No todas consiguieron empleo ni lo buscaron siquiera. Pero todas trabajaron muchísimo de una forma y de otra. Sin la consideración de empleo la mayoría sin cobrar, claro. La economía de los cuidados seguía siendo un concepto sin aPRECIO, por mucho valor que tenga. No se les enseñó eso de “salir a trabajar” pero sí llevar el almuerzo todos los días al padre y/o a los hermanos que lo hacían, o ir hasta El Sauzal caminando por veredas -no había carretera- para llevárselo a los hijos que trabajaban en la construcción, y dejar los estudios para cuidar a las abuelas/os, por ejemplo. Ya lo cuentan aplicado al-campo: “donde no había machos, las niñas hacían todo eso: raspar cuadras, cargar agua del aljibe, …; las niñas ayudaban en la casa, llevaban la leche en el tranvía, llevaban una cesta con cuatro o cinco cacharros; las niñas también cuidaban de los niños chicos, que dormían hasta los cinco o seis años con ellas, a esa edad iban a dormir al pajero”. Recuerdan cómo hubo madres a las que sus abuelas no les dejaron salir a aprender más que coger la pinocha, ir a la pesa y cobrar. Hasta los domingos para seguir ganando dinero. Sin embargo ya había ahí algo de emprendimiento. Es cierto que no había pescadoras si nos atenemos a sus historias de hombres que faenaban en la costa y traían el pescado salado que luego las mujeres vendían por veredas, a veces descalzas para que no se les estropearan las lonas, o hacían trueque (intercambio) en el campo por otros productos: papas, cebollas, ajos, “cosas que no se daban aquí”. O gofio, arroz y pan, con el intercambio del carbón (vegetal). La parte de distribución y comercial parece que sí era una fuente de ingresos o al menos de empleo, según se distribuyeran luego esos ingresos en la unidad familiar. Obviamente también las faenas en el campo: “sé hacer de todo: sembrar papas, recogerlas; tomates, deshijarlos, amarrarlos, cogerlos y venderlos; todo, las cebollas, ...” en las que esta comparación es muy significativa “mi hermana trabajaba como un hombre, él [el padre] sacaba surcos, yo también lo sacaba, mi madre también trabajaba en el campo dando azada”. Y si de las cabras hacían el queso con su leche, para la de las vacas venían las lecheras que la compraban y caminaban para venderla en La Laguna o a Santa Cruz. Imagina ser Faustina, “una jovenzuela del Batán” que llegaba a Las Mercedes atravesando veredas con una cesta de mimbre en la cabeza cargada de millo, higos picos, plátanos y papas para vender. O coger la guagua en la calle San Juan con cestas de pan en la cabeza hacia Geneto, que recorrerás caminando más de una vez al día haciendo el reparto. O ser “fija” desde los siete años de edad por una peseta al día para ayudar a la familia y entonces te levantas a las tres de la mañana para hacer la cola de las papas, la carne y el pan y encerar muchos suelos de madera de rodillas y con cepillo cada jornada; así, durante veinticinco años. Esto de trabajar desde tan pequeñas/os era generalizado, aunque fuera para hacer mandados para la gente rica que así descansaba más. Qué decir, además, del papel de las venteras como Gabriela, que cuando se cansó por la edad cerró y ha viajado por toda Europa con su marido. Y en el caso de las lavanderas, que ya han recibido su homenaje por parte del municipio, recuerdan los antiguos lavaderos del Tanque Grande ubicados en el Camino de Las Peras. “El amor que le tenían al agua” … Lavaban mucha ropa, también de hogar. Las que quedan tienen más de ochenta años y se reúnen para hacer la representación de lavanderas in situ vestidas como tal: Darki, Angelita y Doña Carmen de San Roque, Lupe de Camino El Bronco, la hija de Lola La Rubia, …
La transformación económica y la incorporación femenina al mercado laboral trajo consigo más empleo y otros distintos a los que solían acceder: limpieza, venta, zafra de tomates en el Sur -en San Isidro y Las Galletas, durmiendo en un cuarto-, en tomates y plátanos en Santo Domingo (Icod de los Vinos), en otras plataneras de Valle de Guerra (“me pagaban 7 pesetas a la semana haciendo más horas de las debidas, limpiaba platanera, engomillaba [quitar la flor a la piña para que no se pique], e íbamos caminando a la orilla de la mar y volvíamos a Las Toscas caminando para llevarle las verduras al Coronel”), obra (“los hombres hacían las paredes en los riscos y nosotras y los niños/as lo rellenábamos con la tierra”), aeropuerto, fábrica de tabacos, cocina, tiendas, enseñanza, costura, oficina, … Las enfermeras y secretarias, dicen, eran puestos con mala reputación. Y luego estuvo la vía de la inmigración; se refieren en este caso sobre todo a Venezuela.