Decimos que la persona humana es substancia (ser en sí), esto quiere decir, una realidad particular que participa en la realidad general y que se involucra activamente en los eventos y circunstancias que conforman la realidad en su totalidad. La persona es una realidad en sí que soporta otras realidades, esto quiere decir, que recibe un algo o un alguien que ejerce una cierta presión sobre ella. Dicho de otro modo, la persona recibe influencias externas que ejecen cierta presión sobre ella. La solidez ontológica de la persona debería de capacitarla para no sufrir daño, ni alteración ni tambaleo ante la presión que se da en nosotros cuando soportamos alguna realidad; y sin embargo, el ser humano sí se tambalea y sufre daño dado a su condición de debilidad.
Esto nos lleva a un hecho casi paradójico: el ser humano es un ser que goza de una unidad firme y estable con una subjetividad sublimada y abundante, cuya existencia real le es suficiente para ser idóneo de regocijarse en una leve experiencia de la eternidad, es decir, de ser digno. No obstante, ni por ser de los seres más dignos y magníficos de la existencia se salva de la debilidad, de la fragilidad, de la carencia, del vacío. El alivio para el tambaleo existencial, entonces, es ser soportado por algún otro y eso nos genera un sentimiento de insuficiencia acompañado de repudio hacia nuestra fragilidad; pues pareciera que nos es más propio ser soporte que ser soportado; y sin embargo, para ser completamente espléndido y pomposo, el ser humano debe acoger el sostén del otro. A esta paradoja, ya mucho antes conocida, le otorgo un nombre: vulnerabilidad. Cabe mencionar que ser vulnerable no implica dejar de participar, sólo que al ser sostenidos participamos de la realidad, esto sugiere formar parte de la misma o bien es un elemento constituyente, lo que implica una relación pasiva.
Si abandonamos la participación en la realidad, como cuando dejamos de involucrarnos en eventos, proyectos, juegos, procesos o fenómenos, continuamos participando, pero ahora de la realidad y en este sentido nos volvemos parte de una estructura, de un sistema, de una red, de una relación. Los soportes participan en la realidad, pues, hacen que los objetos, seres y procesos en el mundo dependan de los soportes; mientras que los soportados participan de la realidad, pues, dependen de los primeros. Erróneamente consideramos ser soportado como algo semejante a una apéndice del cual se puede prescindir.
El hecho que el corazón humano sea abierto al encuentro con otros corazones a través de la ternura implica, en última instancia, la posibilidad real de producirse una fragilidad significativa en nuestro núcleo ontológico tras la exposición de nuestros afectos. En el ser soportado, el ser humano consigue la irregular e insólita oportunidad de acceder a un nuevo nivel de profundidad en su «yo», que antes permanecía oculta. En el ser soportado, la persona cede su ser en sí de forma no absoluta; es decir, abandona su esencia como soporte, como ente que se encuentra subterráneo a realidades imperfectas para abrazar realidades más perfectas; sobre todo realidades más perfectas que él mismo. Ser sostenido significa recibir, pero ya no un recibir realidades como lo hace un soporte; sino recibirse a sí mismo; no es recibir algo de afuera y externo a mí persona; sino recibir algo dentro de mí y a su vez ser recibido en el corazón e intimidad del otro. Lo que le queda al hombre cuando se despega de su «soportabilidad» es la revelación de su singularidad ontológica, esto es, la irrepetibilidad, unicidad y originalidad de su ser. Sólo la subjetividad entra en la subjetividad; sólo lo singular recibe a lo singular.
La persona aparece en la existencia de modo único e irrepetible, nadie más que yo vive y experimenta la realidad con el cuerpo que soy, con la biografía que he trazado, con las circunstancias que se me han dado, con la afectividad que he forjado, con las relaciones interpersonales que he tejido, con la voluntad que poseo, con el placer y dolor que padezco. En un sentido sartreano, estoy condenado a ser singular, único y atípico. Las personas temen reconocer la epifanía de su singularidad; pues, la fragilidad metafísica de la persona lo aliena del tesoro que es ser soportado. Naturalmente el ser humano se comporta bajo la lógica del costo-beneficio donde por el menor esfuerzo o sacrificio buscamos ganar el máximo beneficio o ganancia, entendiendo los beneficios como recursos o aptitudes que permiten a la persona continuar participando en la realidad. Al ser soportados cedemos los recursos y aptitudes que nos permiten involucrarnos con el mundo exterior.
En el ser soportado, la persona va descubriendo su subjetividad a un modo cada vez más hondo y estrafalario hasta llegar a un estado de subjetividad excelso, cuasi divino; en el ser soportado surge un encuentro con los estratos más atómicos de nuestra persona. Las más grandes manifestaciones de la especie humana fueron aquellos que mejor se conocieron a sí mismos, que nadaron profundo en el abismo del «yo» y regresaron enflorecidos, que encarnaron un modo de ser sublimado, diferenciados de sus contemporáneos como aquel que toda su realidad parece ser elevada ante los ojos de los demás y se reconocen ante sí mismos como un ser único y singular. Sólo al ser soportado es posible convertirse en un soporte virtuoso que se compromete a participar en la realidad buscando el cuidado de la singularidad ontológica del otro.
¿Por qué en el ser soportado soy susceptible de ser atacado y herido? Quien me soporta me sobrepasa, su voluntad se extiende más allá de mi voluntad y resulta sencillo ser consumido y amenazado por lo que me sobrepasa, pues, me siento agotado e insignificante ante lo desmedido, infinito y excedente. Una imagen de esto lo vemos en una pequeña hormiga que deambula por la mano de un hombre, un océano de carne para la diminuta hormiga, y tal hombre puede decidir sobre la vida del insecto; así pues, la hormiga queda a merced de una voluntad que la supera, de una voluntad que puede elegir protegerla con ternura o dañarla con violencia. Hemos dicho anteriormente que la acuosidad del amor radica en el sentimiento de lo sublime y de la infinitud, que nos inunda y acoge en toda nuestra integridad. El amor más santificante es el acuoso, que evidentemente acompañado de la calidez del eros, nos soporta y nos recibe en un hogar único e íntimo; pero aceptar este amor acuoso, y cálido, trae consigo el despliegue de nuestra vulnerabilidad; en este sentido, depender del otro es condición de posibilidad para la maximización del cultivo de una personalidad ética.
Así pues, el ser humano busca su propia vulnerabilidad; ya que, la vulnerabilidad lleva al amor más puro. Escapar de ser vulnerables es desfavorable porque nos cerramos a la singularidad del ser, tanto de la nuestra como de la quien me ama. Dentro de las etapas del amor se encuentra el enamoramiento, en donde más se agrava la calidez del amor o eros. El enamoramiento implica ser hipnotizado por la coloración afectiva del amado, y en este sentido, al amado lo concebimos como una meta al cual llegar, estar enamorado es un movimiento erótico hacia aquello que nos llama y nos llama por la belleza que vemos en el amado, por consiguiente, el enamoramiento es ese camino hacia la belleza del otro que nos emociona, nos enciende y nos asombra. El enamorado siente dentro si el calor del eros, la flama del deseo, que lo inflama para avanzar hacia el encuentro con el amado. Sin embargo, lo que hace avanzar al enamorado es la dimensión estética de la extasía. En síntesis, estar enamorado es estar en un estado de máxima vulnerabilidad dentro de uno determinados límites estéticos; esto es, que en el enamoramiento se da la donación de la realidad afectiva originaria (el corazón) aunque condicionado a la estética como elemento constituyente que habrá de ser transgredido con la acuosidad del amor.
La acuosidad del amor transporta al amor de un estado estético a un estado ético, pero la transición hacia el nuevo estado ético sigue manteniendo con vida el sentimiento de lo sublime y; por tanto, dicho sentimiento genera en uno mismo una cierta efervescencia de la vulnerabilidad; ejemplo de esto es la presencia de las personas que gozan de nuestra coloración afectiva, pues, la presencia instaura una intimidad o realidad oculta que solo los amantes comprenden. La presencia de esa persona o de ese corazón me es tan intimidante que me paraliza; en ese momento de estar ahí, existo como una realidad ónticamente opulenta para otra realidad igual de abundante. Hay un elemento dramático de amar desde la debilidad; quiero ser débil contigo, que me cargues y me entierres en lo profundo de tu propia subjetividad.
El encuentro entre corazones es un acontecimiento que requiere de la participación de todas las partes. La experiencia del «yo-tú» se configura de diversos modos, los cuales exigen un nivel de cooperación mínimo para el pleno desenvolvimiento la relación. Por tanto, la cooperación implica ser vulnerables y, por el contrario, el egoísmo es cerrarse a la vulnerabilidad propia. Como se mencionó antes, la vulnerabilidad es abandonar la esencia de soporte para ser soportado; incluso si eso significa renunciar a nuestra autodefensa para, luego, ser protegido y custodiado por el otro. La vulnerabilidad es ceder, es sostenerme en alguien más y dejarme afectar por su amor, por su presencia y por el encuentro.
Ser vulnerable es aceptar simplemente ser, es decir, permitir interiormente la realidad del recibimiento del ser, dicho de otro modo, acoger el acto de ser de nuestra existencia; pues, venimos al mundo sin consentimiento, llanamente aparecemos en la realidad. Con esto quiero decir que venimos al mundo sin autorización, eso es un hecho doloroso y repulsivo para el hombre, puesto que le resulta atemorizante el sin-sentido del ser que ha provocado, en lo más profundo de él, un misterioso espacio donde la palabra no alcanza, los símbolos se vuelven absurdos y genera un sensación de vacío, aun cuando realmente ese espacio sombrío no está vacío, ya que la persona entiende el sin-sentido del ser como vacío dado a la falta de inteligibilidad en lo más hondo de la subjetividad.
Cuando el corazón ama lo hace desde la vulnerabilidad. Cuando yo amo a alguien, en ese alguien reconozco mi dignidad, pero también, recibo dentro de mí la dignidad del otro, la sostengo con ternura. Mi vulnerabilidad la reflejo en personas que sé que cuidaran bien de ella, y viceversa, las personas que me aman reflejan su vulnerabilidad en mi. Cuando me reflejo en los otros por causa de alguna experiencia o vivencia significativa en común, por un breve y minúsculo momento, vivo una existencia alterna que siento distinta por el hecho de vivirlo desde otra persona, a pesar de que se trate de un hecho ya experienciado. Cada vulnerabilidad es acorde la singularidad de cada persona; mi debilidad e insuficiencia me resulta tan íntima que nadie más que yo puede padecerla, y sin embargo, cuando sucede un encuentro entre personas, brota en mí un reconocimiento de la singularidad de la otra persona, me vuelvo consciente de su vulnerabilidad; esto último se trata de una vivencia que me conmueve a querer ser soportado por quién amo. La experiencia del encuentro me lleva a experimentar mi propio corazón y comprender sus sensaciones más elevadas.