A diferencia de las emociones ordinarias, los sentimientos espirituales suelen estar asociados con aspectos como la conexión con lo divino, la búsqueda de significado o la trascendencia personal. Estos sentimientos surgen en momentos de contemplación y de experiencias estéticas. Para que el corazón pueda asimilar y apropiarse de su naturaleza caritativa debe ser poseído por sentimientos espirituales. Hagamos un análisis poético-mítico de este proceso:
Al inicio, antes de encarnarse socialmente, el corazón se halla en un estado de neutralidad afectiva dado que se encuentra en armonía con el absoluto (normas y expectativas paternales); entonces, no es capaz de apreciar la coloración afectiva de la realidad, pues desconoce el mundo de la experiencia. El mundo de la experiencia es aquel mundo en donde habitan todos los entes sensibles, materiales y concretos. El mundo de la experiencia se caracteriza por el constante cambio y movimiento de los entes en donde pocas cosas se conservan, pero también por la pluralidad y multiplicidad de entes. En el mundo de la experiencia es imposible la total solidificación de los entes, todo fluye y pocas cosas se conservan; casi todo evoluciona y cambia. El corazón yace guardado en una burbuja con las condiciones idóneas para la solidificación del espíritu humano.
El corazón se pregunta por su origen, de dónde viene el amor. Dado a esta inquietud por su origen, el corazón siente un llamado al mundo de la experiencia, así entonces, se manifiesta el espíritu de aventura. El mundo de la experiencia no aglutina las condiciones que permiten la solidificación de la esencia humana. El corazón ignora el movimiento, la multiplicidad y el constante cambio del mundo de la experiencia, al cual se le advierte cómo peligrosa y mortal puesto que del mundo de la experiencia es complicado conocer y afirmar algo, pues, no puede haber ciencia de lo que siempre cambia y nunca se mantiene estable ni idéntico. La noción del cambio ha ejercido una fascinación constante sobre la humanidad. Desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte, experimentamos adaptación, crecimiento y transformación, incluso más allá de la vida. En esta constante metamorfosis, todas las cosas mutan; pero nada desaparece por completo. Lo orgánico crece, se desarrolla y muere; las estaciones del año cambian; los ríos y los vientos fluyen; existen un sin fin de cosas a las que llamamos con el mismo nombre sólo por compartir alguna característica en común; el constante cambio del mundo de la experiencia prohibe la eternidad.
El corazón es sorprendido (thaumazein) por el mundo de la experiencia y su multiplicidad, pues, se le presenta como una novedad en el espacio y en el tiempo; así, el mundo y sus cosas empiezan a erotizarse, esto es, un encantamiento de la realidad. La persona se asombra de la diversidad de entes con sus propios tamaños y cualidades. Ante el encantamiento y sacralización del mundo, la persona desea participar en la realidad y de la realidad, formar parte del mundo de la experiencia. No obstante, el corazón, al ser débil, no comprende cómo sostener la realidad, por consiguiente, entiende la realidad como algo defectuoso que debe ser perfeccionado a través de la dominación y el control y no como algo a ser cuidado.
Tras el encantamiento del mundo, el corazón es fecundizado por el eros mismo, es decir, la chispa divina. El corazón descubre la experiencia del placer y siente el deleite de la beatitud. Así entonces, surge el impulso erótico dentro del corazón que lo guía hacia la felicidad, esto es, el bien supremo. En este punto, el corazón desarrolla la coloración afectiva y procede a pintar afectivamente los elementos y procesos del mundo de la experiencia. Del mismo modo cómo los barcos buscan un faro mientras navegan en el mar; el corazón, navegando en la realidad, busca y es atraído por "faros afectivos" y, en consecuencia, se dirige a ellos. No obstante, el corazón en este estado de encantamiento es incapaz de apreciar el encuentro, pues, por un lado, no busca ni anhela la eternidad ni la solidez ontológica porque se encuentra enamorado del cambio y la multiplicidad; por el otro, no conoce la sublimación del amor porque siente la eternidad como una imposición que pretende gobernarlo, contrario a su apertura al mundo.
El mundo de la experiencia excita al corazón humano, enciende al eros. El corazón está hambriento de experiencia, libertad y sensualidad; de ver lo desconocido y conocerlo. El espíritu humano está dispuesto a distanciarse de la eternidad con tal de devenir en sí mismo, en conocerse de diversos modos y sentidos. El ser humano tiene la libertad de rechazar la eternidad. En el momento en que la persona experimenta la vida erótica, esto es, la vida del deseo, la pasión y el placer, se vuelve capaz de apreciar la coloración afectiva de la realidad. Una vez inserto en el mundo de la experiencia, el corazón humano admira la diversidad, multiplicidad y abundancia de formas y esencias en el mundo.
En el mundo de la experiencia casi no hay consistencia ni permanencia, todo muta y deviene. El mundo de la experiencia se percibe radicalmente a través de la aventura y la exploración: viajar a nuevos lugares, practicar distintos hobbies, conocer nuevas personas, aprender de todas las áreas del saber, asistir a un montón de eventos, probar todos los sabores y olores. No hay un encuentro con el otro sino con las cosas y fenómenos del mundo que acercan ingenuamente a la beatitud.
El corazón estando erotizado empieza a intuir una voluntad de control, esto es, un apetito de gobernar el mundo de la experiencia para satisfacer su hambre por la diversidad, la multiplicidad y el cambio. El mundo se vuelve una pastelería, un lugar a probar de todo; el corazón comprende el mundo como un espacio barroco y rococó. Así toda la actividad del hombre se vuelve interesada e intencional. Por consiguiente, vive una existencia económica en donde se empeña por obtener el máximo beneficio de sus acciones. El corazón es incapaz de entender emociones complejas como el apego, el cuidado y la caridad cuándo aún no ha experimentado profundamente la sublimidad.
Sin embargo, durante su aventura y en varios momentos de la vida, el corazón atisba experiencias de lo sublime; dicho de otro modo, se encuentra con personas, obras de arte, escenarios y sucesos que le sobrepasan, va adquiriendo intuición de la trascendencia y la eternidad a través de la experiencia estética. Fundamentalmente el corazón percibe del mundo de la experiencia: placer y dolor (eros y tánatos). La experiencia del mundo es placentera o es dolorosa, es decir, la propia experiencia del mundo lleva a la persona al cuidado y protección de lo que ama, o en su defecto, a la destrucción y encierro de lo que desea.
En el momento en que es anhelada la eternidad, el hombre con voluntad de poder busca controlar el caótico y absurdo mundo de la experiencia mediante convenciones sociales, culturales, jurídicas y religiosas, en vez de armonizarse con él. La voluntad de control pretende eternizar al espíritu humano dentro del mundo de la experiencia mediante la dominación y la disciplina, esto es, crear un ethos de apariencias que indique a los demás cómo gobernarse a sí mismos. Cuando el hombre pretende controlar la naturaleza vive el caos del mundo de la experiencia. La voluntad de control surge de la inquietud humana por tener un control mecánico y técnico de la naturaleza y el mundo para así poder beneficiarse de este.
Ante el mundo de la experiencia, el corazón tiene 3 caminos a seguir: la existencia como dominación; la existencia analgésica; y la existencia ética. La existencia ética cree en el perfeccionamiento integral de la persona; la gente y la sociedad puede mejorar. Bajo este tipo de existencia, el objetivo de la vida es mejorar, avanzar, progresar, florecer. El hombre virtuoso es indicativo de esto. El ser humano es capaz de autogobernarse, a saber, los impulsos y fuerzas interiores de la persona son capaces de desarrollarse de manera armoniosa sin necesidad de intervenir en el proceso, puesto que el corazón se dirige al bien y por sí mismo es capaz de desplegarse hasta su propio florecimiento en el encuentro. La persona es un proyecto que debe ser cultivado, cuidado, bien formado y, sobre todo, amado. La persona comprende que en el cuidado hacia los demás y del mundo logra forjar una comunidad virtuosa que maximice las potencialidades del ingenio humano.
Para la existencia analgésica, todos somos bestias crueles incapaces de gobernarse a sí mismos. Se nace así y se muere así. Sin embargo, el ser humano no necesita de alguien que lo gobierne; por ende, la vida es necesariamente caótica y nada puede cambiarse. La existencia analgésica conlleva una actitud nihilista frente a la vida donde el mal en el mundo es muestra de la bestialidad innata al ser humano. Es un modo de vivir analgésico dado que las personas que existen de este modo se reconfortan con la absurdidad del mundo y la falta de justicia en él. Aquel que vive de un modo analgésico encuentra un cierto gozo en el sinsentido de la existencia, pues, al no haber normatividad ni disciplina que pretenda la formación espiritual de la persona, el individuo analgésico siente un alivio frente a la falta de responsabilidad de sus acciones y una aparente libertad de no comprometerse con la vida. La existencia analgésica no soporta la caridad; así pues, el mundo no puede ser mejorado; y sin embargo, la existencia analgésica es una postura intolerante frente al dolor del mundo, un llamado de auxilio de un corazón herido por el constante cambio del mundo de la experiencia, semejante a la desesperación kierkegaardiana, es decir, una condición espiritual en la que la persona se siente perdida, alienada y separada de sí misma, de los demás y de Dios.
Al navegar por el mundo de la experiencia, el corazón humano descubre el mal en el mundo, así como la violencia y el dolor. Lo siniestro se desvela ante el corazón humano. Cuando esto pasa, el corazón pierde toda inocencia con el mundo y surge la conciencia moral: cómo comportarse frente al dolor, al caos y al mal. Aquí empieza las primeras intuiciones de una existencia como caridad. Cuando el corazón descubre el caos y la violencia en el mundo de la experiencia, el corazón toma conciencia de la necesidad de la entrega hacia el otro, es decir, ofrecer algo al mundo. Dicho de otro modo, el dolor del mundo, la fragilidad humana y el sentimiento de entrega lleva al ser humano a querer convertirse en soporte de otros corazones, en consecuencia, el corazón desarrolla una participación en la realidad con un sentido altruista. El corazón anhela el encuentro y el soportar a otros. La conciencia moral lleva a la conciencia de las condiciones materiales, culturales y sociales sobre las que uno mismo está siendo soportado.
Ante el sentimiento de entrega, el corazón busca madurar el eros, esto es, dejar que el eros lleve a la persona hacia dondequiera que el eros lleve: explorar la vida erótica. El corazón va desarrollando una historia afectiva donde va perfeccionándose; aprende a amarse a sí mismo mediante la entrega. Ahora bien, el corazón, bajo el anhelo de la caridad y el cultivo de las virtudes, corre el riesgo de engendrar una voluntad de poder que busque controlar la naturaleza e instrumentalizar a las personas para conseguir un efecto deseado, que en este caso, el efecto deseado sería la liberación de la persona y la realización de su dignidad. Es posible participar en la realidad desapegándose de la voluntad de control; en consecuencia, el corazón debe ceder ante las exigencias del mundo de la experiencia, esto es, dejarse afectar y abandonarse en lo sublime que en última instancia significa ser soportado.
Al formar parte del mundo de la experiencia, la persona debe devenir (experimentar la realidad y en un sin fin de formas); experienciar no sólo lo bueno, sino también la degradación, el horror, la tristeza porque eso completa a la persona, es decir, madura el espíritu del hombre; dicho de otro modo: le da un sentido a la eternizacion de la esencia del hombre. Sin conciencia del dolor, del mal y de la violencia, el corazón no comprendería el propósito del encuentro.
El corazón descubre que porta dentro de sí la potencialidad del amor. Reconoce que el amor no altera al amado, sino al amor mismo. La persona se autodetermina como un hogar y al amado como una elección. Así entonces, el hombre comprende la necesidad del encuentro. Para llegar a la eternidad, la persona debe vencer la voluntad de control y más bien abrazar la existencia ética. Por lo tanto, lo opuesto a "sostener y ser soportado" es "someter y ser sometido". Finalmente podemos decir que el amor es hacerse a uno mismo un hogar para el otro. El amor requiere de la sublimidad, pues, es en la unión entre el eros y lo sublime en cómo surge el amor más perfecto y sacro.