Consagración y santidad
Las pruebas no tienen como objetivo destruir la fe, sino revelar su autenticidad.
Así como el oro es purificado para quitar sus impurezas y mostrar su verdadero valor, las presiones que enfrentamos exponen a quién pertenecemos realmente.
Los creyentes a quienes Pedro escribe vivían bajo presión social, económica y familiar por causa de Cristo. Sin embargo, en medio de ese contexto, el llamado no fue primero a resistir, sino a vivir en santidad.
“Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir.”
1 Pedro 1:15–16
La santidad no es solo conducta externa.
Es evidencia de pertenencia.
Muestra quién es nuestro Dueño.
Este llamado se conecta con la decisión que Josué presenta al pueblo en Siquem, un lugar marcado por pactos y decisiones espirituales: allí Abraham recibió la promesa y Jacob enterró los ídolos. No era un lugar casual, sino un sitio de definición espiritual.
“Escogeos hoy a quién sirváis…”
Josué 24:15
No existe neutralidad espiritual.
Cada día afirmamos con nuestras decisiones a quién pertenecemos.
La santidad no es solo pureza moral.
Es lealtad de pacto.
Es vivir de manera coherente con Aquel que nos llamó.
Preguntas para reflexionar:
• ¿Mi relación con Dios es de pertenencia total o de conveniencia parcial?
• ¿En qué áreas digo “¿Señor”, pero vivo como si yo fuera el dueño?
• Si Dios no gobierna completamente mi vida, ¿quién lo está haciendo?
• ¿Qué decisión, hábito o lealtad ha funcionado como una ruptura de pacto entre Dios y yo?
• ¿Qué estoy intentando conservar que Dios me está pidiendo rendir?