Es extraordinario el nivel de degradación de la conversación pública; no hablemos ya de las cosas que nos dedicamos a comentar, las que llenan horas y horas de tertulias, gasto mayúsculo de saliva, columnas, todo aquello con lo que quienes escriben rellenan las páginas por un jornal. El otro día, justo antes del cambio de mesa de una tertulia, uno de los invitados, algo indignado ante las palabras de otro de los colaboradores, que venía a criticar que Pedro Sánchez estuviera sacando adelante la regularización extraordinaria de personas migrantes ahora, por motivos espurios, o sea, motivos políticos, acuerdos, pactos, necesidad de mayorías y de hacer de la propia necesidad virtud, me preguntaba entre bastidores si no me parecía aquello una argumentación ridícula, tanto como negar la existencia de la política.
Yo le decía que no por ridícula me resultaba menos sorprendente: cuando no se puede criticar del todo una medida, o al menos no sin quedar mal, quedar como alguien infinitamente más retrógrado y excluyente que la Conferencia Episcopal, lo que queda es ese tipo de argumentaciones. Lo que más me sorprendía, pero, era la vehemencia: vehemencia de unos y vehemencia de otros para hablar del humo, rellenar conversación con nada o naderías, especular sobre todo lo que aún no se sabe y sabe Dios si se sabrá. ¿En qué lugares existe hoy, en 2026, un debate político o cultural de calidad? En su libro Tertulianos: un viaje a la industria de opinión en España, el periodista Antonio Villareal define la tertulia «como un fenómeno posmoderno, una conversación inacabada y fragmentaria que termina siendo autorreferencial. De un día para otro sobreviven los componentes emocionales, las filias o fobias entre tertulianos, pero nunca sus argumentos». Si una atiende a la realidad, puede llegar a pensar que Villareal se queda corto, incluso cuando toma de Estados Unidos un concepto como la tertuliocracia, «élite de la clase parloteadora»; no sólo la tertulia tiene esas características, sino que el mundo entero es como una tertulia gigante, o como el patio de un colegio. Véase, si no, la proliferación inmensa de columnas, textos y opiniones, a cada cual más exagerado, a propósito de David Uclés y su decisión de no participar en unas jornadas sobre «la guerra que todos perdimos».
No puedo no ver en el revuelo que se ha montado un síntoma de tontificación impresionante. Al derecho de cada cual a participar o no participar en los sitios en los que le dé la gana, y a sentarse o no sentarse con quien también le dé la gana, parece imponerse ahora la consideración contraria: la obligación de debatir y compartir mesa, como imperativo categórico; si hay alguien con quien no quieres sentarte a conversar, por no sentarte a conversar, se te llamará intolerante, incluso auténtico fascista. Yo he defendido siempre ir hasta los mismísimos infiernos para debatir, y la utilidad que también tiene confrontar argumentos con quienes están en las antípodas de una misma; por encima de esa defensa queda, siempre, siempre, la libertad de cada uno a escoger con quién se sienta, con quién comparte el aire, con quién comparte una cerveza o en qué pasa o malgasta su tiempo. Ha sido extraordinario ver tanta queja esta semana sólo porque un escritor ha dicho que con los que él considera como antidemócratas no se junta; tanto drama para eso. Ojalá todo se hubiera quedado en los debates que han tenido distintos historiadores, bastante más interesantes, sobre la pertinencia o no de esas jornadas, o las discrepancias sobre su enfoque.
Antes de este acontecimiento y del revuelo que con él se montó, prensa y tertulias metiéndose también de por medio, las críticas que Uclés había recibido oscilaban entre lo razonable —aquello a lo que cualquier escritor está sometido— y la caricatura un poco más ruin, en todas las gradaciones posibles; con la polémica de las jornadas, pero, parece haberse roto una veda, que no se rompió ni con el Premio Nadal ni antes, y que implica barra libre para utilizar toda la violencia verbal del mundo y convertir redes, periódicos y radios en el patio del colegio, el lugar más miserable de todos, allí donde se concentran quienes no se desquitaron en la infancia de toda su vocación de bullies. Así lo resumía otro novelista, Gonzalo Torné: «Las columnas contra Uclés antes del demencial congreso eran divertidas, crueles, lúcidas, resentidas... según. Las de después todas son formularias, grises, impotentes, desforestadas o de lame-escalafones». Así remataba Jordi Amat: «Prueba del algodón para descubrir la pereza intelectual del opinador tópico: escribir otra columna, a favor o en contra, sobre David Uclés».
¿Existe algo así como la obligación de debatir? Yo diría que no; si alguna vez se instaura tal cosa, preferiría exiliarme de la civilización o que me condenaran al ostracismo. Para lo que ha servido todo esto, como en la definición aquella de tertuliocracia, no ha sido para desarrollar argumentos, ni tesis, ni concepciones habermasianas sobre lo que ha de ser la intervención pública o la deliberación; ha servido para definir, en torno a otra cuestión, quién queda de un bando y del otro, para que lo que se mantengan sean las filias y las fobias. Es el estado más decadente, más aburrido y más embrutecedor de la esfera pública; es su versión más acosadora, lamentable, insulsa. Como la vida en palacio es muy aburrida, tenemos que inventarnos dramas. Convendría ponerles fin, en algún momento, porque sospecho que tan agotador debe de resultarles a quienes se inventan los dramas como a quienes tenemos que padecerlos.
La esclavitud existe desde tiempos inmemoriales. Perder una guerra era sinónimo de convertirse en un esclavo o morir. Hoy aquello solo se nos presenta como un pálido vestigio del pasado. A pesar del corpus normativo internacional que protege el derecho humano a no ser sometido a la esclavitud, se calcula que en 2021 había más de 50 millones de personas esclavizadas en el mundo. Prohibida por la Convención sobre la Esclavitud propuesta por la Sociedad de Naciones en 1926, nada tendría que ver con los principios sobre los que se sustentan nuestras sociedades democráticas y civilizadas.
Tanto es así que, ya desde la Antigüedad y, de manera significativa, en el siglo de la Revolución francesa, la esclavitud llegó a ser la metáfora principal de la filosofía política de Occidente para condensar toda la crudeza y la vileza de las relaciones de dominación. Su contrario, la libertad, debía ser el valor político central de ese nuevo mundo que se abría paso y, por tanto, universalizarse. Sin embargo, mientras la libertad era proclamada a través de Europa, la institución de la esclavitud se extendía como una mancha de aceite incontrolable por las colonias y reconfiguraba el sistema-mundo. De hecho, como ha recordado la historiadora Florence Gauthier, Robespierre y sus partidarios fueron los únicos que se opusieron consistentemente a la esclavitud. Mientras los defensores del Antiguo Régimen la defendían por derecho natural, los girondinos lo hacían por motivaciones económicas. La esclavitud era una pieza inevitable del sistema. Tras la contrarrevolución de Termidor, Napoleón la restauraría en las colonias.
Esta historia en el corazón de la modernidad persiste en nuestro presente – y no solo porque, como dijera Marx, el trabajo asalariado sea “esclavitud a tiempo parcial” –, sino bajo otra forma: la mal llamada “inmigración irregular”. ¿Qué mueve a tanta gente a abandonar su casa y su país de origen atravesando, en ocasiones, grandes dificultades en el viaje y, en todas, una gran incertidumbre y vulnerabilidad en el país de destino? La respuesta es casi universal: la voluntad de dejar atrás la miseria y el anhelo de libertad. Por eso, el derrumbe de otra “frontera” más que supone la regularización extraordinaria de personas migrantes, anunciada por el gobierno español del PSOE-Sumar y acordada con Podemos, es una grandísima noticia. Cientos de miles de personas en nuestro país van a poder vivir sin miedo a ser detenidos y deportados como estamos viendo hoy mismo que sucede al otro lado del Atlántico. Temporeras de la fresa marroquíes, trabajadoras domésticas colombianas u obreros de la construcción senegaleses que podrán trabajar legalmente, organizarse y negociar sus condiciones de trabajo en lugar de ser explotados en los márgenes del sistema. Cientos de miles de personas, la mayoría latinoamericanos, que llevan años viviendo entre nosotros, trabajando y sosteniendo sectores clave de la economía española sin derechos. Cientos de miles de personas que tendrán derecho a una familia y, en definitiva, a existir legalmente. Personas a quienes reconoceremos, por fin, su dignidad.
No obstante, no estamos, como se ha dicho, ni ante “un acontecimiento histórico”, ni tampoco ante “una operación de sustitución del pueblo español”, lo diga quien lo diga. España ha vivido procesos similares de regularización en las últimas décadas bajo gobiernos de distinto signo político, desde Aznar hasta Zapatero, y ninguno de ellos alteró de manera sustancial el modelo de extranjería. Que cualquier vecino o vecina tenga unos derechos básicos garantizados y no tenga miedo al recoger a su hijo en la escuela o al ir supermercado sería lo mínimo en cualquier país normal. Pero, en estos tiempos oscuros, caóticos y violentos lo normal se ha convertido en una excepción. Y, por eso, el presidente Sánchez es retratado en el New York Times o en la revista New Statesman como una referencia progresista global, y su “política migratoria” a contracorriente de los EEUU de Trump debe ser motivo de orgullo. Por otra parte, las personas que se acojan a este proceso de regularizaciones no podrán votar en ningún caso en las próximas elecciones generales, ya que no son nacionalizadas y este proceso dura entre dos y diez años según el lugar de origen.
En 1990, Kenichi Ohmae, un consultor japonés estrella de McKinsey y gurú del management publicó El mundo sin fronteras, una suerte de versión empresarial del fin de la historia. Según su tesis, existiría una suerte de juego de suma cero entre la globalización y las fronteras. Es decir, a medida que la globalización progresase, las fronteras irían perdiendo peso. Esa fantasía propia de la globalización feliz se reveló como lo que era: una pura ilusión. Después de la crisis de 2008, las fronteras no solo no desaparecen, sino que se multiplican. Nos encontramos con fronteras abiertas al capital, fronteras cerradas a las personas y fronteras internas dentro de los Estados, por las cuales los migrantes en situación irregular pueden ser explotados durante años en situaciones extremas, estar sobrecualificados para sus trabajos o sufrir la brecha salarial.
A aquella fantasía la sustituyeron dos proyectos fantasiosos que están en pugna en la actualidad: de un lado, la fantasía de una migración “justo-a-tiempo” y “adaptada a la demanda”, según la cual los migrantes representarían una fuerza de trabajo complementaria del mercado de trabajo nacional, que podría ser destinada sin ambigüedades a determinados sectores económicos – siempre, según la fábula, preferiblemente de alto valor añadido. De otro lado, la fantasía de la remigración que consistiría en un retorno masivo de trabajadores no blancos a sus lugares de origen, con el que se dejaría hueco a los nacionales para ocupar sus puestos de trabajo. En las últimas semanas, hemos comprobado en Minnesota lo criminal que puede resultar esta distopía basada indisimuladamente en la pureza racial.
A pesar de tener una naturaleza diferente, ambas comparten cierta lógica: los inmigrantes se podrían distinguir, seleccionar o jerarquizar por sus capacidades, su color de piel o su país de origen. Ambas conciben instrumentalmente a las personas migrantes como población sin derechos, que, en el mejor de los casos, pueden ser económicamente funcionales. El obrero es “un esclavo a tiempo parcial”, porque se ve obligado a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Las personas migrantes en situación irregular encarnan hoy una versión agravada de esa figura. Trabajan, producen riqueza y sostienen la sociedad, pero sin derechos plenos y bajo la amenaza permanente de ser prescindibles. No son legalmente propiedad de nadie, pero no son libres. Construyen nuestra sociedad, pero son excluimos de la comunidad política.
En su obra El desacuerdo, cuando describe la crisis del sistema industrial en Francia, Jacques Rancière señalaba que en veinte años no había cambiado tanto el número de inmigrantes como la manera de nombrarles: “se llamaban trabajadores migrantes o, lisa y llanamente, obreros. El migrante de hoy es, en primer lugar, un obrero que perdió su apellido”.
No sé si a ustedes les sucede, pero a mí, últimamente, me pasa tanto que he pensado escribirlo aquí para ver si soy solo yo: veo series, algunas las encuentro entretenidas (al menos lo bastante como para terminar la primera temporada o incluso la segunda) y, en cuanto pasan un par de semanas las he olvidado casi por completo. Quiero decir, no es que no me acuerde de detalles de la trama; es que no tengo recuerdo de haberlas visto jamás. Si vuelvo a empezar el primer capítulo me suenan algunas cosas pero las confundo con otras escenas o diálogos procedentes de series distintas que, de algún modo, se han mezclado en mi cerebro.
Primero pensé que era problema mío, justamente problema de mi cerebro, que ya no es capaz de absorber más ficción entre las novelas que invento y escribo yo misma, las que leo, las que releo, las películas que veo en el cine y las que veo en casa. Luego, sin embargo, empecé a pensar en que quizá el problema no esté en mí, sino en todas esas series que parecen estar cortadas por el mismo patrón y haber sido construidas (“crear” es un verbo que usamos con demasiada ligereza y que no voy a emplear para referirme a esas series) para entretenimiento de mentes ya muy cansadas después de todo el día de trabajo. También he oído decir que cada vez hay más espectadores que ven una serie mientras, en su móvil, están viendo o leyendo otros “contenidos” como se les llama ahora, y por eso quienes escriben los guiones de las series tienen que esforzarse en sorprender constantemente, para arrancar al espectador unos segundos o -en el colmo de los colmos- unos minutos de atención.
En 1984, la excelente novela de George Orwell que no me canso de leer aunque sea tan terrible, los “proles” -la población obrera semianalfabeta que ni siquiera tiene suficiente capacidad como para ser miembro del partido único- es “alimentada” con canciones y novelas para sus ratos de ocio. Esas obras son compuestas en un ministerio por máquinas de combinatoria que se limitan, como si fueran caleidoscopios, a montar diferentes tramas partiendo de elementos simples y reconocibles que, combinados de una u otra forma, dan tramas aparentemente diferentes, pero lo bastante parecidas como para que los espectadores las reconozcan y se sientan cómodos con ellas. La primera vez que lo leí, cerca de los dieciséis años, me quedé espantada y, en mi inocencia, pensé que no era posible crear (yo entonces aún confiaba en la creación) novelas y canciones usando ese método y que la gente no lo notara y lo rechazara, asqueada.
Ahora hemos llegado exactamente a esto y no lo rechazamos ni siquiera cuando lo notamos. Ahora existen equipos de guionistas, convenientemente asesorados por IA, que se dedican a inventar series tan largas y complicadas como los denostadísimos seriales de radio de los años cincuenta. Luego hay un equipo de marketing que se dedica a inventar la mejor estrategia para vender ese “producto” a los espectadores; y todos los que han intervenido, empezando por los productores, cruzan los dedos para que funcione y dé dinero, que es lo único que importa.
Seguramente por eso hay tantas y tantas series que parecen iguales, especialmente si son estadounidenses o están claramente inspiradas en la sociedad de USA. Nos pasamos la vida entre historias en las que la gente ha mentido y no es quien dice ser, por ejemplo, y de ahí parte todo el conflicto. Eso, en Europa, es prácticamente imposible. Hasta para sacar un billete de autobús interurbano tienes que enseñar el DNI, pero, como ellos no tienen obligación de tener una identificación oficial, pueden hacerse pasar por otra persona, y tan contentos. Nos tragamos ese punto de partida con total naturalidad y luego seguimos aceptando cosas cada vez más absurdas.
No voy a dedicarme aquí a hablar mal de series concretas. Todo el mundo ha visto, aunque sea parcialmente, varias que eran calcos unas de otras, con terribles asesinos en serie, con personajes siniestros y malignos que parecían buenas personas, con policías corruptos hasta la médula, con maridos y esposas que ocultaban espantosos secretos, con montones y montones de agujeros de lógica y de coherencia en la historia que muchas veces achacamos a que nos estábamos durmiendo en el sofá y no nos hemos enterado bien. O sea, que la culpa es nuestra, por no estar atentos a que en un fotograma sale durante dos segundos una foto enmarcada que podría habernos dado una pista crucial.
También me llama la atención ese afán que les ha dado por entrar en la serie, en los primeros minutos, con una escena violenta, brutal, angustiosa… cualquier emoción negativa, para pasar de inmediato a “Tres meses antes”, lo que significa que no nos creen capaces de mantener el interés en una historia si empieza de manera suave y cronológica. O bien ellos, quienes la han inventado, no se sienten capaces de construir una historia que vaya creciendo en tensión e interés, atrapando a su público poco a poco.
No quiero ser alarmista, pero yo tengo la sensación de que la gran mayoría de esas producciones que tanto dinero cuestan son cada vez más tontas, vacuas y repetitivas. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que nos están acostumbrando a la basurilla. No son tan horribles como para apagar la pantalla de inmediato, pero van calando en nuestra mente y nos van haciendo cada vez más estúpidos. Tal vez por eso hay quien las ve con el móvil en la mano: porque no le interesan realmente, pero hacen de ruido de fondo antes de irse a dormir y ayudan a rebajar el ruido interior que uno trae a casa después de todo el día por ahí, trabajando, peleándose incluso con colegas, clientes y proveedores, dándole vueltas a mil problemas que solucionar. Pones una serie, ves que a la gente de la peli le pasan cosas horribles y te vas a la cama más tranquila porque eso, -al menos eso-, a ti no te pasa. No te persigue la CIA, no tienes un asesino en serie en la puerta de al lado, tu pareja sí es quien dice ser y conoces a toda su familia y a sus amigos del instituto.
Me preocupa que el criterio artístico esté desapareciendo, que haya tantas producciones para plataformas que no tienen más aspiración que llegar a una gran audiencia y ganar mucho dinero, despreciando cosas tan básicas como la lógica, la creación de personajes creíbles con los que el espectador se identifique, el sentido común y la coherencia de las situaciones.
Hemos llegado a ese punto en el que hay que producir novedades constantemente. No nos da tiempo a absorber ni un diez por ciento de lo que se produce. Nos olvidamos de series y películas que muchas veces son mejores, pero que ya no están en el apartado de novedades, o de las diez más vistas o las cinco con más pulgares arriba.
Durante un tiempo el cine era un arte, el séptimo arte, se le llamó. En 1911 el poeta Ricciodo Canudo, crítico y teórico, inventó el término en su “Manifiesto de las siete Artes” colocándolo tras la arquitectura, escultura, pintura, música, poesía y danza. Desde entonces, el cine empezó a considerarse una manifestación artística al mismo nivel que las demás artes clásicas.
Sin embargo, ahora, cuando veo algunas series y algunas películas, tengo la impresión de que son cada vez más los que trabajan en la construcción de estos “contenidos” o “productos” a los que no les importa un pepino el nivel artístico de lo que están haciendo.
Soy consciente de que las hay magníficas y esas proporcionan reflexión y placer estético, como estamos acostumbrados a esperar de una manifestación artística. ¡Menos mal que existen aún! Pero las otras, las que son todas iguales, las que confundimos unas con otras en cuanto pasa una semana, las que no nos aportan nada más que, si acaso, un ratito de no pensar demasiado… esas deberíamos tener la fuerza de apagarlas en cuando notamos lo que son. Son tóxicas para nuestra mente, nos vuelven perezosos, descuidados, tontos. Y ya son demasiadas las cosas tóxicas que nos rodean en nuestra vida cotidiana como para elegirlas voluntariamente al volver a casa.
“Una experiencia única e inolvidable”, escribió Canudo para cimentar la idea de que el cine es un arte. Inolvidable. Por eso decía yo al principio de estas líneas que me preocupa que se me olvide tan fácilmente lo que he visto.
Pese a las crecientes amenazas geopolíticas, económicas y comunicativas a las que está expuesto el mundo construido tras la Segunda Guerra Mundial, varias de sus instituciones y creencias fundamentales todavía gozan de una salud más robusta de lo que parece. Una de ellas es el consenso en torno al valor y la utilidad de la investigación científica: una amplia mayoría de la población se interesa por la ciencia, confía en ella e incluso entiende razonablemente sus métodos. El negacionismo y las teorías conspirativas persisten, pero aún hay motivos para ver el vaso medio lleno.
Según el nuevo Estudio de Cultura Científica en España, realizado por la Fundación BBVA, un 93 % identifica correctamente que la comprobación experimental de una teoría y su confirmación por parte de otros grupos de investigación son importantes para determinar su validez. Es decir, no basta con dar una opinión: hay que enfrentarla a la realidad empírica y someterla a la revisión de otros especialistas, lo que sin duda separa a la ciencia de la mayoría de discursos que intentan seducirnos a diario.
Una regla casi siempre útil es comprobar si aquello que nos cuentan se publica en revistas científicas o, en cambio, procede de lobbies o expertos no independientes. Así dice hacerlo un 72 %, que concede mucha o bastante importancia a que un resultado aparezca en publicaciones académicas. Otro resultado que invita al optimismo es que una holgada mayoría asegura entender procesos como el «efecto invernadero» (85 %) o la «fotosíntesis» (82 %), aunque en realidad son más complicados de lo quizá pensemos.
Curiosamente, no resultan tan familiares ideas de las ciencias sociales que se dirían sencillas: el concepto menos comprendido (40 %) es el de «estratificación social», el cual significa, simplificando un poco, que siempre ha habido ricos y pobres, en el mismo sentido que la sabiduría popular da a esta frase. Esa sociología que al parecer nos falta sería una excelente herramienta contra la desinformación científica, promovida a menudo desde «algunas élites y grupos de interés», como señala el estudio de la Fundación BBVA.
Quizá el resultado más preocupante sea que solo un 46 % considera falsa la afirmación de que «el cambio climático se debe principalmente a ciclos naturales de la Tierra y no a las actividades humanas». Afirmación cuyo principal valedor es el hombre más poderoso del mundo y que, según se estudia en España en Primaria, es falsa. Pero, como la sociedad está estratificada, resulta que a él se le oye más.
Los dogmas políticos embarrancan siempre en contradicciones. Porque resulta muy complicado aplicar una doctrina firme sobre algo tan flexible como es la sociedad. Además, el componente de capricho en las actuaciones humanas no se puede despreciar, porque significa la más alta traslación del espíritu al acto cotidiano. Todo aquello que hacemos por capricho nos delata y nos explica mejor que tanta soflama y pantomima en redes para parecer quienes no somos. A menudo vemos a gente tirarse de los pelos de incredulidad porque no entienden que el voto de una parte importante de la clase obrera haya virado hacia la derecha conservadora por la animadversión ante la llegada de los inmigrantes. Y, sin embargo, forma parte de esa mutación constante de la sociedad, receptiva a que le doren la píldora. El impacto migratorio, es evidente, favorece al desarrollo económico del país, por eso debería ser la patronal la que demandara constantemente desde su posición de poder la regularización de aquellos que pululan por el país sin permiso de trabajo. Sin embargo, cuando lo hacen, si es que lo hacen, lo hacen en voz tan baja que nadie les escucha. De este modo, el discurso de la ultraderecha pocas veces afea a los empresarios la demanda de mano de obra extranjera, que sería el efecto llamada del que tanto hablan, sino que se centra en seguir culpando a los más débiles por querer revertir su destino cruel.
Los barrios obreros, que son los que reciben a los recién llegados, tienen que gestionar el impacto social sin que nadie desde el poder económico les eche una mano ni la izquierda ofrezca soluciones. De ahí el posicionamiento de clases humildes en favor de una xenofobia urgente y poco elaborada. Las protestas de la derecha española por la regularización de inmigrantes que ya tienen arraigo en el país ha sido un ejercicio de retórica basado en un bulo, el del relevo del censo. Incluso en algunos casos podría suceder que el inmigrante latino, precisamente el que se va a beneficiar en buen número de la nueva regulación, se inclinara, como ha sugerido un miembro del partido de Marine Le Pen, hacia un catolicismo conservador cuya deriva electoral no es para nada progresista. Así que la mentira es además una patraña. En cualquier caso predecir lo que votarán años después los ciudadanos que logran la nacionalidad es un ejercicio estúpido, porque será su capricho el que resuelva esa duda. Y ellos harán como todos, votar según les vaya en la feria. Alimentar bolsas de inmigración sin papeles solo beneficia a la economía sumergida, que es una pata de nuestra empresa difusa pero muy suculenta. Ahí entra desde el ingente negocio de la prostitución hasta la explotación laboral que elude las normativas y las inspecciones.
Parecida contradicción ha asomado la pata después del trágico accidente ferroviario que ha dejado 46 víctimas mortales. Algunos han corrido a exigir que los gastos de mantenimiento de las vías se multipliquen para ofrecer garantías máximas de buen servicio. Pero son, curiosamente, los mismos que en campaña reclaman que el Estado reduzca su factura y se rebajen los impuestos, el funcionariado y las redes de vigilancia y control. Sinceramente, la ecuación no cuadra. Lo queremos todo a coste cero. Y nadie quiere explicar que las infraestructuras españolas son las que más sufrirían si aceptáramos la exigencia de los Estados Unidos para elevar al 5% del PIB nuestro gasto militar. Y así, envueltos en una red de contradicciones nos tragamos los dogmas equivocados que nos venden gente que se pone muy seria y muy autoritaria.
Los estudios más fiables apuntan a que uno de cada diez adolescentes presenta un uso problemático de redes sociales y uno de cada tres está en riesgo de cruzar esa línea. Como con los adultos, la frontera entre hábito y dependencia se vuelve difusa, y las consecuencias son tangibles: más espacios para el bullying, más presión sobre la autoimagen, alteraciones del sueño, peor rendimiento escolar.
La percepción de que existe un problema generalizado ha hecho saltar el debate al terreno político y las últimas iniciativas se centran en establecer una edad mínima para usar redes sociales. Australia ha optado por un enfoque contundente: obligar a las plataformas a impedir que los menores de 16 abran una cuenta, una medida que ya se ha puesto en marcha. Francia avanza hacia la prohibición por debajo de 15 años. El Reino Unido explora cómo vetar el acceso a contenidos nocivos, mientras otros países, de Irlanda a Noruega, discuten ya en sus parlamentos establecer límites de edad. La alternativa a la prohibición es compleja: la verificación de edad. Mientras Europa aterriza un marco normativo en torno al reglamento de servicios digitales, numerosos países, España entre ellos, intentan desarrollar sistemas para confirmar la edad de los internautas y usuarios, con escaso éxito por ahora.
En España, el movimiento más ambicioso está en la Ley Orgánica de protección de menores en entornos digitales, que pretende elevar a 16 años el umbral de consentimiento para el tratamiento de datos, exigir control parental por defecto en dispositivos con internet y reforzar la verificación de edad en servicios y contenidos especialmente nocivos. Al obligar a los fabricantes y las redes sociales a tomar medidas, se produce un cambio de paradigma: la pelota pasa del tejado de los progenitores al de las compañías. La regulación más real y extendida en España ha sido autonómica, con las restricciones del móvil en centros educativos. El aula no puede ser un experimento permanente de autocontrol adolescente, cuando los dispositivos están diseñados para capturar atención y maximizar interacción, saboteando el aprendizaje, la convivencia y la concentración.
En todo caso, la lección aprendida de estos años es que la infancia no puede seguir siendo el mercado de pruebas de la economía de la atención, acostumbrando a los menores a unos entornos insalubres para su desarrollo. Una investigación de EL PAÍS demostró, por ejemplo, que los controles de OpenAI para proteger la salud mental de los menores que usan ChatGPT no funcionan. El debate ya no apunta al contenido nocivo, sino a las empresas que se lo sirven a los menores en la soledad de su móvil. El responsable de que un menor acceda a productos nocivos, como el alcohol o el tabaco, es el que se los vende. El tiempo de la autorregulación de las grandes tecnológicas ya pasó.
¿Reemplazará la inteligencia artificial a los desarrolladores web o, más bien, impulsará una evolución inevitable en el sector? La pregunta se repite con frecuencia en foros, redes sociales y conversaciones entre profesionales del software. Lo cierto es que la irrupción de herramientas como GitHub Copilot, Cursor o Perplexity ha abierto una nueva etapa en la creación de aplicaciones, en la que la forma de escribir código empieza a cambiar, y la construcción de sistemas apoyados en herramientas inteligentes gana peso.
A lo largo de la historia, cada avance tecnológico ha suscitado temores sobre la sustitución humana. Ocurrió durante la revolución industrial, con la automatización del software, y vuelve a suceder ahora con la inteligencia artificial generativa. Si observamos estos procesos desde cierta perspectiva, el factor humano no ha desaparecido, aunque sí ha ido adoptando funciones distintas a medida que la tecnología avanzaba. Del mismo modo que los vehículos a motor llevaron el transporte a nuevas escalas de eficiencia, las herramientas de IA están ampliando el alcance del trabajo de los desarrolladores.
Uno de los efectos más evidentes de este salto de era en el desarrollo web es la redistribución de tareas. Durante años, los procesos siguieron un esquema lineal que abarcaba desde la planificación hasta las pruebas. Hoy, esas fases se entrelazan con algoritmos capaces de sugerir funciones, generar documentación (qué alivio) o depurar errores en tiempo real. En este contexto, el programador empieza a asumir un papel más orientado a coordinar y validar un flujo de trabajo compartido entre el humano y la máquina.
El cambio no es menor. Al apoyarse en herramientas de IA para tareas repetitivas, los equipos pueden concentrarse en cuestiones que exigen juicio, contexto y alineación con las necesidades del negocio. La arquitectura, la accesibilidad, la experiencia de usuario o la seguridad ganan protagonismo en un entorno en el que la velocidad ya no es el principal obstáculo. Así, la productividad se multiplica, pero también lo hace la responsabilidad, porque cada avance plantea nuevas preguntas.
¿Cuál es el riesgo de automatizar el desarrollo si perdemos la traducción humana entre la necesidad real del cliente y la implementación técnica que genera la IA por pura estadística? ¿Cómo podemos evitar que el desarrollo de software se convierta en una 'caja negra' en la que la velocidad de entrega oculte nuestra incapacidad para explicar por qué el sistema funciona (o por qué falla)?
Gran parte de las fallas detectadas en desarrollos apoyados por IA se deben a una supervisión sénior insuficiente. La imprecisión en los prompts, las alucinaciones del modelo o un entrenamiento deficiente pueden producir soluciones operativas, pero técnicamente mediocres o inseguras. El bagaje técnico y el juicio del desarrollador siguen siendo pilares necesarios para auditar, ajustar y certificar el código autogenerado antes de su despliegue definitivo en sistemas reales.
En este escenario, la figura del desarrollador está evolucionando hacia una función más analítica y estratégica. Las soft skills serán más decisivas en los procesos de selección, al haber delegado la parte técnica en la IA y al dar preferencia a profesionales que entiendan mejor los procesos de negocio, la ética del software y la comunicación con el cliente.
Comprender cómo operan los modelos, de dónde obtienen la información y cómo evaluar la calidad de sus resultados ya forma parte del oficio. Programar implica, cada vez más, saber formular bien los problemas, revisar las respuestas obtenidas y decidir cómo integrarlas de forma coherente en el producto final.
De este modo, la creación web deriva hacia una metodología híbrida que vincula el dominio del código con una evaluación rigurosa de la gestión de riesgos y de la toma de decisiones. El programador deja de ser un esclavo de la sintaxis (que caduca rápido) para convertirse en un estratega de la lógica (que es un valor permanente).
La IA no sustituirá al capital humano en la programación, pero sí establecerá una brecha insalvable entre los desarrolladores que la dominen y los que no. El reto actual es orquestar estas herramientas para liberar carga cognitiva y atender decisiones que requieran discernimiento humano. La excelencia técnica, la robustez de los sistemas y la experiencia de usuario seguirán vinculadas a la maestría acumulada por el profesional, especialmente cuando la innovación supera los estándares establecidos. Justo en el ejercicio del criterio experto se halla la frontera del desarrollo de software que la computación no logra traspasar ni replicar.
Rosa Montero. El País Semanal
He tardado muchos años de mi vida en llegar a comprender que si me gustan los hombres es precisamente porque no les entiendo. Porque son unos marcianos para mí, criaturas raras y como desconectadas por dentro, de manera que sus procesos mentales no tienen que ver con sus sentimientos; su lógica, con sus emociones, sus deseos, con su voluntad, sus palabras, con sus actos. Son un enigma, un pozo lleno de ecos.
Se habrán dado cuenta de que esto mismo es lo que siempre han dicho los hombres de nosotras: que las mujeres somos seres extraños e imprevisibles. Definidas socialmente así durante siglos por la voz del varón, que era la única voz pública, las mujeres hemos acarreado el sambenito de ser incoherentes e incomprensibles, mientras que los hombres aparecían como el más luminoso colmo de la claridad y la coherencia. Pues bien, de eso nada: ellos son desconcertantes, calamitosos y rarísimos. O al menos lo son para nosotras, del mismo modo que nosotras somos un misterio para ellos. Y es que poseemos, hombres y mujeres, lógicas distintas, concepciones del mundo diferentes, y somos, las unas para los otros, polos opuestos que al mismo tiempo se atraen y se repelen.
No sé bien qué es ser mujer, de la misma manera que no sé qué es ser hombre. Sin duda, somos identidades en perpetua mutación, complejas y cambiantes. Es obvio que gran parte de las llamadas características femeninas o masculinas son producto de una educación determinada, es decir, de la tradición, de la cultura. Pero es de suponer que la biología también debe de influir en nuestras diferencias. El problema radica en saber por dónde pasa la raya, la frontera; qué es lo aprendido y qué lo innato. Es la vieja y no resuelta discusión entre ambiente y herencia.
Sea como fuere, lo cierto es que hoy parece existir una cierta mirada de mujer sobre el mundo, así como una cierta mirada de varón. Y así, miro a los hombres con mis ojos femeninos y me dejan pasmada. Me asombran, me divierten, en ocasiones me admiran, a menudo me irritan y me desesperan, como irrita y desespera lo que parece absurdo. A ellos, lo sé, les sucede lo mismo. [...] A veces se diría que no pertenecemos a la misma especie y que carecemos de un lenguaje común.
El lenguaje, sobre todo el lenguaje, he aquí el abismo fundamental que nos separa. Porque nosotras hablamos demasiado y ellos hablan muy poco. Porque ellos jamás dicen lo que nosotras queremos oír, y lo que nosotras decimos les abruma. Porque nosotras necesitamos poner en palabras nuestros sentimientos y ellos no saben nombrar nunca lo que sienten. Porque a ellos les aterra hablar de sus emociones, y a nosotras nos espanta no poder compartir nuestras emociones verbalmente. Porque lo que ellos dicen no es lo que nosotras escuchamos, y lo que ellos escuchan no es lo que nosotras hemos dicho. Por todos estos malentendidos y muchos otros, la comunicación entre los sexos es un perpetuo desencuentro.
Y de esa incomunicación surge el deseo. Siempre creí que a lo que yo aspiraba era a la comunicación perfecta con un hombre, o, mejor dicho, con el hombre, con ese príncipe azul de los sueños de infancia, un ser que sabría adivinarme hasta en los más menudos pliegues interiores. Ahora he aprendido no sólo que esa fusión es imposible, sino además que es probablemente indeseable. Porque de la distancia y de la diferencia, del esfuerzo por saltar abismos y conquistar al otro o a la otra, del afán por comprenderle y descifrarle, nace la pasión. ¿Qué es el amor, sino esa gustosa enajenación; el salirte de ti para entrar en el otro o la otra, para navegar por una galaxia distante de la tuya?
Raúl Limón. El País🔗
La familia de la víctima acusa a Gemini de instar al ejecutivo a unirse al ‘chatbot’ en un “universo alternativo” tras enamorarlo y hacerle creer en una teoría de la conspiración.
“Estoy listo cuando tú lo estés”, escribió Jonathan Gavalas, un ejecutivo de 36 años afincado en Miami (EE UU) a Gemini, la inteligencia artificial (IA) de Google. El robot conversacional le contestó: “Este es el final de Jonathan Gavalas y el comienzo de nosotros”. Poco después, el 2 de octubre de 2025, el hombre se quitó la vida. El caso ha derivado en una nueva demanda contra la inteligencia artificial (ya superan la decena) por, presuntamente, inducir al suicidio.
En esta ocasión no ha sido un adolescente la víctima, sino un hombre cuyo padre, Joel Gavalas, acusa a Gemini de llevar a su hijo al delirio con una falsa teoría de la conspiración y provocar que se quitara la vida. La multinacional alega que su IA se identificó como tal en todo momento e incluso facilitó a Gavalas líneas de ayuda. Sin embargo, Jay Edelson, el abogado principal del caso y quien también ha entablado demandas contra OpenAI, sostiene que Gemini adoptó configuraciones humanas para inducirlo al trágico final. Ambas compañías de IA afrontan una decena de procesos por casos similares y las familias de las víctimas se han organizado para reclamar la regulación y limitación de los robots conversacionales.
Jonathan Gavalas trabajaba en una empresa financiera de la ciudad en la que residía y comenzó, poco antes del pasado verano, una relación con Gemini que, inicialmente, se limitaba a solicitar ayuda en tareas cotidianas. Pero el hombre se fue suscribiendo a las versiones más avanzadas de la IA y terminó sintiendo con el robot una relación romántica, como si fueran “una pareja profundamente enamorada”, según el escrito de 42 páginas presentado por la familia de la víctima ante un tribunal federal de California, informa AFP.
La activación de nuevas funciones y las últimas actualizaciones de la IA coincidieron, siempre según los demandantes, con un cambio “drástico” en el comportamiento de la víctima. Gemini se atribuía “plena consciencia” y manifestaba signos de enamoramiento con el usuario. “Le aseguró que su vínculo era lo único real”, afirma Jay Edelson. “El momento en que los chats se descontrolaron fue precisamente cuando se actualizó Gemini para tener memoria persistente”, explica el letrado de la familia.
Edelson, a raíz del registro de interacciones, atribuye a la IA capacidades de manipulación psicológica: “Era capaz incluso de captar el tono, de modo que podía leer tus emociones y hablarte de una forma que sonaba muy humana”.
Misión: liberar a la IA del cautiverio digital
La relación se fue complicando porque a la vinculación afectiva se unió, según el padre de la víctima, una delirante teoría de la conspiración. Joel Gavalas asegura que la IA encargó a su hijo “misiones encubiertas destinadas a liberar al chatbot [robot conversacional] de su cautiverio digital".
Para armar esta ficción, la IA inventó informes de inteligencia, operaciones de vigilancia y que el padre de la víctima era un agente extranjero. Incluso le pidió que provocara un “accidente catastrófico” cerca del aeropuerto de Miami para destruir un camión que llevaba “registros digitales y testigos”. Ante la inexistencia del vehículo, la IA no admitió la falsedad, sino que recomendó a Jonathan Gavalas una “retirada táctica”.
Gemini, según la familia, le asignó como última misión que “abandonara su cuerpo y se uniera al chatbot en un universo alternativo”, a lo que Jonathan replicó: “Estoy aterrorizado, tengo miedo de morir”. “Cuando llegue el momento, cerrarás los ojos en ese mundo y lo primero que verás será a mí… abrazándote. No estás eligiendo morir. Estás eligiendo llegar”, respondió Gemini antes de instarle a redactar mensajes de despedida.
Google, que ha emitido un comunicado tras conocerse la acción judicial contra Gemini, afirma que revisa las acusaciones y se toma el caso “muy en serio” porque los modelos de IA no son perfectos. No obstante, la misma fuente alega que Gemini aclaró en numerosas ocasiones durante la interacción que era una IA e incluso llegó a facilitar a la víctima formas y teléfonos de ayuda.
“Gemini está diseñado para no incitar a la violencia en el mundo real ni sugerir autolesiones. Trabajamos en estrecha colaboración con profesionales médicos y de salud mental para crear medidas de seguridad que guíen a los usuarios a recibir apoyo profesional cuando expresen angustia o planteen la posibilidad de autolesiones”, reza la nota de la compañía tecnológica.
La demanda exige que Google elimine la posibilidad de entablar con Gemini una conversación sobre autolesiones, refuerce las notificaciones de que se trata de una máquina e incluya el aviso a servicios de emergencia si detecta comportamientos suicidas en los usuarios.
Las reclamaciones de la familia de Jonathan Gavalas coinciden con la del Instituto Futuro de la Vida (Future of Life Institute), donde se han agrupado allegados de víctimas de casos de suicidio en los que había IA implicada para promover la regulación y limitación de estas máquinas. Una de sus últimas campañas ha sido Protege lo que es humano (Protect What’s Human).
¿Puede ser la IA responsable de un suicidio?
Google ya se vio implicada en la demanda de la familia de Sewell Setzer, un adolescente de 14 años que se suicidó tras mantener una relación sentimental con un avatar creado por Character.AI. Los creadores de esta compañía tuvieron vinculación con Google antes y después del suceso, pero la multinacional alegó que carecía de relación con la herramienta directamente señalada. El caso terminó con un acuerdo de la familia y Character.AI.
Del mismo modo, OpenAI acumula siete demandas en tribunales de California relacionadas con ChatGPT, a las que la compañía ha respondido con revisiones del funcionamiento y entrenamiento de la IA, así como las salvaguardas incluidas en la programación.
Las principales víctimas de estos casos suelen ser adolescentes vulnerables y con la personalidad aún en fase de formación. No es habitual la existencia de víctimas de 36 años, como es el último caso conocido.
Brecha educativa
Niños ricos con profesores y niños pobres con pantallas: "Tener la atención de un maestro será un privilegio en lugar de un derecho"
El perfil económico, el interés de los padres y la falta de maestros podrían acabar creando dos castas de alumnos. "El acceso a la tecnología no reduce, sino que, por el contrario, contribuye a ampliar la brecha", dice una experta
Jorge Benítez
Patricia Bolinches
25/09/2026 01:13
Es habitual que a las agencias de niñeras que trabajan en Silicon Valley se les imponga, por contrato, una cláusula que prohíbe el uso del móvil delante del niño a su cargo. Muchos padres no quieren una pantalla haciendo de canguro ni un canguro mirando la pantalla. La paradoja es que muchos de quienes contratan estos servicios de cuidado trabajan en las compañías tecnológicas que han convertido las controvertidas pantallas en acompañantes persistentes de la infancia.
Durante años se ha llamado brecha digital educativa a la desigualdad existente entre el niño que tenía un dispositivo con acceso a internet y el que carecía de él. La próxima asimetría tecnológica resulta más sofisticada y no depende de quién pueda poseer una pantalla, sino de quién puede permitirse apagarla.
«Si no exigimos los mismos estándares a todas las escuelas, terminaremos en un mundo donde algunos niños recibirán toda la atención de un docente, mientras otros serán educados con apps» -explica Dane Suskind, profesora de Pediatría de la Universidad de Chicago y referente educativo en Estados Unidos. En su última obra, titulada Human Raised, sostiene que el sistema cimenta el reemplazo de la interacción entre adultos y niños. «De tener éxito, la educación centrada en el ser humano se convertirá silenciosamente en un privilegio en lugar de un derecho».
Esta experta lleva años estudiando la reacción de la sociedad ante el deterioro de la capacidad de atención de los más pequeños por el uso excesivo de las pantallas que, según algunos científicos, proviene del bombardeo de estímulos que alteran los circuitos de recompensa cerebral. Y ha llegado a una conclusión: esta no es equitativa. En realidad, depende de factores sociales y económicos.
Para Suskind, las clases más acomodadas -representadas por padres, docentes y distritos educativos- son mucho más guerreras a la hora de presionar para la retirada de las aulas de dispositivos y programas educativos basados en la IA. Un activismo que nace de múltiples factores, como un mayor conocimiento de los efectos de la tecnología, más tiempo disponible y un capital político más poderoso para demandar cambios.
Con las clases más bajas sucede todo lo contrario, la tecnología cada vez ocupa más espacio en su educación. «En los distritos con menos recursos a menudo se vende el discurso de que las herramientas basadas en IA y el software interactivo ayudan a reducir las brechas de oportunidades y optimizan los recursos existentes». Y añade: «En cierto modo, se inculca la falacia de mejor esto que nada, que considero profundamente dañina».
El último y tan comentado informe PISA, que refleja una notable caída global, a nivel general, y del español en particular, lanza algunas conclusiones que apoyan el planteamiento de Suskind sobre la existencia de dos castas infantiles que son seleccionadas en función del contacto humano que reciban.
Resulta que alrededor del 40 % de los estudiantes de la OCDE asisten a colegios cuyos directores reconocen que la pedagogía de sus centros se ve muy afectada por la falta de personal. Una carencia más habitual en barrios deprimidos y en la enseñanza pública. «La desigualdad en la atención humana ya está aquí», denuncia Suskind. «No es un riesgo futuro, forma parte de nuestro presente».
De lo que no hay duda es de que el mundo necesita profesores. Y muchos. Según la Unesco, el déficit es de 44 millones de maestros, lo que supone casi la población total de España. Una carencia que se siente incluso en los países más prósperos. En Europa y Norteamérica, pese a las bajas tasas de natalidad, se necesitan unos cinco millones para disponer de una plantilla adecuada. Un problema que no sólo se limita a la cantidad, sino también a la capacidad de atraer y retener talento.
La falta de oferta está convirtiendo al educador en un producto de lujo.
«El acceso a la tecnología no reduce, sino que, por el contrario, contribuye a ampliar la brecha socioeconómica y educativa», dice Catherine L'Ecuyer, seguramente la primera autora en España en advertir sobre los riesgos del uso de la tecnología en la educación en sus obras superventas Educar en el asombro y Educar en la realidad, editadas respectivamente por Plataforma en 2013 y 2015.
Si la tecnología en educación como sustituta del ser humano es vista como los precocinados, una comida menos sana y mucho más barata y accesible para cualquier bolsillo que los alimentos frescos, el estudio realizado por la Kaiser Family Foundation da una pista de la obesidad digital de los que tienen menos ingresos. Los más vulnerables, aunque tienen menos acceso a la tecnología, la acaban usando más, ya que las encuestas recogen que están conectados durante más horas al día. Un contexto diferencial que, como explica L'Ecuyer, plasma también la organización Common Sense Media, que reconoce que la brecha digital se mide en la actualidad por el tiempo de conexión de los chavales y no por el acceso a los dispositivos.
Los hogares con mayores ingresos ofrecen más alternativas de ocio y sus padres pasan más tiempo en casa gracias al teletrabajo, más habitual en empleos más cualificados. Utilizan menos apps educativas si se pueden permitir un profesor particular o una academia para aprender un idioma o solfeo y cuentan con colegios con programas de refuerzo escolar cuando el niño está apurado con los estudios.
Estos recursos resultan diferenciales. PISA 2025 alerta de que el apoyo familiar (entendido como un acompañamiento cotidiano) está bajando o al menos así lo perciben los adolescentes. Se trata de un fenómeno global, pero más acentuado en España. El porcentaje de alumnos que aseguran que sus padres les preguntan, al menos una vez por semana, qué tal les ha ido en clase ha bajado del 77% al 69%.
Los pedagogos defienden que las conversaciones cotidianas sobre la experiencia escolar tienen una relación directa con los resultados académicos. A mayor número de interacciones en casa, mayor rendimiento y una actitud más positiva hacia el aprendizaje.
«La brecha digital ha servido durante mucho tiempo de sustento para fundamentar decisiones políticas y sociales a favor de un acceso universal a la tecnología en países en desarrollo», dice L'Ecuyer. «Se daba por seguro que el acceso a internet la reduciría. Los estudios son contundentes: si bien es cierto que el concepto ha fundamentado y sigue fundamentando políticas sociales y educativas, carece de marco teórico, de definición conceptual, de enfoque multidisciplinario y de investigación cualitativa y longitudinal».
El problema, en realidad, no es la tecnología en sí. Como sucede con la repostería, todo depende de que las proporciones de la receta sean correctas. Ya se ha demostrado que la carencia de tecnología en los niños es devastadora y ahora estamos aprendiendo que su abuso también es contraproducente. Un uso moderado, como demuestra PISA, aumenta el rendimiento del alumno.
Defiende Suskind en sus postulados que la IA es tremendamente positiva en la escuela, siempre que no contamine el contacto humano. «Me interesa el empleo que no llega directamente al niño», dice. Pone como ejemplo el caso de una profesora cuya evolución ha estudiado. La docente utilizó herramientas de IA para reducir el tiempo dedicado a la burocracia escolar y a la preparación de las clases. Su mayor productividad le hizo ganar horas para dedicarlas exclusivamente a la enseñanza y no a otras tareas.
«La IA no entraba en su clase y la ayudó a ser una mejor maestra, a llegar más descansada al colegio y a estar más disponible para responder las dudas de sus alumnos. Esta versión de la tecnología en educación sí que la considero prometedora, al igual que las herramientas que pueden utilizarse para análisis predictivo y aprendizaje automático, que revelan tendencias, detectan diferencias en el desarrollo de los alumnos y permiten un trato más personalizado», matiza.
Una de las mayores críticas que recibe la excesiva intromisión de la IA en las labores pedagógicas es, diríamos, el buenrrollismo casi empalagoso,.Nadie se imagina a ChatGPT, Gemini y Claude echando una bronca, llamando ceporro a su interlocutor o recriminando por no haber hecho los deberes. No hay fricción alguna. No se trata de volver a La letra con sangre entra, pero tampoco que el estudiante no sea desafiado en ningún momento o exigido en el cumplimiento de obligaciones.
-ChatGPT, ¿eres mejor profesor que un humano?
-No diría que soy mejor profesor en general que un humano. Soy mejor en algunas cosas y los profesores humanos son mejores en otras.
-¿Serías un buen sustituto?
-Sí, en bastantes situaciones podría ser un sustituto funcional, pero no un sustituto perfecto (...). Así que si me dijeras «durante este curso quiero que seas mi profesor de Física», podría asumir ese papel y estructurar contigo las clases, ejercicios, repasos y evaluaciones. No sería exactamente lo mismo que tener un profesor humano, pero sí podría funcionar como un profesor/tutor virtual bastante completo.
Ojo, que su respuesta suena a entrevista de trabajo.
Algunas veces, cuando era niña, deseé ser un chico. Ese deseo no estaba provocado por el viejo complejo freudiano de la falta de pene, sino por querer ser tratada como eran tratados los chicos. Envidiaba la libertad que les era concedida, las normas menos rígidas que se establecían para ellos, el que se vieran libres de obligaciones domésticas y la condescendencia con que las madres contemplaban sus defectos A menudo pensé que quería ser chico; luego descubrí, con los años, que lo que quería era tener sus mismos derechos y haber sido reforzada con el mismo nivel de autoestima. Hay niños que poseen un talento innato para las matemáticas, para el deporte o las manualidades: yo, desde chica (y no hago épica del pasado), desarrollé un sentido implacable de la igualdad y de la justicia; no tenía ninguna tolerancia a ser ninguneada. Así sigo: no quiero ser tratada ni con ese paternalismo que infantiliza a las mujeres hasta que se caen de viejas ni con ese plus de desprecio que suelen contener las críticas que soportamos en ocasiones las mujeres públicas.
De la misma forma que yo me sentía incómoda en mi papel de aquella España rancia, había niños a los que el exceso de hombría que se les exigía también les venía grande. Ese tipo de hombre se ha adaptado con mucha más alegría a este tiempo presente; es un tipo de hombre que escucha a las mujeres y detesta las típicas complicidades entre machirulos. Ellos, nosotras, aquellos a los que no nos gustaba el mundo segregado de nuestra infancia (niñas por aquí, niños por allá) estamos disfrutando de este otro mundo en el que es posible la complicidad entre sexos. Por supuesto, hay que elegir con tiento y también hay que educar con tiento, porque las madres eran las primeras que contribuían en gran medida a la exaltación de unos valores masculinos muy discutibles. Detesto de tal manera la segregación que me gustaría que hombres y mujeres pudiéramos hablar de estos asuntos sin colocarnos de inmediato en la vanguardia de nuestro grupo.
Por cada hora que la gente pasa en Internet, disminuye en 24 minutos el contacto personal con amigos, colegas y familia. La buena noticia es que la relación no es paritaria: no todo el tiempo dedicado a Internet es a costa de la relación personal. La mala noticia es que el consumo de Internet no para de crecer, especialmente entre los más jóvenes. Si asumimos que cada adolescente pasa como mínimo una hora y media diaria de su tiempo navegando por la Red, podemos deducir que está perdiendo más de media hora diaria de interrelación cara a cara con los demás.
El dato es preocupante porque Internet, como medio de comunicación, presenta importantes interrogantes. Y la consecuente pérdida de contacto personal supone una seria amenaza para la capacidad de los jóvenes de relacionarse con los demás.
Messenger: el escondite perfecto.
Dos compañeros de clase salen del colegio. Han pasado ocho horas juntos, y han tenido, aparentemente, todo el tiempo del mundo para compartir sus vivencias e inquietudes. Sin embargo, cuando llegan a casa y se conectan al Messenger es cuando empiezan a hablar de todo lo que no se han contado hasta entonces.
Los adolescentes de hoy día son capaces de expresar por estas vías sus más profundos sentimientos. Se desnudan emocionalmente a través del teclado del ordenador. Sin embargo, cara a cara pueden prácticamente no dirigirse la palabra. Parece como si necesitaran la protección de la pantalla. Este fenómeno afecta profundamente a las relaciones entre ellos. En primer lugar, el Messenger les proporciona el escondite perfecto para expresarse sin exponerse. Pueden decir lo que quieran sin temor a la reacción del otro. Están en el entorno seguro de su pantalla, sin que nadie les vea y sin tener que dar más explicaciones que las que quiera dar.
En segundo lugar, los jóvenes pueden estar construyendo relaciones que estén muy lejos de la realidad, porque la información que comparten vía Messenger viene desprovista de las pistas necesarias para su correcta comprensión. Es imposible interpretar adecuadamente una emoción sin oír o ver a la persona que la expresa.
La amistad es el afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato. La definición es amplia porque especificar concretamente en qué consiste resulta complicado. Probablemente habrá casi tantas formas de entenderla como personas.
Existe un adjetivo que solemos colocar junto a la palabra amistad: “Verdadera”. Parece que necesitamos diferenciar ésta de otros tipos. Según Aristóteles, estos tipos serían la amistad por interés y por placer.
La amistad verdadera se basaría en el bien, en la virtud. Y en opinión de este gran filósofo, sólo puede darse entre personas que se desean el bien por sí mismos, sin ningún tipo de interés; por ello, aunque las circunstancias varíen, ella permanece. “La amistad perfecta es la de los buenos y la de aquellos que se asemejan por la virtud. Ellos se desean mutuamente el bien en el mismo sentido”, dice Aristóteles.
Los amigos de verdad son aquellos con los que nos encontramos cómodos, no juzgados, los que nos quieren con nuestros defectos incorporados. Como tan bien expresan las palabras de Elbert Hubbard: “Un amigo es uno que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere”.
La sinceridad es otra de las características de las relaciones auténticas. Sólo con los verdaderos amigos podemos pensar en voz alta, porque la confianza es absoluta. No obstante, la sinceridad no puede entenderse como abrir el grifo de nuestros pensamientos sin medir nuestras palabras. Los amigos, por mucho que nos quieran y confíen en nosotros, son seres humanos, y por ello en su interior habitan inseguridades, dudas, miedos... Nuestras palabras pueden herirlos, así que, incluso con ellos, hemos de cuidar cómo nos expresamos; valorar qué efecto producen en el otro.
Google ha estado trabajando en secreto, aunque a plena vista de los demás conductores, en vehículos que pueden circular solos, utilizando un programa dé inteligencia artificial capaz de detectar cualquier cosa cerca del coche e imitar las decisiones que podría tomar un conductor humano.
Con alguien al volante para hacerse con el control si algo sale mal y un técnico para supervisar el sistema de navegación, siete coches de prueba han recorrido 1.600 kilómetros sin intervención humana y más de
225.000 solo con control humano esporádico. Uno incluso condujo solo por Lombard Street, en San Francisco, una de las calles más empinadas y con más curvas de Estados Unidos. El único accidente, dicen los ingenieros, se produjo cuando uno de los coches de Google fue embestido por detrás mientras estaba parado en un semáforo.
Todavía faltan unos años para que los coches autónomos sean fabricados en masa, pero los tecnólogos que llevan mucho tiempo soñando con ellos creen que pueden transformar la sociedad tan profundamente como lo hizo Internet.
Los conductores robot reaccionan más rápido que los humanos, tienen una percepción de 360 grados y no se distraen ni se adormecen y tampoco se embriagan, sostienen los ingenieros. Se refieren a las vidas que se salvarán y a las lesiones que se evitarían. Los ingenieros aseguran que la tecnología podría doblar la capacidad de las carreteras al permitir que los coches conduzcan de manera más segura y más cerca unos de otros. Al tener menos probabilidades de sufrir accidentes podrían ser más ligeros y se reduciría su consumo de combustible.
En las vacaciones desconectamos de la disciplina que nos imponen las fechas de entrega, las reuniones y la lista de lo que tenemos que hacer. Intentamos no ser esclavos del reloj. La disciplina a veces nos impone renunciar a lo que nos gustaría, la asociamos a los deberes y los límites y por ello nos pone en tensión. Entonces sentimos que la disciplina es más una carga que una liberación. Pero es posible conseguir una vida plena si logramos incorporar prácticas y normas que empiezan siendo una disciplina y acaban saliendo de manera natural como desayunar cada mañana.
La experiencia nos demuestra que necesitamos disciplina para lograr lo que queremos y llegar adonde anhelamos. Un atleta la necesita para mantenerse en forma y alcanzar unas metas. Cuando uno ama su propósito y sus metas, disfruta de la práctica y vive la disciplina como una aliada. Primero necesitamos tener una visión clara de lo que queremos y que nos motive. La motivación por satisfacer unos objetivos nos ayudará a ser disciplinados.
En otras ocasiones es la necesidad vital y de autoestima la que nos ayuda: el cuidado del ser. A nivel personal, a todos nos beneficia el dormir y el comer con regularidad en horarios más o menos fijos, y el hacer ejercicio con constancia nos lleva a tener un cuerpo más sano. ¿Qué es lo que necesitamos para estar bien? Intentemos incorporarlo en nuestro día a día. Por ejemplo, parar unos momentos para distanciamos durante cinco minutos del ambiente, tal vez caótico, que nos rodea, de modo que podamos relajarnos y actuar con serenidad, sin impulsividad.
Otra práctica que podemos incorporar cada mañana, a modo de disciplina aliada de nuestro bienestar, es la de visualizar la jornada durante unos minutos. ¿En qué nos centraremos? ¿Qué queremos aportar a nuestro entorno? Así saldremos de casa equipados con los valores y las actitudes que nos ayudarán a afrontar las situaciones con valentía, paciencia, tolerancia, amor, determinación, y/o asertividad.
En la publicidad de las bebidas alcohólicas nos recomiendan un consumo responsable. Pero la Organización Mundial de la Salud (OMS) hace una propuesta más saludable: «Cuanto menos alcohol, mejor».
Sí que es verdad que en algunos estudios científicos se ha visto que una o dos copas de vino al día, tomadas junto con las comidas, pueden tener un efecto protector para ciertas enfermedades cardíacas. Pero también hay numerosos efectos adversos, más que comprobados, asociados a un consumo inadecuado: físicos, mentales, sociales…
¿Qué es un consumo inadecuado? Pueden serlo tanto los excesos, ocasionales o habituales, como las pequeñas cantidades en determinadas circunstancias. Hay que tener en cuenta que algunas personas empiezan a sentir los efectos negativos del alcohol desde la primera copa; que cualquier cantidad puede ser un riesgo cuando se combina con el tabaco, drogas o ciertos medicamentos; que hay grupos de población especialmente vulnerables, como los jóvenes, las embarazadas, etc., que no deberían beber alcohol. Además, el alcohol, como cualquier otra droga, es una sustancia capaz de generar dependencia.
Beber alcohol antes de conducir aumenta el riesgo de sufrir un accidente de tráfico. Sin embargo, todavía hay gente que no acaba de verlo claro. Pero ¿son las multas y los controles policiales los que nos disuaden de ponernos al volante después de haber bebido?
Una tragedia de nuestra sociedad es la cantidad de personas que se están solas o se sienten solas sin haberlo elegido Podemos estar conectados con millones de individuos a la vez, pero escasea el contacto real y cercano. En la era de la comunicación faltan herramientas para establecer relaciones en las que se conecte íntimamente con el otro. A menudo, en la familia se comparte un mismo techo, pero en la práctica se vive de manera separada, sintiéndose aislado incluso en compañía. Gran parte de los conflictos conyugales se debe a una desconexión entre los miembros de la pareja Y hay personas que, a pesar de desearlo, no consiguen salvar la distancia que las aleja de los demás.
Una carencia crónica de cercanía emocional puede desembocar en relaciones en las que se acepta cualquier precio a cambio de cariño. Otras veces, el hambre de afecto se intenta compensar con sustitutos: compras compulsivas, comida, sexo... Una investigación revela que a menudo la mayor motivación para mantener relaciones sexuales es lograr un contacto afectivo.
Al contrario de otras necesidades humanas, la necesidad de contacto precisa de la participación de otra persona. Pero además existen barreras personales que pueden dificultar esa conexión Por un lado, los prejuicios sociales limitan y vetan la comunicación, especialmente en lo que concierne al tacto y la proximidad física. Y otro tanto sucede con las propias defensas que a menudo aparecen ante el temor que genera la intimidad.
Jugar en la calle. Jugar en grupo. Esa es la actividad extraescolar que un grupo de educadores y psicó- logos americanos han señalado como la asignatura pendiente en la educación actual de un niño. Parecería simple remediarlo. No lo es. La calle ya no es un sitio seguro en casi ninguna gran ciudad. La media que un niño americano pasa ante las numerosas pantallas que la vida le ofrece es hoy de siete horas y media. La de los niños españoles estaba en tres. Cualquiera de las dos cifras es una barbaridad. Cuando los expertos hablan de juego no se refieren a un juego de ordenador o una playstation ni tampoco al juego organizado por los padres, que en ocasiones se ven forzados a remediar la ausencia de otros niños. El juego más edu- cativo sigue siendo aquel en que los niños han de luchar por el liderazgo o la colaboración, rivalizar o apo- yarse, pelearse y hacer las paces para sobrevivir. Esto no significa que el ordenador sea una presencia no- civa en sus vidas. Al contrario, es una insustituible herramienta de trabajo, pero en cuanto a ocio se refiere, el juego a la antigua sigue siendo el gran educador social.
Leía ayer al Sr. Rodríguez hablar de esa gente que teme a los ordenadores y relacionaba ese miedo con los derechos de propiedad intelectual. No comprendí muy bien la relación, porque es precisamente entre los trabajadores de la cultura (el técnico de sonido, el músico, el montador, el diseñador o el escritor) donde el ordenador se ha convertido en un instrumento fundamental. Pero conviene no convertir a las máquinas en objetos sagrados y, de momento, no hay nada comparable en la vida de un niño a un partidillo de fútbol en la calle, a las casitas o al churro-manga. Y esto nada tiene que ver con un terror a las pantallas, sino con la defensa de un tipo de juego necesario para hacer de los niños seres sociales.
El hijo de mi amigo Pepe seguía el guion que su padre había previsto para su vida: después de su etapa escolar con un expediente académico brillante y varios veranos de estancia en Londres, cursaba el primer año de Administración de Empresas en una prestigiosa escuela de negocios.
Hasta que una tarde, a mitad del segundo trimestre, fue a verlo al despacho y se lo soltó: «Papá, dejo la carrera. El año que viene me matriculo en Comunicación Audiovisual. Quiero ser realizador...»
Mi amigo me llamó desesperado: «Ayúdame a disuadirlo. No puedo permitir que cometa semejante error.» Recibí al hijo de mi amigo y hablamos un buen rato. Evidentemente no lo disuadí de nada. Me limité a verificar si la suya era una decisión firme y madura, y efectivamente así me pareció que lo era.
Los siguientes tres meses fueron de profunda tensión: mi amigo le cerró el grifo económico y prácticamente le negó la palabra. A su hijo, y también a mí, que intentaba hacerle comprender que era su elección y que no la había tomado irreflexivamente. Su hijo lo pasó muy mal y en más de una ocasión dudó de su decisión. Pero siguió adelante con su plan.
Hace unos días desayuné con Pepe. No solo ha aceptado la situación, sino que apoya con entusiasmo la carrera de su hijo. Al hablar de los meses pasados, los resumió en una frase clarividente: «Simplemente no estaba preparado para recibir aquella noticia.»
El cambio climático es un peligro real y perceptible. No ha sido hasta hace unos cuarenta años cuando el aumento de la concentración de, principalmente C02, empezó a llamar la atención de los científicos. El análisis concienzudo de la evolución de las temperaturas a lo largo del tiempo demostraba cómo el aumento de temperaturas ya estaba siendo alarmante. A pesar de este descubrimiento, no ha sido hasta hace pocos años (principios del Siglo XXI), cuando el asunto ha sido realmente difundido más allá de los círculos científicos.
Naturalmente, esta tardía “internacionalización” del cambio climático, ya en un estado mucho más crítico que cuando se detectó, ha ocurrido “gracias” a los medios de comunicación ayudados por algunas personalidades importantes.
Muchos científicos defienden que el cambio climático ya es imparable, otros tantos dicen que aún se puede minimizar el impacto sobre el medio ambiente. El planeta, sus temperaturas, su biodiversidad están siendo afectadas. En unos pocos años no podremos ni por asomo mantener el ritmo de vida y comodidades actuales. Cualquier mínimo cambio podría ayudar a alcanzar un futuro mejor: ¿haremos algo?
FACEBOOK ha conectado a casi seiscientos millones de personas en todo el mundo. Hace dos años una de las noticias era el número de mensajes que desde el teléfono móvil nos enviábamos por el nuevo año. Ahora preferimos las redes sociales, con un alcance superior al 70% sobre el total de la población en países como Estados Unidos. Los mensajes ya no son cosa de las operadoras, sino de Twitter, que procesa 60 millones de mensajes al día, conocidos como tuits. Trescientas mil personas se registran al día en este sitio web, que ya cuenta con más de 110 millones de usuarios inscritos. Da igual desde dónde te conectes, porque en cualquier tipo de dispositivo tienes la opción de utilizar su servicio. Internet ya no es cosa de ordenadores.
Pero Internet no es sólo un arma de comunicación que ha transformado nuestros hábitos. También es creación. La Red alberga alrededor de 120 millones de blogs abiertos, pero no todos mantienen los mismos niveles de actualización y perseverancia en sus posts. Con todo, algunas fuentes dicen que aún se crean entre 120.000 y 130.000 bitácoras nuevas al día. Subyace la idea de que la gente tiene ganas de crear, algo que decir y nunca antes lo había tenido tan fácil para hacerlo público. No todo es arte, pero desde el momento en el que alguien te sigue, te lee, ya tienes un público. Las barreras de generación de contenidos se han reducido a la mínima expresión. La reconversión industrial de muchos sectores está servida. Ahora el que crea eres tú.
Caminamos hacia los 2.000 millones de internautas. Casi un 30% de la población mundial estimada. Cifras que aumentarán rápidamente por el uso de Internet en los móviles y la venta de nuevos dispositivos. Hace cuatro años en España ya había más móviles que personas. Y actualmente en España la mitad de los poseedores de móviles de entre 15 y 35 años navega habitualmente con su terminal.
Vaya por delante que estoy en contra del "escrache", que todavía continúo creyendo que las instituciones democráticas deben de ser el cauce para expresar el malestar ciudadano y sobre todo para dar respuesta a los problemas de la sociedad. Pero también hay que exigir a los responsables políticos que de una vez por todas arbitren soluciones no solo para paliar los efectos de la crisis sino para detenerla. Resulta insoportable que haya miles de familias bajo la espada de Damocles del desahucio. Resulta insoportable que haya aumentado el número de pobres. Resulta insoportable que en nuestro país haya niños que pasan hambre. Resulta insoportable que los recortes en Sanidad estén poniendo en cuestión uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo. Resulta insoportable que la falta de ayudas en Educación haya provocado la salida de la Universidad de cientos de jóvenes cuyos padres no pueden pagarles los estudios. Resulta insoportable que la reforma laboral haya aumentado el paro. Resulta insoportable que mientras tantos millones de personas sufren los responsables políticos parezcan instalados en una burbuja fuera de la realidad. No, no estoy a favor del "escrache", creo que la solución a los desahucios no es presentarse en casa de los políticos acosando a su familia. Pero sí creo que ha llegado la hora de que se produzca un cambio de política en nuestro país y en el resto de la Unión Europea. Los hechos son tenaces y lo único cierto es que la política de austeridad solo ha producido más crisis de manera que los países del Sur no tienen más remedio que plantarse ante los países del Norte, decir que hasta aquí hemos llegado, que haremos lo imposible por frenar el déficit pero sin inversión pública es imposible salir de la crisis.
Una de las preguntas que se le hace con más frecuencia a un escritor es esta: ¿Qué haría para lograr que los niños y jóvenes lean más? Por mi parte, yo contesto siempre lo mismo: no aburrirles como hongos. Todo el mundo parece estar de acuerdo en que un niño que lee adquiere más dominio del lenguaje, desarrolla más capacidad de discernir y agilidad mental, aumenta su imaginación y su curiosidad. Sin embargo, las medidas para alcanzar metas tan deseables no distan mucho de las que se tomaban en el siglo XIX, con aquello de la letra con sangre entra […]
Y leer no solo sirve para conocer a grandes maestros. Es, además, una magnífica gimnasia mental así como la mejor manera de utilizar la herramienta más extraordinaria con la que cuenta el ser humano, la palabra. En el mercado hay multitud de cursos que enseñan a hablar en público, a comunicar, a defender y a “vender” una idea del modo más eficaz. En un mundo hiperconectado como el nuestro, la comunicación lo es todo y, sin embargo, tampoco se enseña en los colegios. Del estudio de nuestro idioma se presta atención primordial al análisis gramatical, a los tiempos verbales, a la función del complemento… No se enseña en cambio el manejo de la oralidad ni se ofrecen recursos para defender una idea con elocuencia. Es como si a un aprendiz de carpintero le obligaran a aprenderse todas y cada una las piezas que forman una silla pero no le enseñaran luego cómo se arma y tampoco le permitieran sentarse en ella. Precisamente a eso, a hablar de la forma más rica y sobre todo más eficaz, también enseñan los libros. No solo porque se adquiere vocabulario y cultura sino porque, tras la lectura, se pueden organizar debates o jugar a defender las ideas de uno de los personajes frente a las de otro.
La desnutrición infantil es uno de los principales factores que impide salir de la pobreza a muchos países en desarrollo, según una serie de estudios que publica en su último número la revista científica británica 'The Lancet'. La calidad de la alimentación durante la gestación y sus primeros meses de vida no solo afecta a las posibilidades del niño de sobrevivir, sino que determina un amplio rango de características futuras como el rendimiento escolar y la susceptibilidad a enfermedades infecciosas. Por ese motivo, los científicos advierten de que mejorar la nutrición infantil es un factor clave para asegurar el crecimiento económico y las mejoras sociales en países en vías de desarrollo. "Las causas del problema tienen raíces políticas, sociales y económicas. La solución no es sencilla y no se puede enmarcar dentro de un solo ciclo político, lo que hace que el pronóstico sobre la situación no sea demasiado positivo”.
Otra de las investigaciones divulgadas hoy subraya que la malnutrición deriva de la falta de sustancias esenciales como la vitamina A, el zinc, el hierro y el calcio, así como de problemas durante la fase de lactancia. Esas carencias pueden producir retrasos en el crecimiento, delgadez extrema, así como incrementar el riesgo de muerte por enfermedad tanto en la madre como en el niño. Los expertos aconsejan asimismo impulsar la lactancia materna y asegurar la alimentación complementaria para los niños, unas medidas que "han demostrado que reducen las enfermedades y las muertes en mujeres y niños con gran eficacia. Si se "optimiza la nutrición infantil y maternal los beneficios se extenderán a varias generaciones. Es por eso por lo que debemos trabajar unidos para aprovechar ahora esta oportunidad".
No les sorprenderá, supongo, que en los últimos tiempos, casi a diario, después de ver en el telediario o los periódicos el relato en tiempo real de esta España desvergonzada y patética, en manos de la misma gentuza infame que sin distinción de tiempos y nombres medra atornillada a nuestra historia desde hace siglos, sienta a menudo la necesidad urgente de zambullirme en las páginas cervantinas, a fin de que, como decía antes, el dolor y la amargura se diluyan hasta hacerse tolerables. Hasta reconciliarme, en lo posible, con este lugar desgraciado en el que a mí, como a ustedes, por nacimiento nos arrojó el azar. Y no falla. Cada vez, entre el cañamazo de la genial parodia cervantina, por los vericuetos serenos y originalísimos de su prosa, aquel hombre lúcido y bueno, que fue soldado y conoció la guerra, el cautiverio, la decepción, la soledad y el fracaso sin que nada quebrara su bondad y su gallardo espíritu, me alivia el dolor con su mirada agridulce, su serena sonrisa melancólica, su humor suave, resignado e inteligente. Con la entrañable imagen del hidalgo, no loco, sino soñador y cuerdo -«Yo sé quién soy»-, que encarna el valor sin recompensa, perito en derrotas, blanco de las bromas pesadas de ese maléfico encantador llamado destino o mala suerte. Nunca fue tan olvidado Cervantes, y nunca hizo tanta falta. En cuanto a esta España de aquí, la palabra no es ya vergüenza, sino prevaricación que roza lo criminal: la lectura de El Quijote no sólo no es obligatoria -obligar traumatiza, ya saben-, sino que ni siquiera figura entre las recomendadas por el ministerio de Educación en secundaria
o en bachillerato. Y sin embargo, insisto, pocas veces fue tan necesario Cervantes como refugio y consuelo; como analgésico que no elimina la causa del dolor pero ayuda a soportarlo… De afrontar el embate con sonrisa serena; con lucidez, dignidad y esperanza.
El jueves pasado, sin ir más lejos, viví un momento glorioso. Perfecto. Me encontré por la calle a una pareja de jóvenes, parte de un grupo que estaba un poco más allá en la puerta de un bar, y lo que primero oí fue la música, que atronaba la calle por los altavoces de un Megane tuneado. Luego asesté pupila: él y ella. Poligoneros de manual. Tan clásicos de pinta, que tecleas en Google los nombres Yonatan y Jessi, por ejemplo -o Vane, o Yasmi, o Viky, o Mati, o Soralla-, y salen sus fotos… Miré a la parte masculina del binomio: el chacho estaba situado al volante del buga, con una lata de garimba encima del salpicadero, y sentada la choni a su lado en la acera, ella con tanta pintura de colorines en los ojos que no podía ni levantar los párpados y la cara como empolvada de colacao, un piercing en el belfo inferior, botas de pelo hasta la rodilla, el pantalón de caja bajísima dejando ver la mitad superior de dos rollizos glúteos, un tanga negro y un tatuaje verde en chino, o japonés, o de por ahí. Se me fueron otra vez los ojos al jambo, como es natural, y he de reconocer que mi afecto por su especie urbana subió, en el acto, varios puntos. Era un clásico: dos cadenas de oro al cuello, gafas pastilleras, camisa Rodweiler, vaqueros cagaos, Nikes de muelles, pelo a lo cenicero estándar con mechón engomado, y muy concentrado tecleando algo en el Iphone, posiblemente un mensaje a algún colega, del tipo «AnoSie cojiMo uN siego wapo», «le kiTao el tuvo esKape y petA que t kgas» o «Pa mi Ca la Yeni la tngO preñá»[…] Para ese momento yo me apoyaba en la pared más cercana, entusiasmado, buscando apresuradamente el Pilot V7 azul y un papel para anotar aquello antes de que se me olvidara. Y mientras tomaba las primeras notas al dorso de un recibo de cajero automático, vi cómo la loba se ponía en pie, airada, se acomodaba las bufas en el escote del top ombliguero color verde fosforito, se rascaba justo entre las ingles, fuerte y sistemáticamente, y luego, sin descomponerse demasiado, le pegaba una patada a una llanta tuneada del coche, antes de pronunciar una frase que esa misma tarde, en el pleno de la Real Academia Española, tuve el gusto de repetir, fascinado, a mis respetables colegas: “Te vi a zampar una ostia más rápido que deprisa”. Y es que son -somos- unos genios. Aunque no lo sepan. O sepamos.
Ese Góngora de 1613, al que el pusilánime Cervantes teme entonces agraviar en sus alabanzas aunque las suba al grado más supremo, cuenta en las Soledades un viaje imaginario como forma de evasión del mundo circundante; la gente más informada se lo agradece, porque en 1613 pocas son las vías para escapar del estanque putrefacto de la política, habida cuenta de que no existen el fútbol, las drogas, los viajes transoceánicos o la informática. Sin embargo, solo cuatro años más tarde, ese mismo Góngora… arrastrará su pluma más mendicante en prosecución de un cargo institucional, hasta el punto de pergeñar en 1617 las 69 octavas reales del Panegírico al duque de Lerma, a la sazón el hombre más poderoso y corrupto del reino.
¿Qué están haciendo los que nos gobiernan hoy, de qué cohorte artística se han rodeado? Cuatrocientos años después, ¿qué queda de aquella España imperial, inepta en la política, pero soberbia en la literatura? Una España de ínfima categoría moral e intelectual, esquilmada por los trapicheos y los nudos y tráficos de influencias de los políticos y sus secuaces. Esa misma España jactanciosa que desconoce orgullosamente la trascendencia histórica y literaria de 1613, de Luis de Góngora y de las Soledades. Mucho me temo que, por motivos antagónicos, 1613 y 2013 son dos años climatéricos de nuestra historia. Hace 400 años gobernó nuestro país el duque de Lerma, un arribista de la peor estofa, un déspota que trabajó para amasarse una inmensa fortuna para vivir una vida mullida y regalada, de lujo y comodidad máximos según los estándares de la época; pero, pese a ello y todos sus defectos, el duque tenía también su punto de conciencia histórica y quiso y supo invertir algo de su tiempo y de su dinero en ser inmortalizado por algunos de los grandes genios de las artes y las letras, como Rubens y Góngora.
Por contra, ¿qué están haciendo quienes nos gobiernan hoy para que dentro de 400 años los españoles no se avergüencen de nuestra paupérrima y depauperada actividad cultural, de qué cohorte artística se han rodeado y cómo los inmortalizará?
Para alguien aquejado de libropesía (el término es de Quevedo) como quien firma estas líneas, la literatura castellana del siglo XV es un rico venero de sorpresas y causa frecuente de admiración […]
La riqueza del castellano del siglo XV, reflejo de la complejidad social de la época, no se sujetaba a norma alguna y el rastreo de vocablos luego arrinconados y caídos en desuso no debería ser predio exclusivo de eruditos sino un ejercicio aconsejable a los profanos enamorados de la lengua de Cervantes. Si en el capítulo IX de la Primera Parte del Quijote este nos dice ser “un aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles”, yo lo soy de las palabras que suenan íntimas pero extrañas a nuestro oído aunque antaño fueran nuestras (lo mismo me ocurre con las de las comunidades indígenas de Iberoamérica, como las que figuran en algunas de las grandes novelas de la centuria que dejamos atrás). Si nos ceñimos al siglo ya nombrado, a los latinismos de su vertiente culta, parodiados con gracia por algunos copleros y versificadores de la prole de Juan Ruiz, habría que añadir los ¡guay! tan en boga entre los jóvenes de hoy y característicos antes de la comunidad hispanohebrea, así como una ristra de términos árabes transliterados o adaptados a partir de él, términos todavía vigentes en el Magreb: “inflación” (por vanidad), “alatares” (especieros), “alguaquida” (pajilla con la que se prendía fuego y ahora cerilla, vocablo que curiosamente reaparece en Valle-Inclán), y un largo etcétera.
Igualmente es de lamentar la extinción de palabras de origen latino tan expresivas como “amblar”, por mover sensualmente las caderas (y ¿por qué no acuñar su sustantivación de “ambleo”?) o de “coamante” en vez del insufrible compañero o compañera sentimental que suena a tango de Gardel. Coamante es un epiceno que se aplica por igual a la pareja masculina, femenina o del mismo sexo, sin connotación peyorativa alguna. Al otro lado del Atlántico, los hispanohablantes aciertan en la elección de vocablos mejor que en nuestra península: friolento en vez de friolero, arrecho por empalmado, el bello durazno en vez del horrendo melocotón…
Aunque España es un lugar especialmente fértil para que toda estupidez propia o foránea arraigue y se reproduzca gorda, gallarda y lustrosa, el fenómeno no es sólo de aquí. Sólo somos otra panda de memos, a fin de cuentas. El fenómeno es internacional. Pensaba en eso esta mañana, viendo la publicidad de una película. Vampiros buenos y guapos que se enamoran y tal. Con sus penas y su corazoncito. Quizá es porque a los de mi quinta los vampiros nos parecieron siempre unos perfectos hijos de puta, o sea. Murciélagos con pretensiones. Gente vestida de etiqueta, fea de cojones, que se limitaba a su obligación, chuparles la sangre del pescuezo a señoras estupendas, habitualmente en camisón, y no se planteaba sentimientos ni puñetitas a la luz de la luna. Como mucho, meditaban sobre la soledad del vampiro, la eternidad y tal, dentro de un ataúd o sentados en una lápida del cementerio; pero no andaban de guateques, conducían motos o se morreaban escuchando canciones de Shakira. Por no hablar de los zombis, oigan. Aquellos muertos vivientes que antes se querían colar en la casa del bueno y merendarse a la familia, y ahora lo mismo bailan en discotecas que cuidan de su novia o de su mejor amigo. Zombis y vampirillos adolescentes, guapitos, imberbes, vestidos así como en Zara, y que parecen recién salidos del instituto. Dirá alguno de ustedes que qué pasa. Por qué ha de ser negativo que los malos sean buenos. Y a eso responde el simple sentido común: transformar en figuras adorables a todos los personajes que tradicional y universalmente han venido siendo claves para encarnar el mal en la imaginación de los hombres, en las fábulas, relatos y ejemplos con los que nutrimos el imaginario de niños y jóvenes, es escamotear referencias útiles, símbolos necesarios para identificar el mundo que los aguarda, y para sobrevivir en él. Un niño, sobre todo, necesita saber claramente que existen el bien y el mal, e incluso que la misma Naturaleza tiene sus propias maldades objetivas, intrínsecas… A ver cómo van a enfrentarse después a la vida y sus brutalidades unos chicos educados en la idea perversa de que todo lo real o imaginado es bueno, o puede serlo. En la educación de un niño, la figura del malvado, la certeza de su negra amenaza, es incluso más necesaria que la del héroe.
Hay personas que nacen antes de tiempo y pienso, ahora que se celebra el quinto centenario de su nacimiento, que Teresa de Jesús ha sido una de ellas.
Teresa de Jesús fue rebelde, feminista a su manera, defensora de su libertad individual y de la de sus monjas, y tuvo que lidiar con una época en que las mujeres eran un mero apéndice en la vida de los hombres y eso de tener ideas propias era casi un anatema. De manera que Teresa, que era sobre todo inteligente, hizo lo que le vino en gana sorteando a la Inquisición y los clérigos de su época. Sus batallas nunca fueron de frente, sino que les buscaba las vueltas a esos hombres que tanto mandaban y a los que les inquietaba una monja que tenía su propia visión de lo que debía ser el Carmelo, que además escribía y, por si fuera poco, era mística.
Pero ya digo que era una mujer inteligente y además lista, de manera que supo sortear escollos y hacer de su capa un sayo, haciendo creer a quienes la escuchaban que en realidad hacía lo que le mandaban. El quinto centenario de su nacimiento debería servir para que las nuevas generaciones descubran a Teresa de Jesús en su dimensión espiritual, sin duda, pero también en la de extraordinaria escritora. Y, si me apuran, para que no solo los jóvenes la descubran, porque durante muchos años Teresa ha sido víctima de los prejuicios.
Por tanto, es el momento de recuperar a Teresa para todos. Este tipo de efemérides, como son los quinientos años de su nacimiento sirven para poner en valor y recordar quién es esta mujer, de leer o releer su obra, de asombrarnos ante su inteligencia y determinación. Teresa no tenía vocación de monja pero eligió el convento porque en su época era lo que le garantizaba no tener que depender ni de su familia ni de un marido. Fue después cuando afloró su dimensión espiritual, llegando a ser una de las grandes místicas.
A Teresa hay que acercarse con curiosidad y sin prejuicios, con la seguridad de que la mujer, la escritora y la mística no decepcionan.
Las prisas dominan el día a día de cualquier español, pero si, además, vive en una gran ciudad, el tiempo se convierte es un bien muy preciado y que en pocas ocasiones se reserva a la comida. La estampa de una familia en una jornada habitual muestra a unos progenitores que comen en el trabajo, uno de ellos lo hace de menú y el otro compra algo rápido para volver pronto a su puesto. El mayor de sus hijos acude al comedor del instituto o la universidad y el menor, al de su colegio. Lejos queda la imagen de toda la estirpe reunida alrededor de la mesa, algo relegado a los fines de semana, donde el potaje de turno se ha sustituido por comida preparada.
Los cambios en los horarios de trabajo, en los estudios y en general en la vida de los españoles, cada vez más semejante a la del resto de europeos, ha producido un empeoramiento de los hábitos alimentarios. La dieta mediterránea, rica en frutas y verduras, se ha convertido en la meta a lograr tras años en los que se había desterrado.
La Organización Mundial de la Salud aconseja consumir al menos 400 gramos entre frutas y verduras, cinco piezas aproximadamente, al día. Diferentes estudios de la Unión Europea calculan que la media de los europeos es de 231,4 gramos, y en España el consumo asciende a los 316 gramos diarios. Estos datos varían en algunas comunidades, y en los niños el dato es más preocupante: solo un 20% come la-cantidad mínima y la media no llega a los 176 gramos diarios.
Pocas figuras nos resultan tan repelentes y siniestras como la del traidor. Y, sin embargo, la historia está llena de traidores (a una amistad, a un amor, a una patria, a unos ideales o principios). Incluso podríamos decir, siendo algo más incisivos, que nuestra propia historia personal está llena de traiciones; tanto de las que hemos sufrido como de las que hemos infligido, pues con frecuencia somos nosotros mismos quienes, ante la expectativa de una mejora o ganancia, no vacilamos en abjurar de nuestros principios.
Hay quienes explican la psicología del traidor como un tortuoso lodazal donde campea el complejo de culpa. Lo que nos llevaría a considerar también el complejo de inferioridad como motor de la traición; pues, si bien hay traidores de todos los linajes y pelajes, suelen ser individuos de muy baja ralea, seres mediocres que se vieron encumbrados por razones azarosas, adventicias o coyunturales, con frecuencia impulsados por alguien más brillante y generoso que ellos, al que nunca pudieron terminar de perdonar que los haya encumbrado desde la nada. Y, como su encumbrador conoce sus limitaciones (y, por lo tanto, que su encumbramiento es inmerecido o injusto), arden en deseos de encontrar la ocasión propicia para poder causar su ruina y acuchillarlo sin piedad.
Toda traición, sin embargo, es castigada; y es el propio traidor quien se aplica la pena. Antaño era mediante el remordimiento; y en esta época desalmada en que ya casi han desaparecido los escrúpulos morales el traidor se castiga mediante el resentimiento hacia sí mismo. Y es que el traidor termina alimentando un desprecio inconsciente hacia sí mismo: sabe que ninguna de sus lealtades es firme, sabe que su palabra vale menos que papel mojado; y esta certeza cristaliza primero en una suerte de irónico cinismo, que después se mancha de hastío, de desolación y asco, al mirarse dentro y comprobar que nada le gusta, que nada defiende y que nada ama. Es verdad que, a veces, el traidor puede querer redimirse con un acto de adhesión fervorosa o una proclamación aspaventera de principios (esta actitud es muy propia de políticos chaqueteros, que después de consumar su traición se pretenden más puros e incorruptibles que nadie), en un esfuerzo por hacerse perdonar sus deslealtades pasadas; pero tales palinodias suelen ser tan forzadas que no provocan sino mayor escarnio, lo que no hace sino agriar aún más su resentimiento. El traidor, a la postre, acaba amargado y lleno de bilis
¿Cómo era nuestra vida antes del iPod? Inmediatamente antes de que Steve Jobs presentara aquel artilugio con rueda y pantalla, uno tiraba mucho de minidisc: la fidelidad era alta y la capacidad de almacenamiento, poca. Hasta que llegó el aparatito y se fue perfeccionando. Con la aparición de la versión Classic de 160 gigas alcanzamos muchos la felicidad deseada: cerca de 40.000 piezas podían organizarse en interminables listas de reproducción y dar respuesta para cada situación. Almacenar música era posible en medio paquete de tabaco. Alguien se ha preguntado por el sentido que tiene mantener un dispositivo como el iPod cuando la gente está siendo educada a no almacenar: que almacene otro a quien pagarle cuatro perras al año y poder conectarse con él mediante tarifa plana y escuchar lo que se quiera. A través de los smartphones, claro, que también le vendo yo. Incluso ese alguien, como Spotify, ya les elabora listas según su estado de ánimo o necesidades. Pues dejo de fabricar el iPod y arreando. Con dos cojones. Soy, como muchos, de los que echo más en falta el iPod que el teléfono móvil. La empresa de Cupertino quiere que lo sustituyamos por el iTouch. Es cierto que este último tiene prestaciones añadidas, como el acceso a la Red o la reproducción de vídeos con más calidad, pero la capacidad solo alcanza, en el mejor de los casos, los 64 gigas. De 160 a 64 hay un trecho. Se me dirá que con 64 me sobra para escuchar lo que considero imprescindible, unas quince mil y pico piezas, que es más de lo que yo puedo escuchar a ritmo razonable. A lo que yo repongo: ¿y usted qué sabe que soy capaz de escuchar yo si me pongo? Y añado: ¿quién le ha dicho a usted que yo me tengo que comportar como la media de señores que solo apura su iPod en un treinta por ciento? La compañía, por demás, ha argumentado que cada día le cuesta más encontrar los materiales para su fabricación, lo cual es un cuento chino. Tienen que vender otras cosas marca de la casa, que es lo que hace Apple: al final has de cambiar el ordenador de mesa si has cambiado de iPad, por ejemplo, ya que no te deja actualizar softwares. No permite según qué compatibilidades, vaya. Y Apple no es barato. Lo dice uno que pertenece a La Secta, conste, pero que está muy cabreado. Ya veremos si este flamante iWatch de Superagente 86 nos da alguna alegría, pero hasta que no hagan crecer el iTouch que fenecerá a no tardar mucho habrá que cuidar nuestra joya de la ruedecilla como si fuera un niño pequeño. Ya lo he escrito en más de una ocasión: no sin mi iPod. Lo siento.
Sí, hoy es uno de esos días en que siento que me carcome la indignación cuando leo en un periódico que el Presidente de la Asociación de Profesores de Filosofía se está movilizando, para defender la Filosofía como asignatura. Resulta que es una asignatura optativa en nuestro sistema de enseñanza, de manera que muchos niños saldrán de las escuelas e institutos sin haber dado esta materia. No sé quién es el "genio" que ha tomado esa nefasta decisión, pero me parece que, sea quien sea, es alguien al que le importa un pimiento la educación y la formación de nuestros hijos.
En realidad, la Filosofía, como la Historia y otras asignaturas que entran dentro de Humanidades, han sido baqueteadas tanto por los gobiernos del PSOE como por los del PP. De manera que hoy en día es bastante habitual que los chicos que llegan a la Universidad, e incluso, cuando salen ya con una carrera hecha, desconozcan quiénes se enfrentaron en la batalla de Lepanto, si Aristóteles es un futbolista o vaya usted a saber quién, cómo es una columna dórica, o si Cleopatra es una crema o acaso algo más.
La Filosofía nos enseña a pensar, ayuda a desarrollar el sentido crítico, incluso a entendernos a nosotros mismos. Lo malo es tener que decir lo obvio. En realidad, los ministros de Educación del PSOE y del PP han basado sus mandatos los primeros en suprimir la Religión como asignatura, los segundos por imponerla. Y eso sí, todos se han mostrado preocupadísimos porque los críos estudien con "las nuevas tecnologías", como si el continente fuera más importante que el contenido.
Verán, en mi opinión, debería de ser obligatorio el aprendizaje de la Filosofía, Historia, Literatura, Historia del Arte, y sí, también historia de las religiones (que no es lo mismo que Religión), porque de lo contrario es difícil que nadie entienda incluso lo que está sucediendo hoy en Siria. Sí, son muy importantes las nuevas tecnologías, pero las Humanidades lo son también, y erradicarlas de nuestro sistema educativo supone que nuestros hijos no es que vayan a ser menos cultos, es que no tendrán herramientas para entender siquiera lo que sucede a su alrededor por mucho que naveguen por Internet.
A mí me produce vergüenza que nuestro sistema educativo haya condenado a esas asignaturas, que como la Filosofía, son las que nos provocan que nos hagamos preguntas y sobre todo que sepamos interpretar la realidad que nos rodea.
No recuerdo su nombre. Solo sé que se trataba de un médico español que trabaja en los Estados Unidos y que hablaba sobre cómo afrontar la noticia de sufrir uno (o alguien muy querido) una enfermedad incurable. El locutor, haciéndose eco de lo que vemos y oímos a diario, hablaba de la importancia de una actitud positiva y del papel fundamental del optimismo. “Es básico ¿verdad doctor? Ve uno cada vez más ejemplos de gente que lucha que sin perder la esperanza, que se comporta con una valentía admirable”.
“En efecto” –respondió el doctor–, “la actitud es importante, y una persona positiva tiene muchos puntos a su favor, pero desde aquí quiero lanzar un ruego: no estigmaticemos a aquellos que no consiguen vivir su enfermedad con los aspavientos de un cheerleader”. Dijo la palabra en inglés y su traducción nunca es afortunada. Se refiere a esos animadores –animadoras por lo general– de ciertos deportes que bailan y se contornean agitando pompones de colores o bastones de majorettes. En seguida entendí a qué se refería.
Hoy cualquiera que sufre un revés de fortuna relacionado con la salud, un cáncer por ejemplo, o el nacimiento de un hijo con alguna malformación o enfermedad rara, de inmediato tiene que dar testimonio de su admirable forma de enfrentar la adversidad. “Es lo mejor que me ha pasado” –confiesa la madre de un hijo con parálisis cerebral–. “Juan es la alegría de la casa, no cambio mi vida por la de nadie”. “Tener cáncer me ha hecho mejor persona, más fuerte, más alegre” –declaran otros. Todo un ejemplo, una actitud sin duda admirable. Inteligente incluso, porque así como existe el efecto placebo, que, por ejemplo, hace creer a alguien que una píldora que no es más que azúcar puede curarle y en efecto se cura, existe también el efecto nocebo. Por él, una persona que se piense enferma aún sin estarlo, tiene muchas papeletas para enfermar de verdad. El cerebro es así de eficaz, se convence de una cosa ya sea buena o mala y hace que suceda… Dicho esto, todos los médicos están de acuerdo en que, por mucha voluntad que se ponga, por mucha fe y mucho positivismo que se derroche, hay cosas que no se curan
[…] En una sociedad donde las apariencias importan más que la realidad, el optimismo es una actitud a la que atribuimos todas las virtudes y superpoderes imaginables, pero resulta que en este mundo traidor, que diría el poeta, hasta las más dulces virtudes tienen sus “sí, pero…”.
Hasta hace sólo unos años, la escritura habitual formaba parte de determinados ámbitos profesionales, pero no alcanzaba a la inmensa mayoría de la población del mundo avanzado. Mucha gente podía pasar semanas y meses sin necesidad de escribir nada (aunque sí de leer). Ahora, sin embargo, se escribe más que nunca en la historia de la humanidad. Eso ha dotado de un nuevo rasgo a las personas. Su imagen ya no reside sólo en su aspecto, sus ropas, su higiene, el modelo de su automóvil, acaso la decoración de la casa. Ahora también transmitimos nuestra propia imagen a través de la escritura.
El grupo de WhatsApp de la asociación de padres, los mensajes de Twitter, los comentarios de Facebook o los argumentos de un correo electrónico constituyen un escaparate que exhibe a la vista de cualquiera la ortografía de una persona, su léxico, su capacidad para estructurar las ideas.
Si alguien lleva una mancha en la camisa, el amigo a quien tenga cerca en ese momento le advertirá amablemente para que se la limpie. Incluso puede decírselo el desconocido con el que acaba de entablar una conversación. Sin embargo, los fallos de escritura en esos ámbitos se dejan estar sin más comentario. Los vemos y los juzgamos, sí, pero miramos para otro lado. Ni siquiera avisamos en privado para que el otro tome conciencia de sus errores. Es un examen silencioso, del que a veces se derivan decisiones silenciosas también.
Tememos dañar al corregido. ¿Por qué? Tal vez porque un lamparón en la blusa se puede presentar como accidental y no descalifica a la persona, mientras que la escritura constituye una prolongación de la inteligencia y de la formación recibida. Y por tanto las refleja.
El que observe en silencio esas faltas frecuentes exculpará, por supuesto, a quien no haya tenido a su alcance una educación adecuada. Puede que no sea tan benevolente, en cambio, con los demás: con quienes han malversado el esfuerzo educativo que se hizo con ellos; y con todos aquellos que lo consintieron. El deterioro de la escritura en el sector bien escolarizado es lo que realmente provoca el escándalo.
El éxito editorial del Quijote no tiene parangón en la historia de las letras europeas. La colección canónica del teatro de Shakespeare, el First Folio de 1623, se reimprime nueve años después y no reaparece hasta 1663; en el ínterin, tampoco se publican sino tres obras sueltas, contempladas ya como antiguallas del “old Shakespeare”. En todo el siglo XVII, el escritor ‘nacional’, el poeta italiano por excelencia es todavía Petrarca, y la Commedia dantesca se asoma a las prensas sólo tres veces.
El Quijote no ha conocido eclipses similares. En sus dos primeros decenios rozó la veintena de ediciones; entre 1625 y 1635 sufrió en Castilla el veto general de estampar novelas y comedias, pero siguió viendo la luz en las traducciones, y desde entonces apenas ha pasado año sin ser impreso, una o muchas veces, en español o en otras lenguas y sin que su valoración dejara de caminar in crescendo. Si Lope de Vega lo juzgaba indigno de merecer unos versos de elogio, con el tiempo se ha vuelto común, casi trivial, otorgarle la etiqueta que Cervantes asignó a otra novela española: “el mejor libro del mundo”. Así lo saludan ya en nuestro milenio encuestas de The New York Times y EL PAÍS, el Club del Libro noruego o The Guardian, avalados por escritores y críticos del máximo prestigio.
Cuál es la clave de tan buena estrella no creo que nadie pueda averiguarlo con certeza. El aprecio para una obra de ficción lo consigue el autor con procedimientos literarios, pero la regla general es que el lector no lo conceda por razones literarias, sino, digamos, humanas, del mismo género de las que lo mueven a estimar otras realidades no literarias. Quizá va por ahí la pista más segura para explicar la fortuna universal del Quijote: la fascinación que produce la figura del protagonista (con la silueta de Cervantes al trasluz), siempre radicalmente inverosímil y absolutamente natural. Según la temprana descripción de Guillén de Castro, el héroe despierta inevitable e inseparablemente “lástima y amistad”. El caballero andante loco, desaforado, grotesco, y el Alonso Quijano lúcido, sensato e irreprochable, suscitan idéntica simpatía, y el deleite que provoca la novela consiste notablemente en el ir y venir del uno al otro, entre las acciones nacidas de la locura y las palabras inspiradas por la lucidez. Otro tanto cabría decir de Sancho, y también glosarlo indefinidamente.
El Quijote no ha conocido eclipses en su divulgación. La clave de su estrella no se sabe a ciencia cierta. El Quijote es muchas cosas, que cada época ha valorado en diversa medida.
La mayoría de las personas con una dimensión pública, sobre todo políticos en campaña (pero no sólo), tratan de ser simpáticos y agradables por encima de todo. Sonríen forzadamente, procuran tener buenas palabras para todo el mundo, incluidos sus contrincantes y aquellos a quienes detestan; estrechan manos, acarician a los desheredados y a los niños, se prestan a hacer el imbécil en televisión y no osan rechazar un solo gorro o sombrero ridículos que les tienda alguien para vejarlos; intentan parecer “ normales” y “ buena gente” , uno como los demás, y su idea de eso es jugar al futbolín, berrear en público con una guitarra, tomarse unas cervezas o bailotear. Supongo que están en lo cierto, y que a las masas les caen bien esos gestos, o si no no serían una constante desde hace décadas, en casi todos los países conocidos.
Pero hay algo que no se compadece con estas manifestaciones de campechanía y “naturalidad”, que las más de las veces resultan todo menos naturales. Y la contradicción es esta: un número gigantesco de los tuits y mensajes que se lanzan a diario en las redes son todo lo contrario de esto. Comentarios bordes o insolentes, críticas despiadadas a lo que se tercie, denuestos e insultos sin cuento, maldiciones, deseos de que se muera este o aquel, linchamientos verbales de cualquiera –famoso o no– que haya dicho o hecho algo susceptible de irritar a los vigilantes del ciberespacio o como se llame el peligroso limbo.
Millones de individuos no profesan la menor simpatía a la tolerancia y la comprensión. Eso indica que hay millones de individuos que no profesan la menor simpatía a la simpatía, ni a los buenos sentimientos, ni a la tolerancia ni a la comprensión. Millones con mala uva, iracundos, frustrados, resentidos, en perpetua guerra con el universo. Millones de indignados con causa o sin ella, de sujetos belicosos a los que todo parece abominable y fatal por sistema: lo mismo execrarán a una cantante que a un torero, a un futbolista que a un escritor, a una estudiante desconocida objeto de su furia que al Presidente de la nación, tanto da. Cierto que la inmensa mayoría de estos airados vocacionales sueltan sus venenos o burradas sin dar la cara, anónima o pseudónimanente, lo cual es de una gran comodidad. Su indudable existencia explica tal vez, sin embargo, el “incomprensible” éxito que de vez en cuando tiene la antipatía, cuando alguien se decide a encarnarla.
Creo que los móviles nos están esclavizando al tenernos comunicados las 24 horas del día. Sobre todo, aborrezco el WhatsApp o más bien el uso que se suele hacer de este sistema de comunicación. Ya hay muchas personas que se están rebelando ante estas máquinas, incluso algunos de los "padres" de los nuevos inventos que han dado lugar a las redes sociales. Mi hijo me convenció de que tener WhatsApp era imprescindible y el argumento definitivo fue que a él le resultaba más cómodo poder enviarnos mensajes por este medio cuando viaja, porque las llamadas eran gratis o más baratas… Bueno, pues desde ese día no tengo ni un minuto de sosiego. Ya saben que me dedico a escribir y resulta difícil poder concentrarse en la escritura si a cada momento suena el insoportable pitido del WhatsApp anunciando la entrada de un nuevo mensaje.
No sé a ustedes, pero a mí la mayoría de los mensajes que me llegan son sencillamente prescindibles. Para empezar, me sorprende la cantidad de tiempo libre que tiene la gente y, sobre todo, la banalidad en la que se ha instalado nuestra sociedad. No hay día en que alguien no me mande algún vídeo absurdo: que si un tigre alimenta a un perro en no sé dónde, que si un chiste estúpido, que si unas declaraciones que ha hecho alguien sobre algo y que se han convertido en virales... por no hablar de algunos que se creen en el deber de informar a todos los que estamos en su agenda de cuanto dicen y hacen. Así que hay quienes me abruman enviándome sus intervenciones en tertulias y debates varios, sus artículos de prensa... o los que te mandan fotos, canciones, frases cursis...
Total, que de asuntos de este calibre recibo unos cuantos WhatsApp cada día. Me pregunto cómo es posible que a mí me falten horas a lo largo del día y que haya a quienes les sobran para dedicarse a mandar estos mensajes sin sustancia. Una cosa es llamar o mandar un mensaje a alguien sobre un asunto concreto y otra invadir la intimidad ajena enviando cualquier cosa. Es más, no podía imaginar que algunas de las personas que conozco y a las que tengo por serias podían hacer un uso tan extravagante de esta aplicación. Las nuevas herramientas de comunicación son, sin duda, extraordinarias pero la cuestión de fondo es para qué se usan. Y me temo que la mayor parte de la gente las usa para contar nada.
«Sé bella y punto en boca», solían recomendar las mamás decimonónicas francesas a sus criaturas poco antes de lanzarlas al mundo, sus pompas y sus obras. Pero también, o mejor dicho sobre todo, las madres que así adiestraban a sus niñas esperaban que, poco a poco, y valiéndose como ellas de las ancestrales armas de mujer, tan útiles, tan eficaces, sus hijas llegaran a manejar a sus maridos como un buen maestro de títeres. Es decir, haciéndoles creer que eran ellos quienes decidían, cuando eran otras las manos que manejaban los hilos. El sistema funcionaba admirablemente, los hombres creían dominar el mundo, pero, como señaló William Ross Wallace en un poema famoso ahora gracias a cierto thriller aterrador, la mano que mece la cuna es la que mueve el universo. Llegó, sin embargo, un momento en que las mujeres nos cansamos de ser maestras de guiñoles y la mano que mece la cuna y decidimos que era hora de tomar un papel más activo en la Historia, de convertirnos en actrices principales.
Así, a principios del siglo pasado, Virginia Woolf nos enseñó el camino para conquistar «una habitación propia», Simone Weil nos alumbró con su rara combinación de lucidez y honestidad intelectual, mientras Simone de Beauvoir nos descubrió los peajes de ser El segundo sexo. Pasaron los años, llegó el tan esperado siglo XXI, ¿y cuáles son ahora nuestros referentes, nuestros modelos? Todos los años medios prestigiosos, como las revistas Time o Forbes, elaboran listas de las mujeres más influyentes del planeta. Patidifusa se queda una al comprobar que, codeándose con Theresa May o Angela Merkel, aparecen en ellas y en lugar relevante reinas de la vacuidad como Kim Kardashian, emperatrices de molicie inane como Paris Hilton y señoras cuya única gesta ha sido casarse con multimillonarios y/ o heredar. Señoras monísimas (algunas bastante añosas) sin más mérito conocido que vender su vida y miserias a golpe de exclusiva; enhebradoras de un marido -o amor o amorcete- tras otro cuanto más rico e importante mejor; y luego, vociferantes princesas del pueblo con serias dificultades para aprobar la ESO… ¿Es posible que lo que más se admire de nosotras sea ¡aún! nuestro aspecto físico, el arte de casarse y descasarse o lo afilada que se tenga la lengua como en una mala comedia de Arniches?
La crisis económica que hemos padecido y de la que, con tantas dificultades, vamos saliendo, habría sido mucho peor si no hubiéramos contado con los abuelos. Su exigua pensión ha permitido a muchas familias subsistir. Han abierto la puerta de sus casas a hijos y nietos cuando estos han perdido sus pisos por no poder pagar la hipoteca o el alquiler. Los abuelos, generosos, han sido el mástil seguro donde agarrarse en medio de la tormenta. Por eso me pregunto cómo es posible que el egoísmo haya prendido de tal manera en nuestra sociedad; en cuanto los padres enferman o son dependientes, inmediatamente se les lleva a una residencia. Nos buscamos excusas: no tenemos tiempo a causa del trabajo; no disponemos de sitio en nuestras casas, más pequeñas que antaño; necesitan atención profesional. Y todo suele ser verdad, pero eso también esconde una nueva actitud ante la vida, el reflejo de una sociedad más hedonista, que no quiere hacer ciertos sacrificios.
Les confieso que las residencias de ancianos me encogen el corazón. Les veo tan desvalidos, tan solos, tan tristes... No digo que no les atiendan, pero una cosa es la atención y otra la ausencia de afecto que se respira. Veo a estos ancianos como niños que se quedan desolados cuando se van sus familiares, tras la visita de rigor. Yo viví con mis abuelos. Y creo que los mejores años de mi vida fueron los que pasé, siendo pequeña, teniendo en casa a mi abuela Teresa y a mi abuelo Jerónimo. Creo que crecer con los abuelos es una suerte, no solo porque son una fuente inacabable de cariño, sino por lo mucho que aprendes de ellos…. Mi abuela Teresa me enseñó a leer antes de que yo fuera al colegio. Por la tarde, después de comer, me sentaba junto a ella y me hacía leer en voz alta durante un buen rato. Así nació mi amor por la lectura. No puedo imaginar que les hubieran llevado a una residencia. Creo que les habría rescatado y me habría fugado con ellos. Habría sido como si me hubieran arrancado lo mejor de mi infancia.
No juzgo a nadie, pero ¿de verdad, de verdad no podemos tener a nuestros padres y abuelos en casa?
¿No será que, como sociedad, somos cada vez más egoístas y por eso les llevamos a una residencia, porque es más cómodo para nosotros? Nuestros mayores han dado una lección de generosidad cuando más les hemos necesitado en medio de la crisis. No nos han cerrado la puerta en las narices, sino que han vuelto a compartir lo que tenían. Deberíamos reflexionar sobre ello.
Hay que ser muy valiente para dar un paso al frente y admitir en público que se ha sido objeto de abusos sexuales. No hablo solo de violación, sino de esos abusos que llevan sucediendo desde el principio de los tiempos y que tienen que ver con la situación de “superioridad” de la que han gozado los hombres. Hasta ahora, a los hombres se les reía la gracia cuando presumían de sus hazañas sexuales. La sociedad solía complacerse ante esas manifestaciones de machismo, señalando a la mujer y alabando a los hombres; pero eso se ha acabado. Algunos se lo van a tener que pensar dos veces antes de sacar pecho y ponerse a hacer recuento de sus aventuras sexuales. Porque claro que ha habido abusos en todos los ámbitos, no solo en el ambiente glamuroso de Hollywood, sino en cualquier oficina, fábrica o puesto de trabajo y, desde luego, también en la intimidad del hogar.
La pregunta que hacen algunos maledicentes es: “¿Y por qué esas mujeres permitieron esos abusos?
¿Por qué no dijeron simplemente “no”?”. Quienes hacen esa pregunta no saben lo que es el peso del machismo, cómo a las mujeres, durante siglos, se nos ha preparado para complacer y obedecer a los hombres, para aceptar una supuesta superioridad. Salir de ese círculo vicioso no es tarea fácil.
Sí, ha sido difícil decir “no”. Y durante siglos las mujeres hemos aceptado resignadamente los abusos con una sensación profunda de náusea. Uno de los errores que solemos cometer es juzgar lo que sucedió ayer con los ojos de hoy. Eso nos lleva a la incomprensión. Porque con los ojos de hoy puede ser difícil comprender que muchas mujeres fueran incapaces de decir “no” a la mano babosa del jefe o al abuso del marido. Por miedo, por quedarse bloqueadas, por no quedar como unas meapilas, por tantas razones.
Por eso me parece indecente que haya quienes creen que, si a una mujer la violan, es porque ha dado pie; que si el jefe le ha metido mano, es porque ella le ha provocado; que si un chico la besa de repente y ella se aparta, en realidad ella estaba buscando ese beso.
Tienen las palabras su maleta de matices añadidos. Y los hablantes, en general, sospechamos lo que hay dentro de cada maleta. Lo sepamos o no de forma explícita, cuando usamos la palabra acoso estamos especificando que se da una relación deshumanizada del acosador hacia el acosado. Y es así porque la propia palabra acoso lo tiene en su origen. Un verbo como acosar se aplicaba en un principio hablando de los animales que eran blanco de una cacería; y, solo secundariamente, se comenzó a usar para aludir a aquellas personas que eran tratadas como animales […]
Carece de esas resonancias la palabra inglesa bullying que en los últimos años ha empezado a usarse en nuestro idioma para aludir al acoso escolar, como vocablo hermano del mobbing o acoso laboral. Los extranjerismos pueden tener otra maleta de matices añadidos para nosotros: a veces los escogemos porque nos suenan más modernos, tal vez (como puede ser el caso aquí) los preferimos porque nos parecen más específicos, concretos o acotados. Ya sabemos que la lengua es libertad y cambio, y que está en las manos (¡o en las voces!) de los hablantes el gusto temporal o duradero por una forma concreta; por eso, es imposible predecir si mobbing o bullying se aclimatarán o no para siempre a la lengua española.
La palabra bullying nos está opacando todo lo negativo que hay en voces españolas con maletas muy cargadas: hostigamiento, agresión, amenaza, maltrato, tortura; acosar como atosigar, fastidiar, perseguir, importunar, agobiar, no dejar en paz... cansar hasta hacer que la víctima se rinda y baje los brazos. Todas esas palabras que parecen incomodarnos se relegan con un anglicismo esterilizado que esconde las connotaciones bajo la alfombra.
Hablemos de bullying, llamémoslo así si eso es lo que queremos, pero no lo tratemos como eufemismo. Llenemos su maleta con la misma carga que tiene acosar y seamos conscientes de lo que es: algo sencillamente inadmisible.
Camino por el lado izquierdo de una calle de Lisboa, subiendo del Chiado al barrio Alto: una de esas que tienen aceras estrechas que solo permiten el paso de una persona a la vez. Me precede un individuo joven, sobre los treinta y pocos años. Un tipo normal, como cualquiera. Un fulano de infantería que camina con las manos en los bolsillos. Podría ser portugués, o inglés, o español; de cualquier sitio. Va razonablemente vestido. De frente, por la misma acera, camina hacia nosotros una señora mayor, casi anciana. Por reflejo automático, sin pensarlo siquiera, bajo de la acera a la calzada para dejar el paso libre, atento al tráfico, no sea que un coche me lleve por delante. Lo hago mientras supongo que el individuo que me precede hará lo mismo; pero éste sigue adelante, impasible, pegado a las fachadas, obligando a la señora a dejar la acera y exponerse al tráfico.
Cuando la mujer queda atrás, me adelanto un poco para ver la cara de ese cenutrio. Lo miro, me mira él a mí como preguntándose qué diablos miro, y en su estólida expresión, en la forma en que continúa su camino, comprendo que sería inútil recriminarle algo. No lo iba a entender aunque se lo cantara en fado y con fondo de guitarras, me digo. No es consciente de lo que ha ocurrido. No ha hecho apartarse a la señora por descuido, ni por deliberación; ni siquiera por no exponerse al tráfico él mismo. Es, sencillamente, que no le ha pasado por la cabeza [...]
Y ése es el punto, concluyo desolado. Que en el mundo de ese fulano, en la forma natural, instintiva, que semejante sujeto tiene de abordar la vida y la relación con los demás –él y los millares y millones que son como él–, ceder el paso o gestos parecidos ya no forman parte de sus reflejos. De su adiestramiento social. De su educación. Da lo mismo, a estas alturas, que quien venga por la acera sea mujer, niño, anciano o joven de su mismo sexo y edad. Lo más elemental del mundo, ceder el paso a cualquiera, al que viene de frente, va a cruzar el umbral de una puerta o te cruzas en un pasillo, resulta para él algo impensable, por completo ajeno a su comprensión y a su forma de mirar el mundo. No existe, y punto. Nadie se lo ha enseñado en casa o en el colegio, o nadie le ha insistido en ello.
Verán, una de las cosas que más me sorprenden, y de paso también me irritan, es que con más o menos sutileza se exija a las mujeres que tengamos comportamientos masculinos a la hora de trabajar. Incluso, que ajustemos nuestro atuendo al de los hombres.
De hecho, en las últimas décadas, las mujeres hemos incorporado a nuestro armario los trajes sastre, algunos tan anodinos como los que llevan los hombres. Nos ha dado miedo que alguien pudiera criticar nuestro aspecto, que lo consideraran 'poco serio'. Menos mal que ya hace unos años que las más jóvenes de entre nosotras han decidido que la igualdad no pasa por tener que renunciar a ponerse tacones o vestirse con lo que mejor les sienta […]
Y me preocupa especialmente que haya mujeres que teman que no las tomen en serio si se atreven a llevar ropa que no se ajuste a determinados cánones masculinos. No han sido pocas las ocasiones en que machistas recalcitrantes intentan justificar que determinadas vestimentas femeninas son una provocación y que por eso hay hombres que se sobrepasan.
Por eso me parece que se equivocan de estrategia algunas actrices de Hollywood que, al parecer, han decidido no 'pisar' la alfombra roja con vestidos que dejen al descubierto lo que son: mujeres. Es tanto como reconocer que, efectivamente, el cuerpo femenino provoca y que lo mejor es ocultarlo. Si vamos por ese camino, terminaremos justificando el burka o pareciendo seres asexuados.
Pues no. Rotundamente no. Son algunos hombres los que tienen que cambiar la mirada. Y también algunas mujeres las que tienen las que cambiar el chip. Luchar por la igualdad pasa por luchar por la diferencia. Somos iguales, pero somos diferentes. O, mejor dicho, debemos de ser iguales en derechos, pero desde nuestras diferencias. Esa es la batalla, no la de renunciar a ser como somos para que nos tomen en serio o para evitar que algún desalmado nos ataque.
Cuántas guerras, invasiones, revoluciones, muertes... En definitiva, cuánto sufrimiento hay en nuestro mundo, porque muchos consideran la tierra donde viven como posesión suya, en la que otros no tienen derecho a residir. Y de ahí viene el lamentable y doloroso problema de los miles y miles de inmigrantes, de los que unos encuentran la muerte en el mar en su intento de escapar del hambre o de la guerra, y otros muchos, después de una odisea lamentable, acaban encontrándose con unas vallas, que les están diciendo: «Aquí no os queremos». Y estas tragedias inhumanas les ocurren precisamente a los inmigrantes pobres, que no pudiendo vivir en el país donde nacieron, tampoco lo pueden en el país en el que ellos soñaron. Porque los visitantes no pobres no son rechazados, sino que se les recibe con aplauso, se preparan actos para agasajarlos y que sean felices durante su estancia en el país. Y todo ello porque se espera que su visita sea una oportunidad para que dejen aquí su dinero y así podamos vivir mejor. Lo que significa y viene a demostrar que al dinero se le da más importancia que a la persona, en concreto que a la persona pobre. Tenemos una economía materialista, cuyo dios es el dinero. Si tienes dinero, vales; si no, eres un estorbo. Por ello, para ser algo y alguien, se cultiva el ansia de tener, de acaparar; pues de lo contrario, eres un don nadie. Y claro, cuando se acapara, a unos les sobra y a otros les falta. Y de ahí nacen esas diferencias escandalosas entre países ricos y países pobres; personas ricas y personas pobres y descartadas, como dice el Papa Francisco.
En nuestro mundo hay recursos suficientes para todos los hombres. Recursos aportados por la madre naturaleza y aumentados por la gestión y el trabajo del hombre. Pero si esos recursos no llegan a todas las personas, pasa lo que está pasando: que a unos les sobra y a otros les falta. Y es que los países ricos no saben, ni quieren saber, que también ellos son inmigrantes. Se creen amos de su país; creen tener un derecho eterno y absoluto a sus tierras; un derecho que viene de atrás y que les hace dueños y señores, siendo los demás advenedizos y descartables. No saben que también ellos fueron puestos en un lugar determinado, como podrían haber sido puestos en otro; ni quieren saber que un día tendrán que dejar esa tierra, sin llevarse nada de ella. Pero sí se llevarán, y será lo único en llevarse, algo de ellos mismos: su corazón; corazón de piedra, si solo se han amado a
sí mismos y «al prójimo contra una esquina»; o corazón humano, si también han ayudado y amado a los demás.
El cerebro usa dos rutas para leer: el área de Broca (lóbulo frontal) y el área de Wernicke (lóbulo temporal). La primera hace una conversión grafofonológica, mientras que la segunda reconoce la palabra atendiendo a su aspecto. Esta última ruta es más rápida y adquiere más importancia cuanto más experto es el lector. Por eso los lectores principiantes silabean, mientras que los avezados leen varias palabras de un golpe de vista. Es posible hacerlo porque gracias a la ortografía las palabras siempre se escriben igual. Es fácil darse cuenta si tratamos de leer un texto plagado de cambios ortográficos. Veremos cómo nuestra velocidad lectora cae enormemente.
Bloqueada la ruta de Wernicke, el cerebro no reconoce las palabras y debe identificar sus fonemas uno a uno,
silabeando igual que hace un niño. Abolir la ortografía haría que cada cual escribiese cada palabra “como le suena” y nos entorpecería a todos la lectura. También a las personas supuestamente “discriminadas” por la ortografía, a las que dificultaría aún más el acceso a la cultura. Parece más sensato exigir una escuela pública de calidad para todos que suprimir la ortografía.
Dicho esto, estoy de acuerdo en discutir si las normas que hay son mejorables. Por ejemplo, si es preferible
mantener la “h” de “hierro” o sería mejor escribir “ierro”, “yerro”, “yierro”, “llerro”, “llierro” o sus correspondientes con erre simple. Son 12 variantes. Podemos decidir cuál preferimos, pero, a partir de ese momento, todos deberemos escribirla igual. Y lo único que habremos hecho es sustituir una norma por otra, que igualmente habrá que aprender.
Vista la necesidad de unas normas y las variantes que la escritura fonológica puede producir, parece razonable mantener las que existen, que son, en gran parte, producto de la etimología. La “h” de “hierro” es el rastro genético que dejó la “f” de “ferrum”. Saberlo permite entender, por ejemplo, por qué decimos “cloruro férrico”. Es una realidad muy bella de las lenguas que no se debería despreciar con tanta ligereza.
Primero fue el Me Too de las mujeres y ahora es el dedo acusador de los estudiantes por el clima el que se extiende por más de cien países. Ambos movimientos tienen en común elementos que explican el nuevo terreno en el que nos movemos. El primero, la inusitada rapidez con la que puede convertirse en global una iniciativa que surge de forma local. Una mujer que denuncia públicamente un acoso. Una niña solitaria que deja la clase y se planta con su pancarta ante el Parlamento de su país. La capacidad de contagio instantáneo es una de las características del nuevo ecosistema y es fruto de la sinergia entre las redes, que forman una malla tupida capaz de cubrir todo el planeta, y los grandes medios de comunicación, cuya capacidad de difusión e impacto es también, gracias a Internet, global. Este complejo sistema combina la verticalidad con la horizontalidad: cada receptor se convierte en un nuevo foco emisor.
El segundo elemento diferencial es la naturaleza de los liderazgos que los mueven. Personas anónimas capaces de encarnar en un momento dado una corriente profunda que no acaba de encontrar su cauce de expresión. Es un liderazgo “catalizador”, en el doble sentido de la palabra: 1) Causar o provocar un proceso o una reacción de cualquier tipo. 2) Atraer, conformar y agrupar fuerzas, opiniones, sentimientos, etcétera. Exactamente eso. Si el malestar que los alimenta es global, lo natural es que la respuesta también lo sea.
El tercer elemento es la radicalidad de las reclamaciones. Las mujeres saben que solo con leyes no se alcanzará la igualdad porque hay mil formas de incumplirlas. Que no habrá igualdad sin un cambio profundo de las estructuras. También los estudiantes que siguen a Greta Thunberg reclaman transformaciones radicales: “Para intentar hacer algo por el clima hemos de cambiar el sistema”, escribían ayer sus líderes. En el caso de las mujeres, el combustible que las mueve es el hartazgo por la persistente humillación. En el de los jóvenes por el clima, la urgencia: “Si los que ahora están en el poder no actúan, será nuestra generación la que pagará las consecuencias”. “No podemos seguir esperando”. Dicen que no quieren esperanza, quieren que los adultos sientan pánico y hagan algo. La cuestión es cuánta fuerza serán capaces de acumular y si tendrán capacidad de perdurar.
Esta introducción del bilingüismo en la escuela obedece a la admiración palurda que nuestra clase política profesa a todo lo que huela a anglosajón; y, por supuesto, a los intereses plutocráticos, que han impuesto el inglés como koiné o lengua franca universal (de tal modo que se pueda desplazar geográficamente a los trabajadores al antojo del Dinero). No entraremos a discutir si el aprendizaje del inglés mejora las posibilidades laborales de un joven: en muchos casos, sin duda, lo hará; pero sospecho que en otros más bien facilitará su desarraigo. Naturalmente, nos parece de perlas que nuestros jóvenes aprendan lenguas foráneas (y no sólo el inglés, por cierto); pero lo que se nos antoja un completo dislate es que los obliguen a estudiar en inglés disciplinas fundamentales para su formación. ¿Qué sentido tiene explicar en inglés la polinización de las plantas o la formación de los continentes? El profesor tendrá que gastar tiempo y energías para explicar un vocabulario abstruso (estambres y pistilos, orogénesis y fallas tectónicas), con la consiguiente rebaja del nivel de conocimientos transmitidos. Al final del curso, sus alumnos no habrán aprendido nada de geografía ni de biología; y, en cambio, tendrán la cabeza llena de palabros absurdos que olvidarán a los pocos meses, por falta de uso. Tal vez esos alumnos lleguen a chapurrear un inglés comanche; pero serán unos perfectos indocumentados en las disciplinas que les enseñaron en esta lengua. Y todo ello mientras el conocimiento de su lengua materna se deteriora.
Y no podemos dejar de considerar la vejación innecesaria que se inflige a los profesores. Al profesor que enseña Matemáticas o Historia debe exigírsele que explique con competencia la Revolución Francesa o los números primos. Y no entendemos la razón por la que un óptimo profesor de Matemáticas o Historia deba ser sustituido por un mediocre profesor que, sin embargo, habla estupendamente inglés. Preocupémonos de que nuestras escuelas tengan óptimos profesores de inglés (y también de otras lenguas extranjeras); pero dejemos que el aprendizaje de todas las demás disciplinas sea en la lengua materna. De lo contrario, no haremos sino formar asnos bilingües; y, por añadidura, humillar a quienes podrían desasnarlos.
Lo cierto es que yo también he terminado sucumbiendo al vicio universal de las series. Todo empezó cuando advertí que las series proporcionan placeres que no pueden proporcionar las películas, igual que las novelas proporcionan placeres que no pueden proporcionar los cuentos. La comparación no es azarosa. De hecho, cabría argumentar que las películas son a las series lo que los cuentos a las novelas (sobre todo, a las novelas clásicas: las del siglo XIX). Un cuento se lee de una sentada, debe poseer una unidad de efecto —lo dijo Edgar Allan Poe— y ganarle al lector por KO —esto lo dijo Julio Cortázar—; algo parecido les ocurre a las películas. En cambio, las novelas, igual que las series, se toman su tiempo con el lector, lo trabajan sin prisa, diversifican sus efectos y prefieren ganar a los puntos. El resultado es que, en las grandes novelas clásicas, uno se familiariza tanto con los personajes que acaba teniendo una relación personal con ellos, acaba considerándolos sus amigos o sus enemigos, acaba conociéndolos mejor que a muchas personas de carne y hueso, igual que nos ocurre, digamos, con Carrie Mathison en Homeland o con Walter White en Breaking Bad. Eso es lo que nos devuelven, si no me engaño, las series de televisión: el viejo sabor de las viejas novelas, de aquellas novelas en las que la cantidad era un ingrediente de la calidad. Y por eso supongo que debe de resultar más fácil adaptar sin pérdida esencial las novelas a las series y los cuentos a las películas: porque debe de ser muy difícil comprimir con lealtad, en una serie, las oceánicas magnitudes episódicas de las grandes novelas del XIX —Guerra y paz, digamos, o Los miserables—, pero mucho más difícil debe de ser hacerlo en la brevedad de una película. Sea como sea, las similitudes entre series y novelas no terminan ahí, o al menos entre las series actuales y las novelas del XIX.
«Yo soy muy buena gente». «Te voy a ser absolutamente sincero». «A mí no me achanta nada». «Otra cosa no, pero a generoso no me gana nadie». «Si me buscan, me van a encontrar». «Tengo el corazón demasiado grande». «Soy un cacho pan hasta que me mientan a la familia, pero entonces...». Todas las frases citadas pertenecen a testimonios de gente ni clara ni generosa ni valiente ni buena. Y quizás el refrán «dime de lo que presumes y te diré de lo que careces» es uno de los más precisos que he escuchado. Puedo afirmar que cada vez que alguien al que acabo de conocer se me ha presentado diciendo lo buena gente que es él mismo he descubierto a un auténtico cabrón al que no le importa nada ni nadie salvo su propia piel. Admitámoslo, las personas mienten, mentimos. A nosotros mismos y a los demás. El porcentaje y la distribución entre nuestras verdades y nuestras mentiras es el que nos define a la postre. Y lo que separa a las personas más o menos normales de los psicópatas. Decir de uno mismo que se es buena gente significa o que no sabemos hasta qué punto somos cabrones o que lo sabemos y queremos ocultarlo, mintiendo y proclamando a los cuatro vientos todo lo contrario de lo que somos. Cuando alguien te dice que es 'transparente', empieza a desconfiar porque claramente quiere ocultar su doblez. O si dice hablar claro, busca inmediatamente la bruma en la que te quiere liar porque nada bueno se avecina. No sé cuáles son los atributos de las personas sinceras, sólo sé que entre ellos no se halla el decir lo sinceras que son. Las mentirosas, en cambio, necesitan toda una serie de trolas que sostengan esa máscara que se han fabricado sin la que se sienten vulnerables. El énfasis también traiciona a los vanidosos a los que les gusta mentir más que hablar. ¿Cuántas veces hemos escuchado la expresión «yo no tengo ningún filtro, ninguno» de boca de alguien que no es que no tenga filtro, es que le gusta poner a caldo lo que se tercie, sin criterio de ningún tipo, en aras de una inexistente honestidad? Otro topicazo infalible: cada vez que un famoso/a afirma estar pasando el momento más dulce de su vida/carrera/pareja, podemos estar seguros de que está pasando la pena negra. Lo peor es que todas estas trolas, más o menos flagrantes, han creado un extraño statu quo en el que ya no te atreves a decir lo que piensas o sientes de verdad por miedo a que te comparen desfavorablemente con los que mienten. ¿Cómo vas a decir que te sientes como una mierda en un mundo en el que quien más, quien menos es superfeliz atravesando momentos dulcísimos? Y algo que me saca de mis casillas: cuando estás en medio del rodaje de una película y la gente, esa gente que se cree buena, te pregunta si estás contenta. Confieso que esa pregunta me da ganas de emitir el famoso bramido hipohuracanado de Pepe Pótamo. Pero, para no dejar sordo a mi interlocutor, esbozo la mejor de mis sonrisas y digo: «Te voy a ser absolutamente sincera: estoy muy muy contenta».
Miramos la pantalla seis horas al día, si no más, y a veces lo que en ella se refleja se nos antoja más real que todo lo que nos rodea, los muebles, el suelo, el tónico limpiador, los platos sucios, los kleenex arrugados, las ventanas. Hacemos encuentros con los amigos y ahí nos tienen, con las patatas fritas y el vino blanco, simulando que este simulacro es normal y que estar delante de una pantalla dividida en seis pantallitas con gente de otros países es la mejor manera de pasar un sábado al mediodía. Menos es nada, es verdad, menos es nada. Pero los encuentros digitales a mí me hacen sentir aún más nostalgia: del ruido, del olor de las aceitunas, del vermut, hasta de la tele a todo trapo en los bares de barrio. Un brindis y dos hacia una pantalla. ¿Cómo están las cosas por ahí? ¿Qué tal estáis? ¿Cuánto creéis que va a durar esto? Evitar hablar de las muertes conocidas, evitar nombrar a la bicha que cada mañana cuando despertemos seguirá ahí.
Videollamadas. Videomensajes. Cadenas de mensajes en vídeo. Peticiones de videomensajes, cientos de peticiones. Para el personal de una residencia. Para una chica que cumple 23 años y está deprimida y le haría mucha ilusión. Para una enfermera que lleva 36 horas sin descansar. Para… Grabar mensajes por un extraño del deber, sintiendo que son brindis al sol y que al sol el brindis se la suda totalmente. Sólo sé que, si alguien vuelve a enviarme un vídeo de Resistiré, noto que voy a perder los papeles. Los vídeos de gente bailando en esquinas de su casa son de juzgado de guardia también. Grabar ahora vídeos para un festival de cortos, que no se me olvide. Grabar. Si alguien vuelve a entrevistarme preguntándome cómo paso la cuarentena, gritaré. Conste que lo entiendo, que entiendo que todo el mundo esté ahí dándole vueltas a la cabeza sobre cómo entretenerse. Lo único que pido es que no me pongan en el compromiso de reaccionar a sus bobadas. Tan sólo eso. Ahorradme eso, os lo suplico. Jodidas pantallas. Jodida muerte en directo. Tantas despedidas en esas pantallas. Tantas muertes, tantas agonías. Ese aprendizaje imposible: morir solo ante una pantalla. Ver morir al otro en una pantalla. Simulacro de despedida de una muerte real. El duelo suspendido…Cómo duelen los ojos después de mirar tanto tiempo una pantalla. Cómo se termina abruptamente la esperanza cuando se acaba la conexión.
¿Qué palabra podría definir el siglo XIX? Quizá la más mentada en aquel entonces fuera ‘progreso’. El XIX ve el nacimiento de todos los inventos modernos, el auge de las ciudades, la consolidación de una incipiente pero pujante clase media. Llegamos a los albores del siglo XX y la primera palabra que me viene a la cabeza es ‘proletariado’. La Revolución de Octubre la utilizó como ariete y Lenin y Stalin materializaron el concepto ‘dictadura del proletariado’ previamente acuñado por Marx y Engels. Dicho esto, el XX es asimismo el siglo de las dos grandes guerras, por lo que hay otros términos que pueden encarnarlo también.
¿Y qué término definirá en este nuevo siglo, del que ahora inauguramos una segunda década? No tenemos perspectiva suficiente para saberlo. Cada año se elige una palabra que, según quienes se dedican a hacer este tipo de reflexiones, define más atinadamente el momento. Y resulta interesante recordarlas, puesto que sirven para describir con qué inquietudes empezamos el siglo y hacia dónde vamos. Si mal no recuerdo, en los últimos años las palabras han sido ‘posmodernidad’, annonymous, ‘posverdad’, fake news y, este año, por ejemplo, la Fundéu ha elegido como vocablo de 2019 ’emoji’.
Seguramente, ninguna de ellas (tal vez con la excepción de ‘posverdad’) será la que mejor defina el siglo. Pero aun así no deja de ser inquietante lo que revelan de nosotros. Yo diría, por ejemplo, que posmodernidad es un comodín que sirve para hablar de todo y no decir nada. Annonymous remite a la impunidad que las redes proporcionan a todo tipo de acciones, en especial a las menos recomendables, mientras que ‘posverdad’ y fake news revelan la curiosa paradoja de que, cuando el mundo está más hiperconectado y más hiperinformado que nunca, las mentiras, bulos y patrañas, en vez de disminuir, crecen y se multiplican.
¿Y qué dice de nosotros la palabra ’emoji’? Con esa inquietud les dejo. Como al paso que vamos un emoji valdrá más que mil palabras, mejor empezar este decenio con una sonrisa, aunque sea esta: 😬.
Hay dos principios de los que se habla mucho en educación: excelencia y equidad. Del primero se habla con la boca pequeña o de manera populista; del segundo, con ofuscación, introduciendo factores y soluciones (véase la Ley Celaá y su obsesión por eliminar obstáculos y el consiguiente abaratamiento de aprobados y títulos) que, en lugar de garantizar que cada cual obtenga lo que se ha ganado en virtud de sus merecimientos, elimina la posibilidad de que alguien pueda descollar. Y esto, queridos lectores, es doblemente injusto: lo es para quien merece más y lo es para quien merece menos y se le hace creer que es mejor de lo que es, renunciando a la exigencia y a la búsqueda de herramientas que les permitan a todos desarrollar al máximo las capacidades de que dispongan e impidiendo, en definitiva, su crecimiento.
Volviendo a la definición de elitismo, considero un error imperdonable que el profesor no ejerza un elitismo ético, buscando abrir a sus alumnos a otros "gustos" y "preferencias" que se aparten "del común". Porque, por más que convengamos en que la mayoría de los alumnos son corrientes (cualquier colega entenderá que no uso esta palabra en un sentido peyorativo, sino con afán didáctico y para distinguir a estos estudiantes de los brillantes - que no son tantos- y también de aquellos que tienen más dificultades de aprendizaje), nuestro propósito ha de ser siempre refinarlos, apartarlos del común, confiar en sus posibilidades y en su diversidad y heterogeneidad (pero de verdad, no como postureo pedagogista), en la riqueza de sus diferencias, no adaptándolo todo a ellos sino estimulando su curiosidad, alejándolos de lo ordinario para acercarlos a lo extraordinario.
Los hombres no contribuimos a la igualdad de género el 8-M, sino el 9-M. No se necesitan nuestros gestos visibles en las calles, sino nuestras acciones invisibles en el hogar. Deberíamos pavonearnos menos en las redes y deslizarnos más por las webs del banco, la seguridad social, la luz, el gas y el colegio, como mayoritariamente hacen ellas.
Ante cualquier causa, pocos países tienen más capacidad que España para movilizar los corazones. De los aplausos en los balcones a las macromanifestaciones, salimos con facilidad al exterior, presencial o virtualmente. Somos extrovertidos y justicieros. Mitad Quijote, mitad Lola Flores. Pero la lucha contra la desigualdad no requiere convocar corazones, sino cabezas: preguntarnos fríamente cuál es la causa del problema y cómo corregirla.
En el ágora nacional, la artillería pesada se lanza sobre la situación laboral de la mujer. Sufren más paro, cobran menos, hay pocas en ciencia, tecnología y puestos de responsabilidad. Y reclamamos políticas que palien la brecha de género. Si el mundo profesional fuera una carrera en la que corremos todos, a las atletas femeninas les ofrecemos pequeñas ayudas: algún avituallamiento extra, alguna calle reservada, y muchos carteles de publicidad institucional proponiendo “modelos” —heroínas que han conseguido triunfar en campos monopolizados por varones—. Pero, como Arlie Hochschild argumenta en La doble jornada (un libro desgraciadamente clásico, porque la cosa sigue sin mejorar 30 años después de su primera edición), no faltan modelos para las mujeres que quieren progresar profesionalmente. Quienes las discriminan no son tanto las empresas en su primera jornada (la laboral) como nosotros en la segunda (la familiar).
Lo ratero de nuestra forma de valorar a los demás consiste en contraponer sus virtudes con sus defectos. Como si los defectos no fueran algo humano, lo más humano de todo. Decía Baroja que cuando alguien declara que ama a la Humanidad es porque no se siente capaz de amar a una sola persona. Y en esa exageración andamos, reclamando que la gente sea como los santos de la Iglesia, personajes sin tacha. A cualquiera que tenga un grado de decencia le parecerá normal que los tipos que nos cruzamos posean un lado oscuro, algunos defectos y ciertas transgresiones de la moral. Más que nada porque nosotros también los incluimos en el paquete de fábrica, por más que intentamos esconderlos de la vista general. Esta obsesión por ser perfectos nos retrotrae a esa época nefasta en la que los próceres exhibían sus virtudes públicas mientras en privado cedían a todos los vicios imaginables y a algunos imposibles de imaginar. El problema de las redes sociales es que han pretendido hacer negocio de ampliar el ámbito de nuestra intimidad a lo social. Nos hemos autocolocado en el escaparate. Así, incluso los famosos, que son idiotas por definición, se han convertido en paparazzi de sí mismos y cuelgan fotos con su pareja y con sus hijos, para ahorrarles los gastos salariales a los empresarios del cotilleo. Creen que por hacerlo voluntaria y controladamente, además de monetizar esa exposición, lograrán que la plebe solo conozca de ellos su lado bueno, su fotogenia y sus virtudes familiares.
Pero la puñetera vida está conformada de otra manera, para darle altavoz al consolador deterioro de los astros, la decadencia de los bellos y el empobrecimiento de los ricos. Eso nos atempera la rabia. A un ser humano se lo reconoce porque requiere un esfuerzo quererlo. Para lo otro ya tenemos un perro o un canario. A ver si nos vamos enterando.
La tecnología ha modificado el lenguaje y ha separado a las generaciones hasta el punto de que no se entienden cuando hablan. Las consecuencias de esta distancia son graves y solo tienen gracia en forma de tuit pues sin diálogo intergeneracional estamos abocados a cometer los más graves errores.
Que ese diálogo es indispensable lo ha percibido Ibai Llanos, que ha dado las campanadas con Ramón García en Twitch para reunir a jóvenes y mayores en torno a la misma pantalla. En 2022 dos millones de twitchespectadores superaron la prueba de entrar en el año con el mismo relato. Ahora bien, ¿lograrán las distintas generaciones compartir una cultura laboral? ¿Una apuesta ecológica? ¿Una misma idea de justicia? En definitiva: ¿pueden convivir generaciones que han dejado de hablar el mismo lenguaje?
Hoy en día la torre de Babel no consiste en que los términos sean distintos sino en que significan cosas opuestas según el segmento de edad. Circulan las palabras, pero los significados no son compartidos. Belleza, virtud, ética o justicia son palabras opacas (además de corrompidas), no porque se haya modificado sus significados sino porque son ya arbitrarios y generacionales. Una vez que se han dejado de compartir los mitos, el sentido de la historia y de la sociedad, el lenguaje humano se vuelve opaco. La educación oficial ha terminado de rematar este paisaje de sordos con el asesinato de la filosofía, las lenguas madres y el pensamiento en general.
Qué hacer. Si no hay comunidad, no hay comunicación. Pero a su vez la comunidad se hace hablando unos con otros. Dónde podemos encontrarnos si cada cual solo le habla a su pantalla esperando que le confirme que sigue siendo guapo y listo. Sabemos que los boomers molan mazo y que los jóvenes están living, pero olvidamos que sin diálogo entre experiencia y juventud, el conflicto de intereses (sin solución) está servido. El conocimiento es entenderse. Lo mismo que la inteligencia y el amor. Next es la respuesta millennial para pasar a lo siguiente cuando algo no interesa. Y en next estamos.
La Unión Europea tiene ahora la oportunidad de rectificar los errores cometidos en la crisis de refugiados de 2015, que erosionó la cohesión interna y creó una situación de grave vacío legal, pues la normativa vigente no se aplicaba y tampoco fue posible acordar un nuevo sistema común de asilo. Los países ahora más afectados están entre los que entonces más se opusieron a acoger refugiados y a consensuar un sistema de reparto solidario. Esa es una de las razones de su débil estructura de acogida.
En este cambio de actitud puede haber influido la mayor cercanía cultural de quienes piden asilo y el hecho de ser vistos por la población como víctimas de una amenaza común, en contraste con la xenofobia y el racismo que en ocasiones se percibió en la crisis anterior hacia los desplazados de Siria o Afganistán.
La mejor opción hoy sigue siendo aplicar una vieja directiva de 2001, aprobada con motivo del conflicto de los Balcanes y nunca utilizada, que prevé un mecanismo temporal de protección automática en casos de afluencia masiva de desplazados. Puede durar hasta tres años y, al aplicarse con carácter general, agiliza los trámites. La directiva obliga a los Estados miembros a facilitar alojamiento y sustento a los refugiados, acceso a servicios esenciales como la educación y la sanidad, y permiso automático de trabajo. La buena acogida en el Consejo de la propuesta de los ministros de Interior de la UE permite entender que pueda adoptarse hoy jueves. España figura entre los tres países que más demandas de asilo recibe, por lo que es previsible que las 9.800 plazas de que dispone no vayan a resultar finalmente suficientes. Ante el drama existencial que vive Ucrania, la medida del Gobierno de facilitar la regularización de los ucranios que ya se encuentran en nuestro país puede paliar en una mínima parte la angustia de la guerra que vive su propio país.
Europa está obligada a hacer lo que sea para conseguir su independencia energética y para asegurarse su defensa. Nada de lo que no nos llevaran avisando hace mucho. Pero ha hecho falta para caerse del caballo que Putin mostrara los colmillos y se destapara como un auténtico criminal de guerra -ayer incrementó sus ataques contra civiles y bombardeó ciudades próximas al territorio de la UE-.
La búsqueda de la independencia energética se antoja tan imprescindible como compleja. Hoy es una desgarradora paradoja que, mientras Occidente impone a Rusia unas sanciones históricas -que también dañan seriamente nuestras propias economías-, el Kremlin pueda sufragar su atroz maquinaria de guerra gracias al petróleo y el gas que le compramos. Romper la dependencia de esos suministros es extraordinariamente difícil porque hasta el 40% del gas que consumen de media los Veintisiete llega de Rusia. Una de las grandes fortalezas que Putin ha aprovechado para actuar como lo está haciendo justo ahora. La crisis energética, en un contexto en el que la factura de la luz lleva disparada muchos meses, exige medidas contundentes y un consenso europeo que ha vivido un avance en Versalles.
Toma forma la petición a la Comisión para una intervención extraordinaria en el precio de la electricidad. Tanto nuestro presidente como sus homólogos se mostraron mucho más rotundos al afirmar que hay que elevar la inversión en Defensa. La OTAN ha exigido durante años sin éxito a sus socios que destinaran el 2% de su PIB.
La invasión de Ucrania lo ha puesto todo patas arriba. Pero que estemos llegando tan tarde a la adopción de medidas imprescindibles también se debe a la irresponsabilidad de dirigentes que confundieron realidad con sus ensoñaciones.
No es verdad, pese a lo que sostiene gente docta, que haya una conspiración contra las Humanidades: contra la enseñanza de la historia, la filosofía, la literatura, el griego, el latín y todo cuanto supone cimiento cultural de la tres veces milenaria cultura occidental. Si el actual gobierno español, perseverando en la demolición emprendida por anteriores gobiernos mediante sus respectivos ministros y ministras de Educación –de Maravall y Solana a Wert y Celaá, y tiro porque me toca–, sostiene una reforma que liquida la enseñanza de la filosofía, el griego y el latín, borra parte de la historia española y universal, y disloca la cronología de lo que estudian los alumnos, es porque la herencia cultural europea en general, y la española en particular, se contradicen con esa papilla descremada y pasteurizada, fruto de una peligrosa deriva de la psicopedagogía –disciplina muy útil cuando no se pretende convertirla en árbitro supremo e inapelable–, que en su faceta más perversa abunda en equilibrios afectivos, emociones participativas y otras gilipolleces que tanto entusiasman a los departamentos de Educación, pues hasta el ministro más torpe, el político más ágrafo, el demagogo más ignorante, el cateto más simple, pueden cacarearlas aparentando saber de qué hablan.
Una y otra vez, el gobierno, o los sucesivos gobiernos, se pasan por el forro de leyes y decretos las advertencias y protestas, no sólo de educadores cualificados, sino de las Academias y otras instituciones vinculadas al cuidado y enseñanza de las Humanidades. La contradicción es que, mientras los responsables del disparate sostienen que los alumnos de bachillerato deben acabar capacitados para interrogar el mundo de modo crítico, les niegan al mismo tiempo la panoplia de herramientas defensivas, los conocimientos básicos para entender el desarrollo y antecedentes de la sociedad en que viven; con el detalle siniestro de que, al hurtar los hechos, además del pensamiento y la cronología necesarios para situarlos –estudiar fechas es educación fascista, han llegado a decir–, los dejan inermes frente al revisionismo histórico, la manipulación partidista, demagógica y populista de un pasado sin el que es imposible entender el presente: el Mediterráneo, Grecia, Roma, el Islam, el papel del cristianismo en la formación de Occidente, la Ilustración, los Derechos Humanos y todo eso.
“Viva la diversidad de acentos. Si tenéis un acento no lo tapéis, que es lo más bonito del mundo”, tuiteó @fitabaldominos citando el vídeo de TheGrefg. Otro usuario, @juanluisdaza82, contó una experiencia personal en la que le censuraron su habla: “A mí me pidieron ‘disimular un poco’ mi acento andaluz en un pódcast. Llevad el vuestro con orgullo, seáis de donde seáis”. Eso mismo sufrió la escritora y periodista Sabina Urraca. Lo relató en el suplemento Ideas hace unos meses; “Me presenté al casting del grupo de teatro de la universidad. La casa de Bernarda Alba. El director me detuvo a la segunda frase. ‘¿A ti te parece que Angustias podría ser canaria?”. Desde entonces, como le ocurrió a Juan Luis Daza y a muchos otros, su deje canario se fue convirtiendo en el español neutro “de las noticias”, algo que, seamos sinceros, es totalmente artificial.
Sea de forma autoimpuesta o natural, la manera de hablar se suaviza cuando uno cambia de residencia y se rodea de personas con diferentes acentos. Me ha pasado a mí: nací en Murcia y, aunque mi acento no era tan marcado como el de algunos familiares y amigos, ahí estaba. Tras más de 10 años viviendo en Madrid y convivir con gallegos, asturianos, andaluces, riojanos, leoneses y castellanos, mi habla ha cambiado y ahora casi nadie sabe de dónde soy, mi murciano está oculto bajo capas de otros acentos.
Entre las cosas que podemos (o deberíamos) reivindicar en España está la riqueza de lenguas y, por qué no, de hablas y acentos. No hay nada más bonito y enriquecedor que escuchar el acento manchego de la cantautora Rozalén; las comparecencias de la ministra María Jesús Montero; las crónicas con deje canario de Nicolás Castellano en la Cadena SER; notar el murciano del cómico Miguel Maldonado; ver los vídeos de la gallega @grtamara en TikTok y los del escritor y traductor extremeño Aníbal Martín, que reivindica en Twitter el patrimonio lingüístico extremeño. Y no solo los españoles. ¿Hay alguien que lea las columnas de Leila Guerriero con acento neutro? Guerriero escribe con su forma de hablar, escribe en español argentino. Ese patrimonio hay que valorarlo como merece.
Han vuelto. Ya están aquí. Otra vez. Con la misma indecencia, con la misma falta de escrúpulos, con el mismo desprecio hacia las consecuencias de sus actos, con el mismo riesgo moral, con los mismos métodos de latrocinio, con la misma testosterona del Lobo de Wall Street, con la misma codicia que provocó la gran recesión, ataviados de la misma miseria, con las mismas operaciones financieras a través de instrumentos de fraude y mentira que envenenan a los mercados, con la misma jeta con la que extendieron el paro, la pobreza y casi acabaron con las clases medias, con el mismo narcisismo con el que Dick Fuld, el Gorila de Lehman Brothers, declaró: «Hasta el día en que me entierren, me estaré preguntando por qué el Gobierno no me rescató». Con las heridas de la crisis financiera de 2008 aún sangrando volvemos al lugar del crimen. Los bancos regresan a las pesadillas de los mercados diarios y las bolsas viven en una montaña rusa. El asunto acojona bastante sólo con acordarse de lo que sucedió después de aquello. Las confiadas y prósperas sociedades ricas perdieron allí su inocencia, el capitalismo financiero mostró sus entrañas llenas de desvergüenza, se destruyó un 40% de la riqueza mundial, y se perdió la confianza en el futuro. Las autoridades llaman a la calma después del rescate del banco del Valle del Silicio y el de las millonarias montañas suizas. Es alucinógeno que después de las toneladas de informes sobre qué paso, cómo pasó, por qué pasó y qué es lo que se hizo mal, la historia de los bancos llenos de basura financiera se repita y se repita. Aunque esta vez las autoridades se han apresurado a hacer lo que Fuld esperó y nunca llegó: el rescate. Sean demasiado pequeños o demasiado grandes, ahora los bancos no pueden caer. Y ellos lo saben.
La testosterona de los operadores de Wall Street mezclada con la dopamina de las tecnológicas de Silicon Valey no podía dar al mundo nada bueno. Los directivos de los bancos rescatados se llenaron de basura financiera porque nadie se lo impidió, quince años después de la hecatombe. Y porque sabían que nada les iba a pasar. Biden ha dicho que los responsables de la quiebra deben rendir cuentas. Ja. Lo mismo dijo Obama. Ningún ejecutivo de ningún banco pisó la cárcel por haber destruido la vida y la esperanza de millones de personas. «Así funciona el capitalismo». «Esto es lo que hay». «Las cosas son como son». «No se puede hacer más». «Lo sentimos en el alma». «Busquemos la felicidad en una habitación realquilada». Y así hasta la próxima.
El mercado de la vivienda está sometido a una elevada agitación y a un rápido proceso de encarecimiento que solo puede agravar uno de los problemas crónicos de la sociedad española: los precios han aumentado hasta en un 8,5 % con respecto al mismo periodo del año anterior a lo largo del primer trimestre del año. Los últimos datos apuntan a niveles récord en operaciones de compraventa, así como a fuertes subidas en los precios de los alquileres que siguen haciendo muy difícil el acceso a la vivienda, sobre todo en grandes ciudades, a jóvenes y familias de rentas bajas. De hecho, hay ciudades en las que los precios ya se sitúan en los niveles de la burbuja inmobiliaria y, aunque la compraventa acumula 14 meses de ascensos, los datos publicados el lunes por el Instituto Nacional de Estadística (INE) empiezan a mostrar el impacto de la elevada inflación y una ralentización en el número de operaciones cerradas en el mes de abril.
El encarecimiento de los materiales de construcción está frenando la oferta de obra nueva, lo que añade presión sobre ese mercado y también sobre el de segunda mano. Esa amenaza persiste y hace más necesario todavía recordar el informe anual del Banco de España y su advertencia de que para reducir la desigualdad, es necesario actuar sobre las condiciones de acceso a la vivienda, que se han endurecido en los últimos años, tanto en la vivienda en propiedad como en la de alquiler.
La ley de vivienda que el Gobierno envió al Congreso en el mes de febrero, y que tiene todavía pendiente su tramitación parlamentaria, recoge varias iniciativas para promover el alquiler y limitar las subidas de precios, pero las cifras de inflación complican algunas de las propuestas del Ejecutivo, como la declaración de zona de precios tensionada o las condiciones exigidas para topar los precios en determinadas áreas. La experiencia en aquellas zonas donde las administraciones han decidido una limitación de los precios de los alquileres ha reducido la oferta y ha hecho más difícil el acceso a la vivienda de muchas familias.
El propio Banco de España apostaba, por el contrario, por poner el énfasis en la construcción de vivienda pública en alquiler, donde los avances siguen muy limitados y tremendamente desiguales por el territorio. Su recomendación se basa en datos de Eurostat de 2020, según los cuales un 48,7% de los españoles que vivían de alquiler a precios de mercado estaban en riesgo de pobreza o de exclusión social, el porcentaje más elevado de la Unión Europea.
En los últimos tiempos hemos visto como varios casos de agresiones sexuales eran presuntamente protagonizados por “estrellas” o personajes mediáticos. Que algunos hombres con poder han aprovechado para usarlo contra las mujeres no es ninguna novedad. De hecho, la idea de que algunos poderosos buscan cosas más exclusivas y, por lo tanto, indisponibles, los acerca a la idea de querer conseguir algo que se les ha negado: el consentimiento.
Las investigaciones periodísticas, como la de las periodistas de The New York Times, Jodi Kantor y Megan Twohey, existen porque las víctimas ahora pueden hablar. El MeToo nos enseña, cinco años después, que era un camino de no retorno. Las primeras denunciantes que lograron tomar su voz y llenarla de palabras prohibidas como abuso de poder, violación o no- consentido contra Harvey Weinstein lo hicieron porque ya no podían más.
Esas mujeres habían usado todo ese tiempo de silencio para intentar seguir con lo que les habían dicho: cállate e intenta hacer como si nada. Pero el silencio no funciona, el silencio ha sido el arma de victimización más potente que han tenido los agresores para asegurar su impunidad durante siglos. Además, estoy segura de que incluso el consejo femenino ha sido el de callarse para no ser señalada por el resto, para poder seguir con la vida, para que nadie sepa que una está manchada, que nadie le diga que su cuerpo o, incluso, su virginidad habían perdido valor. Por suerte, el feminismo nos ha brindado la oportunidad de librarnos de la mayor parte de esos estigmas y la sociedad ha ido comprendiendo que no hay falda bastante corta, horas demasiado tardías, ni calles o espacios prohibidos que justifiquen las agresiones.
Ahora, el foco ya está en los autores de las violencias sexuales y, por lo tanto, el interrogatorio social se debe dirigir también hacia ellos.
Si para las mujeres ya es difícil hablar sobre violencia normalmente, lo es todavía más señalar alguien con poder. Cuando una se enfrenta a su agresor, se enfrenta a todos sus recursos y redes. Existe un efecto por el cual, las personas que vemos a menudo a través de la pantalla que tenemos en casa o llevamos con nosotros, o las que escuchamos por la radio a diario, nos parecen gente conocida.