Dios es santo.
Su santidad no puede convivir con el pecado.
Él es sin error, sin mancha y perfecto.La Palabra lo declara tres veces santo:
Santo, santo, santo es el Señor.
Este es el único atributo de Dios que se repite tres veces, mostrando que Su santidad es suprema y por encima de todos Sus demás atributos.
Su presencia purifica y también consume todo lo que no es conforme a Él.
Cuando Dios se manifiesta, nada permanece igual: limpia, confronta y transforma.
En Hechos 9:1–6 vemos cómo Pablo tuvo un encuentro con la santidad de Jesús.
Ese encuentro lo derribó, lo confrontó y cambió el rumbo de su vida para siempre.
En Hechos 15:16, Dios promete restaurar y levantar lo caído.
Pero la restauración comienza cuando hay rendición y un corazón dispuesto a ser limpiado.
Por eso, somos llamados a morir a nuestras propias vidas para vivir para Dios y para Su gloria.
Solo en una vida rendida y consagrada puede manifestarse plenamente Su santidad.