“Un sueño roto”
Andreea Raducan. Rumania. (1983)
En la ciudad de Barlad en Rumania, una pequeña e inquieta niña llamada Andreea juega y no para de saltar mientras disfruta de helados caseros con caramelo que le hace su madre.
Notando su energía y gusto por el movimiento, los padres la inscriben en uno de los pocos deportes que se realizan en su ciudad, la gimnasia.
A sus 12 años, participa en una competencia internacional en República Checa obteniendo tres medallas, en viga, salto y suelo. Allí es captada por entrenadores del equipo nacional, quienes la llevarían a pasar largas horas en el gimnasio, entre el polvo del magnesio, los aparatos, las colchonetas y con una exigencia desconocida hasta entonces para ella.
Comprende el nivel de disciplina y esfuerzo que requiere desarrollar todas sus habilidades.
Finalizado el período de entrenamiento en el equipo, se mudan al espectacular centro Olímpico de Deba, para continuar su carrera de atleta.
Allí se encuentra con las mejores gimnastas del país y con dos expertos entrenadores que como ella misma dice, “eran dos artesanos que las convertirían en campeonas"
Los entrenamientos eran de ocho horas diarias, intercalados con la escuela y la tarea. A veces estaba tan cansada y dolorida que sentía que su cuerpo estaba hecho de trapo.
Con 16 años, llega a los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 representando a Rumania. Ha destinado toda su energía para ser la mejor.
La competencia avanza, y junto con sus compañeras de equipo, María Olaru y Simona Amanar sueñan con clasificar para la general individual.
El desafío es cada vez mayor, y es en la última rotación, donde Andreea supera el puntaje mínimo, llevándose el oro.
De esta forma, las rumanas conseguían un podio histórico, ocupando los tres primeros puestos.
La emoción, el esfuerzo de tanto tiempo, la alegría y el himno de su país las llenaron de orgullo y lágrimas en los ojos. Lucían felices sus medallas de oro.
Pero ese sueño, solo duró tres días.
Inmediatamente después de su actuación, Andreea es llamada al control antidopaje. Ahí comenzaría su pesadilla.
Antes de la final de suelo y viga, con un fuerte dolor de cabeza y resfriado producto del cambio de temperatura que sufría en Australia, el médico del equipo le suministra Nurofen.
Andreea que ya venía deshidratada por el nerviosismo y el agotamiento físico de las pruebas, no quería sufrir molestias en su estómago al competir, por lo que decide tomar el medicamento con muy poca agua. Con sólo 37 kg de peso corporal, la concentración de ese medicamento en sangre, superaría lo permitido por la Agencia Mundial Antidopaje y el Comité Olímpico Internacional.
El Comité de Investigación entendía que Andreea era inocente, pero que el reglamento debía respetarse, concluyendo de esta forma, que había sido un error en la práctica médica, retirándole el título de campeona olímpica y la medalla.
También suspenden del cargo al médico del equipo por las siguientes dos ediciones olímpicas.
En apoyo a la gimnasta, sus seguidores llenaron las calles con banderas y pancartas.
Pero el podio se deshizo igual. La gimnasta china Liu Xuan tomaría ahora el tercer puesto, María Olaro y Simona el segundo y primer puesto respectivamente.
Ninguna de las tres accedió a repetir la ceremonia de premiación por respeto a Andreea y en protesta a la decisión final del Comité Olímpico Internacional. Todos consideraban que ella era la campeona.
Andreea dijo: “Perdí mi medalla, pero sé que me pertenece, lo que me tomé fue una pastilla para el resfriado que no me ayudó a competir, al contrario, me hizo sentir mareada.
Estoy en paz con mis logros”.