Bebedor de vino
-oinopótés-
«Vino Juan el Bautista, que no comía ni bebía, y dijisteis: "Está endemoniado". Viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: "Ahí tenéis a un comilón y a un borracho (oinopótés), amigo de los publicanos y pecadores"» (Lc 7,33-34).
¿No supone una irreverencia este apodo de «bebedor de vino»?
¿Cómo es posible que lo hayan conservado dos evangelistas y que pueda añadirse a los graves y solemnes títulos que la Escritura y la teología le han ido dando a lo largo de los siglos: Señor, Hijo de Dios, Primogénito de entre los muertos, Imagen, Segundo Adán, Hijo del hombre...?
Frente a Juan Bautista, aquel hombre de desiertos, austeridades, ayunos y palabras sobrecogedoras, a más de uno debió de escandalizarle la facilidad de Jesús para hacer amigos, rodearse de gente, caminar en compañía, aceptar invitaciones compartir mesa y mantel con todo tipo de personas.
Si escribimos en el buscador las palabras «vino» y encontraremos muchas páginas de diferentes procedencias en las que predomina un tono severo y restrictivo y en las que abundan los textos que previenen sobre sus peligros:
«Ni tú ni tus hijos debéis beber vino ni licor cuando entréis en la Tienda de reunión, pues de lo contrario moriréis. Este es un estatuto perpetuo para tus descendientes» (Lv 10,9);
«Ningún sacerdote deberá beber vino cuando entre en el atrio interior» (Ez 44,21);
«No te juntes con los que beben mucho vino ni con los que se hartan de carne, pues borrachos y glotones, por su indolencia, acaban harapientos y en la pobreza» (Prov 23,20).
Ponen de modelo, por el contrario, al grupo de los nazareos, una venerable institución de Israel cuyos miembros se abstenían de vino y de bebidas fermentadas (Nm 6,3). Sin embargo, a pesar de las sospechas en torno al vino y sus peligros, los comentaristas reconocen un poco a regañadientes:
«La Escritura no necesariamente prohíbe a un cristiano beber cerveza, vino o cualquier otra bebida que contenga alcohol, pero sería extremadamente difícil para cualquier cristiano decir que está bebiendo alcohol para la gloria de Dios». Y aparece esta perla interpretativa: «Jesús probablemente bebía vino de vez en cuando. En aquellos tiempos, el agua no era muy limpia y estaba llena de bacterias, virus y todo tipo de contaminantes. Como resultado, la gente a menudo tomaba vino porque era menos probable que estuviera contaminado» (!).
El texto de Lucas, que también aparece en Mateo, nos hace concluir que Jesús no era un nazireo, sino que más bien heredaba una corriente de tradición para la que el vino es un signo de las bendiciones de Dios:
«El Señor te amará, te multiplicará y bendecirá el trigo, el vino y el aceite, y las crías de tus ganados y los corderos de tus rebaños...» (Dt 7,13);
«Podrás comprar lo que más te guste: ganado, ovejas, vino u otra bebida fermentada, y allí, en presencia del Señor tu Dios, tú y tu familia comeréis y os regocijaréis» (Dt 14,26);
«¡Anda, come tu pan con alegría! ¡Bebe tu vino con buen ánimo, que Dios ya se ha agradado de tus obras!» (Ecl 9,7);
«¿Qué vida es cuando falta el vino, que fue creado al principio para alegrar?» (Eclo 31,33).
Si el vino era un componente esencial en cualquier banquete, ¡cuánto más en el que prepara el Señor para el fin de los tiempos: «un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares enjundiosos, vinos generosos...» (Is 25,4-6)! La fiesta se estaba anticipando cuando en Caná hizo Jesús su aparición junto con sus discípulos. ¿Era una fiesta de bodas el lugar más adecuado para una iniciación al discipulado? Cualquier maestro habría preferido una escuela rabínica o una vida disciplinada y seria, lejos del bullicio y las distracciones de un pueblo o una ciudad. Aquel no parecía un lugar conveniente para alguien de quien decían que era un profeta: ni Amós ni Isaías ni Jeremías habían participado nunca en festejos de ese tipo.
¿Qué hacía aquel galileo itinerante interviniendo para que el vino que se sirviera al final fuera el mejor que el sumiller había probado en toda su vi-da? (Jn 2,1-13)
¿Y por qué se le verá más tarde a sus anchas, sentado en la hierba y rodeado de la gente que le había seguido y que en ese momento descansaba y comía el pan y pescado que él les repartía? (Jn 6,1-15).
Un proverbio sentenciaba: «El que ama el placer se quedará en la pobreza; el que ama el vino y los perfumes jamás será rico» (Prov 21,17); pero él, cuando algunas mujeres imprudentes y atrevidas le ungieron con perfume, en vez de apresurarse a lavarse y purificarse, dejó que su túnica, sus pies y su cabeza quedaran impregnadas de un penetrante olor a nardo... (Mc 14,3-11; Jn 12,1- 11; Lc 7,36-50).
Era evidente que amaba esta vida nuestra: sus gentes, su proximidad, su conversación, sus manjares, sus vinos, sus perfumes, sus fiestas, sus paisajes. «Así es vuestro Padre», parecía decir: «desea vuestra compañía, os hace sitio en su mesa, os ungirá con óleo, hará rebosar vuestra copa... Veníos conmigo, dejadme conduciros a Su casa, confiad en mí: yo sé cuáles son los caminos que conducen a ella. Trabajad para que ninguno de vuestros hermanos quede excluido del banquete y todos puedan darle gracias y bendecirlo».
Un día mantuvo una discusión con un grupo de fariseos que le reprochaban que ni él ni sus discípulos practicaran el ayuno: «¿Cómo pueden ayunar los amigos del novio mientras el novio está con ellos?», les contestó (Mc 2,19). ¿No estaba queriendo decir que el banquete mesiánico había comenzado y que él mismo era el Novio? ¿No significaba que, para quien se acercaba a él, lo divino y lo humano, el más allá y el aquí, el cielo y la tierra, cesaban de oponerse? Y si esto es así, ¿por qué hablaba tanto de la puerta estrecha (Mt 7,13), de perder la vida para ganarla (Mc 8 35) y del grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto Oh 12,24)? ¿Por qué aquel final suyo tan tremendo de pasión, azotes, corona de espinas y cruz? Es que le importábamos nosotros más que su propia existencia; y si, para que tuviéramos vida —y vida abundante—, él tenía que perder la suya, nada ni nadie podía «distraer» ni detener su amor. El amor de quien se ha sentado a nuestra mesa y ha compartido con nosotros el vino nuevo del reino.
-Palabras de otros viajeros-
«¡Gran copero,
que con un solo vaso de vino
embriaga a doscientos hombres de setenta años!
Llenó una copa que me dio a beber
y, tras apurar por completo esa copa pura,
caí ebrio en el polvo.
Ahora, ni estoy en mí ni no estoy;
no estoy consciente ni lánguido ni ebrio.
A ratos,
Como Sus ojos,
estoy alegre.
A ratos, Como Su cabellera,
me siento alborotado.
A ratos,
por mi indignidad,
me hundo en la ceniza.
A ratos,
por Su rostro,
estoy en el jardín».
(M. SHABESTARI)
DOLORES ALEIXANDRE
Libro: Escondido centro.