Félix Segovia, joven, alto y delgado, de padres mazahuas, don Santos y doña Nora, sorpresivamente llega a la tienda de Las ánimas, que se había construido al inicio de la década de 1950, con la idea de que el dinero de la venta de bueyes, mulas y puercos de la familia se incrementara y permitiera a la dueña hacerse de prestigio en el pueblo. Rápidamente el dinero se incrementó y el prestigio llegó tan pronto que se convirtió en la envidia de los nacientes caciques de San Simón, que habían sido peones de la hacienda El potrero, que había sido otorgado a un tal Juan de Crisóstomo en 1545, por los oficios de armas realizados a favor de la Corona Española para conseguirles tierras en la Nueva España. La hacienda llegó a su máximo apogeo a finales del siglo XIX con una extensión de cien mil hectáreas, pero con la llegada de la Revolución mexicana en 1910 las antiguas tierras de los mazahuas fueron devueltas a sus dueños.
A Félix, el mozo fiel de Las ánimas le corre el sudor por la frente y la cara, y anuncia a la propietaria de la tienda:
─ ¡Doña Refugio, dicen que han matado a don Gregorio y a don Cirilo!
Doña Refugio del Rosario, la hija mayor de la casta de los Pedraza y jefa en cierne del clan, recibe la noticia con asombro e incredulidad, y al igual que sus trabajadores y la clientela, dice:
─ Pero, ¿cómo es posible eso, Félix? ─. Dijo perturbada. ─ Asesinato tras asesinato! ¡No es posible!, ¡Me voy a morir, Dios mío!
─ ¡Pues sí, doña Refugio, dicen que han matado a don Gregorio! ─. Dice con sorpresa. Se le nota triste e incrédulo por lo que ha acontecido.
No han pasado más de cinco minutos cuando a la tienda llega Eusebio Pedraza montado a caballo e informa que efectivamente han matado a dos personas por el rumbo de la Cañada de San Buenaventura. Entonces anuncia que se trasladará a la ciudad capital para informar a la familia de los muertos. Mientras, doña Refugio del Rosario piensa: “¿Por qué tanta maldad? ¡Dios mío! ¿Por qué a nosotros, si todo lo hemos hecho con el sudor de la frente: las tiendas, las tierras, el ganado, la mayordomía del santo? Todo ha sido con el trabajo y ahora nos llega esta tragedia. ¡Ay, cuánta maldad!
Posteriormente da instrucciones a los trabajadores, mozos y administradores de Las ánimas.
─ Cierren todo y vigilen bien la tienda, voy a ver qué podemos hacer para reparar el daño hecho a la familia.
Don Gregorio y Cirilo fueron autoridades ejidales en el poblado. El primero fue presidente y el segundo, secretario. Tenían la honrosa función de administrar todos los asuntos de las tierras, aguas y bosques del Ejido de San Simón, pero también ellos eran los gestores sociales y económicos para el desarrollo del pueblo, eran los líderes naturales.
Cuando una alta autoridad llegaba al pueblo, ellos organizaban a la población para dar el recibimiento, hacer la fiesta y decir los discursos de bienvenida, como el hecho histórico de la visita del Presidente de la República, el general Gumersindo Gutiérrez, para inaugurar la escuela primaria rural del poblado y alfabetizar a los analfabetos mazahuas en la década de 1940.
A ellos también les tocó hacer el reparto y deslindes de las tierras de la Presa de San Mateo para entregarlas a los jóvenes mazahuas, las nuevas generaciones de campesinos. Cuando fueron nombrados autoridades ejidales participaron dos planillas: la roja la encabezaban ellos y la azul, los Alcaldes, que por cierto perdieron ese día.
Los Alcaldes eran los hijos de don Zenón y doña Alfonsa Silvestre, una familia extensa compuesta de cinco hermanos y tres hermanas; ellos siempre habían soñado acceder a los puestos del pueblo de San Simón para participar en el desarrollo de éste, tener acceso a los apoyos que el gobierno otorgaba y obtener el prestigio comunitario: ésos eran los sueños de los Alcaldes desde varias generaciones atrás, pero todo los intentos para tener esos puestos habían sido fallidos, al grado de que el hermano mayor de doña Alfonsa Silvestre había sido asesinado cerca del rumbo de Monte Alto.
Con los asesinatos de Gregorio y Cirilo el pueblo estaba en vilo, conmocionado por sus muertos, por ello se organizaron para hacerse justicia. Todo esto, además de dolor, provocaba inestabilidad social.
Doña Refugio del Rosario se trasladó a la casa de su hija, la esposa del difunto Gregorio, y juntas acudieron al lugar donde yacían los difuntos en espera de la orden del Ministerio Público para levantarlos y al otro día darles sepultura en el panteón de la Virgen, donde descansan todos los ancestros del pueblo.
En el lugar en donde se hallan los recién asesinados se percibe la tristeza, el coraje y la indignación de la población: niños, jóvenes y adultos de todas las condiciones sociales lloran a sus muertos, exigen una explicación sobre lo sucedido.
Mientras tanto, por el lado oriente del pueblo, muy cerca del lugar de los hechos, un grupo de personas encabezado por el delegado Cupertino Zendejas lleva a doña Alfonsa Silvestre, la madre de los asesinos, para mostrarle el daño que han hecho a sus vástagos.
Es la tarde del 10 de abril, parece que el tiempo está triste y con ganas de llover, las nubes se han formado por el rumbo del Cerro de la luna, el sol alumbra sus últimos rayos del día. El río es testigo de lo acontecido, sus aguas claras y turbulentas corren aprisa hacia el río Grande. Mientras, algunos toman decisiones, como Alfredo Gudiño, quien convoca a la población:
─ Señoras y señores, debemos organizarnos e ir por los asesinos para hacer justicia para nuestros pueblos. Lo que ha sucedido es una agresión para todos. Si no hacemos nada el día de mañana se violentará otra vez el clima de paz que hemos construido con muchos esfuerzos.
Luego de que lo escucharon se organizaron las cuadrillas para apresar a los asesinos; les llevan una buena distancia desde que cometieron sus crímenes.
Todo comenzó aproximadamente a las tres de la tarde. Don Gregorio estaba regando su milpa de maíz, lo acompañaban sus ayudantes Cosme Robles y Adolfo Rivera. Su milpa está a la orilla del camino que comunica a la estación de tren que va o viene de la ciudad capital, según sea el caso. En la corrida que viene del Bajío han bajado tres hermanos, son el Pánico, el Rostro y el Rorro. En el trayecto hacia su casa pasan cerca de la milpa de don Gregorio.
El día avanza y la jornada también, el agua de riego corre por los surcos de las matas de maíz, don Gregorio anuncia a sus trabajadores que tienen que regresar y se lleva de compañía a Adolfo, pero Cosme le previene.
─ Don Gregorio, si se van de regreso tengan cuidado con los Alcaldes, ya ves que pasaron muy provocativos, no vaya a ser la de malas.
─ No pasará nada, Cosme. Estamos en paz, sigue regando. Te encargo la milpa, no vaya cargarse el agua porque si llueve no habrá cosecha ni maíz para comer. Adolfo me acompañará.
Don Gregorio y Adolfo tomaron serenos el camino con rumbo al poblado, pero al pasar por la casa de los Alcaldes intuyeron algo peligroso y se pusieron nerviosos, entonces avanzaron con pasos rápidos. Mientras, los Alcaldes ya los esperaban.
─ Éste es el momento, estimados hermanos. Llegó el día soñado ─. Dice el Rostro, el jefe de los hermanos.
─ Pues vámonos, para estar bien con nosotros mismos y con la familia contesta el Pánico.
Una vez que han ubicado a su blanco, planean las acciones y la estrategia a seguir casi militarmente, y es que el Rostro había servido en el Ejército Nacional, donde había aprendido a manejar las armas. Era desertor. Los Alcaldes están decididos a cometer el crimen, ya planeado desde hace tiempo.
Mientras por el camino de terracería avanzan don Gregorio y Adolfo a pasos firmes y rápidos, se han dado cuenta de que sus agresores se acercan más y más.
Adolfo le dice a su patrón:
–¿Qué hacemos, don Gregorio? Estos vienen armados, ¿usted trae sus armas?
─ ¡Calma, Adolfo! No pasará nada ─. Contesta, para no alarmar a su acompañante. Sin embargo, piensa: “Híjole, estos Alcaldes nos van a matar, tenemos que hacer algo para evitar una desgracia”.
Por el espíritu de violencia que reinaba en San Simón, don Gregorio se había comprado armas: una Colt 45 y una 38 Súper, que siempre estaban cargadas para lo que se ofreciera, pero ese día no llevaba ninguna.
Al otro lado del río está un niño pastor de mulas y caballos que observa todo el acontecimiento, ve cómo dos personas aceleran el paso, mientras otros tres los persiguen. En eso don Gregorio descubre una tienda abierta y entra en ella para escapar de sus enemigos, más para su mala suerte solamente la entrada es la misma que la salida. Adolfo se pierde por la barranca, es fácil darse cuenta de que a él no lo perseguían.
Una vez que don Gregorio se entera que la casa no tiene salida se queda en una de las hojas de la puerta del lado izquierdo. El Pánico se mete también a la tienda para explorarla. En ese preciso momento don Gregorio sale y avanza de lado izquierdo para despistar a su agresor; pero no tomó en cuenta que del lado derecho estaba el Rostro esperándolo. Éste fue el que le disparó por atrás; dio justo al blanco. Don Gregorio recibe en el cuerpo cuatro impactos de bala que penetran el músculo lumbar, perforan la arteria aorta y salen por los músculos pectorales.
Don Cirilo, que está atendiendo la tienda que por cierto ese día se inauguró, ve la escena y le pide al Pánico que actúe con cordura, le pide paz, pero lo que obtiene es un disparo certero. Ahí quedaron los dos, don Cirilo muerto al instante y don Gregorio mortalmente herido.
Desde los magueyales, Adolfo observa todo y corre a avisar a la familia de don Gregorio. Encuentra a la hermana mayor y le informa los pormenores. Ella, ante la gravedad de los hechos, acude a auxiliar a su hermano. Cuando llega lo encuentra agonizando, sangrando, pero aún está vivo. Él sabe que le queda un hilo de vida y piensa: “hoy en la mañana desperté como todos los días y platiqué con mi querida mujer sobre lo que habíamos soñado; qué casualidad, soñamos con la muerte. Ésa fue nuestra conversación, la muerte, que tarde que temprano nos llegará a todos, y aquí está cerca la mía; siempre me ha acompañado durante toda mi vida. Mi padrino de bautizo, Ezequiel Montes, me quería matar porque pensaba que estaba del lado de los revolucionarios; cuando repartieron las tierras de la Cañada de San Buenaventura, también me querían matar porque pensaban que había tomado las mejores tierras, cuando inauguramos la Tienda Grande también me querían asesinar. De todo esto me he salvado, pero aquí estoy ahora, qué será de mis hijas, de mi joven esposa y de mi madre”.
Muy cerca del lugar de los hechos, don Eliar López está sembrando la tierra, tierra que genera rencor y muerte cuando no se reparte equitativamente para todos. La gente de San Simón no sabe por qué ese rencor. Cuando escucha los sendos disparos, le dice a su hijo Secundino López que vaya a ver lo acontecido. Cuando Secundino llega al lugar de los hechos le da miedo y escalofrío todo lo que ve. Don Cirilo yace en el suelo, alguien lo cubrió con una sábana blanca, en tanto que don Gregorio, en brazos de su hermana, parece que aún está vivo, que el corazón todavía le late. Mientras inhala y exhala avienta chorros de sangre como si fuera una llave abierta de agua y Secundino dice: “si hubiera aquí un médico que auxiliara al herido se salvaría, pero no hay médico en el pueblo”.
Don Gregorio, todavía con una hebra de vida y en brazos de su hermana, a quien reconoce perfectamente bien, sabe que la muerte está cerca, no ha pasado diez minutos desde que recibió los balazos en su cuerpo. Durante ese lapso pensó en lo bello y trágico de la vida; y alcanza a decirle a su hermana:
─ ¡Cuida a mamá! ─. Y exhaló el último bocado de aire.
K’a nrrañe dya ni kjo ri nrreñe ne dyúnú. Otrjo. Ngextrjo d’aja dyaxú nu dya mi ñúú na joo nu pjatr’ú na joo na tanjëë ne d’aja tab’ipji mi trjorú jokjú o jmii nu mi nee. Nu ts’ixutr’i o nanguag’iji chúntr’ú xútrjú nu nzhontr’ezi. O ts’ingua mi kja na maja mi chanú mi nee zúrú. Nu kjaak’ú chanú dya mi soo kjúnsú o jñúú ne o trjangi o chantrjú; o nrrobjú nzikja xixkala k’a nrramú. Nu o mbúb’ú na dezhi k’a o pjeme o kjaa maa o jñaa d’aja ch’inrrajme, ch’ikje ch’ikje mi soo mobú o jmii d’aja jñaa: “Ñúú”.
—¡B’ejña!, ¿pje kja i k’uee na jense? —o mamú Simo mu mi xichp’i pareje k’a o öösi’i xib’urru. Mi jüü d’aja trjúnsú nu dya mi zere k’a o chee.
—¡Jiezi k’ú! A ngeze pjechi pje na ú’ú —o mamú nu Eli.
—¿Ú’ú?, ¿jai? — trjürú na tsöö Simo mi trjeñetrjo ne chjútr’ú nu trjúnsú.
—Nu mi enje na jëë. Jiezi texe.
—Pje jiezi. Nuk’ú mamú otrjo dya mi pjesi; ngextrjo o kab’oxú. Mu i b’úb’ú kjaba kja’a nu ri ‘oñe —o sii o pasú o nee texe nu pareje ne o mamú: k’a ñúnú ngeje jñiñi nu na joo ri kärú.
—Ne ñu’u nu zakjú nu i ujnú.
—Na ngeje na joo nu mi otrjo. B’úb’ú pje sii. Ne, nujnu mi nanguad’iji pärú kjo mi tejñe kjo mi ngeje.
— Nuk’ú xunrraro ñúnú.
—¿Nu xunrraro ñunú? —Simo a dyab’ú o tadyee k’a jñingua—. Parú t’sita nu mi enje ma Guate ne Nu Salvador. Texe yo male mamúji kjanu. Ne o k’ab’ox’ú dya kjuanú xotrjo ri kjakjúme ra pjentroji. O maa poo k’a tangumú. O ch’ujnú.
—¿O ch’ujnú? — Dyonú, dya mi nee, Elia.
Yo yejebi ñuu na tsöö nu b’ejña nu mi bee k’a mi pab’ú xomú k’a mbongumú.
—Ngextrjo ri tüü yo ketzal —o mamú b’ob’ejña ne o jizhi yo merio.
— Dya ngeje merio yo. Ra mizhi na ponkjú. Junspjú yeje — o kuéétrjo jñaa Nu Su’udakjua.
— Ra potúkjo k’a ñunú.
— ¿Jai ñunú? Kjaba dya kja ñunú. Kjontr’údya. Junspú yeje.
— Ngeje texe nu ri pesikjo — nu b’ejña o ch’ujnú nu merio.
— ¡Chesedya! — Nu Su’udkjua o kankjú yo merio nu mi chotr’ú.
Nu b’ejña nrramé o chese k’a nzhontr’ezi. A xútrjú nujnú, mi seje d’aja ch’ixutr’i nu mi posú nu na pizhi mbadyo, mi dúntr’ú k’a o ximotrjú. Nu Su’udakjua o cheb’e mi mburú nzhod’ú nu nzhontr’ezi; ne o setr’é k’a mi b’u´b’u nu b’ejña.
— Ro xitsikjo ri junspú yeje, mbe nu kab’oxú ngeje jñii.
— Mbe dya pje ngeje pojo — mi orútrjo mu o nuu: ch’ikjetrjo—. Sisitrjo nzhio, ro jiopjú ngeje ts’icha kjee.
— Dya ri seje k’a ri paa mu ri sisinu. ¡Jiezi!
— ¡Io!
Nu Su’udakjua o kjuxtr’ú nu b’ejña. Dyakjo ñanú. Otrjo. Nu nzhontr’ezi o b’ob’ú. Ne, o nanguad’iji na ponkjú. Nu b’ob’ipji o ñurú daja b’oxtrajmú. Ngextrjo d’aja dyaxú nu dya mi ñúú na joo nu pjatr’ú na joo na tanjëë. Nu ñunú.
En la carretera no había ninguna seña de movimiento. Nadie. Sólo una línea borrosa que apuntaba hacia el infinito y la humareda que desdibujaba el rostro amado. La niña corrió tras el autobús. Sus pasos cortos se agigantaban en la desesperación por alcanzarlo. La angustia la dejó sin aire y las piernas se le enroscaron; cayó como una culebra sobre la tolvanera. El golpe brutal en el estómago la enmudeció por segundos, apenas pudo esbozar una palabra: “Mamá”.
–¡Ya mujer!, ¿Para qué tanto alarido? –dijo Simón mientras servía aguardiente en los vasos de plástico. Traía un cigarro apagado en la boca.
–¡Déjala! Sólo ella sabe su dolor –dijo Elías.
–¿Dolor?, ¿cuál? –replicó Simón en tono de burla y encendió el cigarro.
–Venir de tan lejos. Dejarlo todo.
–Dejar qué. Según ella no tenía nada; solo a su mocosa. Estar acá tiene sus peligros –bebió de un sorbo todo el licor y luego agregó: la frontera es un buen lugar para vivir.
–Y mira la vida que le das.
–Esto es mejor que nada. Tiene para tragar. Además, ella andaba huyendo quién sabe de qué.
–De la migra.
–¿La migra? –Simón dio un manotazo fuerte sobre la mesa–. Sabrá dios si viene de Guate o de El Salvador. Todas las viejas dicen lo mismo. Lo de su mocosa es puro cuento para que uno sienta lástima. La habrá vendido en una finca. La regaló.
–¿La regaló? –interrogó, titubeante, Elías.
Ambos miraron con desprecio a la mujer que sollozaba en la oscuridad de la habitación.
–Sólo traigo quetzales –dijo la mujer morena y mostró los billetes.
–Esos no valen. Te costará más. El doble –arremetió El Marrana.
–Los cambiaré en la frontera.
–¿En cuál frontera? Aquí no hay frontera. Pagas y ya. El doble.
–Es todo lo que tengo –la mujer le ofreció el dinero.
–¡Súbete! –El Marrana le arrebató los billetes arrugados.
La mujer subió con rapidez al autobús. Atrás de ella, apareció una niña envuelta en un grueso chal, pegada a su costado. El Marrana esperó a que el autobús se pusiera en marcha; luego se acercó a la mujer.
–Te dije que era el doble, pero por la mocosa es el triple.
–Pero no hace bulto –lo miró suplicante: es pequeña–. Sólo tiene cuatro, bueno cinco años.
–No llegarás a ningún lado con ella. ¡Déjala!
–¡No!
El Marrana forcejeó con la mujer. Nadie intervino. Nadie. El autobús se detuvo. Luego, aceleró a toda velocidad. El humo negro trenzó un espeso remolino. Sólo una línea borrosa que apuntaba hacia el infinito. La frontera.
K’a d’aja jñiñi mi b’úb’ú d’aja b’ejña nu mi chjúntú, jonte, mi pokjú o ñúxtr’ú, o jmii mi na jotrjo, dya mi tanrra ne o ngero mi na joo. Ch’ikje b’ezo nu mi pojmúnu dya mi kjapjú nguenrra nu mi na zo’o.
D’aja paa nu b’ejña xöstrjo o ñangú, o tunxútrjú d’a xájná na mbaja ne o maa k’a meje nu mi b’u´b’ú k’a nguatr’eje.
D’aja b’ezo mi maa tüü zaa ngek’ua o nu’u nu b’ejña nu mi nárá k’a kjonsú. O nuu o tatrjangi nu na joo mi jizhi k’a o kjezhe, mi nee nujnu, na ponkjú soo na joo. O panú o kjorú nu o chúntr’ú o xútrjú.
D’aja pichje mi kjobú k’a mi kjaa yo pjiño, mi pájtá d’aja b’itu nzikja kjezhe nu na tr’oxú. Nu b’ezo o soo nuu nu tajotrjo o jmii, mbe dya, o tüü nu moñi nu mi jüü ne o potr’únu. O Maa nu mi ngeje tee, ne o ngeme k’ijmi ne o nrrobú ma jomú, ne mi kuäxtr’ú na ponkjú. Nujnu o pärú dya mi ngeje tee nu dya mi pje tüü yo ngua. Nu b’ezo nrrame nzod’ú ngek’ua ra zurú nu b’ejña nu mi tüü o x’ajná. Nujnu mi kjobú d’aja ch’inrrare nu na mbaja yo nrreje nuk’ú o tsaa b’ob’ú mu o pench’i na dezhi.
—¿Pje kjaa i trjorú i b’átr’á? ¿Pje i kjaa, nu mbantets’ú? —o mamú nu b’ejña nu tak’ue.
—Dya ri ts’okjúts’ú, dya ri nee a kjaa na tsoo, ngextrjo ri nee re netse texe yo paa nu ri b’úb’úkjo k’a xoñijomú.
Nu b’ejña mi nee ro dyab’ú k’o o dyee, mbe, o k’osú o nrroo mu o nuu nu b’ezo nu mi tacha o jiombeñe o xira. Nu pichje mi ngeje nu o pärú o tsii yo mi neji.
Nu b’ejña o jiedi nu xájná, nujnú o ched’e na ponkjú ne nu nrreje o chanbú k’a mi mbaja. Yo yejebi mi soo na joo yo mi nee k’a chákjá nu ch’inrrare mbaja, k’a na see xorú.
D’ata seje d’aja jñaa nu o árá:
— ¡Ri ch’únú nu mi kjaji nu dya pje mi pjorú nu i chjúntúk’eji!
Yo yejebi o ngeme nrraro, yo ngeroji yo xijmi mi b’úb’ú mbe mu o kjobú yo kjee mancha o ched’e ne o nrrobú. Mi soo nunji yo taxib’a nu mi tüü nu b’ejñak’ú. O seje d’aja paa nu o enje d’aja tanrrare nu nokjú ne o tunú texe o ngero ni me ngeje nrraro.
En un pueblo vivía una mujer casada, generosa, de cabello negro, tenía un rostro extremadamente bello, talla mediana y esbeltez extraordinaria. Pocos hombres podían pasar junto ella sin notar su hermosura.
Un día la mujer se levantó temprano, tomó un cántaro rojo y se dirigió al pozo que estaba en la falda de un cerro. Un hombre iba por la leña cuando la mujer subía por una cerca. Pudo ver las torneadas piernas que se asomaban debajo de la falda, sintió un deseo, un extremo placer. Aventó su carga y se dispuso a seguirla.
Una sombra se abrió paso entre los matorrales, tenía puesto un vestido de color blanco. El hombre pudo observar la belleza de su cara, sin embargo, tomó el machete que llevaba y le dio muerte. Perdió su forma humana, se convirtió en serpiente y cayó al suelo, convulsionó sin medida. Él supo que no era humana porque no tenía pies.
El hombre apresuró el paso para alcanzar a la mujer del cántaro. Ella cruzaba un arroyo de aguas rojas cuando él detuvo su marcha abruptamente.
—¿Por qué me tiras del quesquémetl? ¿Qué te pasa, pendejo? —dijo la mujer muy enojada.
—Disculpa, no es mi intención molestarte, solo deseo amarla para toda la vida.
La mujer iba darle un puñetazo, pero, se asombró al ver al hombre tan apuesto y olvidó al marido. La sombra era un presagio de amor.
La mujer soltó el cántaro, éste se fragmentó en varias partes y el agua clara se mezcló con el agua roja. Ambos estuvieron disfrutando de su amor junto el arroyo rojo, en la fría mañana.
De pronto una voz se escuchó:
— ¡Van a rendir cuentas por haber roto sus compromisos matrimoniales!
Ambos quedaron convertidos en piedra, las formas perfectas de aquellos amantes quedaron en el tiempo hasta caer en partes. Se podían observar los pronunciados senos de aquella mujer. Un día llegó una corriente muy fuerte y se llevó todos los restos petrificados.
El viejo danzaba en la plaza del Zócalo capitalino. Su torso, guiado por el retumbe del eco casi primigenio, unido a su pies y caderas, marcaba figuras en el suelo a la búsqueda de comunicarse con las sombras de las cinco de la tarde. El tocado, tan meticulosamente construido, se proyectaba sobre los muros como un ave arañando la superficie. Reptando hacia el sol. Con cada retumbe la danza evolucionaba, se volvía más enérgica, violenta, el cuerpo se contorsionaba en círculos al borde del colapso solo controlado por la voluntad del viejo que, al punto del éxtasis, silenció todo con una seña para exclamar:
— ¡Los abuelos decían que estas plumas, son las plumas del Gran Espíritu que nos guía! Nosotros, guerreros natos y herederos de la tradición mexica, ofrendamos un canto, un rezo y nuestra danza para que la lluvia caiga y la vida siga. ¡Ometeotl!. Iré pasando un folleto de la ubicación de nuestra escuela de danza por si gustan inscribirse. Lo que gusten cooperar.
Expectante a conocer más sobre el viejo guerrero, esperé a que se acercara donde yo estaba aplaudiendo, como parte del público.
—Esos abuelos suyos fueron muy sabios. ¿Cómo se llamaban? —pregunté al viejo apresurado. Siguiéndole el paso para ver si me respondía.
—Mis abuelos son los abuelos de todos, están más allá de la historia que pudiera ser ahora contada. Dijo con aire distraído.
— ¿Entonces no los conoció? ¿No sabe sus nombres? —Expresé desconcertada.
—Nadie conoce ahora sus nombres, lo que quedó de ellos fueron cantos y danzas. Esta es la manera de perpetuar el gran conocimiento de nuestros ancestros. Cualquiera puede acercarse a este conocimiento, incluso tú que eres de la ciudad. —Dijo con indiferencia.
—Muchas gracias por la oferta. — Añadí con reverencia ante las palabras del viejo—. Voy saliendo de trabajar y me pareció muy bello lo que hacía. Sería un muy buen ejercicio para el cuerpo. ¿Sabe una cosa? Escucharlo hablar de sus ancestros me hizo recordar a los míos:
Mis abuelos paternos se llamaron Filomena Vázquez y Juan Jerónimo Lorenzo. Oriundos de Jocotitlán, cerca del Tata Ngemoru, para los cuates. Mis abuelos Maternos fueron Pedro Estanislao Jerónimo, y la abuela que aún vive, Isidra Susana Lorenzo Enríquez. Oriundos de San Lorenzo Tlacotepec. Todos Mazahuas. Y pues, yo salí blanquita por parte de mis abuelos maternos. El nombre de la familia encierra un poder y un destino. A lo mejor por eso me gustan los textiles, pintar y escribir, a lo mejor por eso no me veo tan mazahua. A veces me pregunto si lo seguiré siendo, a veces recuerdo palabras en mazahua, a veces sueño con mis abuelos, a veces, cuando veo la indumentaria de mi pueblo, me dan ganas de modificarla, ¿sabe? Me vendría mejor una minifalda, y un escote, una tela respirable. ¿Usted imagina lo que es usar poliéster hasta el cuello en esta ciudad?, ¡uf! ¡Es horrible!
— ¿Niña, vas a querer el folleto o no? ¿Gustas cooperar?
Pafnuncio Bartolo tenía muchos sueños y caminos por recorrer, vivía por el rumbo de las peñas negras de Portes Gil al poniente del naciente pueblo, junto al Río donde había un ojo de aguas termales sulfuradas, todos los días antes el amanecer acudía a ese lugar para bañarse y escuchar las historias contadas por unos viejos que rondaban entre los setenta y ochenta años de edad que acudían a ese lugar para curarse de sus males reumáticos y cardiacos; se desvestía y sigilosamente se metía al agua que a esa hora brotaba vapores que decoraban el ambiente del lugar.
Después, se iba a tomar un baño de sol en las piedras rojas que se ubicaban en las faldas de un banco de terracería donde sacaban el material para revestir los caminos y brechas de los pueblos aledaños; sentado desde ese lugar se daba tiempo para pensar sobre las grandes construcciones de los muros que protegían de vándalos las instalaciones de la hacienda de Tepetitlán donde habían dejado la vida sus antepasados.
A un costado de la iglesia de la Candelaria se ubicaba el Camino Real que comunicaba el norte con el sur del país, donde caminaban los arrieros, burros y mulas cargados de bultos de metales traídos de las minas de Guanajuato, San Luis Potosí y de Tlalpujahua Michoacán con rumbo a la Ciudad de México, de ahí, esos preciosos metales los llevaban por el ferrocarril para el puerto de Veracruz, luego por el mar en carabelas custodiadas por la armada los trasladaban a España la tierra de los Borbones, posteriormente llegaban a Flandes para inundar en toda Europa de plata y de oro que salían en los socavones y subsuelos mineros de estas tierras.
Para los jóvenes arrieros cuando miraban las instalaciones de la hacienda se llenaban de júbilo: es que en ese lugar había una Venta para descansar y por las noches después que se les servía la cena, se iban a la taberna para disfrutar de un fuerte aguardiente de caña, pero con lo difícil del trabajo de ser arriero se tomaban tragos, tras tragos y era la ocasión para ellos que estuvieran alegres y al otro día continuar con el largo camino arriando bestias hacia la ciudad de México.
El ventero del lugar Julián de Solís que decía que era descendiente de españoles de alcurnia por el color de su piel, su apetito por el dinero, el azul claro de sus ojos, su nariz recta aguileña, la barba rojiza, además porque habla español; cuando veía llegar a la Venta los arrieros: jóvenes, fuertes, curtidos, sudorosos y ennegrecidos por los rayos del sol, con sus asnos y acémilas cargados de bultos de metal se ponía muy contento, él mismo atendía la taberna, sabía muy bien que a los arrieros una vez medios alegres, pagaban la cuenta con monedas de color amarillo-ennegrecidos, luego continuaba sirviendo los tragos hasta las altas horas de la noche. Fue así como el descendiente de españoles se hizo de su propia fortuna para comprar el Rancho de Las Rosas que se ubicaba a las faldas del cerro de Mextepec.
Pafnuncio Bartolo provenía de una familia pobre, campesina e indígena, muy pronto se integró a las cuadrillas de trabajadores agrícolas de la hacienda de Tepetitlán; pero como apenas era un muchacho, con grandes sueños por delante, lo emplearon como mozo en la cocina: desgranaba las mazorcas de maíz para hacer las tortillas, lavaba los trastes, barría la cocina, sacaba agua en los pozos, iba por la leche y los quesos en los establos y cuando su jornada había terminado en la cocina, lo enviaban con los pastores de ovejas en el agostadero para juntar las boñigas de los bueyes, luego las acarreaba en su lomo con rumbo al Casco de la hacienda, ya que eran las fuentes de energía para hervir las alubias que comían los mozos.
En sus idas para juntar boñigas en la cañada conoció a Matilde del Campo, alta, de hermosos ojos que también era pastora y moza de la hacienda. Al paso de los días y meses se enamoraron y decidieron hacer una nueva familia con el consentimiento de sus respectivos padres. Luego construyeron su casa por el rumbo del Rincón de las aguas sulfuras. Así con mucho amor; muy pronto llegaron los primeros tres hijos: Pedro, Felipe, Vidal y por último llegó su única hija Paula Bartolo.
Pafnuncio, ejerció todos los oficios que había en la hacienda, después de ser mozo, pasó a ser caballerango donde aprendió a domar y a montar caballos; luego fue pastor de bueyes y mulas en la cañada, pronto se hizo carpintero donde aprendió a utilizar la garlopa para desbastar las tablas para hacer los muebles para los patrones; luego fue herrero donde aprendió a forjar los machetes que utilizaban los indios para limpiar las hiervas en los bosques del Tigre por el rumbo de Charcos Azules donde nacía las aguas que alimentaban la presa de Tepetitlán; pasó luego a ser escribano ya que había aprendido a leer y a escribir con el maestro Angulo Zendejas en la hacienda, luego fue capataz y posteriormente le dio por conocer el dinero; además el señor cura de la hacienda fray don Crisóstomo de Sevilla lo convenció de la existencia de Dios. Antes ni el dinero, ni la idea de Dios eran objeto de sus cavilaciones; en su pueblo para vivir no se necesitaba el dinero, y cuando empezó a trabajar en la hacienda le pagaban con especie y con dinero, en la casa de sus padres donde lo parieron en un petate no había dioses para rendirles culto. Así cambio su forma y manera de mirar el mundo; luego por azar del destino llegó a cuidar y a administrar la Venta y la taberna donde corría tragos por las noches.
Recuerda muy bien, las monedas que circulaban en esa época en el país eran de cobre con la imagen de la cruz y la espada, pero también había monedas de plata con la imagen de una balanza y en la otra cara la de un dignatario. Muy pronto conoció las monedas de oro que tenían la figura de una pirámide y en la otra cara una montaña donde salía el sol.
Una vez que el señor cura lo convenció de la existencia de Dios, Pafnuncio Bartolo persuadió a su mujer Matilde del Campo para construir un oratorio enfrente de su casa para rendirle culto a los dioses. Su mujer que era mística, además tenía la buena costumbre de coleccionar las imágenes de los santos y vírgenes que le regalaban las mujeres de alcurnia que se iban a los santuarios de la región como al del Señor de Chalma donde se veneraba a un Cristo Negro, así como a la Villa de Guadalupe donde se dice que se le apareció la Tonantzin al indio Juan Diego, y a Fresnillo Zacatecas donde se idolatraba al milagroso Santo Niño de Atocha, por eso muy pronto aceptó la idea de su señor esposo; elaboraron los adobes, juntaron las piedras, sacaron la arena en el río, luego construyeron el adoratorio sagrado para los santos.
Pafnuncio Bartolo tenía la idea de atesorar lo que le dejaban los arrieros, sobre todo las monedas de color amarillo y blanco, una vez que tuvo suficientes los llevó a su casa, los puso sobre un costal y los domingos días de descanso los sacaba al patio de la casa para darles un baño de sol, después del baño como que las monedas tenían vida propia, brillaban con fuerza, con mucha intensidad como para alegrar a los mortales.
Pafnuncio atesoró esa riqueza en la base del altar de los santos del adoratorio, hizo cuidadosamente las perforaciones donde cupieran tres botes de metal, los sábados días de paga cuando llegaba a su casa, entraba al oratorio, le rendía culto a los santos que ahí tenía, posteriormente se postraba ante ellos, luego en un estado de soledad depositaba las monedas en las rendijas de los botes, y cuidadosamente los cubría para que ninguna persona conociera el secreto.
Al paso de los años, los botes se llenaron de monedas. Al pobre de Pafnuncio Bartolo le llegó la edad; los hijos crecieron, luego se casaron y se fueron de la casa paterna, Matilde del Campo le llegó su tiempo de vida y repentinamente murió, él se quedó solo en la casa con su adoratorio; su hijo Pedro, el mayor, se lo quiso llevar a vivir con él, pero no quiso por temor de dejar solo su tesoro.
Muy pronto llegaron otros tiempos, Pafnuncio Bartolo ya no pudo más con su vida, poco a poco se les fueron acabando las fuerzas y la visión, aparecieron las arrugas, su pelo encaneció, se le cayeron los dientes, sus músculos eran flácidos sin fuerzas para soportar su andar, su columna vertebral ya no soportó más su cuerpo. De repente, en una fría mañana de invierno del mes de diciembre sentado en su silla preferida, como aferrado a la vida, como queriendo una segunda oportunidad para seguir viviendo, amaneció congelado a las puertas del oratorio de los santos de su devoción. El tiempo, el dueño de la vida, le dijo: “Hasta aquí nomás llegas Pafnuncio Bartolo, no hay más una segunda oportunidad de vida para ti.” Daba así el paso que todo mortal tiene que dar, pero que por el temor a lo desconocido no lo quieren dar.
Al paso de los años el adoratorio sagrado empezó a deteriorarse: el techo de tejas apenas era sostenido por las viejas vigas, las paredes cuarteadas, era por donde entraba el aire que le daba a la cara a los santos. Pedro, que vivía por el rumbo de Las Palmas, era el heredero del adoratorio, por eso repentinamente ordenó a sus hijos que fueran a derrumbar totalmente lo que quedaba del templo sagrado para que el material que de ahí saliera se construiría la casa de los puercos que vivían a la intemperie.
Los hijos, muy obedientes, primero destecharon el tejado, separaron las maderas llenas de moho y polillas, luego las trasladaron a su casa junto con los santos. Posteriormente derrumbaron las paredes y sacaron los ladrillos del piso, de repente los muchachos Bertoldo, Austroberto y Degoberto al destruir la base del altar les aparecieron los botes ennegrecidos y podridos con el tiempo, llenos de monedas ennegrecidas que emanaban un olor a fétido: como de azufre, en ese momento los hermanos asombrados con lo que habían encontrado, no lo podían creer, eso no era común en los pueblos: encontrar una montaña de dinero en oro y plata.
Al pobre de Austroberto el menor de los hermanos empezó a llorar, y repentinamente le dio un ataque de templorina porque le había dicho su abuela Violeta María del Consuelo que encontrar dinero era algo malo, y que las personas que encontraban algún tesoro muy pronto encontrarían la muerte también; pero Bertoldo el más vivas de los hermanos lo contentó con sabias palabras, él sabía el valor de ese tesoro; el siguiente paso fue asegurar que el secreto se lo guardarían ellos mismos, no informarles a los padres, pero como que Degoberto no estaba tan convencido de las recomendaciones de su hermano Bertoldo; pero cuando éste les anunció que cada uno les tocaba un bote de ese tesoro, aceptaron, y finalmente se las ingeniaron para salir adelante con su tesoro encontrado a los pies de los santos del oratorio.
Ya con toda la calma para esos menesteres, exploraron el tesoro: palparon ceremoniosamente las monedas; luego los hicieron sonar en las piedras y escuchar los sonidos que emitían; Bertoldo sabía que el dinero transforma a los hombres, como que los vuelven locos, por eso tomó una de esas moneda amarilla-ennegrecida, luego se la llevó a la boca para morderla y cerciorar su autenticidad, era dinero, real y auténtico, no lo podían creer, luego se hacían muchas preguntas incontestables entre ellos sobre el origen de ese tesoro.
Decidieron entonces en una tarde-noche transportarlo en costales de ixtle con rumbo a su casa para que no fueran observados por algún mortal, estaban emocionados y alegres, pero también temerosos; los metales estaban muy pesados por eso fueron avanzando lentamente, arrastrando su fortuna por unos metros, luego descansaban un momento y otra vez avanzaban otros metros hasta que finalmente llegaron por la noche a su casa. Pronto convinieron enterrar el tesoro a los pies de los árboles de pirules porque se creía que ésos eran mágicos y curativos de los males del espíritu, pasadas las horas de la noche culminaron con su obra.
Al paso de los días el tesoro de oro y plata era vigilado en secreto por ellos pareciera que estaba ahí dormido. Luego llegaron los años ellos crecieron y por recomendaciones de sus padres se fueron a la ciudad a estudiar, ya con el título en las manos de sus nuevas profesiones se regresaron al pueblo donde estaban enterrados sus cordones umbilicales, entonces decidieron ir por su tesoro enterrado a los pies de los árboles de pirules que habían crecido y echar manos de ese tesoro y llevarse la vida de sueños y de pasiones.
Buscaron los picos y palas, y en secreto empezaron a escarbar y escarbar en los pies de los árboles de pirules, pero no aparecía el tesoro enterrado ahí años atrás, dejaban así pasar algunos días por la fatiga; luego otra vez seguían buscando, y no aparecía la fortuna ahí enterrada, los hermanos en sus rostros empezaron a notar las preocupaciones, como preguntando el destino de ese tesoro. La población del lugar empezó preguntarse y a sospechar qué hacían esos hermanos escarbando y escarbando en los pies de los árboles, sin la menor idea de lo que sucedía.
Repentinamente, como una peste, como un castigo que no se sabía porque, la familia de Pafnuncio Bartolo empezó a enfermarse de enfermedades raras e inexplicable para la razón y sin posibilidades de curas, se fueron uno a uno muriendo hasta desaparecer todos de la faz de la tierra. Se decía que el lugar donde vivía la familia estaba como embrujado, como de mal agüero ya anunciado por la abuela Violeta María del Consuelo.
Pasaron los años, el tesoro nunca más apareció, no obstante, en el lugar donde los hermanos lo enterraron: a los pies de los árboles de pirules en ocasiones brota lumbre por las noches, algunos mortales que viven en el pueblo piensan que por ahí debe de haber algo sorprendente, pero no se arriesgan a hurgar por el miedo de que algo les pueda suceder como a la familia de Pafnuncio Bartolo.