Cuando hago un fuego, me siento útil,
orgullosa desenrosco las tuercas
de los tornillos oxidados al desmontar
una de las cosas que mi ex
dejó cuando me dejó correcto me dejó. Y dejando sus
estrechos, pulidos ángulos de arce
sobre la leña, para las corrientes de aire ascendentes,
bien. Entonces a la luz de las llamas lo veo: estoy quemando
su antiguo caballete. Cómo puede ser,
después de horas y horas en total, quizá
semanas, un mes de silencio, posando
para él, nuestros primeros años juntos,
el olor a acrílico, la tensión del lienzo
tratado. Estoy incinerando el oficio que dejó atrás,
él que fue el primero en convertir
nuestra familia, desnuda, en arte.
Y si alguien me hubiese dicho, hace treinta
años: si abandonas, ahora,
el deseo de ser artista, puede que él
te ame toda tu vida —¿Qué hubiese
dicho yo?— Ni siquiera tenía un arte,
este saldría de nuestra vida familiar.
¿Qué podría haber dicho? Nada me detendrá.
The easel
When I build a fire, I feel purposeful—
proud I can unscrew the wing nuts
from off the rusted bolts, disassembling
one of the things my ex
left when he left right left. And laying its
narrow, polished, maple angles
across the kindling, providing for updraft—
good. Then by flame-light I see: I am burning
his old easel. How can that be,
after the hours and hours—all told, maybe
weeks, a month of stillness—modeling
for him, our first years together,
odor of acrylic, stretch of treated
canvas. I am burning his left-behind craft,
he who was the first to turn
our family, naked, into art.
What if someone had told me, thirty
years ago: If you give up, now,
wanting to be an artist, he might
love you all your life—what would I
have said? I didn’t even have an art,
it would come from out of our family’s life—
what could I have said: nothing will stop me.