El ser humano es, fundamentalmente, un ser relacional. Es erróneo suponerse a uno mismo como una nube, ajeno a los demás y que flota de un modo vago en el espacio. Cultivamos y sostenemos vínculos con el mundo y con las demás personas. Soy un eco de las relaciones que me integran; en consecuencia, el «yo» no es comprensible sin la existencia del «tú». Nuestra naturaleza social se revela en la interacción con los demás. Es a través de las relaciones que entendemos nuestra identidad y construimos comunidades que satisfacen necesidades básicas como la alimentación, el afecto, la seguridad y el sentido de trascendencia. En las comunidades también compartimos valores, tradiciones y experiencias, consolidando así nuestra conexión con otros. La realidad le exige al corazón humano relacionarse con otros.
Respecto al valor que tiene el mundo es posible distinguir dos posturas: el mundo como un espacio lleno de cuerpos materiales sujetos a las leyes de la física y el mundo como pura representación y símbolos. En cuanto a la primera postura, el mundo se entiende únicamente como una realidad física regida por las leyes de la física y la química. La realidad es sólo un soporte para la existencia física, nada hay más allá y, por tanto, en tal mundo no es posible la existencia de realidades suprafísicas; básicamente, todo se reduce a interacciones materiales sin finalidad. El mundo social y el ser humano, bajo esta perspectiva, queda reducido a un fenómeno biológico sin propósito más allá de su función física. No obstante, negar la existencia de realidades suprafísica conduce a un empobrecimiento de la experiencia humana. Existen más que simples hechos llanos sin finalidad (existencia biológica), pues, hay un nivel propositivo o ético en la realidad (existencia humana). Respecto al último punto, la realidad humana no se adapta de forma instintiva o automática a la realidad natural o física en la que se desenvuelve el ser humano; es la persona misma quién debe ajustarla, definiéndose un propósito para sí y planeando el modo de realizarlo. Cabe mencionar que esta postura puede resultar alienante, ya que convierte a la persona en un mero engranaje de un sistema mecánico sin un sentido de trascendencia.
En cuanto a la segunda postura, el mundo es mera metáfora; como sí de algún modo, la persona no pudiera integrarse al mundo natural, social o cultural y sólo podemos existir mediante representaciones simbólicas, siempre rozando el mundo en sí pero sin entrar en él. No existe una realidad objetiva y material, sólo existen representaciones de una realidad a la cual no podemos acceder, sólo interpretarla. En este sentido, la realidad se vuelve completamente subjetiva e incognoscible. Esta postura prioriza la experiencia subjetiva sobre la realidad objetiva, pero arriesga en desconectar a la persona de su entorno material, social y cultural. Concebir el mundo como pura representación desvincula a la persona de su realidad material, reduciéndolo a una existencia abstracta y fragmentada. El exceso de subjetivismo puede derivar en un solipsismo incapaz de tender puentes con la otredad.
Más que un mero soporte físico o una red de símbolos, el mundo es un lugar de encuentro que posibilita las relaciones personales. Aquí respaldo una tercera postura: la realidad es un lugar de encuentro y, por lo tanto, de amor; pues, toda la realidad nos vincula al otro. La existencia cobra sentido en tanto se vive en relación con otros, descubriendo la interconexión entre lo material y lo simbólico. En este sentido, el amor no se trata de una realidad puramente metafísica y abstracta, así tampoco de una mera representación simbólica, sino que se trata, ante todo, de una experiencia concreta que emerge en la relación con el otro. Todas las estructuras complejas que forman parte de la humanidad surgen de las relaciones entre personas; en este sentido, estamos creando constantemente comunidades, empresas o sociedades. La relación entre corazones permite desvelar lo más profundo de la subjetividad humana: la intimidad. La intimidad integra lo material, lo social y lo simbólico en todo armónico. La identidad personal no se entiende en el aislamiento total, pues, si quieres conocer el corazón de alguien, entonces profundiza en la red de contactos y vínculos en la cual su corazón descansa. En pocas palabras, la realidad adquiere valor y sentido a través de las relaciones.
Naturalmente poseemos un instinto de relacionalidad que busca satisfacer la necesidad humana de intimidad con otros seres humanos. La subjetividad del otro se me presenta como una entrada o una puerta hacia la beatitud y es por la relación con el otro, en donde yo me nutro; mientras más me relacione más se desarrolla mi ser personal. Cito a Buber para expandir la comprensión de este último punto: «entre él y tú hay reciprocidad de dones: le dices Tú y te das a él; él te dice Tú y se da a ti. No puedes con nadie entenderte a su respecto. En el encuentro con él, estás con él sólo. Pero él te enseña a encontrarte con otros y a sobrellevar el encuentro. (...) Nada hace para conservarte en vida; sólo te ayuda a atisbar la eternidad».
El ser humano es necesariamente relacional, aun cuando esto no es un elemento suficiente para constituir totalmente a la persona. Yo mantengo un núcleo ontológico propio que permanece durante toda mi vida; empero, no se trata de núcleo solipsista enajenado de una red de núcleos; más bien, vinculado a ellos. No es difícil observar el hecho que si bien somos seres que se relacionan, la relacionalidad no es un atributo suficiente de la persona; si así fuera, entonces todo vínculo forjado sería perpetuo y acabado. Por el contrario, las relaciones humanas son imperfectas, dado que, en un sentido negativo, las relaciones se quiebran, se descarapelan, se tensan, se violentan; y sin embargo, también se nutren, se atienden, se conservan, se suavizan.
Las relaciones virtuosas son las relaciones tiernas, es decir, las relaciones que se encargan del bienestar afectivo de un «nosotros». Habitamos en relaciones, y por tanto, habitar relaciones conlleva la construcción de un «nosotros», un espacio único e íntimo. La relacionalidad exige la conservación de estas relaciones tiernas, pues, dichos vínculos personales proporcionan vigor y equilibrio al florecimiento de la otra persona. Lo que hace posible la ternura en las relaciones con el otro es el dominio de un corazón tierno.
A todo esto, ¿Qué es la ternura? Quien tiene un corazón tierno se desvive por conservar vínculos y procurar sus relaciones afectivas; así entonces, el encuentro entre corazones implica cercanía y un deseo para el otro de vivir en plenitud; por tanto, la ternura embalsama (conserva) y vitaliza las relaciones personales; la ternura es expresión de cuidado y cercanía. Un aspecto substancial del ser humano es el hecho que ansía coexistir, salvaguardar su propia forma. Las personas aguardan por un amor que no pretenda modificarles, imponer expectativas o negar su autenticidad ontológica. La ternura es coexistir, pero también es establecer símbolos. En este sentido, la ternura tiene un componente simbólico: a través de gestos simples, palabras cálidas y acciones significativas, expresamos afectos y traducimos lo inteligible de los sentimientos en algo concreto y accesible para el otro. La ternura es hacer comprensible la realidad afectiva mediante lo simbólico; en consecuencia, la ternura es la simbolización de la afectividad. Básicamente, la ternura es la forma más clara y sincera de relacionarnos.
La ternura construye conexiones entre las personas al simbolizar la realidad afectiva del corazón. Un abrazo, una mirada o una caricia son formas en que la ternura comunica un ciudado profundo. En el encuentro personal, la ternura actúa como un mediador que hace posible la comprensión y la convivencia. Al simbolizar la afectividad, la ternura no sólo comunica afectos, sino que también conecta a la persona con la intimidad o subjetividad del otro, reconociendo mutuamente la vulnerabilidad del amado.
Asimismo, la ternura es simplicidad. Decir que la ternura es simplicidad significa que, dentro de la naturaleza social y afectiva de la persona, la ternura es la unidad más radical en la unión entre corazones, pues, no es posible descomponerlo en otro hecho ni reducirlo a nada más elemental. Esta simplicidad hace que la ternura sea universal y profundamente humana. Asimismo, la ternura tiene una dimensión estética que radica en su simplicidad. Lo simple en la ternura es el encuentro de la belleza en lo básico que simbolizamos bajo una estética pueril y cándida, esto es, una estética de la inocencia.
La inocencia, vale decir, la armonía con el entorno social, nos parece tierna. Un bebé es inocente dado a que gatea con toda naturalidad en su ambiente, sin tener conciencia de algo que le perturbe su forma de interactuar con su mundo y viviendo en un continuo presente. El inocente es aquel quien ignora todo lo que se encuentre afuera de su entorno, pues, carece de alguna sensación de un «algo más» externo a su mundo. Por otro lado, la inocencia supone confianza; pues bien, estar en armonía con lo que me rodea (dígase personas, comunidades u otros seres vivos) contiene el hecho de ser soportado por el entorno y; en definitiva, de ser sostenido por los demás.
Confiar es dejarse depender del otro debido a mi incapacidad o debilidad (ἀκρασἰα); así, en última instancia, la dependencia implica caridad del otro hacia mí. Dado a nuestra vulnerabilidad natural, nuestra fragilidad afectiva entorpece el tejido de un equilibrio con el mundo; entiéndase esto como cuando uno se despierta o es despertado abruptamente de un agradable y profundo sueño al cual se desea retornar y que; sin embargo, ya es irrealizable la reconciliación del alegre sueño en el que uno cómodamente se encontraba dado a la horripilante condición de vigilia. Si bien más adelante ahondaremos en el tema de la vulnerabilidad, cabe mencionar por ahora que ser vulnerable denota un rechazo a la ternura causado por las fracturas afectivas personales que, en palabras de Santo Tomás diríamos: el amor propio desordenado es la causa de todo pecado. Desnudarse frente al otro, entiéndase esto como ser vulnerable, es incómodo y vergonzoso; pues, al fin y al cabo, ser vulnerables es desvelar nuestra vergüenza. Hay que primero desnudarse para luego admirar el cuerpo del otro sin prejuicios, esto es, ver al otro con ternura.
En síntesis, la ternura es cuidado; específicamente, el cuidado hacia el otro mediante la custodia de la relación afectiva con la persona a quien queremos guardar en el amor, es decir, con quién queremos unirnos. La ternura legitima la existencia del otro y reconoce su peso existencial desplegado en nuestra vida; en efecto, cuando poseo un corazón blando experimento las emociones y sentimientos corporales, psíquicos y espirituales adecuados para vincularme afectivamente con la persona que quiero o amo y, en consecuencia, para habitar una relación. La ternura nos impide doblegar a otros, consumirlos de un modo corporal o espiritual; sólo la violencia agota la existencia del otro-yo, pues, la dureza de corazón no permite la relación con el otro; en cambio, la ternura fortalece la riqueza y autenticidad ontológica de aquel que no soy yo. Una relación que madura a través de la ternura genera un medio, un ambiente, un ecosistema en el que nos movemos y desarrollamos; no es necesario estar vinculados todo el tiempo, pues, la distancia no es obstáculo.
Finalmente, cabe decir que el amor rompe la dureza del corazón por medio de la cercanía hacia nuestra persona y nuestra vulnerabilidad buscándonos en el disgusto, en la vergüenza y en el odio. Para sacar a una persona del escondite voluntario del rechazo al amor, hay que acompañarlo en su desorden, en su muerte, en su infierno. Toda tragedia existencial del ser humano yace en la negación del encuentro, nos escondemos porque carecemos de un corazón blando y tememos el reconocimiento de nuestra identidad en lo profundo de nuestra vulnerabilidad.
La ternura no se opone a la fortaleza; la ternura no incapacita de afrontar la crudeza de la realidad, todo lo contrario, la ternura escarba en la crudeza y oscuridad de nuestro espíritu. La ternura implica tener un corazón blando, es decir, abierto. Necesitamos un corazón tierno para ser capaz de amar al otro; así tenemos que, la ternura es verme a mí mismo con los ojos de quien más me ama.