SOY AUTOR DE ESTOS POEMAS
SI NO AMANECIERA
Si no amaneciera.
Las flores no se abrirían
al recibir el beso del sol,
el gallo no cantaría dando
fin al nocturno sopor.
Si no amaneciera.
El labrador no empezaría
a trazar surcos con su sudor,
el perro no ladraría para
conducir el rebaño con el pastor.
Si no amaneciera.
Las sombras eternas vencerían,
ya no habrían más primaveras,
ni los cálidos veranos volverían
a madurar el trigo en las eras.
Si no amaneciera.....
Pensar en ello me duele el alma,
duermo con la ventana abierta
para que la primera luz del alba
ilumine mi cara bien despierta.
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MACHISMO
En un hospital rural de Marruecos,
un día de verano muy caluroso,
un médico y una comadrona
toman el fresco en el jardín umbroso.
Ambos son españoles, de este país
critican las costumbres sociales,
el varón tiene todos los derechos
en las relaciones matrimoniales.
El campesino montado en un burro,
lo hace trotar con su arré,arré,
cargada con pesados fardos
la sumisa esposa lo sigue a pié.
Esta imagen ilustra el machismo
en su expresión más amarga
el hombre humilla a su esposa
convirtiéndola en bestia de carga.
Interrumpe estas reflexiones
una pareja que está llegando,
la mujer montada en el borrico,
el hombre va delante, caminando.
El médico y la comadrona se
cruzan una asombrada mirada,
en esta ocasión no se cumple
la vieja costumbre tan arraigada.
La comadrona pregunta al marido
qué es lo que su esposa tiene,
éste le contesta con toda calma
que a dar a luz al hospital viene.
Se acerca solícita a la mujer
y le palpa el vientre parturiento,
con asombro lo encuentra vacío,
¡¡ No está el feto que tenía dentro !!
Tras rápidas preguntas y búsqueda
encuentra al bebé recién nacido
dentro de los anchos pantalones,
por el cordón a su madre unido.
A lomos de su cabalgadura la
dura campesina había parido,
sin un suspiro ni un lamento
para no molestar a su marido.
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EL ZOCO CHICO DE LARACHE
Puerta monumental hispano árabe
de la medina antes amurallada,
se entra por una estrecha calle
repleta de gente muy abigarrada.
Mujeres con “jaique” y cara velada,
hombres con “chilaba” y rojo casquete,
otros con turbante, ropa europea,
viejos judíos con faja y bonete.
Las cabileñas venidas del Sahel
con sombrero de paja y borlones,
llevan falda rojiblanca a rayas,
y polainas de cuero marrones.
Varones de la misma cabila con
turbante bordado en amarillo,
“chilaba” corta hasta la rodilla,
gran cartera de cuero con flequillos.
Después un amplio y largo recinto
que llega hasta la Alcazaba,
tiene unas arquerías a los lados,
de gastados pedruscos la calzada.
Diminutos comercios bajo los arcos
el mostrador cubriendo la entrada,
el vendedor sentado encima, sobre
unos cojines las piernas cruzadas.
Sin la necesidad de desplazarse,
sus artículos los tiene al lado,
vende zapatos, correas, babuchas
y jarrones de latón cincelado.
Bonitas teteras de falsa plata,
azúcar en pilones, té y café,
velas, quinqués, cerillas y mecheros,
especias orientales a granel.
Cafeteras doradas y plateadas,
vasos y platos, vestidos bordados,
viejos pinturas y muebles antiguos,
llaves, cadenas, cerrojos, candados.
Fuera de la arquería, en aceras
que bordean la empedrada calzada,
apilan numerosas vendedoras
mercancía por ellas elaborada.
El queso fresco sobre una palma,
manteca rancia en potes esmaltados,
tortillas de harina de garbanzo,
los buñuelos de viento ensartados.
Pinchos morunos de carne picada,
los desnudos mejillones cocidos,
las tortitas de harina porosas,
habas con sal y cominos molidos.
¡¡ Yabán Kulubán !!
Vocea el vendedor ambulante
que pasea un pastoso caramelo,
fundido sobre una gruesa caña,
y espanta las moscas con su pañuelo.
Sobre mesitas de blancos manteles,
tortas salidas del horno recientes,
invita a comprarlas a los que pasan
su buen olor, que domina el ambiente.
Los campesinos ofrecen productos
traídos con borricos a la ciudad,
los ponen en las aceras apilados,
pregonando a gritos calidad.
Son naranjas ácidas de piel fina,
pepinos, calabazas, melones,
verduras de un sabor penetrante,
higos chumbos en pequeños montones.
La palmicha ( el dátil del palmito)
moras, madroños en cestas de caña,
níscalos y otras setas del pino
buscadas en bosques de la montaña.
En estrecho callejón adyacente,
que ofrece la sombra y frescura,
salitrosos pescadores de costa
exponen en los cestos sus capturas.
Muestran al pasante gran variedad
de pescados: doradas, sargos, lubinas,
ricas angulas de pesca furtiva,
zalemas, lisas, congrios y corvinas.
Se oculta el sol en el horizonte,
enciende el cielo de nubes rosas,
el almuecín cantando llama al rezo,
los vendedores recogen sus cosas.
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EL BAÑO DE LAS CARBONERAS
En inmensas pilas amontonados
sacos conteniendo carbón vegetal,
que han transportado en sus camiones
leñadores de los bosques del litoral.
Igual que la ceniza de un volcán
un polvo negro todo lo impregna,
volviendo oscuras a las personas
como hijas de una noche eterna.
Merodean por el zoco mujeres
recogiendo del suelo los carbones
que caen en el trasiego de los sacos,
para luego venderlos por montones.
Tiznados sus rostros y pies descalzos,
viven en chozas de chapas y cartón,
allí transcurren sus infelices vidas
entre las altas montañas de carbón.
Un día soleado de la primavera
tres muchachos, con cañas de pescar,
se asoman al borde del barranco
para conocer el estado del mar.
Tras unas peñas que bordean la playa
ven un grupo de mujeres bañarse,
a pesar de la mucha distancia
oyen gritos y risas al mojarse.
Bajan con sigilo el precipicio,
se acercan sin ser vistos a ellas,
están todas desnudas, y a pesar
de sus flacos cuerpos, resultan bellas.
Son jóvenes carboneras del zoco,
a lavarse el cuerpo han venido,
a quitar el polvo que ha
teñido su piel y sus vestidos.
Los muchachos se acercan a sus ropas,
y después de contemplarlas con placer,
se suben en silencio sobre una roca,
y agitando los brazos se hacen ver.
Las bañistas dan un grito agudo,
tapan con sus manos pubis y senos,
encogen sus cuerpos para ocultar
su desnudez a los tres cristianos.
La mayor tiene la cara agraciada,
grandes pechos que no puede abarcar,
sus manos van arriba, van abajo,
en nervioso movimiento sin parar.
De pronto deja de intentar taparse,
muestra su cuerpo con toda su belleza,
los pescadores están boquiabiertos,
corta el soplo tal naturaleza
Entablan un duelo de amenazas,
risas y observaciones jocosas,
hasta que sus mujeres se acercan
todas retadoras y muy furiosas.
Ante este peligroso panorama
optan por dejar libre el paraje
y permitirles a las carboneras
que puedan recuperar sus ropajes.
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