Poemas

TRASHUMANCIA


Ella, la felicidad, y esa era la felicidad que compartíamos,

sin reparar en su presencia ni reconocerle sus valores,

sin siquiera rendirle un pequeño tributo de amor jamás,

por eso un día sin que nadie de la casa lo notara, y éramos ya muchos,

se fue yendo despacito, sin quejarse, sin sonido ni ruido, ni recriminación.

Ahora de que ya es tarde para hacerlo, la evoco entristecida,

convencida de que, en algún lugar cercano,

a seguir viviendo como en casa lo hacía,

injustamente inadvertida, la estará pasando mal,

tanto como para que hoy me resulte fácil intuir que, por idéntico motivo,

abandonándolo todo y sin remordimientos, resuelva dolorida irse.

Volar, hacia otro hogar, volar como ella sabe, hacia otras vidas,

jóvenes inexperimentadas, parejas principiantes,

recién adentradas en la ciega ternura del estreno hogareño amoroso,

juventud arrogante, indiferente, confiada e ignorante como siempre ocurre,

de su abnegado, silencioso, sublime y hasta exagerado humilde transcurrir.


DOLORIMIENTO

Amé:

Y fue ese amor inmenso -el convertido en lamento-

el mismo que me instaba a quedarme en los instantes,

el que moldeo mi vida desde el primer momento

transformándome en sorda, en ciega, en titubeante.


Viví:

Sin saber que ese río -el que mi memoria extraña-

amoldando su lecho al nivel de la pampa,

impregnando de orgullo mi estirpe y mis entrañas

ocultaba en el fondo su razón hecha trampa.


De piedra:

Ya soy una columna que soporta el mañana.

A mi lado, en silencio y derramando hoy su calma

se acomoda este río -el de efluvios mundanos-

al que vi. embravecido luchando contra mi alma.


Incólume:

Quiero explicar a todos los que en su cauce cantan

la verdad del misterio, pero mi voz no alcanza.

Sólo se escuchan ruidos, murmullos que levantan

las risas de las niñas que a mi sombra descansan.

ESPERARÉ POR SIEMPRE, EN ALGÚN LADO

Hoy me he escapado sin querer lejos, muy lejos, a una zona ideal del pensamiento, de ese lugar que es anacrusa de los tiempos donde el cuándo ni espera ni es muy viejo.

Y evocando mi ser de aquellos días, proponiéndome encontrar lo que buscaba, pregunté por mis besos y asombrada comprendí que esa gente no entendía, aquellos besos y tu voz, luego tu ausencia…

Ay y si pudieran mis besos humillados atravesar tu diario recorrido haciéndome entender que aún perdidos, ellos siguen con vida en algún lado, habré logrado aislar la maravilla, que da por resultado lo deseado…

Ay…,

Que sepas que te espero en algún lado.

RESONANCIA

Cuando llegué me dije, ya sos, ya estás aquí, para que aquí crezcas a gusto. Respirá hondo ahora como lo hacen todos.

Tus pulmones llenándose de aire te harán feliz. Y acepte allí la consigna que naciendo de mí sin hacer ruido se fue expandiendo adentro, llenando mis espacios con música selecta, el lugar del inicio, creo.

La acepté sin negarme, como la nena buena que desde siempre fui.

Y lloré. Y mi primera lágrima al huir de mi cuerpo habiendo condensado en su líquida forma las ganas de existir, impulsó de tal forma mi energía al futuro, llenó con tal potencia las arcas de mi aliento, que el tiempo a mi asignado, el que sin brillo ni luz a mí correspondía cruzando los abismos penetrando mi mente, se adueñó de mis días hasta hoy.

Hasta hoy y aquí, en donde vivo a gusto.


Amanda Patarca

EL TRIGO Y LOS DURMIENTES


La semilla de trigo se ubicó entre durmientes, pero el viento la llevó a campo abierto.

¿Y si de aquí en más sembráramos trigo?

Tal vez nuestra semilla llevada por el viento a campo abierto,

o dejándola sola pero bien sepultada en su lecho de tierra,

al cabo de su tiempo podría prosperar.


Son muchos los que amasan el pan de los durmientes hoy.


Si ellos despertaran la harina de los trigos al llegar a las manos de mujeres valientes,

obligaría al mundo a reabrir las vertientes,

aquellas que exultantes nos a labriegos secándose felices el sudor de sus frentes.


Si ellos despertaran pensando que el trabajo al solventar la casa dignifica la vida,

reviviendo al que sufre por su falta, el fragor de sus manos dichosos cada día,

su pan amasarían de aquí en más...


Amanda Patarca


BUENOS AIRES BAJO LA NIEBLA DE UN OTOÑO ANTIGUO

Alejandrino


(11 de junio 1580: Segunda Fundación de Buenos Aires)


Si en un día de otoño se inició su destino

porque la historia quiso que esta ciudad naciera

y la niebla de junio determinó su sino

sin que el mundo escuchara ni Garay lo supiera…

Igual que aquel otoño que odiaba a lo mediocre,

que sirvió a Buenos Aires como testigo osado

es este otoño mío que me enredó en su ocre

revelándome claves para abrir su pasado.

Hoy llegué hasta su esencia y sé que es importante

nacer en pleno otoño como ha nacido ella.

Los siglos se estremecen; ella sigue anhelante.

Poderosas razones iniciaron su huella.

Amanda Patarca.

EL ÁNGEL DE LA NAVIDAD


Llega.

Casi lo percibo. Se posa en la mesa

y dando volteretas nos indica un orden.

Exhala un quejido. Su aliento calienta las sienes de todos

y oliendo a jazmines se acerca a la fuente del pan.

Atraviesa el aire con sonidos suaves.

Entorna sus ojos y desde el límite impuesto por sus propias alas,

moviéndose apenas vuela hacia nosotros

para iluminarnos con su propia luz.

Casi lo imagino, desafiando el eco, haciendo equilibrio sobre el rumbo oeste de la mesa blanca cargada de frutas , de cintas, de pájaros,

marcando la idea que gesta su impulso.

Ya sobre el abismo, de su boca sale la palabra justa. La que debe ser.

COINCIDENCIA, dice.

Y en cuanto decido, casi humildemente , dominar mis manos, para no tocarlo,

roza mis mejillas con sus plumas blancas...y...

así como vino, sigilosamente, el Ángel nos mira, saluda y se va.

“LA VIDA ERA LA VIDA, EN ESE MUNDO” (Poema libre - Díptico)

-La Vida que, evocada, hoy vive en mí-

I.- Gloria del Atardecer

Afuera crecía un jardín muy bien regado, cuidado y florecido.

Y sobre el alto tapial, los besos de ángeles blancos

-enraizados guardianes de aquel predio-

descendiendo del cielo y conscientes de la dicha allí instalada,

volando hasta su risa, se posaban temblando, en su cabeza,

despeinando, con humor, su pelo.

Su cabello trenzado y elevado a la altura, era de oro.

Tan puro, tan real, bello y fulgente

como lo era todo aquello que mi mamá tocara.

En este momento, siento la invasión de un torbellino:

de una ráfaga acuciante, celestial, suave y sombría

y tan distante de mí, por movediza y confusa,

como el helado rocío, dispersado en la galaxia

desde el soplido de aliento, desesperado y violento,

de una aurora, detenida, sin lograr ponerse en marcha,

perdida en la inmensidad, retrasada en sus quehaceres.

y… por sobre todo, sabiéndose esperada por toda la humanidad.

No es fácil la explicación.

Todo lo que, en este instante, yo percibo como cierto,

llegó a mí, desde aquel tiempo al que enterramos por muerto,

en la fragancia de un beso; de un Beso de Ángel antiguo

meditando adormecido, tranquilo casi despierto.

Y porque lo sé, lo juro, asegurando que es cierto:

todo lo que allí ocurría, sucedía entre esas flores

bancas como los jazmines, con perfume apabullante.

De pétalos nacarados, trepados a sus corolas, en racimos fulgurantes.

La vida se percibía, bajo aquellos besos puros provenientes de los ángeles,

mientras mi mamá, cosía,

dejando desparramados, por las baldosas del piso,

trocitos de tela, hilachas, moldes de papel de seda, carreteles y ganchitos

y partes de su alma hermosa -mater misericordiosa- hilvanada a sus anhelos.

Anhelos de todo tipo. Hasta los que, por ser grandes, en la casa no cabían.

A los que he visto dormidos, sobre el pasto

o colgados de algún ruedo, con alfileres prendidos.

O en sus caminos de ensueño, cuyas tranqueras y puertas,

sin goznes y sin bisagras, que hicieran ruidos,

intuyendo un ambular, a la hora de la siesta, al paso de ella, se abrían.

Siempre quedaban desechos…

Pero llegada la noche, cansada casi rendida, mi madre los recogía,

levantándolos del suelo, para no escuchar reproches,

antes de enhebrar las cuentas, de sus plegarias,

-dispersas y amontonadas sobre su cama-

con deshilvanados rezos.

Completando, así, su día, entre sonrisas y besos.

II.- El Pino Director de la Orquesta “de sus pájaros”

Todo pasaba allá lejos. Casi todo. Bajo la sombra amigable de aquel pino

que hoy vislumbro, con mi visión redentora,

tan contundente y rotundo, como arrogante y vigente.

Desde el abismo profundo, donde se esconden los muertos, hoy lo he hecho renacer,

-fiel amigo de mi infancia, complicada adolescencia, y testigo de mi ayer-

El que al crecer desde el brote por nosotros implantado,

enredando sus raíces con las nuestras, y a nosotros injertado,

transformado en nuestro prójimo, sin distinción de linaje, cunas, reinos o pelajes…

Sin ampararse en sus méritos, sin conseguirse algún rango, ni renegar de su especie…

fue creciendo lentamente, dirigiéndose al ocaso anunciador

Y fue, allí, cerca del fin que, allanándole el camino,

lo vimos cruzar el río por el vado arrollador…

Y fue después de ese instante, cuando, erguido,

se hizo dueño del sosiego de ultratumba y del silencio escrutador,

solo a su cuerpo asignados, y por él, ya en ese tiempo, presentidos y esperados.

Se retiró como un grande convencido, en ese trance,

sabiendo que la alegría se escondía en su follaje.

Y así se perdió de vista aquel Maestro, Cantor en los vendavales

Concertista y Director de la Orquesta “de sus pájaros”.

Se fue como un Almirante, de sobrada autoridad.

Como lo hace un General, vencedor de las batallas.

Como lo hace un Arquitecto que, al conquistar las alturas,

por las puertas de sus torres, puede hacer pasar a Dios.

Y cuando, conscientemente, por haber pasado el vado

nos dio su último adiós, él lo hizo a su manera.

No con la imagen callada de vegetal resignado, sino como Emperador.

Líder de una gran Nación, sin nombre,

dentro de una dinastía, la de él, de sobrada Dimensión, concebida como propia.

Sin escudo ni bandera, sin himno ni escarapela,

Sin estandartes, ni vallas, ni imposición de barreras.

Sin miramientos de piel ni distinción de ropaje.

Él como árbol creció… y llegó, por su coraje, al rango de Emperador

Del Amor, de la Dicha, del Asombro en la mirada de los niños

y también de la Ternura distribuida en su paisaje.

Verde copa encubridora. La que alegró nuestra infancia.

Verde selva impenetrable, la que acercó a mi memoria aquella dichosa instancia.

Ella amparó nuestro nido, construido entre sus ramas,

Y a sus cinco refugiados, fugitivos de esta historia, bien custodiados, adentro:

Un casal -dos pajaritos- atrevidos y dispuestos:

mi Santo Padre, mi Madre -Gloria del atardecer-

y tres pichoncitos tiernos, preocupados por crecer.

La vida era la vida, en ese mundo.

Y el mundo, ese otro mundo, el oscuro,

el que a la vida mostraba muy atractiva, con las maldades,

surgidas de sus quehaceres, para generarnos miedo,

se disolvía, humillado, al penetrar nuestro cielo.

¡Todo un mundo era ese Imperio! donde el centro era la vida.

La vida nuestra… La que allí siempre fluía, perfumada.

-amparada por los besos que, ese ángel florecido,

mirándonos desde arriba, ubicado sobre el muro, nos enviaba

para que Ella, -la vida nuestra-, -esa vida que era mía-

los distribuyera, sobre aquel jardín del mundo nuestro,

rociándonos con las flores surgidas de aquellos besos.

Tal cual como si estuviera, dentro de un corso lejano,

arrojando serpentinas, de papel de mil colores,

dirigiéndolas al cielo, -que es de Dios- con la fuerza de sus rezos.

FIN

“DÉCIMAS SILÁBICAS LIBRES”

I

SIN PENA NI GLORIA NI AMORTIZACIÓN


Fue que me ofrecí y me anotaron.

Jamás pensé en quedarme y me quedé.

Esperé confiado y me tomaron.


Distraído me acerqué a la fragua

dispuesto a entregar lo que pedían,

buscando lograr que respetaran

lo mucho que yo les ofrecía.


Luego comenté que no me iría

porque con los míos me encontraba

y que por placer yo les daría

lo que Dios, con fe, me prodigaba:


Eso que viviendo perdería

permitiendo que mi tiempo usaran

sin negarme a malgastar mi vida.


II

Y ASÍ FUE CÓMO


Ignorando el valor de ese costo

trabajando, me olvidé del tiempo...

Hoy, ya grande, comprendí la trampa:

Nadie me empujó; solo entré al corral.


Mi inocencia deslizó la tranca.

La prudencia decoró mi rostro

con arrugas y esta risa franca.

“RAMÉ”

Algo sobre dos de los cuatro elementos entregados a los seres humanos: el agua y el aire. Prosa poética.

Nada es más inquietante que dejarse vivir mientras la tarde se desgaja temblando entre rítmicas descargas ensordecedoras. Cada medio minuto un trueno y cada tanto un rayo que, cayendo cercano, nos hace estremecer. El bramido del cielo hace eco en la tierra y se desparrama. Ya no se distingue de dónde viene el ruido. Si conscientemente no me sintiera ubicada en donde estoy, podría pensar que lo que estoy escuchando es el mar empujándose desde todos los ámbitos; desde arriba, desde abajo, desde abajo hacia arriba, de izquierda a derecha, luego de derecha a izquierda, más tarde en diagonal, con intervalos minúsculos de tiempo. Como si todas sus moléculas, como niños jugando al borracho, estuvieran dispuestas alrededor de una de ellas la cual, cayendo en peso muerto sobre sus compañeras de contorno, fuera empujada, por turno, hacia todas direcciones, hasta que el movimiento continuo se detiene, casi siempre, a consecuencia de una causa exterior: un golpe, cansancio en el entorno, una llamada…

El ruido cesó, mi mar se desvaneció; como si hubiéramos viajado juntos, se oyen voces confusas saludando desde lejos. No logro distinguir qué dicen. Imaginación, imaginación… Qué van a decir, pobres… Esas voces sólo pueden sugerir, hacer presentir la iniciación de una esperanza. La del nacimiento de un orden nuevo después de la vigilia expectante como consecuencia del padecimiento de la incógnita del después, visto o sentido desde el ya de este ahora.

El aire cargado de silencio humano se agolpa en mi ventana entreabierta. Inunda mi habitación con la frescura de lluvia venida de muy lejos; de otras estaciones. y como una mensajera, a modo de anunciación, me deja escuchar sordos ruiditos, mezcla de canto de pajaritos, grillos, chicharras y otros bichos. Suspendida mi existencia, inmóvil después del movimiento que sirvió de testigo, me dejo estar, despreocupada, mientras gotones gruesos, cruzando el espacio en diagonal, penetran por mi ventana, ya totalmente abierta, mojándome.

Llueve. Ahora sí que no hay más nada tan lindo como dejarse vivir, mientras la tarde, apaciguada, nos conduce a la noche.

Amanda Patarca.

“OSTRACISMO”

(Como aislamiento, ofrenda y/o desprendimiento).

Yo soy la que está del otro lado de las cosas generadas por mi aliento;

del otro lado de los hechos, concretados por mis ganas, en otro tiempo;

del otro lado del espacio en donde ayer imperaba la certeza.

Lejana dimensión inolvidable aquella, dentro de cuyo centro se embrionó mi ser

sin imaginar nunca -como hoy, desde este remoto lugar lo estoy haciendo-

que un día, la vida cotidiana terminaría para mí, sin dejar yo de existir;

ganada por la muerte, mucho antes de morir.

Yo soy la que ahora espía sosegada detrás de las colinas

que ocultan los fulgores del sol sobre los mares;

la misma que hoy añora lo vivido y registrado en mi ayer;

el que me sonreía al cruzar por los puentes,

mediadores pasivos de rústicas labores.

Esos, los que allanando escollos del camino y actuando de soporte,

exaltaron sin voz desde su génesis, la firmeza pesada de su estirpe social

y la grandeza secreta de esta prosperidad global.

Pero la incertidumbre, que oscurece las mentes,

angustiando hasta el alma de los que como yo, detectan a los que tejen lento

y a los que exigen pan sin transpirar sus frentes,

no permite que yo espíe. Ella, con su energía incierta,

sólo instiga a sus aliados, sugiriendo.

Y así, asociada a ellos, mitigando la destreza de mis ojos,

terminaron, todos, reduciendo mi accionar. normal

Por eso mi conciencia -la que observa conmigo replegada y ansiosa,

envuelta en la penumbra de este ocaso que aspira a eternizarse,

implora suplicando el fin del singular suceso que engendra esta cuestión

Y es ella, mi conciencia, la que desde el indicio de la luz del día,

hasta el último espasmo del sol en el poniente, me invita a contemplar,

desde su propio ensueño, -atrapada como estoy, y adormecida-

el trazado certero de mi sino al cual, ubicada de este otro lado de las cosas y los hechos,

me es imposible llegar a vislumbrar.

Si a mi conciencia mi destino inquieta, hermoso y cargado de sorpresas, debe ser,

me digo Él es el que implorándome, desde su línea horizontal, precisa y quieta,

a través del cielo diáfano en su azul de cristal puro, me sugiere anhelante;

gritando y repitiendo como un eco, lo que mi ser desea, sin estar del todo convencida.

Y escuché lo que dijo: “Que sólo regresando a lo que entonces era,

proseguirá mi vida cotidiana, activada a mi manera, palpitante y feliz”

La vida que hoy percibo detenida, a oscuras todavía, y en vano secuestrada

moviéndose hacia abajo lentamente en silencio y en constante desliz,

motivo por el cual me encuentro aquí.

Y a pesar de todo, sintiéndome asombrada, me escuché respondiéndole: ¡Lo lograré!…

Lo lograré sin prisa. Sin pensar en venganzas por mi tiempo perdido;

desechando mi apego a este ostracismo gris que me mantiene al margen.

Ubicándome lejos de las noticias falsas; olvidando recuerdos de forzadas caídas

y de la incertidumbre que se pasea airosa, indecisa y nerviosa, por todas las orillas.

Curándome la herida asestada con saña, la que aún carga mi cuerpo con malsano rencor.

Sabiendo, sin embargo que la mía, florecida y sangrante todavía, ya dejó cicatriz.


Amanda Patarca

“LA PALABRA, LA METÁFORA Y ESA CONSIGNA ÍNTIMA QUE NOS INSTA A SER SIEMPRE UN POCO MÁS”

Nota Preliminar: Mente: Conductora, instructora, movilizadora del alma, del espíritu y de la conciencia. Generadora de ideas con las que se sustentan los conocimientos establecidos, puestos en marcha y/o reproducidos por medio de la acción de pensar, a partir de la percepción con posterior grabado en la memoria. Actos, estos, efectuados por el intelecto.



No sé cómo decirlo.

Y aunque deba expresarlo de otro modo, buscaré las palabras para hacerlo. No me pregunten cómo.

No concibo la vida sin metáforas. Cántaros llenos de eso que me falta, explicaciones; paralelismos, a veces sorprendentes, necesarios para comprender.

Ellas, ubicándome de frente, cara al viento, sostienen, de ese modo, mi vigilia...sin preguntarme, nunca, si así es como me gusta; simplemente lo hacen aplacando mi sed de saber y el temblor de mi cuerpo aterrado, cuando clama respuestas a tanta incertidumbre.

Ellas, haciéndome entender lo inteligible, me sitúan inmersa en la inmensidad del tenebroso espacio, en donde vivo habiéndome tomado, para ello, sólo una ínfima parte del total.

Lugar dentro del cual me enorgullezco de utilizar como ninguna, mi espada o mi ternura, cuando, sin que nada se oponga ni nadie me detenga, decido concretar mi acción deseada demostrándole al mundo, mi osadía, llevándola a la práctica.

Y ¿Cuándo estoy donde sucede eso? Termino preguntando cautelosa, mientras me resisto a que me invada el miedo.

Estoy aquí que significa ahora, me respondo a solas, siempre con su ayuda. Continuamente interpretando todo lo que mis sentidos logran conseguir, al pretender grabar en mi memoria aquello que a mi alma afectó.

Para que luego yo, entregando a la vida mi cosecha azarosa producida con hechos que también dejan cosas, al captar lo logrado, lo exprese traducido, trasladado a mi idioma lentamente gestado para reproducir el ruido de las ondas errantes provenientes del eco sensible, detectado.

Convencida y feliz porque entiendo que existo, porque aquí estoy de pie, ante recuerdos, dormidos, algunos apagados huyendo en tren de fuga, o retornando encendidos, dispuestos, otra vez a consumar conmigo el antiguo ritual de la nostalgia:

Abrumadora sombra melancólica que se me presenta silenciosamente… Inmensa… taciturna … huraña.

Sin ser requerida… aunque a mí se acerque sin traer consigo ni indicios de culpas ni vestigio alguno de remordimientos, para no hacer daño. También aquí me encuentro, hoy, tendiente. Atenta a los dictados de mi mente.

La misma que impulsando mi destino se me impone al ritmo de un cronómetro activado. Para persistir atrayendo, fuertemente, mi atención con sólo irradiar luz al empujarme.

Con esa luz, lo sé, se entretienen mis esperas resignadas… silenciosas…lánguidas…

Y ¿Dónde estoy cuando sucede eso? ¿En que espacio se mueven mis pasos en el tiempo en que actúo? Me pregunto, entonces.

En el mismo de siempre, me contesto. El ahora.

Ese punto que huye y que, aferrada a él, persigo porque convencida acepto lo que mi alma no se atreve a negar:

Que es en el mismo fragor del ajetreo que me impongo, (mental y corporal), mantenido viciosamente inacabable, donde radica la razón indiscutible del sostén que, de ese entrenamiento, exige mi existir para durar, deviniendo.

Insistiendo, entonces. Sobre eso, tampoco a mi corazón le caben dudas.

Porque potenciando los pulsos de mis ondas vitales, subsisto perdiéndome ensombrecida, casi oscura, a veces para encontrarme, luego, al cabo de unos días, otra vez fuertemente iluminada.

Expectante, además. Como cuando Adán conmigo no sabía qué hacer porque yo lo seducía, aunque no siempre con recursos seductores.

Como cuando ignorantes, ambos corríamos tomados de la mano sin saber que el paso que habríamos de dar y luego dimos nos dejaría sin cielo, huérfanos de respuestas y atrapados por siglos en la red del espanto de la que nos libramos, mucho tiempo después, saltando hacia el trapecio que oscilando pendiente del hilo de la vida, nos prodigó, por fin, la fe recién creada para ambos. La fe que convencía.

Aquella fe anhelada, entonces… la aun desconocida. La que nunca llegaba... pero que llegaría...

Aquella fe cuya demora, nociva, nos hería... ¡Ya se encontraba activa!

¡Perdidos abrazados! ¡Atrapados sin un trozo de cielo todavía! Al sentir que sentíamos, nos sentimos felices, sin embargo.

¡Por Dios, qué maravilla!

Entrelazados, corporizados, materialmente terminados pero aún ignorantes. Flotando en medio de la bruma, sometidos.

Con la mente virgen… en blanco todavía.

Tentando la palabra, la primera, la tardía, la que decidió, un día, salir para nombrarnos.

¡Somos! Dijimos. ¡Qué más podíamos pedir, en ese inicio!

Con ella creamos el hecho plural y el número dos y el tres. Y la suma que aplaude como expresión de gozo y la resta que anuncia su reclamo en silencio ocultando su pena.

Y todo, porque el mundo se nos vino encima, de repente.

Y eso, por creernos libres de ataduras… sin haberlo pensarlo, demasiado.

Los que éramos, proseguimos, sin prisa y preocupados, la marcha en el ahora, desde allí, generando la historia.

Tanteando, andando a ciegas todos. Los mismos que de a poco nos fuimos redimiendo solos, intuyendo.

Persiguiendo el único punto en desliz continuado, el mismo de siempre, el que instándonos a vivir sumergidos bajo la corteza en un túnel oscuro sin final de luz trazaba los rumbos de nuestros caminos, creando espejismos.

Mientras las palabras, forzando su huida, desde nuestras bocas, se expresaban trémulas, desconociendo, todavía, el poder de su potencia, como nosotros la existencia del alma.

Y así fue, como… un día, desprendiendo enardecidas su aroma embriagador. Ellas solas nos fueron presionando… conmoviendo… para hacernos saber que allí, en ese otro lugar de ubicación en donde nos hallábamos persiguiendo aquel mismo punto inicial tomado en cuenta, ya éramos otros porque éramos más… Más de lo que antes éramos.

Con un más que, ciertamente, se sumaba para conjugarnos, luego, como fuimos siendo: un poco más humanos, un poco más atentos, un poco más seguros, un poco más inquietos y anhelantes, un poco más conscientes… cada día.

¡Pensadores, al fin!

Y para hacernos comprender a los humanos, instalados vitalmente en nuestro ahora, que aunque sigamos generando ideas, insistiendo de día y de noche pensando hasta la aurora, siempre nos estará faltando algo. Algo más. Mucho más. Muchísimo más de eso que nos permita descubrir la clave; la del acceso infalible a la alegría del vivir en paz.

Mientras tanto, aunque de a poco, los que así pensamos, nos contentaremos con ir completando, positivamente, hasta el borde mismo de su concavidad, el cupo singular de almacenaje, de nuestra propia mente.

Y enfocando, entonces, con un hilo de luz potente y claro, ese punto inicial en continuo desliz, llamado “ahora”, al que aferrada, aún persigo, comunico a los hombres del mundo que, a modo de apuesta, firmo, aquí, decretando mi aval contundente a favor de la vida.

Y, además, que esperando que mis nobles ansias por colmar de ideas los sagrados cántaros, se vayan cumpliendo tal como lo intuyo, decidida, persiguiendo ese punto esencial, el sostén de mi vida, sin dejar que me invada la duda, sometida al fulgor de su influjo, con él huyo.

Amanda Patarca

“TODAVÍA”

Simboliza: "aún no ha sido" o “perdura”.

La palabra se encierra, se funde en el espacio.

mientras tanto no existe decisión ni reclamo.

Suspendida en el tiempo va cruzando despacio.

el símbolo no entiende ni escucha si lo llamo;

el nido de la angustia se transforma en palacio.

No responde a los ruegos ni vibra a la insistencia.

Ermitaña y altiva se manejó por años,

ciertamente por eso se ha negado a la ciencia

y si es fiel a la espera sin aliarse al engaño,

seguro es que prefiere, recordando su esencia,

no creer en azares ni en futuros extraños.

Amanda Patarca.

“CONFLUENCIAS”

-¿Por qué recién al tiempo se comprende

y hasta se justifican los azares?

Será… porque los seres, lentamente,

al agotar sus horas prefijadas

eligen por instinto tiempos nuevos,

sin buscar entender ni imponer nada.

-Las razones que aquellos han tenido

se expanden por el tiempo unificado y…,

ese ser que lo vivía como propio

al asociar su tiempo nuevo al agotado

sin entender porqué, comprende algo,

sin saber con quién va, le da la mano.

Tu tiempo ya es mi tiempo madre. Nuestro tiempo.

Compártelo en silencio. No me llames.

Cuando llegue el momento, me habré despedazado

para entrar en mis hijos con mi tiempo agotado.

Darles luz es mi sino, disolverme y seguir

eternamente en ellos sin miedo de morir.

Amanda Patarca.


Poema con explicación más detallada

-Madre: ¿Por qué recién al tiempo se comprende

y hasta se justifican los azares?

-No sé... Tal vez sea…porque los hombres, todos,

al sentir agotadas sus horas prefijadas,

sin pensar ni saber ni entender nada, eligen por instinto tiempos nuevos

para afrontar confiados -entrando en sus caudales- la llegada al torrente.

II

Y más, seguramente: Las razones halladas por aquellos, todas,

-respuestas acertadas a preguntas que han hecho-,

al entrar al gran cauce de ese tiempo asociado, se expanden.

Y es allí, en ese punto, cuando el ser, ese joven muy solo y de vida agitada

-el que aún sumergido y serpenteando el fondo de su propio tiempo, no vislumbra nada-

sin comprender porqué, comprende algo y sin saber con quién va, le da su mano.

III


Tu tiempo ya es mi tiempo madre. Nuestro tiempo.

Compártelo en silencio. No me llames.

Cuando llegue el momento, me habré despedazado

para entrar en mis hijos con mi tiempo agotado.

Darles luz es mi sino, disolverme y seguir

eternamente en ellos sin miedo de morir.


Amanda Patarca

“AMÉ”

TRIBUTO-HOMENAJE A MARTA DE PARIS”


I )

Con tu música nos acunamos todos;

en tu regazo aprendimos tu canción.


La soledad… No se instala en las Diosas, pensé, mientras reías muy bien acompañada.

La soledad no es ruido ni silencio, ni ruido de silencio.

Ni suma de espacios en momentos vacíos.

Tampoco es un momento sucesivo, ni el espacio vacío en un momento.

La soledad es un cúmulo en el tiempo de fuerzas invisibles desatadas por el viento.

-¡Para que los poetas y escritores nos deleiten! Te escuché decir, acercándote.


II )

La gloria, ese pasillo oscuro y despoblado, por el que sólo Dios transita, te está desconcertando.

Sin embargo, tranquila, tanteas las paredes para encontrar las llaves de sus luces porque sabes que entraste tomada de su mano.

No todo fue placer en ese gran recinto amurallado en donde te has movido.

Pero los resplandores de sus pasadizos existentes entre tantas salas transitadas, todas, sobre la zona directriz marcada por la sangre de tu sangre -algunas raudamente siendo joven, otras con calma sosegada de baqueana idónea correntina- te otorgaron los dones necesarios para hacerte comprender lo incomprensible.


III )

Con el alma exaltada;

con la piel y el sentido del tacto instalado en el punto crucial del inicio;

sofocando prejuicios;

con los ojos abiertos, el cuerpo anhelante y el olfato, el oído y el gusto expectantes;

con el cuerpo extenuado,

ubicado en función del valor del servicio real aportado a tu obra concreta

-enraizada en las sombras de antiguos anhelos de gozos soñados-

por la cual, unánimemente, tus fieles amigos, ya emitieron juicio,

te entregas, consciente, al placer secreto de aquel transitar siendo niña,

por la infancia cierta de siestas pausadas, las que milagrosamente hoy vibran aquí,

entre la hojarasca de este otoño de oro tan actual y activo como el de Corrientes.

La nostalgia… Esa cosa oscura que queda prendida en la memoria

y que el recuerdo agita para escuchar su voz que es sólo el eco de un canto;

sonido eviscerado, angustiado; letanía luctuosa y funeral; agitación profunda…

Entonces… Es allí. En ese mismo instante cuando, deteniéndote para mirar fijamente, de reojo, el suelo, te preguntas:

¿Será realmente así?

La nostalgia no existe, te dices. ¿O sí?

Pero…Fue tanto el fruto dulce y renovado que la vida me dio y me sigue dando que…

Insistes: ¡Mi tiempo no se inclina en sus altares!


IV )

Y… Nunca se sabe… lo dices afligida viendo llegar a Valery de Francia, trayendo sus consignas.

Nunca se sabe nada, es cierto; él habla de un cantar. Del cantar de la obra que llega a ser de arte.

¡El dice que ella canta en todas partes! ¿Será verdad que ella canta cuando goza porque entrega cantando su alegría?

El silencio, tornándose insistente te obliga a preguntarte ansiosamente, en medio de la bruma:

¿Escucharé, yo, cantar a mis palabras con voz de obra de arte, henchidas de placer en su alegría, algún día, en alguna parte?

V )

Cuando el culto es pagano se torna irremediable ocultar remordimientos.

Marta no es Diosa. Sin embargo, ubicados sus lectores en la cima de su estrella

nos informan, desde arriba, que ella es más; que es mucho más que un faro indicador de orientaciones.

Sabemos que no es Diosa.

Pero… Observándola así, tal cual la vemos, inmersa en su trabajo: erguida, segura, convincente y sola;

asomada al espacio, ubicada de pie sobre su propia sombra protectora,

junto al borde extremo de esa amplia superficie iluminada;

prestándose consciente a oficiar de redentora de todas las mujeres olvidadas, oprimidas, violadas, ultrajadas… sometidas;

sepultadas, todas, en los profundos pantanos oscuros de la historia,

haciéndolas brillar al rescatarlas íntegras, con luces de escrutinio convergentes

solo a ella confiadas -para entrar en los abismos- como lo ha hecho siempre,

debemos afirmar y con razón en grado de potencia indiscutible, que si aún no lo es,

hoy, en virtud del genuino poder natural aferrado a su Gloria, merece serlo.


Amanda Patarca


CONFLUENCIA MÍTICA (Díptico)

(A modo de conjetura: Esa forma extraña de pensar que genera la mente para comprender ciertas actitudes.)


I.- INICIACIÓN

Ay… sugestión…Te insto.

Acércate a esta casa sin demora;

aguardando escondida unos instantes detrás de los balcones de cemento

trepados a sus muros centenarios, de tono inconfundible,

hundidos sus cimientos y ocultada su raíz enmarañada frente a esta plaza fuerte

que por vibrar en sintonía con su historia, me regaló un país de gente triste

para que lo gobierne hasta cambiar su suerte

gozando, por el tiempo de mi vida, la experiencia renovada del disfrute repetido de este ahora.


Es este atardecer tan rosa aquí; tan irradiante y claro el cielo abierto y despejado

-preanunciando la aurora indefinida que intuyo interminable,

desplegándose insistente dentro de su obstinada zona oeste, fulgurante y caliente

que lo asumo sintiéndolo soberbio, consistente, concreto y desmedido como mi ambición

y tan real y apacible como la de ella, respecto de mí amparo milagroso.


Ay… sugestión… te intuyo cerca.

Apúntale, con voz de tramoyista, desde el foso, eso que lleva adentro y que debe sacar de sus entrañas pronto,

para que todos la escuchen sin cansarse nunca, aplaudiendo cuanto se le ocurra

y aceptando todo lo que diga, sin considerarla condenada, a secas.

Convéncela para que deje de pensar que eso que exprese será considerado, por los otros, que también son muchos, sólo mera ficción llegada desde afuera, prodigada con hermosas palabras memorables.

O como el salto al vacío de la mujer que es: enardecida y vital, frente a su público,

a la hora de entregarle el cargamento de su propia irrealidad;


Ay… sugestión…

Apúntale con voz de tramoyista la verdad; aquella que, por fin, quiera escuchar:

No sólo que es hermosa y elegante sino algo que exprese mucho más:

-¿No escuchas, todavía, los bombos que redoblan aquí abajo?-

Apúntale al oído, desde el foso pegado al de la orquesta…

que por ser fiel a su hombre y amable y cariñosa con su “pueblo”, que juró ser leal,

la función, su función, la que anuncie su nombre con luces de neón y marquesina;

la que fusione sus mundos, con los que sola extraiga, improvisando, un solo objeto de emoción

habrá de comenzar, forzosamente, donde se encuentre reunida nuestra gente; nuestra buena gente

y ella, mi mujer, ya con nombre y apellido contundente, esté sintiendo a solas,

lo que intuitivamente concentrada o por instinto sienta.

Sin valerse de textos pre escritos en papeles, sin ayuda de nadie,

sin libreto estudiado de memoria, ni siquiera guión.


Ay… sugestión… ¡No te demores! ¡Acelera tu paso!

¡No hay tiempo que perder! ¡Llega pronto, por Dios! ¡Te estoy necesitando! ¿Cómo decírtelo?

Ay…Si pudieras convencerla, al ubicarte cerca, de que esto que nos pasa no es un sueño…

descartaríamos del mundo y de esa gente la palabra “ficción” que entraña, para ella, su calvario:

esa idea postergada de escenario, actuación, premios, giras, ensayos desvelados, aplausos, éxitos…

ovación.


Hay…

Si las voces exaltadas de este pueblo mío que, en este instante, ruge, debajo de mis pies,

pudieran transmitirle sus deseos frustrados, padecidos, hasta hoy escondidos y todo lo que yo sé …

Si por medio del soplo sugestivo que imponga tu influencia trabajada por vos a fuego lento en su

garganta, lograras que escuchara, sólo un eco…

el eco lejano de su infancia dolorida… sufrida y maltratada, ya ahogada y sumergida, con todo,

en la bruma sombría, asentada en los profundos abismos de su alma

de actriz talentosa, desprovista de avales, con promesa en espera de su entrega inmediata

a la enorme platea del Gran Pueblo Argentino ¡Salud!,

imaginado, aquel día, al salir de Los Toldos, brutalmente rendido y postrado a sus pies…

¡Que deslumbrantes y estables podrían resultar aquí las cosas, desde ahora y con ella para siempre!

*****


(A MODO DE RAPSODIA): Les prometo, desde mi sitial de obrera, que los ayudaré con mi asistencia, siempre. Y con toda la fulgurante fuerza espiritual que mi alma de repartidora justa, genere. Me encuentre donde me encuentre...


II.- EL ABRAZO PODEROSO


Gloriosamente grande es mi país

¿Porqué no probar suerte?

Y me volví a dormir, hasta que desperté en mi cama, como siempre.

Pero un día me fui.

Cuando me despedí, llorando su tristeza en la cocina, tapándose la cara de vergüenza, mi madre

preguntó:

¿Adónde está el país gloriosamente grande

como para tentar allí la prueba de tu propio desafío con la suerte?

¿El país? ¿Mi país? Él está aquí… ¿No lo ves pegado a mí aplaudiéndome, debajo de mis pies?

Y, bueno, nada más… En el final, una última sonrisa logró disimular su frustración, .

Tal vez por lo liviana, levanté sin esfuerzo la valija, de cuero simulado,

-en donde entre mi ropa, ocultos, a oscuras, y apretados

buscaban entenderse mis anhelos de fama con mis ganas-.

y juntas y hasta amigas, tomadas fuertemente de la mano,

y moviéndonos sumidas en el más funeral de los silencios, llegamos hasta el tren…

que se apuró en salir. Y me volví a dormir, como lo hacía siempre,

hasta que desperté, cuando cesó el vaivén, estando, ya, muy lejos de mi cama.

Eso ocurrió exactamente aquí; en esta plaza, cuando, alguien, con vos aguardentosa y sugestiva

de viejo tramoyista entabacado, rozándome las sienes con su brisa asombrosa,

hablándome al oído de muchísimas cosas, desde el foso cavado

detrás de los balcones de esta casa entrañable, dejando que su boca se enredara en mi pelo

para ocultar allí la entrega de su aliento, en su desasosiego me decía:

¿Escuchas el clamor de esa gente? Ellos, ahora, no sólo quieren verte;

los de abajo te quieren conocer. Que salgas al balcón ellos te piden,

tal vez porque ya saben que fue él, el que asumiendo su empresa con tu ayuda,

amparándote, enlazando su alegría con tu amor, logró cambiar tu suerte.


Escucha, Escúchalos muy bien. Dicen que por venir de un pueblo pobre

no le tendrás ya miedo a nada. Y que por ser mujer, y muy fuerte

no temerás al amor, ni al éxito, ni al dolor por tu destierro. Ni temerás más al odio,

Ni al oscuro rumor inquietante, convertido en funesto presagio, coronado de angustia.

Ángel negro, verdugo sin armas, murmullo acallado de voces fatales preanunciando el día de tu joven

muerte.

Ellos, allá abajo, te requieren. Te requieren y ahora.

En este mismo instante piden que seas vos la que maneje su suerte.

Que te asomes. Que les hables a tu antojo, sin mostrar preparación.

Ellos tampoco son sabios… Son obreros. Sólo saben de repartos. No esperan tu erudición.

¡Te querrán hasta el delirio! Ya verás

Y fue, entonces, aquí, debo decirlo, mientras pensaba, a solas, detrás de este balcón,

bajo este atardecer tibio y soleado, de cielo abierto claro y despejado, sobre esta plaza-urbana, tan rosa hoy.

Cuando, una ráfaga de aliento sugestivo, llegada desde el foso,

desprendida de la boca del viejo tramoyista, apuntador,

rosando suavemente mis oídos anudó, sin dejar prueba, con la fuerza de una Alianza Nueva,

mi reconciliada realidad actual, con la tensión en espera de este instante crucial.


Y es así que, ante ustedes, a los que observo quietos y expectantes,

bajo este atardecer tan rosa aquí, tan irradiante y claro;.

disfrutando la fragante brisa de este octubre obrero, leal y manso como las veredas de esta plaza fuerte.

Bajo un cielo celeste y despejado; siendo feliz como jamás lo he sido. Me siento distinta:

La enérgica fuerza del Poder de Dios, ya se encuentra circulando por mi sangre.


Y ahora sí: Amigos míos, compañeros de ruta y de infortunios, como ven, aquí estoy, asomada al balcón,

dispuesta a presentarme unida a ustedes para que juntos, codo a codo, en la alegría, nos unamos a él.

Como se darán cuenta, desde donde me miren, les estoy diciendo, como puedo, lo que va saliendo de

mí.

Y con la carga a cuestas del inocente y triste eco convincente, que hoy quiero compartir,

para que se enteren, por las voces murmurantes de mi infancia silenciosa y dolorida

que tanto como ustedes, yo también fui maltratada... marginada…humillada y suprimida.

Y, con el tono agravado de mi voz encendida, siempre opaca y afónica,

quiero decirles lo que todos saben: Que los quiero. Que los quiero hasta la muerte, como lo quiero a él.

No sé si alguna vez sintieron frío en una gran cocina, yo sí.

En donde, sólo si el fuego se encendía, se llenaban los platos porque había comida.

No sé si alguna vez sintieron miedo, mucho miedo, yo sí.

Al comprobar, como lo hice, que eran muchos los que pretendían

desplazar de mi centro la sagrada razón de mi vida.

¿Llegarán, alguna vez, ustedes, a percibir lo que sentí, hasta ahora,

para estar, aquí, disfrutando, juntos, de esta fiesta nuestra?


Viva el Pueblo Argentino y ¡Salud! ¡Porque esto, recién empieza!


Amanda Patarca.


¿QUÉ VISTE, CUANDO VISTE LO QUE VISTE? (Poema libre)

Acápite

-¿Qué viste Magdalena en el sepulcro cuando, queriendo acompañar con tu lamento el reposo perdurable de tu amor, llegaste sola?

-Sólo vi un gran vacío, ahogado en el llanto de la desolación. Y estupor en los ojos de los que fueron llegando. ¡Nos está faltando Dios, aquí! Me dije, esperando la respuesta milagrosa.

********O********


Yo no soy Magdalena pero, como ella, he presenciado, visto y observado los extremos: El nacer y el morir.


Y entre esos dos caprichos celestiales contrapuestos, la vida que fluyendo sin reclamos ni angustias de su parte, me concedió, después de mi dolor maestro, acumulado por sucesivas muertes, siempre de otros, lograr el goce del cenit del sexo y el purificador olvido, desechador de afrentas.


Me completé con las caricias del amor al cual, de cerca, vi su cara. Y entregada a él, cerrando los ojos al malentendido, desde mi alborozo, disparé mis flechas colosales, orientándolas hacia la eternidad.


Hoy recuerdo la grandeza de la aurora, en su ascenso radiante, cuando la observaba siendo feliz sin saberlo, por no haberme detenido nunca a pensar, mientras amaba.


Pero también recuerdo, certificando, que esa aurora, por su cósmica condición de heredera envolvente del sol, seductor incendiado, y generadora del derrame de luz en sosegado desliz ascendente, distribuido por mitades siempre, sobre la sumisa tierra esperanzada, a oscuras, se iba retirando de mi vista, sepultándose a solas, tan demoradamente ante mis ojos como para celebrar, hoy, su ancestral propósito de conseguir, de ese modo y por su medio, el resurgir magistral de cada día.


Juro que jamás preste atención a su mensaje, pero ahora, inmersa en este instante y conjugando mi propio asombro, caigo, velozmente, de la altura de mi estupor tardío, entendiéndolo todo, dándome cuenta.


Hoy celebro este hecho, el de darme cuenta, iluminando con el haz de luz de mi conciencia lo que nunca advertí:


Celebro el soplo de la vida que engendró el aliento que me impulsa, llegado, en el inicio, a mis entrañas y a esta calma encargada del permanecer yo aquí, ligada a mis lejanos testimonios, provenientes de aquel remoto tiempo adormecido u olvidado, el de mis perdidos o escondidos ancestros, recién hoy recobrados: esos, los míos, los del empedernido amor filial.


Y lo hago enlazada hasta gritar de gozo en el enredo glamoroso con mis hijos, surgidos al misterio de la vida desde el orgullo de mi estirpe y la de él, mi hombre: preservador de realidades y propulsor de la esperanza altiva.


Aliado y socio fundador en la matriz hormonal de mis entrañas, asegurada contra todo riesgo.


Y… ¿Se podrá saber algún día, qué más viste, mujer, mientras cubrías los segmentos brutales de tu vida?


Vi la muerte rondar por todas partes. La observé muy de cerca, mostrándose invencible, certera y cuidadosa, como el verdadero amor. Y le rehuí combatiéndola. Como para que mi rechazo a su forma de ser, me preservara, ayudándome a develar la incógnita infinita cotidiana de ese asunto incomprensible, sólo mío: mi verdadera esencia humana.


De gran consistencia en su imagen formal y al mismo tiempo abstracta, insubstancial.


Y fue la muerte la que respondiendo a mi rechazo me ayudó. Lo hizo alegremente, tatuándome en el vientre una figura simple: la de un espiral de humo, dirigida hacia el cielo, sin enredo en el hilo dibujado… -Con material extraído de tu cuerpo usado -me dijo. Y agregó: -Semejante al que de ti escapará un día cuando, sin dejar de repudiar próximas muertes, transformada en incienso, aceptes resignada irte conmigo.


Amanda Patarca


“MI PLAZA”

YO NO QUISE AGREDIRTE(Soneto libre)

Fue mi madera la que el verdugo usó

-alegoría muda, enraizada-

cuando mi abrazo arrogante terminó

como una sombra negra agazapada.


Sabia seca y sangre coagulada

adheridas al hierro de los clavos

hoy le informan al mundo que hermanadas

reniegan de ese crimen poco claro.


Yo no ordené clavarte a mi madera

ni al terror por tu sangre derramada.

Del reino vegetal, y a pesar mío,


surgió la idea del servir inmóvil.

Yo no quise ser cruz, pensé ser cuna.

Cuna de Niño Dios, si me dejabas.


Amanda Patarca


¡JACARANDÁ!


- Dijo la flor celeste desde el suelo-.

Mi plaza reza y si florece llora.

Reza con Dios cuando se acerca al cielo,

llora con Él cuando en su suelo implora.


¡Qué hermosa está mi plaza colorida!

¡Qué extraña paz se asienta en su follaje!

El vibrar de una luz cerró mi herida.

Su azul-violáceo transformó el paisaje.


Todo es quietud; mil flores allá arriba

aplacando el fulgor de las retamas

me informan de la vida que se iba

desprendiendo capullos de sus ramas.


No saben de morir pero se mueren

renaciendo caídas sobre el suelo.

No saben de nacer pero sonríen

cuando me ofrecen duplicado el cielo.


Como lluvia de plumas sublevadas

desde donde está Dios caen y caen

para poder planear como ellas saben

entregando su vuelo a mi mirada.


Cuando el día se va, la plaza queda

semioculta detrás de su alegría.

Pero al volver, la luz de cada día

viste de azul lo que en la calle rueda.


¡Jacarandá! me dice mi alma en celo.

Tu plaza reza y si florece implora.

Reza con Dios cuando refleja el cielo

Ora con Él cuando su suelo llora.

Amanda Patarca


“EL PARAÍSO Y SUS CUENTAS” (Alejandrino) (Instantánea)


Una lluvia de flores cae del paraíso

y en mi pelo se anidan las cuentas del collar

que mi madre enhebraba hilvanando mi hechizo

mientras me perfumaba con su dulce mirar.


Mi patio está exaltado, su palidez me asombra,

titilan en la noche estrellas desde el suelo.

Y el paraíso enorme desbordando su sombra…

me envuelve con su manto regalándome el cielo.


Y mientras me detengo al roce de este instante,

oscilando aferrado a un brote de glicina

un pájaro pequeño de color fulgurante

me regala su gloria, cantándole a la vida.


Amanda Patarca


EL NIÑO POBRE -Visto por un ángel-(Alejandrino)


I.- Con el sol en los ojos lo vi dormir afuera.

Un hambre de polenta no lo deja crecer.

En su casa se amoldan a lo que trae el día

y el día sólo aporta más ganas de comer.

El padre sin trabajo, suspendido en la obra

que apañaba sus ansias ofreciendo trozados

desvelos angustiados en sueldo semanal,

amargado y sin rumbo, vacías las dos manos

buscando otros caminos se fue un amanecer.

Cansado del pan duro sin ablandar en sopa;

harto de la miseria que lo entregó al dolor;

por vagar taciturno al salir por las noches,

sin rumbo y sin mañana, a repartir destellos

de hiel acumulada debajo de su piel,

en el barrio sospechan que lo tragó el ayer

Nadie sintió su beso ni el peso de su mano,

pesada y lastimada posándose indulgente..

Pero a todos bendijo con desesperación

restándole a la mesa su boca codiciosa

temblorosa y profana, indigna y sin razón.

Se fue sin dejar huella; sin siquiera un indicio.

Como si hubiera muerto, nadie dio más con él.

Sin embargo la madre de esa casa en tinieblas

sintiendo ese algo raro que hoy palpita en su ser

sabe que prontamente suplirá aquella boca

con el niño que lleva y que está por nacer


II.- Regresará aquel hombre, lo sé porque lo intuyo

merodeando esa casa, sin trabajo ni fe.

Pero el niño que viene -montado en otra aurora-

surgido de su entraña, lo obligará a crecer

Se esmerará en el rumbo con que encauce su vida

para que su familia se complete con él.

Ese niño que ambula, que está solo y espera;

el mismo que esta tarde con el sol en la frente

yo vi dormir afuera, desde su altura mira,

compara, saca cuentas, sin lograr comprender

lo que nadie le dice porque nadie lo ve.


III.- Y a mí, que miro y pienso y medito y no hablo,

ni me muestro ni escribo… A mí, que nunca río

porque lloro sin llanto, mojando con rocío

las veredas del mundo, porque soy sólo un ángel…

Tampoco me ve nadie y como Dios deambulo

me aflijo y resignado, los dejo proceder,

resguardado a la sombra… Sugiriendo, tal vez.


IV.- Cuando el padre regrese… Y esa madre callada

aportando en silencio su prudente orfandad

se dé cuenta de todo… Y yo logre espiarlos

como pude hacer siempre, desde mi dimensión,

detectando el anhelo de ese encuentro deseado,

huidizo y angustiante, con la oportunidad,

ese niño -y los otros-, cumplido aquel deseo,

pensando por sí solo, despojado del miedo,

sin pedir nada a nadie, ya erguido y arrogante,

derramando fulgores, bajo el manto del cielo.

cuidará de sí mismo, observado por Dios.

Amanda Patarca.


EL NIDO (Díptico, alejandrino)

I - AL TIEMPO, MI MAESTRO

Íbamos por la senda caminando arrogantes:

En las manos caricias, en los ojos estrellas

que alumbrando caminos nos mostraban las huellas

dejadas por los pasos de antiguos peregrinos

cuyos rumbos lejanos borrados por el viento

del huracán del tiempo, ya no se dejan ver.

Es que es bueno, me digo, hermanos bienamados

recordar el pasado con lo que acontecía.

Con lo que iba quedando; con todo lo logrado.

Y en lo que fue mi caso, con todo lo perdido

por lo que no sabía, pero supe después.

II - REVELACIÓN

Cuando el alma se planta porque encontró lo suyo

y el cuerpo se calienta con el ser añorado

que permite en su abrazo que las sonrisas fluyan

para gestar con ellas el beso que descubre

la clave del misterio de la perpetuación…

Es que ha llegado el tiempo de preparar el nido

con puntillas y plumas y un lugar para Dios.

El que debe ser blando y con salas muy limpias

para amasar los panes con harina y arroz…

Porque el nido perfecto, el que no se arma solo

requiere del esfuerzo y el trabajo de dos.

Es bueno, lo repito, recordar y pensarse

unidos y aferrados al calor de ese nido

que brilla hoy consagrado por Dios y mis amigos

en el fulgor del oro (brillante) de esta Celebración.

Amanda Patarca


CONCIERTO DE BODAS PARA ENTRAR EN LO INFINITO, CON REGOCIJO (Hai ku argumental)

Palomas: Pájaros de paz/cántaros de amor.

I

Mil palomitas

sobre un techo de lata

se picotean.


Para arrullarse

saltan y abren sus picos.

Es primavera


Uno por uno,

ellos bajan sus alas,

ellas se arriman.


Se aquietan juntos.

ellos las acarician,

no las dominan,


En tono grave,

los palomos gorjean

mirando fijo.


Los veo irse

volando al paraíso.

Ellas insisten.


El canto ronco,

de esos palomos tristes,

cesa en el beso


de la pareja,

que cada enamorado

ya ha concretado.


Cesa en los besos

de esos mil elegidos

por las mil hembras.

II

¡Esto es el cielo!

Desde el techo me gritan,

sobre el poniente.


¡Que se prodiga

sobre las verdes hierbas

en primavera.


Vuelas florcitas

que al llegar empujadas

hasta sus bocas


por leves brisas,

les inspiran deseos

de armar sus nidos


con barro y plumas.

Más todo lo atrapado

bien trabajado.


Y entretejido

con hebras aromadas

por las auroras.


Y hojitas secas

para limar el filo

de ventanales.

III

Bajo un cielo azul,

presenciando los hechos,

de esta mañana,


capturé el fulgor

del acople perfecto.

en la gran boda


de la Infinitud

con Mil Aves en celo,

y enamoradas.


Amanda Patarca.