Las enseñanzas compartidas en este tiempo nos recordaron una verdad fundamental: la consagración comienza en lo personal. Dios llama primero a cada vida de manera individual, a rendirse por completo y a volver al primer amor. Es en la intimidad con el Señor donde nace la decisión de apartarse, de obedecer y de vivir en santidad.
Pero esa entrega personal no queda solo en lo íntimo. Cuando una vida se consagra, su testimonio alcanza su hogar. La consagración verdadera se refleja en la familia, en las decisiones diarias y en el anhelo de preparar el lugar para que Su presencia pueda habitar en cada casa. Así, Dios va formando hogares que le honran y familias que responden al llamado de vivir apartadas para Él.