¡Zumbayllu! En el mes de mayo trajo Antero el primer zumbayllu al Colegio. Los alumnos pequeños lo rodearon.
–¡Vamos al patio, Antero!
Saltaron al terraplén y subieron al campo de polvo. Yo los seguí ansiosamente. No pude ver el pequeño trompo ni la forma como Antero lo encordelaba. Me dejaron entre los últimos. Solo vi que Antero, en el centro el grupo, daba una especie de golpe con el brazo derecho. Luego escuché un canto delgado.
Era aún temprano; las paredes del patio daban mucha sombra; el sol encendía la cal de los muros, por el lado del poniente. El aire de las quebradas profundas y el sol cálido no son propicios a la difusión de los sonidos; apagan el canto de las aves, lo absorben; en cambio, hay bosques que permiten estar siempre cerca de los pájaros que cantan. En los campos templados o fríos, la voz humana o la de las aves es llevada por el viento a grandes distancias. Sin embargo, bajo el sol denso, el canto del zumbayllu se propagó con una claridad extraña; parecía tener agudo filo. Todo el aire debía estar henchido de esa voz delgada; y toda la tierra, ese piso arenoso del que parecía brotar.
Hice un gran esfuerzo; empujé a otros alumnos más grandes que yo y pude llegar al círculo que rodeaba a Antero. Tenía en las manos un pequeño trompo. La esfera estaba hecha de un coco de tienda, de esos pequeñísimos cocos grises que vienen enlatados; la púa era grande y delgada. Cuatro huecos redondos, a manera de ojos, tenía la esfera. Antero encordeló el trompo, lentamente, con una cuerda delgada; le dio muchas vueltas, envolviendo la púa desde su extremo afilado; luego lo arrojó. El trompo se detuvo, un instante, en el aire y cayó después en un extremo del círculo formado por los alumnos, donde había sol.
Miré el rostro de Antero. Tenía cabellos rubios, su cabeza parecía arder en los días de gran sol. La piel de su rostro era también dorada; pero tenía muchos lunares en la frente. «Candela» le llamaban sus condiscípulos; otros le decían «El Marcado», a causa de sus lunares. Antero miraba el zumbayllu con un detenimiento contagioso.
Mientras bailaba el trompo todos guardaban silencio. Así atento, agachado con el rostro afi lado, la nariz delgada y alta, Antero parecía asomarse desde otro espacio.
El zumbayllu se inclinó hasta rozar el suelo; apenas tocó el polvo, la esfera rodó en línea curva y se detuvo.
–¡Véndemelo! –le grité a Antero–. ¡Véndemelo!
–¡No le vendas al foráneo! –pidió en voz alta el «Añuco».
–¡No le vendas! –exclamó con voz de mando Lleras–. No le vendas, he dicho.
Lleras se abrió paso a empujones y se paró frente a Antero. Le miré a los ojos. En los ojos de Lleras había una especie de mina de poco fondo, sucia y densa.
–Te lo vendo, forastero. ¡Te lo regalo, te lo regalo! –exclamó Antero, cuando aún la mirada de Lleras chocaba contra la mía–.
El señor William Legrand fi jó su residencia en la isla de Sullivan, cerca de Charleston (Carolina del Sur). Se trata de una isla muy singular. Consiste en poco más que la arena del mar, y tiene unas tres millas de longitud. Su anchura no excede en ningún punto el cuarto de milla. La separa del continente un canal que atraviesa un laberinto de juncos y cieno. La vegetación es escasa. No hay árboles de ninguna magnitud a la vista, pero la totalidad de la isla, con la excepción de la punta occidental, se halla cubierta por una densa espesura de mirto oloroso, un arbusto, que suele alcanzar quince o veinte pies de altura y forma un bosquecillo casi impenetrable que impregna el aire con su fragancia. En lo más oculto y apartado de este bosquecillo, no lejos del extremo oriental, Legrand se había construido una pequeña cabaña.
[...]
Legrand había encontrado y capturado un escarabajo que creía que era totalmente nuevo. Era de color brillante, del tamaño aproximado de una nuez grande, con dos puntos negros como el azabache a un extremo del dorso y otro, un poco más largo, en el otro extremo. Tenía cierto parecido, no cabe duda, con una calavera. Los dos puntos negros de arriba parecían ojos y el de abajo, mayor, parecía una boca. Las alas eran excepcionalmente duras y brillantes, con toda la apariencia del oro bruñido. El peso del insecto era muy notable. Legrand sacó del bolsillo del chaleco una hoja que me pareció que era un papel de pliego muy sucio, e hizo en él un tosco esbozo con la pluma.
[...]
Era un cofre de tres pies y medio de largo por tres de ancho y dos y medio de profundidad. Estaba reforzado con unas bandas de hierro forjado remachadas que formaban un enrejado sobre el conjunto: dos en sentido longitudinal y tres en sentido transversal. A cada lado del cofre, por arriba, había tres argollas de hierro (seis en total) con las que podían sostenerlo firmemente seis personas. Los únicos cierres de la tapa consistían en dos pasadores. Los corrimos. El cofre estaba lleno y pasamos la mayor parte de la noche examinando su contenido. Había cuatrocientos cincuenta mil dólares en monedas, calculando con toda exactitud el valor de las piezas de dinero francés, español y alemán. Encontramos ciento diez diamantes, dieciocho rubíes, trescientas diez esmeraldas, veintiún zafiros y un ópalo. Estas piedras habían sido arrancadas de sus engarces y arrojadas sueltas al cofre. En cuanto a los engarces, habían sido machacados a martillazos para impedir su identificación. A esto había que sumarle doscientos anillos, treinta cadenas y ochenta y tres crucifijos, todo ello de oro. Por último, descubrimos noventa y siete relojes también de oro. El peso de todos estos artículos era de trescientas setenta y cinco libras. El contenido completo del cofre tenía un valor de un millón y medio de dólares.
(www.injuve.es)
La Unión Europea, que cuenta con veintiocho países, se extiende por el continente europeo, desde Laponia, al norte, hasta el mar Mediterráneo, y desde la costa occidental de Irlanda hasta las costas de Chipre, ofreciendo un rico manto de paisajes: costas rocosas o playas de arena, fértiles pastos o áridas llanuras, lagos y bosques o tundra ártica. Los pueblos de Europa, con sus distintas tradiciones, culturas y lenguas, constituyen alrededor del 7 % de la población mundial. La herencia histórica de Europa está trazada en pinturas rupestres, antigüedades griegas y romanas, arquitectura islámica, fortalezas medievales, palacios renacentistas e iglesias barrocas. La Europa moderna también atrae al viajero con sus vibrantes ciudades, sus atractivas manifestaciones culturales, sus deportes de invierno y de verano y su variada cocina. A los europeos les encanta viajar y la supresión de la mayor parte de las formalidades relacionadas con pasaportes y equipajes ha facilitado mucho los viajes.
Diecinueve países de la UE comparten la misma moneda, el euro, lo que simplifica las comparaciones de precios y suprime el coste y los inconvenientes de cambiar divisas. La creación de un mercado único de más de quinientos millones de personas ha enriquecido la oferta y abaratado los precios. De hecho, la mayoría de los europeos encuentra igual de fácil viajar por la UE que por su país de origen.
DOCUMENTOS QUE NECESITARÁ:
Ciudadanos de la UE:
Pasaporte o documento de identidad. Ya no hay controles en las fronteras entre veintidós países de la UE. Las normas de Schengen, que forman parte de la legislación de la UE, eliminaron todos los controles en las fronteras interiores, a la vez que introdujeron controles efectivos en las fronteras exteriores de la UE y una política común de visados. Todos los países de la UE son miembros plenos de Schengen, salvo Bulgaria, Irlanda, Croacia, Chipre, Rumanía y el Reino Unido. Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza son también países miembros de Schengen pese a no pertenecer a la UE. Por lo tanto, necesitará un pasaporte o un documento de identidad válidos cuando viaje hacia o desde alguno de los seis países que no pertenecen al espacio Schengen y al entrar o salir de la UE por las fronteras exteriores. Llévelos también cuando viaje por la UE, porque puede necesitarlos para identificarse o por motivos de seguridad. [...]
Visado. Para viajar por la UE no hace falta visado.
Ciudadanos de países no pertenecientes a la UE
Pasaporte. Deberá disponer de un pasaporte válido.
Visado. Hay cuarenta y dos países cuyos ciudadanos no necesitan visado para visitar la UE si la estancia no es superior a noventa días. Entre ellos figuran Australia, Canadá, los Estados Unidos, Japón y Nueva Zelanda. La lista de países cuyos ciudadanos necesitan visado para viajar a Irlanda o al Reino Unido difiere ligeramente de la de los demás Estados miembros. Puede solicitar un visado en el consulado o la embajada del país que desea visitar.
El misterio del valle de Boscombe
Estábamos mi esposa y yo desayunando una mañana cuando la doncella trajo un telegrama. Era de Sherlock Holmes, y decía así:
“¿Tiene un par de días disponibles? Acaban de telegrafiarme desde el oeste de Inglaterra en relación con la tragedia del valle de Boscombe. Me alegraría mucho que pudiera usted venir conmigo. Aire y paisaje perfectos. Salgo de la estación de Paddington en el tren de las 11.15”.
[...] Las cosas que necesitaba eran pocas y simples, de modo que en menos del tiempo mencionado estaba en un coche con mi maleta, traqueteando hacia la estación de Paddington. Sherlock Holmes paseaba por el andén arriba y abajo y su figura alta y delgada parecía aún más alta a causa de su largo abrigo gris de viaje y de su gorra de paño ajustada.
—Es muy amable por su parte haber venido, Watson —dijo—. Para mí es algo muy diferente el tener conmigo a alguien en quien puedo confiar por completo. [...]
Tuvimos el departamento para nosotros solos y para un inmenso montón de periódicos que Holmes había traído. Los exploraba y leía uno tras otro, con intervalos en los que tomaba notas e intervalos de meditación, hasta que pasamos Reading. Entonces los enrolló todos en una bola gigante y los lanzó a la rejilla de equipajes.
—¿Ha oído algo del caso? —preguntó.
—Ni una palabra. No he leído el periódico desde hace varios días. [...]
—Le explicaré en pocas palabras el estado de la cuestión hasta donde he podido entenderlo. La calle del Boscombe es un distrito rural no muy lejos de Ross, en Herefordshire. El terrateniente más importante de la región es el señor John Turner, que hizo su dinero en Australia, y regresó hace algunos años a la madre patria. Una de las haciendas que tenía se la alquiló al señor Charles McCarthy, que era también un exaustraliano. Los dos hombres se habían conocido en las colonias, de modo que no resultó anormal el que cuando vinieron a establecer su residencia aquí lo hicieran lo más cerca posible uno del otro. [...] McCarthy tenía un hijo, un mozalbete de dieciocho años, y Turner, una hija de la misma edad, pero ni al uno ni al otro les vivía la esposa. [...] El 3 de junio, es decir, el lunes pasado, McCarhy salió de su casa en Hatherley aproximadamente a las tres de la tarde y se fue caminando hacia Boscombe Pool, que es un pequeño lago formado por la expansión del arroyo que corre aguas abajo hacia el valle de Boscombe. Por la mañana había estado en Ross con su criado y le había dicho que debía darse prisa porque tenía una cita de importancia a la que tenía que acudir a las tres. De aquella cita no volvió vivo. Desde la granja de Hatherley hasta Boscombe Pool hay como un cuarto de milla, y dos personas le vieron cuando pasaba por estos terrenos. Una es una mujer mayor, cuyo nombre no se ha dado, y la otra es William Crowder, un guardabosque empleado del señor Turner. Estos dos testigos declaran que McCarthy caminaba solo. El guardabosque añade que a los pocos minutos de ver pasar a McCarthy vio pasar a su hijo, que llevaba el mismo camino y llevaba una escopeta bajo el brazo. A su juicio, el padre estaba todavía al alcance de la vista, y el hijo iba siguiéndole. [...] Una chica de catorce años, Patience Moran, que es la hija del guarda de la hacienda, estaba en uno de los bosques cogiendo flores. Declara que, mientras estaba allí, vio, en la margen del bosque y muy cerca del lago, a McCarthy y a su hijo, y que parecían sostener una violenta discusión. Oyó al señor McCarthy, padre, dirigir palabras muy fuertes a su hijo, y vio a ese último levantar la mano como si fuera a golpear a su padre.
Camino de las montañas
¿Nunca habéis visto una ciudad a las cinco de la mañana? Resulta algo rara, la verdad. Por lo menos, en invierno cuando yo la vi. Todas las tiendas tenían el cierre echado, el parque estaba cerrado y los troncos de los árboles aparecían casi negros. Las pisadas sonaban en la acera, chop, chop, y aunque no llovía, no sé qué había en el aire, y, en los ruidos, que lo parecía. Además, una cosa rara: la luna estaba allí, en el cielo, y el cielo en cambio tenía una luz, que sin ser de día, no era de noche. Y estaban encendidos todos los faroles. Como aquella ciudad era una ciudad vieja, del norte de España, los faroles aún eran de gas, y se oía al pasar debajo de ellos un silbidito pequeño, que me gustaba bastante.
El autocar era más nuevo por fuera que por dentro. A lo mejor es que le habían dado una mano de pintura. Pero los asientos estaban desvencijados, forrados de hule marrón, bastante suciotes y rozados. Como no había mucha gente, nos pusimos al lado de la ventanilla, y cerquita del conductor, para ver bien cómo manejaba aquello. A mí me gusta ponerme cerca del chófer, y ver qué tal lo hace.
Cuando arrancamos, empezaron a retemblar los cristales de las ventanillas. Daba risa, pensando que era como si el autocar tuviera frío y le castañearan los dientes. [...]
Levantando bien la cabeza, acercándola a la ventanilla, alcanzaba a ver la luna. [...] Cuando la luna iba pasando por encima de las montañas, era como un balón que rebotaba de pico en pico. Así me lo parecía entonces, aunque comprendía que éramos nosotros los que nos movíamos y no ella. Pues parecía eso mismo: que fuera persiguiéndonos por el cielo, y dando botes, igual que una pelota de goma. A medida que íbamos avanzando, las montañas se acercaban más a la carretera. Primero pasamos por muchos campos que tenían color de frío, y los árboles de la carretera, y los de allá lejos, estaban sin hojas, con todos los brazos levantados, negros, como gritándonos cosas por haberles despertado. Empezamos a pasar pueblos. Estaban aún como la ciudad de los faroles de gas: solitarios y en silencio, con sus ventanitas pequeñujas bien cerradas. Las casas eran de piedra y de madrera, pero a la luz del amanecer tenían todas un colorcillo como azul. [...]
Bajamos del autocar enfrente justo de la casa de los abuelos. Pero la casa de los abuelos no estaba, ni mucho menos, al borde de la carretera. Estaba allí al otro lado del río, al fondo del prado, y al pie mismo de las montañas. Justo allí, al pie del barranco, entre dos rocas grandísimas, como dos castillos. La casa de los abuelos era muy parecida a la casa que yo dibujo siempre. Apostaría cualquier cosa a que se parece también a la que dibuja cualquiera de vosotros. [...]
El prado estaba mojado y lleno de barro. A lo lejos, aún se veían manchas blancas, de nieve. Los nogales estaban desnudos, con grandes ramas levantadas, brillando debajo del cielo. Allí enfrente, alta, sobre la terraza, estaba la casa. Las paredes eran lo mismo que trozos de turrón de Alicante. La casa cuadrada, las ventanas cuadradas, un balcón muy largo y el tejado encarnado, con su chimenea echando humo y todo. Igual, igual que las de mis cuadernos. Solo que las ventanas tenían todas un color azul oscuro, como si dentro hubieran puesto trocitos de papel brillante, de ese que a veces envuelve los regalos de Navidad. ¡Y cuántos árboles había alrededor de la casa! Qué sé yo cuántos árboles. Enseguida se veían y llenaban de alegría, aunque no tuvieran hojas.
I
Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.
II
Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
III
Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia
IV
Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
V
No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
VI
Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
VII
No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
VIII
Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
IX
No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino
X
No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.
Dicen que la vida se puede recorrer por dos caminos: el bueno y el malo. Yo no creo eso. Yo más bien creo que son tres: el bueno, el malo y el que te dejan recorrer.
El bueno lo he intentado andar y no me ha ido bien. Juro que ha sido así. De pequeño hice todo lo que consideré correcto y lo que esta bendita New Orleans, con sus acordes de ébano y sus insoportables chaquetas a rayas, me inducía a hacer. Estudié profundamente y traté de trasladar mis conocimientos con pasión. Los estudiantes saben eso [...]. Asumí estar en ese camino porque es ese el modo como se consiguen los sueños. Al menos eso creía hasta un día, cuando tenía todo acabado y faltaba la confirmación de que había decidido bien, no hubo recompensa. No hubo zanahoria. Ahí me di cuenta de que ya estaba caminando, lejos de mi voluntad, por la otra senda. Esa que no es la buena ni la mala. Porque está claro que la buena es buena porque es una opción propia. La mala es mala porque también es tu opción. Pero la otra no es algo que hayas escogido [...].Por ese camino involuntario caminé, llevado de las narices, arrastrado como un palo sin poder animarme. Tuve que resignarme a ser como ellos me ordenaban, a aceptar sus juicios y sus rechazos. A comprobar una vez más que no todos pueden ver más allá de su aliento.
Sueños
El jefe del clan Yin, en el estado de Chou, poseía una gran hacienda y sus siervos trabajaban sin descanso de sol a sol. Había entre estos uno ya viejo, cuyos músculos estaban agotados de tanto esfuerzo, pero el jefe del clan seguía encargándole las labores más duras. El anciano se quejaba mientras se enfrentaba diariamente a sus tareas. Por la noche dormía como un tronco, insensibilizado a causa de la fatiga, el espíritu muy decaído. Y todas las noches soñaba que era el rey del lugar, que mandaba a todo el pueblo y que se encargaba de todos los asuntos de estado. En el palacio andaba de fiesta en fiesta sin preocupación alguna, y todos sus deseos se veían satisfechos. Su gozo no conocía límites, pero por la mañana despertaba y volvía al trabajo.
A los que querían consolarlo de la rudeza de su labor, el anciano les decía:
—El hombre vive cien años, la mitad son días y la otra mitad son noches. De día soy un criado vulgar y las tribulaciones de mi vida son como son. Pero de noche soy señor de hombres y no hay satisfacción mayor. ¿De qué he de quejarme?
El ánimo del jefe del clan estaba ocupado en asuntos mundanos; toda su atención la absorbía la propiedad. Agotados el cuerpo y el intelecto, también él quedaba insensibilizado a causa de la fatiga cuando se echaba a dormir.
Pero noche tras noche soñaba que era un criado que no paraba de trabajar. Se le trataba mal, se le despreciaba, recibía bastonazos y aguantaba todo cuanto se le venía encima. Hablaba entre dientes y se quejaba en el sueño y solo se tranquilizaba con el alba. El jefe del clan planteó el problema a un amigo, que le dijo:
—Tu situación económica te da más riqueza y honores que a nadie. El sueño en que eres un criado no es más que el ciclo de la comodidad y la tribulación; tal ha sido desde siempre la ley de la fortuna humana. ¿Cómo iban a ser iguales tus sueños y tu vigilia?
El jefe del clan reflexionó a propósito de la observación del amigo y dulcificó las faenas de los siervos. Redujo también sus preocupaciones y de este modo obtuvo un poco de consuelo en sus sueños.
—Le ruego me disculpe. Sí, espero que pueda usted disculparme... [...]
—¿Qué desea? —dijo mi madre, muy fría y distante.
—Verá, querría pedirle un pequeño favor —dijo—. Se trata de un favor muy pequeño. [...] Señora, le suplico que me crea; no suelo parar a las damas por la calle para contarles mis problemas.
—Eso espero —dijo mi madre. [...]
—Hasta hoy, nunca se me había olvidado.
—Nunca se le había olvidado ¿el qué? –preguntó mi madre severamente.
—La cartera —dijo él—. Debo habérmela dejado en la otra chaqueta. ¿No es algo completamente estúpido?
—¿Está usted pidiéndome dinero? —dijo mi madre.
— [...] ¡Claro que no! —exclamó el hombrecillo—. ¡No me permita el cielo hacer jamás unacosa así!
—Entonces ¿qué es lo que quiere? —dijo mi madre—. Dese prisa, nos estamos calando hasta los huesos.
—Sí, ya lo sé —dijo—. Por eso le ofrezco a usted mi paraguas para guarecerse y para que se lo quede usted para siempre si...
—¿Si qué? —dijo mi madre.
—Si me da usted una libra para pagar un taxi que me lleve a casa.
—Si no tiene usted dinero —dijo aún desconfiada—, ¿cómo ha podido llegar hasta aquí?
—Andando —contestó—. Todos los días doy un largo y agradable paseo y luego cojo un taxi para volver a casa. Lo hago todos los días del año.
—¿Por qué no vuelve usted ahora a casa andando? —preguntó mi madre.
—¡Ojalá pudiera! —dijo él—. Sí, ¡ojalá pudiera! Pero creo que estas viejas piernas no me lo permitirían. [...]
—No me parece justo aceptar su paraguas. Creo que es mejor que le dé el dinero y que zanjemos el asunto.
—¡No, no! —exclamó—. ¡Ni hablar! ¡Tome usted el paraguas, señora mía, y proteja sus hombros de la lluvia!
[...] Mi madre buscó en el bolso y sacó un billete. Se lo dio al hombrecillo, que le dio el paraguas. Se guardó la libra en el bolsillo, se quitó el sombrero, hizo una rápida inclinación de cintura y dijo:
—Gracias, señora, muchas gracias.
Luego desapareció. [...]
—Por allí va —dije—. Mira.
—¿Por dónde?
—Por allí. Está cruzando la calle. ¡Caramba, mamá, qué prisa lleva!
Vimos al hombrecillo esquivar ágilmente los coches. Cuando llegó a la otra acera giró hacia la izquierda, andando muy deprisa.
—No me parece que esté muy cansado. Y ¿a ti, mamá?
Mi madre no contestó.
(eldiario.es)
Tengo un jirón en la camisa. Tengo una presentación. He madurado y ya no voy a vestir más así. Paso frío con el chaquetón. Tengo niños que devoran la ropa... Tengo decenas de razones para comprar ropa a lo largo de mi vida. Pero soy una persona concienciada y con principios. No me gustaría comprar en esas cadenas que explotan a trabajadores del tercer mundo... ¡Pero entonces, no sé qué hacer!
Cada día miles de españoles tienen que comprar ropa y muchos se hacen esta pregunta. La ropa es un bien de primera necesidad para el que, por el momento, no hay alternativas éticas asumibles para la mayoría de la población. [...]
Algunas marcas están haciendo un gran esfuerzo por producir en España, para controlar toda la cadena, o en asegurarse la ética del modelo. Para el consumidor concienciado hay alternativas. Algunas webs de moda sostenible tienen recopilatorios de marcas (la mayoría con tienda online), que trabajan los materiales orgánicos, la producción local y el diseño artesanal.
Pero como en el caso de la comida, el precio de ser sostenible es alto. Frente a una camiseta de siete euros de media en algunas tiendas, las marcas sostenibles rondan los treinta euros. Lo barato sale caro. Pero el cambio de modelo implica que quien lo pueda asumir debe aprender en muchas ocasiones a pagar más. Lo caro no es accesible para muchos. Y lo que no es de recibo es culpabilizar a otros ciudadanos por ello.
¿No hay solución entonces? Sí, y no se puede olvidar que en muchos aspectos se ha mejorado. Pero lo radical sería cambiar el patrón de consumo. Elegir ropa alejada de las tendencias, piezas básicas y de buenos materiales. Menos cosas, pero de mejor calidad. Lo que llaman "inversión de fondo de armario" no es una frivolidad. Puede ahorrar mucho dinero y hacer el mundo un poco mejor. Pero para eso hay que cambiar el chip y pensar en tener tres camisetas en lugar de trece. En renunciar a llevar los agujeros en los hombros y en los pantalones para estar a la moda. Si sabemos que se va a pasar en dos temporadas, esa prenda no nos vale. [...]
Debemos presionar a los gobiernos, los nuestros y los de los países productores, para que hagan cumplir las normas. [...] España, y la Unión Europea, necesitan leyes que abarquen desde la producción de alimentos a la producción textil. [...]
Impongámonos retos razonables. Compremos lo que necesitemos acabando con este modelo de consumo barato y rápido. Pero también forcemos el cambio para que se actúe con decisión.
(www.xlsemanal.com)
No entienden. ¿Soy yo el culpable de todo? Cuando un menor llega a una de las aldeas de Aldeas Infantiles SOS, la confusión es absoluta. Ha sido apartado de su familia biológica y no sabe bien por qué. Son chicos y chicas –casi siempre grupos de hermanos– que dejan atrás una rutina de maltratos, un hogar marcado por la drogadicción o el alcoholismo de sus padres o una situación de desamparo como consecuencia de alguna enfermedad. [...]
Las aldeas que acogen a estos chicos, por cierto, nada tienen que ver con el clásico orfanato. Nada de pabellones de camas enfiladas donde los menores crecen sin referencias afectivas. Es justo lo que siempre quiso evitar el médico austriaco Hermann Gmeiner, fundador, en 1949, de la primera Aldea Infantil SOS cerca de Innsbruck, capital de Tirol. Para ello, Gmeiner reprodujo el modelo familiar, que es el que siguen hoy las 573 aldeas –hay ocho en España– que existen en 134 países. Son urbanizaciones, con zonas verdes y huertos, de ocho a diez viviendas, en las que grupos de hermanos –cinco o seis niños, normalmente– viven al cuidado de la llamada Madre SOS, una figura capital para el éxito de toda la organización.
“La Madre SOS tiene que creer que estos niños serán grandes mujeres y grandes hombres –explica Pedro Puig, presidente de Aldeas Infantiles SOS España–. Debe creer en las posibilidades de cada uno, a pesar de las dificultades por las que han pasado. Si no se sienten queridos por su Madre SOS, el resto no sirve de nada”, explica Puig.
María Rivas es una de estas mujeres entregadas a los niños de las aldeas. En su caso, todo comenzó con un anuncio en el periódico. Gracias a él, como una piedra que al caer al agua provoca círculos que se expanden, empezó un trabajo que transformaría la suerte de otros. “Tenía 37 años, sin hijos y, de repente, formé un hogar con cinco de 8, 10, 12, 14 y 16 años. Me dije. ¡Socorro! ¡Qué miedo! –recuerda–. Pero me enganché”. De eso ya hace casi dos décadas. Rivas, que vive hoy en la Aldea de El Escorial, aceptó así mucho más que un empleo. “Ser Madre SOS y formar parte de Aldeas es un modo de vida. Hacemos de todo para que los niños vuelvan a ser niños, porque vienen de situaciones muy complicadas en las que, de alguna manera, los han privado de su niñez”.
Como educadoras permanentes, mujeres como Rivas tienen la responsabilidad de actuar como una referencia positiva, pero sin obviar la existencia de los padres biológicos. “No son mis hijos. Lo tengo clarísimo. Ellos tienen sus familias”, aclara. Para lograrlo, Rivas y las demás educadoras-madres cuentan con el refuerzo de trabajadores sociales, psicólogos y pedagogos. [...]
Raquel, 26 años
Hoy es empresaria, pero pocos habrían apostado por ella cuando, con 6 años, fue apartada de su madre, drogadicta. Acabó en Aldeas Infantiles SOS de Canarias, donde pudo vivir “una infancia normal en un ambiente saludable”.
Allí conocimos a Ángeles, nuestra Madre SOS, una mujer delicada, pero muy estricta. Gracias a ella he estudiado lo impensable. Si no hubiera sido así, me pregunto muchas veces qué me habría pasado. Seguro que no habría llegado hasta aquí.
(El País semanal)
El pueblito francés de Colliure alberga la tumba del poeta. Un hombre que no perdió la dignidad ni en la peor de las derrotas.
Cómo es posible que la guerra terminara hace casi 80 años y todavía tengamos que contener las lágrimas ante la tumba de Antonio Machado. Eso es lo que me pregunto en silencio cada vez que voy con mi familia al cementerio en que descansa el poeta, en Colliure, el pueblito francés situado a pocos kilómetros de la frontera española donde, huyendo de la victoria franquista, Machado encontró refugio y murió justo antes del fin de la guerra. La tumba se halla a la entrada del cementerio y está siempre cubierta de los ramos de flores de sus visitantes; yo nunca le llevo nada. Aunque cada año, ante ella, me acuerdo de un poema de Machado; este verano fue ese que empieza “Yo voy soñando caminos / de la tarde” y que luego sigue: “En el corazón tenía / la espina de una pasión. / Logré arrancármela un día: / ya no siento el corazón”. Cuando acabo de decirlo, alguien pregunta si eso significa que no hay vida sin dolor y que, si te quitas el dolor, te quitas la vida. “Puede ser”, contesto. Otro pregunta –esto siempre lo pregunta alguien: no falla– cuándo va a volver Machado a España, o si no debería haber vuelto ya. “No lo sé”, contesto. “De momento está bien donde está”. [...]
Al salir del cementerio me adentro en el callejón Antonio Machado y veo al pasar junto a un patio una pareja de ancianos. Pocos metros más allá desemboco en el hotel donde el poeta se alojó durante sus últimas semanas de vida, con su hermano José y su madre, que está enterrada con él. El hotel es un viejo caserón de tres plantas, con balaustradas y escalinatas de piedra; en tiempos de Machado se llamaba Bougnol Quintana; yo siempre lo he visto cerrado. Nos quedamos mirando la fachada y, cuando llevamos un rato frente a ella, pido a mi familia que me espere y vuelvo con los dos ancianos, que se acercan a mí en cuanto me ven a la entrada de su patio. Son ingleses, se llaman Weaver, parecen encantados de atenderme. En inglés, les pregunto si llevan muchos años viviendo allí; me contestan que no viven allí, pero que pasan allí los veranos desde finales de los años ochenta. Les pregunto si han oído hablar de Machado. “Claro”, me contestan y, cuando les digo de dónde soy, me preguntan: “¿Es verdad que es el Shakespeare español?”. “No”, contesto; me oigo añadir: “Pero es el mejor poeta español moderno”. Luego les pregunto si viene mucha gente a ver su tumba. “Mucha”, asienten. Me cuentan que al principio Machado y su madre estaban enterrados en una tumba humildísima y luego los cambiaron a la actual, que el hotel lleva 25 años vacío, que el Ayuntamiento intentó comprarlo sin éxito. Después les pregunto si han oído contar historias del paso de Machado por Colliure. “Alguna”, reconoce el señor Weaver. Y me cuenta lo siguiente. Al parecer, los habituales del hotel estaban muy intrigados porque nunca veían comer juntos a los hermanos Machado, y algunos atribuyeron esa rareza a una inquina provocada por las amarguras del exilio; hasta que un día descubrieron la verdad: los hermanos no tenían más que un traje, y se lo turnaban para bajar al comedor. “Es solo una leyenda”, sonríe el señor Weaver. “Quizá no sea verdad”.
Me despido de los Weaver y me reúno con mi familia, que me somete a un interrogatorio sobre mi entrevista a los dos ancianos y, mientras caminamos hacia el coche para volver a casa y divago sin responder, me pregunto si voy a ser capaz de contarles la leyenda del último traje de Machado, si acertaré a explicar sin que me tiemble la voz que hay hombres que no aceptan perder la dignidad ni en la peor de las derrotas [...]. “Mejor os lo cuento en un artículo”, respondo.
El síndrome del tupper es la condena de la clase obrera del siglo XXI. Hace unos días, una amiga me preguntaba si esto era todo lo que podíamos esperar de la vida: madrugar, hacinarnos en el bus para llegar a trabajar, pasar ocho horas frente al ordenador y volver a casa a preparar el tupper del día siguiente. Me lo preguntaba frustrada, desconsolada. Consciente de lo difícil que es salir de la rueda. En los últimos meses, he tenido esta misma conversación con demasiadas amigas. Mujeres con vocación que han estudiado convencidas de que algún día tendrían una buena vida. Ahora todas vivimos asfixiadas por unos alquileres inasumibles, unos salarios precarios y unos trabajos que nos impiden elegir donde queremos vivir. Y en nuestras escasas horas libres de lunes a viernes somos presas del síndrome del tupper. Porque romper una tarde la rutina; ir al cine o tomar una cerveza y no cocinar al llegar a casa, es un privilegio que solo pueden permitirse aquellos bolsillos a los que comer fuera de la oficina a mediodía o encargar comida preparada no les supone un desajuste en la economía de todo el mes. Ojalá dejemos algún día de entregar todo nuestro tiempo y recursos al trabajo y empecemos a vivir de él con libertad.
Amanda Alonso Farto. Madrid
Cuando te diagnostican un cáncer, tu vida se detiene, comienza entonces una experiencia física y psíquica muy difícil de asimilar. Es una enfermedad complicada de entender por los demás, por lo que la vives de una manera íntima, solitaria, que te lleva a reflexionar sobre el valor de tantas cosas como el de contar con una sanidad universal, una atención pública adecuada que te ayuda a sobrellevar parte del miedo, porque sabes que las necesidades de diagnóstico, tratamiento, intervención, hospitalización, cuidados, curas y apoyo están cubiertas. Y el valor humano que descubres en la profesionalidad y empatía de todo el personal sanitario que te atiende, fundamental para tu tranquilidad y seguridad durante en el proceso y la recuperación.
Natalia Roig Santos. Toledo
Nueva cortina de humo: el Gobierno prohíbe a los menores acudir a los toros. Sin perder de vista el triste accidente de Adamuz, los taurinos debemos dar nuestra batalla. La nueva propuesta del Gobierno nacional es prohibir que los menores de edad acudan a las corridas de toros por «exhibir violencia», siguiendo a la ONU. Lo de los señores de Nueva York lo doy por descontado, pero parece que los del Gobierno de Sánchez tampoco han acudido nunca a una plaza para ver una corrida de toros. Yo, desde que tengo uso de razón, acudo a la fiesta nacional y no hay arte más bello, gallardo, libre, artístico, realista y de verdad que la fiesta de los toros. Me pregunto si el Gobierno quiere quitar a los niños su alma, pues «los toros tienen raíces tan hondas en el pueblo que arrancarlos sería arrancar parte de su alma», como decía Machado; tal vez quieran desconectarlos de su nación, pues «los toros forman parte de la entraña misma del pueblo español», como decía Alberti; tal vez no quiera educarlos, pues «las corridas de toros son el acontecimiento que más ha educado al pueblo español», como decía Tierno Galván; o simplemente es porque no creen en la democracia, pues «la corrida es un acto profundamente democrático: el pueblo juzga», como decía José Bergamín.
Sea cual sea la razón, lo cierto es que se busca que los jóvenes españoles sean indistinguibles de los de otros países, no teniendo nada de particular ni diferenciador, amén de adecuarlos al 'mundo' que quieren crear los poderosos. Un mundo donde no hay sitio para valientes, artistas, temerarios, caballeros, libres y gente elegante, la cual puebla las plazas de toros; se prefiere un mundo tibio, gris, con ansiedad, sin raíces, ni cultura nacional, ni tradición. Yo seguiré yendo a los toros.
Lorenzo Esparza. Pamplona (Navarra)
Un vivo sin vida propia, aunque productor de mortandades históricas
El virus es un inquilino muy peculiar del universo biológico. Está hecho de material genético, con todo lo que ello significa, pero le falta lo esencial para ser considerado vivo por los estándares clásicos: no se puede replicar por sí mismo. Necesita, para hacerlo, introducirse en un organismo ajeno. Viene a ser como un manual de instrucciones sin fábrica: si no encuentra una célula huésped que lo interprete y ejecute, permanece quieto, inerte, como un pendrive sin ordenador al que enchufarse o un software sin Hardware.
Los seres vivos se definen, entre otras cosas, por su autonomía energética y metabólica. Una bacteria metaboliza, una planta fotosintetiza, un hongo digiere; los animales respiramos y transformamos nutrientes. Un virus, en cambio, es pura dependencia: más que un organismo, es una orden de hackeo molecular empaquetada. Fuera del interior de una célula vive en un limbo químico. Ahora bien, una vez en ella, adquiere una eficacia alucinante: se apropia de las herramientas del huésped, hace copias de sí mismo y deja la célula exhausta o muerta. Esta habilidad, sin embargo, no le alcanza para ganarse el carné de ser vivo.
Los virus evocan a ciertos parásitos que viven descaradamente de otros. O quizá a ciertos políticos o burócratas que prosperan ocupando estructuras ajenas, sin aportar metabolismo propio. También recuerdan a algunos oportunistas del mundo animal que viven del esfuerzo ajeno: el cuco, que pone sus huevos en el nido de otras aves, o la hiedra incapaz de producir un sostén propio, pero trepa por el de otras especies. Si se prefiere una comparación doméstica, los virus se parecerían a esos invitados que llegan a tu casa sin traer nada, acaban en cuestión de minutos con todo lo que encuentran y se despiden, para mayor recochineo, asegurando que sin ti no podrían vivir. Técnicamente cierto, desde luego.
Así que el virus es un casi-ser, un ingenioso ladrón molecular que no cumple los requisitos para ser considerado vivo por sí solo, pero que sabe cómo convencer a otros de que trabajen para él. Un vivo sin vida propia, aunque productor de mortandades históricas.
La vida no consiste en evitar el desequilibrio, sino en saber volver de él. No hay existencia que no se desplace hacia zonas de inestabilidad, hacia el abismo. Vivir es aceptar el cambio de rasante. No es sostenerse en la vigilia perpetua, sino aprender a entrar y salir del sueño con naturalidad. También se vuelve del delirio (lo dice un delirante). Se regresa de las Navidades, se sobrevive a la revelación de que los Reyes Magos son los padres. Se sobrevive también a las Rebajas de enero. Volver no implica negar lo vivido, sino integrarlo. Tal vez la vida consista precisamente en ese movimiento pendular: ida y vuelta entre la ficción que nos protege de la realidad y la realidad que nos arranca violentamente de la ficción para que freguemos los platos o hagamos la comida. Soñamos para ensayar, para exagerar, para romper las costuras de lo dado. Despertamos para comprobar qué queda en pie, qué merece ser salvado, qué debe ser abandonado. La salud, individual y colectiva, es la capacidad de regresar de la alucinación con algo útil en las manos.
Hay épocas en las que la sociedad entera parece haberse perdido dentro de un sueño de grandeza, de miedo, de identidades rígidas, de enemigos imaginarios. Entonces, la locura deja de ser íntima y se convierte en sistema; deja de ser metáfora y se transforma en programa político. ¿Sabremos volver? La locura se disfraza con frecuencia de sentido común. Habla alto, simplifica, promete soluciones definitivas. Trump y los suyos no representan solo una anomalía política, sino una tentación más profunda: la de quedarse a vivir en el sueño, renunciando al trabajo incómodo del despertar. Porque despertar duele (recuerden a lo que despertó Alemania tras el Holocausto). Exige matices, memoria, responsabilidad. Exige aceptar la complejidad y la fragilidad.
Pero si algo nos enseña la experiencia personal e histórica es que siempre se encuentra el modo de volver (hasta Hansel y Gretel lo lograron). A veces de forma lenta, torpe, incompleta también. Volvemos del amor que nos hizo daño, de la idea obsesiva que nos poseyó, del padre autoritario que nos sojuzgó. Volvemos con cicatrices, pero también con un conocimiento nuevo: el de haber estado fuera de nosotros mismos. Quizá, en estos momentos, no deberíamos preguntarnos si seremos capaces de volver. Debemos recordar que ya lo hemos hecho antes.
Cada nueva Navidad, lejos de sustituir a la anterior, se suma a ella
Tengo la sensación de que la Navidad no vuelve, sino que no se ha ido o, en otras palabras, que no deja de suceder. Ocurre lo mismo con la Semana Santa o con determinados pasajes de la infancia o de la juventud. No es nostalgia, ni simple repetición. Son etapas de la vida que se quedan. Mis padres, por ejemplo, se siguen muriendo cada día. Imaginamos el tiempo como una línea: lo que ocurrió queda atrás, lo que ocurre está aquí, lo que ocurrirá aún no existe. Pero el tiempo vivido rara vez se comporta así. Más bien se pliega, se superpone, se condensa. Hay momentos que no se cierran, que no aceptan la clausura.
Por eso hay situaciones que, más que recordarse, se reactivan, como esos alimentos deshidratados que vuelven a la vida tras mojarlos. Vuelven porque están hechas de una sustancia imperecedera, de símbolos que nos reordenan por dentro. Son, más que acontecimientos aislados, atmósferas, climas. Cada nueva Navidad, lejos de sustituir a la anterior, se suma a ella. Todas las Navidades pasadas actúan a la vez sobre la presente, aunque lo hagan de forma distinta cada año. Lo mismo ocurre con la Semana Santa o con ciertos veranos de la infancia: no reaparecen como copias, sino como capas. La pregunta resulta, pues, inevitable: ¿Y si todo lo que creemos que ha sucedido siguiera sucediendo en alguna dimensión de la realidad? No hace falta imaginar portales ni universos paralelos para tomar en serio esta intuición. Basta con aceptar que la realidad no tiene una sola capa y que vivimos, constantemente, en un cruce de capas.
Algunas teorías físicas hablan de un tiempo en el que todo existe a la vez, un bloque inmóvil por el que nos desplazamos. Traducido a la experiencia cotidiana, eso significa que hay zonas del tiempo que permanecen activas porque nos constituyen. No como fantasmas del pasado, sino como persistencias fatales. Así, cuando la Navidad parece suceder sin cesar, no es porque el tiempo se haya roto, sino porque hay cosas que no dejan de suceder, como los domingos por la tarde. Si alguna dimensión se ha colado en la nuestra, no viene de fuera, sino de dentro: se trata de nuestra propia vida recordándonos que el tiempo, a veces, no obedece a las convenciones sociales.
Los peores miedos nacen de la anticipación
Creo que fue el psiquiatra Luis Rojas Marcos el que dijo que tocamos, de media, a dos tragedias por vida. De media: eso quiere decir que hay quien vive cuatro y hay quien no vive ninguna. No sé, esto de las medias siempre es complicado de evaluar. Supongo que Rojas Marcos hizo el cálculo a ojo, quizá guiado por la experiencia propia y la de sus pacientes. Conviene tener en cuenta, de otro lado, que hay tragedias reales y tragedias imaginarias, sin que esté muy clara la frontera entre las primeras y las segundas. Los peores miedos nacen de la anticipación. Lo explicaba muy bien Montaigne: “Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron”. Me identifico masivamente con esta frase porque yo he sufrido más por lo imaginado que por padecido en la realidad.
Me viene a la memoria, por ejemplo, un suceso de cuando tenía cinco o seis años. Había ido a misa con mis padres, que me dejaron solo mientras iban a comulgar. El caso es que debía de haber muchísima cola y tardaron en volver una eternidad. Durante esa eternidad, yo pensé que me habían abandonado, que jamás volverían, y sufrí como un perro. Tanto, sufrí tanto, que todavía, a mis setenta y nueve años, recuerdo con pavor aquel instante en el que envejecí toda una vida. Mis padres no notaron nada porque me hice el fuerte, pero desde aquel día procuré no alejarme demasiado de ellos. Estaba casi seguro de que, tras la decisión de dejarme allí, se habían arrepentido, vete a saber por qué, aunque el suceso podría repetirse con resultados diferentes.
Aquella historia (imaginaria) de infancia me marcó, primero, porque desarrollé hacia mis padres un rencor de fondo que no se merecían y, segundo, porque he vivido siempre con pánico al abandono, a la pérdida. Me ponen mal cuerpo las estaciones de tren (no digamos las de autobús) y los aeropuertos. No soporto, en general, las despedidas. Me da miedo viajar por si al volver mi casa ya no está en su sitio. Este temor me ataca a veces de manera absurda incluso cuando salgo a caminar por mi barrio. ¿Y si no supiera volver? Aquella tragedia imaginaria, en fin, valió por varias de las reales, que tampoco me han faltado. Significa que he vivido necesariamente las de otro u otros. Me gustaría mucho encontrarme a esos otros para echárselas en cara.
A los moribundos se les debería dar la razón. No hay mejor fórmula, para que alguien se vaya en paz
Es tan sencillo decir "tienes razón" que parece mentira lo poco que se dice. Tienes razón, mi amor, tienes razón, papá, tienes razón, mamá, tienes razón, hijo, hija. Tenéis razón, les digo a mis amigos. Lo hago para no discutir, para ahorrar energías, pero también para dar algo que no me cuesta nada. La razón es el lubricante más barato del mercado y abre más puertas que un conserje de hotel. Lo que no sé es lo que hacen los otros con la razón que les doy. Se la llevan a casa, desde luego. Quizá la sacan a pasear, como a un perro, para que haga la caca fuera. O se la gastan en juergas dialécticas, tal vez en tertulias de la tele. Hay personas para las que ninguna cantidad de razón es suficiente. Parece que se la juegan al bingo o al póquer y vuelven a quedarse enseguida sin ella. Por eso no dejan de pedírtela y pedírtela, nunca tienen bastante. Pues dásela, por Dios, es gratis.
A los moribundos se les debería dar la razón. No hay mejor fórmula, para que alguien se vaya en paz, que tomarle la mano y decirle:
-Tenías razón.
-¿En qué? -es posible que te pregunte con un hilo de voz.
-En todo, tenías razón en todo y eso es lo que figurará en tu lápida: “Aquí yace un hombre que tuvo siempre la razón”.
Ya se sabe que toda la razón es imposible tenerla, porque se volvería uno loco, pero funciona como contraseña para atravesar la frontera entre este mundo y el de al lado, porque el más allá está ahí, a la vuelta de la esquina.
-No es cierto -dirán algunos-, el más allá está lejos.
-Lleváis razón -les responderé yo, porque yo he venido a la vida para darle la razón a todo el mundo, lo que no quita para que tenga opiniones personales a las que sin embargo estoy dispuesto a renunciar cuando usted me lo pida.
Estas líneas están pensadas para las comidas de Navidad. Los cuñados más felices son los que abandonan la mesa habiendo llevado la razón. ¿Qué nos cuesta dársela? Alguno, cuando se la des, se sentirá tan desconcertado que negará tenerla.
-¿Cómo que llevo razón? -gritará indignado al ver que no se la quitas.
-¿Acaso no la llevas?
-Sí, pero quítamela un rato, por favor, quítamela para que pueda defenderla.
-No me gusta quedarme con nada de lo que no es mío -contesta tú.
Y dedícate a los langostinos.
Exigimos nuestro derecho a la autodestrucción cuando la construcción, como sucede ahora, nos produzca dolores de cabeza
El Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 (demasiado ministerio, nos parece: el que mucho abarca poco aprieta) ha anunciado que, a partir de la aprobación del nuevo decreto, las máquinas expendedoras en hospitales, residencias de mayores y centros sociosanitarios deberán ofrecer al menos un 80% de productos saludables. Podrás encontrar en ellos fruta, agua o yogures sin azúcar, y hasta bocatas de pan integral, pero también, aunque en menor cantidad, bollería asesina y bebidas tóxicas. Si alguien se toma un bollo ultraprocesado, nos preguntamos, ¿le sentará bien gracias a esa presencia testimonial de productos saludables en el artefacto del que lo ha obtenido? Si de un paquete de tabaco me fumo solo el 80%, ¿puedo vivir tranquilo?
Pero llevemos esa regla a otros ámbitos.
-En las librerías, y a partir del próximo decreto, el 80% de los libros expuestos deben ser útiles, formativos, edificantes (manuales de ciencias, poesía con mensaje, novelas buenas, ensayos profundos). Pero el otro 20% queda liberado a la basura. Vale.
-En las farmacias, el 80% de los estantes estarán ocupados por remedios aprobados por la Agencia Europea del Medicamento, es decir, eficaces, seguros y demás. El 20%, por pociones mágicas y pulseras de energía cuántica. Que el adepto a lo esotérico también se sienta atendido.
-En las estaciones: el 80% de los trenes estarán obligados a salir en hora, pero el 20% puede hacerlo cuando le dé la gana (me parece que esto ya sucede).
-En los debates políticos: el 80% de propuestas serán sensatas, razonables, basadas en datos. El 20% queda reservado para ideas, digamos, “creativas”.
En todos los casos, se respeta la libertad de elección. Hay que dejar un hueco para lo irracional, lo dudoso, lo rico en azúcares… Una vida sana al 100% sería insoportable. Conclusión: aplaudimos la fruta en los hospitales, incluso fuera de ellos. Pero exigimos también nuestro derecho a la autodestrucción cuando la construcción, como sucede ahora, nos produzca dolores de cabeza.