La vida espiritual
Otro camino empleado por el eudista cucuteño en la educación espiritual de sus alumnos fue el de orientarlos en la meditación matinal. Cada día tomaba el padre García Herreros, sobre todo durante su permanencia en la Escuela Apostólica de San José de Miranda, un aspecto de la vida de Cristo y lo proponía a sus alumnos, invitándolos a identificarse con Jesús y a tomar resoluciones humildes, que habrían de colocar en las manos de la Virgen, para asegurar su cumplimiento y eficacia.
El método empleado en esta plática matinal, de acuerdo con los postulados de la escuela de espiritualidad llamada “francesa”, consistía en presentar a Jesús ante los ojos de sus oyentes, para adorarlo, admirarlo, amarlo, alabarlo y darle gracias, alegrándose y participando con Él en sus luchas y victorias, en sus alegrías y dolores. Atraer a Jesús hasta el corazón, para que, a la luz del Señor, el joven examinase su conducta, invocase perdón y se revistiese de los sentimientos de Jesús para todas las actividades del día.
De estas meditaciones matinales, dadas en Miranda por el padre García Herreros, se conservan unos 150 esquemas, en su mayoría inspirados en las obras de Jacobo Benigno Bossuet.
Uno de sus alumnos de Miranda, que llegó a ser eudista, el padre Carlos José Gómez, le escribió a su profesor estas frases, con fecha 27 de marzo de 1966:
Su recuerdo nunca pasará de sus alumnos. De ellos recibió algún día ratos pesados, pero para formar Cristos es necesario mucho cincel. Los que hemos seguido su camino sabemos que eso es pan de cada día. Aquellas pláticas matinales, llenas de ascética al alcance de chicos y grandes, dondequiera me acompañan... Cada año lo recuerdo el día de san Rafael. Estas cortas líneas son para decirle que nunca le pagaremos todo el bien que nos ha hecho.
Otro método de formación espiritual, de mayor solemnidad que la meditación matinal, fue el de la proclamación de la Palabra de Dios, por la predicación y los panegíricos.
En esa época, antecesora del Concilio Vaticano II, no se había descubierto aún el valor de la homilía y sólo en las grandes solemnidades se reservaba durante la misa un tiempo para el sermón. Este tenía con frecuencia un tono de exhortación y regaño, de tal manera que el verbo “sermonear” tiene resonancias negativas.
También las tuvo la palabra “homilía”. En efecto, a pesar de que etimológicamente significa “conversación familiar” y de que la liturgia la propone como una explicación sencilla dada por un pastor de almas a su rebaño, acerca de la Palabra de Dios que se ha proclamado en la celebración sagrada, sin embargo el diccionario Larousse, la enciclopedia Sopena y la Espasa, registran la voz homilía como equivalente a una plática pesada y enfadosa, recargada de moralidades.
En las crónicas que la revista Los Sagrados Corazones de Jesús y de María publicó acerca de las actividades vividas en los seminarios orientados por los padres eudistas; en la época a que aludimos (1934-1954) se habla de frecuentes predicaciones de Rafael García Herreros. Uno de sus temas preferidos era hablar del sacerdocio de Cristo, sobre el que había coleccionado, en un cuaderno, muchas citas de la doctrina de los santos Padres y las había precedido por la siguiente frase, reveladora de su inquietud espiritual y del motivo de su esfuerzo: “Jesús mío, sacerdote y hostia, te ofrezco este humilde trabajo
de coleccionador, por amor tuyo, y para agradecerte el infinito, eterno, inmenso beneficio de mi sacerdocio, que es una participación del tuyo. Dame valor para llegar al fin”.
Déjenme hablarles a ustedes solos.
Déjenme que les hable de lo que yo sé hablar,
de lo que yo quiero hablar...
¡Tú eres una belleza, oh hombre! ¡Tus ojos son el espejo donde se refleja un lejano paisaje! Tus oídos son el caracol donde se transforman los ruidos y se convierten en símbolos y en palabras. Tu boca es capaz de hablar lo más tierno, lo más profundo, lo más sutil. Tus manos son increíbles.
Nuestra vida es maravillosa, es preciosa, porque es transitoria. Debemos ser conscientes de la riqueza, de la belleza de nuestra existencia, por el hecho de que no se repite.
Nada regresa. Todo es nuevo y bello. Cada minuto es distinto y nunca retorna. Continuamente tenemos la visita de algo nuevo, desconocido, fresco y es el instante que nos llega. Continuamente nos despedimos también, para siempre, de algo que nos fue amado y es el momento que pasó.