La experiencia de mi propio corazón me lleva, en un primer momento, a meditar sobre las vivencias estéticas que se engendran en mí por mi amado; el corazón posee una manera particular de apreciar las características sensoriales del teténtase. El teténtase es semejante a un proyector de imágenes donde el teténtase mismo se proyecta en la forma de la persona; dicha proyección hace inteligible la belleza del amado. Siendo la belleza aquello que ilumina a lo creado, al entendimiento, a las formas, ilumina de igual manera a la persona amada, esto es, sus ojos, su cara, su cuerpo, sus mejillas, su cabello, su aroma, sus expresiones, sus muecas, sus gestos, sus movimientos, su vocabulario, sus palabras, su modo de expresarse. Básicamente, el teténtase se dedica a proyectar en la persona la belleza, y la belleza se refleja a través de sus características psíquicas y corporales.
Dado que el teténtase es un hecho metafísico y suprasensible, evidentemente, no "lo vemos"; carece de ser experimentado de un modo empírico. En todo caso, el teténtase se manifiesta a través de la persona, se expresa a través de las cualidades sensoriales de la persona amada y el producto de esa expresión es la belleza personificada, hecha carne.
Cuando amamos a algún otro descubrimos su belleza, notamos su encanto viviente sobre el amado. No amamos a las personas porque sean bellas, sino que son bellas porque las amamos. Es una lindura que se transmite a través de su corporeidad. En el momento en que el teténtase se vislumbra a través de la persona por medio del embellecimiento psíquico y corpóreo del ser amado, no surge una proporcionalidad ni armonización de la corporalidad como, si de algún modo, la materia sensible (i.e. substancia subyacente que tiene el potencial de recibir diversas formas o estructuras específicas que determina la naturaleza y características de un ente) se armonizara y concretara en el atisbo de una belleza finita y canónica, pensar esto es una equivocación. El amor embellece a la persona amada, tanto de un modo espiritual como corpóreo.
La proporcionalidad y armonía no son categorías estéticas compatibles con la dignidad de la persona, pero sí son categorías afines para las cosas del mundo, para la naturaleza y para el cosmos. Para no retorcer la belleza de la persona es menester dar cuenta del momento en que el corazón entra en relación con el corazón del otro mediante la afirmación estética del teténtase. Al considerar al otro como bello, la persona amada no se configura en un ente proporcionado, moderado, sobrio y armónico; más bien somos conducidos a entrar en una relación con el amado porque se nos ha presentado, en ese instante, como un igual, un semejante en dignidad y complejidad.
La belleza en la persona es aquello que siendo desproporcionado, excesivo, abundante o demasiado es condensado en una relación. Las relaciones, y por lo tanto, el encuentro, condensan la belleza del otro a quien amamos y queremos. El teténtase, o concretamente la persona, nos parece bella por el amor que le guardamos, pues, captamos la potencia de su exclusividad. El amado no se convierte una cosa entre cosas. La satisfacción que produce la belleza de la persona no es únicamente sensible, sino que ver la belleza en el otro es liberarlo de estándares y categorías propias de las cosas y objetos, puesto que hay que contemplar al amado con categorías estéticas propias y dignas de la persona. Así, el otro se torna estéticamente en un ser único.
La belleza de la persona atraviesa cualidades sensoriales como el gusto, el tacto, el aroma, la textura. El ser personal del otro continua y se extiende en el perfume que usa, en ese aroma del perfume que cotidianamente usa y queda grabado en la memoria; también se continua en el color de sus ojos, en el color de su cabello que algunos casos lo vuelve característico, pero también en el color de su ropa, en su colorimetría; de igual modo, en la textura de su cuerpo, en lo sedoso o seco de su cabello, en lo rasposo o suave de su piel; en el calor o frío de sus manos. La belleza de la persona camina por sus cualidades corporales, que a su vez, son cualidades gustativas, puesto que a través de ellas degustamos a la otra persona, degustamos su belleza; recordando que la persona es irreductible a sus cualidades sensoriales. Las degustaciones estéticas de la persona son el inicio de su ser, el mero corolario de su metafísica.
La belleza de la persona atraviesa emociones. La belleza del amado puede causar en mí algún sentimiento de melancolía, de alegría como también me puede llevar a la reflexión o admiración. Expreso artísticamente lo que siente mi corazón por la belleza de mi amada mediante la poesía y la escritura. Escribo porque amo y escribo a la gente que amo. Un poema propio puede expresarlo de mejor modo:
«La única forma en la que sé que amo
es escribiendo, si no escribo no me amo,
si te escribo es por qué te quiero.
De niño olvidaba como hablar, se torcía mi lengua
pero sabía cómo usar la boca, aun cuando
las palabras eran pocas.
Simplemente, ni el espejo es capaz de reflejar
mi espíritu más que las letras y oraciones que dedico».
Las categorías estéticas de lo sublime y lo siniestro son más propias para definir a la persona que las categorías de las cosas y los objetos. Cabe por el momento definir lo sublime como la sensibilización de lo infinito, dicho de otro, es la concepción revelada del infinito, la encarnación de lo infinito en lo finito; en palabras de Trías: "El hombre toca aquello que le sobrepasa y espanta (lo inconmensurable); lo divino se hace presente y patente, a través del sujeto humano, en la naturaleza." Es un sentimiento de dolor que se transforma en placer. Lo siniestro, al ser un concepto más complejo, y citando a Schelling, puede ser definido de la siguiente manera: "aquello que debiendo permanecer oculto, se ha revelado". No hay nada más oculto que la fantasía, que los deseos y apetitos ocultos en la persona; lo siniestro es la intimidad que debe ser contenida y no expresada. Citando una vez más a Trías: "se da lo siniestro cuando lo fantástico se produce en lo real; o cuando lo real asume enteramente el carácter de lo fantástico".
La manera en cómo conecto con mi corazón y con la gente que amo es de un modo espectral. El espectro de mi corazón posee dos polos, estos son, el polo de lo sublime y el polo de lo siniestro, en apariencia irreconciliables pero que apuntan a lo mismo desde diferentes extremos; todo lo que hay en medio son todas las experiencias amorosas que he vivido, tanto las más superficiales como relaciones de utilidad (yo doy algo y tu das algo) pasando por relaciones de placer (una amistad) y terminando por relaciones de benevolencia (matrimonio). Expliquemos los extremos: de un lado está la máxima ternura, la experiencia amorosa más dulce y tierna, que estéticamente puede traducirse en colores pastel. Es un polo que representa intimidad, como una ermita en un lugar despoblado, un amor cuasi ascético que goza de una baja estimulación sensorial pero que cultiva dentro de los amantes una rica y basta vida interior, experiencias amorosas donde uno se avienta al abismo del corazón. Esto es la sublimidad del amor. La sublimidad desvela.
Del otro lado, yace un polo de sacrificio que muchas veces implica las experiencias más dolorosas del amor, un amor que implica autogobierno. Es un polo que representa poder, dureza y firmeza, un amor errático que goza de una alta estimulación sensorial y que lleva al desarrollo de una vida exterior. Es un amor contenido y no expresado. Esto es lo siniestro del amor. Lo siniestro oculta.
Ambas experiencias, tanto las sublimes como las siniestras, son contiguas a la nada, al vacío. Tanto el extremo de la ternura como el extremo del sacrificio y dolor me llevan a la nada. En todo caso, habría la diferencia que la primera me lleva mediante lo sublime y la segunda mediante lo siniestro. Todas las experiencias amorosas, ya sea inclinadas a lo sublime o lo siniestro, pueden ser dirigidas hacia la nada, ya que; se trata del no-ser que atemoriza demasiado al ser humano, pues no termina de comprenderlo y dificulta su aproximación. No hay mapa de la nada, no hay forma de conducirse sobre el vacío. La nada forma parte del corazón de la persona. Existe una región en el ser de la persona que pareciera vacío, sin contenido inteligible alguno; no obstante, no es una región vacía, simplemente misteriosa, inhóspita, exuberante que sólo a través del pensamiento artístico se llega a experimentar.
Las relaciones dirigidas por lo siniestro son movidas por la calidez del amor mientras que las relaciones dirigidas por lo sublime son movidas por la acuosidad del amor. Existe un punto en el que ambas se encuentran; el espectro antes mencionado es sólo la mitad del perímetro del corazón, del otro lado del corazón se llega a la unión entre calidez y acuosidad que ante la inteligencia humana se presenta como vacío, como la nada, como el no-ser. El recorrido hacía el lado "oscuro" de la luna empieza con los sentimientos espirituales de mi amor.