Efesios 5.8 RVR60
Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz
I Corintios 12 RVR60
a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Señor de ellos y nuestro
La palabra consagración proviene del latín y deriva del verbo consecrare, que significa «hacer sagrado» o «santificar»
Cada uno de los relatos de consagración de la Biblia tiene algo en común: todos ellos son precedidos por un encuentro personal con el Dios Santo. Algunos ejemplos clave pueden ser Moisés, Isaías y Pablo, entre otros. Este suceso previo es de suma importancia, puesto que la consagración es el resultado de haber sido marcados por la santidad de Dios. Debemos hacer una distinción entre este suceso -que es efectuado una vez y para siempre- y la consagración que debe ser llevada a cabo a lo largo de nuestras vidas.
Tomemos brevemente el ejemplo de Pablo: camino a Damasco, él experimenta la santidad de Dios como nunca antes lo había hecho, este suceso es el que lo lleva a decir «¿Qué quieres que yo haga?» (Hch 9:3-6).
El hecho de hacer de nosotros algo «sagrado» o «santificarnos» es una acción llevada a cabo, principalmente, por la iniciativa y el poder de Dios (Fil 2:13), pero que también requiere de nuestra voluntad. Dios quiere que seamos plenamente santos (1 Tes 4:3), que esta santidad sea nuestra identidad y manera de vivir; es por esa iniciativa que nos da su Espíritu, el cual nos capacita plenamente para ello.
Sin embargo, el Espíritu Santo no anula nuestra voluntad, sino que tanto la nuestra como la suya deben trabajar conjuntamente. ¡Dios nos hace partícipes de su obra santificadora! Bíblicamente, podemos hallar esta idea en aquel reiterado llamado de Dios a todos sus hijos a ser santos. El hecho de que la santidad sea también un «llamado» implica que apela directamente a nuestra voluntad, pero sin poner en duda nuestra identidad. Posicionalmente, delante de Dios ya fuimos santificados (nuestros pecados fueron quitados); precisamente a lo que Dios nos llama es a comportarnos de acuerdo con nuestra nueva identidad en Cristo. En estos términos, parecería que estamos hablando de algo lógico, y lo es (Rm 12:1): si he experimentado la santidad de Dios, lo coherente sería que me comporte de acuerdo a lo que Él hizo en mí. Aun así, muchas veces el hecho de poseer una «santidad asegurada» es lo que utilizamos como excusa para actuar ilógicamente.
Preguntas para reflexionar
¿Qué aspectos de tu "forma de andar" actual entran en conflicto directo con la identidad que Dios ya te otorgó?
¿Has confundido la gracia de Dios con una licencia para postergar tu crecimiento espiritual?