Telestar. Por: Clara Zawadski.
Madoff, no te aparezcas
Marzo 26 de 2009
Nunca he podido entender por qué los multimillonarios buscan tener, desesperadamente, más ropa de la que alcanzan a ponerse y más camas que en las que pueden dormir. Ese galopante anhelo de poseer lo que sobra es una gula que impide el desarrollo normal de las neuronas. 24 Mercedes Benz, 12 Rolls Royces, dos docenas de Lamborghinis, Alfa Romeos, Ferraris y los más caros y lujosos carros que quepan en un garaje del tamaño de la Plaza de San Pedro, denotan que la costuras mentales no cazan.
Y sigamos. Más de 500 pares de zapatos, carteras de todas las marcas, kilómetros de clósets repletos, cristalerías para varios batallones y platos pintados a mano por encargo, que sobrepasan los cinco mil, son para exhibir, no para disfrutar. Madoff tenía mansión en Southmpton, en Barbados, en Nueva York y en San Francisco, pero no contaba con tantos traseros para ocupar sus sillas favoritas ni tantos cuerpos para envolverlos en sábanas de lino egipcio.
Les robó a sus clientes, que creían ciegamente en el hombre afable, encantador y confiable, más de US$50.000 millones. Así lo confesó a sus hijos y después a las autoridades. 150 años apenas serán suficientes para pagar por su gigantesco fraude. Dejó a sus amigos e inversionistas en la calle, aunque él crea que trampear tan elegantemente, por tiempo tan largo, sea una gracia concedida por los dioses. Es indignante.
Familias sin sus casas arduamente adquiridas. Sin una entrada que les permita vivir dignamente. Sin un carrito que los transporte, mientras la flota de Madoff, si no la venden antes, comienza a carcomerse en garajes imperiales. No lo entiendo ni lo entenderé. ¿Por qué la codicia desmedida y la ambición desaforada permiten que unos sean despojados y otros favorecidos? Lo ocurrido con Madoff equivale a decir: “Vea, no crea ni en la suavidad de su almohada favorita. De noche puede volverse piedra”.
Que los muy ricos con su altísimo nivel de gastos reparten millones, es una falacia. Los Madoff gastan y reparten, pero roban a mano armada. Que 500 vestidos le dan trabajo a 500 sastres y costureras, falso. Lo dan, pero lo arrebatan. Si su clóset llega a ser tan grande como una mansión de Palm Beach, recapacite. No se trata de equilibrar cargas, sino de pensar cuántas camas, cuántos vestidos y cuántos zapatos se requieren para dormir bien, vestir decorosamente y caminar con buenos zapatos. San Madoff, no vuelvas a aparecerte ni hoy ni nunca.
Las manos abiertas para entregar, al tiempo que roban, han llevado al mundo a una de las peores crisis financieras de su historia. Dar sin recibir equivale a ser hampón en un lenguaje de guantes blancos, gestos y sonrisas ensayadas, un reluciente Rolls Royce y lacayos para embetunar zapatos mentirosos.