De Corde Meo
(Sobre mi corazón)
(Sobre mi corazón)
NOTA AL PÚBLICO: Este trabajo se encuentra actualmente en proceso de reescritura. Es posible que varias partes del texto se actualizen y cambie el contenido.
Primera Parte
¿Qué es mi corazón?
Todo ser humano busca preservarse en la existencia
[El amor brota del deseo. Tener un deseo nos dispone a realizar acciones que lleven a la satisfación de tal deseo. El propósito del deseo es motivar a la persona para que se preserve en su ser. Al satisfacerse el deseo se engendra placer. En consecuencia, la persona busca aquello que le resulta placentero. Nos movemos en el mundo e interactuamos con él gracias al impulso del deseo. Entre todos los deseos, el más profundo es el deseo de bienestar. Por ello, valoramos positivamente todo aquello que contribuye a alcanzarlo y buscamos apropiarnos de lo que nos asegura ese estado de plenitud].
El inicio de toda relación humana está en el deseo.
El ser humano es un ser social por naturaleza, esto es, que se desarrolla y prospera en relación con otros y a través de los otros. La esencia humana queda incompleta sin la relacionalidad. Si aisláramos a un niño pequeño de las relaciones, conexiones e interacciones sociales no surgiría la "verdadera y oculta naturaleza" de la persona; por el contrario, sólo obtendríamos una persona incompleta y disfuncional tanto física como psicológicamente. No obstante, la persona conserva un núcleo ontológico incomunicable, por tanto, la persona se constituye subjetivamente en la relación, no ontológicamente. La persona es ontológicamente prioritaria a la relación. La relación es la conexión entre dos realidades singulares e irrepetibles.
El corazón de toda conexión significativa radica en el auténtico diálogo entre, lo que Buber llama, el "yo" y el "tú", donde ambos individuos se encuentran plenamente presentes y comprometidos. En este tipo de interacción, el "tú" no es visto como un mero objeto, sino como un ser con el que se establece una relación auténtica y profunda.
Se distingue entre dos formas de relación: la relación "yo-tú" y la relación "yo-eso". En la relación "yo-tú", hay un encuentro genuino y recíproco entre los individuos, caracterizado por una apertura total y una participación activa en el diálogo. Por el contrario, en la relación "yo-eso", uno trata al otro como un objeto o un medio para satisfacer sus propios intereses, lo que conduce a una falta de autenticidad y conexión.
Son de gran importancia los encuentros auténticos "yo-tú" para una vida significativa, donde la entrega total de uno mismo, la escucha atenta y la respuesta genuina son fundamentales. En este tipo de relación, los individuos no solo se reconocen mutuamente en su singularidad, sino que también co-crean significado y realidad compartida a través del diálogo. La identidad del "yo" se forma en relación con el "tú", lo que significa que la existencia personal adquiere significado a través de las interacciones con otros individuos. La relacionalidad, en este contexto, se refiere a la naturaleza interconectada y vinculada de los seres humanos en el mundo, reconociendo que nuestras identidades y experiencias están moldeadas por nuestras relaciones con los demás y con el entorno.
El deseo es la raíz de los valores. Cuando deseamos algo, lo hacemos porque lo hemos valorado como placentero, o bien como bueno o bello; y al valorarlo, nos disponemos a conseguirlo. Así, el nivel más básico del amor es el deseo mismo: amamos aquello que valoramos. A este nivel simple del amor lo llamamos «eros» o «amor erótico». Este amor reconoce el valor de ciertas entidades y busca cuidarlas; sin embargo, el deseo también puede corromperse: en lugar de proteger aquello que ama, la persona puede llegar a abusar de ello.
El valor exige una respuesta. A través de nuestras emociones, el amor se convierte en reflejo de nuestras respuestas ante los valores que existen en la realidad. El corazón es el núcleo ontológico-social de la persona desde el cual emergen los actos de valoración y apreciación de la realidad. Es el corazón quién nos permite reconocer y responder a valores como la belleza, la verdad y la bondad. Un buen corazón cultiva sensibilidad hacia estos valores.
Las entidades valiosas para el corazón son aquellas que despiertan en la persona respuestas volitivas o afectivas: acciones y sentimientos. Valorar conduce al cuidado de lo que deseamos. Este cuidado está presente en el amor erótico, que busca preservar y proteger aquello que reconoce como valioso. Pero también, el corazón se encuentra con entidades difíciles de valorar, pues, resultan tan bastas y abundantes que no resulta tan claro como responder. En su forma más elevada, el amor erótico se encuentra con algo mayor: lo sublime.
El sentimiento de lo sublime puede manifestarse en la naturaleza, el arte o los actos humanos. La contemplación de paisajes imponentes, obras majestuosas o actos heroicos despierta un sentimiento que trasciende lo cotidiano y evoca lo sagrado. Lo sublime implica un contraste: la combinación de belleza y terror, orden y caos, la tensión entre la fragilidad humana y fuerzas incontrolables. Al enfrentarnos por primera vez a lo sublime, podemos sentir caos, desorden e incluso angustia, pues nos abruma la grandeza de la entidad. Pero esta sensación inicial da paso a una reflexión profunda. Reconocemos nuestra pequeñez física frente a lo sublime, pero también descubrimos nuestra superioridad moral al ser capaces de comprender, valorar y amar aquello que nos trasciende. En esta ambivalencia entre dolor y placer surge el deleite que caracteriza la experiencia de lo sublime.
Lo sublime eleva el amor a un nivel más complejo. Cuando el amor es simple, lo llamamos «eros»; cuando se torna complejo, lo llamamos «caridad» o «amor sublime». La caridad es como un océano sin límites; por más que miremos hacia el horizonte, nunca encontraremos el borde. En su vastedad captamos la desmesura, la falta de forma, la desproporción y la inmensidad. Con el tiempo, y gracias a la caridad, el sentimiento de lo sublime se transforma en algo familiar. Aquello que inicialmente abrumaba se vuelve intimidad, confortabilidad, un hogar. Sin embargo, el hogar, ante ojos extranjeros, aparece como ausencia: es un espacio íntimo y oculto, accesible sólo desde la subjetividad de quien lo habita. Las experiencias afectivas profundas y elevadas, como el amor y la contemplación de lo sublime, no pueden ser comprendidas del todo por quienes no las han vivido. Sólo aquellos que habitan en el encuentro entre subjetividades son capaces de entenderlas en su plenitud. Quien ama y se siente amado desvela gradualmente la sublimidad del amor.
Mi corazón yace hirviendo en la incertidumbre, la nostalgia y el deseo. Un corazón que no ha experimentado las complejidades del amor, por no haber desarrollado lo suficiente a una biografía afectiva, carece de tal sensibilidad como para apreciar el amor sublime. La biografía afectiva de una persona hace referencia a su historia personal relacionada con el amor: una serie de experiencias y momentos centrados en el amor erótico y sublime. Es una historia que siempre se entiende en relación con un amado. Naturalmente vamos amando y queriendo diversas personas a lo largo de nuestra vida, ese amor personal y biográfico da forma a distintas etapas de la vida.
Hasta hace poco mi corazón se sentía sumergido en un océano confuso, atrapado en un ciclo de emociones intensas y extáticas. Las palabras que aquí ofrezco son las meditaciones y reflexiones de una introspectiva e íntima navegación en mi afectividad e interioridad erótica; un vistazo ante el elemento más constituyente de mi subjetividad. Es relato poético-filosófico de mi condición existencial ante la experiencia interna de lo sublime, lo erótico y el desarrollo de mis actitudes afectivas.
ÍNDICE
ProlegómenosSegunda Parte
¿Qué anhela mi corazón?
Afectividad corporal
Pureza de corazón
Espíritu de Aventura
Florecimiento emocional
Ánimo de cultivarse
Autonomía
Autenticidad
Calidez y Ternura