Al margen. Por: Germán Patiño.
Clara Zawadski
Abril 13 de 2009
Fue como su nombre lo indica, clarita. Antes de conocerla, la vi una tarde, de ‘jeans’ y blusa blanca, en medio de una asamblea de médicos y enfermeras huelguistas, levantando sobre su cabeza la grabadora para tomar nota atenta de las reivindicaciones y propuestas de los dirigentes del paro.
Luego escribiría una columna, en ese entonces en Occidente, precisa, sencilla y bien escrita, en la que tomaba partido por los huelguistas, sin importarle que el ‘establecimiento’ estuviera condenando el paro en los servicios de salud, por considerar que eran ‘esenciales’. Desde luego, ella tenía razón, pues los servicios públicos esenciales son aquellos relacionados con la soberanía nacional, la seguridad y la justicia.
Además, porque había escuchado a las partes y tenía fundados sus argumentos en la recolección de información en la calle, en medio de la gente, ‘al calor del conflicto’, como se decía entonces, y podía ser más clara que nunca.
Creo que esa virtud de informarse de primera mano, llegando a las fuentes primarias, fue una de sus más importantes lecciones como periodista y escritora. De hecho, siempre estaba más informada de lo que podía pensarse, dada su timidez a la hora de parecer como sabihonda. Prefería que la tomaran por desinformada antes que por arrogante.
Tenía un faro puesto hacia las nuevas cosas y creía en el valor de lo que hacen los jóvenes. Cuando la conocí yo estaba enfrascado en las investigaciones sobre la navegación a vapor en el río Cauca y fue de ella que recibí el mayor impulso y permanente solidaridad. Me emocionó ver su emoción sincera cuando aquella labor fructificó en el libro Herr Simmonds y otras historias del valle del Cauca que, desde luego, fue la primera en comentar con generosidad y conocimiento de causa.
Clara y leal, defendía a sus amigos o a las personas que quería más allá de lo razonable. Y me supongo que esa cualidad le trajo más de un sinsabor. Pero no le importaba, porque un fuego pasional la impulsaba hacia esas querencias y constituía un rasgo de su carácter.
Fue heredera, fue princesa, fue sofisticada y amante del arte. Puede decirse que lo perdió todo, menos su pasión por el arte y ciertos ademanes aristocráticos que la acompañaron siempre. Y ganó un estupendo sentido del humor que hacía de su compañía una fiesta. También ganó en capacidad investigativa, hasta el punto de que escribió un par de libros que debieran ser de obligada lectura: 60 años del Club Campestre y esa maravilla desolada llamada Sexolación.
En el primero narra las historia de Cali desde la perspectiva de las clases altas. En el segundo la terrible experiencia de las mujeres violadas, la indiferencia de la sociedad y la inacción de las autoridades. Este libro, en el que se palpita la solidaridad, es una pieza esencial de la literatura de género en nuestra comunidad y un texto que debiera ser reeditado por decenas de miles por la Secretaría de Educación para ser repartido gratuitamente en colegios públicos y aun universidades. Es un clásico regional.
No vacilo en decir que hemos perdido a uno de los seres humanos más valiosos de nuestra historia. Y sólo el tiempo nos mostrará cuánta falta hace Clara Zawadski, tan clara como era.