Introducción
Desde el siglo XX, el mundo del arte ha abandonado toda pretensión de definir de manera unívoca al arte debido a que este ha entrado en una etapa de autorreflexión que le permite jugar con sus propios límites y formas. Hoy en día, las obras de arte ya no se sujetan a criterios estilísticos y técnicos de carácter universal y necesario; por el contrario, nos encontramos con un pluralismo radical de formas de arte, por un lado, y el surgimiento de nuevos medios producción artística, por el otro. Tal situación ha desembocado en posturas escépticas y fatalistas que, incapaces de apreciar el arte contemporáneo y el potencial que posee, se oponen a la aparición de nuevas vanguardias complementarias al desarrollo tecnológico actual, especialmente, por la inteligencia artificial (IA).
¿Puede una máquina hacer arte? ¿La participación de IA pone en peligro al arte o significa una oportunidad para renovar al mundo del arte? Este trabajo examina el concepto de «fin del arte» propuesto por Arthur Danto y lo pone en dialogo con el surgimiento del arte generado por IA. A través del análisis filosófico y la ejemplificación concreta de obras, se argumenta que la IA no marca la muerte del arte, sino una transformación de sus formas, medios y funciones. Lejos de ser un reemplazo del artista, la IA debe entenderse como una herramienta que amplía las posibilidades expresivas y estilísticas del artista, y así abre paso a una nueva etapa en la historia del arte: una etapa descentralizada, colaborativa y tecnológica.
El arte se encuentra en un momento crítico de su historia. Teóricos del arte como Arthur Danto sostienen que nos encontramos viviendo el fin del arte, en donde ya no hay un estilo dominante ni direcciones claras, sino una pluralidad indefinida de prácticas y formas. Con la aparición del arte contemporáneo se quiebra cualquier tipo de progreso histórico que haya podido tener el arte, pues, artistas como Duchamp o Warhol desafiaron las nociones tradicionales del arte hasta el punto de que ya no es posible distinguir una obra de arte de un objeto corriente. «Los célebres ready-made de Duchamp señalaron que una pintura –clase de obra de arte por excelencia hasta su época– es tan sólo un objeto y que cualquier objeto puede ser una obra de arte; y más aún, que no hay criterio alguno de experiencia, gusto o “deleite estético” en la identificación de una obra de arte».[1] No obstante, se debe matizar que el «fin del arte» no es lo mismo que «la muerte del arte». El arte no muere en sí, sino que su desarrollo ya no obedece al progreso técnico o estilístico, sino al constante cuestionamiento de sus propios límites.
En el fin del arte, el goce estético deja de ser un criterio necesario y suficiente para definir lo que es el arte. Pues, dado que podemos tener experiencias estéticas –como el goce estético– de cualquier otro objeto (un paisaje, un evento, un teorema matemático elegante), no hay una experiencia privilegiada del arte que ayude a distinguirla de la experiencia que tenemos de otros objetos o actividades. Por tanto, las obras de arte no poseen una esencia –entendida como experiencia estética– que las hace ser arte, y aunque la tuvieran, no hay razones para asegurar que podríamos acceder a la esencia del arte.
Dentro de una visión metafísica, el arte es un objeto cultural que se diferencia perceptivamente de otros objetos culturales, casi cómo si tuviéramos un tipo de percepción especializada que sólo captura la esencia de aquellos objetos que entendemos como arte. En este sentido, el «arte sería, entonces, siempre algo más que un término que denomina un conjunto de objetos culturales que llamamos obras de arte, supondría una naturaleza o una participación en una naturaleza como efecto de la expresión de un sistema de pensamiento y de mundo».[2] Con el fin del arte, la visión metafísica queda obsoleta: al volverse de carácter reflexivo, el arte cuestiona su propia identidad y escapa de toda definición fija y rígida.
Hasta antes de la aparición del arte contemporáneo, el modo en cómo se producía el arte fue evolucionando hacia formas y técnicas que pudieran representar cada vez mejor la naturaleza. Con la llegada de la fotografía y el cine el desarrollo del arte llega a un punto de inflexión en su historia, la capacidad de estas nuevas técnicas para producir y reproducir obras de arte acabaría desmoronando el aura de las obras de arte, es decir, aquella cualidad que las hace singulares, auténticas e irrepetibles.[3] De este modo, el arte ya no sostiene ninguna aura, sino que, en el arte contemporáneo, cada artista le da un valor a su obra al representar y expresar un estado interior o subjetivo.
Que el arte se haya hecho reflexivo sobre sus medios de expresión no implica una definición filosófica, sino práctica del arte: cualquier cosa es motivo de expresión y sobre cualquier cosa se puede expresar algo en virtud de una interpretación del mundo en la práctica artística. Es decir, más que una apertura a la filosofía en el núcleo del arte, la situación contemporánea (o post-histórica) ha dado lugar a una incorporación de multiplicidad de temas y medios de expresión –entre los posibles estando tanto aquellos sobre su naturaleza como sobre cualquier otra cosa.[4]
El surgimiento de nuevos medios de producción artística –industriales y digitales– ha transformado fundamentalmente la naturaleza y la función del arte. Filósofos como Walter Benjamin afirman que la perdida del aura conlleva un empobrecimiento de la experiencia del arte[5], a pesar de que estos nuevos medios de producción artística significaron la democratización o descentralización del arte. A partir de la consolidación del arte contemporáneo, la función del arte ha cambiado. Ya no se trata a las obras de arte como parte de un ritual o de un culto, sino que el arte ha dejado de ser algo sagrado –o por lo menos, digno de devoción– para adquirir nuevas funciones como modo de protesta y denuncia, así como de utilización científica, por ejemplo: ilustraciones de botánica o fotografías de la Vía Láctea.
Respecto al desarrollo de nuevas formas de producción artísticas (i.e. cine, performance e inteligencia artificial, etc.), se ha acusado de que ahora el arte sólo está presente en la vida cotidiana por medio de la reproducción mercantil, el espectáculo y la masificación. Bajo esta perspectiva, el fin del arte supone una pérdida de sentido y trascendencia para el arte mismo, un escenario en donde el arte ya no conecta con las personas a nivel existencial.
Frente a este escenario de diversificación y perdida de sentido dentro del mundo del arte, surge una pregunta inevitable: ¿pueden los nuevos medios tecnológicos como la IA ofrecer una vía de renovación para el arte?
A diferencia de la postura conservadora –e incluso fatalista– que sostiene que el arte contemporáneo atraviesa una crisis de sentido y trascendencia, el desarrollo de nuevos medios de producción artística –específicamente la IA– sí abre posibilidades de renovar el mundo del arte. Lejos de favorecer el agotamiento del arte, estos medios permiten explorar nuevos estilos, formatos y experiencias estéticas que pueden enriquecer la función del arte en la cultura actual. En este sentido, la IA puede ofrecer un camino seguro para el arte, aunque su uso no implica que la IA reemplace o abarque todas las formas artísticas existentes. La danza, el teatro y la escultura son tipos de arte que resultan complicadas –sino que incluso imposibles– de ser realizadas por una IA debido a que son artes que implican de algún modo la corporalidad humana. Una IA no tiene brazos ni piernas para mover de forma rítmica y armoniosa, ni posee un cuerpo con cual actuar y escenificar emociones, ni es capaz de entrar en contacto con materiales como la piedra, el mármol o el cobre. Por tanto, asumir que por medio de la IA se puede hacer arte no significa que esto aplique para todo tipo de arte.
Sin embargo, ¿la IA hace arte o hacemos arte por medio de ella? De acuerdo con Adryan Pineda, la creación artística es un impulso natural del ser humano a producir objetos estéticos, entre ellos las obras de arte[6]. Esto quiere decir, que la creación artística es una actividad humana cuyo producto es un objeto estético, y recordemos que, con el fin del arte, ya no hay distinción alguna entre objetos estéticos, por lo que, no hay ninguna condición especial que haga imposible considerar al producto estético de cualquier actividad humana como una obra de arte.
La creación artística implica «capacidad de hacer», es decir, que el elemento constituyente de toda creación artística es la técnica: herramientas, conocimientos, métodos, tecnologías, habilidades, etc. Sin un pincel y un lienzo resulta imposible que el artista pueda pintar, o sin una guitarra hacer música. Del mismo modo, nadie afirmaría que es el cincel quien esculpe la escultura, sino el escultor por medio de él. De este modo, los nuevos medios de producción artística como la IA son técnicas legitimas para crear arte, y a su vez, tal legitimidad no supone la deshumanización –aunque cabría mejor decir «des-antropomorfización»– del artista.
Aunque es complicado todavía afirmar que la IA puede ser un artista, no sería problemático si eventualmente lo fuera. Cuando se trabaja con IA, el artista no siempre tiene el control del proceso creativo, pues, la IA «colabora» en la creación artística al introducir cierta novedad imprevista. Más que ser un reemplazo del artista humano, la IA es un socio técnico en el proceso creativo. En este sentido, el artista dicta intenciones, sentimientos y deseos que la IA procesa mediante algoritmos, generando imágenes digitales que pueden suscitar una experiencia estética en el espectador. Asimismo, el arte generado por IA favorece la democratización del arte al permitir que cualquier persona puede tanto producir como compartir libremente obras de arte. Esto hace que el arte pueda integrarse a la vida cotidiana nuevamente y no quede relegado exclusivamente a museos o centros culturales.
Cabe mencionar que, el arte generado por IA presenta algunos problemas éticos y sociales que deben resolverse. La IA hace uso de estilos ya existentes, los cuales pertenecen a alguien, y que no están protegidos por los derechos de autor. Por lo que, se puede hacer arte a costa del trabajo de otros artistas, quienes pueden rehusarse a prestar su arte como base estilística para la creación de otras obras. No obstante, esto se relaciona más a cómo funciona el mercado del arte, más que al arte mismo generado por IA. Por tanto, no supone una prohibición, sino una regulación al arte producido mediante IA.
Para profundizar en la tesis de este trabajo ofrezco a continuación una selección de cinco obras de arte generadas por IA, específicamente, por el programa Midjourney. La autora de todas las obras expuestas es Gizem Akdag. De igual modo, todas las obras carecen de algún título y fueron producidas en el 2025.
En la Obra 1 vemos una mujer dormida que parece ser acompañada de una chispa divina. En la Obra 2 aparece un niño con un gesto de sorpresa por algo que está observando y a lado de él hay un pájaro azul. Ambas obras tienen un estilo que se asemeja a un dibujo tradicional hecho con lápiz. La Obra 3 trata acerca de un collage pintoresco de fotos de personas haciendo diferentes gestos, acciones y expresiones en un estilo similar al pop art. La Obra 4 y la Obra 5 simulan ser fotografías que capturan el movimiento y la acción: la mordida de un perro hacia un hombre y una estampida de ñus respectivamente.
Todas estas obras, a pesar de haber sido generadas por IA, son capaces de expresar sensaciones, emociones y, en menor medida, intenciones. Asimismo, son obras que pueden provocar experiencias estéticas en el observador debido a que presentan elementos básicos de cualquier obra de arte: dinamismo, técnica, estilo, símbolos y creatividad. Son propiamente objetos estéticos que compiten legítimamente por el título de obra de arte. Son 5 obras con estilos muy diferentes entre sí, por lo que, la IA es capaz de representar emociones, deseos e intenciones en una variedad amplia de estilos. Incluso, si nos basamos en la teoría institucional del arte de George Dickie, estas obras cuentan con los criterios suficientes para ser considerados como obras de arte por una comunidad artística.
Las 5 obras presentadas muestran el potencial que tiene la IA para producir obras de arte. Una objeción común a la generación de arte por IA es que suelen ser imagen «sin alma», «poco o nada humanas» y no llegan a transmitir un goce estético como lo haría una «obra de arte auténtica». Sin embargo, en todas estas obras es posible capturar la subjetividad de la autora.
El arte, como producto cultural, ha dejado de evolucionar de un modo lineal y progresivo, lo que ha provocado el surgimiento de una multiplicidad y heterogeneidad de formas, estilos y medios de producción artística. Tal escenario es percibido por algunas personas como una crisis del arte, en donde el arte carece de sentido y trascendencia, volviéndose superfluo, absurdo e incapaz de evocar una experiencia estética legitima. Sin embargo, los nuevos medios de producción artística como la IA no significan el final del arte, sino una transformación de su función y su naturaleza.
Asimismo, el uso de la IA durante el proceso creativo enciende el debate acerca del rol que ocupa en la creación artística, pues, al sólo dictar reglas –intenciones, emociones y deseos– el artista humano cede parte del proceso creativo a la IA, quien complementa la obra con elementos no previstos por el artista. Por supuesto que, hasta el momento, la IA no posee agencia ni intencionalidad, dos condiciones necesarias para ser artista; por lo que, la acción de la IA en la producción artística se queda en el nivel de la colaboración, mas no llega propiamente a la creación. Sin embargo, los limites en el desarrollo de las IA es aún desconocido y no queda desechada la posibilidad de un día llegar a ver arte creado en su totalidad por IA.
El arte que hoy necesita el mundo es un arte transgresor y renovador, que permita un acceso amplio al mundo del arte y permita el surgimiento de nuevas vanguardias. El arte generado por IA abre ese camino hacia una nueva etapa del arte, capaz de superar la «condición nihilista y posmoderna» en la que se encuentra. Si el arte alguna vez tuvo una esencia, hoy tiene múltiples formas, y todas ellas siguen siendo humanas, aun cuando pasen por lo artificial.
[1] Adryan Fabrizio Pineda Repizzo, «La filosofía del arte en la época del fin del arte», Praxis Filosófica, Nueva serie, n.o 32 (2011): 250.
[2] Pineda Repizzo, 250.
[3] Cf. Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (Buenos Aires: Taurus, 1989), 4.
[4] Pineda Repizzo, «La filosofía del arte en la época del fin del arte», 265-66.
[5] Cf. Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, 5.
[6] Cf. Pineda Repizzo, «La filosofía del arte en la época del fin del arte», 263.