Hace más de 170 años se publicó el Manifiesto del Partido Comunista en donde se expone un concepto central para el pensamiento político de Karl Marx: la lucha de clases. La historia de todas las sociedades hasta este momento es la historia de la lucha de clases.[1] El enfrentamiento entre proletarios y burgueses fue la base sobre la que se construyeron los movimientos obreros durante el siglo XIX y XX en donde se exigían derechos laborales, aumento de salarios y mejores condiciones de trabajo. Estos movimientos obreros y sindicalistas derivaron, en algunos casos, en la aparición de movimientos revolucionarios inspirados en la doctrina comunista, la cual procede del pensamiento de Marx y Friedrich Engels.
Con la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, los movimientos revolucionarios de corte marxista cesaron en todo el mundo y, con ello, el triunfo global de las democracias liberales y el modo de producción capitalista. En este sentido, según Francis Fukuyama, la humanidad ha alcanzado el modelo político-económico más estable y deseable.[2] Sin embargo, pensar que el capitalismo quedó intacto al finalizar el siglo XX es ingenuo; el sistema capitalista empezó un proceso de transformación[3] y adaptación al mundo post-URSS, que pretendió una mayor apertura ante las exigencias de las clases populares y trabajadora. Con la llegada del nuevo milenio, esta nueva fase del capitalismo buscó que el sistema mismo fuera visto como una versión más humana y progresista en donde los actores antagonistas del pasado (obreros, campesinos, minorías sexuales, personas racializadas) se convierten ahora en aliados que pueden coexistir con el capital. Bajo este escenario, el abandono de la lucha de clases como proyecto político es patente.
Una característica constante en todas las sociedades es la división social por estamentos o clases, las cuales se encuentran en una abierta lucha entre sí. Las distintas clases (sociales) son el producto de un largo proceso histórico y definidas por su relación con los medios de producción. Cada época histórica se define por las clases que contiene y las dinámicas económicas que existen entre ellas. En el Manifiesto Comunista se indica que «la época de la burguesía se caracteriza por haber simplificado estos antagonismos de clase. Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abiertamente, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado».[4]
Por un lado, la burguesía son los propietarios de los medios de producción (i.e. fábricas, tierras, capital). Controlan la producción y acumulan riqueza mediante la explotación de los trabajadores. Por otro lado, el proletariado son los trabajadores asalariados que no poseen los medios de producción y, por lo tanto, venden su fuerza de trabajo para sobrevivir.
Profundicemos en el desarrollo histórico de estas dos clases. La burguesía ha revolucionado la sociedad al derrumbar las estructuras del sistema feudal, al centralizar los medios de producción y globalizar la economía, pues, de este modo, transformaron las relaciones humanas en vínculos comerciales. La burguesía ha logrado avances técnicos y productivos sin precedentes, pero el sistema capitalista genera crisis de sobreproducción y explotación laboral, lo que trae consigo la alienación del trabajador. Las herramientas con las que la burguesía derrotó al feudalismo ahora amenazan su propia existencia, ya que el proletariado crece y se organiza como fuerza antagónica.[5] La burguesía, al expandir mercados y someter naciones, crea un mundo globalizado, pero a costa de desigualdades, conflictos sociales y una inestabilidad intrínseca al modelo económico.
El desarrollo del capitalismo impulsa la expansión del proletariado, clase obrera que sólo vive de su trabajo, condicionado por las demandas del capital. La industrialización despoja al obrero de autonomía, reduciéndolo a un apéndice de la máquina, con salarios mínimos y viviendo en condiciones alienantes. El crecimiento industrial une a los trabajadores en una lucha común contra la burguesía. Aunque al principio se encuentra dispersa, la clase obrera se organiza progresivamente, creando movimientos políticos que buscan no solo mejoras inmediatas, sino la revolución. La lucha proletaria culmina en el objetivo de abolir el sistema capitalista y las estructuras de la propiedad privada.
Es un hecho que las condiciones actuales en las que vive el proletariado son muy diferentes y más complejas a las que vivía el proletariado en el siglo XIX. En La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845), Engels documenta las condiciones extremas de explotación que los obreros ingleses vivían en las fábricas, caracterizadas por jornadas laborales excesivas, salarios miserables y entornos insalubres.[6] Estas condiciones deterioraban las salud física y mental de los trabajadores. Asimismo, las masas obreras vivían hacinadas en barrios paupérrimos, sin acceso a servicios básicos como agua potable.
A pesar de las deplorables condiciones materiales en las que vivía el proletariado inglés hace dos siglos, lo importante aquí es lo evidente que era la alienación y deshumanización de los trabajadores. Las máquinas y la producción en masa separan a los obreros del producto de su trabajo, privándolos de un sentido de propósito y dignidad. Tal situación era universal en todas las naciones industrializadas.[7] Sin embargo, con el paso del tiempo, y gracias a las organizaciones obreras, las condiciones de los trabajadores fueron transformándose de forma gradual, lo que llevó en algunos casos, y en cierta medida, al mejoramiento de la calidad de vida de los trabajadores y de las condiciones de trabajo en los centros de producción.
La filmoteca maldita, un canal en YouTube dedicado al análisis de películas y contenido audiovisual, realizó un pequeño video-ensayo[8] acerca de la evolución de la clase obrera comparando la trama de dos películas acerca de las condiciones de los obreros: La clase obrera va al paraíso (1971) y Vida y muerte en un almacén (2022). En la primera película se retrata como era la situación dentro de una fábrica en la década de 1970; en este sentido, los obreros eran vistos como individuos brutos sin educación, siempre considerados como un apéndice de la máquina. En las fábricas, su rendimiento laboral es constantemente supervisado para verificar que estén siendo productivos, a pesar de que los obreros violan frecuentemente las medidas de seguridad con tal de aprobar las evaluaciones. «La cinta nos muestra las condiciones laborales de la clase obrera (…), el trabajo se presenta duro, mal pagado y peligroso, y al obrero sólo le queda la solidaridad y la organización para hacer frente».[9]
En cuanto a la segunda película, la trama gira alrededor de una supervisora en un almacén de Amazon que debe lograr que los objetivos internos se cumplan. En la película se retrata los mecanismos que se usan para mantener activos a los trabajadores como el uso de lenguaje de autoayuda empresarial para motivar al empleado o la competencia entre trabajadores. «La retórica que se emplea ahora es mejor y más sofisticada que la que se empleaba en los setenta, donde se menospreciaba al trabajador. Ahora se le presiona desde la motivación».[10] De igual modo, en la película se muestra el nivel de vigilancia al que llegan actualmente las empresas. Los centros de producción cuentan con sofisticados sistemas de monitoreo en donde se registra el rendimiento de cada trabajador para así poder observar las áreas de oportunidad y hacer más eficiente la labor.
Otro aspecto que remarca la película acerca de la situación actual de la clase trabajadora es el tema de las contrataciones temporales. Antiguamente al lugar donde entrabas a trabajar era el lugar en donde te quedabas hasta que te despidieran por algún error o renunciaras, esto ayudaba a que se generara un tejido social entre los trabajadores. Por el contrario, actualmente el trabajo es temporal y generalmente sin prestaciones. Debido al desgarramiento del tejido social, el trabajador no tiene ninguna red de apoyo que pueda buscar y se encuentra sólo sin el respaldo de sus compañeros, pues, dentro de las empresas se penaliza cualquier potencial actividad sindical. Esto es un punto central del video-ensayo, las grandes diferencias entre el obrero de los setenta y el trabajador del siglo XXI son la relación con el patrón y, especialmente, la relación entre los trabajadores; ya no existe una identidad de clase, una solidaridad entre obreros. El trabajador actual es sumiso frente a la autoridad y carece de un sentido de solidaridad de clase con sus compañeros.
Actualmente el capitalismo se presenta en dos versiones: la versión liberal que salvaguarda los derechos individuales y la versión conservadora que busca revivir valores y jerarquías reaccionarias. El capitalismo liberal pretende defender a los oprimidos y excluidos garantizándoles un espacio dentro del sistema a través de reformas sociales y políticas identitarias. Slavoj Zizek, filosofo esloveno, afirma que «la corrección política occidental (wokeness) ha desplazado la lucha de clases, produciendo una élite liberal que afirma proteger minorías raciales y sexuales amenazadas para desviar la atención de su propio poder económico y político».[11] En este sentido, la guerra cultural ha desplazado a la lucha de clases como motor de la política.
En países como México ha empezado a surgir un movimiento intelectual que deriva del pensamiento decolonial y que usualmente se conoce como «barriobajismo», «barrionalismo» o «identidad barrial». Se trata de una lucha identitaria que revindica el barrio o la pertenencia al barrio como un espacio de liberación, expresión colectiva y resistencia al capitalismo. Sin embargo, este tipo de pensamientos contraculturales son, en el fondo, romantizaciones de la opresión y alienación que viven los trabajadores, pues el barrio no es más que un producto del capital, una expresión de la precariedad y violencia que vive la clase trabajadora. En cuanto a esta cuestión, Marx dice en el Manifiesto Comunista que «los proletarios no pueden conquistar las fuerzas productivas sociales, sino aboliendo su propio modo de apropiación en vigor, y, por tanto, todo modo de apropiación existente hasta nuestros días. Los proletarios no tienen nada que salvaguardar; tienen que destruir todo lo que hasta ahora ha venido garantizando y asegurando la propiedad privada existente».[12]
El siglo XXI se presenta como un siglo en donde la realización de una revolución proletaria se dificulta, pues, la lucha de clases como proyecto político serio ha sido completamente abandonada. Dada esta situación, fácilmente podría inferirse el triunfo del sistema capitalista y liberal sobre los proyectos comunistas. Fukuyama, conocido por haber publicado El fin de la historia y el último hombre (1992), argumenta que el triunfo del liberalismo democrático y del capitalismo marca el fin de la historia en términos de evolución ideológica. Para Fukuyama, «el fin de la historia» no implica el cese de acontecimientos históricos o de conflictos, sino que él entiende la historia como un proceso progresivo hacia un ideal político definitivo. En este sentido, con la caída de la Unión Soviética, la expansión del liberalismo democrático y el fin del Guerra Fría se da por «concluida» la lucha de clases como motor de la historia.
Bajo la democracia liberal burguesa, como el modelo económico-político triunfante, se refugia el último hombre. Esto concepto es prestado de la filosofía de Nietzsche, el cual describe a un ser humano satisfecho, carente de grandes aspiraciones y motivado únicamente por la búsqueda de confort y estabilidad. Fukuyama advierte que el triunfo del liberalismo podría llevar a una sociedad carente de desafíos heroicos o motivaciones trascendentes que pudieran tener los individuos.[13] El trabajador en el sistema capitalista, alienado de sí y de su trabajo, no puede pretender superar su condición como proletario, pues, el capital le ha dado la suficiente satisfacción de sus necesidades materiales, aunque no necesariamente de manera eficiente.
La tesis de Fukuyama ha sido bastante criticada tanto por pensadores políticos de derecha como de izquierda. Incluso, el mismo Fukuyama ha reconocido el debilitamiento de su tesis debido a sucesos históricos como la pandemia del Covid-19, la Guerra entre Rusia y Ucrania, el Conflicto Israelí-Palestino, y la reciente reelección presidencial de Donald Trump como signo de un «rechazo decisivo» al liberalismo.[14] No obstante, Fukuyama tuvo razón en algo, aun cuando no estemos realmente en el fin de la historia, actuamos como si estuviéramos en él.
La lucha de clases se ha detenido, no porque ya no existan clases sociales antagónicas, sino porque la clase trabajadora ha perdido total conciencia de su condición como proletario. El trabajador se encuentra en condiciones de precariedad, impotencia revolucionaria y seducido por discursos populistas tanto de carácter reformista (centro izquierda) como reaccionario (extrema derecha). El trabajador no se reconoce como proletario y no quiere reconocerse como tal, pues, después de tantas décadas de movimientos obreros y revolucionarios fallidos, el trabajador está cansado de seguir luchando contra una realidad que no parece transformarse ni desaparecer.
Otro factor importante que contribuye a la ausencia de la «lucha de clases» en el panorama social y político actual es la falta de interés que tienen los movimientos políticos por la revolución del proletariado. La lucha identitaria logró expandirse como la causa política predilecta de las fuerzas progresistas, rechazando cualquier análisis de clase respecto a las desigualdades e injusticias en las sociedades industriales contemporáneas.
Sería falso pensar que la «lucha de clases» ya no existe como una realidad histórica y política, más bien, la clase trabajadora ha perdido conciencia de tal realidad. En este sentido, la lucha de clases continúa existiendo como una realidad política, pero hace falta métodos y herramientas teóricas más precisas para poder reconocer las nuevas y complejas condiciones en las que se desarrolla ahora el proletario y la burguesía. Un nuevo análisis de clase que explique como se despliega el antagonismo entre ambas en un capitalismo renovado con tendencias reaccionarias.
Referencias bibliográficas
[1] Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto del Partido Comunista (Moscú: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1848), 33.
[2] Cf. Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre (Planeta, 1992), 6-7.
[3] Ya desde los años ochenta se fue gestando una transformación substanciosa del capitalismo comúnmente denominada como «neoliberalismo».
[4] Marx y Engels, Manifiesto del Partido Comunista, 34.
[5] Cf. Marx y Engels, 41.
[6] Cf. Friedrich Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra (Publicaciones MIA, 1845), 104.
[7] El desarrollo del movimiento obrero en los Estados Unidos fue parcialmente diferente al desarrollo del resto de países industrializados, lo que implicaba un análisis cuidadoso y específico sobre las condiciones en las que vivía la clase obrera estadounidense a partir del siglo XIX. Engels relata que la opinión popular al respeto fue «que en Estados Unidos no existía clase obrera, en el sentido europeo de la palabra; que, por consecuencia, no había ninguna lucha de clases entre trabajadores y capitalistas, como la que desgarra a la sociedad europea, ni era posible en la república norteamericana».
[8] La filmoteca maldita, «La “CLASE OBRERA” existe?», Videos, YouTube, 2023, https://www.youtube.com/watch?v=cPLLVgozzes.
[9] La filmoteca maldita.
[10] La filmoteca maldita.
[11] Traducción propia. Slavoj Zizek, «What the “Woke” Left and the Alt-Right Share», Project Syndicate, 2022, https://www.project-syndicate.org/commentary/woke-alt-right-fake-civil-war-between-capitalist-interests-by-slavoj-zizek-2022-08.
[12] Marx y Engels, Manifiesto del Partido Comunista, 47.
[13] Cf. Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, 74-75.
[14] Francis Fukuyama, «Francis Fukuyama: what Trump unleashed means for America», The Financial Times, 2024, https://www.ft.com/content/f4dbc0df-ab0d-431e-9886-44acd4236922.