El corazón no debe ser entendido como un núcleo cerrado que se enrolla en su propio caparazón. El corazón no es un ente aislado que se queda sin interactuar con otros entes, escondido e impenetrable. Asimismo es incorrecto calificar al corazón como una extrema apertura ante la otredad en cuanto dicha apertura supone la descomposición de mi existencia autónoma. El amor humano es un amor que reconoce la distinción y la alteridad; esto implica al corazón como abierto y receptivo al mundo, al otro, a la trascendencia. La fuerza de la otredad resulta muy amenazante para nuestra frágil existencia debido a que se trata de una realidad tan diversa, plural y múltiple como lo es el corazón de la persona, no sólo del mío propio que realmente también lo es, sino del corazón de aquel que no soy yo. El corazón necesita tener poros para sobrellevar la realidad afectivamente subjetiva del otro.
El poro no es otra cosa que una abertura; un corazón poroso se traduce en un corazón lleno de pequeñas aberturas por las cuales filtramos la riqueza ontológica del corazón ajeno (i.e. la intimidad o subjetividad). Cuando se me presenta una realidad afectiva como atractiva, la porosidad de mi corazón me salva de ser desestabilizado emocional y afectivamente ante la revelación del otro como subjetividad, es decir, el reconocimiento del otro como persona. Existe una realidad íntima, personal y subjetiva que se me sobrepone; estoy obligado a tomar distancia para no ser carcomido por la magnitud y desmesura de la compleja realidad personal, sobre todo en el aspecto afectivo, de aquel quién se me presenta como un sujeto con corazón.
En sí mismo, el ser personal no es comunicable, pues su singularidad no puede ser conceptualizada sin objetivarlo. Sin embargo, la persona puede parcialmente, aunque de un modo imperfecto, codificarse espiritualmente por medio del corazón. Nuestro corazón se encarga de crear un modelo simbólico de la extensa complejidad interna del otro, esto es, una representación nítida en mayor o menor grado sobre la forma (eidos) de quien se me presenta.
La función del corazón radica en decodificar la riqueza ontológica del amado, esto es, la multiplicidad de su ser, que se expresa como un sistema unitario. Un beso puede significar cariño, reconciliación, gratitud y ternura, pero a su vez, un beso permite pasión e incluso despedida y melancolía. Un abrazo simboliza conexión y al mismo tiempo forzamiento. En algunos momentos, el distanciamiento evoca deseo y atracción mientras que en otros apela al respiro emocional.
Cuando me encuentro con ella, con el amor de mis amores, los poros de mi corazón se dilatan. Si me muevo hacia quién atrae a mi sensibilidad es porque lo percibo de un modo afectivo. Estructuramos y ordenamos afectivamente la realidad, es decir, percibimos cosas y personas en el mundo que nos atraen y a los cuales nos disponemos para establecer una relación superficial o profunda en grados variados: preferimos ir de viaje con amigos al campo verde y soleado o quedarnos en la cómoda y solitaria habitación; un proyecto académico o laboral nos resulta más emocionante y excitante que otro; se disfruta la niñez pero también de la vida adulta.
El corazón no se pone a merced de lo neutro, esto es, de lo carente de valor, atracción y aceptación. El corazón colorea afectivamente personas y objetos, así pues, de acuerdo con nuestra coloración emocional y afectiva la realidad es organizada subjetivamente en cuanto nos dirigimos a lo coloreado (percibido afectivamente) y nos apartamos indiferentemente de lo neutro. En el simple hecho de aproximarse a lo que amo, por lo que percibo de eso que amo, puede resultarme en dos efectos: 1) la demolición de mi percepción afectiva o 2) el encuentro entre dos o más corazones.
Respecto al primer efecto, es posible que lo que percibo de una persona sea engañoso, sobredimensionado, alterado por mis expectativas emocionales y sentimentales. En el momento en que el corazón se aproxima al encuentro con otro corazón, aparentemente genuino y abierto, existe el riesgo de tropezarse con la realidad de los hechos; siendo los hechos verdaderamente neutros e insignificantes. En la ingenuidad del querer se produce el vicio de sobredimensionar experiencias, vivencias, tactos, palabras, miradas, posiciones, sonidos, movimientos y sentimientos que son realmente diminutos, o por lo menos, no tan desbordantes como nuestra afectividad ingenua pretende. Es por eso que a veces el deseo se mantiene vivo a la distancia porque en el instante en que el corazón decide acercarse a la otredad, específicamente ante la riqueza ontológica del supuesto amado, nuestra experiencia afectiva es quebrada al darse cuenta de la inconsistencia y desacuerdo entre la percepción afectiva y la realidad neutral (no coloreada) de los hechos.
En cuanto al segundo efecto, en posteriores meditaciones se profundizará más al respecto, pero cabe decir por ahora que cuando nuestro afecto y querer es coherente y acorde a lo percibido con la realidad de los hechos sucede un fenómeno extático y profundamente íntimo cuasi místico, esto es, el encuentro entre corazones. La primera etapa del encuentro es justamente el movimiento del corazón hacia eso que lo llama, empero, es legítimo preguntarse ¿Qué es eso hacia lo que se mueve mi amor y que evoca a mi corazón?