Cuentos

LAS ZAPATILLAS BLANCAS

Lo que voy a referirles me lo contó Raquelita, protagonista insoslayable de esta historia. Y digo insoslayable porque su papel, el que en un primer momento pareció corresponder a un rol secundario y hasta intrascendente, en el último acto toda su persona adquirió una importancia de grado tal y una fuerza de tamaña prepotencia que resultó imposible, después de lo ocurrido, conseguir bajarla de su altura, arrancándola del escenario de los hechos ya sea de un tirón o de otra forma y mucho menos, ignorarla. Bueno, antes que nada debo explicar dos cosas: que la acción consistía en aparecer, ella, muy poco tiempo, el necesario para entregarle a su nieto Tochi, que cumplía trece años, un par de zapatillas de cuero blancas, las mismas que éste había elegido, señalándoselas en la vidriera de El Crack, y la segunda: que la llaman Raquelita, a pesar de su edad, porque como su mamá -la bisabuela de Tochi-, todavía vive y, justamente, tiene su mismo nombre, el diminutivo le sirvió, siempre, para diferenciarse.


-No me voy a olvidar nunca, -le dijo Tochi, ya ubicado en plena acción, refiriéndole lo que le había pasado, -de la cara que puso Leo, cuando al otro día me presenté en su casa con mis zapatillas nuevas, puestas. -Guau -dijo que le dijo, repitiéndole, luego, las dos buenas preguntas irónicas y capciosas que le hizo, como para que supiera que él sabía lo de su pobreza: ¿Cómo las conseguiste? ¿No era que en tu casa falta plata porque ya nadie consigue trabajo?

Raquelita me contó también por ser verdad conocida por todos, que al papá de Tochi, lo dejaron cesante y que eso sucedió hace ya más de dos años, cuando cerró la fábrica de pantalones jeans, en donde trabajaba. Y que no pudo conseguir ningún otro empleo estable más, ni algo transitorio siquiera, salvo changas, porque ya tenía cuarenta y cinco años y parece que esa edad es crucial, para un hombre de la Argentina de esta época. Lo cierto es que, actualmente, son muchos los hombres que se encuentran sin trabajo cargando a cuestas con su edad crucial.

También me enteré que Tochi cursaba el séptimo grado de la Primaria en la vieja Escuela 29 de este Pago, el de los Arrecifes y que estaba ansioso por terminar el año para entrar en la Agropecuaria, que queda un poco más allá del Cementerio y que aunque el camino, siempre estuvo y sigue estando poblado de peligros, lo que realmente deseaba para cuando cursara en esa Escuela, era que los grandes, dándose cuenta de que había crecido, cambiaran, diametralmente, su trato para con él.

Debo decir, ahora, que tanto la Veintinueve como la Técnica Agropecuaria y el Cementerio cuyos paredones dan a la Belgrano, se encuentran ubicados en un mismo barrio. El Fonavi, y el Foprovi que era donde él vivía, ambos con sus heterogéneas y coloridas decoraciones, también.

La 29, es un colegio antiguo ubicado en un paraje sombrío, hoy pintadas a nuevo sus paredes de amarillo limón (por aquello de la existencia de la energía creativa, en dicho color) Y su edificio reluce como un sol en medio de un monte cerrado, hoy en total abandono, de eucaliptos añosos los que le proveen de un marco de fatal incertidumbre. Árboles de enorme estatura y troncos rugosos, cuyas colosales circunferencias requieren de un mínimo de cinco niños para lograr ser abarcadas en todo su perímetro. Detrás de la escuela, un poco antes de llegar a las vías, se encuentra la “Villa Molina”, en donde habitan los jornaleros, sin conocimientos precisos ni oficios definidos y los desempleados que en este último tiempo constituyen una legión inabarcable a la que hay que temer porque roban. Roban placas de bronce en el Cementerio, al que se llega transitando unos pocos metros luego de doblar por la suave curva de la Levis. Bronce que compran, al instante, los reducidores de las inmediaciones, aquellos que, para ser reconocidos de manera rápida, cuelgan de sus puertas, sin ningún reparo, el cartel: “se compra bronce y otros metales”. También roban bicicletas, motos, celulares, relojes, radios de automóviles y cualquier cosa que puedan vender a cualquier precio, aunque sea vil. El mes pasado, hasta se robaron el “Yamaha” de a Capilla de la Virgen de Luján que queda lejos de allí. En realidad, todavía no fue posible descubrir a los ladrones, pero todos creemos que no pueden haber sido otros. Así que imagínense.


Al otro día de su cumpleaños, un jueves por la tarde, Tochi partió para el colegio con sus zapatillas blancas relucientes. Saltaba el barro de los charcos con sumo cuidado para no ensuciarlas. Su abuela Raquelita se las había encargado. -Cuidalas, le dijo- porque me costaron caras y como estás creciendo te las compré un poco más grandes para que te duren. Si te molestan poneles un algodón. Tochi, que ya las llevaba puestas, en un principio se sintió cohibido. Cada tanto las miraba desde arriba, negándose a creer que eran suyas y que le pertenecían como algo propio. Pero, de inmediato, no sólo siguió convencido de que sí lo eran sino, también, de que, como las tenía muy bien calzadas, atadas con doble y hasta triple nudo, ya se estaba manejando con total naturalidad por los caminos donde se desarrollaba su mundo. Con ellas se sentía muy seguro. Seguro tanto de su existencia como de que no envejecerían ni se ensuciarían, nunca. Y que no se apartarían de sus pies, al menos de día, pues las custodiaría como lo hacía con su hermana menor cuando se la encomendaban.


Sin apuro, pues ese día salió de su casa antes de hora para poder presentarse delante de todos como un señor -así lo manifestó cuando se despidió con sus zapatillas blancas puestas y su mochila enganchada en uno de sus hombros- peinado con gel, además, y perfumado con colonia por su madre, la que, luego, sonriendo desde el marco de la puerta le tiró un beso enviándoselo con un soplo deslizado sobre la palma de su mano, caminando, como lo estaba haciendo: erguido y a paso firme, no previó el ataque.

Dos jóvenes con capuchas desteñidas y pañuelos Arafat (a cuadritos blanco y negros), enrollados alrededor de su cabeza, tomándolo por sorpresa, cada uno por un brazo, lo hicieron caer de boca al suelo. Y cuando en sólo un segundo lo tuvieron inmóvil y sometido fuertemente con sus cinturones, los que utilizaron con pericia de profesionales, tanto que con uno de ellos le apretaron la boca a modo de freno para que no pudiera cerrarla, comenzaron a descalzarlo tironeando fuertemente de los cordones hasta conseguir desatarlos.

Lo habían despojado y sin violencia. Bueno, al menos lo dejaron vivo, eso pensó cuando terminaron, viéndolos alejarse a gran velocidad, llevándose las zapatillas blancas a manera de trofeo, como lo hacen los cobardes traidores. Lo dejaron solo, llorando en secreto su amargura. Tragándose las lágrimas que empapaban su cara en el instante exacto en que su niñez lo abandonaba para permitirle la entrada a su hombría. Hombre experimentado. Tristemente experimentado. Eso era él ahora. Y pensar que todo sucedió con un simple golpe de judo y… tal vez algo más. Pero no mucho más, fue lo que dijo en su casa cuando llegó.


No había pasado una semana cuando dos muchachos jóvenes se anunciaron en la puerta de entrada de su casa con varios timbrazos estridentes, dando la impresión de que estaban apurados. Tochi les abrió no sin antes mirar por la ventana. Parecían personas de bien, aunque algo inquietas. Pero en cuestión de instantes la situación cambió. Todavía expectante en el marco de la puerta Tochi se vio obligado a atajar como un arquero una pelota arrugada empaquetada con hojas de diarios sucios, atada con varias vueltas de piolín. -Son tus zapatillas, hijo de p… -le gritó el más ordinario, ubicado un poco más atrás, levantando el mentón para mostrarle la cara. -Que nos obligaron en casa a devolverte por lo que pasó: una pelotudez, dijo el otro, el que tenía tatuada en el cuello, a la altura de la oreja, una tarántula y que había pateado la pelota.

-¿Pero qué es esto. ¿Por qué? ¿Qué sucedió? -Preguntó Tochi mientras desenvolvía la enmarañada cosa, ya un poco más tranquilo y hasta feliz cuando se dio cuenta de que volvía a recobrarlas.

-Nada. Que mi papá cuando se enteró de quién eras se enfureció con los dos y nos obligó a venir, con tus p…. zapatillas, a rebencazos.

-¿Y quién soy yo para que el padre de ustedes hiciera eso y para que ustedes me las devolvieran?

-¿Cómo que quien sos? Sos el nieto de la señorita Raquelita, su querida “señorita”. Su maestra de primer grado de la 29. Fijate si la habrá querido que nuestra hermana mayor se llama como ella.

Cuando la mamá de Tochi, preocupada, preguntó en voz alta, desde la cocina, qué era lo que estaba pasando, los ladrones redimidos aprovecharon para desaparecer. Un suave resplandor envolvente los acompañaba mientras, corriendo, se iban perdiendo al ganar las calles.


Fin

Amanda Patarca

SANTA CLARA Y LA LUZ


Violeta consideró que "ese" esperar más que un esperar era un desesperar. Por eso se dijo: A otra cosa...queridita ¿No eras vos la que porfiadamente se pasó la vida esperando que el signo de Acuario irrumpiera para sentirte gata, justificadamente? Y bueno... tal vez esta espera desesperada sea el signo. Entonces llegó.

En tanto, el compact-disc que acababa de apagar y que escuchara aquella tarde, como todas las tardes, últimamente, millones de veces, a todo volumen y con perfecta nitidez de presencia, había terminado, al cabo de las horas, por transformar su cerebro -herramienta considerada sagrada y por esa razón cuidadosamente cultivada por sus padres- en un pegajoso mar de gelatina tan espesa como para hacer desaparecer en su arrastre cualquier tipo de cosa, por buena, normal, extraña, inofensiva, anodina o brutalmente tóxica, que fuera. Como, por ejemplo, los kilolítros de jugos gástricos, propios, elaborados inconscientemente por su cuerpo, en reacción contra las innumerables humillaciones de todo tipo, recibidas desde largo tiempo atrás, cuando a partir de su primera menstruación se le ocurriera ser libre. Ignorando lo que esa palabra le depararía de allí en más, lastimándola hasta conseguir hacerla sangrar por las llagas abiertas en su carne viva. Ocurrencia generada y puesta en práctica, exactamente, a partir de la época de la iniciación de los infinitos despliegues y repliegues de armamentos -que aún, pese al tiempo transcurrido, persistían respecto de ella- llevados a cabo en ese lugar indeterminado, en donde suelen desarrollarse los duelos amorosos, ¡uf! por todo aquello relacionado con la toma de posesión de un cuerpo frágil por parte de algún varón, ansioso y casi siempre fuertemente acongojado ante la insistente negativa de la mujer virtuosa. Violeta, que ignoró a sabiendas el valor intrínseco de ese adjetivo, especialmente el asignado por la grey creyente, en el ámbito religioso, sólo atinó a rememorar, ubicada en medio de la bruma aportada por los años, lo que su primer amante musitó a su oído de mujer ya púber, aunque muy reciente, una oscura noche en un también oscurísimo lugar: "Espero, amada mía" -así le dijo- "que esta fuerte experiencia concretada por ambos, haya significado para ti lo que significó para mí: Un vuelo hermoso... Un momento de goce en las alturas del cenit en conjunción con la aurora y su luz". Agregando después de un suspiro " ¡Y en íntima comunión con Dios!" El muchacho había sido seminarista.


Iniciación. Tiempo que comienza en la mujer, cuando su interior, húmedo y pegajoso como la gelatina del cerebro de Violeta, reclama ese algo que las circunstancias se obstinan en impedir, aduciendo que la represión que sobrevendrá a partir de ese instante, es la gracia con que la suerte premia siempre a las voluntariosas o al revés. Y que... en fin, que se dejaran todas de embromar como le dijo a Violeta justamente su circunstancia, porque para hacer "eso" todavía le quedaba mucho tiempo. ¿Para qué apurarse, entonces? Y esa era la verdad pero no lo era tanto para ella.


Transitaba por los catorce, la edad de la reacción endocrina perfecta, así le dijo su médico justamente ayer. Violeta se acordó de pronto de su prima Alicia, de su mamá, de Margarita, la que se había casado a los veintisiete, con el velo en la cara. ¡Que disparate! ¡Habían pasado ya tantos años! ¿Por quién protestar? Seguro que por ella no. ¿Entonces?


A esa altura no alcanzaba ya a comprender por qué el vivir, hoy, le estaba demandando tanto esfuerzo. Por eso, mientras esperaba al que prometió llegar algún día, escuchaba compac a todo lo que daba hasta hartarse, para tratar de poner luego la mente en blanco consiguiéndolo sólo cuando su cerebro ensayando, antes, varias respuestas ininteligibles llegaba a decirle sí con la cabeza. Ese era el indicio más que suficiente para comenzar la cuenta a oscuras, como le habían enseñado en control mental.


¡Su cerebro! Su cerebro, ya absorbía cualquier cosa menos el dual y delicado placer fruto de su instinto. De efecto rápido y cenit automático, además. Lo sabía, por eso casi resignada se encontraba dejándose llevar inconscientemente a la celebración de esa súbita llegada a la estación llamada santidad dentro de la cual, aunque se desee, no es posible cometer pecado alguno. Tal vez por eso no buscaba moverse. Pero ahora...¿Qué le estaba pasando, ahora? Ahora, algo parecía cambiar. ¡Estoy salvada! gritó Violeta apagando, de golpe, el grito para poder estirar sus labios, apretándolos, a la manera de una sonrisa escéptica, mientras sus ojos de abrían cada vez más en señal de alegría. ¡Su cerebro! ¿Se estaría rebelando nuevamente como entonces? ¿Sería el mismo que aquel que la mantenía sometida obligándola a preguntarse "why not", cada mañana, durante su juventud?


¿Que pasa con la luz? se preguntó angustiada cuando todavía aturdida volvió en sí, en la penumbra de su cuarto. ¿Condena o redime? Ante la irrupción de tamaña incógnita Violeta, que mantenía la cabeza sólidamente adherida a su almohada, incorporándose violentamente, no pudo menos que sonreír al reconocer su exaltado semblante, dentro de la luna cristalina de su espejo biselado. Sabía que estaba sola y que seguiría así por mucho tiempo. Por todos los años que le restaban de vida, tal vez. A no ser que el anunciado y tanto tiempo esperado se hiciera presente o llamara o llamara ella a alguien, un otro, para que el hilo de esa voz, o la del otro, cualquiera que fuese, la volviera a unir con la realidad a través del esfuerzo que esa realidad le demandaba. Por todo eso una vez conseguido ese estado de reposo que sólo una buena relajación otorga, asombrada se escuchó, de pronto, contando in decrescendo desde el número cien, como le habían enseñado hacía varios años.

Fue así como sin poder explicarse jamás el por qué de dicho acontecer, Santa Clara se le presentó en pantalla como "la imagen deseada" pero a la vez y coincidentemente rechazada de la forma de ser que, sin vacilaciones, se suponía debía tratar de concretar en un futuro inmediato. Ochenta y cinco, ochenta y cuatro, ochenta y tres y Santa Clara seguía allí, interponiéndose entre sus esperanzas de dicha autorizada y la triste realidad que la aquejaba.

Sesenta, cincuenta y nueve, cincuenta y ocho, Santa Clara no se iba. Había salido del centro de la pantalla para ubicarse movediza a su lado alumbrando a pleno el pequeño ámbito con toda la magnitud de su esbelto cuerpo, prometido y no entregado a San Francisco -así quedó en la historia y para siempre- Con esa luz, Santa Clara derramaba, en especial, fulgores sobre las líneas marcadamente onduladas, reproducidas también por los espejos, correspondientes al todavía formidable cuerpo de Violeta, inmóvil. Treinta y ocho, treinta y siete, treinta y seis, Violeta entreabrió por un segundo sus ojos y allí, desafiante y segura Santa Clara persistía. Luces blancas, lilas, amarillas… Luces como flores, flores como luces, como debía ser para que los objetivos deseados se cumplieran y pronto. ¡Apártate, Clara! se escuchó gritar. ¿No te das cuenta de que la luz tan pura que tu cuerpo irradia está sumiendo en sombras a la aurora? Quitándole potencia tal vez me sea posible hallar algún camino. ¿Que pretendés con tu presencia aquí? ¿Neutralizar la ambición de mi piel o aleccionarme?


Jamás a Violeta se le hubiera ocurrido pedirle al destino justamente eso, el desapego con el cual vencer. Ni tampoco parecerse a ella. Esa Santa Clara, fulgurante ángel que le hablaba en lenguas y que ella, tal vez por milagro podía seguir.

Veinte, diecinueve, dieciocho...Fue entonces cuando dejándose llevar, capturando en pleno vuelo la intención de su mensaje, Violeta comprendió. Siete, seis...Ensoñación...¡Alfa! Poseedora de la clave al fin y ubicada donde debía haber estado siempre, en ese exacto punto de convergencia del tiempo interno, impostergable, con el espacio infinito; entre la bruma del sueño y el consistente peso de la vigilia, Violeta se durmió en silencio y despertó más tarde, con Clara metida dentro de su corazón. Con Clara la mujer con mayúsculas, la que consiguiera dentro de la esfera ordenada y regida por los otros, entretejer la muralla protectora más perfecta. Una trama volátil, casi etérea con la cual consiguiera separarse del mundo, de su ruido y de la gente para tenerlo todo en el Dios, su Dios del amor al cual, en un primer momento le fue casi imposible poseer en éxtasis perfecto. Clara se valió de la luz para atraerlo. De esa luz que consiguió de aliada cuando, convenciéndola, logró que se apartara de sus ojos, apagándolos.

Se valió de esa luz que le indicó el camino para llegar a El, señalándole con sombras los desvíos. Y el valor de la aurora, del ocaso y el de su propio deambular durante el tiempo que la tierra tarda en dar su vuelta diaria.

Violeta supo entonces, con toda claridad que Dios se alojaría alguna vez en ella. En su interior, se dijo. Iluminado a impulsos de su propia fragua.


Cuatro, tres, dos, uno. Terminada la cuenta regresiva el rostro inexpresivo de Violeta en la penumbra de esa jaula abierta y su cuerpo casi muerto, distendido sobre el lecho, hablaban por sí solos del terrible ejercicio y del esfuerzo. La realidad, como ocurría siempre después de una sesión, nuevamente se metió en su piel. Se sentía tan sola...¡Tan sola y desdichada! Se había propuesto ser hermosa. Poseedora de ese temible encanto que, de acuerdo a su criterio, sólo la belleza podía otorgar. Se había propuesto tantas cosas cuando apagó la luz desesperada por la soledad que la ausencia de él le provocara que olvidó, al comenzar a contar in decrescendo y presentársele Clara, el concreto proyecto que debía exponer en la pantalla. Que él volviera, imploró. O que la llamara. Que volviera pronto para volver a ocupar, junto a ella, su lugar en la cama.


Violeta lo necesitaba tanto como Santa Clara a Dios.

Lo necesitaba... porque su presencia le otorgaba esa sensación de placer y seguridad que sólo el amor y el convencimiento de la existencia de Dios pueden dar. Y porque la hacía sentir viva, así decía. Tal vez Dios viviera en él. Más exactamente dentro de él... Dentro de su propia carne.

Seguramente, le contestó Violeta en voz alta a su pensamiento. Tan seguro y cierto como que el timbre sonó y al asomarse... ¡El estaba allí! ¡Había llegado!


Para que la luna, desde su sitial, pudiera contemplarlo todo, la ventana blanca de su dormitorio, hacía días que esperaba abierta.

La noche era verano, era quietud, era aire caliente, era retorno, era dicha, era amor...

El varón de Violeta, se acostó con ella ocupando el lado derecho de la cama grande. Se besaron. Frotándose las piernas apartaron las sábanas de raso que los envolvía acariciando sus cuerpos perfumados. Transpiraron abrazados hasta que una ráfaga de fuego los invadió. Una leve llovizna de ceniza tibia, cayendo sobre ellos mientras recorrían sobrevolando las playas de azules mares, los deleitó. El espacio fue testigo del cenit de ese viaje. La ejercitación para el regreso a la eternidad se había consumado, en plenitud.


Mañana, sin falta, Violeta convocará a Santa Clara. Habrá de hacerlo como si se tratara de un imperativo categórico. Entonces, en cuanto aparezca, le contará, con lujo de detalles lo que por fin, respecto de sus vidas, pudo llegar a descubrir: Que las trayectorias de los caminos que a destiempo ambas debieron recorrer, tuvieron, sin embargo y a pesar de todo, un punto esencial de coincidencia, el del "cenit del éxtasis", ubicado a igual distancia de cada una de ellas y a una misma altura. En la exacta intersección de las dos líneas que conforman, aunque invertidos, los dos conos cromáticos opuestos: el de la luz y el de la sombra.

Le dirá también que esa formidable inclinación que equilibraba las opuestas tendencias de sus almas fue la que, precisamente, terminó por hermanarlas en el amor; en su singular manera de expresarlo. Porque cuando con la luz de su cuarto encendida y su cuerpo apagado lograba Santa Clara, llegar al cenit del éxtasis poseyendo a su Dios -su amor por un instante- el espacio exterior, cercano a ella, se iluminaba, justificándolo todo. Más, cuando con la luz de su cuarto apagada y su cuerpo encendido lograba Violeta llegar al cenit del éxtasis, poseyendo a su amor -su Dios por un instante- el espacio exterior, cercano a ella, también se iluminaba, justificándolo todo.


Mañana, a esta misma hora, ya Violeta, le habrá contado a Santa Clara, todo.

... PERO HABERLAS SÍ LAS HAY


El Gobernador y Comandante del Fuerte Mayor había engordado últimamente más de la cuenta. Tanto que Doña Felicitas, su hermosa mujer, se negó a cumplir con el débito conyugal, alegando que de seguir así un día terminaría aplastada entre sábanas almidonadas.

El Gobernador, más por orgullo que por dignidad, aceptó la situación sin pasársele siquiera por la cabeza que adelgazando un poco, todo aquello hubiera vuelto a la normalidad.


Continuaron durmiendo en la cama grande como en los días felices y... acumulando calor fueron pasando los días. Felicitas controlaba el talle de su marido sin que él se diera cuenta. Corría ella misma el botón de sus camisas, hasta que la falta de tela cerraba toda posibilidad. Compró ella misma sus calzoncillos y camisetas hasta que en la tienda le informaron que, por no existir un talle mayor, debía hacerle confeccionar a su marido toda la ropa interior y exterior -incluso los calcetines- a medida.

Consciente de su fracaso como de su vergüenza, decidió entonces dejar librada esta parte de su tarea doméstica a la ejecución directa de su marido. Como la cuestión vestimenta era para el señor Gobernador un aspecto secundario en su vida, poco a poco se le fueron terminando cada una de las prendas que componían su ajar íntimo, hasta llegar a tener que pedirle directamente a la negra Concepción que día a día preparara su ropa, lavando las prendas por la noche, para poder ponérselas limpias y planchadas a la mañana.

Felicitas llenaba sus aburridas horas organizando actos culturales, conciertos, funciones de teatro, tertulias de mate y polvorones o reuniendo a personajes españoles o extranjeros que, llegando de otros lugares, podían aportarle información precisa relacionada con hechos lejanos. De esta manera, tanto Felicitas como otras damas de su rango, se dejaban llevar por la idea de que su ilustración representaría para las generaciones venideras faros inflamados, con los cuales iluminarían los caminos todavía no demasiado pisoteados de eso que se daba en llamar Indias Occidentales o Colonias Españolas del Río de la Plata.

El otro día sin ir más lejos, Don Tiburcio González Escobero había informado a un grupo de señoras el problema de Manila y los ingleses. También les contó de la tremenda deuda que quedaba pendiente aún sin deberles nada, pues Manila -aseguraba a cada momento González Escobero- fue, es y será española, lo mismo que Cuba ¡qué carajo! decía ente dientes cuando las damas se entretenían, observando por ejemplo, algún punto de crochet complicado.

Felicitas vivía olvidada de las prácticas del amor y relegada a segundo plano por su esposo, que prefería un buen asado con cuero o una chanfaina de chivo con gusto a vinagre, al halago de sus senos sueltos, velados caprichosamente por el oscuro y fino tul de su cabellera enmarañada. Seguramente y debido a ese motivo, aquel día -junto a Estefanía, Encarnación y Trinita, hijas del Brigadier Don Alfonzo Escudero y Calderón, casadas a su vez con políticos y militares de peso- ocurrió que Felicitas festejara en la sala grande, entusiasmada de alegría, la lectura de la carta que acababa de recibir del Marqués Mariscal Don Diáfano Ortiz de la Bobadilla, licenciado español en materias humanísticas, profesor de escolástica, trotamundos incansable y enamorado perenne de Felicitas.

Ortiz de la Bobadilla había sido exhumado en la mente de Felicitas exactamente cuatro días atrás, cuando lo había visto retratado de cuerpo entero bajo la marquesina del Teatro de las Callejas, frente a La Merced.

Allí, se podía leer en el anuncio, hablaría a hombres integrantes del gabinete gubernamental sobre la Paz de París, sus consecuencias y la fundación del Puerto de Egmont por los ingleses en el archipiélago Malvino, llamado por ellos Pepys y Falkland.

¡Qué tema! pensó Felicitas, y al instante, sacando de su petaca un pedacito de papel perfumado, le escribió informalmente la nota de invitación que entregó al portero, para que éste se la alcanzara en mano el día de su charla.

Las cuatro mujeres reían. Emitían grititos de satisfacción y suspiros profundos, mientras leían y releían el contenido de la carta que Felicitas tenía entre sus manos.

“Felicitas querida: Tantos años sin verte... ¡qué alegría tu carta! Fue como hallar agua cristalina en un oasis fresco y verde, rodeado como estaba yo por corbatones duros y empaquetados: así era mi público...

Sí, hablaré a tu cofradía del tema que traté hoy, tal como me lo pides. Conste que lo hago para volver a verte aunque sea un rato. En el ínterin nos intercambiaremos figuritas.

Hasta tal día a tal hora. cariños muchos, muchos, Diáfano.

En su escritorio solemne y luminoso cuyos ventanales de cristal biselado, traídos expresamente por el de Francia, dejaban ver íntegramente la Plaza de Ejercicios, Diáfano Ortiz de la Bobadilla completamente embobado, daba rienda suelta a su imaginación recordando a Felicitas, la única mujer cuyos encantos no sucumbieron a su hermosura varonil.

Había reunido en dos días toda la información necesaria acerca de ella, como para que la impresión del reencuentro no dejara en las demás personas idea alguna de titubeo de su parte. Su arrogancia no sucumbiría ni siquiera en manos de Felicitas, la única mujer de su vida.

Noticias de actos públicos, pinturas de colecciones privadas en las cuales el objeto principal lo constituía su Felicitas, y por extensión su extraordinario, imponente e importante marido, completaron su estudio preliminar de las circunstancias.

Sin pensar que estaba anocheciendo, metido en medio de la penumbra y escuchando sin concientizar el murmullo de las voces cercanas a la oración, Don Diáfano Ortiz de la Bobadilla unificó vivencias, hechos, actos, situaciones... hasta llegar a completar la perfecta fusión de imágenes, sonidos y sensaciones.

Un círculo perfecto lo rodeaba. Ña María, vieja bruja y prostituta. También estaba ella en la ronda, tomada de la mano de su Felicitas virgen, de su Felicitas niña, pura hasta que se casó con esa mole de Gobernador. El asco por ella, por él y por sí mismo, llegó a hacerlo estremecer. Una arcada, antesala del vómito, lo volvió a la realidad. A su alrededor, oscuridad y sólo uno que otro resplandor, producido por bichitos de luz de tiempo de primavera, daban sensación de vida.

-Yo no creo en brujas, pero que las hay, las hay... Ña María, Ña María... ¿dónde estarás, vieja ponzoñosa...?

Decía esto y se preguntaba a sí mismo, mientras se desperezaba sonriendo.

-Tengo miedo, Don... Todo un marqués, un sabio, un general... ¿no vendrá para prenderme?

-No, Ña María, no temas. Lo que pasa es que estuve y estoy enamorado. Hirieron mi dignidad. Ya no tengo amor propio. Nada me interesa. Felicitas, así se llama ella, no debe sufrir. Sólo su marido. Aléjalo de ella. No me atrevo a decirte que lo mates, pero... que muera es lo que más ansío.

-¿Cuándo la verás?

-El sábado en el Fuerte. Organizó algo así como una tertulia. Yo estoy invitado para hablar sobre la fundación de un puerto inglés en una isla de regiones perdidas muy al sur.

-Harás como si de repente se te hubiera roto una media- dijo Ña María y prosiguió: -Córtala con un cuchillo minutos antes, cosa que no haya tiempo para comprar otras ni para zurcirlas. Ella te dará un par de las de su marido y tu me las traerás. Yo sabré qué hacer con ellas. Su dueño se alejará. No debe importarte cómo, no preguntes. Más tarde, libre el camino, gozarás a su dama hasta hartarte. Te lo asegura Ña María, que viene haciendo estas cosas junto al diablo, desde que se hizo mujer.

Mientras la concurrencia se ubicaba lentamente en lujosas sillas de puro estilo europeo, tapizadas en terciopelo bordeaux, Felicitas tocaba el clavecín a un costado de la tarima que oficiaba de escenario.

La música, deliciosamente interpretada, el murmullo de las voces comentándolo todo, el crujir de las tafetas y el chasquido seco, rápido y constante, característico dele abrir y cerrar de los abanicos, eternamente sostenidos por manos enguantadas, prometían una velada de sosegado esplendor, antesala de las tertulias organizadas para deleitar, entretener y cultivar a los distinguidos invitados de Felicitas, la llamada cariñosamente Gobernadora del Fuerte.

El diálogo entre ambos hombres, carente de simpatía, se hacía cada vez más pesado. Al Gobernador, su única camiseta le apretaba tanto que no lo dejaba respirar. Incómodo, llegó a pensar que hasta podría darle un día la razón a los antiguos reproches de Felicitas.

De pronto, Don Diáfano movió su zapato de charol y su media dejó ver un tremendo agujero. El Gobernador sonrió haciéndose el indiferente mientras el Marqués Don Diáfano, comenzando a correr con desenfreno, perdía la compostura llamando en voz alta a Felicitas, la cual acudió inmediatamente.

-Rápido, Felicitas, no hay tiempo que perder, préstame un par de medias o calcetines de tu marido. Que sean blancas si es posible, para que coincidan con el corbatón.

Felicitas recorrió los cajones de la cómoda, sabiendo de antemano que no encontraría nada. Menos blancas. Las únicas medias que su esposo tenía, las había remendado ella misma hacía mucho tiempo y estaba segura de que eran las que llevaba puestas. Desolada, se dio cuenta de que era ya muy tarde para mandar a comprarlas. Como por arte de magia, voló a casa de su vecina Doña Consuelito. Su marido, Don Gonzalo, la sacaría del apuro. Cruzó la plaza jadeante y antes de que nadie pudiera darse cuenta, traía ya en sus manos las medias blancas que Don Diáfano le había pedido.

Esa noche sirvió al marqués Ortiz de la Bobadilla para comprobar que Felicitas, se mantenía a pesar de los años, suspendida en el tiempo. Pensando en el futuro y no pudiendo soportar más la presencia del Gobernador que de cada dos ademanes uno le servía para manosear a su mujer, se marchó en cuanto terminó su tema, prometiéndole a Felicitas que la volvería a ver antes de lo que ella pudiera llegar a suponer o imaginarse.

No habían pasado cuatro días cuando el grito de Doña Consuelito heló la plaza.

El Gobernador y Felicitas, abrazados, la vieron desde el Fuerte cruzar corriendo con expresión despavorida en su rostro, mostrando la cabeza de su marido, Don Gonzalo. La traía tomada de los pelos, ensangrentada, lustrosa, con la mirada asombrada y detenida en el momento de morir.

Suspendida en el aire de toda la aldea, el rumor de una copla vibraba:

“Crees en brujas Garay

-el amo dijo al criado-

No, señor, porque es pecado,

pero haberlas sí las hay”.

Amanda Patarca


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Corría el año 1988. Cristina y Beatriz refugiadas en la galería de “La Verde”, descansaban del trajín que el trote de sus caballos les provocara. Una hora diaria de cabalgata, el secreto de su esbeltez, sólo se contrarrestaba colocándose al paso de la brisa que cotidianamente y debido a la orientación de la casona, circulaba entre la escalinata y la puerta principal. La sombra de “La Verde” se hacía ver a esas horas, manchando aquella claridad sin límites, marcando el camino inevitable de la entrada con pinceladas de colorido vegetal. La sombra de “La Verde” también se hacía sentir a esas horas cuando, penetrando los cuerpos y tornándolos dóciles a su influjo, les permitía intuir que esas siestas de vigilia acalorada eran parte del reflejo condicionado adquirido sin mayores esfuerzos, por el solo hecho de ser no solamente habitantes con derechos indiscutibles sobre esos lares, sino también sólidos eslabones de aquella maciza cadena de noble y codiciado metal, el abolengo, llamado substancialmente la rancia estirpe.


A veces tejían, otras leían o escribían cartas; casi siempre, todo lo hacían sin mucha convicción. Las horas debían pasar a pesar suyo, como debían pasar las cosas que aún no habían acontecido, tal cual habían pasado ya, formando parte integrante de su existencia, los acontecimientos que hicieron de ellas lo que eran, involucrando también en ese pensamiento, todo lo olvidado y hasta todo lo ignorado.

En ese instante, alrededor de ellas, sólo silencio y voladitos de crochet salpicados de a ratos por luces movedizas acostumbradas a amarillar, desde siempre, rutas obligadas de origen infinito.

¡Qué lejos está nuestro futuro! pensaban sin pensar; sin darse cuenta.

Beatriz: -¿Te enteraste, Cristina, que von dem Bussche Hadenhausen murió, no?

Cristina: -Sí... me enteré cuando escuché a mamá contárselo en voz muy baja a papá. ¿Por qué será que a nosotras todavía nos ocultan ciertas cosas? Especialmente las que ellos consideran tristes... Ya somos grandes, caramba...

Beatriz: -Pobre von dem Bussche... Cada vez que pronuncio su apellido me estremezco. ¿Qué querrá decir?

Cristina: -No sé... Todavía no puedo creer que se haya muerto... Pero qué apellido tenía.

Beatriz: -Sin embargo y a pesar de que su pronunciación, cae muy bien, yo estoy totalmente convencida de que su traducción puede llegar a tener un sentido que raye con lo ridículo. Guiso de porotos, por ejemplo. Personalmente pienso que a algunos extranjeros no les convino la traducción, por eso no dejaron que se la hicieran.

La voz de la abuela, desde el interior de una de las habitaciones, se escuchó clara, precisa:

Abuela: -Bueno, bueno, bromas aparte. No olviden que ese hombre ya está muerto.

Beatriz: -No, no lo olvido y para que veas que mi crueldad no es de uso exclusivo para lo de afuera, abuelita, recuerdo y lo digo bien fuerte, que nuestro apellido, Faust, quiere decir cucharón ¿no es así?

Beatriz había gritado para que también la abuela escuchara. Luego de una pausa y dirigiéndose a su hermana dijo:

Beatriz: Cucharón, así como suena. ¿No lo sabías? ¿Me querés hacer el favor de no reírte?Y no me digas que no viste el cucharón en medio del escudo que cubre la chimenea. ¿Y el que se encuentra sobre el portón del salón de carruajes? Yo lo sé porque abuela me lo hizo notar. Ese día me contó una historia que ya ni recuerdo. Era tan extraña que parecía inventada.

En el departamento de la calle Guido, Cristina embalaba las últimas cosas de valor que le quedaban luego de vender su parte de campo y el resto de su fortuna. Quince años de matrimonio feliz, cuatro hijos -hijos llenos de la energía necesaria como para no hacer decrecer la tensión de los obligados a verlos crecer día a día- y otros tantos malos negocios, dieron como resultado la situación imperante.

La maravillosa fábrica de cajas fuertes y carrocerías especiales había cerrado; la recesión y la competencia mal entendida por los gobiernos de turno, fueron las que, marcando profundamente las huellas del camino emprendido, los hicieron desembocar inexorablemente en la quiebra y el desprestigio.

Mientras se enjugaba las lágrimas con la manga de la camisa desaliñada, preguntándose ¿por qué, por qué? a cada instante, mientras recordaba sin solución de continuidad los años dorados vividos en “La Verde”, la hermosa Verde, que ya no le pertenecía ni a ella ni a ningún Faust, el timbre sonó una, dos, mil veces hasta que la puerta se abrió empujada desde afuera. Entonces se oyó, como si se tratara de una voz de ultratumba, el nombre y apellido del que, presentándose, dijo ser el Oficial de la Justicia. Al concluir éste la simple indicación realizada con la ayuda certera de un lápiz faber número dos, su ayudante cumplía la orden anotando. De esta manera se iba llenando la trágica lista de objetos embargados, los cuales cubrirían apenas el valor de la deuda exigida.

Al llegar a la caja de madera, la abuela que estaba presente, exhalando un suspiro -previo grito de indignación- se desmayó en brazos del escribiente ayudante, el cual sin disimular su disgusto, imitando el gesto de su jefe y sin decir palabra, la depositó sobre un sofá, el que integró en forma inmediata la lista iniciada minutos antes.

-¡No, por favor, los cubiertos no! No pueden embargarlos; son un recuerdo muy querido de familia...

Mientras anotaba, el hombre explicaba a Cristina que no tenía más remedio que hacerlo, pues al ser un muy querido recuerdo de familia, ellos mismos se encargarían de pagar más rápido esa deuda, como para no tener que desemabocar en el remate que hoy mismo se encargaría de pedir el abogado del caso.

-De todos modos- le dijo -todo lo embargado quedará en su poder porque desde ya, la nombro a usted depositaria y si tiene algo que objetar, deberá hacerlo por escrito y en el expediente respectivo- y volvió a repetir -res-pec-ti-vo.

La abuela despertaba lentamente con los ojos idos y sin coordinar las ideas, en el preciso instante en que Cristina y su esposo, abrazados, lloraban acariciándose y prometiéndose mutuamente venganza contra el agresor.

A la mañana siguiente, recapitulando, consecuencia de una buena dosis de calma valium, decidieron que como todo aquello había sido un atropello, el juego de cubiertos debía ponerse justamente a cubierto de las contingencias de un juicio como ese: arbitrario, injusto y desigual y que lo mejor sería declarar la propiedad de la abuela sobre los mismos.

Para reforzar lo dicho, el escrito presentado no sólo contenía la aseveración de ese hecho, perfectamente comprobable por lo verídico, sino además la constancia por parte de los demandados de una circunstancia que, de no comprobarse lo contrario, habría de ser la determinante del desembargo inmediato de los mismos. La constancia referida certificaba que aquellas piezas de plata maciza, eran las únicas y últimas que poseían a punto tal, que debían usarlas a diario.

Cuando al día siguiente el Oficial de Justicia, ensiamesado con su escribiente, se presentó justo a la hora del almuerzo, con el único fin de verificar lo afirmado en la segunda parte del último escrito presentado, pudo observar con sus propios ojos y apreciar, lo que era una auténtica mesa de abolengo.

Los cubiertos refulgían. La luz de los ventanales, abiertos de par en par, mostraban en toda su grandeza aquel sin par despliegue de digna arrogancia. El cucharón, colocado al bies y al alcance de la abuela, presidía la cabecera como si de él dependiera la solemnidad de la ceremonia que se estaba oficiando; nada menos que la exaltación del lar, humildemente.

Mientras el veedor de gesto villano y su escudero se marchaban, prometiéndose mutuamente volver para tomarlos de improviso in fraganti, con las manos en los cubiertos de diario, escondidos sin duda en ese momento, el hijo menor de los Faust los recogía de adentro del canasto de la ropa sucia, único lugar donde los improvisados detectives no habían metido su nariz.

Dos preguntas comenzaron a impregnar el ambiente de la casa, luego de pasada la semana.

¿Se estarían salvando? ¿Dispondría el Juez el desembargo de los cubiertos habiéndose comprobado, como se comprobó, que eran los únicos que poseían, además de ser propiedad exclusiva de la abuela, evidencia que habría de ser reconocida a la brevedad, según palabras de su abogado, una vez terminada la tercería de dominio?

Antes de que la incógnita se dilucidara, los enviados de la justicia, abriendo la puerta de calle como si lo hubiera hecho un fuerte golpe de aire, irrumpieron en medio del salón comedor, donde nuevamente se estaba sirviendo el almuerzo. Mientras, los Faust, sorprendidos y sin poder hacer nada para ocultar el juego vil (de cubiertos), que permanecía adherido a sus manos como formando parte de éstas, no tuvieron más remedio que reconocer, abochornados, la existencia del de acero inoxidable, hecho que permitiría a la parte demandada cobrarse pronto y bien.

Sin armas que esgrimir pues carecía de ellas, Cristina, en un súbito arranque, tomó rápidamente el cucharón de plata de su caja de madera y utilizándolo como un machete, trató de aplicar sobre los invasores en fuga el perfecto golpe de gracia, sin conseguirlo. Abatida, en el momento de volver a colocar el cucharón en su lugar, advirtió una inscripción casi ilegible en la parte posterior del mango. Era corta y estaba escrita en caracteres rusos.

En la embajada de Rusia se hizo la traducción del pequeño texto: “Faust recuerde: Banco Ginebra, cuenta F. 019.”

Al comprender, todos los rostros adquirieron expresión de asombro. Se advirtió asombro aún en los soviéticos, pese a que medían cautamente sus palabras cuando traducían o explicaban, como adelantándose un poco en ese juego o ejercicio intelectual, el que parecía haber comenzado justamente momentos antes, sin la posibilidad de conocer o vislumbrarse el lugar, aproximado siquiera, a donde los conduciría. Para dar idea exacta del grado de asombro en los rostros de las tres mujeres, habría que decir que a esa altura habían perdido completamente el habla.

-No hay duda, señoras; el texto da el número de una cuenta cifrada y por el año, las características y el lugar, podría tratarse de una de las que abrió el régimen zarista poco antes de la revolución. ¿Pueden ustedes darme algún indicio como para sacar alguna conclusión o seguir deduciendo?- preguntó la persona que las atendía y cuya pronunciación denotaba indudablemente su origen.

La abuela, sin medir las consecuencias, con sus ojos claros desorbitados, mirando fijamente a su interlocutor como exhalando, dejó salir de sus labios el nombre de Anastasia, en el momento en que sus nietas, comprendiendo la cuestión en su total magnitud, le tapaban la boca superponiendo ambas manos, mientras el embajador -cargando sus condecoraciones- como un resplandor hacía su aparición lenta y majestuosamente, ubicándose sobre el último y más alto peldaño de la escalera barroca de mármol blanco, del que había sido hasta diez años atrás el palacio de los Álzaga Ayerza.

-No teman, señoras- dijo, en un castellano casi perfecto, acercándose, dando la impresión que conocía todo lo tratado en aquel lugar hasta ese momento. -Las pocas cuentas que aún subsisten, prosiguió, tienen cerradura inviolable; sólo una llave especial con la que forzosamente debe contar el propietario o beneficiario, las abre. Quiero que sepan, además, por si fuera este el caso, que el tiempo transcurrido no interesa, pues el gobierno de Rusia de aquella época convino con el gobierno suizo que estas cuentas tendrían una duración de noventa y nueve años, al término de los cuales todo lo que en ellas hay depositado, ha de quedar para el tesoro de Suiza. Desde que ese país se convirtió en neutral, en 1819, nadie trató de denunciar nunca los convenios de esa naturaleza que se fueron suscribiendo sucesivamente con estados y personas particulares.

Como broche final, el Embajador nos miró risueñamente y dijo: -Parece, señoras, que la palabra neutralidad, para suerte de ustedes, es algo muy serio y beneficioso.

El cansancio de la abuela requería un sillón. Ya en el dormitorio, mientras se hamacaba, toda su ancianidad repetía como letanía monótona y continuada: -Anastasia, la incógnita de Anastasia; Anastasia, la retribución de Anastasia; Anastasia, cuánto tiempo pasó...Anastasia...

Sin perder ningún segundo, Cristina y Beatriz se dirigieron a la Embajada Suiza.

Mientras esperaban las contestaciones de las notas por medio de las cuales solicitaban información al banco ubicado en la ciudad de Ginebra, con mediación de la embajada suiza en la Argentina, para dar al caso mayores visos de seriedad, Beatriz pidió a la abuela que volviera a contar aquella extraña y casi olvidada historia. -Para que la escuche Cristina directamente de tus labios- le dijo. -Y para poder sacar alguna conclusión- agregó para sí. -Hacé memoria abuelita... No sólo es posible que en esa cuenta se halle depositada la retribución que jamás recibió el abuelo sino que, además, por algún detalle, surja el secreto del paradero de Anastasia, la única hija del zar de Rusia que según parece ha logrado salvarse.

-Cuando el abuelo de ustedes se casó conmigo en 1917- dijo la abuela, comenzando un raconto -lo hizo adoptando un nuevo apellido: el de von dem Faust, identidad que había tomado luego de aceptada la primera y única misión especial encomendada por el mismo zar de Rusia en persona. Con su nueva documentación, toda mi credulidad y una hermosa muchacha, a la que conocí por casualidad sin poder tratarla a causa del idioma, nos trasladamos a la Argentina, lugar donde yo había nacido dieciséis años antes. Quiero que sepan, niñas mías, que sabiendo como yo sabía que me había casado con un diplomático de carrera, nacido y educado en Zurich, poco y nada pregunté. Todo era y sería para mí secreto de estado. Intuyendo de antemano que a ninguna verdad tendría yo acceso y que esa sumisión sería el único precio que mi flamante esposo exigiría de mi siempre, para darme en cambio una vida regalada, llena de viajes y buenos momentos, jamás en mi corta vida de casada, pregunté. Lo que llegué a saber fue simplemente fruto de la ansiedad de él, pues sólo cuando ella ardía en su cuerpo, yo me enteraba por ejemplo, de que aquella niña se llamaba Anastasia, de que la misión encomendada a mi Frank, fue la de dejarla en lugar ya establecido, desde donde proseguiría viaje para cumplir con las innumerables etapas determinadas por un plan minuciosamente trazado y cuyo fin el pobre abuelo podría haber conocido, si no le hubiese ocurrido lo que le ocurrió. Y lo que le ocurrió fue tan terrible para él que a partir de allí, perdiendo poco a poco las ganas de vivir, enfermó de tristeza hasta que, cuatro años más tarde, sin que nadie pudiera hacer nada por él, murió. Sólo me quedó el padre de ustedes, único hijo en el que deposité todo el entusiasmo que me fue posible juntar en aquellos momentos, entusiasmo que fue incrementándose, por suerte, debido a la única y simple razón de haber contado en ese entonces con sólo veinte años.

-¡Qué barbaridad...!- dijo Cristina -Contanos, abuela, lo que le ocurrió al abuelo... ¿de verdad fue tan tremendo?

-Sí- contestó ésta -porque lo que le pasó fue que perdió el maletín con las explicaciones de las instrucciones recibidas verbalmente y otras que debían ponerlo al tanto de lo que tenía que suceder, según fueran los acontecimientos. Aquellas explicaciones estaban en lenguaje cifrado, sin embargo, todo fue en vano... anuncios... pedidos... Nadie lo devolvió. Lo cierto fue que una vez entregada esa niña a la persona indicada, a Frank le quedó siempre la idea de que había cumplido la misión a medias. Para colmo, la revolución bolchevique ya estaba en todo su fervor, cerrándonos las puertas de acceso a Rusia.

Los ojos de la abuela, lúcidos aún, se ensombrecieron y mientras su gris se diluía en el impetuoso torrente de tibios cristales, las hermanas daban rienda suelta a su fantasía.

-De aquella gran aventura- dijo como para terminar -nos quedó, no sólo el recuerdo de hechos sin asidero para mí, sino también el cofre de madera con flores en marquetería y los ciento cincuenta estupendos cubiertos de plata que había en su interior. Creo que vinieron unidos a esa niña como única retribución material posible y también para simbolizar y recordarnos perpetuamente la orden del cucharón, que también llegó a nosotros en las alegorías de los dos escudos obsequiados por el Zar el día de nuestra boda. A propósito, hablando del Faust ¿no les da la sensación de que guardara algo adentro del mango?

-¡La llave, abuelita!- contestaron al unísono las dos. ¡La llave que buscamos!

-¿Una llave? Bueno, bueno... en fin...- dijo la abuela y prosiguió: -Creo que ya es hora de tomar el té con masitas. ¿O preferirían tortas fritas con mate cocido como en La Verde?

Por esos días la familia de Cristina en pleno, gozaba de una relativa tranquilidad, gracias a que el abogado había logrado sustituir el preciado bien embargado por otro valor equivalente.

Al debatir el problema planteado por la posible existencia de la llave, todos juntos decidieron que debían sacar totalmente la tapa del mango del faust, limándola suavemente.

Necesitaron sólo unos instantes para cerciorarse uno a uno, de que del otro lado de la ranura producida por la pequeña sierra, se hallaba intacta, la llave añorada.

Cristina viajó a Ginebra vía Swissair, custodiando su pequeño tesoro. Llegó un domingo; recorrió el lago, gran cantidad de calles y bosques, además de pasillos y escaleras. Y repasó francés. El lunes, a primera hora, accionando esa llave con la mano derecha, manteniendo en la izquierda la autorización correspondiente, logró abrir aquella puertita, temblando de emoción.

Contenida, merced al recuerdo de sus clases de control mental, teniendo como testigos a las autoridades del banco, notarios de nacionalidades diferentes, fotógrafos y reporteros, mientras los técnicos enumeraban los papeles y objetos de valor que iban extrayendo del interior de la caja, Cristina comenzó a leer uno a uno los documentos. Éstos cobraban importancia a medida que su texto, creando un paralelismo asombroso con los hechos referidos por la abuela, reforzaban más la idea de que lo que estaba ocurriendo era verdaderamente un acto trascendental; revelación de todo un gran proceso y su misterio : Anastasia.

Al grito de alegría proferido por todos al ver aparecer a Cristina en medio de la sala, radiante, bolso al hombro repitiendo ¡Abajo la miseria! ¡Abajo la miseria! se sumó el de contrariedad, nacido cuando el antiguo villano -secundado por el mismo apuntador- haciéndose por cuarta vez dueño de la casa, portando en alto la copia de otro pagaré, señalando nuevamente con su lápiz faber número dos la caja de madera, muy conocida ya, volvió a disponer la anotación del juego en cuestión, como bien embargado.

Sólo Cristina, mirando por sobre el hombro del escudero, pudo llegar a leer la totalidad de lo escrito por él, al dorso del mandamiento: Cofre de madera conteniendo juego de cubiertos de plata. Total ciento cincuenta piezas. Observaciones: el mango del cucharón se encuentra casi totalmente deteriorado.

Fin Amanda Patarca.


Crónica breve aunque detallada del peligro corrido por los fulgurantes rojos de Gauguin, en aquellas interminables horas.


Primera Parte:

Armó su cigarrillo casi con parsimonia, lo acercó a sus labios y con la punta de su lengua empapada en saliva, tímidamente asomada fuera de su boca, mojo el borde del papel en donde un hilo de pegamento esperaba el acople para cumplir con su cometido: otorgar placer a quien, traspasando los límites, osara encenderlo. Todo, en ese momento, tendía a lo definitivo. Sin embargo, Paul se quedó con el gesto a medias: el cigarrillo apretado entre los dientes mientras la caja de cerillas tardaba en llegar a la otra mano, la que facilitaría su apertura. El humo dentro, pensó, es como el aroma de una mujer joven, cualquier mujer. Allí se expande llegando al alma, siempre. Lugar en donde sin detenerse e invadiéndolo todo, prometiendo placer a manos llenas presagia el goce. ­¡Que más pedir! ¿Y a quién pedir? ¿Pedir a un cigarrillo que se exprese y nos facilite la justificación de su existencia atada a uno y de nuestra recurrente voluntad envilecida puesta al servicio de su construcción en esa búsqueda insistente, por lo insaciable, sólo concebida para terminar fatalmente en destrucción inspirada? ¿Pedir a una mujer que se exprese, cualquiera sea ésta pero joven siempre, cuyo perfume, si se quiere, o cuyo olor, da lo mismo, nos penetra hasta atribularnos? ¿O que, de alguna manera, ésta nos facilite la explicación no sólo de su existencia allí, en el lugar donde se encuentra, pegada siempre a uno, como aquí sucede ahora, sino también del por qué de nuestra insistente voluntad por poseerla, pese a todo cuanto de adverso nos rodee? ¿O acaso pedirle, a esta mujer, que sea lógica? ¿Qué sus actitudes o proyectos no se contradigan con los hechos? ¿O que utilice la razón para salvarse y así salvarnos juntos, por la verdad, a través del esfuerzo mental? ¿Y todo eso para que la toma de conciencia respecto de sus valores, sus valores espirituales que son los que hacen falta, dé por resultado que los valores de ella, se asemejen a los nuestros, a los de todos los hombres, para poder vivir juntos en paz? ¿Por qué pedirle, entonces, especialmente cuando sabemos bien que no compartiremos con ella nada más que una cama y sólo unos cuantos, por no decir unos pocos, días de nuestra vida? ¿Para qué? ¿Para qué pedir peras al olmo? Paul, hundido y abismado como estaba en esa posición de inmovilidad intrascendente y comprometida, se mantuvo en ella aún por unos segundos más, mirando un punto, sólo un punto, en el colosal espacio de esa habitación, la suya, ahora tan pálidamente iluminada por la luna llena como para hacer creer que todos los colores de los innumerables cuadros allí reunidos con fines varios, huyendo aterrorizados de sus habituales sitios a causa de una explosión o algo por el estilo, se dispersaron desapareciendo, vaporizados, tal vez. Todo ello, mientras su nuca percibía el calor de una mirada furiosa, la de Annah Martin, su modelo y amante además. Ambas funciones, sí, como le había sucedido ya con otras, desde que la misma profecía, dictada por la misma voz y con las mismas palabras, dirigidas particularmente a su oído, lo instara, en forma categórica, a pintar el mundo según su creativo ingenio. Decisión ésta que lo llevara, a partir de allí, a tratar de convencer, a cuanta "modelo viva" arribara a su atelier, respecto del valor a otorgar a las bondades del hecho de quedar, infinita y definitivamente plasmada, con su imagen, en una obra artística pictórica cuya misteriosa esencialidad estaba llamada, desde su génesis, a representar por siglos el atractivo encanto de un hechizo captado, al instante, por el delirante espíritu de su indiscutible creador. Y eso, a su entender, tenía que tener un altísimo precio: el del compartir, con él, al menos, la búsqueda sensual del cenit, en la voluptuosa ejercitación terrenal del vuelo hacia la eternidad prometida. Y.. al respecto y según su estilo, sólo las mujeres eran las especialistas instintivas en ese tipo de ejercitación. ¿Para qué pedirles otra cosa?

El odio, tanto como la mirada o el tiro por la espalda, también quema, solía decirle Vincent, con esa voz casi inaudible, que tenía, recordó. ¡Cuidate, no descuides tu caracter, respetá, al menos su dignidad! prosiguió diciendo aquel día su amigo, tal vez con otras palabras. Su amigo... su amigo hasta que dejó de serlo. -No la denigres, agregó. -Acepto que te ponga nervioso su ignorancia, su brutalidad casi ingeniosa, pero...creo que no deberías vengarte de sus reacciones pintándola con facciones tan extrañas. Trata de hacer un esfuerzo por comprenderla... Todo cambiará entre los dos. Y levantando el lienzo que cubría el último cuadro con la imagen de cuerpo entero de ella, desnudo sin terminar, concluyó: -Por favor Paul, arreglala un poco, ella no es tan fea! Te es útil y te acompaña. ¿Qué más pedirle? No la menosprecies. No la trates como si dudaras de su humanidad. -Pero no. Absolutamente. Te aseguro, amigo mío, que no es así. Más, estoy convencido de que es un ser humano. -¿Aunque haya nacido entre los pájaros? -Si Vincent, aunque haya nacido entre los pájaros, como ciertamente lo hizo; en ese mágico lugar, donde estuvimos; de cielos rojos, árboles azules y mujeres-flores. Todas estambres, talles desnudos, pistilos y huecos gelatinosos con fragancia de hierbas... ­¡Ay! ¿Cómo hacer para evitar la nostalgia?.. Había entrecerrado los ojos cuando dejándose llevar, el eco de la última frase de Vincent le llegó inconfundible. -¿No será que la nostalgia es la que te mantiene al lado de ella?

El espejo captó las dos imágenes, introduciéndolas dentro suyo, suspendidas por un instante en su centro con nítida resolución: la de él encendiendo, por fin, su cigarrillo y la de ella quitando de esa nuca ajena su abrasaste mirada -mezcla promiscua de impotencia con mortificación- bajando lentamente los párpados como temiendo hacer con ellos ruido y aún más, evitando de ese modo la fogata que sus ojos habrían de provocar. ­¡Imágenes! Imágenes mostrándose desde estados de ánimo dispares, recelosos, temerosos de reacciones perjudiciales irreversibles, sin regreso ni vueltas hacia atrás. Movidas por resentimientos enfrentados. Mostrándose en franca lucha anímica, una contra la otra. Imágenes casi neutralizadas ahora. Las que no podían llegar a ellos a través de sus ojos sino borroneadas, debido a la desconfianza imperante y al alcohol, el que ingerido ese día tal vez en exceso habría hecho las veces de filtro. Pero eso, Paul, no lo llegó a saber nunca, acaso porque las únicas imágenes que a él le preocupaban eran las que salían de sus pinceles.

Mientras en el interior de la casa todo eso iba sucediendo, el silencio, aletargándolos, como últimamente venía haciéndolo, se empeñaba en ubicar a cada uno en su propia dimensión.

Afuera, por el contrario, el leve murmullo con que la naturaleza toda se iba renovando, se escuchaba con nitidez. Las golondrinas, ciertamente, ya se habían instalado en la ciudad. La vegetación reverdecía a la vera de todos los caminos de acceso a esa casa ubicada sobre la rue Vercingétorix, umbría y fragante. Al cabo de un rato, con paso muy lento, fue acercándose a la entrada un hombre sin rostro, sin rasgos ni prisa, quien al conseguir divisarlos a través de los vidrios un poco empañados del gran ventanal, pulsó el bronce de la manecilla. Pero, por la hora que el reloj anunciaba, desde el negro torreón de la vieja iglesia que tenía enfrente, intuyendo la inoportunidad de su visita, sin esperar respuesta ni hacer nada más que pasar una esquela firmada por debajo de la puerta, se alejó, perdiéndose en la niebla vaporosa de esa noche lunar, de franca y definida blancura apacible. Se llamaba Cezanne ese hombre. Paul lo supo al día siguiente.

Segunda Parte

Por la mañana, luego de dormir, Paul, fuertemente abrazado a esa mujer que tanto lo perturbara en el inicio de la relación hoy a punto de quebrarse, abriendo las ventanas de par en par -como lo venía haciendo desde tiempo atrás todos los domingos a la misma hora- pudo escuchar el Evangelio del calendario litúrgico de ese día que, desde el púlpito de la Iglesia Jesús Iluminado ubicada enfrente de su casa dirigía el padre Horacio a sus feligreses. Gente demasiado común para ser común, pensó. No como él, que se adaptaba a todo, siempre impulsado por el recuerdo del Quijote que pontificaba: "donde fueres haz lo que vieres". Sí, se dijo desperezándose lentamente, es evidente que los comunes a los cuales iba dedicada la homilía no eran como él. Pero sí como Annah Martin, pensó, la mujer que dormía a su lado, muy a pesar suyo, y que era también como todos sus vecinos extranjeros y comunes, especialmente los latinoamericanos, los que por no saber hablar bien el francés y menos aún escribirlo debían trabajar el día entero con sus propias manos o toda la fuerza de sus cuerpos, resignándose a repetir, velozmente, frases hechas, cuyo significado sólo intuían, sin saber dónde cortarlas para poder respirar y terminar de alguna manera la idea iniciada cuando era necesario hacerlo. Los llamados comunes eran, en fin, los que escuchaban la misa del domingo o del sábado a la tarde en cualquier idioma porque con el francés no se llevaban bien y se perdían y con los otros idiomas también. El viento, ahora, le traía esa voz inconfundible, y la sensación de estar dentro del templo -no en la cama, todavía- lo hizo sonreír. "Hoy, más que nunca antes, es necesario saber, conocer... comprender", vociferaba. "Entender, entrar en relación directa con la esencia sagrada de cada cosa, que es lo mismo que decir: con su fin último e inobviable", agregó, para continuar enseguida: "Y habremos de saber como se debe, tanto sobre las cosas como sobre los hechos que las generan, solamente prestándoles un poco más de atención. Activando nuestra conciencia para que ésta logre enfocar con su haz de luz directa cada día una superficie mayor, de la que se pretenda dominar investigando poco a poco". No creo que Annah sepa ésto por haberlo leído en alguna Biblia, no. Lo sabe sólo por intuición, por instinto... por ser mujer, por llevarlo adentro. Ella me mira, me mira siempre. Me estudia, me investiga y me fastidia tanto que termino con ganas de matarla, como anoche. Por ahora sólo me vengo buscando la forma de evadirme, desconectándome de ella, tomando ajenjo o lo que venga y pintándola fea, lo más fea posible. Pintándola como imagino que es, naturalmente; por ejemplo: sin depilar. Por eso lo de los bigotes, las cejas unidas y las piernas y brazos velludos. Ella no puede pedirme explicaciones porque no accede a mis obras mientras yo no las dé por terminadas. Dice que soy déspota. Tal vez lo sea, no sé pero últimamente la percibo resentida. Más que nunca resentida. "Las tinieblas, habitáculo de la ignorancia, al clarificarse ayudada por la conciencia de cada uno de nosotros, dará lugar a la puesta en marcha del conocimiento el cual traducido y duplicado en testimonio preciso, indubitable, desactivará la posibilidad de generar malentendidos, polémicas, resentimientos, odios, guerras, batallas, combates, exterminios, crímenes, terrorismo aislado o sistematizado..."

El padre Horacio es un hombre muy joven, pensó, en consecuencia demasiado puro para los tiempos que corren. Parecía hallarse poseído, ya que en ese estado, cuasi profético, las palabras brotaban de su boca con la convicción de factibilidad propia de un demente. Seguro, además, de su indiscutible liderazgo pastoral, pese al problema generado por el cosmopolitismo idiomático. Eso sí que es un lío ­¡por Dios! se dijo por lo bajo, casi sin pronunciar palabra, mirando la hora en el reloj despertador, cuya tenue luz interior le devolvía su cínica sonrisa iluminándola. "Salgan y sean luz", decía el padre Horacio, mientras la gente haciéndole coro contestaba: "amén", como en un murmullo. "Las consignas religiosas así lo piden. Den testimonio de la verdad del hecho generado manteniéndolo fulgurante con el aporte de la luz de cada uno, para que la fe, transformada en certidumbre, nos permita, siempre, dormir en paz. Sabiendo, además, que al clarificar una situación circunstancial; al desenredar desentrañando hechos concatenados e íntimamente relacionados; al respondernos explicando lo hasta ese momento confuso, por falta de transparencia o luminosidad o lo mantenido guardado, encerrado y sustraído a la mínima porción de claridad posible, en alguna medida nos hará desembocar en la positiva tranquilidad anhelada, imprescindible para la vida plena, desarrollada en libertad, sin temores ni angustias, indicadores, ambos, de la existencia de dudas, al respecto. Producto, justamente, de la ignorancia de la gente". Todo venía muy bien al tema. Nos venía muy bien, pero... la verdad es que me perdí¡ ¿De qué estará hablando ahora, este hombre? Annah no se despertaba. Atinó sólo a darse vuelta y acurrucarse, destapándose toda, mientras las graves palabras del padre Horacio y los amenes de su gente zumbaban como moscas a su alrededor, más exactamente como abejas o avispas, que son más grandes y ruidosas. El camisón le había quedado arrollado entre sus pies y sus pezones, de allí que sus pechos, absolutamente libres de ropa, relucían como dos rosas negras, lustrosas. Y fue entonces, en ese momento cuando logró ver sobre esa intimidad de terciopelo oscuro una cantidad de vello incipiente que pugnaba por crecer, justamente allí. ¿Allí también? se preguntó angustiado. ¿Annah tendría miedo, acaso, de que el convenio tácito existente entre los dos, el que había facilitado la vida en común, cama en medio, terminara por mala transcripción o mala traducción de sus grandes dotes físicas? No, definitivamente no. Ella sabía demasiado bien que aunque la pintara un poco abestiada no por eso dejaría de aflorar desde el lienzo, cultivado a mano por él, la obra de arte propuesta compulsivamente y obtenida, siempre, con algún derramamiento doloroso de sangre o de lágrimas. ¿O temía sólo a la posibilidad de ser estafada? Nadie debe olvidar que ella fue la que se atrevió, aventurándose. Llegar a convertirse en su modelo viva, aún al costo de tener que dormir con el artista con el fin, utilitario, eso sí de quedar pintada desnuda, para la posteridad y en toda su hermosura le pareció tan increíblemente grandioso que olvidó convenir las cláusulas restantes: buen trato, respeto y por sobre todo nada de alcohol con láudano, al menos en su presencia. Sin embargo... No, no era así la cosa. Algo había dejado de funcionar. En toda cuestión siempre hay alguien que la pasa peor. ¿Era él el que se había constituido en víctima? ¿Y por qué? ¿Adónde habían ido a parar sus rutilantes ideas? No muy lejos, por cierto...

Annah y la mona, se dijo luego Paul saltando de la cama para empezar el día, empequeñeciendo al instante sus ojos hasta entrecerrarlos casi, mientras con una de sus manos se alisaba muy despacio el reluciente y espeso bigote endurecido con tragacanto, gesto que siempre hacía cuando se permitía el lujo de disfrutar la puesta en marcha de su tren pleno de irónica actitud. Cosa que, viviendo bajo la continua influencia de Annah, le estaba sucediendo cada vez con mayor frecuencia. ¿De qué manera sino con cinismo o humor ácido puede uno contrarrestar los sucesos adversos? Lo ignoraba. Tampoco era el caso de soportar todo lo que de ella viniera, sólo por temor a una posible represalia. De los exagerados y ordinarios desplantes repetidos, uno, el que constituía su única distracción y que consistía en mostrarse ante cualquiera tal cual era, ni hablar. Y algo peor aún, tal vez la imposición de tener que soportar sus interminables silencios melancólicos cuando se le ocurre oficiar de criteriosa. Pero ­¡por favor!

Ahora, la pregunta que venía marchando no se hizo esperar: ¿Concretaría él, algún día, lo elaborado minuciosamente en esos arranques de humor ácido? Quizás ... se dijo. Entonces...¿por qué no poner ya, manos a la obra y transformar en grotesco al que constituía, por el momento, su ultimo cuadro; el guardado bajo estricta llave, por encontrarse aún sin terminar?

De inmediato, para poder concretar el paso de esa idea a una en acción, cambió de actitud. Inmóvil entre el baño y la cocina, su bigote estático trepado a una fina sonrisa alargada y firme bajo su nariz de águila perdida, consiguió enmarcar por el sur, la búsqueda de coherencia. Pero fueron sus grandes ojos negros, bien abiertos, moviéndose dialécticamente entre el este y el oeste los que definieron allí el rumbo .

El imponente recuadro central abarcador de la imagen entera del escultural cuerpo desnudo de ella, contrastando con la velluda fealdad resaltada de su cara, de sus piernas y de sus brazos -producto genuino de uno de los tantos episodios de pelea y discusión- fue primero rescatado del olvido, memoria en medio, desde el fondo del abismo en donde se encontraba emitiendo extrañas señales captadoras de atención. Y luego, sólo después de unos pocos minutos, del galpón de las pinturas en espera, su atelier, en donde, recostado contra la pared en la más terrible oscuridad, esperaba ser terminado algún día. ¿Dónde colocar la mona ahora? Se preguntó preocupado, clavándole al cuadro, frontalmente, su mirada... ¿Dónde ponerla? volvió a repetir. ¿Dónde?

Para que la comparación surja inconscientemente, la habré‚ de colocar junto a sus piernas y tomada suavemente de la mano... Para que ella misma se convenza pronto de que con Paul, con este Paul, no se juega. Para que se convenza de que a Paul Gauguin no se le grita nunca, en ninguna oportunidad. Ni se lo insulta, por más borracho que esté. Y menos delante de los hombres malos del puerto, lugar bello y misterioso, ubicado junto al mar, al que siempre vamos y donde seguramente volveremos, pese a los empujones y tironeos que a veces uno debe soportar por atreverse a transitar el mundo. Y para que aprenda de una buena vez, le pintaré también los pelos que hoy le he visto crecer en sus pezones.

Tercera Parte

Un cigarrillo crispado entre sus dedos rústicos, ásperos, con vestigios de pintura extraída con lija y aguarrás. Un largo silencio vibrante, ininterrumpido, sin salida a la luz ni posibilidades de entrada al aire libre. Sin trayectoria siquiera. Interminable, infinito... densamente encajonado. Imposible ya de soportar. Y la mirada, fija en esa puerta cerrada, tal como si estuviera soportando el peso de un olvido abandonado y a tanta distancia del encuentro de su posible memoria, como para tornar ilusoria cualquier idea de retorno. Esa era su actual realidad. Su propia imagen instantánea, luego de concluido el día del gran escándalo ajenjoso que terminara para ambos en la Sala de Guardia del Hospital Sacre Coeur, con Annah fuertemente golpeada en el rostro por sus propios puños, por haber osado clavarle no sólo las uñas en sus cuidadas mejillas sino también reiteradamente y con saña, sus filosos dientes en la blanda carne de sus hombros, marcando luego su espalda magra. Día que terminara, entonces, más allá del dolor y del oprobio, con la sangre de ambos encharcada en el piso empedrado de ese puerto de marineros fracasados, marginales y provocadores tristes; tan instigador de búsquedas y de encuentros anunciadores de goces y emociones fuertes como amado por él hasta el delirio. Todo, a esa altura, parecía terminado. Annah yéndose para siempre, llevando con ella cuanto ahí tenía y destruyendo a su paso todo cuanto queriendo pudo. Entonces... lloró. Lloró, no por miedo a lo que el futuro proveyera de allí en más, sensación que consideraba, por demasiado conocida, ya enteramente superada. Lloró por impotencia. Frente al mal que ya a estas horas, Annah pudiera haberle hecho y que, de existir, encontraría irreversiblemente consumado ni bien flanqueara esa puerta cerrada, la que frente a él aún así mantenía como único recurso disponible amparador de su estática esperanza momentánea.

Luego de fumado el cigarrillo, exactamente hasta la inhalación de la última pitada posible, con las manos cubriéndose la cara lastimada, sin animarse a dar un paso para que la sensación que lo estaba invadiendo no se desvaneciera, Paul lloró mucho, recordando las cosas de sus vidas en común. Tanto como sólo un hombre sensible, un artista genuino, podía hacerlo, Y mientras lo hacía revivió a esa mujer, su modelo viva, llegando a su vida, sensual e insinuante, ataviada con un trozo mínimo de tela fluorescente color púrpura, de la mano de la cantante madame Nina Parck. Ella era su doncella pero cuando su amigo Vollard, adelantándose, se la presentó en La Opera sólo pronunció su nombre acercándole los mínimos indicios de su misterioso lugar de origen. Lo hizo como si Annah Martin hubiera sido una verdadera princesa indígena del Caribe, tierra americana demasiado conocida por él: brutal, tórrida e insoportablemente húmeda, se dijo ese día, inhalando con voluptuosidad, sin que nadie lo notara, el exótico perfume que todo su cuerpo al moverse exhalaba. Lo demás fue historia por demás conocida. Lo acompañó a Pont Avent Concarneau donde fueron felices como en tantos lugares. Muy felices... hasta que dejaron de serlo...

Cuando pasado un largo rato en silencio pudo conseguir, recién allí, despejarse un poco, logró entonces tomar conciencia de que esa puerta cerrada, la del galpón de las pinturas en espera -su atelier justamente- no lo estaba tanto ya que Paul Cezanne podría haberla abierto. Se acordó, en efecto, que su amigo, al encontrarlo en el minúsculo y oscuro bar Metropol del Embarcadero ubicado frente al puertito endemoniadamente colorido de la vuelta de La Rochel, algo relacionado con las llaves y la inseguridad del atelier le había dicho, agregando: "Habiendo podido hacerlo no me atreví a mirar, tal vez, para no cargar con la obligación de ser el portador de la mala noticia... En cuanto a las llaves que aquí, en este instante, solemnemente te entrego, estaban puestas en las cerraduras. Ella destruyó cuanto encontró a su paso. Espero que no haya hecho lo peor.

¡Santo Dios! ... ¡Los cuadros! gritó desesperado. Su atelier con pretensión de caja fuerte, a juzgar por el valor asignado a ese tesoro encerrado allí, escondido y preservado siempre hasta el deliro con candado y cerrojo de tres vueltas. Paul Gauguin apretó entre sus dedos, calladamente, las llaves que Annah, en forma grosera, tirara a la cara de su amigo Cezanne cuando, tras las rejas del portal de entrada, éste se le apareció justo en el instante de producirse su apresurada huida; "acarreando, sin cuidado, entre sus brazos, toda su ropa, tras haber destruido cuanto encontró a su paso".

Así, de esta manera le explicó lo sucedido. La referencia, que terminó siendo minuciosa y detallada en su momento, al recordarla precisamente ahora -encontrándose, como se encontraba, otra vez instalado en callada soledad- le sirvió de cortina sonora de fondo a su voluntaria tardía constatación. Fue así como resignado y dispuesto ya a encontrar lo que fuere; retirando fácilmente los candados que pendían cerrados pero sin cerrar nada; empujando luego hacia abajo y con fuerza el picaporte, cuya docilidad no se hizo esperar, al encender el farol interno, sintió cómo los colores en concierto comenzaban a interpretar para él, como nunca antes lo habían hecho, su mejor sinfonía. Todo estaba en orden, allí. Su mundo de formas, figuras, matices cromáticos, luces y sombras, se dejaba ver y hasta escuchar deliciosamente armonizado. "Annah Martin y la mona Taoa" lo observaban fijamente desde sus lugares. Ambas, ubicadas dentro del encuadre misterioso generado a partir de su inquietante dimensión, parecían sonreírle. Ya no le quedaban dudas: Annah Martin había pasado por su vida "benignamente". Paul, entonces, acariciándose con extrema suavidad su oscuro y espeso bigote pegoteado, sonrió. Sonrió estirando apretada y nerviosamente, por el lado sur de su cara, sus contorneados labios, dibujados bajo esa nariz de águila perdida que tenía. Sonrió, moviendo con parsimoniosa lentitud sus grandes ojos negros, nuevamente en dialéctica trayectoria unificadora de los rumbos este y oeste. Y lo hizo, esta vez, hasta hacerlos desaparecer transformados, cada uno, en brevísima línea oscura, al cerrarlos por completo. Paul Gauguin así, con su pueril manera de ver las cosas, volvió a sonreír y esta vez, casi que podría agregar: "benignamente".

FIN

Amanda Patarca


ESE ADMIRABLE, DULCE Y CRUEL PARALELISMO


Aunque no me gusta, voy a ser indiscreto. Abriré un paréntesis para que ustedes puedan vivenciar esta situación escuchando tan sólo un diálogo pequeño e intranscendente.

-¿Querés otro? Ya está frío. Tomá el último y tirá la yerba afuera. Mañana cebamos más. Basta por hoy porque tengo miedo de que se termine la garrafa.

-Y bueno... si no hay más remedio... A dormir se ha dicho.

-¿Te vas a dormir con la ropa puesta?

-Sí ¿por qué?

-¿Mojada como está? Haceme caso, Faustina, aunque tengas frío, para dormir sacate esa ropa.

Pueda ser que dejándola bien extendida colgada de la piolita, se te seque para mañana.

Ella y Faustina, su hija adolescente, viviendo en un vagón del ferrocarril. ¿Que si eso es justo?

No, qué va a ser justo. Sin embargo allí están, transitoriamente, como dicen todos. Se vinieron solas y

con lo puesto y lo puesto es ropa vieja. Todo es ropa vieja alrededor. Para colmo hasta lo que comen se llama “ropa vieja”.

Llueve aún, pero como ella sabe que hay que ser realista porque lo aprendió con la vida, cuando del temporal amaina un poco y sólo la garúa finita es lo que puede mojar, sale de su guarida oscura y olorosa, como ahora lo hace, se trepa por la escalerilla de hierro que la une con el cielo y mira largamente al hacedor tendido a sus pies, es decir al causante, según todos, de tanto despliegue de pobreza, el que en este momento parece un enorme espejo hecho pedazos, obligado a captar, dentro de su rusticidad sin luna, el brumoso y triste ánimo de Dios.

Para conformarse, los dos se hacen a la idea de que están cobijadas en el arca de Noé. A decir verdad, animales no faltan. Gatos, perros, conejos, gallinas... Sus vecinos de la derecha, para completar el cuadro, hoy se han traído las tres chanchas con sus crías y parece que ya están hambrientas. Difícil para todos va a ser dormir esta noche con tanto animal atado en torno.

¿Será posible? Hoy no puedo hacer otra cosa que compadecer.

Pobre niña coqueta y delicada. Al acercarse parece que creciera desde el interior de esa ropa mojada y desteñida, pegada a sus caderas como para insinuarlas más y abrillantar de paso su figura.

Pobre madre, frágil e inexperta aún. La que al perder su ingenuidad de repente, viéndose reflejada dentro del vientre de su hija, como lo está haciendo en este instante por primera vez, presiente, casi aterrorizada y sin saber qué hacer, que el torrente que la trajo hacia sí, muy pronto ha de querer jugar con ella también, su niña hecha mujer de porte distinguido -igual al de su padre- el que llegó a ella un día como un Cristo Salvador, deslizándose sobre su barca, en medio de aquella otra inundación del Arrecifes, la que se quedó para siempre en las retinas y en el corazón, como un enorme cargamento de gelatina, sabor frutilla, derramado todo para ella.

Algún día no demasiado lejano, su hija del alma, su Faustina, habrá de saber que fue a partir de su llegada que comenzó ella a escuchar la extraña voz que, proveniente sin explicación de boca de su madre, con giros expresivos y lenguaje perfectos para su nivel, repetía incesantemente sus advertencias, sus consejos, sus pedidos angustiosos de cuidado. ¿Cuidado con quién, contra quién? ¿Contra el Arrecifes acaso?

A su entender, una advertencia de cuidado con el amor no podía haber sido nunca expresada de ese modo tan extraño..

Sé que se formuló estas preguntas una y mil veces. Tal cual se las formulará Faustina cuando sobrevenga otra llegada igual a la que iluminó a su madre, inundándola. Igual a su vez a las que indefinidamente iluminarán para facilitar las entregas de toda la eternidad, las que indefectiblemente sobrevendrán, tal como ocurrió siempre, unidas a ese tremendo cúmulo de carga normativa, llamada la voz de la experiencia, inexplicable para la razón de la juventud. Yo sólo puedo recordar de todo aquello, que mientras ella elaboraba conjeturas tentando las respuestas acertadas, él, el futuro padre de su hija, asfixiándola de ternura, procurando su aislamiento progresivo, la introducía lentamente en ese cauce, nuevo para ella, de aguas, no sólo turbias sino peligrosamente rápidas, de las cuales emergía considerándose intrépida por haber acompañado, temeraria, la inconsciente intrepidez de él.

No estoy muy seguro pero creo que Faustina en ese entonces sin que ella supiera todavía, flotaba ya en el aire enrarecido de su casa, debido a aquella primera creciente iniciadora, génesis a su vez de los lazos de acero que la atarían más tarde, a la existencia de ésta.

De lo que estoy totalmente convencido es de que, luego de haberla amado él como lo hizo, hasta engendrar encendida en su persona a la hermosa, expectante y aún titubeante Faustina; luego de haberla hecho amar a su vez al Arrecifes, haciéndola enraizar desde el comienzo a la vera de su lecho, él, semilla esperanzada de anhelos lejanos, no pudo detenerse.

Es tan diáfano el día que hoy hasta yo escucho claramente los consejos de la voz de la experiencia, llamada también del tiempo transcurrido no en vano. La única voz que transitando difusa por la inmensidad del espacio, logra -compactándose a su vez de mil maneras- que el receptor pueda desentrañar el mensaje emitido, el que será luego utilizado por este en función directa de su bien o de su mal.

Faustina, destinataria directa, ya se ha dado cuenta de que esta vez la experiencia está hablando por boca de su madre: “Cuidado con él. Él es el dueño de todo lo que toca. Él es parte de Dios, el Dios que no está solamente dentro tuyo, como pensarás más adelante. Es así como él, el dueño, el que es parte de Dios, dispone, intermediario, entre lo desconocido y tu voluntad, la que tendrás fuerte más adelante, pero nunca tan fuerte como para sofrenar sus remolinos abrazadores, equilibrar su ímpetu, manejar su curso que por milenario y consecuente pudo, a golpe de cuchilla, rasgar la tierra formando un cauce, el que tú no podrás cambiar ni superar nunca, a pesar de la maravillosa voluntad que tendrás más adelante. Ella, que se tornará miserable una vez metida en la trampa hacia dónde él mismo te conducirá para demostrarte y demostrar a todos con su obra que él es superior. Cuidado con él, porque él es superior a ti y a infinidad de criaturas que como tú, admiran y reclaman para sí la apacible fisonomía de lo inofensivo, de lo calmo, de lo que se mantiene en actitud constante de tranquila invitación a seguir su corriente. Dulce trampa mortal. Simiente generadora imprescindible para concretar la instalación de la fortaleza, en donde habrá de transcurrir la vida, dentro de la cual sólo a muy pocos podrá ocurrírseles oponer algún reparo”.

Qué lástima, Faustina, que estemos incomunicados por pertenecer a planos de diferente dimensión. ¡Qué lástima! Sé que no me escuchas, pero si de algún modo te llegara mi voz, por favor, no me contestes. Cuidado, cuidado, Faustina. Porque estamos en plena inundación y padeciendo juntos, tu madre, vos, ese muchacho que te mira de lejos, acercándose a veces sólo cuando nadie los ve y yo.

Porque te veo grande y te siento indefensa dentro de los límites de tu propio cuerpo, es que debo decirte lo que la experiencia decía por boca de la madre de tu madre a tu madre y de ésta a vos, pero en forma muy extraña. Jamás creas en las apariencias, piensa que siempre detrás de ellas está la otra cara, la que se encuentra entre el insondable misterio de la verdad y ese otro lugar insustituible en el que se desarrolla la circunstancia. La que funciona siempre en razón del propio entendimiento.

Y ahora entonces, te pregunto: ¿Crees que alguna vez podrías domesticar a ese gigante después de lo que sabes de él? ¿Puedes aún creerlo dócil como un gato al cual das de comer día por medio para tenerlo detrás tuyo todo el tiempo? Como no contestas, vuelvo a preguntarte: ¿Me escuchas? ¿Sabes de qué hablo? ¿Puedes y quieres escucharme un poco más? Bueno, no importa, ante tu silencio te digo: -Recapitulemos, Faustina ¿te dijo alguien, alguna vez, en forma expresa, que tuvieras cuidado con ese río inmenso que nos baña llamado Arrecifes? ¿No se te ocurrió nunca pensar que el pedido de cuidado se refería al amor? Te lo pregunto porque no puedo permitir que quede flotando ninguna duda. ¿Qué pasa ahora? ¡Por favor, no te oprimas los pechos y el vientre en actitud desesperada! ¿Lloras o ríes?

Faustina no contestó. Se alejó de mí sonriéndome serenamente, acaso porque acababa de comprender el motivo por el cual sus días, desde hacía un tiempo le estaban pareciendo indicados como para estar casada.

Amanda Patarca

EL DESLIZ (Tributo al Santito de Renca de San Luis)


El olor de la fritura de mis empanadas, bajo la lona de mi tienda, se mezcla con el de la yerba buena que brota de la tierra húmeda de lluvia. Milagro producido anoche quizá para festejar el día del Santito. Mi amoroso y sumiso guardián. Indispensable objeto de mis súplicas infinitas. Partícipe insospechado de mi recóndito malestar, fruto multiplicado de mi eterna caída.

Santito, perdón. Perdón, Santito. Perdón.

Santito. Ni todo Renca te quiere como te quiero yo. Por fin... Por fin asoman las carretas.

Los años anteriores, a esta hora, ya estaban dispuestas frente a la iglesia o alrededor de la plaza y su gente armando las tiendas para pasar el día. Canto, vino y amor para servir al Santito, el que por esperarlo todo, justifica todo, siempre.

Desde aquí observo el andar de la primera carreta acercándoseme lentamente, seguida por una larga fila de imagen borroneada, que termina en un punto turbio y espeso. La miro fijamente y el destello del sol entre la polvareda parece llenar de pájaros luminosos su llegada. El marrón quiere ser verde y sólo consigue confundirme. Veo trazos amarillos y otros sin delimitar que juegan con las formas.

Los bueyes hunden sus cabezas y dejan que yo los imagine todo cuerpo, todo patas, todo lomo... Todo sombra brumosa.

Se forman y deforman. Se sumergen en la tierra barrosa y en el polvo ligero que lleva el viento y avanzan pesadamente.

Así los veo. Bultos arriba y más abajo luz. Cajones enganchados y sobre ellos la nube que sólo la envuelve a ella, delirante viajera deliciosamente interpretada por su propia imagen de mujer hundida en su vigilia esperanzada. Deslizándose ahora sobre los sucesivos escenarios encendidos con brasas arreboladas, dispuestos a los costados del camino. Majestuosamente espejada en este instante, en las numerosas, multiformes y abrillantadas lentes llamadas charcos. Silenciosos testigos ocasionales.

Verdaderos captores de efectos iluminados, tales como las repetidas y extensas pobrezas reflejadas.

Pobrezas pasajeras sólo para el que viene o se va y según sea su velocidad de marcha. Pobrezas indudables pero poseedoras de tal magnitud de claridad que reconocer su causa verdadera, ente las tantas posibles, existentes a la vista tan sólo en el extenuado cansancio de gran parte del género humano, proveniente de su obligación de soportar con el alma el excesivo e incalculable peso de su cielo ilusorio, se hace fácil para el que permanece quieto.

Camisa blanca como la mía aquel día. Chispas y luces, pájaros y risas que la unen a él. Él, el mejor, el único, el que logró no convencerla, como todos dirán mañana, sino el que se animó a invitarla sabiendo que ya había ella aceptado de antemano.

Brazos fuertes, frente ancha, torso amplio y protector. Mirada lejana. Casi diría que me alcanza como yo a la de él. Mirada exactamente igual a aquella otra que ya no percibo, aunque sus ojos me sigan mirando, pero que permanece intacta dentro de mí para recordarme insolentemente mi caída, mi llegada urgente con ritmo de huida. Del cerro al llano. Con él.


Amanda Patarca

A LOS TRES GAUCHOS DE RENCA


La soledad arenosa de San Luis arremolinaba ilusiones.

Año 1813… Renca estaba muy lejos de todas partes. Aislada, no sabía ni ella ni sus hijos que la Patria, cuyo significado habían captado pero no sabían transmitir, se había dejado llevar por la brisa puntana y flotando entre sus médanos, solitarios y puros, fue transformándose hasta llegar a ser, por fin, el destino de aquellos tres gauchos ligados a su historia y a la Historia, que es como si dijéramos a la eternidad.

Ellos sabían que sus veinte años les sobraban para expandir vigor; que sus cuerpos no bastaban para contener sus espíritus y que había en el aire una llamada que escucharon sin entender, a la cual respondieron y que no había sido otra cosa que el sino por ellos ignorado que dibujó, desde ese instante en sus pensamientos, la exacta figura de la Patria y su medida.

Un día se juntaron. Eran tres y decidieron partir aquella tarde de rescoldo, de Conlara adormecido, casi seco; de silencios trinados de sonidos de espesura ancestral.

Sólo Dios los vio irse y yo que me constituí en la historia del devenir de ese instante.

Los otros paisanos no notaron su ausencia. Los gauchos no explican, ni lloran. Ellos solo sirven. Por eso tampoco nadie los extrañó.


Caballo, poncho, chiripá y cuchillo. Allá van.

Fundidos sus espíritus ya han hecho renacer el del soldado, cuyo fin natural: la Patria y su Bandera, les hará iluminar sus existencias hasta la inmolación inevitable.

¿Hacia dónde iban? ¿Cuándo volverían?


2

La respuesta no estaba en ningún lado. Sólo sabían que para poder cumplir la promesa formulada la plaza de su Renca serviría.

Volver… volver un día reencontrándose allí.


San Martín fue testigo de bautismo en la batalla y San Lorenzo cobró por el triunfo que diera nacimiento a tanta gloria.

Aquellos remolinos de guadales no pudieron envolverlos más.

Quedaron allí, los tres en la vanguardia, vueltos al sol, dueños del mundo y poseedores de toda la verdad.

Hoy en la plaza sin sombra, irradiada de luces que enceguecen la siesta, un calor parece llegar del monolito central que simplemente y sin ninguna arrogancia se yergue a la memoria de: JANUARIO LUNA, JOSÉ GREGORIO FRANCO Y BASILIO BUSTOS.


(A Renca, a menudo, se la encuentra llorando y balbuceando este epitafio).


Debió el hombre hundirse en la tristeza para gozar mejor de la alegría.

Murieron mis tres gauchos, aquel día de sangre y sol patriótico…Y proezas.

Amanda Patarca.

LA BÚSQUEDA

(Alegoría patriótica II)


I


¡Cómo haber descripto antes esa casa, mi casa, si todavía no la tenía comprendida!

Sabía, aunque intuía que no era ése, precisamente, el detalle significativo de mayor peso, que se encontraba en lo alto. Y que sus cimientos, proyectados como para sostener la más poderosa fortaleza del momento, fueron levantados, fuertemente construidos, sobre una extensión estratégica e inteligentemente elegida. Tierras éstas que por haber sido consideradas nuestras a través de los sentimientos de los antepasados, resultaron mías, sin títulos concretos.

Describir la casa que resultó, se me hace imposible pero, paradójicamente, es esa tremenda imposibilidad la que me impulsa instintivamente, es decir, sin resortes de control, a lograr mi propósito especialmente hoy y de hoy, este momento.

Mi casa era muy grande de verdad. La vi grande de chica y la seguí viendo grande a medida que el tiempo iba pasando y aún hoy insisto en verla grande, quizá por aquello de los cimientos y de la extensión estratégica de sus tierras.

Estaba construida sobre el peñasco más alto. Dicen que para preservarla de las inundaciones. Pero ya sabía yo, porque lo pensé mil veces, que si se salvaba de las inundaciones por estar arriba, no se salvaría de algún desmoronamiento. Creo que comencé a pensar en eso cuando la palabra relatividad encendió sus luces para que yo reparara en ella y la dejara entrar en mí como lo hice, orgullosamente convencida de mi nueva adquisición.

Mi familia, a pesar de habitar en lo alto, en una casa amurallada y cimentada con la hidalguía de nuestra estirpe, sufrió la afrenta de la invasión de su intimidad por la imposición espartana del imperio del orden. Los intrusos despojaron, a cada uno de los que componíamos el grupo -entre los que me incluyo- de todas sus pertenencias. Y a tal extremo llegó la usurpación que, adueñándose del brillo de nuestras miradas, de la expresión de nuestras sonrisas, de los rasgos característicos de nuestras facciones, resultantes forzosos de nuestra forma de ser, manteniéndonos secuestrados y en total aislamiento, como para impedirnos ser escuchados cuando nos destrozábamos reventando de indignación, no sólo ocuparon nuestros lugares, sino que más tarde engolosinados por la situación, se endeudaron con vecinos, comerciantes, amigos y clientes nuestros, bancos y sociedades nacionales y extranjeras, invocando nuestros nombres, usando de nuestras garantías y representándonos con tanta autoridad, audacia y señorío, que confundiendo estar con ser, se transformaron en nosotros, completando nuestra ruina.

Gritos y sollozos cada vez más cansados se acallaron, primero entre las mullidas paredes de nuestros dormitorios; más tarde, dentro de las dependencias graníticas subterráneas que constituían la gran planta conservadora que llamamos cave en homenaje a la parte francesa y nord-Italica-española de nuestro ancestro y a la que accedimos por última vez, sin lograr poder desandar nunca más ese camino, descendiéndolo por la húmeda y acaracolada escalera, confinada en mi subconsciente, responsable de las exigencias que mi cuerpo le impone a mi memoria cuando, necesitado, decide rescatarla, separándola de la bruma que, por lo general, la desdibuja.

No puedo saber cuánto tiempo estuvimos en tinieblas, alimentándonos solamente con lo que sin pensar habíamos resguardado para conservar. Lo que sí puedo precisar, es la fulgurante diferencia cuando, luego de encontrar el pasadizo intuido y de recorrer arrastrados y a oscuras la distancia interminable que nos separaba de aquel otro lugar misterioso, anhelado y temido, la luz llegó a nosotros limpia, comprensiva, sabedora de nuestra lentitud y como desafiando imprudente a los que nos habían infligido aquel refinado suplicio.

Ese encuentro fue como una explosión de sosegada belleza.

A través del orificio el paisaje inconmensurable, abrumado por el peso del resplandor, obligó a mi razón, que había permanecido hasta ese momento en actitud de cautelosa espera, a colocar las manos a los costados de la cara a modo de paréntesis, sólo para penetrar en mi interior transformado. Aquel paisaje, más que una realidad, parecía una explicación profunda y silenciosa surgida desde las entrañas de la tierra. Y como no podía ser de otra manera, ya que habiendo subido nos encontrábamos en la cumbre pero del otro lado, debíamos descender para salvarnos. Y, entonces… nos aprestamos para el descenso. La nieve cubría las laderas imposibilitándonos encontrar algún camino. Mirando para abajo el plano se inclinaba más y más. La ley de gravedad hacía lo imposible por entregar nuestros cuerpos al valle inferior, distante kilómetros y kilómetros, nadie podía precisar cuántos, y muchos días de marcha entre grietas, pasos de agua, abismos, quebradas, vertientes, paredes heladas, ventisqueros...

Cuando el grupo se organizó, muchos ya no estaban allí. La tensión, el ímpetu, la imposibilidad de la espera programada, los precipitó haciéndolos estallar en la revelación de la incógnita final.

Nos restaba la esperanza de encontrarlos a salvo Los más cautos emprendimos el descenso programando cada paso, minuto a minuto, sin dejar que nada quedara librado a la deriva, ya que un paso en falso significaría caer al abismo, abrazado a la fatalidad, descontroladamente.

Sin brújulas, sin sentido orientador, con pocos víveres y un solo recipiente conteniendo agua, nos largamos barranca abajo, pensando solamente en el maravilloso milagro de la vida palpable. Al cabo de millones de días nos encontraron. Parece que, del total de los que componíamos el eterogénico grupo de parientes, los respetuosos defensores de los valores establecidos en nuestros estatutos, han quedado reducidos a menos de la mitad. Lástima, porque ahora sabemos por experiencia propia o mejor dicho: por lo que fue pasando: que para lograr ciertas cosas el número de la minoría no alcanza.


II


De los actos decisorios del ser humano, el matrimonio es el fundamental, no sólo porque lleva a concretar la existencia de una nueva familia, sino además, por las consecuencias de todo tipo que de esa unión suele derivar. Ayuda mutua, amor recíproco, entendimiento, cooperación, por sobre todo, cooperación. En ella, todas estas obligaciones deben encontrarse relacionadas. La familia es la base de la sociedad y la sociedad componente esencial del estado; del estado que es orden, continuidad en la responsabilidad y felicidad para todos. El hombre es a la familia lo que la familia es a la sociedad, lo que la sociedad es al estado, bajo el impero de la ley, rigurosamente interpretada.

Eso fue lo que dijo el fiscal en el juicio que contra nosotros iniciaron, muy pronto, nuestros acreedores, ex-amigos y vecinos, comerciantes, gerentes de bancos, y directores de sociedades anónima nacionales y extranjeras, relacionados económicamente con nosotros, desde tiempo inmemorial, con los cuales, invocando nuestro nombre, operaron nuestros captores.

Aún hoy, todos quieren cobrar los créditos que quedaron pendientes de pago. La casa no se vendió porque su precio verídico, imposible de determinar honestamente, nos hubiera obligado a establecer un precio de plaza que, por vil, no hubiera alcanzado. Tampoco a cubrir nuestra dignidad. Pero como somos honestos y, de alguna manera, queremos entregar, a cada damnificado lo suyo, ya que no tuvimos la intuición necesaria como para contratar a nuestro favor un seguro contra estafa, nos fuimos construyendo como para soportar este tiempo de angustiosa espera de tiempos propicios, con la ayuda de algunos hierros que logramos esconder, sin que ninguno de nuestros captores se diera cuenta, una gran jaula, dentro de la cual todavía nos encontramos amparados de los rabiosos y de los sucesivos ocupantes, ninguno de los cuales demostró virtudes como para recomendar. Ella nos está sirviendo como receptáculo de preservación y de producción, dentro de sus dimensiones, de lo considerado necesario para sobrevivir. Ya que el tiempo lógico de nuestra vida no dará jamás la posibilidad de recuperar, medido en grado de sosiego, lo que esa deuda, la expresada nos ha hecho perder. Como tampoco las sucesivas deudas sobrevinientes, generadas por los consecutivos nuevos moradores, consideradas, de igual manera, impagas por los integrantes de la comunidad enjaulada.

Desde aquí, detrás de las rejas, observo otro precipicio. Parece más profundo que el que pudimos dominar. Viviremos aquí hasta que la necesidad nos haga amoldar la conciencia al curso de los acontecimientos y hasta que convencidos, así como construimos esta celda con el propósito de refugiarnos, la volvamos a desarmar para lograr la libertad, cuando las circunstancias sean propicias. Desgraciadamente, la palabra grupo está perdiendo su significado original. Creo que uno a uno irá saliendo a medida que encuentre la forma de hacerlo sin comprometer al resto. Esta es la única actitud coherente del hoy llamado espíritu de grupo.

Todos los que estamos encerrados aquí, en este momento, sabemos sin embargo, porque lo intuimos antes de haberlo pensado, que debe haber otra salida, aunque la desconozcamos en la actualidad. Detrás de lo que imaginamos nuestra jaula veo el paisaje helado, incoloro, el que desanimado me descorazona invitándome a dudar. Alargo la mano para tocar lo que parece nieve, pero debido al fragor de la batalla librada dentro de mí, extravío la vigilia, me distraigo, pretendo volver a la situación inicial, pero mis dedos se han quedado pegados al peñasco nevado, luchando contra el calor extraño que irradia esta tierra que, rodeándome, me abraza, tratando de despojarme de la energía que produzco para entender. El paisaje blanco, contrapuesto al cielo, cobra colores alucinantes. El rojo, el amarillo, el violeta, el azul... Se apretujan mutuamente. Cada uno quiere predominar en mi pupila, luchando contra los otros. Uno contra uno, luego uno contra algunos, uno contra muchos, aumentando así casi imperceptiblemente la interrelación, hasta culminar en una gigantesca batalla campal, en la cual los colores ensañados, sobre todo los más prepotentes, se agreden entre sí. Y como quien encierra en un baúl los harapos de una época ya pasada, cierro los ojos y mientras aprieto fuertemente esos colores sublevados contra mis párpados, para que con sus últimos estertores mi alma logre nuevamente encontrarse con la paz, comprendo que todo fue una terrible ilusión. El paisaje vuelve a ser blanco, no sólo para mí, sino también para todos los que tomados de las rejas y a mi instancia exclamamos: NIEVE, BLANCA, FRÍA, con el único fin de mantenernos no sólo en comunicación lógica, sino con el entendimiento, transportado a común denominador, lo más verídico posible.

Aquellos que flotaban atravesando rejas y cuerpos macizos, desconociendo la fuerza de gravedad o ignorando la composición de la materia, se volvieron a ubicar naturalmente en sus lugares para iniciar, con todos, la búsqueda. La de la salida de esta crisis.

La que hasta este instante pretendiendo ocultar su peligrosidad nos quiso demostrar

que se trataba, solamente, de una Alegoría Patriótica.


FIN

Amanda Patarca

EL NONO

Don Pessaressi fumaba su pipa cuando murió. Sentado en su sillón de mimbre ubicado frente al ventanal del comedor diario, parecía vivo, tanto que permitió a su familia, reunida allí para festejar su cumpleaños, comer la bagna cauda cumpliendo con todo el ritual reglamentario dispuesto desde Cavour, la vieja ciudad piamontesa, desde donde el Nono había llegado con la candidez, esperanza, energía, nobleza y osadía que sus veinte años pudieron engendrar, viviendo en su terruño la miseria que la guerra apañó cuando el siglo recién despuntaba.

Verde y ondeado terruño, idealizado y añorado en vivencias diluidas en los últimos tiempos, las cuales lo llevaban no sólo al llanto secreto, sino al convencimiento de que su ciudad era todavía como su mente siempre dispuesta imaginaba.

Mientras los panes, convertidos en náufragos por falta de destreza, flotaban hinchados en medio de la cacerola, colocada sobre un calentador encendido en medio de la mesa, y los cardos crudos y cocidos chorreaban salsa espesa, sostenidos por tenedores ávidos de bocas hechas agua, urgidas por paladear gusto de anchoas, ajo y leche cremosa, los ojos de don Vicente habían quedado fijos, mirando sin ver el horizonte más allá del cual tantas veces viajó ayudado sólo por su poder de ensoñación que crecía en la medida en que sus noches se acortaban.

A la sorpresa y confusión que siguieron al hallazgo del pobre Nono muerto, se unieron los deseos de todos por encontrar en sus pequeñas actitudes, los detalles necesarios relativos a la forma en que se llevarían a cabo sus exequias.

Todos coincidieron en que si bien el Nono había vivido en la Argentina –en Arrecifes exactamente– las tres cuartas partes de su vida, su gran ambición había quedado sin cumplir, murió sin haber podido volver jamás a su pueblo natal. Por eso, el primer problema que se planteó fue acerca del lugar a elegir para enterrarlo y como no tenían demasiado tiempo para decidir ese detalle, pensaron que iba a resultar más fácil si cada uno aportaba algún indicio que aclarara la voluntad del Nono.

No faltó quien recordara la bóveda familiar en Cavour, en la cual había un lugar dispuesto expresamente para él. Atando cabos, llegaron a la conclusión de que si en vida había añorado tanto Italia, ahora que estaba muerto, bien podía recibir de sus hijos el postrer homenaje.

¿Repatriarlo? No demasiado convencidos, comenzaron a poner en marcha la idea. Durante el medio día que les quedaba, cumpliendo cada uno con su parte, preguntaron a embajadas, legaciones, consulados, ministerios y cuanta entidad existiera relacionada con dicho fin, llegando a la conclusión de que era prácticamente imposible. Enviarlo completo o reducido costaba una fortuna y eran tantas las molestias que ocasionaba, que decidieron por unanimidad inhumarlo en el panteón de la Sociedad Italiana en el Cementerio de Arrecifes, su querida ciudad por adopción y testigo además, de sesenta años de tránsito por el camino del trabajo en comunión con Dios, como él decía.

Faltaba una hora para terminar el velorio, cuando la escribana apareció por el lugar con una hoja de protocolo en la mano, reclamando la presencia de parientes directos. En una sala cerrada, lúgubremente decorada con muebles cromados y vasitos de licor ocho hermanos dispuestos descuidadamente por todos lados, leyó el testamento que el Nono había firmado no hacía mucho tiempo, con el único objeto de evitar, justamente, los problemas que hasta una hora antes habían preocupado a todos.

Como si se tratara de la voz del Nono se le oyó decir: “...Con lucidez de espíritu, sano juicio y consciente de mi amor por la Argentina e Italia, mis patrias, es que deseo descansar eternamente en las dos, para lo cual he encontrado solución en la cremación, en mi caso aceptada expresamente por la Iglesia, procedimiento fácil de realizar y de muy bajo costo. Pido a mis hijos, descontando disimularán las molestias que seguro causaré, que la mitad de mis cenizas sean arrojadas sobre la chacra que siempre trabajé, la que pasará a ellos como la ley establece. Son pocas las hectáreas y tantas las necesidades de todos, que no quiero imponer decisiones imposibles de cumplir. Pido asimismo, que la otra mitad sea enviada a Piamonte de la manera más fácil y BARATA...”

Al llegar allí, todos al unísono preguntaron ¿barata? ¿Dice barata? Ya sabían muy bien cuánto costaba enviar un cadáver a Italia, de cualquier manera.

Sin inmutarse, la escribana prosiguió: “...para que mi hermano Doménico Pío Juan las disperse por mi región; él sabrá cómo hacerlo...”. El acto terminó entre lágrimas y suspiros de alivio.

En la pequeña aldea de Bagnuolo y a muy pocos kilómetros de Torino y de Cavour, Anunciatta Pessaressi cocinaba. Mientras picaba cebollita de verdeo, ajo y perejil, iba disponiendo a lo largo de la mesada los ingredientes previamente lavados que estaba a punto de utilizar. Sobre el fuego, una olla de treinta litros, tapada, dejaba escapar aroma de estofado.

Anunciatta estaba metida en ese atolladero, porque ese mediodía (al pensarlo comprobó que ya faltaba poco), comerían todo lo que estaba preparando en lo de Enzo Pessaressi, su cuñado, nuevo Commendatore de Bagnuolo desde la tarde anterior. El acontecimiento, que levantaba el prestigio de la familia, repetía para sus adentros, bien merecía un festejo al uso nostro. Pero, pensaba ¿por qué tenía que ser siempre ella la eterna comedida?

Mientras preparaba las ensaladas, destapaba de tanto en tanto la olla para verificar el punto de lo que estaba adentro, lavaba los cacharros que se iban ensuciando y hurgaba en la alacena, tratando de encontrar la fuente ovalada para disponer los pimientos que ya se le pasaban. Se desplazaba por la cocina como una malabarista, meneando la cabeza de a ratos, estirando los labios hacia las comisuras o encogiéndose de hombros en actitud de entrega y con voz resonando a letanía, se escuchaba claramente contestándose a sí misma: “mi sei pá, mi sei pá... (yo no sé... yo no sé.)”

Disgustada por la necesidad de tener que volver al almacén, nada más que por “no anotar”, raspaba un frasquito tratando de juntar, sin conseguirlo, un poco de pimienta, cuando sonó el timbre. Secándose las manos en su delantal, con la mirada radiante de cebolla y vapor, abrió la puerta distraídamente. El cartero, levantando a la altura de sus ojos un pequeño paquete estampillado, sostenido con la mano derecha haciendo de bandeja, le explicaba sonriente que venía de América. Después de hacerle el chiste cotidiano sobre el olor a ajo de sus dedos y rehusar el plato de sopa que todas las señoras le ofrecían, se marchó.

Sin perder un segundo, Anunciatta abrió la encomienda. Debajo del tarrito en el que claramente aumentando su alegría, podía leerse: Pimienta Extra, Industria Argentina, había una carta dirigida al Nono Doménico Pío Juan y familia.

Suponiendo de antemano, pues así sucedía siempre, que estaría escrita en castellano, la dejó sobre la heladera. No hay más remedio que esperar hasta mañana para saber qué dice, pensó, e inmediatamente vació el contenido de la lata en la olla, la que por un momento pareció exhalar un aroma especial.

Sí, el gusto es distinto y salió tan sabroso, decía Anunciatta orgullosamente a sus comensales un rato después, mientras éstos ya estaban a punto de chuparse los dedos, es porque está hecho con pimienta americana.

Al otro día, como todos los sábados, llegó desde Torino Ruggero, su hijo. Él era el único que podía traducir aquellas cartas de largo recorrido y estampillas tan hermosas que Anunciatta despegaba cuidadosamente antes de abrir los sobres, como esta vez ya había hecho con las que cubrían la encomienda.

Llamó a todos, a su marido, al Nono Doménico, hasta a su vecina, la que convivía con ellos casi impúdicamente, al punto de haber sido invitada el día anterior al almuerzo en honor de su cuñado, el nuevo Commendatore.

Ruggero leía lo que antes había traducido mentalmente. Más allá de la sorpresa lógica que la noticia de la muerte del Nono de América causaba, notaba sin embargo, que todo lo que decía iba adquiriendo dimensiones inexplicables para sus oyentes.

Las caras de los que escuchaban se fueron transfigurando hasta quedar irreconocibles y los cuerpos de todos se retorcían como al son de un ritmo infernal. Exasperado y sin poder continuar, mirando fijamente la lata de pimienta que estática presidía solemnemente, desde lo alto de la heladera, toda la ceremonia, preguntó: ¿Qué pasa?

¿Hay algo de malo en que hayan mandado las cenizas del Nono en esa lata para no pagar impuestos...? Todos dicen que en la Argentina son muy caros...

EL QUE SE MUERE, PIERDE


¿Para qué lo habré buscado? se dijo.

Allí, en aquella guía lejana, Violeta leía y releía aquel nombre, el que tantas veces había acariciado con la vista o con sus dedos después de haberlo escrito una y mil veces, en servilletas de confitería, en cuadernos de la Facultad, o en cualquier papel que llegara a sus manos. Algunas veces con sus ojos traspasando las retinas del dueño de ese nombre, dejándose vivir lánguidamente, inundada de sensaciones encontradas pero tan placenteras que solo al tiempo, cuando pudo reaccionar, reconoció como la etapa más feliz de su vida.

Sentada en un rincón, tenuemente iluminado del Hotel Boucherat de París, con la guía telefónica sobre las rodillas, Violeta recorría esa línea grabando en su conciencia la escritura que comenzaba con las oscuras mayúsculas del apellido seguidas por los nombres y por la dirección, terminando bruscamente en el número de teléfono. Más allá el vacío, un abismo de sueños invadiéndolo todo como la neblina.

¡Qué fácil fue recorrer tantos kilómetros para terminar encontrándolo! No falta nada de él, pensó. Si se me ocurre puedo ponerme a su lado dentro de una hora o escuchar su voz ya mismo. Era como si lo hubiera atrapado.

Se sintió tan segura de sí misma y tan dueña de él que solamente atinó a sonreír. Sin embargo, imperceptiblemente, su rostro fue tornándose serio; la tensión, que el avance de la sangre en sus venas producía, la hacía temblar. Ese pensamiento que al principio la llevó a permanecer flotando observándolo todo, se disolvió de pronto. La burbuja que la protegía se deshizo en millones de gotas de un líquido frío y pegajoso. Chorreando miel de la cabeza a los pies, se vio como espejada en el fondo de una jaula, la que hasta minutos antes constituía la representación de su refugio y seguridad. Se dio cuenta de que sus manos no reaccionaban a los estímulos cerebrales y esa inmovilidad vibrante que se apoderó de ella no era otra cosa, reconoció, que la emoción del miedo.

La situación se le antojó parecida al comienzo de un juego infernal en el cual la vida, objeto del mismo, ciega y sorda, deambulara por un trecho del mundo al fin del cual, el arribo a la meta prefijada la transformara en acreedora de la suerte de no ser invadida por la muerte.

El que se muere pierde. El-que-se-mue-re-pier-de, se dijo y siguió pensando.

Dos eran para Violeta los motivos interesantes de ese juego. El primero, que en él la significación de ganar era, como en la vida misma: no morir, con la diferencia de que en el juego esa situación, abarcando un gran quehacer entre estados de inmovilidad, se repetía constantemente. El segundo motivo de interés lo constituía el hecho de que equiparado este juego a la vida, le serviría –y muy bien– para hacer comparaciones y razonar sobre las posibilidades de su disyuntiva, llamar o no llamar.

Deduciendo ensimismada, comprendió algo que no había tenido en cuenta nunca antes: que toda vida está en continuo juego, de tal forma que sobrevivir cotidianamente, no sería otra cosa que ganar, ya que el cumplimiento de las reglas no depende de nosotros, sino de algo profundo y misterioso parecido al sino o al azar. ¡Ganar todos los días la vida!

Ser acreedor o acreedora a tan fabuloso premio y no poder festejarlo por no poner jamás conciencia en ello. ¿No es tremendamente triste? se preguntó. Pero ¿Qué juego es más atroz que dejarse vivir?

Allí, encerrada en las dos últimas palabras que su mente iluminaba –llamar o no llamar– estaba la diferencia entre su disyuntiva, con posibilidades de fatalidad y su verdadera vida convertida en un juego. Inmóvil comprobaba deslumbrada que entre las muchas cosas que estaban sucediendo en su interior, se encontraba el descubrimiento que acababa de hacer del paralelo entre la vida y ese juego que ideó nada más que para ejemplificar o expresar el peligro, la exposición y el riesgo que encerraba su decisión.

Evidentemente no era lo mismo no haber nacido que estar muerto. No llamar era lo primero, morir el resultado al que se exponía de hacerlo.

El no ser y el dejar de ser se unen sin duda en un punto, se dijo, allí ha de encontrarse el germen del principio del impulso vital necesario para que el movimiento continuo de pesos y contrapesos, no deje de producirse. Mientras que el equilibrio se conseguiría yendo hacia él, se perdería tan pronto se lo pasara, eso es. Al decir esto en voz alta sonrió levantando la vista, pero cuando comprobó que seguía sola prosiguió con sus cavilaciones mientras su dedo índice, ubicado en la tecla del primer número, esperaba la orden cerebral que tardaba en llegar. Y tardaba porque peligraba su existencia desde el momento en que, tomando en sus manos aquella guía parisina, se decidió por la búsqueda.

Sí, es verdad, se dijo. Podría no haber figurado o bien no haber tenido teléfono, pero... tenía. Y allí estaba. Con él siempre había sucedido lo mismo. Silencio seguido de estridencias. Oscuridad.

Pérdida del rumbo. Desorientación, y cuando menos se esperaba, la pequeña luz que se acercaba agigantándose e invadiéndolo todo, cegando por completo al distraído, al que no esperaba más...Hay muchas formas de jugarse la vida: a todo, a sea a muerte o al cambio.

Cuando el ser se ha transformado en un continuo estar casi vegetativo, la implicancia de este cambio podría llegar a dar lugar a la figura del morir y renacer.

Tal vez a ese juego le tengamos más miedo los humanos, acostumbrados como estamos a adquirir hábitos que se hacen parte de nosotros mismos, pensó. Era evidente que esto que le estaba sucediendo no tenía nada que ver con la muerte del cuerpo, pero era ciertamente muy parecido. Este llamado, de hacerlo, le acarrearía desorden consciente. La sumergiría en la iniciación de una guerra contra sí misma que no sabía si estaba dispuesta a afrontar.

Solo dos respuestas existían para su duda: que sí o que no. Llamar o no llamar.

Si lo hacía afrontaría a partir de ese instante las dos experiencias, pues podría decir que no llamó en realidad hasta el momento en que se decidió a llamar y lo hizo.

De la situación negativa: no llamar, semejante a no haber nacido, pasaría a la situación positiva: hacer el llamado dando lugar al comienzo de la vida y al riesgo propiamente dicho.

Cubiertas las dos posibilidades, ya no podría volverse atrás. Comenzarían a actuar entonces las fuerzas del azar, independientemente de todo. La elección, habiendo sido tomada en ese sentido, depararía los riesgos existentes siempre durante el período comprendido desde la iniciación hasta la muerte de cualquier vida.

Llamar o no llamar. La paz o la guerra.

¿Cuál de los dos términos podría equipararse con la vida, el movimiento, el batallar, y cuál con la muerte, el sosiego, el silencio, o dicho de otro modo, la derrota? Ella dedujo, lógica y razonadamente que si muerte dignificaba reposo, calma, paz y nuevo orden, estaba compelida a llamar, a enfrentar esa vida que llevaba sin sobresaltos, disyuntivas ni tropiezos, con aquel pensamiento que la invadía toda desde hacía sólo instantes.

Desbordaba de vida y la palabra arriesgar se le antojó formando parte de su alma, la identificó con ella y al resultado lo dejaría librado a la suerte. Ella solo soltaría amarras, abriría una sola puerta, daría vuelta a la ruleta... En fin apretaría el gatillo de aquel angustioso revólver... El que contenía solo una bala en el cargador.

Primero, se dijo, la vida debe cumplir su cometido de complicar y apaciguar las cosas, después será el cambio. Los vivos hacen la guerra, los muertos hacen la tierra y marcó el número; escuchó solo tres llamados y sin esperar que atendieran, colgó. El miedo había quitado al hecho el impulso necesario para lanzarlo a su propia aventura.

Mientras Violeta hilaba pensamientos formando con ellos un abultado ovillo, su cara perdiendo lozanía iba tornándose dura y amarga.

¡Cuántas intenciones, cuya trayectoria se realiza dentro de nosotros, crecen y se hacen grandes hechos imaginarios sin siquiera llegar a ser tentativas! Bastaría dejarlas asomar, concretar solo un instante del primer hecho de la serie, para que se concatenen con 4 miles de otros instantes de otros primeros hechos cuyo nacimiento sería similar, para que se cambie el devenir continuo que constituye la historia de nuestra propia existencia interrelacionada.

Es por eso que el número de posibilidades aumenta geométricamente, es decir, hacia distintas direcciones, cuando de nosotros, como individuos únicos, pasamos a la pareja y aumenta infinitamente cuando de la pareja pasamos a todos los demás. De allí que las predicciones del acontecer próximo, dejando de lado los hechos de la naturaleza, no nos pertenezcan. Todas estas ideas pasaban por la mente de Violeta como un torbellino. Sí...Sí. Todo está muy bien, se dijo, pero es tremendamente complicado.

Se dice que todos los hombres usan el razonamiento como norma y las mujeres la intuición. ¿Qué es lo que me está pasando? se preguntó. Ya sé, creo entender que lo busco es una buena razón para justificar mi llamada pues todo esto es muy excitante pero mi marido jamás comprendería.

No queriendo confesar el miedo, decidió que llamaría al anochecer. Estaba segura de la emoción que experimentarían y también de las sensaciones que ese encuentro les haría surgir. ¿Se habría mezclado en ese entretejido, un poco, la idea de revancha? Después de aquella despedida, tal vez por capricho jamás volvió a verlo, aunque se enteraba siempre, sin querer, de cada paso que daba por el mundo.

Tan segura se sentía de sí que, pese a los años transcurridos, allí estaba desafiándose frente al nombre de su secreto, escrito en aquella tan lejana guía.

Allá estaba dispuesta a reencontrar por un rato su pasado. Solo un rato, se dijo, lo suficiente como para hacerle un poco de daño y además por qué no, compartir la inmensa felicidad que habrá de significar vernos después de tanto tiempo.

Se propuso no improvisar. No quería perderse. Ese era un juego y muy difícil, de manera que había que estar muy preparada para no sucumbir. La entrevista, de concretarse, no debía perturbarla demasiado; porque si se dejaba llevar por la ilusión del pasado vivo, comenzaría a titubear como ahora por ejemplo, insistiendo en dudar entre aceptar y no aceptar que su existencia debía seguir paralela, es decir separada de la de él hasta el final.

¿Para qué buscarse complicaciones, entonces?

¿Acaso era ella como los automovilistas desaforados que necesitaban del riesgo del abismo o del juego para seguir adelante? Un sí rotundo le contestó desde el fondo de su alma. ¿A quién perjudicaba? A nadie por cierto. Además las emociones son necesarias para comparar, gozar y valorar la paz luego, en la calma.

Aquella tarde se arregló más que nunca, asegurándose además, de que todos los detalles, perfectamente relevados, tanto internos como externos, se mantuvieran en orden.

Comprobó asombrada que algo le estaba sucediendo y esa seguridad que representaba ser.

La mano; en el juego, se trocó en aflicción, pues esa necesidad de prevenir, presentir y precaver significaba que temía de sí misma y de sus reacciones naturales.

Yo soy otra, lo sé, de manera que si todo sigue igual no podré reaccionar como entonces.

Se puso contenta un segundo al cabo del cual su seguridad se volvió a derrumbar. ¿Y si yo cambié y él cambió en el mismo sentido? ¿Perderé la postura metiéndome otra vez entre sus brazos como antes lo hacía, sin pensar en mi presente, en mis años, en mis hijos, en mi esposo?

Violeta estaba de vacaciones con su marido. Eran en realidad las más hermosas que se habían tomado desde que estaban casados. ¿Debía ella compartir con su marido el secreto de aquella llamada? Evidentemente no. Solo su sadismo podía arrasar con esos días que planeó él durante cuatro años compartidos.

Entre dudas llegó la noche y luego la madrugada.

El día siguiente era sábado. La ansiedad la hizo despertar temprano y salió del hotel con el pretexto de comprar un analgésico pero se encontró de pronto empuñando el auricular a manera de fusil. Cinco llamadas y una voz inconfundible.

Hablaban como si la distancia persistiera. Como si hubieran sentido negada la posibilidad de verse. Inmediatamente, al darse cuenta y a partir de la mención de esa hermosa posibilidad surgió el marido como obstáculo.

Violeta hacía esfuerzos para coordinar las frases reflexionando internamente sobre lo absurdo de la situación. Sin embargo y pese a todo, una fuerza más potente que la idea de lealtad, concretó la cita.

A partir del silencio generado dentro del término fugaz del latido de una nueva duda Violeta encontró la solución diciéndole: –Trataré de ir sola, pero si ves que estoy acompañada, por favor, no te acerques... ni se te ocurra fingir un encuentro casual, porque no sé mentir. Te lo ruego…

Era el día de la conmemoración de la liberación de Francia. Estaba anocheciendo.

Desde la cima del Arco de Triunfo iluminado, una bandera gigantesca crecía al alejarse con el viento.

Los veteranos de guerra comenzaron su marcha silenciosa, engalanados tan solo con sus medallas de honor y sus arrugas amargas.

Violeta y su marido los vieron desfilar acompasados, marchando juntos. Surgió entonces la música de banda. La gente se agolpó pegada a los cordones, formando un público que nació de pronto.

Cantaban seriamente el marcial himno, compartiendo no solo sus estrofas sino además el fervor y la emoción de un tiempo que se fue con ellos y con muchos.

Allí se vieron Violeta y su pasado. Allí se vieron y allí se separaron. La multitud sirvió para perderlos. Sus retinas trataron de aprisionar aquella fugaz imagen de la realidad, pero la misma duró tan poco, que apenas si llegó a ser otra duda.

A las ocho del día siguiente, un jet la llevaba a Ginebra.

EL RITUAL

Estábamos allí desde el atardecer. Habíamos estacionado, como de costumbre, todos juntos en un pequeño descampado ubicado frente a la plaza, desde donde la desincronizada llegada a los distintos vehículos, de cada uno de los viajeros, anotados en las listas, la mayoría mujeres adultas, se facilitaba por la existencia de una distancia mínima, y, como decían los choferes, sin tener que mover, a cada rato, las combis de su lugar, después de haber encontrado ese pacífico sitio y de haberlo defendido por considerarlo privilegiado. Los viajeros, esos que terminaban, de esa manera, extremadamente desincronizada, sus respectivas jornadas agotadoras de actividad consecuente y obligada, salían, casi huyendo de su centro casi clandestino de congregación. Todos ojerosos y cansados, aunque algunos, unos pocos, se los veía llegar felices al vehículo; contentos y exaltando las bondades de ese día, referido como absolutamente distinto a los anteriores. Y otros, la gran mayoría, tristemente abatidos y hasta perturbados. De tal modo llegaban por lo que acontecía adentro, que su desazón los hacía expresarse de manera muy extraña. Tanto, como para transmitir a quién oyera sus balbuceos, que se encontraban pensando seriamente en el suicidio. ¡Y todo, por pasar al menos cinco horas encerrados allí! Mucho, decían todos, mostrando gran preocupación. Los choferes, durante ese tiempo de espera, dormíamos, leíamos, tomábamos mate y cada tanto estirábamos las piernas caminando lentamente por los alrededores. No existía diálogo entre nosotros y eso que muchos habíamos sido contratados por la misma empresa. Todas, de entre las muchas que aquí estacionaban, sus vehículos, incrementaban potencialmente sus ganancias a medida que más personas se enrolaban, inscribiéndose, para tomar parte del ritual laborioso que tenía lugar diariamente en ese recinto, a pocos metros de donde habíamos encontrado ese predio prolijo y tan privilegiado, por su ubicación, como para defenderlo, no moviéndonos de allí. Aclaro que para llegar hasta aquí, desde donde todos veníamos, teníamos que recorrer cincuenta quilómetros, por ruta pesada y por demás estrecha.

Como estaba solo y todavía no había huido nadie, hacia la combi. Dejé mi libro sobre el asiento delantero y cerrándola completamente, desde afuera, con el control remoto, caminé hacia las luces del lugar, dispuesto a entrar para constatar, yo mismo, lo qué pasaba adentro. Y saber, de buena fuente, lo qué sentiría al tomar parte activa. Dostoievski, desde el silencio de su personaje que, seguramente, ya estaría durmiendo sobre el asiendo delantero lateral, me había convencido de que lo hiciera. Tenía muy pocos pesos en el bolsillo. Lo suficiente, me dije, para un neófito agnóstico, devenido en remisero por la crisis y para colmo budista por convicción. Los cambié. Me dieron cinco fichas que distribuí teniendo en cuenta los cumpleaños. Allí caí yo, entrando, también, mi mujer, mis hijos y mi ex. Con mi mamá, de la que me acordé después, cuando escuché, claramente, pero desde otra zona, su fecha, perdí. Más tarde, siempre desde allí, desde donde comenzó todo y me encontraba, duplique ese importe y al cebarme lo tripliqué. Volví a apostar al mismo cumpleaños ganador y a perder las veces que lo hice nuevamente. Y seguí con los otros, hasta que ¡por fin! pude reencontrarme, nuevamente, con las fichas representativas de los pocos pesos que al llegar tenía encima. Algo como mariposas volaban a mi alrededor. No supe, ni sé, ahora, ni quise saberlo nunca, si eran mariposas o repelentes murciélagos, recién nacidos. Sólo sé que pensaba en el dinero que debía llevar a casa y en la suerte que tuve por haberme detenido, después de lo sucedido.

Al llegar a la combi, un compañero al que no conocía porque, repito, en ningún momento nos hablábamos, extrañado me preguntó: -¿Así que fuiste a jugar?

-No, le contesté, un poco avergonzado. Me jugué sólo unos pocos pesos, pero los recobré. Los tengo en el bolsillo.

- Ya me parecía, porque nunca te había visto entrar. Me dijo. Y agregó -Yo no juego. Alguna vez jugué por moneditas, pero ahora no. No se debe jugar. Y menos nosotros, los distribuidores. Dostoievski en el libro El jugador, con las situaciones que nos brinda lo dice un poco mejor. Y me quedó mirando.

Quedé tan pasmado que no pude contestarle. Le mostré el libro que venía leyendo, de a poco, en las esperas y me sonrío feliz. Yo, no lo podía creer. Era el mismo que él estaba referenciando. Un libro ejemplificador. Recordé y le dije que los budistas dicen que las cosas no ocurren por algo, sino para algo. El “por” es siempre concerniente al pasado, el “para” es esperanzador, porque se refiere al futuro de lo que sea, aunque lo hayas hecho o cumplido.

-Y decime, prosiguió. ¿Cómo calificarías a todas estas personas que transportamos todos los días, y que toman su actividad como un trabajo, una obligación de la cual no se pueden desprender?

- Son viciosos, como lo son los drogadictos, le contesté seguro; sin dudar.

-Entonces nosotros somos dealers, me contestó. Y eso no me está gustando nada. Como católico, te lo digo. Somos los intermediarios entre los fabricantes y los consumidores. Esto que hacemos, de traerlos, a todos, hasta aquí y luego llevarlos a sus casas, muchas veces destrozados, no me cae bien del todo.

-A mi tampoco. Por eso al tentarme, probé, sí, acepto que probé y me lo reprocho, pero pude escaparme, por suerte. Y esto te lo digo, también, como budista que soy, le respondí.

-Y, entonces, ¿por qué estamos aquí?

-Porque no tenemos otro trabajo y trabajar hay que trabajar. En lo que sea. Eso creo. Si no lo hiciéramos…

-Pensamos igual. Sí, sin dudas, es así Trabajo hay poco. Hace tiempo que escasea y yo ya tengo más de cincuenta-.

Y no pudo decir nada más. En ese momento aparecieron varias señoras, hablando en vos alta, caminando en grupos, el trayecto desde la sala iluminada en dispersión masiva, parecida a una estampida relentada, hacia las combis. Se juntaban para comentar su suerte, separándose luego y reincidiendo en ese vaivén de oleaje sosegado; de abanico femenino con despliegue de olas. La risa de varias, luego de cada frase pronunciada en tono alto, bien de señora adulta contenta, se escuchaba, a veces, demasiado estridente, Y eso, pese al infortunio de las más calladas, perdedoras, seguramente.

Ambos pudimos escuchar frases completas:

-Y pensar que hoy, por ser el día de la madre, casi no vengo. ¡No se iban! Te aseguro. ¡Ninguno de mis hijos se quería ir! Más, mis nietos me pidieron quedarse en casa, hasta cerca de la madrugada. No sé lo que tenían que hacer a las dos o tres de la mañana. Creo que concurrir a una fiesta programada. ¡Y ya tenían las pulseras puestas! Después no sé qué pasó. De golpe decidieron irse todos. Al cerrar la puerta y quedarme sola, persignándome miré el reloj y recién entonces supe que hoy vendría. ¡Menos mal que se fueron, me dije!

-Si…, menos mal, si no, no hubieras ganado como ganaste y yo no hubiera salido favorecida, recobrando lo mío, y ganando casi al cierre, con los números que me diste.

-¡Si, muy bien!… contestó otra. Muy bien, por todo eso que cuentan, pero yo sé y con certeza, que ustedes hoy, no ganaron tanto como para resarcirse de lo que perdieron la semana pasada. Y quiero agregar, algo. Les cuento que yo tampoco sabía cómo hacer para viajar, porque la combi, ya estaba ahí y se me iba. No podía desligarme de mi cuñada que viene casi todos los días a casa, para que le enseñe a tejer crochet. No sabía cómo decirle que hoy también tenía arreglado el viaje. Seguro que Iba a contar, por ahí, que soy una empedernida.

A lo que otra agregó: Díganme, sinceramente ¿Somos o no somos viciosas y empedernidas, además; o como queramos llamarnos? El mes pasado ¿no nos quedamos tomando mate y hurgando en lo más profundo del frízer, los cinco últimos días del mes?

-Sí. Tenés razón, contestó la más callada, sonrojándose. -¡Y menos mal que somos pensionadas, todas! Agregó la más optimista y luego de un largo suspiro, continuó. -Hace muy poco, sin ir más lejos, dos o tres meses atrás, nomás, yo me pasé la última semana comiendo sardinas con rodajas de cebolla. No me quedó ni una lata. Esto último lo dijo tratando de subir a la combi a los codazos, antes de arrimar la puerta, de un golpe y haciéndola deslizar, para cerrarla, a los tirones.

Ya estando en marcha, nos miramos los dos y sin palabras nos saludamos sonrientes. Con nuestros brazos izquierdos, agitándose fuera de las ventanillas, nos dábamos la razón: -¡Somos dealers y seguiremos siendo si esto no se arregla! Ah! Me olvidaba de los más importante: quién los traerá a todos mañana y pasado? No te avisaron que durante dos días, a partir de mañana, las traffics de la empresa no saldrán porque la inflación le ganó a sus ganancias? Escuché su frase y le contesté como pude que no, que no estaba enterado pero que buscaría la forma de saber la precisa. Pero que estaba seguro de que los traerían los que se ocupan de que el turismo no decaiga. -Entonces, le escuché gritar mientras tomábamos caminos opuestos: ¡la Intendencia, la Intendencia debería arreglar este absurdo empresarial! ¡Esta huelga no es nuestra!

-Somos dealers y rehenes, pero… ¡Qué podemos hacer! “Mei parai que peshu”, como decía mi Nona la piamontesa. Sí, “mejor así que peor”. Tomé velocidad insistiendo en lo mismo. “Mejor así que peor”, murmuré.

Amanda Patarca


MILANESEANDO

La milanesa, luego de conocerse innumerables testimonios de hechos parecidos, producidos por su causa; incluído el que, mucho tiempo después, también a mí me ocurrió, debido a ella, se plantó, muy ufanamente, dentro del imaginario colectivo, representando al factor generador, primordial por excelencia, del encono más profundo que pueda existir sobre la tierra, entre una nuera y su suegra. Eso así, según mi actual leal entender y el de muchas. Viva o no viva, este binomio, en una misma casa.

¿Cómo explicar lo que quiero decir y que tiene, a su vez, mucho que ver con lo que a mí me ocurrió?

Por de pronto, no veo la necesidad de responsabilizar a esta inocente concreción carnal proveniente de la criatura humana, porque ella, debido a la simple característica de pertenecer a la categoría de cosa material, no nos va a responder, como lo hacen, de manera normal, los responsables. Pero creo, sin embargo, que aunque, sin necesidad de relacionarla con la moral o el derecho, contaminándola con el pecado o con alguna culpa, para endilgarle el rol de inaceptable o de delincuente, ella ya se ha constituido, sí, en merecedora de la más feróz de las sanciones: la de ser destruída por aplastamiento. Como la que hace ya tiempo le apliqué yo, sin miramientos, ni disimulos. Y lo hice tal como lo hacemos todos con una cucaracha, en el instante de matarla apresuradamente, sin detenernos a constatar si se encuentra aún con vida o detenida horrorizada, con las patas para arriba. Porque si la aplastáramos mientras está corriendo, la circunstancia, considerada distinta, nos llevaría, igualmente, a lo mismo: a aplastarla, demostrándole al mundo que, cuando de aniquilar o destruir se trata, en ciertos casos no nos permitimos detenemos en excepcionalidades. En fín… La cucaracha, sabemos todos, es insalubre, la milanesa, por el contrario, no lo es. Y ¿¡qué otra cosa decir de ésta, la de este comentario; la prodigada rebozante de todo tipo de nutrientes, de la cual me estoy ocupando, consternada!?

A nuestra milanesa, la que yo sí podría tildar de culpable irresponsable, aunque sepamos todos que verdaderamente no lo es, luego de padecer el encono de mi parte, por su existencia olorosa y crocante como una medialuna de Proust, sólo le restó morir enfilzada en la loza del plato estampado contra el piso, al lado de la alacena, entre el banquito y la escalera. Y todo esto le ocurrió a la pobre después de padecer otras tantas penurias, sufridas, todas, durante su confección. Me refiero al apretujamiento compulsivo de su carne, con el cabo del hachita, para conseguir su blandura; al baño pegajoso en huevo revuelto, impregnado en perejil picado y ajo y, lo peor: su posterior cocción en aceite o grasa hirviendo o encerrada en un horno caliente a moderado; eso, en el mejor de los casos o a temperatura de más de trescientos grados, por algo más de diez minutos, de lo cual no puedo dar más detalles porque ahora, a esta altura de las circunstancias, no recuerdo de qué manera concretó la cocción.

Algunos como yo dirán como dije entonces: que muy bien destruida estuvo. Pero, claro, mi suegra alegó lo contrario. No sólo dijo que eso fue una animalada de mi parte, porque ella era una buena mujer que se había hecho más de cuatrocientos kilómetros para darnos una sorpresa sino porque, además, las milanesas desarmadas, malheridas y desparramadas como estaban, nos miraban desde el piso cual cucaracha horrorizada o ratón en ese mismo trance. Aquí debo hacer un alto para confesar, nobleza obliga, que no se trató de una sola milanesa sino de cinco y agregar, además, el condimento que le está faltando a la dramatización de esa situación altamente conflictiva. Me echó en plena cara, en presencia de su hijo y los chicos, los que ya se encontraban sentados a la mesa, esperando, lo que nunca debió haber dicho: que habían sido hechas con la receta exacta que su mamá, antes de morir, le dejó expresamente a ella, por escrito.

Ese, su hijo; su único hijo, mi ahora ex marido, después de la cachetada que me plantó del revés en pleno rostro, cuando al instante se levantó electrificado, pegando un portazo desapareció. Todo pasó mientras ella, la innombrable, la iniciadora del descalabro, proseguía explicando lo que ya nadie quería saber: que a esas milanesas no les faltaba nada; que eran perfectas y que las había hecho para que, de alguna manera: ellos, su hijo, ¡el único!, recalcó; y sus nietos, se dieran cuenta reconociendo lo que, de por sí, esas milanesas testimoniaban. Ese apetitoso manjar no fue hecho para vos, que por ser mi nuera sé muy bien que no me querés. Para ellos fue hecho. Por los cuales, prosiguió sin parar de llorar, ella se mantenía con vida, a esa altura de sus años. Aunque dentro de la soledad más espantosa.

Ahora, yo sola y sin marido, no me pregunten por qué, y con dos hijos adolescentes que criar; los cuales me piden siempre que haga las milanesas con la carne machacada con el mango del hachita y maceradas en huevos batidos, con el agregado de mucho ajo y perejil picado, trato de justificar mi antiguo arrebato preguntándome lo que todavía no le dije a nadie: ¿Porqué, aquel día, un segundo antes de ese bochornoso escándalo, se le habrá ocurrido, a esa mujer, mi ex suegra, ya fallecida, ¡pobre!, confesarme, justamente a mí, que había venido, entre otras cosas, a enseñarme a hacer las milanesas, porque su hijo las extrañaba?

FIN

Amanda Patarca.


RECOLETA LOVE

Vivo en Recoleta. En un departamento hermoso del tercer piso, a la calle, el que comparto con mi esposa, absolutamente legítima desde que nos casamos hace ya veintisiete años. Tengo con ella tres hijos varones, ya grandes. Los tres casados con mujeres modernas, con niños en edad jardín, a los cuales casi no veo.

En este instante me siento muy mal; ansioso, angustiado, solo y diría desesperado, sin exagerar. Es que desde hace bastante tiempo me encuentro transitando malísimos momentos matrimoniales, por culpa de ella, mi cónyuge, sin poder escuchar nunca, porque no frecuento a nadie, una sola palabra de aliento. Por eso, no teniendo motivos para vivir, percibo a mi soledad, que constituye un calvario, como un castigo inmerecido. Por ese único motivo, demoledor, me voy de casa prácticamente todas las noches. Tomo un poco de alcohol para entonarme en algún bar de la zona y cuando vuelvo con los zapatos en la mano para no hacer ruido y poder deslizarme despaciosamente, en la penumbra, hacia la cama camera, -la única existente en la casa en donde mi mujer duerme acalorada siempre y hundida entre los resortes del colchón, perennemente vencidos de su lado- tengo que aguantar, callado y sin la posibilidad de maldecir, su mala costumbre de cambiarme de lugar los muebles. Aquí debo informarles que ella pesa ciento veinte kilos desnuda.

Es verdad, como ella dice, que fue su propia realidad la que la malquistó. Y eso, porque no soporta su actual aspecto de prominente porte de luchadora grotesca, ni su carácter agrio mantenido a pesar de sus cursos, completos todos y renovados continuadamente, para llegar a adquirir su tan ansiado propósito: aumentar su autoestima, pero ¿qué culpa tengo yo de que la vida sea así con ella?

Parece ser que eso de cambiarme los muebles de lugar lo hace para que yo, borracho, tropiece y reaccione con los insultos que antes profería y últimamente callo porque han pasado muchas cosas, aunque… ¡qué quieren que les diga! ¡Me gustaría tanto que cambiara! Tanto me gustaría, que, aún alcoholizado y todo, rezo para poder soñar, mientras duermo, que mi Violeta ya no es más la mujer que, actualmente, me espera desparramada en la cama, sino la otra, la de antes, aquella a la que yo disfrutaba prodigándole mis caricias, recibiendole su amor y pidiéndole siempre más, porque era, de verdad, mi objeto de deseo; rezo para poder soñar que estoy con la otra. La que en otro tiempo fue: más joven, más delgada, más sensual, más perfumada, más apetecible…

Últimamente tomo pisco Sauer para que esa plegaria mía, volatilizada, llegue a lo más alto del cielo y Dios, apiadándose de mí, obre el milagro. Entonces, no siempre pero, a veces, mis anhelos se hacen realidad cuando intuyo, sin comprender bien, que ella se desdobla porque siento que se desdobla.

Anoche sin ir más lejos, nuevamente se produjo el prodigio que, desde hace algún tiempo, viene ocurriendo, gracias a Dios y al pisco Sauer que ahora consumo en cantidad, para poder hacer realidad mi fantasía: la reactivadora de mis horas de amor con mi antigua Violeta.

Eso sucede, en el sueño, cuando, estando de regreso y tambaleante metido ya dentro del ascensor, tanteando y refregando con las palmas de mis manos los botones, no solo pasa que aprieto el ubicado por encima del que no logro apretar nunca cuando llego más o menos en ese estado, sino algo más. Déjenme que les cuente: Al parar el ascensor, siempre dentro del mismo sueño, ocurren, para mi bien, otras cosas asombrosas especialmente cuando me agacho en la franja de oscuridad del pasillo, resguardándome para verificar, sin que nadie me vea, la posibilidad de lo que yo llamo la piedra libre de mi entrada al cielo. Y esa piedra libre, ¡albricias! se cumple íntegra cuando constato que ella, deliciosamente me ha dejado encendida la pequeña luz roja ubicada al costado del timbre y que su puerta se encuentra entre abierta. Con lo que queda claro que me está esperando de manera expresa. Y es en ese mismo momento cuando comienzo a escuchar, como si se tratara de un eco; como si se tratara del soplo de un aliento lejano proveniente desde el fondo de mi departamento, la música del largo de Albinoni. Es para hacerte entrar en clima, me dice acercándose suavemente.

Eso sí, la cordura de mi Violeta puede mucho más que su pudor y sus escrúpulos porque no sólo la siento más delgada entre mis brazos, para halagarme, acaso, pienso. Sino que, además, solo me responde si la llamo por el nombre de Mimí.

Cuando amanece, ella, digo Mimí en persona, se encarga de terminar la fiesta. Y lo hace ayudándome a bajar por el ascensor un piso -no sé, todavía, por qué en el sueño debo bajar un piso- para dejarme depositado, finalmente, junto al timbre que reconozco como real, pero no toco porque por suerte siempre llevo la llave encima. Aunque Mimí, debo decirlo, nobleza obliga, muchas veces también me ayuda a embocar la llave.

Allí, en ese punto, estando, yo, buscando la forma de mantenerme bastante erguido, todavía me sobra bastante energía para preguntarle al oído, como a ella le gusta: ¿Podré retornar a tu cielo, mañana? A lo que Mimí, susurrándome también al oído algo que nunca logro entender en el sueño, me despide con un beso en la mejilla que de tan suave es sublime.

Y, además, ofreciéndome, por lo general, mimosa, siempre la misma respuesta: -por supuesto que sí, mi querido. Siempre que, cuando vengas, no te olvides de traer preparados dentro del bolsillo del saco, eso que a mí me gusta tanto: el paquetito con los “dólares del placer”, bien dobladitos.


Amanda Patarca


EL SOÑADOR

(Aportando algo más sobre la rosa de Coleridge)


Alguien, muy cercano a mí, duerme. A juzgar por sus movimientos, sueña. Ahora parece que despierta: abre los ojos, pronuncia gravemente la palabra “rosa” e insiste:

-Una rosa, ¡Te llevaré una rosa! -Y al segundo los vuelve a cerrar.

Salto de la cama. Me apresuro. Atravieso el jardín y afanosa busco en la oscuridad. La encuentro. La corto de su rama y enarbolada como trofeo, triunfante, llevo mi rosa hasta mi soñador. Sin hacer ruido la coloco entre sus manos. A la mañana, mi soñador despierta y al advertir mi rosa apretujada entre sus dedos se entusiasma. Fuera de sí, clavando su mirada en mis pupilas me agita fuertemente. Al fin me aclara:

-¡Mi amor! Anoche, ¿sabes?, volé al cielo. Corté allí la mejor rosa y…te la traje como prueba.

¿Cómo decirle?

Fin

Amanda Patarca.


No sólo conozco a don Cucho sino que, además, lo aprecio. Y hasta podría afirmar que lo admiro, con esa clase de admiración canina que sólo un perro puede sentir por el que se comporta como un amo, es decir como un señor. No porque me tire un hueso. No. Más, nunca le acepté propina. El mismo lo puede decir. Solamente acepté de él, eso sí...

No, déjeme pensar... No era que aceptara, más bien los esperaba. Eso, los esperaba. Sus consejos, sus increíbles consejos... los que venían y yo siempre tomaba como para que no salieran nunca más de mi. Para darme ánimo. Para que de alguna manera me sacara esta timidez que todavía me queda a pesar de lo que ocurrió y sigue ocurriendo y que para mi tiene mucho que ver con lo que vengo leyendo. Del género policial, claro. ¡Qué sé yo!

¡Sus consejos! Los que jamás me llegaron así porque sí, como llegan a uno todos los que dan los padres plomos. No, éstos, de los que estoy hablando, llegaban pegados a esas historias tan lindas... Como las que solía contarme cuando me encontraba cabeceando ya de sueño, detrás del mostrador de la conserjería, algún sábado a la madrugada. El las llamaba anécdotas... Total, que al final se quedaba mirándome con esa cara de calavera de tango sin edad que la experiencia acumulada de viajante ajetreado otorga siempre. Adiestrado a la perfección, en su caso, para conseguir acaparar la atención de todos pretendiendo, además, pasar desapercibido. Al terminar sonreía sin abrir los labios. Tamborillaba al unísono los largos dedos de sus robustas manos, uno de los cuales se lo había arruinado un chimango en funcionamiento y mirándome sin mirar nada, o no, porque tal vez lo que miraba era el aire cargado de humedad y olores, desaparecía para aparecer luego, al cabo de otro de esos largos viajes, abarcadores de un sinnúmero de lugares del interior, cuyas ciudades tenían nombres tan raros como para que nadie pudiera recordarlos cuando pretendiera nombrarlas. Tilisarao, Renca o Naschel son de los pocos que me acuerdo, nada más que porque se tomó el trabajo de explicarme lo que querían decir esos nombres.

Ya hace tiempo que no lo veo. Que vive, vive. Alguien, hace muy poco... se refirió a él y no precisamente como muerto. Fue justamente aquí, en fin... A mi, les diré, me salvó la vida. Así como lo oyen. Y aunque algunos opinen que en las discusiones se las da de ganandor, yo no puedo repetir eso. ¿Qué quieren que les diga? Siempre me pareció un gran tipo. No desde que comenzó a venir al hotel sino desde mucho tiempo antes. A partir del momento en que decidiera construir su casa cuando se casó; el hogar conyugal, así le dicen, justamente enfrente del ángulo más profundo de la curva de Todd, el lugar más peligroso de la Ruta 8, exactamente a cinco Kilómetros de Arrecifes yendo hacia Pergamino. Lo admiré, sí. ¿Y por qué no admirarlo? me digo siempre. El es Blanco de apellido y como todos los Blanco llevan el Espíritu Santo sobre sus cabezas. Y una vez yo se lo vi. Fue el día que llegó un primero de enero. Apenas estaba amaneciendo y el sol recién salido le remarcaba el contorno de su cabeza lustrosa con resplandores dorados que latían como acompañando a su corazón. Nunca su presencia me impactó tanto. No sé si se han dado cuenta que soy... más bien brutito, aunque leer leo, pero sólo cuentos o novelas policiales, eso sí. Por mi formación, digo, no puedo creer en la poesía, aunque acepto que no fueron pocas las veces que quise acercarme a ella. Tal vez porque estoy convencido de que no llegaré nunca a captarla tal como dicen que con ella hay que hacer. Pero ese día... No sé si estaría soñando o qué cuando él llegó, pero me pareció que venía envuelto en poesía o en algo que, seguramente, se parecía mucho a ella. Al saludarme, fue su presencia la que me sobresaltó pero su pregunta me obligó a despertar del todo. -Desde que trabajás aquí- comenzó diciendo -¿Alguna vez fuiste testigo o partícipe de algún asalto?-

¿Partícipe? ¿Si tomé parte? Avise don- le contesté -En algún momento y de eso ya hace bastante tiempo, fui liebrero y hasta nutriero... no lo niego pero de ahí a...

-No Pichón, no entendiste- me contestó paternal -sólo quise preguntarte- si fuiste víctima de algún atraco. A los hoteles suelen tomarlos de punto, especialmente cuando están llenos. No olvidés que los turistas siempre andan con dólares-.

Les cuento que ya me gustó más. La explicación llegó a tranquilizarme. Tal vez por eso, convencido de que Don Cucho no me había confundido con un delincuente, hasta tuve tiempo de sonreírle fugazmente, en señal de nueva puesta en marcha de sincera simpatía de mi parte. Eso, sólo unos momentos antes de que me diera las instrucciones que aún hoy, después de tanto tiempo, valoro más que a todas las recomendaciones juntas que me hiciera mi madre para sacarme juicioso. Cosa que, al parecer no consiguió del todo. Aunque pensándolo bien... Que sé yo. Vaya uno a saber...

De todos modos, así como hasta el día de la formulación de la pregunta, jamás había pasado por mi cabeza la posibilidad, siquiera, del peligro de tomar parte en un asalto, con tiroteo, enmascarados y todo lo demás, desde ese momento, olvidándome de las instrucciones de don Cucho, elaboradas para el caso, el miedo brutal de que ocurriese uno, mientras cumplía mi trabajo, me obligaba a considerar "refugio" a cuanto lugar cóncavo con posibilidades de ubicar el cuerpo entero existiera a mi alrededor.

No habían pasado cinco días desde la conversación que generara mi relato cuando, de pronto, inesperadamente, la energía que mantenía dominadas las riendas con las que siempre, luego del envión, yo concretaba la realización de mis actos, me jugó sucio haciéndome girar sobre mis talones, obligándome por la fuerza a tomar por una diagonal de tránsito liviano, totalmente desconocida para mi. Ya verán. Y como yo seguía siendo el mismo, de éso no tenía ninguna duda, al cabo de un instante comprendí lo que realmente había pasado: que el destino final de esa actitud había cambiado de lugar.

Esto que les cuento me sucedió cuando en el hotel se realizaba un Encuentro Nacional de Poetas Místicos lo que hizo que se encontrara tan colmado que había huéspedes durmiendo hasta en los ascensores. Los organizadores consideraron que ese era el lugar ideal para trabajar sobre los misterios insondables del más allá trascendental, dado que no había nada para ver ni dentro ni fuera del hotel ni tampoco en los alrededores lejanos. Así fue como, mientras transcurría aquella madrugada consejera en la que Don Cucho, simplemente, pretendió alertarme de las ventajas que genera en el hombre la práctica a propósito del dicho "Es mejor prevenir que curar", sucedió el hecho, tal cual me lo describiera como ejemplo. Tres encapuchados apuntándome con sus revólveres me aconsejaron no perder la calma que, dicho sea de paso, jamás perdí gracias a la "positividad" del ensayo previo, efectuado algunos días antes, justamente con don Cucho. Además, me vi obligado a mantener la mirada sin indicios de expresión como así también las manos bien en alto, sin demostrar cansancio, casi en una actitud de gozo, como pretendieron que me mantuviera durante todo el tiempo que duró el asalto. Me gritaron un poco, tal vez, eso sí. Al parecer querían de mi el mismo semblante que acababa yo de contemplar en los poetas, conmovidos como se mostraban, por el misticismo que emanaba de sus poros debido, seguramente, a los sublimes textos leídos durante todo ese día.

La madrugada seguía avanzando. Los participantes del Encuentro dormían, ya. Los encapuchados, cansados de esperar algún movimiento, comenzaron entonces a cumplir con el ritual que don Cucho me había adelantado. Primero se sacaron las capuchas. Total, dijeron en voz alta, aquí nadie nos conoce. Yo asentí con la cabeza porque, efectivamente, esa era la verdad. Ahí, sin hacer el menor ruido y con los brazos que se me iban cayendo como consecuencia del peso de mis propias manos, comencé a poner los ojos con mirada de entendedor sobre el cuerpo del más altanero, según la recomendación de don Cucho. Y como ni se movió, apreté un poco más la tuerca de mi aparato mental y siguiendo con las instrucciones precisas, me ofrecí para cebarles mate. Aceptaron, pero me di cuenta de que sólo fue para hacerme algunas preguntas por demás idiotas. Que a qué hora venía el conserje principal. Que cómo era que habiendo tanta gente no apareciera alguno de los dueños, aunque más no fuera para sonreír y saludar como hacen en todos los hoteles. A esa pregunta y a otras por igual de tontas que siguieron repitiendo una y otra vez, yo les contestaba siempre lo mismo: que sólo me encontraba allí para cuidar de noche. También les dije -tal vez con el propósito de terminar de convencerme a mi mismo- que manteniéndome en esa absurda actitud -de huésped místico, especialmente cuando ellos tomaban mi mate- yo de igual modo seguía cumpliendo férreamente con mi deber de cuidar la casa, el Gran Hotel, propiedad de esa mujer desconocida, que me pagaba para eso, a la que llamaban, sin que se supiera por qué la "Anónima". Además, les pedía por favor que no me preguntaran más por los dueños porque yo sabía, de buena fuente, que desde su inauguración no había dueños sino sólo una dueña, pero que no se hicieran ilusiones de conocerla porque ella, como hacen todos los alcohólicos que no quieren que los vean bebiendo, no se deja ver jamás. Y no me miren así porque sé lo que digo y lo sé porque tengo oídos para escuchar. ¡Qué se le va a hacer!

Cuando ya comenzaba a clarear les pregunté si querían algún cafecito y como me aceptaron todos, utilicé el agua del termo de dos litros que siempre tengo a mano, debajo del mostrador, al lado de los libros de taqueros que cuando me desvelo devoro mientras tomo mate.

Aquella noche se tomaron dos o tres cafés cada uno, sin azúcar, ­que asco! Y me hicieron preparar más, por si alguno de los huéspedes, al bajar, pedía. También me hicieron preparar una bandeja con unos cuantos pocillos limpios, cucharitas, servilletas de papel y la azucarera, que tuve que recargar porque, como siempre, cuando uno la necesita la encuentra vacía. Hasta me hicieron ir a buscar edulcorante al comedor, dándome así una real prueba de confianza ¿No les parece?. Yo les prometí cooperación, eso sí. No por miedo sino para que no me hicieran daño. Las torturas siempre me espantaron. No podría nunca llegar a imaginarme a mi mismo con fósforos encendidos debajo de las uñas quemándome la carne, ni maltratado. Tampoco con un tiro en la cabeza o en el corazón. De allí que mi simpatía por don Cucho se intensificara a partir de aquel día, mientras ensayábamos. Por eso me atreví a decirles que si yo les ofrecía mi lealtad era porque estaba decidido a ser leal, de lo contrario no me hubiera animado a comprometerme cómo me estaba comprometiendo, sin necesidad. Porque, sépanlo, cuando yo prometo, aseguré, cumplo como el mejor. Tal vez... continué diciéndoles, me he dejado convencer. Ya veremos. De todos modos les confieso que me está gustando ser aliado de ustedes. Hasta ahora se han portado muy correctamente conmigo. ¿Qué más puedo pedir? No sé qué quieren robar ni a quién. Aquí, sépanlo, nunca dejó nadie nada. Algún paraguas, algún paquete... valijas, bolsos. Pavadas. Ni sé, tampoco, si en el hotel tendrán algo de plata para ustedes, porque... parece que tienen un grave problema. El de la quebradura de alguien. Así que... A propósito ¿Se habrá quebrado Doña Anónima? Bueno... yo sólo me estoy preguntando... nada más.

No terminé de pronunciar la última frase cuando el único que quedó a mi lado, ya que los otros se apartaron un poco como para investigar el terreno, apuntándome al pecho con el revólver, aunque sonriéndome, comenzó a tranquilizarme, enseñándome, con su propia actitud, qué era lo que yo debía hacer para cooperar y por sobre todo cómo. No tengas miedo. Tampoco te preocupes porque esto es puro teatro, ya vas a ver. Vos, lo único que tenés que hacer, de ahora en más, y ojo porque ésta es una orden, es servirles a los que te pidan algo, lo que te pidan como para poder luego indicarles el camino, sin que desconfíen. ¿Entendiste? Afirmativo, le contesté. Cuando le dije así y escuché su carcajada sentí que empezaba a gustarme demasiado aquello que seguramente haría. El juego terminó de atraparme por completo cuando me di cuenta de que ese "todo", al que me estaba sometiendo solo, consistía en convencer a los poetas místicos, a medida que iban apareciendo en el hall, que debían dirigirse, sin pérdida de tiempo, al piso de abajo utilizando la escalera, para completar el registro de ingreso y recibir un catálogo de información turística. Así hice y según parece a la perfección. Demasiado fácil resultó todo, aquel primer día. Tanto que al irse, antes de ponerse nuevamente las capuchas para lanzarse como flechas a la calle, uno de ellos me tiró un paquete que atajé desde atrás del mostrador, como lo hubiera hecho el arquero de Vélez. Esto es tuyo, pibe, me gritó mientras corriendo desaparecía. Te lo ganaste, campeón. La semana que viene tendrás noticias nuestras. Chau. No lo abrí hasta llegar a casa. Ahora, por cábala siempre hago lo mismo. Y no les voy a confesar nunca cuanto gano por año con esta changa semanal porque van a pensar que soy lo que algunos llaman "cómplice" pero para nosotros por tratarse de un simple juego nos autodenominamos los "aliados". Llevamos siempre la de ganar y eso, así parece, es lo que lo torna un poco peligroso. Un poco más, tal vez, que cuando siendo otro el grupo, salíamos con los galgos y la chata, que siempre se quedaba sin nafta porque le faltaba la tripa. ¡Cómo dejar de recordar aquellos días!... no tan lejanos, dos años atrás, apenas, cuando haciendo como que cazábamos liebres o nutrias, después de llenar las bolsas con fruta verde porque jamás llegábamos a encontrar fruta madura en las plantas, nos vengábamos llevándonos alguna garrafa o algún petromás. Y si se nos daba la loca, algún colchón, nuevo eso sí. Y si ese día llegábamos a tener un poco más de suerte, alguna pieza de tractor, de paso. Sin embargo... esto me gusta más. Aunque a veces siento nostalgia. Hay hoteles que hasta quisiera quedarme. En este preciso momento estoy cumpliendo el rito, como ellos dicen. Ya hice café. Les cebé mate a todos. Creo que tengo fiebre. Ya son las cuatro de la mañana y abajo debe haber por lo menos cincuenta. Son todos bacanes. O sea que lo que se les pueda sacar, a ellos no les cuesta, prácticamente, nada. Lo reponen enseguida. Mejor así. Vinimos porque aquí se está desarrollando, desde ayer, una Conferencia Internacional sobre "Fosfato Diamónico". ¿Qué será eso?. Tal vez se trate de algo para mejorar la conciencia. El fósforo ¿no sirve para hacer pensar? Mi tía Carmen decía eso, me acuerdo. Como también decía que era veneno, que no había que ponérselo en la boca. No acabo nunca de agradecerle a don Cucho por haberme enseñado a confiar en el mantenimiento del equilibrio, a partir del "prever", imaginando todo tipo de situaciones límites, "desestabilizantes" como él las llamaba. Gracias don Cucho. Por usted he aprendido a tomar recaudos... a ser sagaz... bueno, medianamente. Yo puedo afirmar, hoy, y por fin con derecho, que el éxito que consiguieron las actividades de mi grupo radica, exclusivamente, en saber hacer cada cual lo suyo, a la perfección. Yo, que sólo vengo a ayudar haciendo siempre de conserje, porque las circunstancias se me dieron de este modo, sé muy bien lo que tengo que hacer, estemos en el lugar que estemos. Por eso, mucho antes de que encuentren al conserje de verdad, el que en este momento está atado como un matambre aquí, a mi lado, inmovilizado bajo el mostrador, entre mis piernas y el termo y con la cabeza apoyada sobre el libro de cuentos policiales que me traje, yo voy a estar abrazado a mi paquete, corriendo a más no poder, bien lejos de este lugar. ¿Qué son esas sirenas? ¿Y todo este alboroto que me aturde?

¡Tiros! ¡Escucho tiros! ¿Les estarán tirando a ellos? ¿Por qué? ¿Y justo acá... que todos pueden re...poner....la... plata...tan... tan... fá.... cil..... mente.....? ¡Hay Dios mío! ¡San...gre! No.... permi.... tas.... que.... me........... ¡Don Cucho!... ¡Pronto! ¡De vuelta ... la hoja! No.. se... dis ... trai... ga, Don ... Cuch ...


FIN


LA CHOLITA (Cuento - Monólogo)

"Tengo nombre: Margarita y apellido: COLIQUEO.

Por eso en el mundo cuento.

COLIQUEO el de mi madre.

AUQUIN que es el de mi padre llegó tarde, no lo llevo".

I


Hoy no sé que pasa con mis lágrimas. Tengo los ojos como si fueran de vidrio. Más que de vidrio de hielo, por lo mojados. Sin embargo se niegan a llorar, como si ellos ya hubieran conseguido la resignación que yo entera no alcanzo a recobrar. Es que mis ojos, ubicados un poco más allá de este momento, más bien trágico, así lo siento yo, pudieron ya, por suerte para mi, mantener dominada la calma que sólo se recobra cuando se anda. Y ellos, así parece, se me adelantaron. Mi cuerpo se niega a andar. Tal vez por eso sufra así, no sólo sin lágrimas sino en silencio y a solas. Pero....qué otra cosa podría hacer yo, una simple cholita boliviana del altiplano norteño, llamada eso sí, Margarita Coliqueo, en estos tiempos que hoy nos tocan, tan difíciles de vivir, como siempre dice mi papá. A mi mamá no puedo agregarle más tristezas. Demasiadas son las que viene cargando desde que yo nací, cuando recién cumplidos los trece casi se murió por lo flaquita. Y como no puedo ni debo transmitirle mi disgusto -por este largo viaje que parece voy a tener que hacer- me lo aguanto. Guardándomelo, hasta que la rabia y la impotencia me hagan vomitar el miedo y termine, si todavía sigo estando aquí, arruinándoles todo. Si, arruinándoles, porque de explotar repentina e impensadamente, seguro que no viajaré a China con el Embajador y entonces habré dejado de cumplir no sólo con los mandamientos que la "integración" impone a todos, como dice él, sino también con las inconscientes expectativas de los de mi raza, que esperan volver a verme el día del regreso con la mente -que para nosotros es la otra parte del alma- renovada Y a mi persona, toda, quizá no tanto transformada en "ganadora", ya que estamos hablando del regreso a Sudamérica y de una latinoamericana, sino en algo así como "un poco más vencedora que vencida" o sea casi "occidentalizada". Como, así dicen, le está sucediendo desde un tiempo a esta parte a toda esa cantidad de gente allá, en Hong Kong, adonde sin duda iré‚ sólo para darle el gusto a mi papá, el que con mi sueldo, que le será girado puntualmente mientras yo viva allí, hará sin dudas maravillas para bien de los que yo quiero con todo mi corazón, tan sólo por llevar en mi interior parte de esa sangre, la de nuestra pobre raza y hablar, tal vez, con las pocas palabras con que nuestra propia lengua, la Kechua, se viene manejando, desde tiempo inmemorial. Por todo lo que para nosotros eso significa, no voy a olvidar nunca lo que mi mamá me dijo cuando, después de mucho pensar y sin mover siquiera un solo músculo de mi cara -tal como el aborigen debe hacer en circunstancias como esta- les contesté que iría. "Te toque hacer o decir lo que creas correcto o lo que las circunstancias te obliguen a hacer o decir", me dijo, "No olvides nunca que la dignidad que nuestra gente ha debido mantener escondida por siglos para evitar la delación, nos representará desde tu persona, donde quiera que te encuentres y aunque termines integrándote cumpliendo con lo que ellos nos vienen pidiendo."

II


Camino por las calles de Hong Kong como una más. Lo vengo haciendo todos los días desde que llegué. Me gusta mucho esta ciudad y especialmente la cara de su gente. Tal vez porque no encuentro diferencias. Me parezco a todos. Mi cara redonda, mi piel olivácea y mis ojos rasgados me ayudan. Sin embargo me miran mucho porque mi pollera de colores y mi poncho y por sobre todo mi sombrero colorado de ala corta, llaman demasiado la atención. El o la acompañante de turno impuestos por orden del Embajador no se cansan de sonreír, ni yo tampoco porque ya me di cuenta de lo ridículo que resulta aquí mi moda. ¡Bah! Ridícula porque nadie se propuso imitármela. Si alguien lo hiciera... la cosa cambiaría, quizá. Cada uno hace aquí lo suyo a su manera. De todos modos no me la pienso sacar. El sombrero y el poncho cuando el verano me obligue, tal vez. Pero la pollera... ni pienso.

Hoy me habló a solas el Embajador, me ponderó la comida del medio día y el postre que hice ayer. Es que cuando quiere quedar bien conmigo me dice que me parezco a mi papá y que en esto de cocinar, a mi padre no hay quién le gane. Y cuando me estaba yendo, roja de vergüenza porque mis dieciséis años todavía no aprendieron a esconder ni a simular, me dijo que ya era hora de que empezara a vestirme de otra manera porque su situación allí lo obligaba a ciertos protocolos, a los cuales yo también me encontraba sometida. Mañana, me dijo, irás con mi mujer a la mejor tienda y elegirás con ella un traje con pollera, de ser posible angosta, como las que las mujeres usan aquí. O Tal vez un vestido. Vos verás. Comprarás también los accesorios que hagan falta. Y menos mal que en seguida explicó eso de los accesorios: algunos collares... aros haciendo juego... medias color carne... zapatos con algo de taco. En fin, vos sabrás. Desde mañana deberás vestirte de acuerdo con la moda occidental. ¿Entendido? Y... ¿Qué le iba a contestar?


III


Y me vestí, ¿ven? Se me ve como a otra pero... yo sé que soy la misma. Aunque no. En cuanto a educación y modales la cosa pasa por una profesora que nos han puesto a todos aquí para aprender inglés y cultura general. Ya conocemos las tablas pero no las quisimos aprender de memoria porque sabemos manejar a la perfección la maquinita de calcular. De la computadora ni hablar, en un mes nos dieron la base completa como para conseguir administrar no solamente la casa del Embajador, sino también parte de su oficina del Foreign Office, así se dice. Me encanta. Y me parece que hay muchas cosas de este mundo que me encantan. ¿Me estaré olvidando de quién soy? A mi mamá le escribí la semana pasada y le pedí que me contestara en kechua como pudiera. La pobre no sabe escribir bien, pero le dije que pusiera las letras como para poder pronunciar tal cual se habla. Que ni pensara en signitos. Ahora estoy esperando la respuesta aunque sé que le va a costar un poco eso que le pedí. La semana que viene cumplo diecisiete y me están preparando una fiesta. Entre nosotros, pero fiesta al fin. En la casa del Embajador somos quince así que...


IV


Estoy leyendo la carta que me escribieron mi mamá y mi papá juntos. Si pudieran leerla aunque fuera un poquito llorarían conmigo. De alegría, como lo estoy haciendo yo en este momento. ¿Se imaginan? Me ponen: "x*x/(x|x#x x#x* x:x([. x*xy).[+|x" "Querido tierno pimpollo nuestro "x*xù).[+|x x#x* x:x([. x*x/(x|x#x" "No podemos dejar de pensar en vos, nuestra cachorrita. La que con nuestra bendición se ha ido del nido viajando hacia tierras lejanas. La ignorancia de la distancia nos imposibilita tomar conciencia de la cantidad de horas que hacen falta para concretar tu regreso o un abrazado encuentro, aunque más no sea". ¡Huy! ¡Que lindo! ­Y cuantas letras tuvieron que juntar acomodándolas a todas como para darles el sentido que le dieron! ¿Alguien los habrá ayudado? Digo... a ubicar las palabras... Para que ordenadas digan lo que me están diciendo. Es realmente muy hermoso recibir una carta como ésta. Les contestaré inmediatamente porque no se merecen sufrir ni un minuto esperando mi respuesta. Y la terminaré como ellos seguramente desean que yo les firme, aunque ya me sienta adulta para hacerlo: x#x* x:x([. x*xù).[+|x -** . -##" "Tierno pimpollo de mamá y papá". Con la misma frase. Eso sí, no podré nunca enviarles fotos porque no me reconocerían metida dentro de esta ropa.


V


Bueno. Pasaron casi dos años. El tiempo suficiente, así parece. El Embajador trajo ya los pasajes. Nos volvemos el lunes. Cuando pienso en el viaje que me espera y que cumpliré mis dieciocho años sobre el océano Pacífico me viene -como decía el negro Insaurralde en su lengua toba- un escalotibio, el que por ser templado, cuando el cuerpo lo genera le permite a una seguir manteniendo por un rato largo esa clase de sensación mucho más placentera todavía que la que produce el otro, el escalofrío.


VI


"El escalotibio se relaciona con el amor", me dijo en voz baja, hace sólo un momento la esposa del Embajador. Ella es casi poeta, por eso tal vez la quiera tanto. Lo extraño es que lo dijo mientras reinaba entre nosotras, como siempre, el más absoluto de los silencios. Y luego agregó: "También se relaciona con las raíces que en mi - por ser mujer y amarilla y de barro sulfuroso, parecen querer hundirse cada día más en las profundas entrañas de la tierra".

Con mi pensamiento al descubierto, inmovilizada y sin protección alguna me quedé mirándola sin siquiera pestañear, unida como estaba fuertemente a su instinto. El fulgor del indicio recientemente generado -aceptado con fuerza de revelación- al quedar instalado en mi alma sólo buscó, a partir de ese instante, hacerme pensar continuamente en ellos. Aquellos seres míos tal lejanos. Entonces ocurrió el prodigio. Fue cuando a la relación con las raíces le encontré similitud con nuestra flor. Y la glicina, concreta realidad allí instalada ya estaba compartiendo conmigo su mensaje como lo viene haciendo cada año con todos, desde que apareció en el mundo. "Hundiendo mis raíces en la entraña"... ella me decía, "genero bajo tierra la energía que la memoria pide." Y prosiguió como en un susurro: "Y lo hago para conseguir concretar dos cosas: endurecer mi tronco haciéndolo crecer actuando desde abajo y ordenar con trenzados mi enredado ramaje".

Hoy, al fin, conseguí por ella saber quién soy y a que vicisitud fui destinada.

"Que soy por ser mujer"... así me dijo. "Contenedora del líquido sagrado generador caliente de frustraciones. Tan vivas como sucesivas."

Tan sucesivas y vivas como inconscientes, agregué yo, por mi propia cuenta. De mi raza india, altiplana-coya, norteña, andina o sub andina no sé. Pero que, como la glicina, hoy pretende crecer, desde la oscura raíz de su enterrada estirpe.


VII


No sé que pensará el Embajador. Tampoco sé si seguiré trabajando con él cuando lleguemos, pero lo que sí sé y muy bien es que ya se me ha hecho imposible volver atrás. Por eso primero tiraré‚ los aros y los collares. Así. Luego todos los vestidos. Suavemente envueltos, como amortajados. Para que no se ensucien y puedan ser usados por la que tenga la suerte de encontrarlos. ¡Son todos tan finos!...También tiraré‚ la valija. Total ¿para que la quiero? Si no tengo qué poner adentro. Viajar‚ sin equipaje. Tal cual como vine. No dejaré ni me llevaré nada. Nada quiero que sufra por mi ausencia. Tampoco quiero que algo sufra por tener que padecer un exilio. Esta ropa y estas cosas son de aquí. Entonces aquí se quedarán. Como deben quedarse siempre en su lugar las piedras que, habiendo formado parte de la tierra alguna vez, se encuentran ahora diseminadas sobre su superficie. Eso decía mi sabio abuelo que quedó atrapado para siempre en un derrumbe, pobre...

Y mi papá que trabajó con él en la mina mucho antes de ser cocinero en la Embajada, repitió luego tantas veces eso como hizo falta para que yo no me lo olvidara, jamás. Y volviendo a las piedras del abuelo, tiempo después, unos pocos días antes de que yo viajara, mi papá absolutamente convencido volvió a referirse a ellas con una larga frase, que viene repitiéndose continuamente de generación en generación y que es tan triste como hermosa. "Ellas que son inofensivas -tal vez por su incapacidad para moverse-" dijo, "para llegar a ser felices deben siempre permanecer acompañadas por las otras piedras -sus iguales aunque no lo parezcan-. Como recuerdo... una piedra aislada sólo habría de servirnos para terminar de entristecer aún más el lugar donde se la ubique". Y ahora les pregunto entonces yo a ustedes: ¿Nunca vieron llorar a una piedra solitaria apoyada sobre un mueble?


Bueno... Creo que tendré que maquillarme un poco la nariz. También los ojos. Para disimular el llanto. Ahora sí. Me pondré la pollera de colores... Huy, ¡qué linda había sido!

La blusa blanca... ¡Que bien planchada está!. Así. Los zapatos chatos, negros. éstos, ¡Mis queridos! Y que brillo mantienen. El poncho y el sombrero.

Ya vienen a buscarme. ¡Sí! ¡Ya voy! ¡Un momento! ¡Un sólo momento, por favor!

Ya estoy lista. Descorro el picaporte, abro la puerta y... ¡Adiós Hong Kong! ¿Que les pasa? ¿Por qué me miran de esta forma? ¿No me vieron llegar así vestida, acaso?

De aquí no soy, ni voy a ser nunca. Lo supe en cuanto pisé esta tierra extraña. De ustedes no voy a ser tampoco, estoy segura. De ninguno. Ya hablo inglés, manejo con destreza filmadoras, computadoras, calculadoras y hasta una agenda diplomática, la del Embajador. Navego cuando quiero en Internet. También cocino. Para eso fue que vine, así de sencillito pero ya ven, una tiene que aprender de todo en esta vida tan difícil, como dice mi papá. Por mis rasgos me confundieron siempre. Suponían, sin dudar, que yo era nativa de aquí. Eso resultó muy positivo. Pude mezclarme, llegando a parecer una más de las tantas mujeres que en Hong Kong viven. Y... sin embargo... hoy sé que soy de allí. Que soy de ellos. Por eso vuelvo así. Para que nadie dude.


FIN

Amanda Patarca