“Un proyecto inclusivo”
Soy Clara, profesora de Educación Física y Técnica en Voleibol. Les contaré en estas líneas, una historia de superación, resiliencia y entrega.
Vivo en una ciudad que cuenta con un pequeño y acogedor municipio, que tiene como valores fundamentales promover la cultura, el deporte y la inclusión entre otros.
Tiempo atrás, presentamos un proyecto para involucrar en el área deportiva a todas aquellas personas con capacidades diferentes. Deseábamos formar un plantel para competir en voleibol sentado, una categoría dentro de los deportes paralímpicos.
Se trata de una práctica similar al voleibol convencional, con la diferencia de que los jugadores se desplazan todo el tiempo sentados dentro de la cancha. Al momento de tocar la pelota, sus glúteos deben estar en contacto con el suelo.
Para dicha causa, nuestro municipio se comprometía a dejar el estadio totalmente renovado. Las obras involucraban diferentes aspectos como mejorar la accesibilidad con rampas y ascensores para sillas de ruedas, barandas, nueva iluminación y acondicionamiento de las áreas verdes.
Uno de los principales gimnasios sería destinado a la práctica de este deporte, adecuando las gradas y pintando las líneas del terreno de juego, de diez metros de largo por seis metros de ancho. Una red al ras del piso separaba la cancha a la mitad. El suelo debía conservarse muy liso permitiendo los deslizamientos y evitando lesiones.
Una vez aprobado el proyecto, dimos difusión en las redes sociales y con un impresionante cartel en el campo deportivo se lanzó el esperado evento.
Los entrenamientos comenzaron con cuatro sesiones por semana. Eran bienvenidas todas aquellas personas a partir de los 12 años y sin límite de edad.
Como requisito para integrar el equipo, los deportistas debían ser evaluados por un médico deportólogo. Dependiendo del nivel de las funciones afectadas en su cuerpo, podían ser clasificados en dos categorías: vs1 donde se encuentran los más afectados, con patologías visiblemente comprobables y muy severas; y vs2 con afectaciones mínimas.
Testigos de ello, quedarían plasmados en nuestro registro de inscripciones, casos como el de Lorena que por sufrir un accidente de tránsito tenía amputada su pierna derecha, Oscar que debido a una lesión en su cerebro tenía dificultad para coordinar movimientos musculares y Alicia con secuelas en su caderas y rodillas.
Conforme pasaba el tiempo, cada entrenamiento se convertía en un espacio de conquista y superación. A pesar de las dificultades e impedimentos, con esfuerzo, respeto y disciplina se iban superando los obstáculos.
No importaba si llovía, hacía frío o calor. A la práctica no se faltaba. Contábamos con un excelente equipo de profesionales conformado por preparador físico, técnico y fisioterapeuta.
Las clases eran intensas, cada vez puliamos más la técnica de los fundamentos, alcanzando explosivos remates, saques fuertes y precisos.
Poco a poco se fueron asimilando las principales reglas de juego, muchas de ellas similares al voleibol convencional.
Un equipo de voleibol sentado está integrado por seis jugadores, cinco de los cuales poseen discapacidad muy severa y uno mínima discapacidad .
Cada equipo dispone de tres toques antes de que la pelota pase al campo contrario. Para anotar un punto, la pelota debe tocar el suelo del rival. Cada vez que se anota un punto, se rota.
El jugador que realiza el saque, debe situarse con sus glúteos detrás de la línea de fondo. El saque puede ser bloqueado en la red por el equipo contrario.
Todos los partidos se juegan al mejor de cinco sets y a veinticinco puntos. En el caso de llegar al quinto set, éste se jugará a quince puntos.
Con el tiempo, los meses se convirtieron en años. Juntos compartimos sueños, luchamos por alcanzar metas y nos apoyamos por encima de todo.
Nuestra dedicación y trabajo nos permitió alcanzar un nivel de excelencia. Para el próximo año, habíamos obtenido un lugar para participar en el Torneo Nacional.