Finalmente, el día de las kalendas de Junio, vuestro amigo Demetrio tiene que dejar Mérida con el corazón roto. Muy de mañana me dirijo con mi querido amigo Tito por el Decumanus Maximus hacia el puente sobre el Guadiana, donde se encuentra un establecimiento de alquiler de carruajes, pues durante el día está prohibido el tránsito de los mismos por la ciudad para descongestionarla y permitir el paso de los peatones.
Tito me aconseja que tome en alquiler una raeda, carro con espacio para carga de personas y equipajes de cuatro ruedas. Si mi viaje hubiera sido más corto, nos dice el encargado que me hubiese convenido más un cisium, carro ligero, o un plaustrum de sólo dos ruedas.
Dejando atrás el puente, ayudan a distraer la nostalgia las maravillosas vistas que, desde el carro, se nos ofrecen. El campo, en esta época del año, está precioso.
Nos ponemos en camino por una calzada enlosada que comunica Mérica con Itálica, la llaman la Vía Argentea (Vía de la Plata), pues es el camino que sigue comercialmente el mineral extraído de Cástulo hasta Zaragoza (Caesaraugusta). Me recomienda el conductor del carro que, si se presenta la oportunidad, he de hacer en algún viaje la ruta por la Vía Hercúlea, que pasa a lo largo de toda la costa española, desde Cádiz (Gades) hasta la Galia. Ésta quizá sea la mayor obra que el pueblo romano va a legar a la posteridad. Es ingente el número de calzadas que atraviesan los territorios del Imperio y las obras de construcción de nuevos trazados parecen no tener fin.
Continuamente nos cruzamos con otros viajeros que han optado por diferentes modos de hacer el viaje: en carro, como yo mismo, a pie o a caballo. El vehículo es el menos fatigoso, pero también hay que decir que es el menos rápido, no podemos olvidar las ruedas atascadas en el barro, los baches continuos, las piedras sueltas, las empinadas cuestas...
Según me comenta el conductor de la raeda cubriremos etapas de unos sesenta mil pasos diarios. Los que van a pie por las aceras de la calzada sólo podrán recorrer en el mismo espacio de tiempo no más allá de treinta mil pasos.
Me distrae observar que todos van provistos de unas talegas donde guardan alimentos para el camino y que visten una amplia capa que les sirve, al mismo tiempo, de abrigo y de manta (abolla). Muchos caminan juntos, pero apenas hablan para no fatigarse más, sólo se les ve cruzar alguna palabra cuando se detienen para descansar al lado de alguna fuente o a la sombra de alguna acogedora encina que van jalonando el camino. Esta forma de viajar en grupo tiene mucho que ver con la inseguridad de los caminos. Se cuentan estremecedores relatos de ladrones que infestan los caminos para robar o secuestrar a los viajeros, y yo he de confesar que cada vez me siento más atemorizado y veo el peligro detrás de cada curva y árbol del camino.
A la caída de la tarde, como no soy un rico potentado, no llevo conmigo criados y mi equipaje no cuenta con tienda de campaña donde pernoctar, escogemos una de las cochambrosas posadas (cauponae) establecidas en los caminos, donde el peligro puede ser mayor que en la propia calzada. Nos recibe un posadero, todo amabilidades, pero en su socarrona zalamería se deja translucir que va a sacarnos todo el dinero que su buen hacer sepa. Se aprovecha de nuestra necesidad y nos ofrece tal suerte de guisote que más pareciera hecho a propósito de perros. Y qué decir del llamado aposento, con una miserable cama, si así se la pudiere nombrar, aparejada con unas viejas y malolientes mantas, suerte que he traído en el equipaje las mías propias.
Cuesta trabajo dormir, pues el ruido parece no cesar nunca en estas posadas para viajeros y por más que intento el viejo truco de contar ovejas para atraer el dulce sueño, sólo consigo, cerrano los ojos, ver pasar los miliarios que han quedado grabados en mi mente a lo largo del día y que parecen dejarme en brazos de Morfeo.
Mañana el...
Los miliarios eran unos monolitos macizos de forma cilíndrica de dos metros de altura que cada mil pasos (milliarium) marcaban la distancia recorrida desde el comienzo de la vía.
En ellos solía haber una inscripción grabada con la siguiente información:
Pes (pie): 0,29 m.
Cubitus (codo): 0,44 m.
Gradus (dos pies y medio): 0,75 m.
Passus (paso): 5 pies (1,48 m.)
Milia pasuum (mil pasos): kilómetro y medio
Nombre de origen militar (la ciudad tiene como modelo el antiguo campamento) que recibe una de las principales vías de cualquier ciudad romana.
Era éste un tipo de ciudad articulada a partir de dos calles principales: El Decumanus Maximus, con dirección este-oeste y el Cardo Maximus con dirección norte-sur, que servían de referencia para un trazado de calles paralelas y perpendiculares que dejaban entre sí manzanas regulares para edificar viviendas.
En la ciudad de Mérida el Decumanus Maximus, partiendo del puente sobre el río Guadiana, atravesaba toda la ciudad hasta llegar a la puerta principal de la misma.