Los días en esta ciudad de Itálica pasan para mí como si estuviera olvidado del dios Cronos. Esta noche calurosa no acude Morfeo en mi ayuda, de modo que he decidido escribir mis impresiones de cuanto me ha sucedido en la villa de Cayo la pasada tarde, más ajetreada de lo que mis años están dispuestos a soportar ya. No obstante, todo se debe a los primorosos cuidados de mi querido anfitrión, que no quiere que mi estancia en su casa me sea aburrida.
Hemos dedicado la velada a una fantástica fiesta, tan del gusto de esta época, en la que he sido presentado a cuantos personajes de la ciudad hubiere menester. Ha sido, en verdad, del gusto de todos, pero así que la comida acabó y los invitados pasaron a divertimentos menos estomacales, la modorra que de mí se apoderó dio en meditar sobre lo que mis ojos contemplaban. Asistir a una "cena en sociedad" es todo un espectáculo para reparar en los distintos tipos sociales e individuos que por ella pululan.
No cuentan para nada los esclavos, que corren de acá para allá solícitos a todos cuantos les llaman. Recordad los antiguos tiempos en que un esclavo no era considerado como persona sino como cosa (res). Como tal, un esclavo no tiene derecho a nada, ni puede poseer propiedades, incluso en tiempos remotos, hoy por suerte casi olvidados, su amo disponía de su vida a su antojo. Más triste es pensar en que la mayoría de ellos lo son por mero nacimiento, yo fui uno y sé lo penoso que es asimilar tal condición, máxime cuando no te dejan escoger. Muchos otros llegan a tal condición por ser prisioneros de guerra o por motivo de sus deudas. Menos frecuente -¡qué horror!- es el caso de quienes adquieren el estatus de esclavo como consecuencia de su propia venta como tales para paliar el hambre.
Es dura la vida de esclavo. Sólo alguien que lo ha sido puede conocer la humillación de ser vendido en público mercado, con un cartel (titulus) al cuello donde figuran las aptitudes del siervo. Pero más duro aún es el castigo que se inflinge a quien ose escapar o cometer alguna falta mayor. Los castigos van desde la inocente paliza, adornada con torturas macabras, hasta la crucifixión o la ejecución por fuego.
Yo tuve más suerte. Pertenezco a ese grupo social que en la pasada fiesta estaba bien representado. La mayoría regalando el oído a sus antiguos amos o sirviéndoles de ayuda para amarrar algún negocio de los que se han fraguado en el ágape. Son aquéllos que, por haber servido fielmente a su señor, han ganado o comprado su libertad, los agraciados libertos. Muchos han prosperado en su nuevo estado e incluso he visto algunos a los que los más nobles solicitan con entusiasmo. Por lo general somos odiados tanto por los más pobres, envidiosos de nuestra fortuna, como por los más ricos, que ahora nos ven como sus iguales con rencor.
Se puede pasar de esclavo a liberto (manumissio) de tres maneras:
Per vindictam, ante dos magistrados y un testigo. Se tocaba al esclavo con una varita (vindicta) en la cabeza y se le declaraba libre.
Por la simple inscripción en el censo de los ciudadanos. Sólo se podía hacer cada cinco años.
Por testamento de su dueño, si esta era su voluntad.
En cualquier caso, quedamos ligados de por vida a nuestro antiguo dueño o a su familia por el compromiso de fidelidad de la clientela. El señor, por su parte, sigue velando por nosotros como miembros de su casa. Eso sí, nos vemos obligados a no votar nunca contra él y no podemos llevarlos a juicio.
Más agraciados son los que siempre han tenido el poder, aquéllos a quien todos conocen y respetan como patricios. Son ellos quienes, en verdad, llevan el peso del Estado y quienes poseen la mayor parte de las tierras, son los descendientes de los teóricos fundadores de Roma (patres). Todos pertenecen a una gens o familia con la que comparten propiedad rural, culto a unos dioses familiares propios y nombre (gentilicio), elementos exclusivos de los patricios. Ha habido alguno de ellos en la fiesta rodeados de unos pocos venidos a menos, sus clientes.
Pero lo que más me ha sorprendido ha sido la presencia de quien se ha convertido en el alma de la fiesta, uno de los llamados "homo novus". Se trata de un nuevo rico salido de los ciudadanos de a pie, los plebeyos. Hoy día pueden darse por satisfechos. Desde un primer momento en que sus únicos derechos eran los de ocupar los campos que trabajaban y comercializar sus productos, han pasado a tener un gran peso social. No en vano fueron los inventores de la huelga. Qué hermoso es recordar aquella histórica subida al Monte Sacro, amenazando a los patricios con dejarlos solos en Roma y fundar otra ciudad. El patriciado, tan poco dado al trabajo, hubo de claudicar y concederles derechos políticos y la creación de una ley escrita, las respetadas Leyes de las XII Tablas. Posteriormente consiguieron el derecho a votar y ser votados, poder acudir a juicio y el derecho al matrimonio. Con ello pudieron codearse con los antiguos amos y pasaron a convertirse en la clase privilegiada y con más peso social de Roma. Lástima que hayan aprendido tan pronto las costumbres que antes tanto criticaban, incluso es admirable recordar que, una vez conseguidos los derechos en Roma, se negaran durante mucho tiempo a extenderlos en la propia península Itálica y en el resto del Imperio.
La aurora de rosados dedos me ha sorprendido tras esta noche de insomnio y el abigarrado galimatías social que me ha asaltado, pero he de apresurarme, que me espera un nuevo día. Mi anfitrión me ha pedido que le acompañe a visitar a un político de la ciudad, con gran influencia en la metrópoli, para que le haga algún pequeño favor, y no quiero perder la oportunidad de hablar con personaje tan curioso como quien hace de la organización de sus semejantes su modus vivendi.
La historia interna del período republicano (siglos V a I a. de C.) es una incesante lucha entre patricios y plebeyos por conseguir los mismos derechos.
Entre los derechos políticos (iura publica) figuran:
Entre los derechos privados (iura privata) citaremos:
A. Aulus Ap. Appius C. Caius Cn. Cnaeus D. Decimus
K. Kaeso L. Lucius M. Marcus N. Numerius P. Publius
Q. Quintus Ser. Servius Sex. Sextus Sp. Spurius
T. Titus Ti. Tiberius
Entre los romanos no existió un único tipo de casa, sino que la variedad fue grande, como lo es entre nosotros, en función de la necesidad, riqueza o pobreza de cada cual.
Así, encontramos desde las grandes y lujosas villae de los senadores y ricos negociantes, con frondosos jardines llenos de fuentes y dependencias ricamente decoradas, hasta laspergulae, habitaciones de reducidas dimensiones donde se hacinaba la gente más pobre. Se pueden reducir los modelos a dos: la vivienda plurifamiliar o insulae y la unifamiliar o domus.
Las villae romanas eran a la vez residencias campestres (villae urbanae) y granjas productivas (villae rusticae) que estaban situadas en el campo o las afueras de la ciudad, donde se extendían las tierras cultivables. Lavilla rustica estaba adosada a la urbanaque, en general, se corresponde con el esquema de la domus.
La comida más importante entre los romanos era la cena, después del trabajo, hacia media tarde. Comían reclinados sobre cojines, en lechos de tres plazas. Éstos, que son tres a su vez, rodean una mesa cuadrada y dejan un lado abierto para ser servidos.