El eros es lo que pone en movimiento al corazón humano, pues es el deseo él que nos dirige hacia lo que nos resulta atractivo e importante en el mundo. El eros es una fuerza vital que nos impulsa hacia el encuentro. La novedad en el mundo, aspecto esencial del mundo de la experiencia, despoja a la persona de su estado de inocencia, la novedad genera una experiencia de asombro ante la existencia y la realidad y de esta experiencia emerge el espíritu de aventura. La realidad infunde dentro de cada persona el espíritu de aventura, una fuerza vital para adentrarnos al mundo de la experiencia. En el mundo de la experiencia hallamos cosas y personas que encienden nuestro deseo y, convirtiéndose así en objeto de deseo, intentamos apropiarnos de dicho objeto deseado para luego apropiárnoslo. El deseo surge de la carencia debido a que en el mundo de la experiencia la persona se encuentra enajenada de su entorno, en un desequilibrio con las cosas que la rodea, dicho de otra forma, un escenario inarmónico donde no hay propiedad de los recursos necesarios que posibilitan un estado de armonía y estabilidad; entonces, a la persona le hace falta algo para conseguir el equilibro con su entorno. Ya mencionamos que el mundo de la experiencia es múltiple, mutable y contradictorio, por lo que resulta complicado conseguir estabilidad y solidez en una realidad que no permite la permanencia y el reposo absoluto, condiciones necesarias para el equilibrio existencial.
El eros es condición necesaria para la aparición del encuentro; en este sentido, el deseo implica un doble movimiento: el movimiento erótico y el movimiento concupiscible. En cuanto al movimiento erótico, el eros de forma orgánica descubre el horizonte al cual puede dirigirse; el eros es el deseo elevado que, al ser éticamente instruido, se dirige hacia al encuentro. Al educar el gusto estético el deseo erótico aprende a navegar adecuadamente en la realidad. El eros exige una educación del gusto estético para habituarlo éticamente, esto quiere decir, que si bien el deseo por sí mismo es capaz de desplegarse de forma armoniosa y rítmica en la realidad (esto es que busca el bien), el deseo se encuentra determinado por las condiciones ambientales y circunstanciales de la persona, así pues, en el mundo de la experiencia, el deseo será, en consecuencia, múltiple, siempre cambiante y caótico porque así es la experiencia de la persona en el mundo circundante. El adiestramiento ético del deseo es esencial para reconocer y responder a los valores objetivos, como la belleza, la verdad y la bondad. Un corazón virtuoso es aquel que desarrolla una sensibilidad hacia estos valores y vive conforme a principios éticos.
Educar éticamente el deseo es hacer al deseo prudente, siendo la prudencia la capacidad de adaptarse y ajustarse a nuevos contextos, procesos o situaciones imprevistas de manera efectiva transformando el comportamiento o bien el deseo. El deseo ético debe permitir y facilitar la adaptabilidad de la persona al mundo de la experiencia que es caótico y cambiante, pues es la única manera segura de navegar en él. El eros debe aproximarnos hacia aquello que nos posibilita actuar con prudencia, pues sólo siendo prudentes podemos desarrollar el resto de virtudes éticas, de ahí radica la importancia de cultivar el buen gusto, pues, de lo que deseamos o degustamos surgen, en un primer momento, los actos de valoración y apreciación de los diversos aspectos de la realidad. El eros naturalmente apunta al bien, pero al ser determinado cómo caótico e inconstante por el entorno, requiere de ser bien encauzado sin que sea sometido a unas normas disciplinarias donde sea reprimido, patologizado, reprendido o degradado porque el disciplinamiento del deseo suele ser una táctica social proveniente de la voluntad de control, dicho de otro modo, reprimir, patologizar, reprender o degradar el deseo erótico conlleva controlar y, posteriormente, instrumentalizar a la persona y su voluntad. El adiestramiento ético del deseo conlleva encauzar el deseo hacia aquello que lo libera y lo complementa, no se trata de controlar o disciplinar mecánicamente el deseo, sino de balancearlo y armonizarlo con los cambios del mundo de la experiencia para que los use a su favor y pueda perfeccionarse (adquirir virtud).
En cuanto al movimiento concupiscible, dentro de uno mismo abunda el deseo por consumir, especialmente consumir o bien instrumentalizar a otras personas. La condición humana es de desequilibrio por carencias de elementos que dan estabilidad a la existencia, si al obrar puedo apropiarme de recursos que me permitan estar en armonía y estabilidad con mi existencia, entonces surge la voluntad de control, esto es, ordenar de forma mecánica al mundo mediante una serie de causas y efectos que logren el fin deseado para mi satisfacción personal. Al consumir a los demás me alimento de ellos, me "nutro" de sus aptitudes, talentos, sentimientos, afectos, contactos sociales, saberes y conocimientos, ventajas estructurales, etc. Consumir, por sí mismo, no es una acción malévola o perversa, pues, nuestra supervivencia requiere del consumo de los objetos del mundo, pero cuando el consumo va acompañado del deseo concupiscible es fácil instrumentalizar la realidad y forzarla a servirnos.
Para poder ascender a la sublimidad del amor primero hay que hallarla en el interior de nuestro corazón. La persona no es un ente ajeno al mundo de la experiencia, sino que forma parte de él y, en ese sentido, dentro de uno mismo hay pluralidad, mutabilidad y contradicciones; el interior cambiante y plástico de la persona le permite autoperfeccionarse, es decir, transicionar de un estado ético, intelectual y físico a otro estado más complejo, saludable y elevado. El autoperfeccionamiento requiere esfuerzo, puesto que en el empleo energético de nuestro vigor es posible la realización de un obrar ético y caritativo; el deseo erótico es justamente el vigor necesario para el perfeccionamiento del corazón. El cultivo de nuestra personalidad (autoperfeccionamiento) sirve para alimentar a futuras personas para que puedan nacer espiritual y moralmente. La finalidad del autoperfeccionamiento radica siempre en la relación con el otro, la alteridad exige de cada uno ser alimento virtuoso. Una personalidad bien cultivada es estéril sino se pone al servicio del prójimo, pues, la función de la sublimidad es sostenernos o cuidarnos para convertirnos en soportes o cuidadores virtuosos; ya que de lo contrario, las relaciones se pervierten en espacios de terapia y sanación personal que convierten a la persona sostenida en un parásito narcisista y victimista que sólo consume y no transforma, pero cree que transforma por lo que consume. Cabe mencionar que el cultivo de la personalidad no está exentó de presentar momentos de dolor, malestar o incomodidad, pues, una vida plena y realizada no es aquella que radique todo malestar o dolor, más bien, es una vida que sea capaz de superar o trascender dicho malestar.
El eros espanta al deseo por consumir, dado que el eros es de carácter extático, ya que nos obliga a salir de nosotros mismos para así entregarnos al ser amado. El eros anhela que seamos consumidos por la gente que amamos mientras que la concupiscencia pretende el consumo de las personas. El eros es dulce, es decir, que produce placer y un placer por ser consumido. La diferencia entre el deseo erótico y el deseo concupiscible es que el primero goza de una fuerza centrípeta, pues, la persona y toda su complejidad salen expulsadas del núcleo ontológico de la persona hacia el mundo de la experiencia en donde se provoca el encuentro entre corazones; el eros arroja a la persona al encuentro. La concupiscencia es una fuerza centrífuga, ya que atrae a los objetos del mundo de la experiencia hacia el núcleo ontológico de la persona produciendo una concentración de los recursos y en el caso del ser humano, la voluntad de poder cosifica a la persona para capturarla e instrumentalizarla.
Hemos dicho que el eros es condición necesaria para el encuentro, pero no es condición suficiente: el encuentro no puede darse sin el movimiento extático y centrípeto del eros, pero por sí mismo el eros no garantiza la aparición del encuentro, se requiere posteriormente de la sublimidad. El movimiento del eros tiene 2 fases: las vísperas del encuentro y el encuentro mismo. En las vísperas del encuentro sucede el recibimiento de la otra persona, del ser amado. En esta fase es delgada la línea entre el eros y la concupiscencia porque al recibir al un corazón ajeno, si no tenemos una conciencia moral aguda, podemos aprovecharnos del estado del vulnerabilidad de quién se nos dona y dominarlo hasta convertirlo en un objeto que satisfaga nuestro anhelo de eternidad. En la víspera del encuentro, el amor debe de configurarnos en un hogar para el otro, pues el corazón de la persona amada se recibe con grandeza y con disposición al cuidado.
En la segunda fase, en el encuentro mismo, la persona que ama, una vez que ha recibido un corazón ajeno, debe ahora de entregarse al otro, donarse para ser consumido. En el encuentro la persona se vuelve un alimento para el otro, de ahí la importancia de trabajar en uno mismo y llegar a ser una persona virtuosa; sin embargo, el encuentro exige una tercera fase para ser verdaderamente un proceso pleno y divino. No basta con recibir la vulnerabilidad del otro ni donarse para ser consumido, hace falta un tercer elemento: lo sublime. El ser humano lleva consigo un anhelo de ser eterno o, por lo menos, de participar de la eternidad, aunque el único modo que tiene el ser humano para eternizarse son en las relaciones personales. La persona es un soporte virtuoso de corazones ajenos, pues lo recibe de una forma hogareña y se convierte en alimento para el prójimo, pero no es suficiente en hacerse a uno mismo un hogar y alimento para el otro, sino que debemos ser un buen hogar y un buen alimento, de hecho, los mejores posibles, los más magnánimos, los más abundantes y fructíferos.
El cultivo virtuoso de la personalidad emerge de la sublimidad, en dejarnos abrazar por aquello que nos sobrepasa y excede, y esto es el corazón de a quién amo. El único propósito de ser vulnerable y permitirme ser sostenido y cuidado por el otro es que en ese estado de vulnerabilidad me recibo a mi mismo y con ello puedo trabajar en mí sobre la base de una red de cuidadores virtuosos que me ofrecen habilidades, conocimientos, cultura, amistades, relatos, oportunidades etc. para así yo esculpirme como un hombre virtuoso, tierno y caritativo. La sublimidad es aquello que nos brinda nuevas oportunidades de vida y amplía nuestra capacidad de acción a través del cuidado, o bien, siendo soportado. Una vez que recibimos este tipo de cuidado, somos capaces de hacer más cosas y nuestras posibilidades se multiplican.
La tercera fase del encuentro es la consolidación a través de lo sublime o dicho de otra manera: la sublimidad del amor. Debemos ser abrazados por aquello que nos supera y nos ahoga. La sublimidad implica equilibrio con el otro, vivir en armonía con su intimidad. La sublimidad es una transformación interior que implica hacerme responsable a mí mismo de mi bienestar y de los demás, así como los demás son responsables de su propio bienestar pero también del mío. En el encuentro consolidado emerge una nueva propiedad a causa de la interacción entre intimidades, esta nueva propiedad cualitativa es la eternidad. La eternidad es un salto a un nuevo grado de la realidad que se sobrepone al mundo de la experiencia, una realidad que sí permite la conservación y el reposo aunque no de forma absoluta. En el encuentro entre corazones es posible la eternización de la persona, más no del individuo, pues la eternización no es individual ni atómica, sino que siempre es relacional y comunitaria; la eternidad implica compartir la existencia.
Me gustaría acabar con un poema que expresa la conclusión a la que acabo de llegar:
Me preguntas por cómo estar más adentro de mí,
me abrazas, te abrazo y busco el lugar de mi cuerpo
en donde tu angustia me ha acariciado,
es mi piel, manto y cubierta de vulnerabilidades.
Debajo de ella hay verde,
color tapizado de un espíritu hecho carne,
pues, desgarro la tuya, tu manto, y un cuerpo azulado
se me presenta como promesa de encuentro entre dos vocaciones gratas.
Me preguntas por cómo quererme más,
y no ves que ya lo haces, flama de mi corazón.
No ves que soy fragmentado,
y aun así tienes el cuerpo tan vivo como para darme unidad
y llenarme de besos.
Tan fácil sería proclamarte entrega pulcra
pero manchas de azul mi intimidad;
mas me salgo de mí mismo y devengo en caricias, afectos, miradas,
un no sé qué de mi corazón.
Me preguntas por cómo estar más adentro de mí,
Y te respondo que si me dejo tocar por la belleza de tu naturaleza finita
te dejas tocar por la infinitud de mi misterio;
porque al abrazarnos formamos un “te quiero” de color turquesa.