Michael Phelps. EEUU, 1985.
“El tiburón de Baltimore”
Michael Phelps es uno de los nadadores olímpicos más rápidos de todos los tiempos, condecorado por haber ganado un total de 28 medallas olímpicas de las cuales 23 son de oro.
Solo era un niño cuando le diagnosticaron trastorno por déficit de atención con hiperactividad, le era difícil concentrarse y mantenerse “quieto” en clase.
Comenzó a nadar a la edad de siete años, encontró en el agua una forma de canalizar su ansiedad y poco a poco enfocarse en sus objetivos.
Su entrenador notó que Phelps era competitivo y que se manejaba con soltura. Comenzó corrigiendo sus movimientos en busca de la técnica más efectiva, basando el entrenamiento en generar una base aeróbica.
Nadie podía igualar su velocidad y técnica, batiendo récords en los estilos mariposa y libre, sorprendiendo a todos con su destreza.
Los científicos del deporte se interesaron en estudiarlo, montaron cámaras subacuáticas y por encima del agua para filmarlo con precisión.
Observaron que ondulaba su cuerpo en forma suave, desde el pecho hasta los pies, manteniendo la tensión y firmeza tal cual lo hace un delfín. Se deslizaba sin ofrecer resistencia, sin generar turbulencias. Aprovechaba la salida del cubo y cada vuelta nadando por debajo del agua a una mayor profundidad y el doble de distancia que sus rivales.
La natación lo había moldeado y sus características físicas lo hacían invencible en el agua.
Phelps era alto y liviano, con tobillos muy flexibles. Sus pies eran tan grandes que parecían patas de rana, calzando entre 46 y 48.
Su envergadura era mayor que su altura, su espalda muy amplia, sus manos y brazos tan largos, que le permitía tener un impulso extra en cada una de sus brazadas. Todas sus articulaciones eran muy elásticas.
En sus duros entrenamientos se enfrentaba a seis horas de práctica por día, cubriendo una distancia de 13 km de nado en cada sesión de trabajo.
Para asegurarse de no perder peso, consumía muchas calorías.
Su desayuno consistía en tres sandwiches con huevos, queso, lechuga y tomate, un plato de avena, tres panqueques con dulce y dos tazas de café.
El almuerzo incluía medio kilo de pastas, dos sandwiches de jamón y queso más bebidas energéticas, y al término del día completaba su dieta con pizza, medio kilo de pastas y bebidas energizantes.
Con solo 19 años llegaba a la cúspide de su carrera. Tanta exigencia y éxito deportivo lo confunden, pierde el rumbo entre los excesos, la noche y el alcohol. Sus días se transforman, la lucha contra sus propios miedos y soledad lo llevan a una profunda depresión.
Es con el tiempo, mucha fuerza de voluntad y su espíritu competitivo que logra superar esta etapa, reflexionando acerca de su vida para expresarle al mundo: “Quiero mirar atrás al final del año y decir: Hice todo lo que pude sin importar si gano o no medallas. Si pudiera decir eso, entonces tendría éxito.”
Michael Phelps