Un príncipe iba de viaje. Al pasar por un campo vio a un campesino y a su bella hija recogiendo acelgas. El príncipe se enamoró de la hija del campesino y le pidió que se casara con él. La hija no lo quería como marido porque no tenía trabajo; solo era príncipe.
El príncipe decidió aprender el oficio de tejedor. Tejió un precioso pañuelo de seda que tenía dibujos de un palacio y un jardín.
La madre del príncipe le llevó el pañuelo a la hija del campesino. A la joven le gustó tanto que, muy contenta, dijo:
-Ahora sí me casaré con el príncipe.
Hace muchos años vivía en su antiguo palacio un rey, una reina y su hija Carlota. La princesa era muy bondadosa y era conocida en el mundo entero por su belleza. Sin embargo, sus padres estaban preocupados por ella porque nunca se reía.
Por esta razón, cuando la princesa cumplió veinte años, anunciaron por todo el país que su hija se casaría solamente con aquella persona que consiguiera hacerla reír. En pocos días, se formaron largas colas de pretendientes que, por turnos, contaban chistes o hacían piruetas delante de la princesa. Pero ella ni siquiera sonreía.
Un día de primavera, llegó al palacio un caballero muy misterioso que le dijo a la princesa que le hiciera cosquillas. La princesa, sorprendida, hizo lo que él pedía, y el caballero empezó a reír con fuerza. ¡Tenía la risa más contagiosa que jamás haya oído nadie! El palacio entero se reía, incluida la princesa hermosa.
A los pocos días, Carlota y el caballero se casaron, vivieron felices y comieron perdices.
Un día Matilda le pidió a su padre que le comprara un libro. Su padre no quiso hacerlo pues hacía pocos días que había comprado un televisor. Así que Matilda decidió ir a la biblioteca pública de su pueblo. Allí, en la biblioteca, conoció a la señora Phleps, la bibliotecaria.
- ¿Qué clase de libro te gustaría leer?- preguntó la señora Phelps a Matilda.
- Me gustaría un libro bueno de verdad, de los que leen las personas mayores. Uno famoso -contestó Matilda.
Entonces, la señora Phelps le dio libros de escritores famosos. Matilda iba todas las tardes a la biblioteca y llegó a leer hasta catorce libros en seis meses.
Un día la señora Phelps le comentó a Matilda que en las bibliotecas públicas se permite llevar libros prestados a casa. A partir de entonces Matilda solo iba a la biblioteca un día a la semana, cogía un libro prestado y lo leía en su casa tranquilamente mientras tomaba un tazón de chocolate caliente.
Parte el chocolate en trozos y ponlo en un cazo con un poco de leche y dos cucharadas de mantequilla. Caliéntalo a fuego lento y remuévelo con una cuchara de madera.
Cuando el chocolate esté derretido, retira el cazo del fuego.
Bate con un tenedor las claras de huevo en un plato hondo. Debes batir hasta que las claras parezcan espuma. Cuando están así, se llaman “claras a punto de nieve”. Para conseguir las “claras a punto de nieve” hay que batir durante bastante tiempo.
Si te cansas pide ayuda a una persona mayor.
Añade el azúcar a las claras batidas y remueve bien. Después mezcla en el cazo el chocolate con las claras. Vuelve a remover hasta que todo quede bien unido.
Pon la leche en un plato hondo. Moja las galletas de una en una en la leche y colócalas en una fuente redonda cubriendo todo el fondo.
Vierte con mucho cuidado un poco de chocolate sobre las galletas y extiéndelo bien. Después, vuelve a colocar otra capa de galletas igual que la anterior y cúbrela también con chocolate.
Por último pon una capa de galletas y vierte encima todo el chocolate que quede. Debes extender el chocolate para que las galletas queden totalmente cubiertas. Ya tienes echa la tarta, si quieres puedes adornarla con nata y cerezas.
Hace mucho tiempo, vivía junto a unos grandes bosques de Nicaragua una tribu poderosa y fuerte.
Su jefe era un guerrero llamado Kuma. Una noche Kuma oyó unos ruidos extraños, salió de su tienda y encontró una pequeña niña hambrienta y casi desnuda. Kuma sintió mucha lástima y decidió hacerse cargo de ella para criarla con sus hijos.
Pasaron los años y la niña se hizo mayor. Se convirtió en una muchacha muy bella y todos los hijos de Kuma querían tomarla por esposa. Decidieron combatir entre ellos. De este modo, el que resultara ganador del combate, se casaría con ella.
El padre, al enterarse de todo esto, para evitar que sus hijos se pelearan, decidió matar a la joven. Y así lo intentó. La muchacha quedó en el bosque malherida. Cuando recobró el conocimiento empezó a caminar y, para refugiarse, se escondió en el cáliz de una flor.
De esta forma nació la belladona, una de las flores más hermosas que pueblan los bosques de Nicaragua.
Los hijos de Kuma decidieron salir en su busca. Después de dar vueltas por los alrededores, vieron una bella flor que cerraba sus grandes pétalos cuando los hijos de Kuma se acercaban a ella. En ese momento, de forma mágica, los hijos de Kuma se convirtieron en siete ágiles mariposas que comenzaron a dar vueltas alrededor de la flor.
Frode era un niño pequeño que estaba un día afilando un palo en la calle, cuando pasó por allí otro niño mayor que él que se llamaba Simme.
- ¿Qué hace un niño tan pequeño como tú en la calle?- Preguntó Simme.
- Aquí estoy, afilando un palo – dijo Frode.
- Pues vaya aburrimiento, si quieres te puede enseñar el truco del baile de la calle.
- ¿No será peligroso?- preguntó Frode.
- No, no, nada de eso; solamente hay que pararse en la calle y señalar al cielo.
Frode y Simme se pusieron en la acera, muy quietos, mirando hacia arriba y señalando al cielo.
Al poco tiempo, una señora, que paseaba con su perro, pasó al lado de los niños y empezó a mirar hacia arriba. Al rato pasó un señor y también se paró a mirar. Después se fueron sumando otras personas y, en pocos minutos, toda la acera se llenó de gente que miraba al cielo.
Unos ciclistas también pararon a mirar. Luego un coche, y al poco rato, otros tres coches más. En ese momento, Simme susurró a Frode:
- Ven, vámonos de aquí.
Al rato ya no se podía andar por la calle, toda estaba llena de gente que miraba al cielo. había gran ruido de timbres, gritos y bocinas de coches...
Frode y Simme se partían de risa viendo aquel tremendo lío que se había preparado.
- ¿Has visto?- dijo Simme-. Este es el truco del baile de la calle. Otro día te enseñaré más trucos.
- Gracias, me gustaría mucho- dijo Frode-, ¡ha sido muy divertido!
En el siglo VI Arturo era el rey de Bretaña. Gracias a la magia del mago Merlín y a la ayuda de su espada Excalibur, Arturo consiguió la paz en su reino y lo liberó de los invasores extranjeros.
Existía en aquellos tiempos un bosque de treinta leguas de largo y de más de veinte leguas de ancho llamado Brocelianda. El dueño de este bosque era un horrible gigante negro que no tenía más que un pie y un ojo. El gigante capaz de hacer arder el bosque, de que sonaran horribles aullidos, o que aparecieran repugnantes serpientes. Había también es ese bosque numerosos estanques y un manantial: la Fuente de Baranton.
Un día Merlín, bajo la apariencia de un mozalbete, se acercó a la Fuente de Baranton y allí encontró a una jovencita que le pareció enormemente bella.
Merlín sabía que la joven se llamaba Viviana y que estaban destinados a enamorarse desde el momento que se vieran. Así, Merlín le propuso a Viviana enseñarle juegos de magia a cambio de prometerle amor sin más. Ella le prometió una amistad fuerte y pura y entonces Merlín hizo surgir un lujoso castillo rodeado de árboles cargados de frutos maduros. Había también parejas bailando una bella música.
Cuando la danza terminó, las parejas desaparecieron del bosque. El castillo también desapareció.
Érase una vez una débil anciana cuyo esposo había fallecido dejándola sola, así que vivía con su hijo, su nuera y su nieta. Día tras día la vista de la anciana se enturbiaba y su oído empeoraba, y a veces, durante las comidas, las manos le temblaban tanto que se le caían las judías de la cuchara y la sopa del tazón. El hijo y su esposa se molestaban al verle volcar la comida en la mesa, y un día, cuando la anciana volcó un vaso de leche, decidieron terminar con esa situación.
Le instalaron una mesilla en el rincón cercano al armario de las escobas y hacían comer a la anciana allí. Ella se sentaba a solas, mirando a los demás con ojos enturbiados por las lágrimas. A veces le hablaban mientras comían, pero habitualmente era para regañarla por haber hecho caer un cuenco o un tenedor.
Una noche, antes de la cena, la pequeña jugaba en el suelo con sus bloques y el padre le preguntó qué estaba construyendo.
-Estoy construyendo una mesilla para mamá y para ti -dijo ella sonriendo-, para que podáis comer a solas en el rincón cuando yo sea mayor.
Sus padres la miraron sorprendidos un instante, y de pronto rompieron a llorar.
Esa noche devolvieron a la anciana su sitio en la mesa grande. Desde entonces ella comió con el resto de la familia, y su hijo y su nuera dejaron de enfadarse cuando volcaba algo de cuando en cuando.
En un pequeño pueblo de Japón vivió hace mucho tiempo un pobre campesino llamado Wang-Chih con su mujer y sus dos hijos.
Todas las mañanas, al salir el Sol, Wang-Chih se iba a su parcela y estaba trabajando hasta que se ocultaba el Sol. Luego, volvía a casa con su familia y, aunque eran muy pobres, él se sentía feliz.
Una mañana, antes de salir para el campo, sus hijos le pidieron que volviera antes para ir a la fiesta de los farolillos. Wang-Chih trabajó toda la mañana en el campo y a la hora de comer se metió en una cueva para protegerse del Sol. En la cueva había dos ancianos jugando al ajedrez y Wang-Chih se quedó un rato mirando cómo jugaban. Al rato, observó que las barbas de los ancianos habían crecido hasta el suelo; esto ocurría porque dentro de la cueva una hora de tiempo era igual que cincuenta años fuera.
Cuando Wang-Chih volvió a su casa, el pequeño pueblo se había convertido en una gran ciudad y en el lugar de su casa había un gran palacio. Wang-Chih preguntó por su familia, le contestaron que la mujer y los hijos de un campesino que se fue al campo y no volvió habían muerto pobres y tristes hacía muchos años.
Wang-Chih regresó a la cueva y le pidió por favor a los viejos que le ayudaran a volver a su tiempo. Ellos le contestaron que tenía que ir hasta la Luna y, una vez allí, beber el elixir de la vida que guarda la liebre blanca de la Luna.
Wang-Chih viajó hasta la Luna y le pidió a la liebre que lo devolviera a su tiempo, porque aunque ahora el pueblo era más grande, próspero y rico, ya no estaba allí su familia y él no era feliz.
La liebre le concedió el deseo y Wang-Chih volvió a su pequeño pueblo con su mujer y sus hijos.
Tú sabes que Nueva York es una de las ciudades más grandes del mundo; tiene más de diez millones de habitantes. El señor Abraham era el alcalde de la ciudad y, como todos los alcaldes, debe preocuparse de que todas las cosas funcionen bien.
Una tarde estaba el señor Abraham trabajando en su despacho cuando su ayudante, el señor Charles le dijo:
- Señor alcalde, la luz se ha ido en la ciudad.
- ¿Cómo dices? ¡Dios mío, toda Nueva York está a oscuras!
Así era, Nueva York estaba a oscuras porque un rayo había roto los cables que llevan la electricidad a la ciudad. El alcalde estaba preocupadísimo y el teléfono no paraba de sonar.
-Señor alcalde – dijo su ayudante Charles–, en el metro se han quedado atrapadas más de tres mil personas.
- Rápido, rápido, ordene al jefe de bomberos que los saque de allí.
- Señor - repitió el ayudante del alcalde – los banqueros temen que les roben los bancos porque las alarmas no funcionan.
- Llama al jefe de policía y ordena que pongan vigilancia en las puertas de todos los bancos – dijo al alcalde Abraham.
Pasaron unos segundos y el teléfono volvió a sonar. Era el hijo del alcalde. Estaba muy preocupado porque el frigorífico comenzaba descongelarse y todo lo que había dentro podía estropearse.
Durante toda la noche sonaron los teléfonos sin parar hasta que, por fin, arreglaron los cables que se habían roto con la tormenta.
Aquella fue, sin duda, la peor noche que el alcalde pasó en toda su vida.
El Olimpo era el lugar donde vivían los dioses griegos. Allí el dios Zeus gobernaba y dirigía la vida de los demás dioses, de los héroes y de las ninfas. Las ninfas eran mujeres que tenían cualidades casi divinas. Eco era una hermosa ninfa que, además de ser inteligente y educada, hablaba muy bien y contaba estupendas historias. A Hera, la esposa de Zeus, y por tanto la reina de todos los dioses, le encantaba hablar con la ninfa Eco, y las dos se pasaban las horas muertas charlando.
Pero, en una ocasión, Eco, si querer, ofendió a la reina. Ésta, que era cruel y despiadada, sin pensarlo dos veces, ideó un extraño y duro castigo para la inocente ninfa: la condenó a no poder hablar cuando quisiera, a estar callada a no ser que alguien la hablase, y en ese caso, repetiría, como si fuera un loro, los últimos sonidos que escuchara.
Así, Eco, antes tan alegre y llena de vida, ahora resultaba aburrida y todo el mundo se alejaba de ella nada más verla.
Un día, cuando Eco vagaba por un bosque triste y afligida, un bello joven, llamado Narciso, la vio pasar y quedó prendado de su hermosura. Quiso hablar con ella, pero Eco sólo repetía las últimas palabras que decía el joven:
- ¿Quién eres, muchacha? ¿Qué haces aquí?
- Aquí, aquí, aquí... – contestó Eco sin remedio.
- Sí, aquí, pero ¿quién eres? – volvió a preguntar Narciso.
- Eres, eres, eres... - replicó la ninfa.
- Yo me llamo Narciso, ¿y tú?
- Tú, tú, tú...
Narciso volvió a hablarle y Eco repetía e imitaba sus palabras, su tono de voz... Ofendido, porque creía que se estaba burlando de él, se alejó molesto y dolido y dejó a la pobre ninfa hecha un mar de lágrimas.
Finalmente, Eco se quedó sin amigos, sin ilusiones, sin compañía; y poco a poco su voz se fue transformando, se fue convirtiendo en una especie de grito hueco, seco y burlón que brota del fondo de las cavernas y de los parajes solitarios.
Vista en conjunto, aquella tarde mi familia no ofrecía un aspecto demasiado atractivo, pues el clima reinante había traído consigo la habitual serie de males a que éramos propensos. A mí, tirado en el suelo mientras etiquetaba mi colección de conchas, me había provisto de un catarro que parecía haberme fraguado en el cráneo, obligándome a respirar estertóreamente por la boca abierta. Para mi hermano Leslie, arrebujado con expresión ceñuda junto al fuego, llegó una inflamación interna de oídos, que le sangraban lenta pero persistentemente. A mi hermana Margo le había deparado un surtido fresco de acné sobre su rostro ya de antes moteado como un velo de puntitos rojos. Para mi madre hubo un opulento y burbujeante resfriado, sazonado con una pizca de reuma. Solo mi hermano mayor Larry se mantenía ileso, pero suficientemente irritado a la vista de nuestros alifafes.
El día 10 de marzo cumpliré doce años. No sé por qué, hace ya varios días que no puedo pensar en otra cosa. ¿Qué me importa cumplir doce años o cincuenta? Creo que pienso en ello porque, si no, ¿en qué voy a pensar? [...]
Tengo tal necesidad de pensar por cuenta propia, que cuando no puedo hacerlo, cuando tengo que conformarme con alguna opinión que no arranca de mí, la acojo con tanta indiferencia que parezco un ser sin sentimientos. Esto me atormenta más que nunca cuando quiero hacerme una idea de cómo sería mi madre. Cuando era pequeña, oía hablar de ella y me decía a mí misma: no, no era así, yo recuerdo otra cosa, pero ¿qué es lo que yo recordaba? Nada, claro, nada que se pueda decir ni siquiera oscuramente. La verdad es que nunca pude recordar cómo era mi madre, pero recuerdo que yo estaba con ella en la cama, debía ser en el verano, y yo me despertaba y sentía que la piel de mi cara estaba enteramente pegada a su brazo, y la palma de mi mano pegada a su pecho. [...]
Afortunadamente, yo pasaba la mayor parte del tiempo con mi tía Aurelia, que era la menos aficionada a hablar. Vivíamos puede decirse que solas, pues el ama y las criadas quedaban perdidas en la parte interior de la casa, y no venía a vernos casi nadie. Mi profesora, unas temporadas venía muy puntualmente todas las mañanas, otras se estaba varios días sin aparecer. Tanto ella como el médico decían que yo sabía demasiado y que me convenía más pasear que estudiar. Mi pobre tía me sacaba a pasear todos los días, y siempre, antes o después de nuestro paseo, nos deteníamos en casa de mi abuela. Allí era donde había grandes conversaciones alrededor de la camilla.
Era, sobre todo, una mujerona impresionante. En tiempos pasados fue una famosa atleta y, aún ahora, se apreciaban claramente sus músculos. Se le notaban en su cuello de toro, en sus amplias espaldas, en sus gruesos brazos, en sus vigorosas muñecas y en sus fuertes piernas. Al mirarla, daba la impresión de ser una de esas personas que doblan barras de hierro y desgarran por la mitad guías telefónicas. Su rostro no mostraba nada de bonito ni de alegre. Tenía una barbilla obstinada, boca cruel y ojos pequeños y altaneros. Y por lo que respecta a su atuendo... era, por no decir otra cosa peor, extraño. Siempre vestía un guardapolvo de algodón marrón, ceñido a la cintura por un cinturón ancho de cuero. El cinturón se abrochaba por delante con una enorme hebilla de plata. Los macizos muslos que emergían del guardapolvo los llevaba enfundados en unos impresionantes pantalones de montar de color verde botella, de tela basta de sarga. Los pantalones le llegaban justo por debajo de las rodillas y, de ahí hacia abajo, lucía calcetines verdes con vueltas, que ponían de manifiesto los músculos de sus pantorrillas. Calzaba zapatos de color marrón con lengüetas. En suma, parecía más una excéntrica y sanguinaria aficionada a las monterías que la directora de una bonita escuela para niños.
Es verdad que la Guindilla mayor se tenía bien ganado su apodo por su carita redonda y coloradita y su carácter picante y agrio como el aguardiente. Por añadidura era una cotilla. Y a las cotillas no les viene mal todo lo que les caiga encima. No tenía ningún derecho, por otra parte, a tratar de dominar al pueblo. [...]
Daniel, el Mochuelo, no creía que hacer lo que la Guindilla mayor hacía fuese ser buena. Los buenos eran los demás que le admitían sus impertinencias e, incluso, la nombraban presidenta de varias asociaciones piadosas. La Guindilla mayor era un esperpento y una víbora. A Antonio, el Buche, le asistía la razón al decir esto, aunque el Buche pensase más, al fallar así, en la competencia comercial que le hacía la Guindilla, que en sus defectos físicos y morales.
La Guindilla mayor, no obstante el tono rojizo de su piel, era alta y seca como una cucaña, aunque ni siquiera tenía, como esta, un premio en la punta. Total, que la Guindilla no tenía nada, aparte unas narices muy desarrolladas, un afán inmoderado de meterse en vidas ajenas y un vario y siempre renovado repertorio de escrúpulos de conciencia.
(Un rincón de una calle de Sevilla. Martirio, bellísima mujer, sale a la puerta de su casa a esperar sentada a su novio, que es fotógrafo.)
MARTIRIO: ¡Jesús con mi madre! ¡Las cosas de las viejas, señó! Si una no riñera con su novio na más que cuando tiene motivos, ¡vaya una grasia! La cuestión es reñí sin motivo. Se tienen ganas de reñí como se tienen ganas de comerse un durse o de tomá un pescao. Y hoy tengo yo ganas de reñí. Y riño. ¡Ya lo creo que riño! Esta tarde riño con é. No es que terminemos, no; es que riño esta tarde. Se me ha puesto en la cabesa reñí. Ayí viene. Míalo...
JULIÁN: ¡Hola, perdisión!
MARTIRIO: ¡Hola! ¿No traes er perro?
JULIÁN: No. Lo he dejao en casa.
MARTIRIO: ¡Como venías sirbando!...
JULIÁN: ¡Ah! Contento que está uno.
MARTIRIO: ¿Estás tú contento?
JULIÁN: ¿No me ves? ¿Y tú, no estás contenta?
MARTIRIO: Estándolo tú...
JULIÁN: Me lo dices con una cara...
MARTIRIO: Con la que tengo, hijo.
JULIÁN: ¿Te pasa argo?
MARTIRIO: ¿A mí? ¿Por qué?
JULIÁN: ¡Qué sé yo! Te veo de una forma... ¿Me he retardao, quisás? (Mira su reloj.) Ar contrario: no son las seis, y todos los días vengo a las seis y media...
MARTIRIO: Lo cuá signifi ca que tos los días pués vení antes, y no vienes... porque no se te antoja.
JULIÁN: Según se da er trabajo en la fotografía...
MARTIRIO: Yo no me voy a meté en averiguarlo, ¿sabes?
JULIÁN: Unas veses acude mucho público y otras veses poco...
MARTIRIO: ¡Si no te pido esplicasiones, Julián! Ayá tú.
JULIÁN: Er resurtao es que te incomodas porque vengo a verte media hora antes. Lo tendré presente pa mañana.
MARTIRIO: ¿Pa mañana? No pienses pa tan lejos.
JULIÁN: ¿Eh?
MARTIRIO: Ya lo he dicho.
Un día, Julieta se enfrentó a su marido.
–Creo que amas más a tu armadura de lo que me amas a mí.
–Eso no es verdad –respondió el caballero.
–¡Entonces, quítate esa armadura para que pueda ver quién eres en realidad! –le exigió.
–No puedo quitármela. Tengo que estar preparado para montar en mi caballo y partir en cualquier dirección –explicó el caballero.
–Si no te quitas esa armadura, cogeré a Cristóbal, subiré en mi caballo y me marcharé de tu vida.
El caballero no quería que Julieta se fuera. Amaba a su esposa y a su hijo. Finalmente, tomó una decisión. Continuar llevando la armadura no valía la pena si por ello había de perder a Julieta y a Cristóbal. De mala gana, el caballero intentó quitarse el yelmo pero, ¡no se movió! Tiró con más fuerza. Estaba muy enganchado. Desesperado, intentó levantar la visera pero, por desgracia, también estaba atascada.
–No es mi culpa si estoy atrapado en esta armadura. Tenía que llevarla para estar siempre listo para la batalla. ¿De qué otra manera, si no, hubiera podido comprar bonitos castillos y caballos para ti y para Cristóbal?
–No lo hacías por nosotros –argumentó Julieta–. ¡Lo hacías por ti!
Kaopi se fi jó en su badai [abuelo], sentado en cuclillas a su lado. Observaba el juego de Xura y de Nga, correteando junto al límite de la empalizada defensiva. Sus chillidos tenían música. Los ojos del anciano, poesía.
–Badai –dijo Kaopi–, cuéntame la historia del tiempo encerrado en la memoria.
El ba [padre] de su ba no se movió.
–¿Otra vez? –susurró.
–Quiero verla en mi interior.
–La llevas ya en tu interior.
–Pero brilla de una forma especial, diferente, cuando te la oigo contar a ti.
–Hace muchas estaciones, cuando éramos más de cien –comenzó a decir el anciano–, y aun antes, en el pasado del tiempo, cuando éramos la tribu más poderosa del mundo entre los dos ríos, los nezais sabíamos del orgullo de nuestra estirpe. En aquellos días...
Kaopi también cerró los ojos. Le gustaba imaginar a la tribu rebosante de vida, en un pasado en el que los jóvenes podían unirse a la compañera elegida y no a la que fuese más propicia o atendiendo a la necesidad de la supervivencia. Un pasado en el que al iniciarse la Gran Estación, después de las lluvias, los nezais vibraban en la fi esta de las fi estas y sus cuerpos desnudos bailaban en torno al fuego hasta la extenuación. Un pasado grato presidido por la vida.
La vida.
Los gritos de Xura y Nga se acentuaron. Abrió los ojos. Fue como asomarse a la realidad, imperiosa, evidente. La realidad de los últimos nezais. Los trece descendientes fi nales de lo que en otro tiempo fue la tribu más poderosa del mundo entre los dos ríos.
Trece.
Catorce cuando Tuma alumbrara al hijo que llevaba en sus entrañas, aunque todavía faltaban muchos amaneceres para ello.
Xura y Nga pasaron cerca, persiguiéndose la una a la otra. Eran las más pequeñas. La esperanza. El resto se hallaba ocupado en sus quehaceres cotidianos.
–Un día atravesaré el gran río. Nuestro mundo es enorme, pero sé que más allá hay otros mundos –continuó Kaopi–. En ellos ha de haber las respuestas que no tenemos aquí.
El anciano dirigió hacia él una mirada cargada de serenidad.
–Cada mundo es una vida –fue lo único que dijo.
Lunes, 25 de noviembre
He decidido ser poeta. Mi padre dice que no existe ninguna carrera estructurada para poetas y tampoco planes de pensiones ni otras cosas aburridas, pero lo tengo decidido. Ha intentado que me interesara en ser informático, pero le he contestado que «necesitaba poner mi alma en mi trabajo y ya se sabe que los ordenadores no tienen alma». Mi padre dijo: «Los americanos trabajan en ello». Pero no puedo esperar tanto tiempo.
Pandora me ha sugerido que funde una revista literaria utilizando la multicopista del colegio. He escrito el primer número en la hora de la comida. Se va a llamar La voz de la juventud. Pandora le ha echado una mirada. Propone que, en lugar de escribir yo solo toda la revista, invite a otros escritores. Dice que ella haría un artículo sobre jardinería. Nigel ha escrito un pequeño artículo sobre el mantenimiento de las bicicletas de carreras. Es muy aburrido, pero no se lo puedo decir, porque es mi mejor amigo.
Fuera, en el extremo sur de esa gran ciudad, allí donde comienzan los primeros campos, y las chozas y chabolas son cada vez más miserables, quedan, ocultas en un pinar, las ruinas de un pequeño anfi teatro. En nuestros días, es decir, en la época en que se inició la historia de Momo, las ruinas estaban casi olvidadas. Pero un día corrió la voz entre la gente de que últimamente vivía alguien en las ruinas. Se trataba, al parecer, de una niña. No lo podían decir exactamente, porque iba vestida de un modo muy curioso. Parecía que se llamaba Momo o algo así.
El aspecto externo de Momo ciertamente era un tanto desusado y acaso podía asustar algo a la gente que da mucha importancia al aseo y al orden. Era pequeña y bastante flaca, de modo que ni con la mejor voluntad se podía decir si tenía ocho años solo o ya tenía doce.
Tenía el pelo muy ensortijado, negro como la pez, y con todo el aspecto de no haberse enfrentado jamás a un peine o unas tijeras.Tenía unos ojos muy grandes, muy hermosos y también negros como la pez y unos pies del mismo color, pues casi siempre iba descalza. Solo en invierno llevaba zapatos de vez en cuando, pero solían ser diferentes, descabalados, y además le quedaban demasiado grandes. Eso era porque Momo no poseía nada más que lo que encontraba por ahí o lo que le regalaban. Su falda estaba hecha de muchos remiendos de diferentes colores y le llegaba hasta los tobillos. Encima llevaba un chaquetón de hombre, viejo, demasiado grande, cuyas mangas se arremangaba alrededor de la muñeca. Momo no quería cortarlas porque recordaba, previsoramente, que todavía tenía que crecer. Y quién sabe si alguna vez volvería a encontrar un chaquetón tan grande, tan práctico y con tantos bolsillos. Debajo del escenario de las ruinas, cubierto de hierba, había unas cámaras medio derruidas, a las que se podía llegar por un agujero en la pared. Allí se había instalado Momo como en su casa.
Un caluroso día de verano coincidieron en la famosa venta del Molinillo, parada habitual de cuantos viajan desde Castilla a Andalucía, dos muchachos de unos catorce a quince años. Ambos se desenvolvían con gran desparpajo, pero su aspecto era más andrajoso de lo que nadie podría imaginar. Iban muy mal vestidos con las ropas rotas y descosidas, y tan cansados por el viaje como maltratados por la vida. Ninguno de los dos llevaba capa, tan solo unos humildes calzones cortos sin más medias debajo que sus piernas peladas.
El que parecía más joven calzaba unas viejas alpargatas y se cubría la cabeza con un sombrerito verde de cazador. A la espalda, y atada por el pecho con un nudo, cargaba una bolsa de viaje algo amarillenta que, a primera vista, parecía estar hecha de piel de cabra, cuando en realidad no era más que la tela de una burda camisa curtida con cera.
El mayor llevaba un sombrero aplastado, de ala ancha y caída, y tan estropeado, que había perdido hasta su cintilla de adorno. Andaba este zagal no muy ligero de pies, pues los zapatos bellamente calados que había adquirido en la Corte, con el mucho andar, estaban ahora llenos de auténticos agujeros y sin suelas, resultándole más incómodos de llevar que los grilletes de un presidiario. A diferencia del mozo más joven, iba con lo puesto, ya que no cargaba alforja alguna a la espalda [...].
Tenían los dos muchachos la piel quemada por el sol, las manos sucias, las uñas largas y renegridas. El más joven portaba al cinto un imponente cuchillo de carnicero de cachas amarillas, el otro, una espadita corta.
El 8 de mayo, cinco días después de su llegada al castillo de Drácula, Jonathan Harper, se sentía inquieto. Deseaba salir de allí o no haber venido jamás. Si al menos hubiera tenido a alguien con quien hablar, lo habría soportado mejor, pero sólo estaba el conde y aquellas tres extrañas mujeres. ¡Temía ser la única alma viva en aquel sitio! Durmió tan solo unas horas. Cuando se levantó, colgó su espejo de aseo junto a la ventana y empezó a afeitarse. De pronto sintió una mano en su hombro y oyó la voz del conde que decía: «Buenos días». Se sobresaltó, pues no lo había visto acercarse por el espejo, cuyo reflejo abarcaba todo el dormitorio. Tras girarse para saludarlo, se volvió de nuevo hacia el espejo y observó que se había hecho un pequeño corte. ¡Y entonces se cercioró de que, efectivamente, no había rastro del refl ejo del conde! A través del espejo, veía el dormitorio entero detrás de él, pero ni sombra de ningún otro hombre, excepto el mismo.
Aquello era asombroso y aumentó en él esa inquietud que sentía cuando el conde estaba cerca. En aquel instante vio que el corte sangraba un poco, y la sangre corría por su mejilla. Cuando el conde contempló su cara, sus ojos relucieron con una furia demoníaca y le agarró por la garganta.
Una voz apagada, desconocida, llegó por el hilo:
–¿Diga?
–¿Cómo «diga»? –exclamé, extrañadísimo–. ¿No es esa la casa del señor Garamendi?
La voz se hizo atiplada como la de las máscaras que disimulan, y clamó con una alegría que no venía a cuento:
–¡Sí, sí! ¡Es aquí, es aquí! ¿Cómo está usted?
Me quedé estupefacto.
–Oiga –hablé–, ¿me hace el favor de decir qué está haciendo...?
Siguió un silencio embarazoso.
–¿No será usted un ladrón? Si es usted un ladrón, no me lo niegue.
–Bueno –dijo la voz, ya con acento natural, un poco ronca–. La verdad es que, en efecto, soy un ladrón.
–¡Pues me ha fastidiado usted, porque tengo mucha amistad con el señor Garamendi, y me encargó al marchar que vigilase su casa! A ver ahora qué le digo.
–Crea usted que lo siento de veras.
–Claro que si le pido que deje ahí todo y vaya a entregarse a la comisaría más próxima...
–No; no lo haría... ¿Para qué engañarle?
–Al menos, dígame: ¿se lleva usted mucho?
–No hablemos de eso; una porquería. Perdone si le ofendo, pero ese amigo de usted no tiene nada que le quite a uno de cuidados.
–¡Hombre, no me diga...! La escribanía de plata es maciza y valiosa...
–Ya está en el saco, y unas alhajitas y el puño de oro de un bastón y dos gabanes de invierno. Nada. No es negocio.
–¿Vio usted una bandejita de plata que debe de haber en el comedor, con unas fl ores en relieve?
–Sí.
–¿Está en el saco?
–No. Las otras, sí; pero esa apenas tiene un baño; es de metal blanco.
–Bien; pero no negará que es bonita.
–No vale nada.
–Llévesela usted.
–No quiero.
–¡Llévesela usted, idiota! ¿No comprende que si la deja van a darse cuenta de que no es de plata? Y... se la he regalado yo. Llévesela.
–En fin...: Por hacerle un favor; pero solo me servirá de estorbo.
El peligro no reside en que nos engañen, sino en que exijamos que lo hagan
¿Los sucesos que ocupan las portadas de la prensa y las cabeceras de los telediarios ocurren o se fabrican? No me refiero a la intención propagandística de algunos ni al viejo oficio de manipular titulares de otros. Hablo de algo más profundo, más ontológico, con perdón. Aludo a la existencia de plantas de ensamblaje de realidades inventadas, factorías donde se manufacturan acontecimientos listos para su consumo inmediato, empaquetados con su propia interpretación integrada, como si fueran electrodomésticos narrativos.
El problema, me temo, es que los sucesos apócrifos se comportan ya como los reales y los reales como los apócrifos. Ambos poseen semejante textura, parecido olor e idéntica cronología. Los seres humanos, vulnerables a la seducción de lo coherente, aceptamos lo que encaja bien en una narrativa que, por otra parte, estábamos esperando. La realidad manufacturada es clara, ordenada, nítida. Mientras tanto, los sucesos verdaderos -los que todavía se atreven a ocurrir por su cuenta y riesgo- se vuelven tímidos. Tartamudean. No saben cómo presentarse ante una audiencia que no tolera ya lo inesperado e intentan disfrazarse de lo verosímil (aunque el consenso sobre lo verosímil sea una locura). La frontera, pues, entre una cosa y otra se ha vuelto imprecisa. Vivimos en un ecosistema híbrido donde lo sucedido y lo producido conviven como dos especies que ya no pueden diferenciarse (como han dejado de diferenciarse el PP y VOX). Quizá este sea el signo de los tiempos: la realidad ha dejado de darse para convertirse en una proveedora de contenidos, como si se tratara de un servicio público externalizado.
El peligro no reside en que nos engañen, sino en que exijamos que lo hagan. La aceptación de la realidad pura y dura siempre requirió cierto valor. La manufacturada apenas exige una atención pasiva, igual que los programas de tele. En cierto modo, y sin que nadie nos lo haya ordenado, cada uno de nosotros se ha convertido ya en un trabajador no remunerado de esa fábrica invisible. Participamos en la producción de sucesos, comentándolos, replicándolos, consumiéndolos, hasta que por fin dejan de ser fabricados para convertirse, simplemente, en lo único que reconocemos como real.
El futuro de la arqueología pasará por analizar la orina seca de una generación y descubrir que la dieta mediterránea ya venía aliñada con insecticidas
He leído que los niños españoles de hoy orinan un “cóctel de pesticidas”. La noticia no decía que los beben, sólo que los orinan, como si el veneno ya formara parte de su naturaleza, como si lo segregara alguna de sus vísceras con la naturalidad con la que el páncreas segrega cortisol cuando nos dan un susto. Nosotros, de críos, lo peor que llevábamos dentro era un chicle tragado por accidente, un miedo o una mentira. Ahora llevan glifosato, clorpirifós, un poco de nicotina agrícola y quién sabe qué más. Cada pis es una radiografía del campo, un informe líquido de la cadena alimentaria. Deberían poner urinarios con etiqueta: “Producto de proximidad”.
El cuerpo humano se está volviendo un muestrario de tóxicos. El futuro de la arqueología pasará por analizar la orina seca de una generación y descubrir que la dieta mediterránea ya venía aliñada con insecticidas. Todo lo que comemos, respiramos o tocamos busca su salida. La biología hace lo que puede: convierte la tragedia química en orina. Sin embargo, seguimos hablando de la pureza infantil, de la inocencia. Quizá la inocencia de hoy consista en no saber qué llevamos dentro. Los niños orinan pesticidas, pero sonríen, corren, juegan. El organismo se adapta antes que la conciencia.
Tal vez sea eso lo que más inquieta: la serenidad con que la vida incorpora el veneno. Ningún titular dice que los niños estén alarmados; somos los adultos los que fingimos sorpresa, como si no hubiéramos sido nosotros quienes rociamos los huertos, las naranjas, las fresas.
España, tierra fértil, patria del cóctel agrícola. Hemos conseguido que el campo entre en la ciudad por vías biológicas. La infancia ya no huele a colonia, sino a desinfectante. Pero no hay que exagerar: pronto alguna empresa descubrirá la oportunidad de negocio y lanzará el primer perfume ecológico con aroma a pesticida reciclado.
Y mientras tanto, seguimos hablando de “crecer sanos”. Sanos, sí, pero de laboratorio. A ver qué orinamos cuando lleguen al mercado las cebollas de Mercosur.
A mí, de pequeño, la vida me parecía un asunto literalmente inabordable. Tanto en casa como en el colegio, me transmitieron la idea de que había que tomarla al asalto, como los piratas del cine abordaban los barcos cargados de oro o de viandas. No me sentía preparado para saltar de una cubierta a otra con un cuchillo entre los dientes. Era un niño poco o nada agresivo, muy dado en cambio a angustiarme por los problemas económicos de los mayores, de cuyas penurias me hacía cargo como si fueran mías (y lo eran, de rebote, pero lo eran). Recuerdo haber ido por la calle de la mano de mi padre o de mi madre preguntándome cómo se ganaban la vida las personas con las que nos cruzábamos. Y recuerdo también fijarme mucho en el aspecto de aquellas personas al tiempo de decirme:
-Me conformaría con parecerme de mayor a este o a este otro. Me conformaría con llegar adonde han llegado ellos.
Elegía a mis modelos en función de cómo fueran vestidos (ese dato era muy importante), pero me fijaba también en sus rostros. Deducía de ellos, supongo, si estaban felizmente casados y si habían alcanzado consigo mismos los acuerdos necesarios para moverse por el mundo: si habían logrado, en fin, abordar la vida, a la que percibía como un lugar físico, como una fortaleza. La vida no era entonces un espacio moral, sino una especie de castillo de piedra rodeado de un foso con cocodrilos. Nadie, nunca, me habló del costado mental de la existencia que, curiosamente, fue el hueco por el que logré colarme en ella, en la existencia, para hacer frente a sus dificultades materiales. La vida no era un sitio para cobardes. Veíamos entonces muchas películas del Oeste en las que la valentía física resultaba imprescindible para mantenerse a flote. Los Reyes Magos nos traían revólveres copiados de aquellas películas para que aprendiéramos a matar.
Me pregunto qué piensan ahora los niños que escuchan hablar a sus padres de los problemas de la vivienda, los niños que quizá viven en una habitación o en un pseudo-piso con sus hermanos y progenitores. Cómo imaginarán, cuando se metan en la cama, cómo será la vida con las que les toque pelearse. Los veo ateridos de frío o muertos de calor y me veo a mí montándome historias fantásticas para huir de la miseria circundante. ¿Piensan los políticos en esos críos?