Los primeros hinchas de Huachipato nacieron junto con la propia historia del club. Desde la fundación de los seccionales en 1947 y la creación del Club Deportivo Huachipato, fueron las familias de los trabajadores y los vecinos quienes comenzaron a acercarse a la cancha de Gaete, dando vida a los inicios de la hinchada acerera.
Durante la década de 1960, el fútbol chileno aún vivía una etapa de inocencia. Las barras organizadas, como las conocemos hoy, eran inexistentes. La mayoría de los asistentes a los estadios eran simples amantes del deporte, personas que iban por la emoción del juego, sin mayores banderas que la del fútbol mismo. Pero, poco a poco, comenzaban a surgir los primeros indicios de identidad, amor por los colores y lealtades que marcarían a generaciones.
En este contexto nacía la historia de Huachipato, un club joven, pero con una hinchada que comenzaba a gestarse con fuerza. Fue en esos años cuando gracias a la construcción del estadio: Campos deportivos Huachipato o "Las Higueras" apareció lo que podría considerarse la primera “barra” acerera: un grupo de entusiastas vecinos de Hualpencillo, quienes subían al cerro, llevando con ellos su aliento, sus ganas y una incipiente pasión que pronto se transformaría en tradición.
No existían bombos ni cánticos ensayados. Lo que sí había era carisma. Y fue precisamente el carisma lo que llevó a surgir a los primeros animadores espontáneos del tablón dentro de los asistentes quienes ingresaban al estadio. Uno de los más entrañables fue un personaje apodado simplemente “El Gordito”, un verdadero showman del aliento.
Con cada paso que daba alrededor de la pista del Estadio Las Higueras, el público lo seguía con un grito marcado: “¡HUA-CHI-PA-TO!”, acelerando el ritmo a medida que avanzaba imitando el paso de un tren recorriendo asi toda la pista atletica del estadio. Su desfile era una ceremonia, una liturgia del aliento. Pero no se detenía ahí: también vendía banderines, organizaba rifas de balones y, para coronarlo todo, se disfrazaba según el rival de turno. Se convertía en pirata para enfrentar a Coquimbo Unido, en cura para medirse con Universidad Católica, y en árabe cuando el rival era Palestino. Con chistera y bastón, como lo describía una crónica de la época, “salía el hombre que hace gritar a la barra de Huachipato con sus pasos marciales”.
Así eran aquellos años: espontáneos, alegres y profundamente humanos. No existían líderes de barra. Ya en los años setenta, comenzaría a tomar forma lo que se conocería como las “Barras Oficiales”, organizaciones que buscarían canalizar ese fervor en forma más estructurada. Pero todo comenzó ahí, en los cerros con gente de Hualpencillo, entre disfraces, cánticos, vino y carcajadas.
Ahí donde la pasión por Huachipato dio sus primeros pasos.