El mejor 10 nacido en talcahuano
Apenas tenía 8 años cuando su talento hizo detener entrenamientos en la cantera de Huachipato. Zurdo, ágil y atrevido, Sandro Navarrete, jugaba como si el balón fuera una extensión de su cuerpo. Los goles de media distancia, los regates imposibles y hasta sus cabezazos (pese a su estatura) hacían que los hinchas lo vieran como un fenómeno en potencia.
A los 16 debutó en el primer equipo acerero y no tardó en hacerse notar, sobre todo por su especialidad: los penales largos, esos tiros desde fuera del área que solo los más técnicos sabían ejecutar. Sandro era un maestro en eso. Su zurda tenía precisión quirúrgica.
En 1987 brilló en el Mundial Sub-20 con la Roja, compartiendo vestuario con futuras estrellas como Fabián Estay, Lukas Tudor y “Heidi” González. Pero como ocurre con muchos genios, su luz en la cancha vino acompañada de sombras fuera de ella. Tras el mundial, fue cedido a Unión Española, donde jugó con José Luis “Coto” Sierra. Aunque dejó destellos de su talento, su carácter difícil y problemas de disciplina empezaron a pesar más que sus goles.
Volvió a Huachipato, luego pasó por clubes menores, y terminó jugando en Iberia, en la Tercera División. Allí sufrió su caída más dura: un positivo por cocaína que lo alejó de los reflectores. Pero no se rindió.
Naval, entonces Deportes Talcahuano, le dio una segunda oportunidad. Volvió a su ciudad con humildad, entrenando en canchas de tierra y con lo justo. “Lo único que quiero es alegrar a la gente de mi tierra”, decía con orgullo.
Pero el destino le jugó otra mala pasada: en un viaje al norte volvió a escaparse de la concentración. Fue el adiós definitivo al profesionalismo. Aun así, siguió jugando en equipos de barrio, donde su zurda seguía encantando.
Hoy, Sandro Alejandro Navarrete Medina es recordado en Talcahuano como un ídolo distinto. Un talento natural que hizo soñar a muchos, y cuya historia con luces y sombras aún vive en la memoria de quienes lo vieron brillar.