Diocles me ha rogado repetidamente que le acompañe al circo esta tarde para asistir al programa de carreras. Es espectáculo de ver, aunque los intelectuales del Imperio nunca llegarán a acostumbrarse a los rudos divertimentos del pueblo. Ya corre entre nosotros la reciente e ingeniosa frase de Juvenal: “pan y circo para el pueblo”, como crítica mordaz de las maniobras de los políticos. Pero, como otros juegos, también éstos tienen un origen sagrado: conjurar los poderes germinadores de la tierra. Por ello forman principal parte de las fiestas de este Abril cosechero.
Ayer pudimos participar de la solemne pompa, procesión que, como es habitual, precede a estos juegos y contemplamos en la misma los diferentes equipos participantes en las carreras. Cada ciudadano es seguidor de uno de ellos. Tenemos cuatro alineaciones principales: la roja (russata), la verde (prasina), la blanca (albata) y la azul (veneta). He de confesar que soy ferviente seguidor del equipo blanco, ya lo fue mi padre y el padre de mi padre. Por ello voy al circo vestido de blanco y bien pertrechado de blancos pañuelos que agitaré durante la carrera para dar ánimos a mis conductores, aurigae. La mayor rivalidad se da entre el equipo de los ricos, el azul, y el de los proletarios, el verde. ¡Hasta los juegos rodea la política! Y más de uno ha tenido que vender incluso la toga para pagar las deudas de las apuestas, a veces desorbitadas, que se cruzan en cada carrera. Por Júpiter, que yo mismo alguna vez he salido malparado. Quienes siempre ganan son los pilotos de los carros que mueren jóvenes en su mayoría, pero con bien amasadas fortunas.
Pero apresurémosnos y pasemos al estadio para coger una buena posición. El circo es en uno de sus extremos curvo, y en el opuesto, recto, están las cuadras (carceres) de cada equipo y donde está situado también el lugar de la partida. La pista está dividida por un muro central (spina) alrededor del que los carros han de dar siete vueltas [unos ocho kilómetros en total]. Llegamos a tiempo de presenciar la primera carrera de cuadrigas, unos carros con cuatro caballos, pues el edil, desde la presidencia, se apresta a arrojar su pañuelo como señal de salida. El griterío es ensordecedor y ya se producen los primeros accidentes, naufragios les llamamos, por los choques y las malintencionadas estratagemas de los aurigas al objeto de hacer salir de la pista a sus competidores. Por Ceres, que el equipo rojo ha empujado a mi auriga blanco y las asistencias lo han retirado malherido. Con el camino libre, el rojo ha cruzado primero la raya de yeso de la meta y en la presidencia el encargado iza una bandera roja para indicar el vencedor. Los más atrevidos de cada equipo lanzan todavía insultos y algo más, de modo que veamos, Diocles, de apartarnos prudentemente, no seamos cogidos en la algarabía y las disputas, aunque ya se acerca la policía y todo ha de acabar en buena hora. Por fin disfrutaremos del resto del programa que se completa con una batalla simulada (ludi Troiani) y una carrera pedestre.
A la salida del circo nos cruzamos con la gente que vuelve a sus casas desde el anfiteatro. La sangre que vimos en el circo es un juego de niños, comparada con el espectáculo que allí puede contemplarse, aunque son muy del gusto de los ciudadanos. Extraña costumbre la de este pueblo, tan sensible y refinado en otros aspectos.
Comenzaré por deciros que estos juegos se celebran en un estadio de forma oval, aunque es célebre el Coliseo de Roma, circular. El espectáculo es al aire libre y los graderíos rodean un espacio central que se llama arena. No olvidéis que, como otros juegos, éstos, sobre todo, eran asunto de Estado y el público asistía gratis, ya que eran sufragados por algún ciudadano rico (editor). Todas nuestras ciudades están plagadas de pintadas anunciando los combates, los participantes y la calidad de los juegos. Como ya os contaba del teatro, también en estos juegos, el público llega a pasar la noche entera en el anfiteatro para poder acceder a un privilegiado lugar, mientras esa misma noche los gñadiadores son agasajados por el editor con lo que será para muchos su última cena.
Nunca fui amante de espectáculo tal, pero recuerdo, como una pesadilla, que asistí el pasado año, en Itálica, a mis primeros y, tal vez los dioses me asistan, mis últimos ludi gladiatorii. A una hora determinada llegó el gobernador de la Bética y todos sus acompañantes, en tanto los músicos ocupaban su lugar, en medio del abucheo general, a pesar de que el gobernador saludase con amplía sonrisa, como si el griterío, a su parecer, fuera trocado por aplausos de beneplácito. Sonó la música y los participantes desfilaron hasta llegar a la tribuna presidencial y todos pudimos oir la famosa y repetida frase: “Ave Caesar, morituri te salutant!“. En ese momento mis entrañas quedaron cogidas por terrible pinza, sensación que me duró varios días.
A continuación procedióse al sorteo de emparejamiento de los luchadores, que comenzaron su calentamiento, tratando de llamar ya la atención del público. A un nuevo y sonoro toque de trompetas, comenzó la lucha y el estruendo de ánimos e insultos por parte de los espectadores que, ¡oh Júpiter tronante!, querían sangre a toda costa. Pude ver diferentes tipos de lucha y gladiadores: los samnitas, con escudo rectangular y espada corta; los tracios, con escudo redondo y puñal; los murmillones, que llevaban un casco con una cresta en forma de pez. A ésto se enfrentaban los retiarios, armados con red y tridente. Otros peleaban con lanzas, a caballo o sobre carros. Fueron momentos de angustia. Unos corrían sangrando para esquivar más golpes, otros eran azuzados a latigazos para que volvieran a combatir, pues estaban atemorizados. Por doquier salpicaba la sangre. Cuando uno tenía en el suelo a otro vencido, reclamaba la opinión de los espectadores y, entre la división de opiniones, el presidente de los juegos decidía la vida o muerte del perdedor y, pocas veces, salvó alguno la vida. Entre tanto, los esclavos retiraban al muerto y el vencedor recogía los aplausos del público, dando una vuelta triunfal al anfiteatro.
Pasada esa parte de los juegos, creí no poder contemplar horrores mayores, pero he aquí que, de repente, levantan unas tablas de la arena y aparecen unos enormes huecos inundados de agua a los que arrojan sendos barcos. Todo estaba preparado para la naumaquia. Aquí, por Cástor, la mortandad fue mayor y más rápida. Los navegantes de una y otra nave, simulando una batalla naval, no simulaban, empero, las muertes. Pronto el charco de agua convirtióse en enorme lodazal de sangre. No pude resistir más y abandoné el escenario del horror. No obstante mi atento amigo Cecilio, que me acompañaba, tuvo a mal contarme el resultado final de los juegos.
Una vez tapado el charco, comenzaron las luchas de hombres contra fieras (bestiarii) y las peleas de animales entre ellos (venationes). Tras ello se pasó a ejecutar algunos condenados a muerte arrojándolos a las fieras (condemnati ad bestias) por si el público aún no había quedado satisfecho de sangre. Tuve que pedir al bueno de Cecilio que no continuase. Para mí ya era bastante con lo que, a ratos, pude contemplar “in situ”. Os juro por Apolo que nunca olvidaré semejante visión, por más que ilustres personajes como Plinio hayan alabado estas demostraciones.
Por ello, en estos días de mi estancia en la augusta Mérida, no he osado siquiera llevar mis pasos al anfiteatro, por muy cerca que se encuentre situado de mi querido teatro. Ya desde el mismo me ha parecido oler en alguna ocasión la sangre, a no ser que mi nariz se encuentre impregnado de su nauseabundo olor desde mi experiencia en Itálica.