestro Señor se limite a respetarla y adorarla; es preciso, además, que la amemos con todo el afecto de nuestro corazón y que deseemos morir clavados en ella, como lo deseó Jesucristo, nuestro divino maestro. Pues como dice el autor de la Imitación, quienes se abrazan de buen grado a la cruz de Jesucristo no temerán la terrible sentencia de la condenación; pues habiendo sido, por su medio, arrancados al pecado, no es posible ni pensar en ella. Y hemos de tener la confianza de que si la amamos, en unión con Jesucristo, que la amó tiernamente y la llevó con sumo gozo, todas las miserias de esta vida se nos convertirán en dulces y agradables; y seremos realmente felices, al haber encontrado nuestro paraíso en este mundo, puesto que estaremos participando del espíritu paciente de Jesucristo, que nos reconcilió mediante su muerte sobre esta santa cruz, dice san Pablo, para hacernos santos, puros e irreprensibles ante Dios 9.
MF 165,2,2
Consideremos, pues, atentamente, cuán deudores somos a este sagrado madero por haber contribuido de tal modo a nuestra santificación. Elevémoslo, con el celo del ferviente amor, hasta Jesucristo, para unirlo a él, que sigue amándolo todavía, porque ama nuestra salvación y se siente satisfecho de haber cargado con él para nuestra santificación.
Así, pues, cuando tengáis alguna aflicción, uníos a Jesús doliente; amad su cruz, ya que sois uno de sus miembros 10. Esa unión y ese amor suavizarán vuestras penas y os las tornarán mucho más tolerables.
MF 165,3,1
Punto III.
Todos los honores externos o internos que podamos tributar a la cruz del Salvador nos serán poco provechosos, a menos que la honremos de otra manera, llevando constantemente 11, como siervo bueno y fiel 12, la cruz que el mismo Jesús, nuestro maestro, quiera imponernos, teniendo en cuenta que Él tuvo a bien ser crucificado por nuestro amor.
Pues, como muy bien dice Minucio Félix, aunque Jesucristo nos exige que adoremos su santa cruz, no es, con todo, lo que nos pide con más insistencia, sino que bebamos gustosos su sagrado cáliz, si deseamos ser sus amigos y tener parte con Él en su reino 13.
MF 165,3,2
Pongamos, pues, toda nuestra gloria, con san Pablo, en llevar sobre nuestro cuerpo las señales sagradas de los padecimientos de Jesús 14, a fin de hacernos conformes a Jesús crucificado y honrar su santa cruz del modo que a Él le sea más agradable, y a nosotros más eficaz y ventajoso.
Justamente pensamos, en efecto, que si toda la vida de Jesús fue cruz y martirio continuo, nunca pareceremos mejor sus siervos, amigos e imitadores que imprimiendo en nosotros el sello de su santa cruz, y sufriendo penas semejantes a las suyas.
¿Cómo osaríamos, para complacer a Dios, honrarlo, y ofrecerle un sacrificio que le agrade, buscar otro camino distinto de esta vía de la cruz bienaventurada, puesto que Jesús, nuestro Salvador, no pasó ni una sola hora de su vida sin sufrir, para honrar a su Padre, y no ha existido en el mundo ningún santo sin aflicciones y sin cruz?
MF 165,1,1: 1 Ga 6,14. – 2 Hb 12,2. – 3 1Co 1,23. – MF 165,1,2: 4 1Co 1,23. – 5 1Co 2,2. – 6 1Co 1,17. – 7 1Co 1,24. – 8 1Co 2,7-8. – MF 165,2,1: 9 Col 1,22. – MF 165,2,2: 10 Ef 5,30. – MF 165,3,1: 11 Cf. Lc 9,23. – 12 Mt 25,21. – 13 Mt 20,22. – MF 165,3,2: 14 Ga 6,17.
166. 16.
MF 166
Para la fiesta de san Cipriano
16 de septiembre
MF 166,1,1
Punto I.
San Cipriano es uno de los principales Padres de la Iglesia y fue de los más celosos de su disciplina y de mantener la doctrina y las máximas de Jesucristo. Siendo pagano y muy docto, fue convertido por un sacerdote llamado Cecilio, a quien amó tiernamente y a quien desde entonces veneró como a su padre.
Antes, incluso, de recibir el bautismo, ya estudió la Sagrada Escritura y, bien impregnado de las máximas que en ella había aprendido y del espíritu católico, fue admitido al mismo. En cuanto fue bautizado, vendió todos sus bienes y distribuyó el importe a los pobres 1, y resolvió observar continencia. De ese modo, desde que comenzó a ser cristiano, vivió despojado de todas las riquezas y despegado del afecto a todos los bienes y a los placeres de la tierra. Eso era vivir como perfecto cristiano.
Parece evidente que este santo fue, ante todo, muy virtuoso y que tuvo el corazón totalmente lleno del Espíritu de Jesucristo. Supuesta tal disposición, no podía por menos que practicar excelentes virtudes. Era tanta la edificación de todo el mundo por su santa vida, como la admiración por su habilidad y por el conocimiento de las letras. Todo eso le puso en condiciones de producir abundantes frutos en la Iglesia.
MF 166,1,2
Vivís en un estado en el que tenéis obligación de conocer a fondo las máximas del Santo Evangelio, tanto para trabajar en vuestra santificación como para procurársela a los otros. ¿Las seguís como hizo este santo? ¿Habéis renunciado, como él, a los bienes y a los placeres de la vida?
De ordinario, vosotros no disponéis de los bienes y de las comodidades de la vida porque no podéis disfrutar de ellos; pero, a menudo, quienes carecen de ellos, son quienes los anhelan con mayor ardor: ¿no seréis vosotros de este número? No es suficiente vivir privado de ellos, a menos que se haga voluntariamente y con amor. Por eso Jesucristo no dice sólo bienaventurados los pobres, sino los pobres de espíritu 2. Con frecuencia, ese espíritu de pobreza no es menos raro en las comunidades que en el siglo.
MF 166,2,1
Punto II.
San Cipriano, por vivir tan santamente, fue muy pronto ordenado sacerdote, y casi al mismo tiempo, obispo de Cartago, por elección de todo el pueblo. Para impedirlo, huyó; pero se vio obligado a aceptar esta dignidad.
Siendo ya obispo, este santo iluminó a toda la Iglesia con sus excelentes escritos, y durante la persecución trabajó esforzadamente en sostener a los vacilantes en la fe. Manifestó admirable celo para instruir a su pueblo, y sobre todo dedicó especial atención a los pobres.
Cuando uno se hace voluntariamente pobre para imitar a Jesucristo, también ama, como Él, a los que Dios hizo pobres.
MF 166,2,2
Vosotros tenéis todos los días niños pobres a quienes instruir; amadlos tiernamente, como hizo este santo, siguiendo en ello el ejemplo de Jesucristo. Preferidlos a quienes no lo son, pues Jesucristo no dijo que el Evangelio es anunciado a los ricos, sino a los pobres 3. Ellos son también los que Dios os ha encomendado, y a los que tenéis obligación de anunciar las verdades del Santo Evangelio.
Ellos eran los que seguían habitualmente a Jesucristo Nuestro Señor, y ellos son también los mejor dispuestos a aprovechar su doctrina, porque en ellos existen menos obstáculos exteriores.
No hay nadie que no concuerde en que este santo aventajó a todos los obispos de su tiempo en ciencia y elocuencia, como también en prudencia y humildad. A ejemplo suyo, tenéis que conocer a fondo la religión; pero además debéis dar pruebas de que estáis penetrados de ella, por vuestra prudencia y vuestra piedad.
MF 166,3,1
Punto III.
Este santo trabajó mucho por la Iglesia y también soportó infinidad de males, a causa de su celo y de la fidelidad que le profesaba. Así, cuando estalló una furiosa persecución contra los fieles, los paganos pidieron que lo arrojaran a los leones. Fue desterrado de inmediato, y al mismo tiempo confiscaron todos sus bienes. Se ocultó para poder ser todavía útil a su pueblo y a la Iglesia; parecía, incluso, de suma importancia que siguiera vivo para afianzar a su pueblo durante aquella dura persecución.
Así, oculto, permaneció dos años, atendiendo sin cesar las necesidades de sus diocesanos y escribiéndoles cartas y tratados llenos de amor a Dios. Después de dos años de retiro, habiendo fallecido el emperador Decio, regresó a Cartago. Pero poco después de llegar, lo desterraron los emperadores Valeriano y Galiano. Al volver del destierro, el procónsul lo condenó a ser decapitado. Así dejó este santo el exilio de esta vida, después de haber sufrido durante largo tiempo por sostener a la Iglesia de Jesucristo.
MF 166,3,2
Una de las cosas que más contribuyen a imprimir las verdades del Evangelio en los corazones, y a hacer que gusten de ellas, es que quienes las enseñan como
ministros de Jesucristo y dispensadores de sus misterios 4, soporten de buen grado las persecuciones y practiquen lo que dice san Pablo: nos maldicen, y bendecimos; nos persiguen, y lo soportamos; nos injurian, y respondemos con oraciones. Somos considerados como las heces del mundo 5, pero no nos abatimos por nada 6.
¿Os halláis en esta disposición? Os es muy necesaria, si queréis producir fruto en vuestro empleo.
MF 166,1,1: 1 Cf. Mt 19,21. – MF 166,1,2: 2 Mt 5,3. – MF 166,2,2: 3 Cf. Mt 11,5. – MF 166,3,2: 4 1Co 4,1. – 5 1Co 4,12-13. – 6 2Co 4,8.
MF 167
Para la fiesta de san Mateo, apóstol y evangelista
21 de septiembre
MF 167,1,1
Punto I.
Lo más admirable en la vida de san Mateo es que fue fiel en seguir a Jesucristo en cuanto lo llamó. En Cafarnaún, ciudad de Galilea, era recaudador de las contribuciones del emperador. Al pasar cierto día Jesucristo, que predicaba por entonces allí su Evangelio, ante la puerta donde vivía san Mateo, éste dejó al instante su despacho y cuanto poseía, y siguió a Jesucristo 1.
Y para demostrar la alegría y la gratitud que por su conversión sentía hacia Jesucristo, lo invitó a un gran banquete que dio en su casa, al que acudieron algunos publicanos y pecadores 2, que, según san Jerónimo, fueron convertidos por Nuestro Señor.
La conversión de san Mateo es de todo punto extraordinaria; y es signo de la fuerza de la gracia, y de los efectos que ésta produce en el alma. Es cierto que la palabra de Jesucristo es eficaz 3 en la vocación de los apóstoles; pero como la mayoría eran pobres pescadores, no es tan de extrañar que siguieran de inmediato a Jesucristo, como lo es en el caso de san Mateo, que poseía riqueza y vivía con holgura.
MF 167,1,2
¿Habéis sido vosotros tan prontos en seguir a Jesucristo como lo fue san Mateo, a la primera palabra, al instante, sin haber arreglado sus negocios y sin haber pedido tiempo para atenderlos? ¿Cuántas veces, tal vez, os ha llamado Jesucristo? ¿No habéis dicho a menudo, como san Agustín: mañana, mañana me convertiré? ¿No lo decís aún ahora todos los días? ¿Habéis abandonado todo desde lo profundo del corazón? ¿Puede ser que algunos de nosotros no poseyeran nada, como los primeros apóstoles? Entonces eso les habrá resultado muy fácil. ¿No buscamos, sin embargo, nuestros gustos y comodidades? Eso es indigno de un siervo de Dios, que ha debido renunciar al mundo y a todas las cosas 4.
MF 167,2,1
Punto II.
Desde su conversión, san Mateo se mantuvo fielmente unido a Jesucristo hasta el fin de su vida, dice san Jerónimo; por eso lo escogió para ser uno de sus apóstoles, para predicar con Él, y después de Él, su Evangelio, y para escribirlo el primero, en la misma lengua que lo había predicado Jesucristo, es decir, en siríaco, que era un hebreo corrompido.
No es posible imaginar cuánto ama Jesucristo a quienes lo dejan todo por Él, y cuántas gracias les concede, tanto para sí mismos como para los demás 5. Como su corazón se halla vacío de las cosas del mundo, Dios lo llena con su Espíritu Santo, como hizo con el de san Mateo; pues cuanto más cosas se dejan en lo exterior, tanto más da Dios en lo interior.
MF 167,2,2
No os aficionéis sino a Jesucristo, a su doctrina y a sus santas máximas, ya que Él os ha honrado escogiéndoos, con preferencia a muchos otros, para anunciárselas a los niños, sus predilectos.
Estimad mucho vuestro empleo, que es apostólico, y estudiad con aplicación el Evangelio de san Mateo, en el que se proponen las máximas más santas de Jesucristo y los fundamentos principales de la piedad cristiana. Cuanto más os apliquéis a ello, más sabios llegaréis a ser en la ciencia de los santos, y os hallaréis en mejor disposición para instruir a los demás..
MF 167,3,1
Punto III.
Este santo apóstol fue a predicar el santo evangelio al mismo tiempo que los demás y le cupo en suerte Etiopía. Allí logró mucho progreso y convirtió a la fe al rey y a toda su familia.
Muerto el rey, el príncipe que lo sucedió quiso desposar a la hija de su predecesor, llamada Ifigenia. Pero como ella había hecho voto de castidad, se negó a ello. Este rey pretendía forzar a san Mateo a que persuadiese a la princesa para que se casara con él, no obstante su voto. San Mateo, por el contrario, la instó a permanecer firme en su resolución.
Esto fue motivo para que aquel bárbaro le diera muerte, después que hubiera convertido a casi todo el país a la fe de Jesucristo. Por eso se ha llamado a este santo víctima de la virginidad.
MF 167,3,2
Cuando se pretenda inducir al mal a vuestros discípulos, confirmadlos en la práctica del bien. Y no esperéis otras recompensas, cuando hayáis desempeñado debidamente vuestro empleo, que sufrir persecuciones, injurias,
ultrajes y maldiciones, y que se diga con falsedad todo tipo de mal contra vosotros, como escribió san Mateo y él mismo puso en práctica.
Alegraos entonces, añade el mismo santo, y exultad de gozo, porque es muy grande la recompensa que os está reservada en el cielo; pues del mismo modo persiguieron a los profetas que os precedieron 6.
Tened la certeza de que tales persecuciones atraerán con abundancia las gracias de Dios sobre vosotros y sus bendiciones sobre vuestro empleo.
MF 167,1,1: 1 Lc 5,27-28; Mt 9,9. – 2 Lc 5,29; Mt 9,10. – 3 Hb 4,12. – MF 167,1,2: 4 Lc 14,33. – MF 167,2,1: 5 Cf. Mt 19,27-29. – MF 167,3,2: 6 Mt 5,11-12.
[Meditación 168: Meditación para la fiesta de san Yon. 22 de septiembre. Se incluye al final, con las Meditaciones añadidas.]
1
MF 169 Para la fiesta de san Miguel, arcángel
MF 169,1,1 Punto I.
San Miguel es un arcángel, y el príncipe de todos los ángeles que permanecieron fieles a Dios. Él es quien, por celo de la gloria de Dios, se unió a todos sus santos ángeles para combatir a Lucifer y a sus secuaces 1, que deslumbrados por las perfecciones y gracias que Dios había puesto en ellos, se rebelaron contra Él.
No quisieron someterse a sus órdenes porque no consideraron debidamente cuán superior a ellos e infinitamente más digno de honor y de gloria debía ser quien había creado cuanto de grande había en ellos. Estaban, incluso, tan cegados, que se opusieron a san Miguel, encargado por Dios de esclarecerlos con sus luces y de hacerles comprender que nada se puede comparar con Dios; que, como dice san Pablo, sólo a Él es debido todo el honor y toda la gloria por los siglos de los siglos 2; y que todas las criaturas, como ellos lo eran, al no ser nada por sí mismas, debían abismarse y anonadarse ante Dios, a vista de su gloria y majestad.
MF 169,1,2
Este rayo de luz que Dios, por sí mismo, imprimió en san Miguel, y el solo aspecto de este arcángel fue lo que confundió a aquellos desdichados ángeles, que se convirtieron en puras tinieblas, y se vieron relegados a un lugar tenebroso, por no haber querido abrir sus ojos a la luz verdadera.
¿Resistiremos siempre nosotros a las luces de la gracia, que nos inspira que hay que dejar todo por Dios, y que sólo en Él encontraremos nuestra verdadera felicidad, incluso en esta vida?
MF 169,2,1
Punto II.
San Miguel, animado de aquel sentimiento de fe que le servía de escudo 3 contra los ángeles malos, consiguió la victoria con estas palabras: «¿Quién como Dios?» Al mismo tiempo glorificaba con los suyos a Dios, exclamando: Digno eres, oh Señor Dios nuestro, de recibir toda gloria, todo honor y todo poderío, porque Tú creaste todas las cosas 4. Ahora es cuando se ha establecido la salvación, la fuerza y el reino de nuestro Dios, porque el acusador de nuestros hermanos, que los acusaba día y noche ante nuestro Dios, ha sido precipitado desde lo alto del cielo 5.
Desde entonces, a todos los santos ángeles les fue asegurada la gloria eterna, que nunca ha sufrido menoscabo en ellos, ni jamás podrá padecer la más mínima alteración.
¡Qué dicha la de este santo arcángel ser el primero de esos espíritus bienaventurados, que tienen como única ocupación alabar a Dios en el cielo, y haber sido, por su celo y su respeto a Dios, el que más contribuyó a que empezara a poblarse el cielo!
MF 169,2,2
Honrad a este insigne santo como al primero que dio gloria a Dios, y que hizo que lo glorificasen las criaturas, y tributadle el honor que merece por haber sido tan adicto a Dios.
Uníos a él y a todos los espíritus bienaventurados que lo acompañan en el cielo, y consideradlos como modelos de lo que vosotros tenéis que hacer por Dios. Pensad con frecuencia en aquellas palabras: ¿Quién como Dios?, que los animaron en el combate que mantuvieron contra los demonios, para que ellas os sostengan en todas vuestras tentaciones; y decíos a vosotros mismos, cuando os veáis asaltados por ellas: el placer que pudiera yo disfrutar siguiendo este atractivo de la concupiscencia, ¿puede asemejarse al que se experimenta en gozar de Dios?
MF 169,3,1
Punto III.
Aún hoy tributa san Miguel todos los días gloria a Dios, por medio del bien que realiza a los cristianos y por las gracias que les procura; pues él ha sido escogido por Dios como protector de la Iglesia, a la que sostiene y defiende contra sus enemigos.
¿No fue él, en efecto, quien por orden de Dios y para favorecer al rey Ezequías, mató a ciento ochenta mil hombres del ejército de Senaquerib 6, y quien, según el relato de san Judas, disputó contra el demonio para adueñarse del cuerpo de Moisés 7? ¿Y no fue él, incluso, como lo canta la Iglesia, el designado por Dios para recibir las almas de los justos, a la salida del cuerpo, y conducirlas en seguida al cielo?
También es él quien defiende a la Iglesia, como la predilecta de Dios, contra los cismas y contra las herejías, que de vez en cuando se oponen a la sana doctrina y la turban.
MF 169,3,2
Unámonos, pues, a este santo príncipe de los ángeles, para participar en el celo que tuvo, tanto por nuestra salvación como por la de todos los cristianos; entreguémonos a sus cuidados; confiemos en su ayuda y seamos dóciles a su voz interior, para que todos los medios que Dios nos ofrezca, a través de él, para nuestra salvación, sean eficaces en nosotros y para que no pongamos, de nuestra parte, ningún obstáculo para su ejecución.
Pedid a menudo a san Miguel que tenga la bondad de proteger a esta pequeña familia y a esta iglesia de Jesucristo 8, según la expresión de san Pablo, que es nuestra comunidad; y que la ayude a conservar en sí el Espíritu de Jesucristo, y conceda a todos sus miembros las gracias que necesitan para mantenerse en su vocación y para procurar el espíritu del cristianismo a todos aquellos que tienen bajo su dirección.
MF 169,1,1: 1 Ap 12,7. – 2 1Tm 1,17. – MF 169,2,1: 3 Ef 6,16. – 4 Ap 4,11. – 5 Ap 12,10. – MF 169,3,1: 6 2R 19,35. – 7 Jud 9. – MF 169,3,2: 8 Cf. Rm 16,5.
MF 170 Para la fiesta de san Jerónimo
MF 170,1,1 Punto I.
San Jerónimo estuvo dotado de mente preclara y extraordinaria ciencia. En un primer momento se dedicó a las ciencias humanas, pero al darse cuenta de que, lejos de darle el gusto de Dios, apartaban de Él, las dejó; y no escatimó las fatigas, los trabajos, su propia fortuna ni sus esfuerzos, para instruirse en la Sagrada Escritura, y para adquirir conocimiento perfecto de cuantos misterios se encierran en ella.
De estos Sagrados Libros es de donde manan todos los tesoros de la ciencia y de la sabiduría de Dios 1. Éstos son los libros divinos que hay que devorar, según la expresión del profeta, y de los cuales han de saciarse los verdaderos siervos de Dios 2, para comunicar y explicar sus secretos a los que tienen obligación de instruir y formar en el cristianismo, de parte de Dios, como hizo san Jerónimo.
Pues lo consultaban desde todos los lugares del mundo sobre las dificultades de la Sagrada Escritura, en las cuales él había penetrado tan profundamente y a las que había encontrado soluciones tan acertadas, que no dejaba sombra de duda, en lo referente a ellas, en los que a él acudían.
MF 170,1,2
Así esclareció este santo a la Iglesia con las luces que había recibido de Dios. Y para llenarse de ellas con mayor abundancia, se retiró del ambiente del mundo, para que los estorbos del siglo no le pudieran impedir profundizar en las santas verdades que Dios quiso dar a conocer a los hombres.
Si queréis estar llenos del Espíritu de Dios y plenamente capacitados para vuestro empleo, estudiad sobre todo los libros sagrados de la Escritura, y particularmente el Nuevo Testamento, para que sirva como norma de conducta, tanto a vosotros como a aquellos que instruís.
MF 170,2,1
Punto II.
San Jerónimo recorrió casi todo el mundo para poder dialogar con los hombres más importantes de su tiempo, y, sobre todo, con los más expertos en la ciencia de la Sagrada Escritura. Pero, estando en Atenas, se encontró con san Gregorio Nazianceno, el cual le dijo que para comprender bien la Sagrada Escritura había que comenzar por practicarla.
Por lo cual, siguiendo el consejo de este gran santo, a quien comenzó a considerar desde entonces como su maestro, se retiró de inmediato al desierto de Siria, para llevar vida santa y penitente.
En cuanto llegó allí, se entregó a la oración, a la meditación de la Sagrada Escritura y a la práctica de cuanto ella enseña, velando y ayunando constantemente, totalmente apartado del trato con el mundo.
MF 170,2,2
Allí aprendió con solidez lo que dice san Pablo: que la ciencia, a veces, hincha, pero que la caridad edifica; y que si alguno se imagina saber algo, aún desconoce cómo debe saberlo; pero si alguno ama a Dios, es conocido y amado de Dios 3.
¿De qué sirve la ciencia sin el temor de Dios?, dice el autor de la Imitación. ¿Qué aprovecha, añade, disputar sutilmente sobre el misterio de la Santísima Trinidad, si por falta de humildad, se desagrada a Dios?
En aquella soledad, en la que san Jerónimo se encontraba como en un paraíso, fue donde aprendió a despreciarse a sí mismo y a no estimar cosa alguna de la tierra.
Vosotros, para enseñar, tenéis obligación de saber. Pero persuadíos de que aprenderéis mejor el Evangelio meditándolo que sabiéndolo de memoria.
MF 170,3,1
Punto III.
San Jerónimo se dedicó intensamente a luchar contra los herejes, para constituirse en defensor de la Iglesia. Cierto es que fue tan humilde que, aun siendo sacerdote, no se atrevió a ejercer ninguna de las funciones correspondientes, por considerarse totalmente indigno. Sin embargo, en su calidad de ministro de Dios, llegó a ser muy útil a la Iglesia protegiéndola de los ataques a que lo sometían sus enemigos, que maquinaban su perdición con tanto mayor ímpetu, cuanto que aún no había alcanzado la extensión y la gloria externa que consiguió más tarde.
Este santo manifestó tanto vigor, tanto celo, e incluso tanta habilidad para luchar contra los herejes, que lo consideraban como su azote, y no osaban enfrentarse a él, ya que las razones que aducía para destruir su doctrina eran tan contundentes y sólidas, que fácilmente los convencía de su error. La penitencia y la oración, unidas a la agudeza natural de su preclara inteligencia, lo pusieron en tales disposiciones.
MF 170,3,2 De este modo ejerció el santo su ministerio
de sacerdote de Jesucristo. Porque, como dice san
Pablo, aunque el Espíritu, que distribuye las gracias a
todos, es uno mismo, hay, con todo, diversidad de
gracias; y aunque hay diversidad de operaciones
sobrenaturales, es el mismo Dios el que obra todo en
todos; así, uno recibe del Espíritu Santo el don de hablar
con profunda sabiduría, otro el don de hablar con ciencia,
otro el don de profecía, otro el discernimiento de
espíritus, otro el don de hablar diversas lenguas, otro la
interpretación de lenguas 4, otro el don de gobernar, y otro
el don de asistir a los hermanos 5. De esta forma, quienes han sido empleados en el bien de la Iglesia, lo han sido diversamente.
Pedid hoy, por intercesión de san Jerónimo, alguna participación en la gracia que Dios le concedió para el bien de la Iglesia, y poneos en disposición de trabajar en ella según vuestro propio don.
Amad el retiro y la oración como este santo. Ese será el medio para haceros útil a la Iglesia.
MF 170,1,1: 1 Col 2,3. – 2 Ez 2,8; 3,1-3. – MF 170,2,2: 3 1Co 8,1-3. – MF 170,3,2: 4 1Co 12,4-11. – 5 1Co 12,28.
MF 171 Para la fiesta de san Remigio
1 de octubre; nuevo calendario, 15 de enero
MF 171,1,1 Punto I.
San Remigio, que había nacido como por milagro, de madre que ya no estaba en edad de tener hijos, llegó a ser, ya desde su juventud, la admiración de todo el mundo, tanto por la agudeza de su inteligencia como por su cordura y por su piedad. Para fortalecerla, renunció por completo al mundo siendo aún muy joven, y se encerró en una celda donde llevó vida muy penitente.
Así guía Dios, por el retiro y la oración, a los hombres a quienes prepara para algo grande. Pues en la soledad, apartado uno por entero de las criaturas, es donde se aprende a disgustarse y a desprenderse de todo aquello que constituye el placer de la gente que vive en el siglo, y a conversar, luego, con Dios, que se comunica gustoso a los hombres que encuentra desprendidos de todo. Pues a Él le gusta hablarles a solas; y cuanto más vacío de las cosas del mundo halla su corazón, tanto más se da a conocer a ellos y los llena de su Espíritu.
MF 171,1,2
Esto es lo que le sucedió a san Remigio, que en su retiro fue favorecido por Dios, de tal modo, que el brillo de sus virtudes le mereció pronto extraordinaria reputación. Si bien, no es la fama lo que haya de buscarse ni desearse en este mundo, sino la plenitud del Espíritu de Dios, para vivir bien en el propio estado y desempeñar debidamente el propio empleo.
Tened la seguridad de que sólo podréis llegar a poseerla mediante el retiro y la oración. Por eso tenéis que amar el retiro y aplicaros a la oración con mucho fervor.
MF 171,2,1
Punto II.
La notable reputación que había adquirido san Remigio por su piedad causó tal impresión en los pueblos cercanos, que fueron a sacarle de su celda para ponerlo como arzobispo de Reims, aunque a la sazón sólo tenía veintidós años. Él hizo cuanto pudo para oponerse a la elección que de él habían hecho, pero el resplandor de sus virtudes impresionaba más sensiblemente a aquellos pueblos que toda su resistencia, y no desistieron de su decisión.
Este santo manifestó ardiente celo por el bien de la Iglesia en el desempeño de su dignidad episcopal, y no omitió nada de lo que estimaba podía contribuir a ello.
MF 171,2,2
He ahí cuál es, de ordinario, el fruto del verdadero retiro: quienes en él se han llenado del amor de Dios, buscan en seguida el modo de comunicarlo a los otros, cuando Dios, por el bien de la Iglesia, los pone en la precisión de tratar con el mundo. Entonces estos hombres extraordinarios, plenamente penetrados del Espíritu de Dios, se dedican, con todo el esmero posible, a dar a conocer y hacer gustar a los demás lo que sienten ellos en sí mismos; y, animados por el celo que los inunda, ayudan eficazmente a muchas almas a entregarse a Dios. Vosotros ejercéis un empleo que requiere mucho celo; pero ese celo sería poco útil si no produjera su efecto; no podrá producirlo, con todo, si no es el fruto del amor de Dios, residente en vosotros.
MF 171,3,1
Punto III.
El mayor bien que realizó san Remigio por la Iglesia durante su episcopado fue convertir y bautizar al rey Clodoveo; en ello fue ayudado por las plegarias y solicitudes de santa Clotilde. Otro bien fue también el haber procurado la salvación a varias provincias de aquel reino; por lo que fue admirado por el Papa, que lo felicitó por ello, al igual que todos los santos obispos de aquel tiempo.
Cuando un hombre llamado a procurar la salvación de las almas se ha llenado plenamente de Dios y de su Espíritu, como fue el caso de san Remigio en su soledad, llega a conseguir en su empleo todo cuanto pretende. No hay nada que se le resista, ni el mismo Dios, por decirlo así, como se puso de manifiesto respecto de Moisés, que forzó a Dios, en cierto modo, a realizar lo que le pedía para el pueblo que le había encomendado a sus cuidados 1.
Cuán glorioso fue san Remigio, ante Dios y ante los hombres, por haber contribuido en tan alto grado a que tantos franceses se hicieran cristianos, y haber conseguido que Jesucristo fuera adorado donde antes era desconocido.
MF 171,3,2 Vuestro empleo no consiste en hacer
cristianos a vuestros discípulos, sino en hacerlos
verdaderos cristianos. Esto es tanto más útil, cuanto que
de poco les valdría haber recibido el bautismo si no
vivieran según el espíritu del cristianismo. Para
comunicárselo a los demás, es necesario que uno mismo
lo posea en abundancia.
Ved a qué os obliga: sin duda, a practicar el Santo Evangelio. Leedlo, pues, con frecuencia, con atención y con amor, y sea él vuestro principal estudio; pero que esto os sirva, sobre todo, para practicarlo.
MF 171,3,1: 1 Cf. Ex 32,11-14.
MF 172
Para la fiesta de los Santos Ángeles Custodios
2 de octubre
MF 172,1,1
Punto I.
Admiremos la bondad de Dios y agradezcámosle la merced que nos hizo al darnos un ángel para que cuide de nosotros, nos proteja y nos sirva.
No se contentó Dios con habernos dado a su Hijo único para que nos librase del pecado, ni con enviarnos a su Santo Espíritu para que nos colmase de sus santas gracias; sino que, además, para no omitir ninguno de cuantos cuidados pueden afectar a nuestro interés y a mantenernos en la piedad y en su santo amor, envía a la tierra, para nosotros, a los santos ángeles, espíritus bienaventurados que gozan de Él en el cielo, para que estén siempre cerca de nosotros, con el fin de socorrernos y servirnos en todo tipo de situaciones.
MF 172,1,2
Les ordena que, de su parte, nos guarden, nos guíen y nos iluminen en todos nuestros caminos 1, para que podamos caminar derechamente hacia el cielo, con seguridad y sin descarriarnos. Realmente es éste un efecto maravilloso de su bondad, dice san Bernardo, y uno de los mayores testimonios de su amor.
Mostraos, pues, agradecidos, cumpliendo exactamente cuanto os inspiren.
MF 172,2,1
Punto II.
Los auxilios que recibimos de nuestros ángeles buenos son muy importantes.
Nos sugieren numerosos pensamientos santos y saludables para llevarnos a Dios; nos impulsan a hacer penitencia por nuestros pecados; presentan a Dios nuestras plegarias; ruegan por nosotros y nos procuran tantos y tan grandes favores que es difícil poder expresarlos.
El Real Profeta los expone en pocas palabras cuando dice: Te llevarán en las palmas de sus manos, no sea que tu pie no tropiece con ninguna piedra 2; es decir, para que no permitáis que vuestra alma quede herida con el menor pecado. Caminarás sobre el áspid y el basilisco, y hollarás al león y al dragón 3; es decir, que bajo su guía, nos mantendremos invulnerables frente a todos los ataques del demonio.
MF 172,2,2
Por tanto, no debemos temer nada, bajo la custodia y la guía de estos ángeles de Dios; pues no permitirán, dice san Bernardo, que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Y en los trances en extremo difíciles y peligrosos, nos llevarán en sus manos, para ayudarnos a superar las penas y dificultades, sin recibir de ellas daño alguno.
¡Con qué facilidad superaréis, pues, cuanto se opone a vuestra salvación, teniendo la suerte de ser llevados en las manos de tales defensores!
MF 172,3,1
Punto III.
¡Cuánta reverencia para con nuestro ángel bueno debe inspirarnos la ayuda que recibimos de él! ¿No debe inspirarnos también devoción hacia él, y movernos a confiar en su protección? Le debemos respeto, dice san Bernardo, a causa de su presencia; devoción, por su benevolencia para con nosotros; y confianza, por el cuidado que pone en protegernos. También tenemos obligación de agradecerle la extremada caridad con que obedece al mandato que recibió de cuidarnos en tan grandes y continuas necesidades.
MF 172,3,2
Cada vez que nos sintamos acosados por alguna tentación violenta o que nos veamos oprimidos por alguna grave tribulación, invoquemos al ángel que nos guarda, nos guía y nos socorre tan favorablemente en nuestras necesidades y aflicciones. Dirijámonos a él con fervorosas y continuas oraciones, ya que está siempre presente y dispuesto a defendernos y consolarnos.
Rogad también con frecuencia a los ángeles custodios de vuestros alumnos, para que bajo su poderosa protección practiquen gustosos y con mayor facilidad el bien que les enseñáis.
MF 172,1,2: 1 Sal 91,11. – MF 172,2,1: 2 Sal 91,12. – 3 Sal 91,13.
MF 173
Para la fiesta de san Francisco
4 de octubre
MF 173,1,1
Punto I.
San Francisco amó tanto a los pobres que en toda ocasión les daba gustoso limosna, y a ninguno que se la pidiera podía negársela, porque veía a Jesucristo en su persona, y porque estaba convencido de que el bien que les hacía, se lo hacía al mismo Jesucristo 1.
Ese amor a los pobres fue motivo de que este eminente santo se dedicara a instruirlos con preferencia a los ricos; pues sabía que a eso se dedicó Jesucristo en la tierra, con sus santos apóstoles. Por eso respondió a los discípulos de san Juan, cuando le preguntaron qué habían de decir sobre él a su maestro: Decidle, respondió el Salvador, que predico el Evangelio a los pobres 2.
MF 173,1,2
Ese amor a los pobres, en fin, movió a san Francisco a servirlos en los hospitales de los lugares por donde pasaba.
San Francisco se dejó llevar de tal afecto por los pobres para imitar a Jesucristo, quien gustaba de su compañía.
Por razón de vuestro empleo, estáis encargados de amar a los pobres, ya que la función que en él ejercéis es dedicaros a instruirlos. Miradlos, con san Francisco, como imágenes de Jesucristo, y como los mejor dispuestos para recibir abundantemente su Espíritu. De ese modo, cuanto más los améis, más perteneceréis a Jesucristo.
MF 173,2,1
Punto II.
San Francisco no se contentó con amar a los pobres; quiso, además, ser pobre y estar desprendido de las cosas de la tierra. Y para estarlo totalmente, cierto día en que su padre se quejaba de que daba mucho a los pobres, se fue con él, de inmediato, al obispo, y después de renunciar públicamente, ante el prelado, a la herencia de su padre, abandonó su casa y no quiso volver a vivir en ella. Desde entonces, se determinó también a privarse de todos los placeres y comodidades que pueden disfrutarse en este mundo, y vivió siempre en este desapego, que lo movía a repetir con frecuencia aquellas palabras: ¡Mi Dios y mi todo!; ya que, cuando uno está despojado de todo en la tierra, no tiene más que a Dios, y puede poseerlo con plenitud.
MF 173,2,2
Como hallaba la perfecta pobreza y el total desasimiento en el nacimiento de Jesucristo y en su pasión y muerte, profesaba devoción particular a estos dos misterios; y todos los años celebraba el de la Natividad de Jesucristo con especialísima devoción, y en la disposición de conformarse a Jesús, nacido y muerto en extrema pobreza.
Aprended de este santo a amar la pobreza y a vivir con desprendimiento de todas las cosas. Cuanto más desasidos estéis de las criaturas, más poseeréis a Dios y su santo amor. ¡Vaya!, os diréis como decía de sí mismo san Agustín antes de su conversión, ¡lo que me detiene e impide ser totalmente de Dios son sólo naderías!
MF 173,3,1
Punto III.
El amor a los sufrimientos, igual que el de la pobreza, se adueñó de tal modo del corazón de san Francisco, que considerando lo mucho que Jesucristo había padecido por él, ya no pudo determinarse a pasar sin sufrimiento un solo momento de su vida, desde que abandonó el mundo.
Por eso, Jesucristo paciente, modelo de quienes sufren de buen grado por amor de Dios, constituía hasta tal punto las delicias de su corazón, que no podía privarse ni saciarse de contemplarlo en tal estado.
Ayunaba casi todo el año con mucha austeridad; en invierno se abrigaba muy poco, por lo cual padecía mucho frío; con frecuencia pasaba las noches en oración; y tomaba asperísimas disciplinas.
MF 173,3,2
Practicó, en fin, austeridades tan rigurosas, que podía decir con san Pablo, queestaba clavado a la cruz con Jesucristo 3.
Por esta razón, mientras oraba, un serafín imprimió en su cuerpo los sagrados estigmas de la pasión. No recibió este favor sino después de haberse entregado él mismo a continua mortificación.
Imitad a este gran santo en el amor que tuvo a los padecimientos; haced que vuestro espíritu o vuestro cuerpo se mantengan siempre en mortificación; y que ésta sea tan viva en vosotros que imprima en vuestro cuerpo, por decirlo así, los sagrados estigmas de Jesucristo crucificado.
MF 173,1,1: 1 Mt 25,40. – 2 Mt 11,5; Lc 7,22. – MF 173,3,2: 3 Ga 2,19.
MF 174
Para la fiesta de san Bruno
6 de octubre
MF 174,1,1
Punto I.
San Bruno fue eminente doctor en el mundo, que enseñó teología en la Universidad de París, y luego en Reims, de donde fue canónigo. Encargado de esta función, en ambas ciudades se hizo digno de aprecio, tanto por su recto proceder como por su profunda erudición. Incluso poseía cierta gravedad que le granjeaba el respeto de todo el mundo.
Cuando la piedad se da sola en un hombre, de ordinario sólo es útil para él; pero la ciencia unida a la piedad hace que los hombres insignes sean de mucho provecho a la Iglesia.
Así fue san Bruno, que se mostró como antorcha ardiente y luminosa 1; ardiente por su amor de Dios, y luminosa por las excelentes lecciones que dio a los demás.
MF 174,1,2
Vosotros debéis procurar haceros partícipes de las gracias interiores y exteriores de este insigne santo. Participaréis en sus gracias interiores en la medida que alcancéis la piedad que corresponde a vuestro estado, mediante la vigilancia sobre vosotros mismos, vuestras buenas obras y vuestras oraciones. Participaréis en sus gracias exteriores, en tanto lo exija vuestro deber, si os aplicáis a conocer debidamente la doctrina cristiana, que tenéis que enseñar a vuestros alumnos, y a infundirles la piedad, mediante vuestras saludables enseñanzas.
Sean, pues, ambas cosas objeto de vuestra atención.
MF 174,2,1
Punto II.
No se contentó san Bruno con la piedad que había adquirido en el estado eclesiástico, por sólida que fuese. Como la gracia lo impulsaba a algo más perfecto, comprometió a otras seis personas, a las que se unió, para que se retiraran del mundo con él; y juntos fueron a morar a un espantoso desierto, donde llevaron vida angelical.
En la calma de la soledad, ignorado del mundo y pensando sólo en los propios pecados y en los medios de vivir santamente, encuentra uno a Dios y procura contentarlo. Ya que, por un lado, no hay nada que dé motivo de distracción; y, por otro, tampoco hay nada que no impulse a buscar todo aquello que pueda agradarle; se es indiferente a todo lo relacionado con esta vida, sin preocupación por el propio cuerpo ni por comodidad alguna terrena, puesto que no se ha dejado el mundo sino para privarse de ello.
Así procedieron san Bruno y sus compañeros, quienes podían decir, con san Jerónimo, que la ciudad les resultaba desagradable como una prisión, y que la soledad se les convertía en paraíso.
MF 174,2,2
Vosotros habéis dejado el mundo, como san Bruno, aunque no os halléis en una soledad tan profunda ni tan espantosa, ¿pero habéis renunciado verdaderamente al mundo? ¿No pensáis en él ni en vuestros familiares? ¿Estáis realmente disgustados de él, a causa de la vida que allí llevabais y de los pocos servicios que en él prestabais a Dios? Ciertamente, debéis consideraros muy dichosos por haber salido de él.
MF 174,3,1
Punto III.
San Bruno y sus compañeros, en aquel desierto que hoy se llama la Gran
Cartuja, tomaron juntos y de común acuerdo tres medios segurísimos para ir a Dios: el retiro por el resto de sus días; la oración casi continua, y la mortificación en todo. Unánimemente emplearon estos medios durante toda su vida para trabajar eficazmente en su santificación.
Lo que pierde, de ordinario, a los religiosos es la frecuentación del mundo, porque los aparta de la comunicación que deben tener con Dios. Dios y el mundo, el Espíritu de Dios y el espíritu del mundo no son compatibles 2, dice Jesucristo en el Santo Evangelio. Por eso, añade, cuando se tiene uno, se deja de poseer el otro. Tomad, pues, medidas adecuadas al respecto, y no volváis a aficionaros a lo que ya dejasteis.
MF 174,3,2
La oración atrae las gracias de Dios y aleja las tentaciones. Gracias a ella, precisamente, Dios se convierte en fortaleza nuestra contra el demonio. Vosotros necesitáis de todo esto para manteneros en vuestro estado, ya que dejados a vosotros mismos, no sois más que flaqueza. Mirad, pues, no descuidéis la oración, que tanto necesitáis para manteneros y progresar en la piedad.
La mortificación doma al cuerpo y lo hace menos vulnerable a las tentaciones. Por tanto, debéis serviros de ella todos los días, como de escudo contra el demonio.
Si no podéis practicar esas tres cosas de forma tan continua como san Bruno, practicadlas, al menos, con la misma fidelidad y fervor.
MF 174,1,1: 1 Jn 5,35. – MF 174,3,1: 2 Mt 6,24.
MF 175 Para la fiesta de san Dionisio
MF 175,1,1 Punto I.
Cuando san Pablo llegó a Atenas, famosa ciudad de Grecia, convirtió en ella a numerosas personas, entre las que estaba san Dionisio 1, uno de los jueces de la ciudad, de ilustre nacimiento y muy esclarecido en las ciencias humanas. De él
se refiere, incluso, que había conocido, por el extraordinario eclipse acontecido cuando Jesucristo sufría en el Calvario, que esto ocurría solamente porque el Dios de la naturaleza se estaba muriendo. Lo que le llevó a pensar, cuando san Pablo les predicó al Dios desconocido 2, que éste era el mismo de cuyo advenimiento y muerte le había dado la naturaleza señales sensibles. En cuanto san Pablo le descubrió quién era este Dios, y que era el único digno del homenaje de los hombres, por ser, según les dijo, quien hizo el mundo y cuanto hay en el mundo; que es Señor del cielo y de la tierra; que no creó a los hombres sino para que lo buscaran y tratasen de encontrarlo; y que este mismo Dios no está lejos de ellos, pues en Él tienen la vida, el movimiento y el ser 3, creyó en seguida en Él y renunció al culto de los falsos dioses.
MF 175,1,2
Admirable conversión la de este insigne santo, que sirvió a la Iglesia en gran manera, tanto con sus sublimes escritos como por la predicación del Evangelio. Aunque san Pablo no hubiese convertido más que a san Dionisio, ya habría procurado, sin duda, inmenso bien a la Iglesia.
Así se vale Dios, de las luces naturales y adquiridas por medio de las ciencias humanas, para llevar a los hombres hasta Él, como hizo en san Dionisio y otros.
MF 175,2,1
Punto II.
Este santo, después de convertirse, fue tan fiel a la gracia que en breve tiempo estuvo en condiciones de instruir a los demás, y por eso se dedicó a predicar el Santo Evangelio. Habiendo venido a Francia, fue obispo de la principal ciudad del reino, y predicó en ella tan apostólicamente, que muchos de sus habitantes renunciaron a los falsos dioses y creyeron en Jesucristo.
¡Cuán dichosos hemos de considerarnos de haber recibido por medio de él las primicias de la verdadera creencia y el conocimiento del Dios a quien hay que adorar! ¡Cuánta honra se ha de tributar a este santo, sobre todo en este día en que la Iglesia celebra su fiesta! ¡Y cuánta gratitud debemos manifestarle por habernos procurado beneficio tan grande!
Pero de bien poco serviría estar iluminado con las luces de la fe, si no se vive según el espíritu del cristianismo y si no se observan las máximas del Santo Evangelio.
MF 175,2,2
El fin principal de la fe es practicar lo que se cree; por eso dice Santiago que la fe, si no va acompañada de buenas obras, está muerta. Tú crees, añade, que hay un solo Dios, y haces bien; los demonios también lo creen; pero el hombre es justificado por sus obras y no solamente por su fe 4.
Tened la certeza de que la principal conversión es la del corazón, y que sin ella, la de la mente resulta totalmente estéril. Por tanto, si os aplicáis a incrementar vuestra fe, que sea para acrecentar vuestra piedad.
MF 175,3,1
Punto III.
La recompensa de los hombres apostólicos en esta vida es padecer persecución y morir por la defensa y el sostenimiento de la fe que anunciaron. El discípulo,
dice Nuestro Señor, no es más que el maestro, ni el apóstol más que quien lo envió 5; si me han perseguido a mí, añade, también os perseguirán a vosotros 6. Es lo que le sucedió a san Dionisio, después de haber predicado el Evangelio durante mucho tiempo. Como los demonios, que se hacían adorar en los diversos ídolos de los falsos dioses, soportaban de mal grado las conversiones tan insignes como numerosas de aquel hombre apostólico, fue encarcelado y azotado cruelmente, y luego arrojado a las fieras, que por respeto a su santidad ni lo tocaron. Finalmente, lo condenaron a ser decapitado.
He ahí el término de todos los trabajos de san Dionisio y el fruto de cuanto hizo para procurar la implantación de la religión y del verdadero culto de Dios en este reino.
MF 175,3,2 Puesto que ése fue también el término y
consumación de la vida de Nuestro Señor Jesucristo, y
de todo cuanto obró en la tierra por nuestra salvación, era
muy conveniente que este santo se viera tratado como
su maestro, y muriera como Él de muerte cruel. Este
santo encontró su dicha en derramar su sangre para dar
testimonio a Jesucristo de fidelidad a su servicio y al
ministerio que le había confiado.
Vosotros, igual que san Dionisio, estáis llamados a anunciar las verdades del Santo Evangelio. Desempeñad bien este ministerio y cuidad de que aquellos que están bajo vuestra guía sean instruidos debidamente en los misterios de nuestra santa religión. Y después de consumar vuestra vida en el ejercicio de tan santo empleo, no esperéis otra recompensa que sufrir y morir entre padecimientos, como Jesucristo.
MF 175,1,1: 1 Hch 17,34. – 2 Hch 17,23. – 3 Hch 17,24.27-28. – MF 175,2,2: 4 St 2,17.19.24. – MF 175,3,1: 5 Jn 13,16. – 6 Jn 15,20.
MF 176
Sobre san Francisco de Borja
10 de octubre; nuevo calendario, 3 de octubre
MF 176,1,1
Punto I.
Nada tan admirable como la humildad de san Francisco de Borja. Era en el mundo ilustre personaje de la corte del rey de España. Pero, al dejar el mundo e ingresar en la Compañía de Jesús, amó tanto ser despreciado una vez que hubo renunciado al mundo, cuanto se había visto honrado cuando estaba en él. Desde entonces se consideró y trató a sí mismo en todo momento como el último y el mayor pecador de todos los hombres.
Es lo que demostró, de manera especial, cuando teniendo que acostarse junto a un padre de su Compañía, que se pasó toda la noche escupiendo sobre su rostro, no hizo más que limpiarse cada vez con el pañuelo, sin quejarse; y por la mañana, cuando aquel padre le pedía disculpas, le dijo que no podía haber escupido en lugar más sucio que aquél.
Actuar y hablar así es saber unir la paciencia y la humildad, y lograr elevarlas al mayor grado de perfección.
MF 176,1,2
Este santo repetía con frecuencia que no encontraba lugar que mejor le cuadrase, que ponerse a los pies de Judas; pero que como ya encontraba allí a
Nuestro Señor el día de la Cena, no sabía dónde colocarse, decía, para estar tan bajo como merecía.
Ved cómo se humilló este santo y hasta qué punto se despreciaba. Vosotros, tal vez, ocupasteis en el mundo un nivel muy bajo, y sin embargo, ¿no teméis y evitáis los desprecios más que los buscaba y anhelaba este santo, que los amaba ardientemente? Esforzaos, al menos, por recibirlos y soportarlos con gusto cuando sobreviene alguna ocasión de verse humillado.
MF 176,2,1
Punto II.
Este santo, que en el mundo era sumamente rico, cuando dejó el mundo se hizo pobre, incluso pobrísimo, por amor de Dios. Al abandonarlo, no se reservó ninguno de sus bienes, y desde que se hizo religioso, no manejó ni oro ni plata, por lo que había olvidado totalmente su valor. Su cama, sus vestidos, su comida y su aposento, todo respiraba extrema pobreza.
Este santo puso su dicha en la práctica de esta virtud, y parecía que cuanto más experimentaba los rigores de la pobreza, más contento se sentía; pues sabía que al habernos dado Jesucristo ejemplo de esta virtud y haberla practicado en sumo grado desde su nacimiento, era muy justo que quienes más se acercaban a Él y tenían el honor de ser de su Compañía, participasen de manera perfecta en el amor y en la práctica que Él mostró de esta virtud, que quiso fuera compañera inseparable de sus discípulos.
MF 176,2,2
Esto era también lo que el santo exigía a todos los de su Compañía cuando era General de la misma, anhelando que todas las casas profesas que de ella dependían no tuviesen otros fondos que la pobreza.
¿Es ése el fondo sobre el que deseáis que se construya vuestra comunidad? Es fondo seguro e inconmovible para aquellos que tienen verdadera fe y están interiormente animados por el Espíritu de Nuestro Señor. No podéis hacer nada mejor que establecer vuestra fortuna sobre este cimiento. Es el que Jesucristo consideró más sólido y sobre el cual comenzaron a construir los santos apóstoles el edificio de la Iglesia.
MF 176,3,1
Punto III.
Lo que contribuyó sobremanera e hizo que este santo se entregara totalmente a Dios fue el amor extraordinario que profesaba a la mortificación estando todavía en el siglo. Así, cuando tenía que ir a la corte o asistir a alguna asamblea de diversión, llevaba un cilicio bajo sus ropas, que pudiera retenerlo en las ocasiones peligrosas, tan frecuentes en este tipo de reuniones. Y cuando viajaba, el cofre más precioso era el que contenía sus instrumentos de penitencia, como cadenillas, cilicios y disciplinas.
Amaba cuanto le era ocasión de molestia, y se complacía en verse abrasado por el calor del sol en verano, y en helarse de frío durante el invierno.
MF 176,3,2
Las estaciones más incómodas le resultaban las más agradables. Cuando sufría fuertes dolores se sentía feliz. A nadie manifestaba mayor gratitud que a quienes lo perseguían, porque en las persecuciones, según el espíritu del Evangelio, se consideraba dichoso 1.
Manifestaba, incluso, que a la hora de la muerte se sentiría muy pesaroso si hubiese pasado un solo día sin sufrir por amor de Jesucristo. Uno es cristiano en la medida que se conforma al Salvador; y lo que nos hace semejantes a Él es el amor de los padecimientos y de las mortificaciones. Al igual que este santo, procurad no pasar ni un solo día sin mortificaros, y eso por espíritu de religión y para dar muestras de la que profesáis.
MF 176,3,2: 1 Mt 5,11.
177. 15.10 - Santa Teresa
Sobre santa Teresa
15 de octubre
MF 177,1,1
Punto I.
Santa Teresa estuvo desde su infancia tan asistida de la gracia, que a la edad de siete años, habiendo leído las vidas de los santos mártires, se sintió impulsada a padecer el martirio por la fe; incluso se propuso, con uno de sus hermanos, ir a África para encontrar allí, entre los moros, ocasión de derramar su sangre. Pero, habiendo sido devuelta por uno de sus tíos, se dedicó, con su hermano, a preparar pequeñas capillas, para retirarse a ellas y orar a Dios.
Cuán feliz es uno cuando empieza a servir a Dios desde pequeño; pues la piedad, mamada con la leche, domina de tal modo el corazón, que es casi imposible perderla del todo.
MF 177,1,2
Podrá suceder que se enfríe uno por algún tiempo, como le ocurrió a santa Teresa; pero como los principios quedan siempre en el alma, renace insensiblemente y produce nuevos frutos, como sucedió también a santa Teresa, en quien creció de día en día hasta el último suspiro de la vida de la santa. Con este ejemplo se ve cuán provechoso es inspirar la piedad a los niños, procurársela, y sobre todo lograr que lean libros buenos, capaces de producir saludables impresiones en su espíritu.
Puesto que Dios os llamó para dar a los niños educación cristiana, emplead para ello los medios de que se valió Dios con santa Teresa, para prevenirla con sus gracias.
MF 177,2,1
Punto II.
Esta santa mantuvo durante el resto de su vida vivo deseo de sufrir, y no se contentó con el simple deseo, sino que quiso ponerlo por obra, pues practicó grandes austeridades y penitencias casi continuas.
Dios, por su parte, secundó el ardiente amor que sentía hacia los padecimientos, pues durante largos años la probó con durísimas enfermedades, que apenas le daban tregua, con tentaciones muy violentas y con sequedades en la oración, muy difíciles de soportar.
De ese modo experimentó esta santa no sólo las ternuras, sino también el rigor con que Dios trata a veces al alma que ama y a la que quiere favorecer con las más singulares y extraordinarias gracias. Y a la santa se las otorgó muy grandes, ya que después de ásperas y prolongadas sequedades, alcanzó elevadísimo don de oración, del que dejó claras pruebas en sus escritos, que han sido distinguidos con la aprobación de las personas más ilustres, y entre los fieles se consideran como doctrina celestial.
MF 177,2,2
Dios le concedió además otra gracia: que cierto día, cuando estaba en oración, un serafín atravesó su corazón con un dardo en llamas; a causa de ello, durante el resto de su vida, sintió en su corazón un ardor que la impulsaba de continuo hacia Dios.
Así recompensa Dios a las almas que se entregan plenamente a Él y que sufren mucho por Él. Si queréis ser honrados con las gracias que sólo otorga a sus predilectos, llevad con gusto el que os aflija y os pruebe; pues, como dice el Sabio, Dios castiga a los hijos que ama con ternura 1.
MF 177,3,1
Punto III.
La principal ocupación de santa Teresa durante su vida, desde que se consagró a Dios, fue la constante y sublime contemplación, en la que no se proponía otro fin que unirse estrechamente a su esposo Jesucristo.
En medio de sus mayores sequedades, se mantenía totalmente abismada en Dios y entregada por completo a Él, a pesar de la oscuridad interior en que se hallaba. Cuanto más la hacía padecer Dios, tanto más recurría a Él, porque todo lo encontraba en Él, por mucho que se ocultara. Únicamente la fe era entonces, en tal estado, lo que la guiaba y servía de luz.
Además, como todo lo encontraba en Dios, tenía la suerte de encontrar a Dios en todas partes; en cualquier situación o en cualquier lugar en que se hallase, Dios le servía de guía.
¡Ah!, cuán feliz fue esta santa por gozar de la presencia de Dios. Ello la inducía a ejecutar todas sus acciones con la mira puesta en Dios, y fue el motivo por el que hizo voto de realizar todo aquello que supiera que era más agradable a Dios.
He ahí el fruto de la oración frecuente y fervorosa: gozar de Dios por adelantado, en la medida en que la fe viva puede facilitar en este mundo tal dicha.
MF 177,3,2
Si amáis a Dios, la oración será el alimento de vuestra alma, y Él entrará en vosotros y os hará comer a su mesa 2, como dice san Juan en el Apocalipsis; y luego gozaréis del privilegio de tenerlo presente en vuestras acciones, sin otra mira que la de agradarle. Incluso tendréis siempre hambre de Él 3, como dice el Sabio; pues según la expresión del Real Profeta, no os saciaréis sino cuando
disfrutéis de su gloria en el cielo 4.
Haceos dignos de tal gracia y de poseer esa dicha viviendo santamente.
MF 177,2,2: 1 Pr 3,12; Cf. Hb 12,6. – MF 177,3,2: 2 Ap 3,20. – 3 Si 24,21. – 4 Sal 17,15.
Para la fiesta de san Lucas, Evangelista
18 de octubre
MF 178,1,1
Punto I.
San Lucas fue compañero fiel de los apóstoles de Jesucristo; de ellos aprendió los misterios de la religión cristiana y el Santo Evangelio 1, como declara él mismo.
¡Cuán dichoso se es cuando se beben las verdades en la fuente! Es el medio para conocerlas debidamente y practicarlas con perfección. Esto es también lo que hizo a san Lucas tan firme en la fe; pues habiendo encontrado en los santos apóstoles y en su doctrina, que estudió con suma atención 2, todo lo que existe de más sólido en la piedad, reguló su fe, su conducta y sus costumbres según lo que ellos le habían enseñado.
En cuanto a su fe, fue tan esclarecida que tuvo la suerte de conocer las más puras verdades del Santo Evangelio e impregnarse de las máximas más santas que en él se contienen. Respecto de su conducta, fue tan digna que le dio a conocer y le mereció la estima de todos. Y en lo tocante a sus costumbres, fueron tan reguladas que sirvieron de modelo a los cristianos de su tiempo.
MF 178,1,2
Vosotros debéis ser imitadores de este santo en esas tres cosas. Vuestra fe ha de ser en vosotros luz que os guíe por doquier, y también luz ardiente para aquellos que instruís, para guiarlos en el camino del cielo.
Vuestra conducta debe ser tan prudente, respecto de vosotros y de ellos, que la admiren, por considerarla muy por encima del humano proceder y exenta de las pasiones que anulan, o al menos disminuyen, el respeto debido a quienes están encargados de guiar a los demás.
Y, en fin, vuestras costumbres deben ser el modelo de las suyas, porque han de encontrar en vosotros las virtudes que ellos deben practicar.
MF 178,2,1
Punto II.
Este santo estuvo unido a san Pablo por estrechísima amistad, por lo cual éste, en varias de sus epístolas, saluda a aquellos a quienes escribe y a otros, de parte suya y de san Lucas, a quien llama amigo carísimo 3, y a quien escogió, incluso, como compañero de sus viajes. Esto fue muy provechoso para san Lucas, pues de esta forma le cupo parte en el celo ardiente de aquel santo apóstol, en las numerosas conversiones que logró, y en todos los trabajos que sufrió durante los largos y frecuentes viajes que emprendió para trabajar en el establecimiento de la Iglesia.
MF 178,2,2
Como san Pablo amaba tanto el padecer, y hasta complacerse en ello, también comunicó a san Lucas el amor a la mortificación, que tomó tan a pechos, que la Iglesia proclama de él que llevó siempre en su cuerpo la mortificación de
Jesucristo. Es lo que había aprendido de san Pablo, que decía de sí mismo que llevaba en su cuerpo los estigmas, es decir, las señales de las llagas de Jesucristo 4.
También vosotros estaréis unidos a san Pablo con estrecha amistad, como san Lucas, si leéis con frecuencia sus epístolas, si entresacáis de ellas las principales máximas, si las estudiáis y las meditáis con aplicación y si os complacéis en practicarlas. Tomad cada día como tarea el practicar alguna de ellas en particular.
MF 178,3,1
Punto III.
San Lucas tuvo el privilegio de escribir el Santo Evangelio y de ser, por tal razón, uno de los secretarios de Jesucristo. Fue además uno de los historiadores del establecimiento de la verdadera religión, al escribir el libro de los Hechos, que contiene lo más maravilloso que obraron los santos apóstoles en Judea, después de la muerte de Jesucristo, y antes de separarse para predicar el Evangelio por todo el mundo. Y relata, sobre todo, las principales empresas y los viajes de san Pablo.
Pudiera ser que san Lucas no hubiera anunciado a menudo de viva voz el Evangelio, o que no hubiera convertido a muchas personas con sus predicaciones, pero, ¿a cuántos no ha movido a abrazar la religión con sus escritos, puesto que san Antonio, para dejar el mundo y todos sus bienes, y retirarse al desierto por el resto de su vida, no necesitó más que aquella frase de su Evangelio: Vende todo cuanto tienes y dalo a los pobres 5?
MF 178,3,2
Las palabras, al ser pasajeras, no impresionan el corazón más que una sola vez y por un momento. Pero el bien que producen los escritos, que permanecen indefinidamente, como los que compuso san Lucas, producen siempre sus frutos y son capaces de convertir a lo largo de los siglos, y hasta el fin del mundo 6, a numerosas almas, con tal que estén bien dispuestas para escuchar la palabra de Dios que en ellos se expresa.
Escuchadla con docilidad, leedla todos los días con aplicación, y san Lucas será para vosotros apóstol de Jesucristo y predicador del Santo Evangelio.
F 178,1,1: 1 Cf. Lc 1,2. – 2 Cf. Lc 1,3. – MF 178,2,1: 3 Col 4,14; Flm 24. – MF 178,2,2: 4 Ga 6,17. – MF 178,3,1: 5 Lc 18,22. – MF 178,3,2: 6 Cf. Mt 18,19; 26,13; Mc 16,16.
MF 179
Para la fiesta de san Pedro de Alcántara 19 de octubre; nuevo calendario, 20 de octubre
MF 179,1,1
Punto I.
San Pedro de Alcántara, que ingresó muy joven en la orden de san Francisco, imitó a su fundador en el amor a la pobreza; por ello la llamaba habitualmente la perla del Evangelio, y la hizo resplandecer en los conventos que reformó. Cuanto más pobres seamos, tanto más poseeremos el Espíritu de Jesucristo, que tuvo a gala ser pobre durante toda su vida y estableció su religión sobre el cimiento de esta virtud. Cuanto más despojado vive uno de los bienes de este mundo, y cuanto más renuncia a las comodidades de la vida, que son la causa más ordinaria de que se deseen y amen las riquezas, tanto más, también, se llega a participar de los bienes de la gracia y se es más agradable a Dios. Pues es preciso que el corazón esté vacío de estas viles criaturas si se quiere que Dios tome plena posesión de él, como le dijo Jesucristo a aquel joven que le preguntaba el medio para ser perfecto 1.
MF 179,1,2
Por eso, los hombres apostólicos que trabajaron eficazmente en la salvación de las almas, como hizo este santo, estuvieron atentos, no sólo a no tener ningún apego a los bienes temporales, sino incluso a considerarlos como basura 2, según la expresión de san Pablo.
Eso es también lo que tenéis que hacer vosotros para ser dignos de vuestro empleo. Y habéis de amar tanto la pobeza que la practiquéis en todo; para que, al no estar apegados más que a Dios, halléis en Él lo que no se puede encontrar en las criaturas; y para que estéis en disposición de recibir de Dios plenitud de gracias, tanto para vosotros como para los demás, sobre todo el amor a los pobres y el celo que necesitáis para llevarlos enteramente a Dios.
MF 179,2,1
Punto II.
No es posible imaginar cuán austero fue este santo. Por espacio de veinte años llevó un cilicio de hojalata; nunca se cubrió la cabeza ni los pies; y en lo más crudo del invierno, jamás se acercaba al fuego. Además tenía una celda en la que no podía estar ni del todo acostado ni del todo de pie; y dormía tan poco, que casi había vencido el sueño.
Merced a todas estas austeridades tan extraordinarias, llegó a ser tan independiente de las necesidades del cuerpo que parecía no tenerlo, o que ya no era suyo.
No es posible domar las pasiones e impedir que la carne se rebele si no se emplea el ayuno y la mortificación para dominarlas. Ese es el medio que para ello utilizaron todos los santos.
MF 179,2,2
Tampoco vosotros encontraréis ningún otro distinto de éste, junto con la oración; es el que el mismo Jesucristo nos prescribe en el Santo Evangelio 3. Es muy razonable que el cuerpo se someta al espíritu, pero si se quiere que sea así, hay que poner los medios seguros. Adoptad éste. Y si este santo no puede ser vuestro modelo en todo lo que practicó para mortificar su cuerpo, imitadlo, al menos, en su recogimiento, que era tan grande, que jamás miraba el techo de los lugares en que se hallaba, y no conocía a ninguno de sus religiosos sino por la voz.
MF 179,3,1
Punto III.
Este santo tenía maravilloso don de oración, en cuyo ejercicio ocupaba buena parte del tiempo. Vivía de ordinario en tal recogimiento que le permitía la presencia de Dios casi continua, y hallaba en la misma tal placer, que sentía extremada aversión al sueño, pues decía que era lo único que le podía privar de la presencia de Dios, cosa que no consigue la muerte, que, al contrario, nos la procura viva, eficaz y eterna.
El santo, consciente de que es la oración la que nos proporciona esa dicha, decía que media hora de oración mental se ha de considerar tan sólo como la preparación para hacerla bien.
MF 179,3,2 Procurad aplicaros mucho a la oración, de la misma forma que hacía este santo, practicando el recogimiento interior; si se persevera en él, resulta fácil el ejercicio de la presencia de Dios. No hay nada que se deba y pueda buscar con más cuidado, pues es la bienaventuranza anticipada ya en esta vida.
Además, os es de suma utilidad en vuestro empleo, pues como éste se ordena a Dios y tiende a ganarle almas, importa mucho no perder a Dios de vista en él. Sed, pues, lo más fieles que podáis a ello.
MF 179,1,1: 1 Cf. Mt 19,21. – MF 179,1,2: 2 Flp 3,8. – MF 179,2,2: 3 Cf. Mc 9,29; Mt 17,21.
Para la fiesta de san Hilarión
21 de octubre
MF 180,1,1
Punto I.
San Hilarión llegó a ser experto en las letras humanas gracias a la excelencia de su ingenio; pero se distinguió mucho más aún por la pureza de sus costumbres, y sobre todo por su piedad.
El ejemplo de san Antonio, que por entonces era célebre en el desierto, lo ayudó mucho a adquirirla. La fama que había alcanzado aquel ilustre Padre del desierto le movió a ir a encontrarlo. Llegado a donde estaba, observó con sumo cuidado su manera de vivir y su rigurosa abstinencia, de la que por ningún achaque se dispensaba, su asiduidad a la oración, su humildad para con los hermanos, su severidad impregnada de mansedumbre cuando los reprendía y el celo que mostraba por la santificación de cada uno. Se aplicó después, con todo el fervor imaginable, a practicar cuantas virtudes había observado en san Antonio.
¡Ah, cuánta fuerza y eficacia tiene el ejemplo para convertir a las almas y hacerlas adelantar en la virtud! Este santo vivió con gran perfección, y fue el ejemplo de san Antonio lo que le movió a ello.
MF 180,1,2
En las comunidades, principalmente, es donde más brilla el buen ejemplo, y donde adquiere mayor fuerza y eficacia.
Cuantos en ellas viven juntos se animan unos a otros para practicar lo más santo y más perfecto que en sí contienen las máximas del Santo Evangelio; ya que lo que uno hace, el otro tendría vergüenza de no hacerlo; y según un axioma de los filósofos, tanto la práctica como el amor del bien se comunican fácilmente a quienes tienen algo de buena voluntad para ejecutarlo.
Anímese, pues, cada uno de vosotros, y estimúlese con el ejemplo de sus Hermanos más fervorosos y que mejor poseen el espíritu de vuestro Instituto.
MF 180,2,1
Punto II.
Lo que llevó, además, a san Hilarión a entregarse del todo a Dios es que grabó tan profundamente en su espíritu aquella sentencia de Nuestro Señor en el
Santo Evangelio: Quien no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo 1, que a la muerte de sus padres, cuando él no tenía más que quince años, se despojó de todo y se retiró a la soledad. ¡Ah, cuán poderosa es la palabra de Dios para mover los corazones! San Pablo dice que es viva y eficaz, traspasa el corazón más que una espada de dos filos; entra y penetra hasta los repliegues del alma 2.
MF 180,2,2
¡Cuán felices seríais si esta divina palabra penetrara tan íntimamente vuestro corazón que no tuvieseis ya apego a criatura alguna! Con todo, no seréis dignos de vuestro ministerio sino en cuanto os halléis en tal disposición. Es la primera cosa que pide Dios a quienes quieren ser sus discípulos. Nada contribuye tanto a ello como la soledad, pues como en ella no se puede buscar más que a Dios, lo primero que se piensa es vaciar el corazón de todo lo creado, para poder llenarse totalmente de Dios.
Tampoco hay nada tan consolador y provechoso como entregarse a Dios de joven, pues entonces se cuenta con la ventaja de poder arraigarse más sólidamente en la piedad, que llega a ser como natural. Si no la tuvisteis de jóvenes, procurad que por la aplicación interior y continua a vuestros ejercicios, sea tan íntima en vosotros que llegue a hacerse inalterable.
MF 180,3,1
Punto III.
Este santo practicó la penitencia y la abstinencia de modo totalmente extraordinario, pues, de ordinario, casi no comía. Quince higos al día eran todo su alimento; a veces, algunas legumbres remojadas en agua fría, o pan seco. Sólo interrumpía su ayuno después de ponerse el sol; y hasta su muerte tomó el descanso sobre el duro suelo, encima de unos pocos juncos.
Aquella vida penitente, junto a la oración, así como el don de milagros, le atrajo la estima y admiración de los habitantes de los alrededores; y por ello, numerosas personas acudían a él en busca de alivio.
Así es como se convierten en dueños de los elementos y de todo el mundo quienes han domado su cuerpo y sus pasiones. Había llegado este santo a estar tan por encima de todo lo creado, que parecía conveniente que Dios le comunicara su poder sobre las criaturas, para disponer de ellas como le apeteciera.
MF 180,3,2
Vosotros podéis obrar diversos milagros, tanto en vosotros como en vuestro empleo. En vosotros, por medio de la plena fidelidad a la gracia, no dejando pasar ninguna moción sin corresponder a ella. En vuestro empleo, moviendo los corazones de los niños descarriados que están confiados a vuestros cuidados, y haciendo que sean dóciles y fieles a las máximas del Santo Evangelio y a su práctica; piadosos y modestos en la iglesia y en los rezos; y aplicados a su deber en la escuela y en sus casas.
Esos son los milagros que Dios os da el poder de obrar y que exige de vosotros.
es
MF 180,2,1: 1 Lc 14,33. – 2 Hb 4,12.
[Meditación 181: Meditación sobre las virtudes de san Román, obispo de Ruán. 23 de octubre. Se incluye al final, con las Meditaciones añadidas.]
MF 182
Para la fiesta de los santos apóstoles Simón y Judas
28 de octubre
MF 182,1,1
Punto I.
San Simón y san Judas, menospreciaron y abandonaron el mundo para seguir a Jesucristo y ser del número de sus discípulos, al ver sus milagros.
¡Qué felices sois por tener la misma suerte y disfrutar de la ventaja de haber salido del mundo! Debéis considerar esta gracia como una de las mayores que habéis recibido en toda vuestra vida. Agradecédsela a Dios cada día, y para vivir según el espíritu de vuestra vocación, despreciad el mundo, y mirándolo como el enemigo de Jesucristo, oponeos siempre a él y a sus máximas.
Sentid horror a frecuentarlo, y no tengáis trato con las personas que en él viven sino en la medida en que la necesidad os obligue a ello. Ese es el medio para preservaros de todas sus asechanzas y de cuantos peligros se hallan en él, y de conservar el espíritu de vuestra vocación.
MF 182,1,2
Relacionándose con el mundo, se adquiere su espíritu; y como es opuesto al de Jesucristo, y ambos no pueden subsistir juntos en el alma, al llenarse del espíritu del mundo, se pierde, necesariamente, el de Jesucristo.
Pedid hoy insistentemente a Dios, por intercesión de los dos santos apóstoles, cuya fiesta celebra la Iglesia, que os inspire cada día mayor alejamiento del mundo corrompido, y os incline a aficionaros a la santa moral de Jesucristo.
MF 182,2,1
Punto II.
Estos santos apóstoles se dedicaron a la predicación del Evangelio y convirtieron muchas almas a Dios; mas los demonios y el mundo no podían tolerar sus trabajos apostólicos y el bien que realizaban para establecer el Evangelio; por lo cual suscitaron contra ellos persecuciones, tan crueles, que llegaron a matarlos; pues estos santos, predicando el Evangelio, destruían el reino del demonio y combatían las máximas del mundo.
MF 182,2,2
Si desempeñáis fielmente vuestro ministerio, y si trabajáis útil y eficazmente en la salvación de las almas que tenéis confiadas, la persecución será siempre vuestra herencia, sea por parte de los demonios, sea por parte del mundo. Si aborrecéis el mundo y os oponéis a sus prácticas y máximas, tened la seguridad de que también él os aborrecerá, y os declarará guerra abierta 1.
Preparaos para afrontarla.
Con la oración, mejor que con ningún otro medio, podréis disponeros a ella; pues a Dios corresponde combatir, en vosotros y por vosotros, contra el demonio y contra el mundo, y sólo con su particular asistencia venceréis a uno y otro.
Muy lejos de lamentarlo, alegraos de estar en guerra con ellos. Si desagradáis a los hombres, será prueba de que agradáis a Jesucristo 2; pues el mundo sólo ama a quienes lo aman y siguen sus mismas prácticas 3.
MF 182,3,1
Punto III.
Estos dos santos tenían tan ardiente celo por el establecimiento y el progreso de la religión cristiana, que nada era capaz de detenerlos; todas las amenazas y cuantos tormentos les hicieron soportar, no consiguieron impedir que continuaran anunciando a Jesucristo y dándolo a conocer.
Jamás podréis hacer cosa alguna que pueda contribuir a vuestra salvación o a la del prójimo sin que el mundo se oponga a ello. Soportad con valor sus enfrentamientos, y manteneos firmes en la práctica del bien, a pesar de todos los obstáculos que podáis encontrar. Dios bendecirá todo cuanto realicéis con celo por su amor, y saldréis victoriosos de cuantos se opongan a lo que emprendáis por Dios.
MF 182,3,2
No os inquietéis por querer dar gusto a quienes Jesucristo no pudo contentar, y son sus enemigos declarados. Decid con frecuencia con san Pablo: Si agradara
a los hombres, no sería yo digno de ser siervo de Jesucristo 4.
Pero no basta con que vosotros seáis verdaderos siervos de Jesucristo; tenéis, además, la obligación de procurar que lo conozcan y adoren los niños que instruís. A esto debe tender el cuidado que habéis de tener por vuestra perfección.
MF 182,2,2: 1 Cf. Jn 15,18-19. – 2 Ga 1,10. – 3 Jn 15,19. – MF 182,3,2: 4 Ga 1,10.
MF 183
Para la fiesta de Todos los Santos
1 de noviembre
MF 183,1,1
Punto I.
La felicidad de los santos es cosa tan excelente y tan por encima de los pensamientos de los hombres, que san Pablo, cuando habla de ella, dice que ni ojo vio, ni oído oyó, ni pudo concebir jamás el corazón del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman 1. Es, dice, la sabiduría oculta de Dios, la que preparó para nuestra gloria antes de los siglos 2.
Esta eterna sabiduría, en efecto, llena en sí misma de gloria y de majestad, y que constituye la gloria y la felicidad de los santos, permanece oculta para nosotros en esta vida y sólo la conocemos por la fe. Sólo en el cielo veremos a Dios sin velo y al descubierto. Sabemos, dice san Juan, que cuando aparezca Jesús, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal como es 3.
MF 183,1,2
¡Qué ventura para los santos ser semejantes a Dios, por la participación de su
naturaleza y de sus divinas perfecciones 4! Allí está verdaderamente Dios en los santos, por cierta sagrada comunicación de cuanto en Él hay de excelso; y los santos están en Dios, porque su ser está totalmente penetrado de Dios, de modo que no pueden pensar sino en Él, ni amar más que a Él.
Venerad, pues, en este día a los santos, pero que sea en Dios, ya que en Él los encontráis a todos. Admirad cuán grande es la dicha que gozan en el cielo, y cuán deslumbrante la gloria que reciben. Pedidles que os obtengan de Dios la gracia de participar de ella después de vuestra muerte.
MF 183,2,1
Punto II.
Por mucha esperanza que tengáis de participar de la gloria de los santos, no producirá ningún efecto si no trabajáis por llegar a ser santos vosotros mismos, con los medios que ellos emplearon para serlo.
San Pablo dice que sostuvieron duros combates en los diferentes tipos de aflicciones que soportaron; sirvieron de espectáculo al mundo, dice, por los
oprobios y malos tratos; se vieron despojados, con alegría, de todos sus bienes, sabiendo que poseían otras riquezas mucho más excelentes, que nunca perecen 5.
En otra parte dice que sufrieron burlas, azotes, cadenas y prisiones; unos fueron lapidados, otros aserrados, otros murieron a filo de espada; otros anduvieron errantes, vestidos con pieles de ovejas y con pieles de cabras, viéndose abandonados, afligidos y perseguidos; otros, en fin, de quienes el mundo no era digno, pasaron la vida errantes por desiertos y montañas, refugiándose en los antros y en las cavernas de la tierra 6.
Ninguno de estos santos, atormentados de diversos modos, quiso redimir su vida presente, con el fin de encontrar otra mejor en la resurrección 7.
MF 183,2,2
Hasta aquí es el mismo san Pablo quien describe, con expresiones admirables, los diferentes medios de que se valieron los santos para conseguir la gloria que poseen. Y añade san Pablo: Puesto que estamos abrumados con tan inmensa multitud de testigos que nos rodean, desprendámonos de cuanto nos entorpece, y de cuanto impide que nos elevemos hacia el cielo. Corramos con paciencia en esta senda que se nos propone 8, la única con que llegaremos a la felicidad de los santos; pues, añade el mismo apóstol, sólo los padecimientos producen el peso eterno de la gloria que nos está destinada en la otra vida 9.
Suspirad, pues, cada día, por los padecimientos, como hicieron muchos santos, con el deseo y la esperanza de ser revestidos un día, con ellos, de la inmortalidad en el cielo.
MF 183,3,1
Punto III.
Lo que alentó a los santos a sufrir tanto en esta vida, para luego disfrutar de la eternidad bienaventurada, es el ejemplo del Salvador. Estaban persuadidos, como dice san Pablo, que debían llevar siempre en sus cuerpos la mortificación de Jesucristo, para que la vida de Jesús se manifestase también en su cuerpo mortal 10; sabiendo que quien resucitó a Jesús, también resucitará con Él a sus elegidos y los presentará a todos ante Él 11.
Es más, fundados en esta confianza, añade san Pablo, preferían ser separados de sus cuerpos para disfrutar de la presencia del Señor 12.
MF 183,3,2
Por eso toda su ambición consistía en ser agradables a Él, persuadidos de que así como aquellos que Dios ha predestinado deben ser en esta vida conformes
a la imagen de su Hijo 13, y tomarlo como modelo de su conducta, así también deben comparecer todos ante el tribunal de Jesucristo, para que cada uno reciba lo que merece por las buenas o malas acciones que haya realizado mientras estuvo revestido con su cuerpo 14. Por ello los santos, mientras moraban en sus cuerpos como en una tienda, suspiraban bajo su pesantez, pues anhelaban que lo material que había en ellos fuese absorbido por la vida 15. Tomad, pues, a Jesucristo como vuestro modelo, y suspirad, como hicieron los santos, por la felicidad de que al presente gozan; considerando, dice san Pablo, no las cosas visibles, sino las invisibles; porque las cosas visibles son temporales, mientras que las invisibles son eternas 16.
MF 183,1,1: 1 1Co 2,9. – 2 1Co 2,7. – 3 1Jn 3,2. – MF 183,1,2: 4 2P 1,4. – MF 183,2,1: 5 Hb 10,32-34. – 6 Hb 11,36-38. – 7 Hb 11,35. – MF 183,2,2: 8 Hb 12,1. – 9 2Co 4,17. – MF 183,3,1: 10 2Co 4,10-11. – 11 2 Co 4,14. – 12 2Co 5,8. – MF 183,3,2: 13 Rm 8,29. – 14 2Co 5,10. – 15 2Co 5,4. – 16 2Co 4,18.
[Meditación 184: Meditación para el día de la traslación de las Santas Reliquias. 17 de julio. Se incluye al final, con las Meditaciones añadidas.]
MF 185
Para la conmemoración de las almas del purgatorio
2 de noviembre
MF 185,1,1
Punto I.
Pensamiento santo y saludable es rogar por los difuntos para que sean librados de sus pecados 1. Es lo que dice Judas en el segundo libro de los Macabeos. Y es, en efecto, una de las mejores y más santas instrucciones que se nos puedan dar, porque nos mueve a hacer lo más provechoso para las almas del purgatorio, que al no poder ayudarse a sí mismas y procurarse el alivio que necesitan para liberarse de sus penas, precisan para ello ser socorridas con las oraciones y buenas obras de quienes todavía viven.
Además, qué situación tan dura para ellas es hallarse retenidas entre llamas devoradoras, por no haber satisfecho en esta vida, o por algunos pecados de poca importancia, o por no haber expiado plenamente los que les había hecho perder la gracia santificante.
MF 185,1,2
Por ese motivo, estas almas santas, aunque sumisas en tal estado a la voluntad de Dios, imploran con insistencia las oraciones de los vivos, que les pueden obtener, a menudo con facilidad, lo que a ellas les resulta imposible; ya que Dios no está dispuesto a aceptar en satisfacción de sus pecados cuanto pudieren hacer de bueno, ya que les concedió durante la vida tiempo suficiente para satisfacer por ellos.
Contemplad con compasión la situación de estas ánimas benditas, que aunque sin inquietud, suspiran por su liberación para poder gozar cuanto antes de Dios. Eso es lo que esperan de su infinita bondad, con esperanza firme y segura, tan pronto como reciban el beneficio de ser liberadas de sus penas.
MF 185,2,1
Punto II.
Nosotros tenemos cierta obligación de rogar a menudo a Dios por las almas que sufren en el purgatorio.
En primer lugar, porque Dios, que las ha abandonado a su divina justicia por cuanto tiempo le pluguiere, según la magnitud de sus pecados y el poco cuidado que tuvieron en este mundo en hacer penitencia por ellos, no les ha dejado otros medios, después de la muerte, que los sufragios de los fieles que aún están en camino. Éstos se los pueden aplicar, bien sea con oraciones, o con ayunos y otras penitencias, o con limosnas, o con el sacrificio de la santa Misa, o con cualquier otra satisfacción.
MF 185,2,2
En segundo lugar, porque estamos unidos exteriormente a estas ánimas benditas, al ser, igual que ellas, miembros de la Iglesia y de Jesucristo mismo 2. Y además, porque estamos unidos a ellas, en Jesucristo, por la gracia santificante que nos es común. Estos dos tipos de unión deben inspirarnos sentimientos de compasión hacia esas ánimas dolientes.
MF 185,3,1
Punto III.
Pero lo que de manera muy particular nos hace comprender cuán obligados estamos a compartir las penas de estos justos afligidos, y lo que más debe movernos a socorrerlos con todo tipo de medios, es que la Iglesia, nuestra madre común, no olvida nada para inspirarnos ese celo en favor de sus hijos que sufren, y por quienes está llena de ternura.
En consecuencia, debemos unirnos a ella, como miembros suyos que somos, para ofrecer a Dios nuestras plegarias y el sacrificio de la santa misa; para que unidos a ella y a todos los fieles que son sus miembros, y que forman con ella un mismo cuerpo 3, obtengamos fácilmente de Dios, por medio de tan íntima unión, y por la abundancia de tantas oraciones y sufragios, la pronta liberación de estas almas que sufren. Ellas, a su vez, cuando estén en el cielo, podrán alcanzarnos muchas gracias con sus oraciones, para que también nosotros podamos conseguir su felicidad.
MF 185,3,2
Penetraos, pues, hoy, del espíritu de la Iglesia, y uníos a ella en todas las oraciones y en todos los sacrificios que ofrezca a Dios para alivio de las almas del purgatorio. Implorad en su favor el socorro divino, con todo el fervor e insistencia que os sea posible, para tener el honor de ser dignos miembros de la Iglesia y cooperadores de Jesucristo 4 en la redención de esas almas cautivas.
MF 185,1,1: 1 2M 12,45. – MF 185,2,2: 2 Ef 5,30. – MF 185,3,1: 3 Rm 12,5. – MF 185,3,2: 4 2Co 6,1.
MF 186
Para la fiesta de san Marcelo, obispo de París
3 de noviembre; no figura en el nuevo calendario
MF 186,1,1 Punto I.
Los padres de san Marcelo, que eran virtuosos, se esmeraron en su educación.
Gracias a ello y a sus buenas inclinaciones, en poco tiempo alcanzó tal piedad que le granjeó la estima y el respeto de todos, y adquirió notable fama.
Qué beneficio tan grande es haber recibido buena educación, pues con ella se adquiere suma facilidad para muchas virtudes; ya que las inclinaciones de los jóvenes son fáciles de moldear, y ellos, por su parte, aceptan, sin mayor dificultad, los sentimientos que se les inspira.
MF 186,1,2
Considerad, pues, cuán importante es que vosotros os apliquéis, lo mejor que podáis, a educar bien a los que tenéis bajo vuestra dirección, y a procurarles la piedad. Ése es el objeto principal y el fin de vuestro empleo. Tened la certeza de que no lo lograréis, ni seréis gratos a Dios, ni él derramará sobre vosotros y sobre vuestros trabajos su generosa bendición, sino en la medida en que hagáis de su educación vuestro principal cuidado.
El esfuerzo que pongáis en ello acabará por conseguir que vuestros alumnos sean dóciles y muy sumisos a sus padres y a quienes, de su parte, están encargados de ellos; modestos y recogidos en su exterior, y piadosos en la iglesia, respecto de Dios, de las cosas santas y de cuanto se relaciona con la religión.
MF 186,2,1
Punto II.
Tuvo este santo tanta humildad, modestia y gravedad que quien era entonces obispo de París le admitió entre su clero, atendiendo tan sólo a las virtudes que en él brillaban. Y acababa apenas de entrar en la clericatura cuando ya era motivo de edificación y ejemplo para todos los demás clérigos. Todos le consideraban como su modelo; y su obispo insistió en ordenarlo como sacerdote, no obstante la repugnancia que, por su parte, él mostraba, por considerarse indigno de tal honor y por la eminencia del carácter sagrado.
MF 186,2,2
Vosotros ejercéis un empleo que se aproxima, más que ningún otro, al de los sacerdotes, por su ministerio. Así como fue su rara y extraordinaria virtud lo que mereció la exaltación a san Marcelo, así debéis también vosotros, al abrazar vuestro estado, traer a él, y conservar luego en su ejercicio piedad nada común, que os distinga del resto del mundo. Sin ella os resultaría muy difícil desempeñar bien vuestro ministerio; pues al haber sido instituido tan sólo para procurar el espíritu de religión y del cristianismo a los que instruís, no podrá alcanzar tal fin, ni ayudar a conseguirlo a quienes en él se emplean, si antes no han trabajado esforzadamente en santificarse ellos mismos.
MF 186,3,1
Punto III.
La santa vida de san Marcelo fue motivo de que, al morir el obispo de París, fuera elegido para ocupar su puesto. En este cargo tan relevante, y tan difícil de desempeñar dignamente, fue donde manifestó cuán ardiente era su celo por la salvación de las almas.
Pues además de utilizar, para conseguir su santificación, todos los talentos de naturaleza y de gracia que Dios le había concedido, no cesaba, con todo, de orar y velar, con el fin de disponer a unos a la conversión, y para alcanzar a otros las gracias que necesitaban para afianzarse en la práctica del bien y crecer en la virtud.
MF 186,3,2
Puede decirse que, en cierto modo, cada uno de vosotros es obispo, es decir, vigilante del rebaño del que Dios os ha encargado 1; y por consiguiente, tenéis obligación de velar sobre todos cuantos lo componen, pues, como dice san Pablo, tendréis que dar cuenta a Dios de sus almas 2.
¿Pensáis de cuando en cuando ante Dios cuán terrible ha de ser esa cuenta? El alma de cada uno de aquellos que guiáis es amada infinitamente por Dios, y si alguna se pierde por culpa vuestra, Él lo ha dicho y lo cumplirá, os reclamará alma por alma 3.
Tenéis que instruir a dos clases de niños: unos son libertinos e inclinados al mal; otros son buenos, o al menos sienten inclinación al bien. Rogad constantemente por unos y por otros, a ejemplo de san Marcelo, particularmente por la conversión de aquellos que tienen malas inclinaciones; y procurad conservar y confirmar a los buenos en la práctica del bien. Con todo, cuidad que vuestra preocupación y vuestras más fervorosas oraciones se ordenen a ganar para Dios los corazones de aquellos que tienen tendencia al mal.
MF 186,3,2: 1 Hch 20,28. – 2 Hb 13,17. – 3 Dt 19,21; Ez 22,14.
MF 187
Para la fiesta de san Carlos Borromeo
4 de noviembre
MF 187,1,1
Punto I.
Los más característico y admirable en san Carlos Borromeo fue que vivió totalmente desasido de los bienes de la tierra. Lo puso bien de manifiesto cuando, provisto de una rica abadía, siendo aún muy joven, pretendió su padre apropiarse de las rentas; san Carlos se tomó la libertad de decirle que aquellas rentas no pertenecían a él, sino a los pobres, y cuidó luego que se las distribuyeran. Lo mismo siguió haciendo cuando se vio dueño de sus bienes. Y cuando comenzó a residir en su diócesis, renunció a los considerables beneficios con que el papa, tío suyo, le había honrado; vendió luego todas sus posesiones y distribuyó el importe a los pobres 1. Pero lo que resulta de todo punto extraordinario es que en una necesidad pública, a causa de la peste y la carestía, vendió hasta sus muebles y la propia cama, para asistir con ello a los pobres y a los enfermos, ya que no contaba con qué aliviar de otra manera, puesto que se había despojado de todo, y no se reservaba nada de las rentas de su arzobispado.
MF 187,1,2
El desasimiento de las riquezas y de las comodidades de la vida es una de las primeras disposiciones que se han de tener para ser todo de Dios y para trabajar en la salvación de las almas. Eso fue también lo primero que exigió Jesucristo a sus santos apóstoles y lo que ellos inspiraron a los primeros cristianos.
Así, pues, si queréis haceros merecedores de ser empleados en la salvación de las almas, vivid desprendidos de todo; y las gracias de Dios se derramarán sobre vosotros con abundancia, tanto para vosotros mismos como para los demás. Decid, como está escrito en el Génesis: Dadme almas y quedaos con lo
demás 2; es decir, para disponer de ello como os plazca; porque excepto vuestro santo amor y la salvación de las almas, todo lo demás me es indiferente.
MF 187,2,1
Punto II.
Para ponerse en disposición de trabajar útilmente por la Iglesia y por la salvación del prójimo, no basta con practicar el desasimiento; es necesario además aplicarse intensamente a la oración y a la mortificación. Es lo que hizo san Carlos con asiduidad, aunque estuviera ocupado de continuo por el bien de su diócesis. A pesar de ello, hacía oración dos veces al día, sin fallar nunca. Y se aplicaba tanto a ella que, habiéndole disparado un tiro de arcabuz, mientras oraba con sus domésticos, uno de los religiosos relajados a quienes había intentado reformar, no se inmutó lo más mínimo, y siguió rezando.
Gemía con frecuencia ante Dios por la salvación de sus diocesanos, e incluso a menudo pasaba parte de la noche en oración; y cuando surgía algún asunto importante para bien de la Iglesia, entonces pasaba la noche entera.
MF 187,2,2
Como este santo sabía que la oración sin mortificación es con frecuencia ilusión, no dejaba de unir una y otra. Vivía en su palacio como pobre a quien se da limosna, ayunando casi todos los días a pan y agua y sin tomar nunca carne, huevos ni pescado. Llevaba el cilicio y se disciplinaba; a menudo se acostaba sobre paja, o en una silla, y dormía muy poco, pues un obispo, decía, que tiene el gobierno de las almas, no debe mantenerse menos vigilante que los oficiales de los ejércitos.
Pensad a menudo que vosotros tenéis que ser hombres de oración, pues habéis de rogar, no sólo por vosotros, sino también por aquellos cuya dirección os incumbe, y por las necesidades de sus almas. Y para que vuestra oración produzca su efecto, tenéis que juntar a ella la mortificación.
MF 187,3,1
Punto III.
El celo de san Carlos por la salvación de las almas fue incomparable, y resulta difícil expresar hasta dónde le llevaba; pues, aunque parezca increíble, quería ser informado cada año sobre la conducta de cada uno de sus diocesanos en particular, con el fin de poner de su parte toda la vigilancia y el cuidado posible para procurar su salvación. Quería que los párrocos de su diócesis asistieran a los moribundos y estuvieran presentes en el momento de su muerte, que es cuando el alma más necesita de ayuda.
MF 187,3,2
Pero el celo de san Carlos brilló de manera sorprendente cuando la ciudad de Milán se vio invadida por la peste, pues se sacrificó ante todo para socorrer a los apestados. Él mismo les administró los sacramentos, con mucha fatiga y peligro, exponiéndose continuamente de ese modo a la muerte, durante todo el tiempo que duró el contagio. En esta ocasión hizo patente el santo prelado hasta qué punto despreciaba la vida cuando se trataba de procurar la salvación de su prójimo.
Comparad vuestro celo por la santificación de vuestros discípulos con el de este gran santo, pues tenéis que emplear toda vuestra vida en lograr que lleguen a ser buenos cristianos. Velad sobre ellos con tanta exactitud como velaba san Carlos por todos sus diocesanos.
MF 187,1,1: 1 Mt 19,21. – MF 187,1,2: 2 Gn 14,21.
[Meditación 188: Meditación para la dedicación de la iglesia. Primer domingo de octubre. Se incluye al final, con las Meditaciones añadidas.]
189. 11.11 - San Martín
MF 189
Para la fiesta de san Martín
11 de noviembre
MF 189,1,1
Punto I.
San Martín fue soldado desde muy joven, y hasta la edad de cuarenta años. Pero tuvo más interés en alistarse en la milicia cristiana que en la del emperador; pues aunque nacido de padre idólatra, se inscribió en la Iglesia como catecúmeno cuando sólo tenía once años; y en seguida se dio a la piedad y al servicio de Dios, de tal manera, que se hacía admirar por su virtud, incluso entre aquellos que ya habían recibido la gracia del bautismo.
Sentía, sobre todo, tanta ternura por los pobres, que cuando aún estaba en el ejército, encontró en cierta ocasión a un pobre desnudo, que le pedía algo con qué cubrirse, y él, cortando su capa en dos, le dio la mitad; lo que motivó que Jesucristo, para darle a entender que consideraba aquel don como hecho a Él mismo, se le apareciese a la noche siguiente, cubierto con la mitad de su manto, y le dijese: «Martín, aunque todavía no es más que catecúmeno, me ha revestido con este manto».
MF 189,1,2
Vosotros, que os habéis alistado en la milicia de Jesucristo y que estáis a su servicio o, por decirlo así, a su soldada, ¿os tomáis el servicio de Dios tan a pechos como san Martín? ¿Sois tan caritativos con los pobres como él, aun siendo sólo catecúmeno?
Vosotros estáis todos los días con los pobres, y estáis encargados, de parte de Dios, de revestirlos del mismo Jesucristo y de su Espíritu. ¿Habéis tenido cuidado, antes de emprender tan santo ministerio, de revestiros vosotros mismos de Él 1, a fin de poder comunicarles esta gracia? Pues nadie conoce lo que es de Dios, dice san Pablo, sino el Espíritu de Dios; y corresponde al Espíritu de Dios, añade, penetrarlo todo, incluso lo que en Dios hay de más profundo y recóndito 2.
Rogad, pues, al Espíritu de Dios que os dé a conocer los dones que Dios os ha concedido 3, como dice san Pablo, para que los anunciéis a quienes tenéis cargo de instruir, no con las palabras que emplea la sabiduría humana, sino con las que el Espíritu de Dios inspira a sus ministros 4.
MF 189,2,1
Punto II.
San Martín, después de haber dejado el ejército, fue a encontrarse con san Hilario, obispo de Poitiers, y cerca de aquella ciudad construyó un monasterio, al que se retiró con muchos religiosos.
Con ellos vivía allí de forma muy austera y en tanta piedad y alejamiento del mundo, que parecía que ya no tenían ningún trato con el siglo, de no ser algunos entre ellos, para los menesteres ordinarios de la vida, y con la menor frecuencia posible.
En aquel retiro san Martín se entregó totalmente a Dios, aplicándose a la oración con mucho fervor y adquiriendo un sólido hábito de la presencia de Dios.
MF 189,2,2
En el retiro es donde se aprende a encontrar a Dios; y es en él donde se gusta de Dios, por la facilidad que se tiene para hacer oración, por verse privado de todo trato con el mundo. También con estos medios se preparó san Martín para grandes empresas, sobre todo llenándose del Espíritu de Dios y del celo que necesitaba para trabajar tan eficazmente como lo hizo en la salvación de las almas.
Como vosotros necesitáis lo uno y lo otro, también necesitáis el retiro y el alejamiento del mundo, en el cual no se encuentran ni lo uno ni lo otro; ya que el mundo, dice Jesucristo, no puede recibir el Espíritu de Dios, porque no lo conoce 5, y porque las máximas y prácticas que inspira el Espíritu de Dios son totalmente opuestas a las suyas.
MF 189,3,1
Punto III.
El fruto que produjo el retiro de san Martín fue que Dios le destinara, y el clero y el pueblo de Tours le escogieran por su obispo. En esta santa función ejerció su celo por la destrucción del culto de los ídolos, que aún perduraba en Francia, cuyos reyes todavía no eran cristianos.
Pero como él sabía que a Dios corresponde establecer su religión, y que los hombres no son sus ministros sino para anunciarla y darla a conocer, se entregaba a continuos ayunos y oraciones, sin distraerse jamás de su aplicación a Dios.
Este santo mantenía una vigilancia infatigable por todas las necesidades de su iglesia, considerándose ante Dios como encargado de proveer a ellas. Sabía que un obispo tiene que hacer dos cosas: pedir a Dios la salvación de las almas y cumplir las órdenes de Dios para conseguirla.
MF 189,3,2
Por esta razón san Martín distribuía su tiempo en hacer estas dos cosas: 1.o, mantenía levantadas sus manos al cielo, buena parte del tiempo, para atraer las gracias y bendiciones de Dios para la conversión de las almas; 2.o, trabajaba con tanto celo y asiduidad en ello, que incluso a la hora de la muerte, en el ardor que sentía de salvar almas, decía a Dios que, si aún era necesario a su pueblo, no rehusaba el trabajo.
A ejemplo de san Martín, ocupad vuestro tiempo en estas dos cosas: en pedir a Dios con insistencia la salvación de aquellos que tenéis bajo vuestra dirección, y en buscar y lograr que adopten los medios para conseguirla.
MF 189,1,2: 1 Rm 13,14. – 2 1Co 2,10-11. – 3 1Co 2,12. – 4 1Co 2,13; cf. 1Co 2,4. – MF 189,2,2: 5 Jn 14,17.
MF 190
Sobre santa Isabel
19 de noviembre; nuevo calendario, 17 de noviembre
MF 190,1,1
Punto I.
La piedad de santa Isabel fue tan grande, que desde la edad de cinco años no encontraba gusto más que en estar en la iglesia o en su aposento, rezando a Dios. Por ello hablaba poco, pues sabía que resulta fácil hablar con frecuencia a Dios si se habla poco con los hombres, y que el silencio es uno de los mejores medios para evitar el pecado y conservar el fervor.
MF 190,1,2
Para que sus hijos fueran totalmente de Dios, tenía la costumbre de tomarlos en sus manos en cuanto nacían y, con fervorosas oraciones, ofrecerlos al Señor. Estando casada, se levantaba todas las noches para orar; e iba a la iglesia muy temprano, y allí, arrodillada en el suelo, permanecía largo tiempo haciendo su oración. Actuando así, se mostró en su familia y en sus estados como modelo de oración y de virtud. También fue así como esta santa manifestó por sus buenas obras, como exige san Pablo a las mujeres, la piedad que profesaba 1. Ejercitémonos en la piedad, a ejemplo de esta santa, pues la piedad, dice san Pablo, es inmensa riqueza y útil para todo, y a ella se han prometido los bienes de la vida presente y los de la vida futura 2. Procurad, pues, conseguirlos por este medio, que es muy seguro, y sin el cual no podréis llegar a poseer los bienes verdaderos, los únicos que deben constituir el objeto y el fin de todos vuestros anhelos.
MF 190,2,1
Punto II.
Esta santa era también muy mortificada; cada día tomaba la disciplina hasta sangrar; y cuando le faltaban las fuerzas, pedía a sus hijas que se la dieran, sin ningún miramiento. Cuando el rey, su esposo, estaba ausente, llevaba el cilicio continuamente. Cuando iba a la iglesia permanecía de hinojos, con las rodillas desnudas sobre el suelo, pues deseaba que la mortificación acompañase todos sus actos.
También por espíritu de mortificación se complacía en extremo en atender a los leprosos, y cuanto más corrompidas estaban sus carnes, tanto más se encariñaba con ellos.
Llevaba, incluso, por espíritu de penitencia, un vestido muy sencillo y de tela muy común.
MF 190,2,2
Hay muchos que quieren ser piadosos y que rezan con frecuencia a Dios, incluso con afecto y fervor, pero necesitan tener todas sus comodidades. Si tienen algo que sufrir, en seguida se quejan, y es preciso que todo el mundo los compadezca y que se preocupe de buscar los medios de aliviarlos. ¿Cómo se puede desear tanto no tener que sufrir, al ver que toda una reina gustaba tanto de mortificarse?
Estando, como estáis, retirados del mundo, debéis considerar la mortificación como obligatoria para vosotros; procurad que sirva para sazonar todo cuanto hagáis por Dios, y convertidlo en costumbre. Tened la seguridad de que vivir sin espíritu de penitencia y sin mortificación no es vivir como auténtico cristiano, y mucho menos aún como religioso.
MF 190,3,1
Punto III.
Lo que más contribuyó a realzar la gloria de santa Isabel fue su extraordinario amor a las humillaciones. En los varios hospitales que fundó, ella misma atendía a los pobres enfermos, los vendaba y les prestaba todo tipo de servicios, incluso los más humillantes. Esto le atrajo también reproches de muchos, que consideraban estos servicios indignos de una persona de su calidad. Pero su amor a los desprecios hacía que se preocupase muy poco por tales murmuraciones.
MF 190,3,2
La ocasión en que mejor demostró cómo apreciaba el ser humillada, fue cuando, después de la muerte del rey, su esposo, fue arrojada de su palacio con sus tres hijos y sus damas, a las diez de la noche. Al no encontrar lugar donde pasar el resto de la noche, se refugió en un establo; y a media noche fue al convento de los religiosos de san Francisco para pedirles que cantasen el Te Deum, para agradecer a Dios la desgracia que le había acaecido.
Y después tomó como alojamiento un cuartucho que le ofreció por caridad cierto sacerdote, y allí hilaba, para ganar con qué vivir y alimentar a sus hijos. ¿No es todo esto paciencia extraordinaria en una reina?
Tratad de imitarla, y cuando os sobrevengan ocasiones de humillación, recibidlas como enviadas por Dios, y como uno de los mayores honores y de los principales beneficios que podáis recibir en este mundo.
Así, pase lo que pase, siempre viviréis contentos.
MF 190,1,2: 1 1Tm 2,10. – 2 1Tm 4,8.
MF 191
Para la fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen
21 de noviembre
MF 191,1,1
Punto I.
No sin motivo celebra la santa Iglesia con tanta solemnidad la fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen, puesto que en este día se consagró a Dios, para dedicarse a Él durante toda su vida, con el fin de alejarse no sólo de la corrupción del siglo, sino de eliminar cualquier ocasión de que su mente se ocupara en los vanos pensamientos del mundo, y de que su corazón se aficionase a las cosas creadas, ya que había sido formado sólo para amar a Dios y entregarse del todo a Él.
Con este motivo, en este santo día, prevenida no sólo por la gracia, sino también por la razón, y aunque era de muy tierna edad, hizo voto de perpetua castidad, según se cree y relata un piadoso y antiguo autor; para que, como dice san Juan Damasceno, estando el cuerpo totalmente despegado de todos los placeres de esta vida, pudiera conservar su alma en suma pureza.
MF 191,1,2
Vosotros, retirándoos del mundo, os habéis consagrado a Dios para vivir en esta comunidad, con total desprendimiento de todo lo que hay en el mundo capaz de contentar los sentidos, y para fijar en ella vuestra morada. Debéis considerar tal día como aquel en que comenzó vuestra felicidad en la tierra para consumarse un día en el cielo.
Pero habéis debido consagraros a Dios no sólo para aquel día. Como habéis hecho la consagración de vuestra alma, y vuestra alma vivirá eternamente, vuestra entrega a Dios ha de ser eterna; y si la habéis comenzado en la tierra, ha debido ser sólo como aprendizaje de lo que tendréis que hacer eternamente en el cielo.
MF 191,2,1
Punto II.
Una vez que la Santísima Virgen, en este día, se hubo ofrecido a Dios totalmente y sin reserva alguna, sus padres, que la acompañaban en aquel acto santo, la dejaron en el templo para que en su recinto fuese educada junto con otras vírgenes, y se aplicara a practicar todo tipo de virtudes. Pues era muy justo que Dios, que quería hacer un día de María un templo para su divinidad, realizara en ella, desde su infancia, algo excelso, por la eminencia de la gracia con que la honrase y por la excelencia de las virtudes que en ella produjese. Por lo cual, dice un piadoso autor, ella se entregó siempre en el templo al servicio de Dios y al santo ejercicio del ayuno y de la oración, que practicaba día y noche. Así vivió santamente esta Virgen purísima durante todo el tiempo que pasó en el templo.
MF 191,2,2
Vosotros tenéis la dicha de estar en la casa de Dios, y en ella os habéis comprometido en su servicio. Debéis, primero, llenaros de gracias mediante el santo ejercicio de la oración; y, segundo, esforzaros en practicar las virtudes que más convienen a vuestro estado.
Por medio de estos santos ejercicios os haréis capaces de cumplir bien vuestro deber; pues no lo cumpliréis tal como Dios exige de vostros, sino en la medida en que seáis fieles y muy asiduos al santo ejercicio de la oración. Por ella el Espíritu Santo vendrá a vosotros y os enseñará, como prometió Jesucristo a sus santos apóstoles, todas las verdades 1 de la religión y las máximas del cristianismo, que debéis conocer y practicar a la perfección, puesto que estáis obligados a inspirárselas a los demás.
MF 191,3,1
Punto III.
La permanencia de la Santísima Virgen en el templo tuvo como efecto hacer de su corazón un templo santo para el Señor, y un santuario para el Espíritu Santo 2. Es lo que de ella canta la Iglesia en este santo día: que era templo del Señor y santuario del Espíritu Santo; y que, por ese motivo, fue la única que agradó a Dios de forma tan perfecta y relevante, que jamás hubo criatura que fuera semejante a ella.
Ella era la doncella que el Señor, según las palabras del Génesis, había preparado para su Hijo 3, al acercarse el día del Señor 4, como dice un profeta. Por tal motivo, Él se la preparó anticipadamente, e hizo de ella una víctima santa, que consagró para sí.
Y tal como se dice en el Apocalipsis, ella huyó al desierto 5, es decir, al templo, que era lugar apartado del trato con los hombres, donde se construyó la soledad que Dios le había deparado. Pues era muy conveniente que habiendo de tener en ella su morada el Hijo de Dios, no tuviera trato externo con el común de los hombres, sino que toda su conversación se realizase en el Templo del Señor; y aun allí, hablara más de ordinario con los ángeles que con sus compañeras, para hacerse digna de que un ángel la saludase de parte de Dios 6.
MF 191,3,2 Honrad hoy a la Santísima Virgen como al
tabernáculo y templo viviente que Dios mismo edificó
para sí 7, y adornó con sus propias manos. Y pedidle que
os obtenga de Dios la gracia de que vuestra alma esté
tan bien adornada y tan bien preparada para recibir la
palabra de Dios y para comunicarla a los demás, que
lleguéis a ser, por su intercesión, tabernáculos del Verbo
divino.
MF 191,2,2: 1 Jn 16,13. – MF 191,3,1: 2 1Co 3,16. – 3 Gn 3,15. – 4 Is 13,6. – 5 Ap 12,6. – 6 Lc 1,28. – MF 191,3,2: 7 Cf. 2Co 6,16.
MF 192
Para la fiesta de santa Catalina, virgen y mártir 25 de noviembre; en el nuevo calendario no figura
MF 192,1,1
Punto I.
Santa Catalina, que se convirtió a la fe desde su temprana juventud, encontró el medio seguro de conservar la fe en la lectura de los libros sagrados, y se aficionó de tal manera a ellos, que los conocía a la perfección. De este modo, cuando algunos intentaron desviarla de la práctica de la religión que había abrazado, jamás consiguieron que vacilase. Incluso se mantuvo tan firme en ella, que cuando fue detenida por orden del emperador, éste, al ver que hablaba con tanta fuerza en lo tocante a su religión, mandó reunir a algunos filósofos entre los más expertos de Alejandría, para que la convencieran; pero de la discusión que sostuvieron con ella, sólo consiguieron verse confundidos y dominados por una doncella.
MF 192,1,2
Ved cuán importante es para vosotros conocer bien la Sagrada Escritura, pues san Pablo nos asegura que quien la ignore, será él mismo ignorado 1; y ella es la que afianza en la fe y en la práctica del bien. Pues como dice el mismo san Pablo, ella es la que instruye para la salvación, por la fe en Jesucristo; y habiendo sido inspirada por Dios, sirve para instruir, para amonestar, para corregir y para llevar a la piedad y a la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté bien dispuesto para toda clase de buenas obras 2.
Éste fue el provecho que santa Catalina consiguió de la lectura de la Sagrada Escritura, y que es importante que obtengáis vosotros, que estáis encargados, de parte de Dios, de instruir, amonestar, corregir y llevar a la piedad a los niños que tenéis confiados. Leedla, pues, con frecuencia, y que esa santa lectura os llene de tal forma del Espíritu de Dios, que os haga realizar con facilidad todas las cosas.
MF 192,2,1
Punto II.
Bien penetrada del espíritu del cristianismo y bien cimentada en la fe, santa
Catalina se retiró totalmente del mundo para dedicarse de manera muy especial a la oración. En ella ocupaba mucho tiempo, para aplicar su mente y su corazón a la meditación de las santas verdades que había aprendido en los libros divinos y ejercitarse en su práctica, considerando a los pobres, a los que servía con frecuencia, como al mismo Jesucristo.
MF 192,2,2
Cuán admirable es y de cuánta utilidad, para quienes desean vivir piadosamente y dados a la práctica de la virtud, meditar con frecuencia las santas y excelsas máximas que se contienen en la Sagrada Escritura, que sobrepasan cuanto la mente humana puede concebir por sí misma.
Ella ilumina la mente por medio de aquella divina luz 3 que, como dice san Juan, alumbra a todo hombre que viene a este mundo 4. Y, pues encierra en sí, según san Pablo, los mandatos del Señor 5, la meditación de los mismos anima a practicarlos.
A ejemplo de santa Catalina, servíos de este medio para santificaros. Meditad con frecuencia las palabras de la Sagrada Escritura para alentaros a practicar el bien y a conduciros según el espíritu de vuestro estado. Pues la palabra de Dios que se contiene en ella produce este efecto, según san Pablo, porque es viva y eficaz y traspasa más que una espada de dos filos. Entra, incluso, continúa el santo apóstol, y penetra hasta los repliegues más ocultos del alma y del espíritu 6. Servíos, pues, de ella para este fin, ya que procura tan grandes beneficios.
MF 192,3,1
Punto III.
Acusada esta santa de ser cristiana ante el emperador Maximiano, que se encontraba a la sazón en Alejandría, y viendo el emperador que no podía obligarla con razones a cambiar de religión y a volver al culto de los falsos dioses, quiso intentar el camino de la suavidad y de las promesas, para ganarla e inducirla a que hiciese lo que de ella pretendía. Pero al comprobar que todos los medios de que se valía resultaban inútiles, y que no eran capaces de ablandar el corazón de la santa, cuya constancia era inquebrantable, mandó azotarla cruelmente, y luego la dejó doce días en prisión, sin darle apenas de comer.
Mandó luego que la pusieran sobre unas ruedas, que deberían despedazar su cuerpo; pero como de todas aquellas torturas, con el auxilio de la gracia, no recibió ningún daño, el emperador mandó decapitarla.
MF 192,3,2
El retiro, la oración y la lectura de la Sagrada Escritura sirven, de ordinario, como ocurrió con santa Catalina, para preparar al alma a sufrir con ánimo todo cuanto Dios quiere que sufra. Y cuando uno se ha preparado con estos tres medios, sucede a menudo que se hace como insensible a los sufrimientos, porque se reciben como enviados por Dios, y como medios para unirse estrechamente a Él y poseerlo.
Vosotros, como esta santa, estaréis contentos y seréis consolados por Dios en los padecimientos, si os preparáis como ella.
MF 192,1,2: 1 1Co 14,38. – 2 2Tm 3,15-17. – MF 192,2,2: 3 Cf. 1Co 2,14. – 4 2Jn 1,9. – 5 2Tm 3,16; 1Co 14,37. – 6 Hb 4,12.
Complemento de ocho meditaciones
Para algunas fiestas especiales que hay durante el año
MF 83
Meditación para el día de la octava de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen
15 de diciembre
MF 83,1,1
Punto I.
Si queremos entrar en el espíritu del misterio de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen y sacar de él, por nuestra devota participación, el fruto que Dios nos pide, consideremos que esta divina madre, desde el instante en que su alma fue creada, estuvo, como hermosa estrella, iluminada con las luces de la gracia y dotada de razón.
¡Qué mortificación debió constituir para esta excelente criatura encontrarse cautiva de ese modo, encerrada durante nueve meses como en una prisión, y verse, incluso, privada del uso de los sentidos y miembros! ¡Qué motivo de humillación al tener conocimiento de tan grande abatimiento!
MF 83,1,2
Imitemos estas admirables disposiciones de la Virgen Inmaculada; amemos y observemos gustosos el retiro, el silencio y el recogimiento; esmerémonos en el dominio de nuestros sentidos. Mortifiquemos nuestros miembros terrenales 1, como dice san Pablo; hagámonos, por así decirlo, cautivos por amor de Dios, por la exacta obediencia y por la puntual fidelidad a nuestras Reglas.
Esta sumisión voluntaria y amorosa nos hará verdaderamente libres, con la noble y gloriosa libertad de los hijos de Dios 2. ¡Oh, amorosa y agradable servidumbre, por la cual el hombre llega a ser verdaderamente libre y santo!, exclama el autor de la Imitación. ¡Oh sagrado estado de servidumbre religiosa, que hace al hombre igual a los ángeles, agradable a Dios, terrible a los demonios y recomendable a todos los fieles! ¡Oh sumisión digna de ser abrazada y siempre deseada, con la que se adquiere el bien soberano y el gozo sempiterno!
MF 83,2,1
Punto II.
La Santísima Virgen, en su Inmaculada Concepción, disfrutó interiormente, desde el primer instante, del uso de las virtudes, al menos en su interior. Conoció a Dios por la fe infusa; lo amó por la caridad del Espíritu Santo, de la que estaba llena desde el momento de su existencia; le alabó, le bendijo, le agradeció y le glorificó por medio de sus operaciones espirituales e interiores, de forma más excelente que todos los ángeles juntos.
MF 83,2,2
He ahí lo que debemos aprender e imitar. A eso se lo llama ciencia de los santos 3. Es preciso que nos apliquemos al conocimiento de Dios en la oración, por la lectura de buenos libros espirituales y catecismos; que nos ejercitemos e inflamemos en el amor de Dios con fervorosas y frecuentes elevaciones del corazón a Dios (lo que se llaman oraciones jaculatorias); que nos hagamos agradables a los ojos de su divina majestad por medio de continuas acciones de gracias, de amor y de alabanza, y por la práctica de las más sólidas virtudes, sobre todo la humildad, la paciencia y la obediencia, que tan estimadas y familiares fueron a la santísima madre de Dios.
MF 83,3,1
Punto III.
La Santísima Virgen, encerrada en el seno de santa Ana, fue preparada por el Espíritu Santo para el cumplimiento de los magnos designios de Dios sobre ella. Y la Santísima Virgen se dispuso a ellos con la fiel correspondencia, por su parte, usando santamente, por sus operaciones interiores, los dones y gracias que el cielo le comunicaba abundantemente.
La santa religión a la cual tuvo Dios la bondad de llamarnos, es nuestra madre. El noviciado es su seno, en el que concibe espiritualmente a los novicios, que son sus hijos. Ella los engendra en Jesucristo 4, según la expresión de san Pablo, formándolos para una vida auténticamente cristiana y religiosa.
MF 83,3,2
Vosotros, que tenéis la dicha de gozar de este beneficio en el noviciado, seno saludable y místico de la vida religiosa, procurad que vuestra concepción espiritual sea inmaculada, es decir, sin mancha, por la exención de todo pecado voluntario.
Formaos en las buenas costumbres, conformes con las máximas del Santo
Evangelio; llenaos de las gracias del Espíritu Santo. Y como la Santísima
Virgen, nueve meses después de su purísima concepción, salió del seno de santa Ana llena de las gracias del Espíritu de Dios 5, para cosas grandes, esto es, para procurar la gloria de Dios y la salvación de las almas, disponeos también vosotros a salir del noviciado llenos de gracias y henchidos del Espíritu de Dios, para no trabajar sino por su gloria, procurando la salvación de las almas según el espíritu y el fin de nuestro Instituto; o bien ocupándoos de los empleos y oficios de la casa, según el designio de la divina providencia sobre vosotros, que conoceréis infaliblemente por medio de la santa obediencia. En ellos encontraréis con toda seguridad vuestra santificación, vuestra paz interior y vuestra salvación.
Pedid a la Santísima Virgen que os alcance esta gracia, por los méritos y en virtud de su santa e inmaculada concepción.
MF 83,1,2: 1 Col 3,5. – 2 Rm 8,21. – MF 83,2,2: 3 Sb 10,10. – MF 83,3,1: 4 1Co 4,15. – MF 83,3,2: 5 Lc 1,28.
1MF 103
Sobre la vida de san Severo, obispo
1 de febrero
MF 103,1,1
Punto I.
En el Evangelio de san Lucas, cap. 7, se refiere que los discípulos de san Juan fueron a preguntar a Nuestro Señor si Él era el Cristo, o si tenían que esperar a otro 1. Jesucristo, después de obrar ante ellos varios milagros para darles a entender que era el Mesías, les dijo, para terminar su discurso, que el Evangelio era anunciado a los pobres 2.
Esto debe animar mucho a todos los fieles a trabajar esforzadamente en el gran negocio de su salvación, y en particular a quienes, por nacimiento, están sujetos a vivir en pobreza y en indigencia de los bienes de la tierra.
San Severo aprovechó este beneficio de manera excelente, pues viéndose obligado, para subsistir, a ponerse al servicio de un dueño infiel, alimentaba su alma con el pan de la palabra de Dios 3 y con el santo ejercicio de la oración, al que se entregaba con sumo fervor, a pesar de los infinitos obstáculos que podían alejarle de él en las ocupaciones de su laborioso empleo.
Y Dios, que se complace en escuchar a los mansos y humildes de corazón, le concedió la total conversión de su amo a la fe de la Iglesia católica.
MF 103,1,2
¿No es extrema locura amar las grandezas y bienes del mundo, puesto que nada hay en él que sea grande ni digno de estima, sino lo que es grande y estimable a los ojos de Dios?
¡Oh, divino Jesús!, iluminad nuestros ojos para que consideremos las cosas tal como Vos mismo las consideráis, y que todos nuestros afectos e inclinaciones sean totalmente conformes con los vuestros.
MF 103,2,1
Punto II.
Las virtudes de san Severo, unidas a numerosos milagros que Dios obraba por su medio, le dieron a conocer a todos; y la estima que se tenía a su persona fue causa de que le retirasen del grupo de discípulos que había formado y guiado hacia la perfección en un lugar solitario, para consagrarlo obispo de Avranches. Pero después de haber trabajado conforme a la amplitud de su celo, su profunda humildad le impulsó a abandonar su dignidad episcopal y a renunciar a todos los bienes de la tierra, para volver a su querida soledad, donde murió con la muerte de los santos 4, en brazos de los que había edificado con los ejemplos de su santa vida.
MF 103,2,2
De esa forma es como debemos nosotros ocuparnos en los oficios exteriores; es decir, por el único motivo de la pura voluntad divina, que se nos manifiesta por la obediencia. Y en cuanto hayamos cumplido nuestras obligaciones, debemos volver a la soledad para dedicarnos a nuestros ejercicios espirituales, por temor a que nuestra conciencia quede herida con algún pecado.
Pidamos a Dios, por intercesión de este insigne santo, amor ardiente a la vida interior, para que todos los instantes de nuestra vida sean otros tantos peldaños para unirnos a Él.
MF 103,3,1
Punto III.
La muerte de san Severo no fue menos preciosa ante Dios que edificante había sido su vida a los ojos de los hombres; por lo cual, para evitar que su sagrado cuerpo fuera profanado por los enemigos de la Iglesia, se le trasladó del lugar donde yacía a un campo donde se le inhumó por segunda vez.
Pero su eminente santidad brilló tanto, por los prodigios que se obraban en aquel lugar, que se consideró conveniente el traslado de sus santas reliquias a la iglesia catedral de Nuestra Señora, de Ruán. Y Dios, para aumentar el honor de este santo, permitió que en cada lugar donde se detenían con aquel glorioso depósito para pasar la noche, permaneciera éste tan inamovible que no se le podía levantar del sitio si antes no se hacía voto de edificar en el mismo lugar una iglesia en su honor.
MF 103,3,2
¡Oh, qué bueno es servir a Dios! Él sabe muy bien recompensar abundantemente a quienes le aman, y elevarlos a excelsa gloria. Haced, ¡oh mi soberano Creador!, que con vuestra santa gracia me aplique de veras a tributaros mis homenajes, y otorgadme vuestra santa bendición para tan generosa y beneficiosa empresa, por intercesión de san Severo, patrón y protector de la parroquia de este lugar.
MF 103,1,1: 1 Lc 7,20. – 2 Lc 7,22. – 3 Mt 4,4. – MF 103,2,1: 4 Sal 116,15.
MF 168
Meditación para la fiesta de san Yon
22 de septiembre
MF 168,1,1
Punto I.
San Yon tuvo la dicha de ser discípulo de san Dionisio, de adquirir su espíritu y de participar de sus virtudes y de sus gracias, tanto interiores como exteriores. Como san Dionisio había recibido de Dios, por medio de san Pablo, grandes luces referentes a las verdades del Evangelio, y como tuvo la suerte de ser en esto uno de los más esclarecidos de su tiempo, animado del celo por el establecimiento de la Iglesia y por la difusión de la religión cristiana, comunicó sus luces a san Yon. Pues al no poder atender por sí mismo a todos los pueblos que necesitaban instrucción en el país donde se hallaba, lo suplió, para algunos, por medio de san Yon, uno de sus discípulos.
Cuán feliz fue este santo por haber tenido un maestro como san Dionisio, pues bajo su guía aprendió perfectamente las verdades de la religión y la práctica de las virtudes cristianas, en las cuales le formó san Dionisio, tanto con sus frecuentes enseñanzas como por el continuo y brillante ejemplo que de ellas le dio.
MF 168,1,2
¡Ah, cuán provechoso es ser enseñado por expertos maestros, tanto en lo referente a las verdades de la fe como en lo tocante a la práctica del bien! Seámoslo nosotros, igualmente, para con aquellos que debemos instruir, y hagámonos con nuestras obras tales como queremos que sean ellos con las suyas.
MF 168,2,1
Punto II.
San Yon, siendo ya sacerdote, se dedicó a predicar el Evangelio por todos los pueblos que rodean París; y como estaba lleno de las gracias del Espíritu de Dios, convirtió a numerosas personas. No es de extrañar, pues se había preparado para ello con el retiro, igual que su maestro san Dionisio, y seguía preparándose cada día con la oración.
Como sabía que corresponde a Dios mover y convertir los corazones, y que él era sólo la voz que gritaba al pueblo que se convirtiera 1 y que reconociera al Dios verdadero, recurría con frecuencia a Dios, para rogarle que le concediera la gracia de que su palabra fuese eficaz, como lo había sido, de manera admirable, la de los santos apóstoles.
Como los pueblos que este santo instruía los formaban gentes rudas del campo, se aplicó, por encima de todo, a darles el catecismo, a enseñarles a conocer a Dios y los misterios principales de la religión, y a practicar los mandamientos de Dios.
MF 168,2,2
Agradezcamos a Dios que nos haya dado como patrón de esta casa a un santo que, en el comienzo de la Iglesia, se honraba de ejercer la misma función que nosotros tenemos que realizar todos los días; y que trabajó en la conversión de los pueblos infieles con encendido celo, porque no tenía otra mira que la de hacer de ellos el pueblo de Dios.
Tratemos de imitar su celo y de tener sus mismas intenciones en el ejercicio de nuestro empleo, ya que es el mismo que el suyo, y consiste en dar el catecismo a niños pobres y, con frecuencia, sin educación.
MF 168,3,1
Punto III.
El celo de san Yon por la verdadera religión y las numerosas conversiones que obraba irritaron de tal modo a los idólatras que había entonces en el país, y cuyos reyes vivían en la misma ceguera que ellos, que buscaron cuantos medios pudieron para oponerse al notable progreso que este santo conseguía en las almas, y al proyecto que tenía de establecer la religión cristiana en aquellas comarcas.
Pero como vieron que ni las dificultades que le creaban a san Yon, ni las amenazas, servían para enfriar su celo, y que todo cuanto pudieron decir a los pueblos que él instruía, no les impedía seguir atentos y dóciles a su doctrina, ya que el santo les enseñaba más con el ejemplo de su santa vida que con sus palabras, y que venía a ser para ellos como espada de dos filos, que ponía en ellos, como dice san Pablo, la división entre la carne y el espíritu 2, aquellas gentes apresaron a san Yon, lo azotaron y luego lo decapitaron.
He ahí cuál fue la recompensa de este santo en la tierra, por todos sus trabajos apostólicos.
MF 168,3,2
Si vosotros no tenéis ocasión de esperar la misma recompensa, aunque viváis en el mismo reino, porque actualmente está habitado por católicos, preparaos, al menos, para la que se promete en el Evangelio, es decir, ser perseguidos. Y consideraos dichosos, siguiendo la enseñanza que dio Jesucristo Nuestro Señor
a sus discípulos, cuando los hombres os odien, os aparten de ellos, os traten injuriosamente y hasta consideren con horror vuestro nombre por causa del Hijo del hombre, porque así es como fueron tratados los profetas 3 y los predicadores del Santo Evangelio.
MF 168,2,1: 1 Jn 1,23. – MF 168,3,1: 2 Hb 4,12. – MF 168,3,2: 3 Lc 6,22; Mt 5,11-12.
MF 181
Meditación sobre las virtudes de san Román, arzobispo de Ruán
23 de octubre
MF 181,1,1
Punto I.
San Román fue modelo de todas las virtudes desde muy joven. Sus padres, que eran muy piadosos, tuvieron cuidado de que recibiera educación tan cristiana como noble, para que pudiera desempeñar dignamente los relevantes empleos a que estaba destinado.
Y demostró claramente que había aprovechado tal educación, pues siendo canciller de Francia, desplegó sobre sí mismo tanta vigilancia para conservar su piedad hacia Dios, como celo para administrar la justicia.
Siempre veló sobre sí mismo para no manchar su inocencia en medio de la corrupción del siglo. Se mantuvo tan puro en el seno de la alta sociedad como si hubiera vivido en el retiro más apartado.
MF 181,1,2
¡Qué motivo de confusión para nosotros, que tan fácilmente perdemos, en las ocupaciones exteriores, el espíritu de piedad que adquirimos en nuestros ejercicios interiores! Aprendamos de este santo a caminar y a vivir en el mundo sin participar de la corrupción del espíritu ni de las máximas del mundo.
MF 181,2,1
Punto II.
Este insigne santo, que iluminó con el resplandor de sus virtudes a las personas que vivían en el estado seglar, fue escogido por Dios para ser como ardiente antorcha 1 en el candelero de la Iglesia.
Elegido arzobispo de Ruán, se dedicó con celo incansable a destruir la idolatría entre los pueblos, la simonía entre los eclesiásticos, y a procurar, en fin, tantos adoradores de Jesucristo y fieles perfectos a su Iglesia, cuantos eran los que el demonio se esforzaba por arrebatarle.
Sólo temía en este mundo al pecado; y su alma, revestida siempre con la túnica de su inocencia bautismal, tampoco se amedrentó al domeñar un dragón, que no sólo devastaba los frutos de la tierra, sino que también devoraba a los hombres.
MF 181,2,2
Trabajemos por conservar la inocencia del bautismo en los niños que nos han sido o nos serán confiados. Y si nosotros fuimos tan desgraciados como para perderla, esforcémonos por recuperarla mediante una penitencia proporcionada a la gravedad de nuestros pecados.
¡Cuán felices seríamos si pudiéramos volver al estado de justicia original! Para alentarnos a ello, reflexionemos sobre estas palabras de san Ambrosio: «Sólo hay dos vías para ir al cielo, a saber, la inocencia conservada, o bien la reparada mediante la penitencia».
MF 181,3,1
Punto III.
San Román, que había llevado vida tan pura, mereció que Dios le revelase la hora de su muerte, que sobrevino mientras celebraba la santa Misa. Eso le movió a retirarse a la soledad, para no ocuparse sino de sí mismo. Pero allí el demonio le acosó con furiosas tentaciones. Con todo, el continuo pensamiento de las verdades eternas y su asiduidad a la oración le hicieron salir victorioso y le dieron ocasión para aumentar sus méritos.
MF 181,3,2
Nosotros no podremos fortalecer nuestra alma contra todos los ataques de los enemigos de nuestra salvación sino con estos dos medios.
La meditación de las verdades que la fe nos enseña es una espada de dos filos, como dice san Pablo, que penetra en lo íntimo, y que se introduce entre el alma y el cuerpo hasta las coyunturas de los huesos 2.
Pero estar convencido de las verdades de la salvación no es suficiente. Se necesita, además, pedir a Dios, con ferviente oración, que nos ayude en nuestras debilidades y que su gracia nos mueva a practicar lo que el Espíritu Santo nos haya dado a entender que desea de nosotros.
MF 181,2,1: 1 Jn 5,35; Mt 5,15. – MF 181,3,2: 2 Hb 4,12.
MF 184
Meditación para el día de la traslación de las Santas Reliquias
Sobre la veneración que debemos tributar a las reliquias de los santos
17 de julio
MF 184,1,1
Punto I.
Dios nos invita a esta práctica de devoción por los innumerables milagros que obró por medio de las santas reliquias de sus siervos. Lo vemos en los sepulcros de los mártires y de los santos confesores, que son, como dicen los Concilios, fuentes saludables que Jesucristo nos ha dejado, de las que brotan todo tipo de alivio para los enfermos, y donde encontramos el manantial de dulzura que cura las dolencias, disipa las tristezas malignas y las tentaciones, por la virtud de Jesucristo que en ellas radica.
Lo vemos en la traslación de las reliquias de san Esteban, protomártir, y las de otros varios santos, de manera que no podemos dudar que Dios, según su palabra, honra las cenizas y los huesos de sus siervos 1, que fueron miembros vivos 2 y templos animados por el Espíritu Santo 3.
MF 184,1,2
Por este mismo principio, encarga a sus mismos ángeles que entierren el cuerpo de santa Catalina, o pone de manifiesto los sagrados cuerpos por medio de luces milagrosas, para que no permanezcan en la oscuridad de un sepulcro común o poco digno, y para que aprendamos a venerarlos para bien de nuestros cuerpos y de nuestras almas.
Si la bondad de Dios nos concede tantos bienes en consideración a los sencillos honores que tributamos a estas reliquias inanimadas, ¿qué gracias no preparará para quienes se hacen imitadores de aquellas nobles almas?
MF 184,2,1
Punto II.
El culto de las sagradas reliquias se ha practicado desde la antigüedad, y se ha confirmado por las disposiciones de los Concilios y por la práctica de los más santos personajes de los últimos siglos. El ejemplo del insigne san Carlos Borromeo es importante a este respecto, como puede verse en la historia de su vida.
Los santos que están en la gloria desean justamente este honor porque son en el cielo los protectores de los vivos. Lo vemos en el ejemplo de san Dionisio, apóstol de nuestra Francia, de san Sebastián, de san Mauricio y de otros, que pidieron digna sepultura.
Es, en fin, excelente medio para ser socorrido por su intercesión, pues al encontrarse en el estado de la caridad consumada, recompensan generosamente la veneración que les tributamos. Cuando honramos sus reliquias, excitan nuestra devoción con sus oraciones: presentan nuestras oraciones a Dios 4, y nos invitan a desear ser, como ellos, holocaustos vivos ante la faz del Señor.
MF 184,2,2
Adorad a Dios, que tan admirable es en sus santos; confundíos a los pies de su divina majestad y aprended a santificaros. ¡Desdichado quien, a pesar de tantos ejemplos de piedad, no desiste de apreciar sólo la vanidad!
MF 184,3,1
Punto III.
Los frutos que debemos obtener de la veneración de las sagradas reliquias son: primero, sentir especial estima y tener particulares sentimientos de piedad y de respeto por todas las sagradas reliquias; y, sobre todo, por aquellas cuyo traslado celebramos hoy; de manera que todo esto nos cause en nosotros profunda confianza en la intercesión de los santos, de quienes tenemos la suerte de conservar sus reliquias cerca de nosotros.
Segundo, hacernos santamente ambiciosos, a vista de los honores que Dios rinde a sus siervos. Estemos seguros de que quienes no se esfuerzan por ser muy amigos de Dios, por la fidelidad a sus gracias y la perseverancia en buscar únicamente su gloria y la salvación del alma, no merecen llevar el nombre de cristianos, y mucho menos el de religiosos y el de personas consagradas a Dios.
MF 184,3,2
¡Qué ceguera pretender ser honrados con los santos en la otra vida y no vivir como los santos, teniendo sólo pensamientos terrenos, sin saber discernir lo precioso de lo vil, y buscando sólo los placeres y los honores del mundo!
¿No es cosa digna de extrañeza y de compasión al mismo tiempo, para
nosotros, que queremos ser partícipes de la feliz suerte de los santos 5? No procedamos así; dirijamos más bien nuestros pensamientos hacia el cielo, y que la vista de las sagradas reliquias nos sirva de motivo para incrementar y encender en nosotros el espíritu de martirio, el desprecio del mundo y amor ardiente a Nuestro Señor Jesucristo.
MF 184,1,1: 1 Sal 34,21. – 2 1Co 6,15. – 3 1Co 6,18. – MF 184,2,1: 4 Tb 12,12. – MF 184,3,2: 5 Sb 5,5.
MF 188
Meditación para la dedicación de la iglesia
Primer domingo de octubre;
en el nuevo calendario no figura esta celebración en ese domingo
MF 188,1,1
Punto I.
Considerad que la costumbre de consagrar iglesias a Dios es muy santa y muy antigua; que una infinidad de tales santos lugares fueron edificados y consagrados por los apóstoles y por sus sucesores; y que, si bien Dios está en todas parte, por su inmensidad, está, sin embargo, de manera muy particular en los lugares que quiso se edificaran en su honor, como otros tantos tabernáculos donde quiere habitar con los hombres 1, y donde quiere que le adoren y le recen.
En esos sagrados lugares quiere que se realicen los actos más santos y se le tributen los más augustos homenajes de la religión. Por este motivo manda que se esté en ellos con respeto, y amenaza con perder a quienes los profanen con sus irreverencias e inmodestias 2.
Considerad, además, que se solemniza el día de la dedicación de las iglesias para reparar ante Dios todas las inconveniencias y los pecados que en ellas se hayan cometido durante todo el año; también para agradecerle todas las gracias que en ellas hemos recibido, y para renovar nuestra devoción y la veneración que debemos a la iglesia, que es llamada la casa de Dios 3.
MF 188,1,2
Examinad de qué manera os comportáis y con qué espíritu entráis en ella, y con qué disposiciones ofrecéis a Dios vuestras oraciones. ¿Lo hacéis con viva fe en la presencia de Dios y con verdadero sentimiento de respeto, como el que debéis a esta infinita majestad?
MF 188,2,1
Punto II.
Considerad que Jesucristo está verdadera y realmente en el Santísimo Sacramento, que se conserva en las iglesias. Por ello tenemos obligación, de manera más particular, de reconocer la presencia de Dios en esos santos lugares. Él mismo los ha escogido para que en ellos se le honre con especial culto, y en ellos se complace en comunicar sus gracias con mayor abundancia a quienes se las piden con sincera devoción.
Si en la antigua ley había que temblar de temor y respeto al entrar en el
Tabernáculo 4, donde estaban el Arca de la Alianza 5 y las Tablas de la Ley 6, ¡con cuánta reverencia y anonadamiento propio tenemos que mantenernos nosotros en un lugar donde Dios se halla como sentado en trono de amor para concedernos misericordia, y donde es adorado continuamente por infinidad de ángeles, que consideran sumo honor permanecer en su presencia y tributarle sus homenajes!
MF 188,3,1
Punto III.
Considerad que lo que debe inspirar en nosotros mayor sentimiento de respeto y devoción en esos santos lugares es pensar que en ellos se complace Dios en otorgarnos sus gracias, con bondad y misericordia muy singulares.
Allí el Padre bondadoso recibe al hijo pródigo con los brazos abiertos 7, el buen pastor devuelve al redil a la oveja perdida 8, el afligido encuentra su consuelo y el enfermo su curación; allí el débil recibe nueva fuerza, y quien está tentado, nuevo socorro contra sus enemigos. Allí, en fin, Dios escucha favorablemente las oraciones que se le presentan, y se complace en colmar de gracias a los que acuden a su bondad.
MF 188,3,2 Reconozcamos todas estas verdades y
formemos nueva resolución de comportarnos en las
iglesias con tal respeto que seamos dignos de recibir y
sentir en nosotros los efectos de su divina misericordia; y
consagremos nuevamente a Dios el templo de nuestro
cuerpo y de nuestra alma 9, sacrificándole nuestro
corazón y todos nuestros deseos, después de recibirle
devotamente en la sagrada comunión.
MF 188,1,1: 1 Ap 21,3. – 2 Cf. 1Co 3,17. – 3 Gn 28,17. – MF 188,2,1: 4 Lv 16,2. – 5 Ex 40,2-3. – 6 2Cr 5,10. – MF 188,3,1: 7 Lc 15,20. – 8 Lc 15,4-6. – MF 188,3,2: 9 1Co 6,19.
301
Vida de san Yon, sacerdote y mártir
MA 301,1,1
El día veintidós del mes de septiembre, la iglesia celebra la fiesta de san Yon, sacerdote, martirizado en la localidad de Hurepoix, diócesis de París. La historia de su glorioso martirio fue relatada por un piadoso y antiguo autor del siglo IX, que la tomó de los mejores escritores de aquel tiempo.
MA 301,1,2
San Yon vivió en los primeros siglos de la Iglesia naciente. Acompañó a san Dionisio, primer obispo de París, cuando vino a Francia, y estuvo asociado a las labores de la misión evangélica. La elección que hizo de él este apóstol de Francia para ser ayudado en ministerio tan difícil y tan importante, supone en san Yon todas las cualidades necesarias a un excelente operario del Evangelio e incluso a un apóstol. Así se puede juzgar el celo que tuvo por la gloria de Dios en la propagación de la fe de Jesucristo; de la caridad que desarrolló para apartar a los idólatras de sus errores y de los vicios en que estaban sumidos, y para procurarles la salvación eterna; y sobre todo, el valor y la paciencia que empleó para superar los obstáculos y menospreciar los peligros, las injurias y las amenazas de los hombres.
La santidad de la vida de san Yon no contribuyó menos a la conversión de los paganos que sus predicaciones y milagros. Pues Dios le había hecho poderoso en palabras y en obras 1, que son las gracias que suele conceder a los primeros que envía a llevar la luz del Evangelio a los países que todavía yacen bajo las tinieblas del paganismo y de la sombra de la muerte 2.
MA 301,1,3
San Dionisio, después de ordenarle sacerdote, le empleó principalmente en la zona del territorio de París, que después se llamó país de Hurepoix, donde la diócesis de esta ciudad se junta con las de Sens y Chartres. El lugar principal y centro de la misión de san Yon fue la pequeña localidad de Châtres, junto al río
Orge. Después de haber sembrado con mucho éxito la fe de Jesucristo, mereció ver coronados sus trabajos con el martirio, que le vino después de la muerte de san Dionisio. Fue detenido por un oficial llamado Julián, siguiendo la orden recibida del gobernador de París, el mismo que hizo martirizar a san Luciano, en Beauvais, y a san Piat, en Tournay.
MA 301,1,4
El juez condenó a san Yon a ser decapitado, en virtud de los edictos de los emperadores contra los cristianos; ya fuera el que había hecho publicar el emperador Aureliano poco antes de su muerte, o bien el que Maximiano Hercúleo, compañero de Diocleciano, mandó publicar en las Galias al comienzo de su reinado, hacia el año 287. Sea como fuere, llevaron a san Yon para el suplicio al monte vecino, distante como una legua de Châtres, donde consumó su glorioso martirio el 5 de agosto, día señalado en las Actas como el de su muerte, porque en tal día se celebraba ya su fiesta cuando se compilaron, hacia finales del siglo IX o comienzos del siguiente.
También es el día que escogió la Iglesia de París para celebrarla, pero no se sabe qué indujo a los autores del martirologio romano, en el que se le llama Jonás, a ponerla el 22 de septiembre.
MA 301,1,5
Es tradición común en toda la región que habiendo sido san Yon decapitado en las proximidades del riachuelo Orge, que pasa por la localidad de Châtres, y estando levantado el patíbulo sobre un altozano, la cabeza del santo rodó hasta el río, y su cuerpo descendió y recogió la cabeza. Esto horrorizó en extremo tanto a los verdugos como a todos los asistentes.
Después de la muerte de san Yon, los fieles de Châtres acudieron al monte para recoger su cuerpo, y lo enterraron con honor cerca de las murallas de la ciudad. Allí estuvo en gran veneración, particularmente después de la paz concedida a la Iglesia en tiempos del emperador Constantino, y permaneció hasta que se le trasladó a Corbeil, otra localidad de la diócesis de París, junto al Sena, a cinco o seis leguas de Châtres. Parece, sin embargo, que sólo se trasladó una parte; y la que quedó en Châtres, que se conserva en una urna de plata colocada bajo el altar, según el uso antiguo, es tan considerable, que en el breviario de París pareció justo decir que el cuerpo de san Yon se sigue guardando en esta iglesia, sin mencionar la de Corbeil.
MA 301,1,6
No se conoce con precisión el tiempo en que se hizo este traslado, y en Corbeil se celebra el mismo día de su fiesta principal, esto es, el 5 de agosto. Sus reliquias se conservan aún en la iglesia de Nuestra Señora, que es la parroquia principal de la localidad. Lo que la tradición tiene por seguro sobre la traslación de las reliquias de san Yon a Corbeil-sur-Seine es que esta localidad sólo posee la cabeza del santo mártir, y que la consiguió de este modo: obraban las reliquias de san Yon grandes milagros, y particularmente su cabeza, que tenía la virtud de que cuando el río crecía mucho y se llenaba, con peligro de inundación, bastaba colocar la cabeza del santo cerca del río y en seguida las aguas descendían y volvían a su situación normal.
MA 301,1,7
Habiendo crecido extraordinariamente el río Sena y amenazando inundar toda la zona, el clero y los habitantes de Corbeil enviaron una delegación a los ediles de Châtres para conseguir de ellos que les enviasen la cabeza del santo, bajo promesa de devolvérsela con todo honor cuando se hubieran librado del peligro. Lo cual no quisieron otorgar sin valiosos rehenes. Visto lo cual por los de Corbeil, usaron una estratagema para retener este precioso tesoro a perpetuidad dentro del recinto de sus murallas. Vistieron magníficamente a varios niños huérfanos y se los enviaron con gran pompa. Ante lo cual, los habitantes de Châtres entregaron la cabeza de san Yon, y retuvieron a estos niños, que pensaban que eran de los más notables de la villa.
Este precioso depósito hizo descender las aguas a su nivel ordinario, y el clero y el pueblo de Corbeil depositaron la santa reliquia con suma honra en su iglesia, y resolvieron no devolvérsela a los de Châtres; y a los delegados que acudieron para solicitar la devolución de la cabeza de san Yon, les dijeron que podían quedarse con los niños que tenían en prenda.
Y desde entonces ha permanecido en Corbeil, y ha obrado milagros muy grandes.
MA 301,1,8
El monte que él había consagrado con la efusión de su sangre, aunque privado de sus santos restos, no dejó de ser objeto de respeto y de veneración de las gentes, a quienes la devoción y la gratitud movieron a ir a honrar la memoria del santo mártir en el lugar mismo en que la tierra había recibido su sangre, como sello de las verdades que había predicado.
MA 301,1,9
Allí se construyó una iglesia en su honor, e incluso se estableció un monasterio, que con el transcurso del tiempo se ha visto reducido, como otros muchos, a simple priorado, que subsiste aún ahora con una parroquia.
La concurrencia del pueblo fue tan grande, que se formó incluso una barriada considerable, con algunas fortificaciones, llamadas de Hautefeuille, en las cuales el señor del lugar, hacia la época de Hugo Capeto, mantuvo una guarnición para su defensa.
Las guerras sobrevenidas después arruinaron el lugar, del que no queda más que una pequeña aldea, que lleva el nombre de San Yon, y cuyo señorío mantiene parte de los derechos, con el título de su antigua baronía.
MA 301,1,2: 1 Lc 24,19. – 2 Cf. Lc 1,79.
303. Vida de San Casiano
MA 303
303
Vida de san Casiano, obispo y mártir
MA 303,1,1
El día trece del mes de agosto la Iglesia honra la memoria de san Casiano, uno de los más ilustres mártires de Jesucristo que hayan sufrido bajo los emperadores paganos, el cual, siendo obispo de Brescia, sufragáneo del arzobispado de Milán, por su celo de la religión católica se hizo maestro de escuela en la ciudad de Imola, en Italia, situada en la Romaña, llamada en otro tiempo Forum Cornelii, del nombre de Cornelius Sylla, su fundador.
MA 303,1,2
El poeta Prudencio, que escribió la historia del santo, primero en verso y luego en prosa, la conoció a través de un cuadro que la representaba y del relato que le hizo un piadoso eclesiástico del lugar, cuando, por devoción, fue a visitar su tumba. Hela aquí en resumen.
San Casiano, habiendo sido expulsado de su sede episcopal a causa de la persecución desatada bajo el emperador Juliano el Apóstata, se retiró a Imola. Pensaba que no podía ejercer mejor su celo que instruyendo a la juventud, y, a fin de comunicar a los niños, junto con las ciencias, los principios de la religión y de la fe de Jesucristo, les enseñaba los rudimentos de las letras, es decir, a leer y escribir. Se lo enseñaba particularmente en notas, que servían para expresar varias cosas con un solo signo, con el fin de escribir tan deprisa como se puede hablar, método muy en boga en aquel tiempo.
MA 303,1,3
Habiendo sido denunciado este santo ante el juez de la ciudad, que alimentaba la misma pasión que el emperador apóstata, le hizo prender y conducirle ante él para obligarle a renunciar al culto del verdadero Dios y adorar a las falsas divinidades. Pero se negó a sacrificar a los ídolos, y el juez, irritado por su constancia, le condenó como sacrílego contra los dioses y violador de los edictos del emperador. El tirano pensó que no podía encontrar medio más adecuado para vengarse de él que entregarlo a sus escolares, que en su mayoría eran aún paganos.
MA 303,1,4
Se le condujo, pues, a su escuela, con las manos atadas a la espalda y sin vestidos. La multitud de niños se arrojó sobre él para complacer al juez, y tal vez para vengarse de algunos justos y necesarios castigos que podían haber recibido.
Algunos rompieron su tablilla de escribir sobre su cabeza; otros le punzaron con mil pinchazos con los estiletes de hierro, que eran como buriles o punzones, de los que se servían en aquella época para grabar en la madera o para escribir sobre cera.
De ese modo le hicieron morir poco a poco, con un martirio tanto más cruel y doloroso, cuanto que aquellos pequeños verdugos no podían quitarle la vida de una vez. Languideció en medio de los dolores, que se renovaban sin cesar, y que sólo acabaron cuando hubo perdido completamente toda su sangre, gota a gota. Lo que ocurrió el 13 de agosto, hacia el año 363. Todos los martirologios hacen memoria de san Casiano.
MA 303,1,5
Prudencio se encomendó a este santo para obtener feliz éxito en el viaje que iba a hacer a Roma. Y habiendo sido escuchados sus deseos, escribió la historia de su martirio, como se ha dicho, cuando regresó a España, que era su país natal. La ciudad de Brescia le reconoce como su obispo, y la catedral de Imola lleva todavía hoy el nombre de san Casiano; y según una tradición muy antigua, se cree que su cuerpo reposa en ella, bajo el altar mayor.
Segunda parte
Meditaciones para las fiestas principales del año
78. Para la fiesta de san Andrés, apóstol. 30 de noviembre . . . . . . . . . . . . . . . . 405
79. Para la fiesta de san Francisco Javier. 3 de diciembre . . . . . . . . . . . . . . . . . 407
80. Para la fiesta de san Nicolás, obispo de Mira. 6 de diciembre . . . . . . . . . . . 408
81. Para la fiesta de san Ambrosio, arzobispo de Milán. 7 de diciembre . . . . . . 410
82. Para la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen. 8 de diciembre . . . . . . . . . 411
84. Para la fiesta de santo Tomás, apóstol. 21 de diciembre; en el nuevo calendario, 3 de julio 413
85. Para la vigilia de la Natividad de Jesucristo. 24 de diciembre . . . . . . . . . . . 414
86. Para la fiesta de la Natividad de Jesucristo Nuestro Señor. 25 de diciembre 416
87. Para la fiesta de san Esteban, primer mártir. 26 de diciembre . . . . . . . . . . . 417
88. Para la fiesta de san Juan Evangelista. 27 de diciembre . . . . . . . . . . . . . . . . 419
89. Para la fiesta de los Santos Inocentes. 28 de diciembre . . . . . . . . . . . . . . . . 420
90. De lo que se ha hecho o dejado de hacer para con Dios durante el año. 29 de diciembre . . . .422
91. Del modo como debimos proceder con el prójimo durante este año y de aquello en que hemos faltado. 30 de diciembre . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 423
92. De aquello en que habéis faltado respecto de vosotros y de la regularidad durante el año. 31 de diciembre . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .425
93. Para la fiesta de la Circuncisión de Nuestro Señor Jesucristo. 1 de enero . . 427
95. Para la fiesta de santa Genoveva. 3 de enero . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 429
96. Para el día de la fiesta de la adoración de los Reyes. 6 de enero . . . . . . . . . 431
97. Sobre la vida de san Antonio. 17 de enero . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 433
98. Para la fiesta de san Sulpicio. 19 de enero; no figura en el nuevo calendario . . . . . . . . . . . . .434
99. Para la fiesta de la conversión de san Pablo. 25 de enero. . . . . . . . . . . . . . . 435
100. Sobre la vida de san Juan Crisóstomo. 27 de enero; nuevo calendario, 13 de septiembre . .436
101. Sobre la vida de san Francisco de Sales. 29 de enero; nuevo calendario, 24 de enero. 437
102. Sobre san Ignacio, mártir. 1 de febrero; nuevo calendario, 17 de octubre . . 438
104. Para el día de la Purificación de la Santísima Virgen. 2 de febrero . . . . . . . 439
105. Sobre san Romualdo. 7 de febrero; nuevo calendario, 19 de junio. . . . . . . . 441
106. Para la fiesta de la Cátedra de san Pedro en Antioquía. 22 de febrero. De la sumisión que debemos tener a la Iglesia . . . . . . . .442
107.Para la fiesta de san Matías, apóstol. 24 de febrero; nuevo calendario, 14 de mayo. . . . . 443
108. Sobre santo Tomás de Aquino. 7 de marzo; nuevo calendario, 28 de enero 444
109. Sobre san Gregorio, papa. 12 de marzo; nuevo calendario, 3 de septiembre 445
110. Para el día de la fiesta de san José. 19 de marzo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 447
111. Sobre san Benito. 21 de marzo; nuevo calendario, 11 de julio. . . . . . . . . . . 448
112. Para la fiesta de la Anunciación de la Santísima Virgen. 25 de marzo. . . . . 450
113. Sobre san Francisco de Paula. 2 de abril. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 451
114. Sobre san León. 11 de abril; nuevo calendario, 10 de noviembre . . . . . . . . 452
115. Sobre san Anselmo. 21 de abril. 454
116. Sobre san Marcos. 25 de abril. . .455
117. Sobre san Pedro [de Verona], mártir. 29 de abril; en el nuevo calendario no figura . . 456
118. Sobre santa Catalina de Siena. 30 de abril; nuevo calendario, 29 de abril . . 457
119. Para la fiesta de Santiago y san Felipe. 1 de mayo; nuevo calendario, 3 de mayo .459
120. Sobre san Atanasio. 2 de mayo. 460
121. Para la fiesta de la Invención de la Santa Cruz. 3 de mayo; no figura en el nuevo calendario. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 461
122. Meditación sobre santa Mónica. 4 de mayo; nuevo calendario, 27 de agosto . . . . . . 462
123. Sobre la conversión de san Agustín. 5 de mayo; en el nuevo calendario no figura. . . .463
124. Para la fiesta del martirio de san Juan Evangelista. 6 de mayo; en el nuevo calendario no figura . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 465
125. Meditación sobre la aparición de san Miguel. 8 de mayo; en el nuevo calendario no figura . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 466
126. Meditación sobre san Gregorio Nacianceno. 10 de mayo; nuevo calendario, 2 de enero. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 468
127. Meditación sobre san Pedro Celestino. 19 de mayo; nuevo calendario, 21 de mayo. .469
128. Meditación sobre san Bernardino. 20 de mayo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 470
129. Sobre san Felipe Neri. 26 de mayo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 472
130. Meditación sobre santa Magdalena de Pazzi. 29 de mayo; nuevo calendario, 25 de mayo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 473
131. Para la fiesta de san Germán, obispo de París. 27 de mayo . . . . . . . . . . . . . 474
132. Sobre san Norberto. 6 de junio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 475
133. Sobre santa Margarita, reina de Escocia. 10 de junio; nuevo calendario, 16
de noviembre . . . . . . . .476
134. Sobre san Bernabé. 11 de junio. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 478
135. Sobre san Antonio de Padua. 13 de junio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 479
136. Sobre san Basilio. 14 de junio; nuevo calendario, 2 de enero. . . . . . . . . . . . 480
137. Sobre san Paulino, obispo de Nola. 22 de junio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 481
138. Para la fiesta de la Natividad de san Juan Bautista. 24 de junio. . . . . . . . . . 482
139. Para la fiesta de san Pedro. 29 de junio. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 484
140. Sobre san Pablo. 30 de junio; nuevo calendario, 29 de junio . . . . . . . . . . . . 485
141. Para la fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen. 2 de julio; nuevo calendario, 31 de mayo. . . 487
142. Sobre san Buenaventura. 14 de julio; nuevo calendario, 15 de julio . . . . . . 488
143. Sobre san Alejo. 17 de julio; en el nuevo calendario no figura . . . . . . . . . . 489
144. Meditación sobre santa María Magdalena. 22 de julio. . . . . . . . . . . . . . . . . 490
145. Para la fiesta de Santiago el Mayor. 25 de julio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 492
146. Sobre santa Ana, madre de la Santísima Virgen. 26 de julio . . . . . . . . . . . . 493
147. Sobre santa Marta. 29 de julio. . . . . . . . 494
148. Sobre san Ignacio. 31 de julio. . . . . . . . 496
149. Para la fiesta de san Pedro ad Vincula. 1 de agosto; en el nuevo calendario no figura . . . . . . 497
150. Sobre santo Domingo. 4 de agosto; nuevo calendario, 8 de agosto . . . . . . . 498
151. Para la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves. 5 de agosto. De la devoción a la Santísima Virgen . 500
152. Para la fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor. 6 de agosto . . . . . . . 502
153. Sobre san Cayetano. 7 de agosto. . . . 504
154. Meditación sobre san Lorenzo. 10 de agosto . 505
155. Para la fiesta de san Casiano, obispo y mártir. 13 de agosto; en el nuevo calendario no figura . 506
156. Para la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen. 15 de agosto . . . . . . . 508
157. Sobre san Joaquín. 16 de agosto; nuevo calendario, 26 de julio. . . . . . . . . . 509
158. Sobre san Bernardo. 20 de agosto. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 511
159. Para la fiesta de san Bartolomé, apóstol. 24 de agosto . . . . . . . . . . . . . . . . . 512
160. Para la fiesta de san Luis. 25 de agosto. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 514
161. Para la fiesta de san Agustín. 28 de agosto. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 515
162. Para la fiesta de la degollación de san Juan Bautista. 29 de agosto . . . . . . . 517
163. Para la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen. 8 de septiembre . . . . 519
164. Meditación para la fiesta del santo nombre de María. Domingo de la octava de la Natividad de la Santísima Virgen; en el nuevo calendario no figura . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 520
165. Para la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. 14 de septiembre. . . . . . . . 522
166. Para la fiesta de san Cipriano. 16 de septiembre. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 524
167. Para la fiesta de san Mateo, apóstol y evangelista. 21 de septiembre. . . . . . 526
169. Para la fiesta de san Miguel, Arcángel. 29 de septiembre . . . . . . . . . . . . . . 527
170. Para la fiesta de san Jerónimo. 30 de septiembre . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 529
171. Para la fiesta de san Remigio. 1 de octubre; nuevo calendario, 15 de enero 531
172. Para la fiesta de los Santos Ángeles Custodios. 2 de octubre. . . . . . . . . . . . 533
173. Para la fiesta de san Francisco. 4 de octubre. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 534
174. Para la fiesta de san Bruno. 6 de octubre . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 536
175. Para la fiesta de san Dionisio. 9 de octubre . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 537
176. Sobre san Francisco de Borja. 10 de octubre; nuevo calendario, 3 de octubre . . 539
177. Sobre santa Teresa. 15 de octubre. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 541
178. Para la fiesta de san Lucas, Evangelista. 18 de octubre . . . . . . . . . . . . . . 543
179. Para la fiesta de san Pedro de Alcántara. 19 de octubre; nuevo calendario, 20 de octubre . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .544
180. Para la fiesta de san Hilarión. 21 de octubre. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 546
182. Para la fiesta de los santos apóstoles Simón y Judas. 28 de octubre. . 548
183. Para la fiesta de Todos los Santos. 1 de noviembre . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 549
185. Para la conmemoración de las almas del purgatorio. 2 de noviembre . . . . . 551
186. Para la fiesta de san Marcelo, obispo de París. 3 de noviembre; no figura en el nuevo calendario . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 552
187. Para la fiesta de san Carlos Borromeo. 4 de noviembre . . . . . . . . . . . . 554
189. Para la fiesta de san Martín. 11 de noviembre . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 556
190. Sobre santa Isabel. 19 de noviembre; nuevo calendario, 17 de noviembre . 558
191. Para la fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen. 21 de noviembre . 559
192. Para la fiesta de santa Catalina, virgen y mártir. 25 de noviembre; en el nuevo calendario no figura. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 561
Complemento de ocho meditaciones.
Para algunas fiestas especiales que hay durante el año.
83. Meditación para el día de la octava de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen. 15 de diciembre. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 563
103. Sobre la vida de san Severo, obispo. 1 de febrero . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 565
168. Meditación para la fiesta de san Yon. 22 de septiembre. . . . . . . . . . . . .566
181. Meditación sobre las virtudes de san Román, obispo de Ruán. 23 de octubre . 568
184. Meditación para el día de la traslación de las Santas Reliquias. Sobre la veneración que debemos tributar a las reliquias de los santos. 17 de julio. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 569
188. Meditación para la dedicación de la iglesia. Primer domingo de octubre; en el nuevo calendario no figura esta celebración en ese domingo. . 571
301. Vida de san Yon, sacerdote y mártir. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 572
303. Vida de san Casiano, obispo y mártir . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 574