Por: Alessandro Cárdenas
Ley Sumisa: Crítica al nuevo modelo bicameral
El Perú tendrá de nuevo un congreso bicameral después de 34 años, y el debate no se centra en una expectativa esperanzadora, sino en un intenso escepticismo. Para una parte importante de la ciudadanía, el retorno del Senado no representa una oportunidad para fortalecer la democracia, sino la ampliación de una institución con una credibilidad que se encuentra en caída libre.
Algo que se debe indicar, es que la degradación en la confianza institucional no es algo exclusivo del Perú, sino una tendencia internacional, pero dentro de ese escenario el Perú es un caso sumamente particular. La evidencia internacional muestra que la confianza en las instituciones democráticas atraviesa un momento complejo incluso en democracias consolidadas. La Encuesta de la OCDE sobre los factores que impulsan la confianza en las instituciones públicas advierte una tendencia persistente de debilitamiento en el respaldo ciudadano hacia gobiernos y parlamentos en diversos países. Dentro de todo ese contexto geopolítico, nuestro país evidencia algo particularmente preocupante: mientras otras democracias enfrentan una reducción gradual de la confianza, el Perú parte desde niveles excepcionalmente bajos durante la última década, y continúan decayendo. Los resultados más recientes de la OCDE muestran que cerca del ochenta por ciento de la población observa con desconfianza al parlamento, al gobierno central y a sus autoridades en general.
Durante la última década, la relación entre la ciudadanía y sus instituciones se ha deteriorado enormemente, sobre todo durante el último quinquenio. El Congreso arrastra una crisis de legitimidad que parece permanente, y dentro de esa realidad, se reafirmó la distancia del poder político con el ciudadano aprobando un proyecto bicameral que fue rechazado con un 84% de desaprobación, después que el presidente autor del proyecto alentara a la ciudadanía a votar en contra de la reforma, luego de denunciar que el congreso había modificado de tal manera esa iniciativa, que iba a resultar mucho más perjudicial que beneficioso. El parlamento en su conjunto justificó la aprobación de la reforma pese ser muy impopular, argumentando que la bicameralidad iba a ofrecer un mayor equilibrio de poder como resultó ser antes de 1993. Dentro de este contexto la ciudadanía se cuestiona: ¿La bicameralidad nos va a ofrecer algo mejor que la unicameralidad? ¿Que podemos esperar de esta reforma, y bajo qué reglas va a jugar este nuevo parlamento? ¿Hemos recuperado la bicameralidad que teníamos antes del 93, o este modelo es otra cosa diferente? ¿Este modelo va a desconcentrar el poder, o hará justo lo contrario?.
Lo curioso es que este nuevo parlamento se parece mucho menos al modelo pasado de lo que podrías pensar.
El anterior parlamento bicameral ofrecía un sistema equilibrado de poderes, determinando que ambas cámaras podían ser “Cámara de orígen” o “Cámara revisora”, que se refiere a que ambas pueden presentar iniciativas legislativas y revisar los proyectos de la cámara opuesta. Dentro de esa distribución más simétrica del poder, la cámara baja y alta se basaban en un mismo reglamento parlamentario general, donde se señalaban sus competencias y limitaciones, donde la cámara de diputados podía promover censuras, interpelaciones a ministros, acusaciones constitucionales. proyectos de ley y la cámara de senadores podía filtrar esas acusaciones, impulsar proyectos legislativos propios, colocar al contralor y ratificar tratados, estados de excepción entre otros actos constitucionales. Dentro de toda esta distribución de poder, existia el equilibrio más relevante de todos, que esta directamente relacionado con el propósito del parlamento: La legislación era mucho más meditada. Ambas cámaras podían impulsar proyectos, y la otra al revisar, podía aprobar, rechazar o modificar, y en caso fuera modificada la norma, el proyecto retornaba a su cámara de orígen hasta llegar a un acuerdo, todo para preservar el espíritu o propósito original del proyecto de ley.
Lo que vamos a tener ahora es un modelo muy distinto, con un marco normativo general para todo el parlamento, pero con otro adicional para cada cámara por separado. El senado ahora tiene un poder que la cámara baja no posee, que es modificar el reglamento que rige sobre sí misma. La cámara de diputados en este contexto ya se queda muy atrás pero se le añade que la cámara alta podrá elegir a los miembros del TC, al contralor, al defensor del pueblo, y será la única cámara revisora, donde ahora no es necesario que retorne el proyecto a la cámara de orígen, ya que puede ser subida al ejecutivo sin necesidad que la cámara de origen preserve el propósito original de su proyecto.Todas estas reformas le designan un protagonismo indiscutible al Senado, sumado a que conserva sus competencias originales como supervisar actos normativos del Ejecutivo, como decretos de urgencia, decretos legislativos, tratados internacionales ejecutivos y decretos emitidos durante regímenes de excepción, con el detalle adicional que el Senado no puede ser disuelto, incluso si se disuelve la cámara de diputados.
Lo que nos ofrece este nuevo modelo son pocas contenciones institucionales de poder dentro de la cámara del senado, lo que hará que el destino del país dependa de la mayoría que logre construirse dentro del parlamento, pero más específicamente en el Senado. Este escenario político solo nos dice lo que muchos ya podíamos intuir, que el poder está a la carta, a la disposición del mejor postor, de la fuerza política que logre convencer con argumentos o promesas de privilegios, logrando captar los votos suficientes para someter a la ley a sus afectos, a sus rencores o a intereses particulares, teniendo la capacidad de divorciar totalmente un proyecto de ley de su propósito original.
Al depender todo de pactos parlamentarios, todo se vuelve aún más incierto, ya que 5 de los partidos que conforman el parlamento, son recientes e inexpertos o ya tienen alguna experiencia en el congreso, pero han dejado rastro de una división interna muy prematura. Con partidos muy poco sólidos (a excepción del partido oficialista), se desconoce cuál será el poder real de la presidenta electa Keiko Fujimori, y cuál será el tipo de relación que tendrá con el parlamento. Quedan demasiadas dudas pero, lo que sí sabemos es que gracias a este modelo bicameral, las decisiones para el futuro de la nación van a depender mucho más de la solidez y de la negociación de los partidos, que del sistema perse, además de que habrán Esto puede lucir positivo para algunos y negativo para algunos otros, pero lo cierto es que en una democracia, donde ya hemos visto un sistema sin separación de poderes, sin respeto a la ley, al estado de derecho, a los derechos fundamentales, a contratos y ahora sin una buena distribución del poder, no permite que se respete al ciudadano ni a la voluntad popular. Lo que tenemos garantizado es que todo depende de la mayoría que se logré construir en el congreso, y ahora lo único que podemos esperar es que en esta torpe democracia, aún queden demócratas.