Raquel Lara Guadarrama, persona que ha sido testigo de la historia de México desde 1912, fecha en la que ella fue recibida con mucho amor por sus padres Máximo Lara y Jerónima Guadarrama; Raquel fue la hija mayor del matrimonio, tuvo a diez hermanos, pero 2 murieron cuando eran bebés.
Durante su infancia Raquel se dedicó a cuidar guajolotes, borregos y hacer mandados a sus vecinos; cuando cumplió siete años, se levantaba a las cinco de la mañana para moler nixtamal y después hacer tortillas, durante todo el día Raquel se la pasaba moliendo en diferentes casas y a cambio de ello, recibía tortillas para su familia.
Cuando acababa de moler, Raquel junto con su tía iban dos veces al monte, desde las seis de la mañana iban buscar leña, para poder quemar y hacer sus tortillas, regresaban para quebrarlas y después llevarlas a la casa de los papás de ella, llegaban y echaban un taco después se iban al monte por una nueva carga de leña. Raquel cuenta “yo le dije a mi difunta mamá que, yo ya no voy a buscar leña, porque ¡yo nada más yo! y como mi hermana que ya está más grande no la mandas a la leña.”
Raquel nunca fue a la escuela y platica: “cuando venían los soldados a juzgar aquí en la casa para la guerra, me escondían debajo de un petate, nosotros no nos acostábamos en cama, nos acostábamos en un petate y de ahí pues ya, llegaban y mi mamá decía que no tenía hijos, ni hijas, y se iban de ahí”.
Sin embargo, una ocasión su abuelita Petra la llevó en un tren con destino para Acámbaro, durante el viaje un cabo se dio cuenta que en ese tren iban viajando seis niños pequeños y entre ellos estaba Raquel y él tuvo piedad, porque ellos estaban muy chiquitos para ser asesinos, que ese no era el lugar para ellos y pidió que esos seis niños se regresaran para su casa: a pesar de ello, Raquel recuerda que los soldados iban matando gente por donde andaban: “yo vi unos que mataban y se escondían en una barranca así como a la altura de la mesa, todos se escondían, yo le dije a la difunta de mi mamá que estaba dura las soldaderas, tenían un puñal, que cuando veían a uno que alzaba su cabeza lo remataban y le quitaban su dinero”.
Con tan solo doce años, Raquel se casó con Placido Alcántara, quien fue su primer esposo: “nosotras hasta cuando nos venían a pedir nos íbamos con los hombres, porque aparte del chiquihuite y el pan que el pretendiente le llevaba a los papás, a nosotras nos traían una canastita de pan o galletas o lo que viniera en esa canastita que nos daban y un litro de alcohol y veinte litros de pulque eso era el pedimento”.
Del matrimonio de Raquel y Placido engendraron a su primera hija llamada Roberta. Por distintas circunstancias Placido emigró a la Ciudad de México para darles una mejor vida a su esposa e hija; tiempo después conoció a Teresa, persona con la que Placido engañó a Raquel.
Raquel con una bebé y con el engaño de Placido, tuvo que dejar a su hija con su abuela Jerónima para que ella pudiera ir a trabajar a la Ciudad de México. Pasó el tiempo y Roberta creció, hasta que un día Placido padre de Roberta regresó por ella y con engaños se la llevó dejando solo un tercio de maíz y cincuenta pesos; cuando Raquel se entera buscó desesperada a su hija Roberta, pero nunca la encontró y no supo más de su hija.
Sin embargo, con la pena que la embargaba de no saber nada de su hija, Raquel continuo con su vida, se fue de nuevo a la Ciudad de México, donde trabajó en una tortillería, pasó el tiempo y Placido la volvió a buscar para pedirle el divorcio pero Raquel se negó pues la unión que había hecho Dios los hombres no podían hacer nada; tiempo después, Raquel volvió a saber de Placido, pero esta vez una señora le fue a decir que fuera a enterrar a su esposo, pero Raquel ya no quiso saber nada de él, pues dijo que ya no tenía esposo, que Dios lo acompañara.
Raquel al convertirse en viuda, trabajó en la Ciudad de México, en donde volvió a ser engañada por el padre de su hija Victoria, pero aunado a eso Raquel no lo soportó porque tomaba mucho y él se fue con otra mujer; después conoció al padre de su tercer hijo Salvador, pero en esta ocasión él tenía familia, pasaron 20 años cuando la esposa golpeó a Raquel por haberse metido en su relación, pero Raquel respondía que no era cierto, en caso de ser cierto él estaría en la fiesta con ella.
Después Raquel tuvo a Ricardo, Amalia, Rosa y dos niños que murieron, como buena madre mexicana Raquel sacó adelante a sus hijos y ella ya no quiso saber nada de los hombres pues consideró que todos los hombres eran iguales y que no es necesario el apoyo de un hombre.
Raquel trabajó para sacar adelante a sus hijos pequeños mientras que los mayores tenían que ir a trabajar para poder ayudar con los gastos de la casa. Tiempo después sus hijas se fueron con sus esposos y sus hijos hombres se casaron, dejando a Raquel sola.
Con el paso de los años Raquel ha enterrado a cuatro de sus hijos, Roberta, Lucio y sus dos bebés, desde ahí la tristeza invade su corazón, pues al escuchar comentarios de su hija Rosa que “ella nació de una piedra y no de un ser vivo” le parten el corazón de madre, es por eso que Raquel vive en una soledad profunda.
Actualmente a Nita Quela a sus 108 años la podemos ver sentada en su jacal, acompañada de sus santos, orando y pidiendo por sus hijos y nietos que se encuentran lejos de ella; ya no espera a nadie, solo le pide a Dios unos días más de vida. Nita Quela como le dicen sus hijos y nietos nació en la pobreza, esta y la soledad se han convertido en su compañera inseparable.
Nací el 08 de agosto de 1966 en la comunidad de Agua Zarca Pueblo Nuevo, que por varios años perteneció al Municipio de San Felipe del Progreso, Estado de México; en la actualidad forma parte del municipio de San José del Rincón, (fundado en el 2003 por decreto del Estado), debido a la gran cantidad de familias que posee el pueblo, se creó el Barrio de Ranchería de Dolores, en donde actualmente radico.
Soy el quinto de 9 hermanos (cuatro hombres y cinco mujeres), mi mamá me contó que en total dio a luz a dieciséis criaturas, el resto fallecieron por diversas situaciones al momento de nacer, por enfermedad, mala alimentación o porque la bruja les chupaba la sangre. Tal es el caso de mi hermano mayor que se enfermó a los diez años por un padecimiento desconocido, lo llevaron al médico para hacerles algunos estudios, pero nunca le detectaron ningún malestar, no obstante, fue empeorando y por falta de dinero se dejó de acudir con el médico ya que se tenía que caminar durante dos o cinco días, haciendo escala en donde les agarraba la noche.
Posteriormente mis señores padres, optaron por llevarlo con personas que se dedicaban a las limpias con plantas medicinales, según ellos, mi hermano padecía una enfermedad maligna, que fue propiciado por una persona de la comunidad que tenía envidia y que frecuentaba mucho a la familia, les orientó que tuvieran paciencia, iban a hacer el esfuerzo para que se recuperara, porque la enfermedad estaba muy avanzada. Después de tres años no se veía que mejorara, finalmente falleció; en el momento de su muerte, entre las matas de flores que se encontraban afuera de la casa, salió un enorme gato, riéndose; subió al tejado dando un salto de alegría, pereciera que había cumplido su misión. Mi madre sufrió mucho la pérdida porque era el hijo mayor.
Recuerdo también que mis abuelos siempre nos aconsejaban que aprendiéramos las actividades que la familia realizaba, así también, obedecer y respetar a las personas mayores, brindar el saludo, porque nos decía que todos éramos hermanos como sociedad, y se empleaba la palabra en mazahua “kuarma” que en español significa “hermano”.
A la edad de 7 años acompañaba a mi abuelo para extraer la raíz de zacatón, (en las parcelas que se encontraban a 6 kilómetro aproximadamente), nos levantábamos a las 3:00 a.m para preparar las herramientas rudimentarias que se utilizaban para la actividad, tenían un nombre muy peculiar y se elaboraban manualmente tales como: la mochadera que servía para cortar la raíz de zacatón, la palanca que se utilizaba para extraer la planta, el gancho para desprender la tierra que la cubría. Todo aquello se cargaba en el burro, así como la comida (consistía en memelas hechas a mano, se le ponía salsa roja o verde, a veces se llevaba algún guisado de papas con charales y nopales).
Emprendíamos el viaje rumbo al lugar conocido como “sabaneta” -lugar en donde había mucho sembradío de la planta de zacatón- en el trayecto nos embargaba el silencio, pasamos en ríos con agua cristalina, montes tupidos con diferentes especies de árboles y arbustos. En ocasiones se escuchaba el aullido del coyote y el chillido del búho; mi abuelito me decía que no me espantara, porque el coyote era un animal muy inteligente y no ocasionaba ningún daño, mientras se le respetaba su forma de vivir, no destruir su madriguera, respetar sus críos y no hablar mal del él o de ella, ya que anunciaba cuando anochecía y amanecía.
El búho se le considera un ave poco amigable con la sociedad por su aspecto, el mensaje que lleva cuando acude a cantar cerca de los hogares, es anunciar alguna tragedia que le pudiera suceder a una familia o a la comunidad. Lo cual permitía hacer algún ritual para alejar los males y no sucedieran hechos lamentables.
Todo esto son algunos consejos que se daban en el trascurso del camino. Arribamos al lugar como a las 6:00 a.m., algunas personas ya se encontraban trabajando, nos saludamos con mucho respeto y amabilidad. A medio día, nos juntábamos todos para compartir los alimentos, después reanudamos las actividades. Así, llegaba la hora prevista de salir y retornar a nuestro hogar.
En el periodo del cultivo de las milpas, ayudaba en los trabajos, sembrando, el frijol, trigo, cebada, maíz, calabaza y habas que son algunos de los productos que se dan en la región. Se realizaba el cultivo de manera tradicional, con la coa y la yunta de reses, en este último caso, era utilizado el arado y yugo (todos elaborados a mano). La forma de trabajar y elaborar las herramientas los fui aprendiendo, para cuando tuviera más edad pudiese contribuir con las actividades de manera independiente.
A la edad de ocho años me inscribieron en la escuela, el principal el interés de mis papás era que aprendiera el español ya que no lo hablaba, únicamente me comunicaba en mi lengua mazahua. Transcurrió el año escolar, poco fue el aprendizaje por lo que mis señores padres tomaron la decisión de mandarme al internado ubicado en San Juan de Las Huertas aledaño a la ciudad de Toluca.
En esa ocasión me sentí muy triste y consternado por la noticia estaba acostumbrado a vivir con mis papas, mis abuelitos y mis hermanos, me sentía muy feliz estando al lado de ellos. En ocasiones, en las noches nos organizábamos para ir a cazar conejos, pájaros, tlacuache y otros animales y, al regreso prendíamos una fogata para asarlos. La obscuridad y el silencio, eran testigos de lo bonito que la pasábamos, además mi abuelito nos cantaba canciones en mazahua, recuerdo una de ellas que se llamaba “Nu ts’imború (El pastorcito)”.
Llego la fecha programada, un día lunes del mes septiembre de 1977, escuche el ruido de un vehículo que venía transitando por las veredas de las milpas, en aquellos tiempos no se contaban con carretera de terracería sino caminos improvisados, al interior venía el chofer y una persona que yo nunca había visto, esta última seria la guía para llegar al destino, me alisté al igual que mi papá y aborde el carro con mucho temor.
Durante el trayecto al internado, había momentos que me sentía triste y alegre, iba en un vehículo al que nunca había tenido la oportunidad de subirme, cuando arribamos a la ciudad de Toluca, mire por todos lados me parecía increíble ver tantas luces prendidas, bastantes vehículos que transitaba en el lugar y mucha gente que caminaban en las calles bien acondicionadas; recuerdo que llegamos al mercado y nos bajamos todos, la persona que era el guía nos llevó a cenar. Mi papá y yo nos secreteábamos en nuestro idioma porque no entendíamos nada de lo que hablaban, pidió dos órdenes de comida para nosotros, cuando terminamos de cenar nuevamente continuamos con nuestro viaje.
Llegamos al internado como a las 11:00 de p.m. bajamos del carro con mi equipaje y vi una construcción enorme, con un portón de gran tamaño en acabado de madera rustica, el guía toco varias veces, por fin le abrieron, la persona nos condujo hacia la dirección de le escuela, en donde estaba sentado un señor alto, robusto y mal encarado que era el Director de la Escuela Primaria Carmen Serdán, en ese instante sentí mucho miedo, ni como decir que no quería quedarme.
Aquel señor nos dio la bienvenida, eso perecía, porque únicamente se comunicaba con el guía, mi papá se despidió de mí y no pude contener las lágrimas; me quede sentado en un sillón de madera por un buen rato, después llamaron al guardia del lugar quien era uno de los estudiantes del internado, se encargaba de vigilar a sus compañeros para que acudieran todos al dormitorio, lo acompañe hasta el lugar, él mismo que me asignó un casillero para guardar mis cosas y una litera para dormir.
Al día siguiente, el sargento del gremio estudiantil empezó a gritar en voz alta a la 5:00 a.m. como anticipación para que fuéramos a bañarnos y alistarnos para que acudiéramos a desayunar a las 7.00 a.m. La información no era clara para mí, porque la expresaban en español, algunos tampoco entendían porque no hablaban en esa lengua, se comunicaban en su lengua indígena. Hacia el esfuerzo por preguntar lo que no comprendía, en ocasiones era en vano y realizaba otra cosa que no correspondía a las instrucciones.
Ingresé al internado en segundo grado de primaria, los primeros días era un martirio porque no entendía nada de la clase, los maestros venían de la ciudad de Toluca y hablaban español, desconociendo la comunicación en la lengua originaria. Con el paso del tiempo, fui aprendiendo poco a poco a través de los sonidos y palabras que expresaba el maestro, algunos con apoyo de imágenes. Concluí el año con un gran avance de aprendizaje del vocabulario en español, fui relacionándome con mis compañeros de grupo, así como el resto de los estudiantes del internado, lo que me permitió tener más avance en el desarrollo del lenguaje.
La escuela contaba con otras áreas de aprendizaje, como talleres de carpintería, herrería, corte y confección, era opcional cursarlas. Igualmente tenía grandes extensiones de tierra, en donde cultivamos maíz, trigo y frijol, así como la crianza de animales de diversas especies, entre los más comunes; borregos, reses, caballos, pollos, guajolotes etc. Este tipo de actividades eran fáciles para mí, en razón a que ya contaba con el conocimiento para realizarlas, teniendo la posibilidad de orientar al resto de mis compañeros.
Durante mi estancia en estos dos primeros años mi vida fue cambiando, aprendí como viajar en el transporte público, identificar los letreros, pero sobre todo para resolver algunas necesidades fundamentales como anotar mi nombre, los saludos, pedir la comida y otras expresiones sencillas.
La expresión de mis padres cuando supieron que hablaba español, era de felicidad. A vuelta de los años concluí mi educación primaria en aquella escuela, con muchas vivencias tristes y agradables, grandes retos que superé durante mi estancia.
Regresé a mi pueblo para continuar con mis estudios, me inscribí en la Escuela Secundaria Técnica No 22 de Santa Ana Nichi, otra nueva etapa y reto en mi vida. Caminaba un promedio de 9 km para llegar al lugar, ya que no había transporte. Mi mamá se levantaba a las 5:00 a.m. para echar las tortillas y darme de desayunar, para poder salir de la casa a las 6:00 a.m. Buscaba el trayecto más corto para llegar más pronto a la escuela, el cual implicaba atravesar veredas y cerros. Al concluir las clases, regresaba en compañía de otro compañero que también acudía en la misma escuela, platicábamos de nuestros avances de aprendizajes, contábamos chistes y cuentos.
Nuestras conversaciones las realizábamos la mayor parte en lengua mazahua, porque es la que más hablábamos, nos ayudaba para entretenernos y no sentir el cansancio durante el trayecto. Cuando llegaba a la casa; mi mamá con mucho entusiasmo me servía la comida, la cual ingería de manera rápida, ya que tenía que ayudar a mis hermanos o mi papá a las labores que estaban realizando, se daba prioridad a las que se obtenían algún ingreso económico, tales como la producción del pulque y la raíz de zacatón.
Continúe con mis estudios de Bachillerato, la cual curse también en Santa Ana Nichi; con la misma distancia y vivencia parecida a la anterior, concluyendo en el año de 1987. Fue un período complicado en la familia, mis padres no tuvieron la posibilidad de seguir apoyándome para que estudiara la Universidad, por lo que tome la decisión de buscar empleo en diversas instituciones. Después de varios intentos fallidos durante un año, logré emplearme en la Secretaria de Transporte del Gobierno del Estado de México, cuyo ingreso económico me permitió construir mi casa y formar una familia en donde procreamos tres hijos, (Juan Carlos, Elidia y Javier).
Mi intención como padre era que mis hijos, no padecieran lo que yo pasé, que tuvieran la posibilidad de vivir un poco mejor y lograran tener una carrera universitaria; para ello mi esposa y yo contribuimos juntos para que esto se cumpliera. Cuando nació el primero de mis hijos, todo estaba en calma sin preocupaciones, pero luego de 5 a años, no hubo la posibilidad de continuar en el trabajo por situación de recorte de personal en la empresa.
Nuevamente inicie a buscar trabajo, pero esta vez no tuve mucha suerte y me dedique a actividades eventuales como: albañilería, chofer y trabajos del campo; lo poco que ganaba era para solventar los gastos de la casa y el estudio de mis hijos, dos de ellos estaban cursando la educación básica.
En el año 2000, se iluminó nuevamente mi camino, un amigo me comentó la posibilidad de trabajar en el Instituto Nacional Para la Educación de los Adultos (INEA), la verdad me sentí muy feliz, porque era una gran oportunidad, reuní los documentos que se requerían para ingresar. El requisito indispensable era que fuera hablante de la lengua mazahua, aspecto en el que tenía ciertas ventajas, y lo que me hizo sentir más seguro. Acudí a la entrevista, cuyo resultado fue positivo, y como consecuencia entré como colaborador en el área de la Coordinación del Programa Étnico Mazahua y Otomí Delegación del INEA, del Estado de México.
Ingresé con la función de Técnico Docente Bilingüe, las actividades que tenía que realizar eran sensibilizar y convencer a la población de jóvenes y adultos hablantes de la lengua mazahua que no saben leer y escribir para que se alfabetizaran. La metodología dentro de esta tarea educativa es el desarrollo de la “Andragogía”, consistente en la búsqueda del conocimiento que posee los adultos a partir de la oralidad, para después apropiarse la escritura y la lectura de la primera lengua (en este caso es la lengua indígena), con la posibilidad de acceder a la segunda lengua que es el español.
A partir de esta encomienda tuve la posibilidad de leer y escribir mi lengua madre, así también, colaboré en las actividades de recopilación de información en las comunidades para la elaboración de materiales educativos en el Instituto, sobre; costumbres, tradiciones y otros aspectos relacionados con la vida de las personas.
Todo el trabajo que venía realizando me parecía extraordinario, de ahí surgió la idea de continuar con mis estudios. Ingrese a la Universidad Pedagógica Nacional 151, Subsede Ixtlahuaca del Estado de México con la intención de formarme como Licenciado en Educación Primaria Para el Medio Indígena.
Las primeras asesorías que tuve fueron maravillosas, el grupo era muy colaborativo algunos compañeros hablaban la lengua mazahua; en ocasiones dialogamos en nuestra lengua, esto asombraba al resto de mis compañeros quienes eran jóvenes y no hablaban ninguna lengua originaria. Ello ayudo a que me invitaran a formar parte de sus equipos en clase; cuando exponíamos los temas, empleábamos algunas palabras en lengua indígena, como el nombre del equipo, el número de integrantes etc. lo cual me emocionaba.
Al darse cuenta el coordinador de la Universidad, de mi conocimiento nato de la lengua mazahua, me ofreció impartir talleres, no lo pensé y acepté. Para mí fue una satisfacción, poder compartir mi lengua madre que en algún momento pensé que no tenía valor, continúe mis estudios con mucho ánimo hasta culminarlos.
A partir de estas experiencias, busqué otras oportunidades. Participé en el Concurso De Creación Literaria de las cinco lenguas originarias del Estado de México, convocado por el Instituto Mexiquense de Cultura, en donde obtuve el segundo lugar con el cuento “Juan Bellota” en mazahua “Xuba Lojo”.
Juan Ancelmo González, originario de Ranchería de los Dolores, San José del Rincón, México, asesor en el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos e integrante de Escritores Mazahuas.
Celestino Cárdenas Martínez, mazahua de San Pedro el Alto, del municipio de Temascalcingo, Estado de México. Recuerda que en su etapa infantil toda la comunidad hablaba la lengua mazahua. Cuando ingresó en la escuela Normal no sabía escribir bien en español por lo que tuvo dificultades, incluso algunos le mencionaron que no serviría para dar clases porque era un indio. Abandonó la Normal y se dirigió al Instituto de Capacitación para culminar su formación académica como profesor.
Empezó a trabajar como docente en Aculco y Jiquipilco. Se dio cuenta que su formación no le permitía escribir su lengua, que era el motivo por el cual se había preparado. Ingresó a la facultad de Filosofía y Letras, pero aún con esto no encontraba lo que buscaba, escribir su lengua. Dejó inconclusa la maestría de Estudios Latinoamericanos, para adentrarse a la lingüística pues esto le permitiría acceder al estudio de su lengua mazahua. Sus amistades lo apoyaron y fue así como inició con el análisis de algunos textos de Mildred.
Posteriormente tuvo acercamiento con el Instituto de Investigaciones históricas de la UNAM, en donde lo apoyaron con seminarios, estudió temas relacionados con la sociolínguística. También, de la máxima casa de estudios, recibió un curso denominado: enseñanza de la lengua bilingüe de la nación; acrecentando sus conocimientos de lingüística.
La doctora Yolanda Lastra, le impartió un curso en Puebla, gracias a una beca que le otorgó el Instituto Lingüístico de Verano, donde aprendió el alfabeto internacional. Es aquí donde él se cuestionó por qué la mayoría de los maestros bilingües no les interesa adentrarse en el estudio del alfabeto internacional, pues es una herramienta necesaria para poder impartir a los niños la lengua mazahua. Algunos maestros de su etnia, se han formado académicamente y a sus hijos los han mandado a las escuelas universitarias, pero no les han enseñado la lengua mazahua.
Piensa que si no conocen las bases de la lingüística difícilmente se podrá escribir en lengua mazahua, pues en sus 14 años de experiencia, al escribir su lengua materna, se ha dado cuenta de dicha necesidad. Otra problemática que existe es que pocos leen los textos en mazahua, muchas veces por el desconocimiento de la lengua por lo que es necesario que se alfabetice a la población. Las traducciones se convierten una pérdida de tiempo, porque no hay quien las lea. Se debe valorar el trabajo del traductor, así como del historiador, estas actividades merecen un pago por el tiempo que se emplea, muchas veces se requieren de días o años para obtener un producto; afirma Celestino.
Para que en nuestro país haya una revolución lingüística o cultural, se debe estudiar a nuestras culturas desde la raíz. Por ejemplo, el renacimiento de Europa no sería posible si los estudiosos no hubiesen estudiado a los griegos o romanos, refiere Celestino Cárdenas.
Volviendo a su infancia, pues es parte de lo que le contaban los abuelos, nos comparte una narración, donde se podrá distinguir una deidad que ha Celestino Cárdenas le tomó 20 años poder analizarla y llegar a conocer el origen del nombre de dicho dios. Para esto, platicó con otomíes; personas de su comunidad; analizó nombres bajo un enfoque lingüístico; y revisó textos de Torquemada, Sahagún y Fernando de Alva Ixtlixóchitl, entre otros.
“Había un señor que se llamaba Severo, acá, en la orilla del cerro, de cariño le decían Be’ero, es lo que cuenta la gente. Ahí tenía su casita y sus borregos. Siempre iba a cuidar y regresaba temprano hasta el otro día, a la otra casita que tenía por acá arriba, en el cerro. Un día no regresó el abuelo Be’ero, ya eran como a las nueve de la mañana. Una de sus nietos preguntó qué habría pasado con el abuelo que no regresaba, se fue a buscarlo y en la camita donde dormía nada más vio a una enorme serpiente enroscada. El niño grito de miedo, regresó corriendo a su casa y al llegar le preguntaron qué había pasado con el abuelo. Él les dijo que no estaba y solamente había encontrado a una gran serpiente enroscada.
El papá del niño salió y se fue rumbo a la casa del abuelo, llevó una garrocha con una punta de hierro. Llegó y vio a la enorme víbora e intentó picarla con la punta de la garrocha. En eso momento la serpiente emprendió el vuelo subiendo por el cerro, por donde pasó arrancó árboles y arbustos, al final, se metió a una peña.
Transcurrió un año y por donde pasó Be’ero empezaron a crecer chilacayotes, habas, maíz blanco, amarillo, rojo y azul. Dijo una señora que Be’ero se convirtió en Dios porque donde había pasado nacían muchas plantas. Propuso un festejo y organizó una pequeña cofradía con varios grupos de personas.
Cada mes de agosto organizaban una gran fiesta allá en el cerro, cantaban y bailaban porque para ellos era el gran Dios…es Be’ero que significa piedra que llora.
Los abuelos decían que cuando llegaba la polvareda a B’orese decían que Be’ero ya venía, pues traía la lluvia. Cuando caía granizo decían que Be’ero se había enojado. Cuando Be’ero tardaba en venir se organizaban y se ponían a bailar los xitas para ir a pedirle la lluvia. Así llegaba la lluvia y la gente decía que Be’ero lo había traido…
Be’ero es el dios de la lluvia, dios de la agricultura, el maestro de la siembra…
Celestino estudió paleografía para poder leer algunos textos de su comunidad, solo que la comunidad posee unas copias, los originales están en otras instituciones. Comenta que hay una historia muerta que es difícil de revivir, está seguro que en Tepeolulco, Santiago Coachochitlán y Santa María Canchesdá vivía gente muy culta, por los centros ceremoniales. Aún estamos a tiempo de rescatar parte de la historia de los mazahuas, las personas que tienen 80 años que viven en las localidades mazahuas poseen el conocimiento.
Es innegable el conocimiento que posee Celestino Cárdenas, lo que lamenta es que en su localidad quedan pocos hablantes de la lengua mazahua.
O musú ne paa nzincho, yencho zana ne 1958, yo tatabi Petra Cayetano Cruz ñe Loñu de Jesus Flores, o musúji na punkjú o t´ii, mi pesi dyecha-ye kjuarmabi, nziyo nge b´ezo ñe yencho o ndixu, ma mi tsike o b´úb´ú na joo, nge ne xokoyote, primeró o xorú kja ne “Coronel Filiberto Gómez” go maa ma mi pesi ñanto tsjee, ma o nguarú ne xorú o pepji ka yo juajma o tata, ñe maa a mboo kja naño jñiñi, ñe na nu paa o nee ¨kjinchi mi na jëë, na nu paa o maa jiodú ma mi pesi dyecha- nzincho tsjee, o b´úb´ú na joo ma mi nzhodú ñe ma o ma, mbero dya ngo in tsaa, ne kjichi na joo, mbero dya mi pärä kjo texe ko mi pesi ro tes´e kja nu súú, ko mi zodye na punkju, ma o ngurú texe ko mi pesi, nu súú o jogú, ñe go unú pokjú ne Mizhokjimi.
Dya mi kja dyojui kjo pepji ko yo dyee, ko neme o mbeb´izhi, mbero nga átá nudyo, primero o pärä o pee, jango mi átáji o rree, o guante ñe o g´orra, o átá nu dyojui nge ko mi jichi ra pee, o átá ma mi pesi dyoteñanto tsjee, nge na pepji ko pesi na punkjú ngo, ko pexi ko yo nrro ne rree, ma ra nguarú na, ra pesi na punkju nrro, ma ra átá texe, ma ra mbúrú ra tjushú, ñe ra katja ne tjúmú kja ke b´erre, mi pee ma jñaa, ma pjorú o nrrenchuru, o ma mimi kja ne juajma, ngo átá, nge mbemjoo mbara ra ñonu, nge na ntee ko respetao ne xoñijomu, ra ma mbaa ngextjo ko ñonú ñe dya na punkju.
Xi mi neme, naja o mebï ma mi pesi dyote-na tjsee mbero o neme mbara ra sido ra jichi ko mi tsja mi ante, nu neme Tita jucha o mbúrú ma mi pesi na punkju tsjee, neme na punkju, pesi na punkjú zezhi, dya pesi o merio mbara ra tjomú ne kuero, nge ko mi jichi ra átá yo kuero ko yo kjuaa mbara yo ntee ko neme kja yo Tita jucha, ra tezhi ñe ma na no´o ra ’uiñi, ñe ra átá na joo ne xikjuaa. Xi mi ra pärä ra pje ne tambó, nu ntee ko pärä o chjüü mb´etambó, ra maa ma mi tsosú o ndjájná ka ne losi, ñe ma ra tsosú yo, ñe ra potjú yo martoma.
Nació el 9 de julio de 1958, sus padres Petra Cayetano Cruz y Macedonio de Jesús Flores. Nació en una familia numerosa, la componían doce hermanos, los cuales eran cuatro hombres y siete mujeres, su infancia fue bonita por ser el hijo menor, estudió la primaria en la escuela Coronel Filiberto Gómez el cual asistió a la edad de seis años, cuando terminó sus estudios se dedicó a trabajar en el campo en los terrenos de su padre y de comerciante por El Bajío, después, el querido “sueño americano” llegó a su mente y decidió irse en busca de él a los 19 años, así vivió por largo tiempo yendo y viniendo, pero la suerte no le sonreía, su sueño era sobresalir pero no imaginaba que después todo el dinero ganado lo terminaría invirtiendo en la salud de su esposa que desde que se juntaron no paro de enfermar, aunque terminó con lo que sería su patrimonio.
No nació en una familia de artesanos, danzantes o músicos, pero sin duda ha pasado por cada uno de ellos, la primera fue ser tejedor donde se interesó por elaborar redes, guantes y gorras, porque su tío las elaboraba y le enseñó, pero lo que más le gustó hacer es la red, ahí empezó a elaborarlas a la edad de 26 años, es un trabajo que lleva varias semanas, las cuales cuenta por ojos de la red, para terminar una, debe tener quinientos o seiscientos ojos, más el trabajo de formarla, es todo un proceso, ya que desde su inicio tiene que torcer el hilo, para después colocarlo en el b´erre e iniciar. Él teje mientras platica, pastea sus borregos o se sienta a contemplar la milpa, el elaborarlas y usarlas le han ayudado a sobrevivir, se convirtió en pescador, donde muestra respeto por la naturaleza y solo toma de ella lo que necesita para comer.
También ha experimentado la danza, primero solo fue un observador cuando tenía 21 años, pero llego a esta práctica porque lo movió su fe y sus ganas de seguir preservando las costumbres y tradiciones de su localidad, pertenece a la danza de “tita monas” el cual empezó a la edad 50 años y en la actualidad sigue practicando, su misma fuerza, ganas y el no tener los medios económicos para adquirir piel y elaborara mascaras lo obligaron años después a aprender a curtir pieles de conejo para elaborar las máscaras que ocupan las personas que participan en la danza, seguir preservándola es su motor para seguir criando los conejos, los cuales son de su autoconsumo y al mismo tiempo aprovecha la piel para sus marcaras. La Danza ha tenido demasiada influencia en él, ya que se ha visto en la necesidad de aprender a tocar el tambor para ayudar cuando un tamborero se cansa, ahora también es tamborero y acompaña cuando echan flores, en la llegada de cera o cambio de mayordomos.